Sufrimiento y dolor no son lo mismo

Una frase que he visto que se le atribuye a Buda es: “El sufrimiento no es causado por lo que pasa, sino por tu resistencia ante lo que pasa”.

Alguien podría objetar que, cuando nos cortamos una mano, el sufrimiento es causado por la herida misma. Al fin y al cabo, el dolor emerge en nuestra mano, independientemente de la forma como reaccionemos ante el hecho de habernos cortado.

El truco aquí es reconocer que el dolor no es lo mismo que el sufrimiento. Le cuerpo puede doler, nuestros estados emocionales pueden doler, pero eso no implica que tengamos que sufrir.

Pero, ¿cómo no sufrir cuando algo duele? Bueno, lo primero es reconocer que el sufrimiento es un estado psicológico, espiritual, mientras que el dolor y las emociones se limitan al cuerpo.

Pero entonces, ¿cómo dejar de sufrir en presencia del dolor? ¿Es esto en realidad posible o se trata solo de un juego de palabras?

Un ejemplo puede servir para iluminar la diferencia entre dolor y sufrimiento.

Dar a luz es una de las experiencias más dolorosas en la vida de una mujer. Sin embargo, también es una de las experiencias que más plenitud trae. Cuando una mujer va a tener un hijo que ha deseado y al que ama profundamente, es perfectamente posible que, a pesar del intenso dolor del parto, no interprete esa experiencia como una de sufrimiento sino como una de gran dicha. En medio del dolor, ella se puede sentir plena y en gozo.

Sufrir, pues, depende de la forma como interpretamos la realidad.

Cuando reconocemos que todo lo que sucede es parte de nuestro proceso de crecimiento personal y evolución, nuestra relación con la realidad y con los que nos pasa cambia. Entonces podemos sentirnos plenos incluso en los momentos de más dolor.

Un campo en el que tengo experiencia propia es el de las emociones.

En alguna época de mi vida, tener emociones “negativas” como la rabia intensa o la tristeza profunda era igual para mí que sufrir. Ahora eso ha cambiado. Antes me resistía a esas emociones y escapaba de ellas porque las juzgaba como algo indeseable o las usaba como una manera de alimentar una imagen de mí mismo de víctima. Ahora, en cambio, las reconozco como oportunidades para crecer, como puertas para entrar más profundo dentro de mí, como señales de que hay algo por sanar, de que puedo seguir evolucionando. Entonces, ahora me rindo, me entrego plenamente a esas emociones.

A veces no es fácil. A veces la mente condicionada entra en pánico o vuelven viejos patrones de autocompadecerme y victimizarme. Pero cuando realmente puedo entregarme a la experiencia cruda de las emociones y me sumerjo en ellas, siempre encuentro luz en medio del dolor, en medio de la frustración. Las lágrimas siguen saliendo. Mi cuerpo se sigue tensionando ante la rabia. Pero ya no es un momento de sufrimiento. Es algo sagrado porque así lo interpreto y lo reconozco. Por tanto, hay en el fondo de la experiencia una gratitud y una plenitud que van más allá de mi estado emocional.

Esta es una invitación, púes, a que te entregues a la vida, a que le des la bienvenida incluso a aquellos momentos y aspectos que son dolorosos y que en la superficie parecen enteramente negativos. Todo tiene una bendición oculta, pues todo es parte de tu camino de regreso a casa. Cuando adoptas esa perspectiva, dolor y sufrimiento dejan de ser lo mismo y te abres a brillar aun en medio de los momentos difíciles. No te resistas a los regalos que la vida te trae sólo porque el empaque viene disfrazado de dolor. Tal vez lo que crea el sufrimiento es tu resistencia. Tal vez se trata sólo de una bendición.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @yos216

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No tienes que solucionar algo para estar contigo

Muchos tenemos una idea rígida de cómo debe lucir la espiritualidad. De cómo debe sentirse este momento para poder decirnos a nosotros mismos que estamos bien, en paz, en armonía. Cuando el momento presente no se ajusta a esas expectativas, a veces sentimos que primero debemos arreglarnos o arreglar algo antes de poder estar presentes, antes de poder adentrarnos en lo que está sucediendo ahora.

Si tenemos emociones fuertes o sensaciones físicas incómodas o pensamientos que no nos gustan sobre nosotros o sobre algo más, tendemos a tratar de cambiar esa realidad (la causa de las sensaciones, pensamientos y emociones) antes de permitirnos sentir completamente. Nos decimos, por ejemplo: “cuando se me pase este malestar, podré volver a meditar y a estar anclado en mi corazón”.

Pero entonces tratamos de cambiar la realidad desde un estado de desconexión. Y lo que hacemos desde ese nivel de consciencia seguramente tendrá consecuencias acordes a ese nivel de consciencia. Es decir: generaremos más de lo mismo.

Ahora, este momento, tal como es, es perfecto para que de adentres en él, con todo lo que tiene, incluidas las incomodidades, los pensamientos, lo que percibimos como problemas, sin importar nuestras ideas acerca de lo que debería o no debería estar pasando.

No tienes por qué esperar a que cambie lo que sientes en tu cuerpo, lo que pasa en tu cabeza o lo que percibes afuera tuyo para darle la bienvenida al ahora. Haz de tu bienvenida un acto incondicional hacia ti misma. Abrázate, ámate y quédate presente contigo sin importar lo que esté pasando en tu realidad interna y externa. Hazte amiga de tu vida exactamente como es en este momento.

Si algo se debe transformar, esa actitud de aceptación y bienvenida es el punto de partida más poderoso para la transformación. Sólo entrégate y confía. Lo que está aquí es lo que necesitas experimentar para crecer. Es lo que tú misma has creado para evolucionar. No trates de saltar a la siguiente escena de tu vida. Es un truco. Tu vida es ahora. Siempre ahora. Por tanto, hacer las paces con tu vida implica darle la bienvenida ya. En este momento.

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Entrégate a la vida, así sepas que vas a perderlo todo

El budismo señala que el apego a las cosas causa inevitablemente sufrimiento. Pues apegarse a algo significa que sufrimos con su ausencia. Y todo a lo que jamás nos apeguemos inevitablemente va a desaparecer.

Vas a envejecer y tu cuerpo va a morir, o tal vez tu cuerpo muera antes de envejecer. Al igual que el cuerpo de todas las personas que conoces. Y todo lo que ves a tu alrededor, incluido el sol y las estrellas, va a morir también algún día. Pero nada de eso te impide ser feliz ahora. Nada de eso te impide estar plena ahora. Nada de eso te impide entregarte con todo tu corazón a este momento.

Cuando caemos en cuenta de esto, aprendemos a disfrutar inmensamente el momento presente, pero no nos apegamos a lo que hay en él, pues sabemos que es imposible retener nada.

Paradójicamente, al ser conscientes de que todo cambia y se transforma, superamos nuestro temor de perder y nos permitimos jugar con el mundo, sabiendo que todo con lo que jugamos desaparecerá en algún momento.

No dejes de entregar y poner tu corazón en todo lo que hagas solo por miedo a ser herida cuando aquello que amas desaparezca. No tiene sentido protegerte del dolor de las pérdidas. Algún día perderás inevitablemente todo lo que tienes en el mundo. Mejor entrégate cien por ciento al juego. Sumérgete hasta lo más profundo de la vida. Ríe, ama, llora. Allí, en la médula de la experiencia, entregada por completo a esta experiencia de cambio constante, encontrarás un amor profundo que no cambia, que está más allá del tiempo. Ese amor es tu verdadera esencia, que siempre está por debajo de todo lo que aparece y desaparece.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Phil Koch.

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¿Y si no hubiera que “hacerlo bien”?

Si eres de mi generación, es probable que te hayan educado para sacar buenas notas, para responder lo que el profesor quiere oír en el examen, para ser un niño bueno y obediente.

Esa idea de sacar buenas notas quedó muy arraigada en nosotros. Y así, muchos vamos por la vida angustiados, tratando de hacerlo bien, con miedo a reprobar. Sí, con miedo de no hallar la respuesta correcta, la que creemos que el universo espera de nosotros, como si el universo o Dios tuviera la mentalidad de un profesor de escuela del siglo pasado.

Nos da mucho miedo cometer errores. Tomar por el camino equivocado. Y nos paralizamos. Esperamos una señal externa, algo que reemplace a la voz de nuestro profesor, quien siempre nos decía qué hacer.

¿Y si la vida no fuera como un colegio del siglo pasado? ¿Y si no se tratara de hacerlo “bien” para ser premiados y reconocidos? ¿Y si se tratara de experimentarnos a nosotros mismos en todas nuestras facetas? ¿Y si se tratara de jugar, de volvernos conscientes de nosotros mismos? ¿Y si no hubiera algo así como “hacerlo mal”?

Solo pregunto. Y te invito a que respondas por ti mismo. Te invito a que observes la voz del profesor que nos quedó grabada de chicos y revises si lo que dice es verdad y resuena con tu corazón, o si solo se trata de una forma de pensar del pasado que ya puedes dejar ir.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de @colors_of_day_macro.

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Consejos para relajarnos en medio de nuestra imperfección

Cuando se emprende un camino espiritual, es común encontrar consejos como “perdona”, “no tengas pensamientos negativos”, “libérate de las emociones tóxicas”.

En cierto nivel, creo que son buenos consejos. Yo mismo pongo a veces memes con reflexiones afines a esta forma de pensar. Sin embargo, estos consejos pueden ser contraproducentes, dependiendo de la manera como se apliquen.

El problema es que a veces tenemos pensamientos “negativos” (esto es, pensamientos que nos hacen sufrir) y no es fácil dejarlos ir. No es fácil evitarlos. Y entonces, por tratar de seguir el consejo de no tener pensamientos negativos, nos peleamos con nuestros pensamientos, entramos en conflicto con nosotros mismos. Tratamos de suprimir una parte nuestra. Pero, sobre todo, sufrimos el doble. Pues, de por sí, un pensamiento negativo ya nos hace sufrir, pero ahora, como tenemos la idea de que ese pensamiento no debería estar en nuestra conciencia, nos preocupamos además por que esté allí. Decimos: “no debería tener este pensamiento”, “si quiero sanar y ser espiritual, debería alejarlo”. Y este último pensamiento es, de hecho, un pensamiento negativo, pues nos hace sufrir, ya que estamos preocupados e inconformes con nuestros pensamientos.

En otras palabras, nuestra evolución espiritual se nos convierte en un problema más, en una tarea que no estamos haciendo bien. En vez de traernos paz, nuestro camino espiritual asumido así nos trae ansiedad, culpa y preocupación.

Pero entonces, ¿qué hacer?

El truco, en mi opinión, es observa sin juzgar. Observar y aceptar lo que surge en este momento. O, al menos, no luchar con ello. Dejarlo estar. Sin juzgarlo. Es perfecto que surja. Es solo una experiencia más. No tenemos que resolverlo. La sola consciencia sobre lo que emerje tiene un gran poder sanador. Pero no tenemos que hacer algo para sanarlo.

Esto es difícil de poner en palabras. Parece una contradicción. Porque entonces podemos comenzar a esforzarnos por no juzgar, y comenzamos a juzgar nuestros juicios, y el sufrimiento vuelve a entrar por la puerta de atrás sin que nos demos cuenta.

La invitación es a relajarnos en medio de la imperfección. Se trata de un soltar sin esfuerzo. De un soltar que no podemos forzar. Solo podemos estar en disposición para que surja por sí solo. Se trata de que dejemos de tratar de hacer, pues ese hacedor es la fuente del sufrimiento. Pero tampoco podemos forzarlo a que deje de hacer. Él simplemente se detiene en presencia de la consciencia.

En el lenguaje de Un Curso de Milagros, el truco está en entregarle el problema al Espíritu Santo (la mente de Dios que reside en nosotros), y en no tratar de resolverlo por nuestra cuenta.

En pocas palabras, mi consejo sería este:

  1. Observa. Recononoce que no te gusta lo que vez.
  2. Ten la intención de sanar. Pide ayuda.
  3. Reconoce que no te corresponde a ti sanar. Reconoce que no hay nada que tengas que hacer.
  4. Entréga lo que no te gusta y confía.
  5. Repite el paso 1.

Nota: Si este procedimiento te trae sufrimiento, suspéndelo y consulta con tu médico (tu guía interior).

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Thomas Mangelsen.

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Cuando Dios es lo único que queda

Este artículo fue tomado y traducido del blog en inglés de Neale Donald Walsh. Lo elegí porque es una reflexión hermosa para esta época de Navidad que comienza.

Queridos amigos:

No necesito decirles que apenas faltan menos de diez días para Navidad, un momento del año muy feliz para muchas personas. Y, sin embargo, para muchos otros, que han sufrido grandes pérdidas o que están enfrentando grandes desafíos en estos días, la temporada de vacaciones navideñas puede ser un tiempo muy difícil… y es comprensible que así sea. Para algunas personas, todo lo que era importante para ellas les  fue arrebatado…

Para todos nosotros llega un momento en el que Dios es lo único que queda…

Esto sucede en la vida de la mayoría de las personas más de una vez. Es un momento en el que te sientes total y completamente aislado. Es un momento en el que sientes, no que nadie te está oyendo, sino que no hay nadie para oírte. Estás realmente solo. No hay nadie más, uncluso cuando hay alguien más contigo en la habitación. No hay nada más, aun cuando hay muchas cosas alrededor. Sólo estás tú, a pesar de que el mundo te rodea. Quizás especialmente cuando el mundo te rodea, sólo estás tú.

Sí, hay un momento en el que Dios es lo único que queda. Nada más importa. Nada más tiene significado alguno. Nada más te atrae, te magnetiza, exige tu atención  —o es siquiera digno de ella—.

Este momento llega, me parece, o bien cuando no tienes nada, o bien cuando lo tienes todo. Este momento llega cuando todo lo demás te ha sido arrebatado y no queda nada, o cuando se te ha dado todo y no hay nada más que puedas desear.

Cuando este momento llega, hay un gran alivio. Es un soltar, un dejar ir. Pero, aún así, para muchos de nosotros, todavía hay una pequeña parte de nosotros que anhela aquella única cosa que muchos de nosotros nunca hemos tenido: aceptación completa y amor incondicional.

Que alguien me ame exactamente como soy.

No hemos sido capaces de encontrar eso en otros. Pensamos que podríamos encontrarlo en otra persona, tuvimos la esperanza de que podríamos encontrarlo en otra persona, pero no podemos. Ni siquiera podemos encontrarlo en nosotros mismos. Y como no podemos encontrarlo en nosotros, no podemos dárselo a otra persona —y es por eso que no lo podemos encontrar ahí—.  En ninguna parte podemos encontrar aquello que no hemos puesto en ninguna parte, y no hemos puesto aceptación completa y amor incondicional en ninguna parte. Ni siquiera podemos estar bien con el clima, por santo cielo. Podemos encontrar algo para quejarnos para prácticamente cualquier cosa.

Y así, bucamos aquello que no está ahí, pues todo lo que buscamos en la vida debe haber sido puesto ahí por nosotros. Si no lo hemos puesto ahí, no podemos encontrarlo. Lo que no ponemos en la vida no podemos encontrarlo, pues nosotros somos la Unica Fuente Que Hay.

Si no podemos encontrar perdón en nuestras vidas, es porque no lo hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar compasión en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí.  Si no podemos encontrar tolerancia en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar piedad en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar paz en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar aceptación en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Y si no podemos encontrar amor en nuestras vidas, es porque no lo hemos puesto ahí.

Debemos poner todas esas cosas en la Vida. Primero, en nuestra propia vida, y luego, en la vida de otros. O, para algunos, es al revés. De hecho, pienso que para la mayoría de nosotros es al revés. Para la mayoría de nosotros, es casi imposible darnos a nosotros mismos aquello que más queremos recibir: perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación, amor.

La mayoría de nosotros no podemos darnos a nosotros mismos esas cosas porque sabemos demasiado acerca de nosotros. Creemos que no merecemos esas cosas. Imaginamos que somos algo diferente de lo que realmente somos. No podemos ver la Divinidad que la Divinidad Misma ha puesto en nosotros. No podemos ver la Inocencia. No podemos ver la Perfección en nuestra imperfección.

Debido a que no podemos ver esas cosas en nosotros mismos, no podemos darnos a nosotros aquellas cosas que más queremos recibir. Sin embargo, como no somos totalmente ciegos frente a lo que es bueno y valioso en el mundo, con frecuencia podemos ver esas cosas en otros. Con frecuencia podemos ver Divinidad en otros. Con frecuencia podemos ver Inocencia en otros. Con frecuencia podemos ver Perfección en la imperfección de otros. Y así, podemos darles a otros perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Podemos, pero la pregunta es, ¿lo haremos?

Muy a menudo no lo hacemos. A causa de nuestras heridas, no podemos sanar las heridas de otros. Y así, le negamos a nuestro mundo las cosas que nuestro mundo más necesita. Le negamos a nuestro mundo perdón, compasión tolerancia, piedad, paz, aceptación, amor. Y cuando le negamos esas cosas a nuestro mundo, nos las negamos a nosotros mismos —porque aquello que no hemos puesto en el mundo, no podemos recibirlo del mundo—. Repitamos otra vez la Nueva Regla de Oro:

Lo que no hemos puesto en el mundo, no podemos recibirlo del mundo.

Llega un momento en el que nos damos cuenta de que nosotros somos la Unica Fuente Que Hay. Nadie va a darnos a nosotros o al mundo aquello que somos incapaces de darle al mundo y, de esa manera, a nosotros. No por mucho tiempo.

El primer lugar en el que podemos ver esto es en las relaciones con los demás. Lo que no podemos o no queremos darle a otro, no podremos recibirlo de otro. No por mucho tiempo. Si no podemos darle a la persona que nos acompaña en la habitación perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor… no podemos esperar que la persona en el cuarto nos dé esas cosas a nosotros. Pues ella solo tienen para darnos aquello que le hemos dado.

Nos imaginamos en la relaciones que la otra persona tiene aquello que nosotros no tenemos y, por tanto, que puede dárnoslo. Esta es la gran ilusión. Este es el gran error. Este es el gran malentendido. Y esta es la razón por la que tantas relaciones fracasan. Nos imaginamos que el otro nos va a dar perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Imaginamos que los otros van a darnos lo que nosotros no podemos darles, y lo que ni siquiera podemos darnos a nosotros. Y entonces nos ponemos furiosos con la otra persona. Y entonces nos ponemos furiosos con nosotros. Y entonces…

 … nos damos cuenta de que lo único que queda es Dios. Nos tornamos, entonces, hacia Dios. Por favor, Dios, dame perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Por favor dame esas cosas para poder yo dárselas a los demás.

El mundo se aproxima rápidamente a este punto de quiebre. Estamos empezando a entender que Dios es la Fuente Original y Única. Ahora todo lo que tenemos que entender, además, es que no hay separación entre Dios y nosotros. Cuando por fin tenemos esta comprensión fundamental, cuando, por fin, abrazamos esta verdad básica, cambiaremos nosotros, transformaremos nuestras relaciones y cambiaremos el mundo.

Hasta entonces, no podremos hacerlo. Y esperaremos por ese momento en el que nos damos cuenta de que… lo único que queda es Dios. Ojalá lleguemos a ese momento antes de que lo creemos… de la forma más cruda posible: destruyendo todo lo demás hasta que no haya nada más. Destruyendo nuestra relación hasta que no quede nada. Destruyéndonos a nosotros hasta que no quede nada. 

Conversaciones con Dios contiene una afirmación asombrosa. Es algo que nunca he olvidado. Dios dijo: “No es necesario ir al infierno para llegar al cielo”.  Nos invito a todos a recordar esto hoy. Nos invito a todos a aceptar y darle la bienvenida a una nueva noción sobre nosotros mismos y sobre la vida: no que lo único que queda es Dios, sino que lo único que hay es Dios.

Cuando veamos a Dios en todas las personas y en todas las cosas, entonces habremos soltado nuestras ilusiones, nos habremos apartado de nuestras imaginaciones infantiles, y trataremos a todas las cosas y a todas las personas como si eso, ella o él fuera Divino. Y si piensas que eso no cambiaría tu vida y tu mundo, piensa de nuevo. Este es el Camino del Alma.

Amor y abrazos,

Neale

Neale Donald Walsh es el autor de la serie de libros de Conversaciones con Dios, que han sido éxitos en ventas. Estos libros, que no se inscriben en ninguna doctrina religiosa, están inspirados por Dios, y en ellos se presentan consejos sencillos y claros para tener una vida más equilibrada y para reconectarnos con la Divinidad, de la que hacemos parte. Estas enseñanzas constituyen un camino moderno hacia una vida espiritual y llena de significado. Puedes conocer más sobre Neale en su página web.

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El camino de la gratitud

Primero quiero invitarte a agradecer. A adentrarte en este momento y observar cómo la gratitud de desborda con cada respiración, cada palpitación, cada rayo de luz, cada brisa que acaricia tu piel. Y, si vas más profundo y con tu corazón abierto, la gratitud también surgirá incluso ante el dolor y la incomodidad. Le darás la bienvenida a la vida exactamente como es. Cuando permitimos que la vida sea como es, nos abrimos a recibir el gran amor que reside en cada momento, en cada experiencia, dejamos entrar las enseñanzas de cada experiencia. Nuestro corazón está abierto, no se requiere ninguna llave, no hay condiciones para entrar.

Otra opción es asumir que la vida debe ser de cierta forma. En ese estado exigimos el regalo, demandamos la cura para nuestros males. Le imponemos condiciones a la vida: voy a estar feliz, pero solo si sucede (o sigue sucediendo o deja de suceder) esto y esto y esto otro; si no se cumplen estas condiciones, no podré aceptar la realidad. Si te identificas con esta segunda opción y no sientes que la gratitud pueda fluir de manera natural, te hago una segunda invitación.

Te invito a que implemente a que tomes consciencia de si esas condiciones y exigencias que le impones a la vida te hacen sufrir. Si no hay sufrimiento, o si sientes que la única o la mejor forma de salir de ese sufrimiento es a través de la lucha, sigue buscando moldear las cosas. Sigue luchando. Trata de cambiar tu realidad. Diviértete y juega bien. Si, en cambio, hay sufrimiento y sientes que no saldrás de él a través de la lucha, simplemente obsérvalo, adéntrate en la médula de tu incomodidad. Mira cómo tu resistencia y tus exigencias se convierten en una carga. Al tomar conciencia profunda, tu percepción cambiará naturalmente.

Finalmente, te invito a abrirte a la posibilidad de que tal vez, solo tal vez, podemos estar en paz y en agradecimiento profundo aun en medio de lo que nos causa dolor. Y te invito a contemplar la posibilidad de que tal vez podemos incluso esforzarnos por cambiar la realidad, pero sin tener exigencias sobre los resultados de nuestros esfuerzos. Tal vez podemos seguir dándole la bienvenida a la vida y agradeciendo cada momento exactamente como es, mientras al mismo tiempo buscamos crear lo que nuestro corazón quiere crear, y sin importar si tenemos éxito o no en aquello que emprendemos.

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La terapia sin terapeuta

Médico, cúrate a ti mismo

Lucas: 4:23

Si tal y como las enseñanzas no dualistas tradicionales y modernas sugieren, el yo dividido es simplemente una “ilusión” del pensamiento y la percepción, y que somos, en esencia, el amplio espacio abierto en el que se desarrolla la vida, un espacio que es inseparable de ese mismo desarrollo, entonces, ¿qué lugar ocupa la “terapia” en nuestras vidas? ¿Puede realmente un ser ilusorio curar a otro ser ilusorio? ¿Puede un espacio abierto ser curado por “otro” espacio abierto? ¿Quién, exactamente, va a hacer esa curación? Y, ¿quién va a ser sanado exactamente?

Mientras me estaba formando como terapeuta, aprendí todo tipo de teorías y técnicas —asimilé tantos “cómos”: cómo escuchar, cómo ser congruente, cómo interpretar las palabras del cliente y su lenguaje corporal, cómo irse mostrando apropiadamente—. Hay tantas investigaciones por ahí, tantas maneras de definir la terapia, tanta gente con tantas ideas sobre cómo ayudar a los demás, y todo esto es maravilloso —la vida parece deleitarse en esta variedad de perspectivas—. Pero me sorprendió que a pesar de toda esta formación que había recibido, a pesar de todo el conocimiento y habilidades que estuve obligado a asumir, la pregunta: “¿Cuál es la verdadera curación?” no se estudió nunca en profundidad. Como terapeutas en prácticas, estábamos aprendiendo a curar, a interactuar con los clientes, pero nunca nos detuvimos a contemplar el verdadero significado de la curación. Estábamos aprendiendo a ser terapeutas, a vivir en nuestros roles, a “hacer” terapia, pero nunca nos paramos a hacernos la pregunta más fundamental: ¿es la curación siquiera posible? Una vez, en clase, levanté la mano y pregunté: “¿No hay una especie de arrogancia en asumir que sabemos cómo ayudar a otro ser humano? ¿No significa eso asumir un tipo de separación?”. Y me dijeron: “Eso es una pregunta filosófica, y este es un programa de terapia”. Conoce tu lugar, terapeuta en prácticas.

Como terapeutas, como sanadores, somos los que se supone que saben cómo ayudar a la gente, cómo mejorar su salud mental, su bienestar, su calidad de vida. Pero, ¿qué significa realmente ayudar a alguien? ¿Estamos tratando de ayudar a los clientes a tener una mejor experiencia? ¿Queremos que sean más felices? ¿Para ser más como “nosotros”? ¿Estamos tratando de quitarles su dolor? ¿O estamos simplemente tratando de quitarnos nuestro propio dolor? Quizá al intentar curar a otros, ¿estamos tratando de curarnos a nosotros mismos? O más importante aún, ¿es la terapia, en el verdadero sentido de la palabra, posible? Me imagino que estas son las preguntas con las que todo terapeuta honesto se tropieza al final. Y no hay respuestas fáciles.

La palabra terapia tiene sus raíces en la palabra therapeia, palabra griega que significa curación, y curación simplemente significa hacer todo. Terapia = curación = desplegarse hacia el todo. Pero ¿qué es este “todo” al que la terapia dice poder llevarnos? ¿Dónde está? ¿Es algo que se encuentra en el futuro? ¿Puede una persona realmente llevar a otra persona hacia el todo? ¿O, en realidad, la totalidad ya se encuentra presente, aquí y ahora, en medio de cada experiencia del momento presente, como las enseñanzas no dualistas sugieren? Una vez más, yo diría que todos los terapeutas honestos al final debemos enfrentarnos a estas preguntas —preguntas que en realidad amenazan con socavar nuestra propia identidad como terapeutas—.

Me gustaría proponer que la verdadera terapia, terapia en el verdadero sentido de la palabra, no tiene nada que ver con arreglar un yo escindido. Cualquier terapia que trate de arreglar un yo dividido simplemente perpetuará la ilusión en el origen de todo nuestro sufrimiento. La verdadera terapia no tiene nada que ver con ayudar a una persona del modo en el que solemos usar esta palabra. No tiene nada ver con arreglar un “yo” roto y convertirlo en uno más feliz, productivo, “normal” o mejor adaptado. No tiene nada que ver con alcanzar la totalidad en el futuro, con convertir la totalidad en un objetivo futuro.

La verdadera terapia es más bien un redescubrimiento: que este “yo” roto, incompleto y dividido no es quien realmente eres, y que en realidad, no eres un “yo” en absoluto, sino un amplio espacio abierto de conciencia en el que todos los pensamientos, sensaciones, sentimientos, sonidos, olores, surgen y pasan. No eres una persona separada contemplando el mundo, sino el amplio espacio abierto en el que el mundo aparece y desaparece, un espacio abierto que es, en última instancia, inseparable de ese mundo. En la verdadera terapia, por tanto, no se trata de trabajar hacia un todo futuro, sino de redescubrir ese todo en medio de cada experiencia presente. Trata sobre el lugar donde nos encontramos realmente —aquí y ahora—, un lugar donde el terapeuta y el cliente son radicalmente iguales, un lugar que podríamos llamar amor.

La metáfora de la ola y el océano es muy útil aquí. La experiencia de ser un individuo separado, una persona en el mundo, es la experiencia de ser un buscador —una ola separada en el océano—. Cada individuo es una persona que busca —tanto el terapeuta como el cliente por igual—. Y esta ola, experimentándose a sí misma como algo separado del océano, busca el océano. La experiencia fundamental de ser un buscador es la experiencia de la carencia, de lo incompleto, de la nostalgia, de sentirte siempre en busca de algo que no consigues encontrar, algo que no puedes nombrar. La ola se pasa la vida, en un millón de maneras diferentes, en busca de esa totalidad innombrable. “Estoy incompleta, pero algún día estaré completa”, se dice a sí misma. “Un día voy a encontrar lo que estoy buscando —el amor, el éxito, la grandeza, la iluminación, la curación— y entonces estaré completa”.

Por supuesto, en la realidad no hay separación del océano. La ola ya es el océano, el océano aparece como una ola, por lo que la totalidad ya está presente. La plenitud que buscamos en realidad ya está aquí, en la experiencia de este momento actual, y como no vemos esta plenitud la buscamos en el futuro. Todo el sufrimiento comienza aquí, en el rechazo, en algún nivel, de este momento presente. Toda la búsqueda se basa en una pasmosa ilusión de tiempo.

Darse cuenta de esto transforma nuestra relación con aquel que llamamos “cliente”. Visto desde esta perspectiva, ningún cliente está realmente roto, dañado o perdido —son siempre ya todo, incluso en su experiencia de estar rotos, incompletos, escindidos, incluso en su dolor, su miedo, su angustia, su devastación—. El objetivo de la verdadera terapia, entonces, no es arreglar al cliente, no es desplazarlo de sus experiencias “negativas” a “positivas”, no es convertir su dolor en placer, su depresión en alegría, no es guiarles a lo que creen que buscan, no es “hacer terapia” con ellos, sino exponerles, sin compromiso, los supuestos fundamentales que subyacen a su experiencia de separación, su experiencia de ruptura, su carácter incompleto, su búsqueda. La verdadera terapia no se suma a la ilusión de la separación —la rompe, te despierta—. No elimina el dolor, señala la totalidad en el dolor. No se deshace del miedo, ilumina el todo en el miedo. De este modo, el sentido de la terapia es el sentido de toda auténtica espiritualidad: despertarte del sueño de la separación, el sueño de que eres una persona escindida en un viaje hacia una plenitud futura. La verdadera terapia despierta al cliente de su sueño de ser un “cliente”, y despierta al terapeuta del sueño de ser un “terapeuta”. Y que quede claro, el terapeuta necesita despertar tanto como el cliente. Cuando se trata de despertar, ninguna cualificación, certificado, licenciatura, o cualquier número de letras después de tu nombre, te puede ayudar.

La totalidad, vista de este modo, no es algo que “sucede” un día, no es algo hacia lo que “trabajar”, solos o en conjunto; no es una meta lejana, es algo que ya está presente. La vida misma —lo que realmente eres, más allá de tu imagen de ti mismo— ya está completa, ya está sanada en el verdadero sentido de la palabra. Por ello en la verdadera terapia, no pretendemos curar a una persona escindida —porque no hay tal cosa—, simplemente volvemos a contactar con lo que ya está curado. La terapia es una paradoja hermosa cuando se ve desde esta perspectiva.

Entonces, ¿qué significa esto en la práctica? Esto significa que la posición del cliente de “Estoy roto, por favor arreglarme”, se convierte en “Estoy abierto al descubrimiento de la totalidad dentro de mi experiencia actual de fractura”. Y la posición del terapeuta de “Estás roto, voy a arreglarte” se convierte en “Veo que no hay nadie que esté fundamentalmente roto, pero me doy cuenta de tu experiencia presente de fractura. Me doy cuenta de tu dolor, tu miedo, tu tristeza, tu lucha, tu sufrimiento, pero no asumo ni por un momento que hay alguien ahí separado de mí que necesita ser arreglado de ninguna manera. Honro tu sueño, y lo veo como un sueño. Por supuesto, estoy abierto a explorar tu experiencia contigo, y estoy abierto a redescubrir eso que ya está completo, dentro de esa experiencia. Veo claramente que el todo ya está allí, en todos los aspectos de tu experiencia con los que te encuentras en guerra ahora, y todo de lo que huyes, en cada pensamiento, sensación o sentimiento que te parecen inaceptables ahora. Así que arrojemos luz sobre las varias formas de búsqueda en tu experiencia, expongámonos a los aspectos sutiles y no tan sutiles con los que te encuentras en guerra en este momento, y en esa luz, en esa exposición, descubramos juntos la curación eterna que tú eres, que yo soy”.

“Yo no estoy aquí para curarte. En ese sentido, no soy un ‘terapeuta’ en absoluto, eso es sólo un papel que estoy jugando en este momento. Mantengo ese rol muy, muy ligeramente. La verdad es que estoy aquí para ir a la aventura contigo. Una aventura conmigo mismo, porque todo es la misma mente, todo es el mismo buscador, al final. Somos exploradores de la experiencia, ya curados, una luz que brilla buscando curación, dándose cuenta de que esta búsqueda no es necesaria. No la negamos, pero tampoco la alimentamos. No negamos el sueño, pero tampoco estamos aquí para satisfacerlo. Simplemente nos juntamos para ver a través de la ‘ilusión’”.

El terapeuta reconoce que, en última instancia, él o ella no es un “terapeuta” en absoluto. Como el espacio abierto, la amplitud en la que todos los pensamientos, sensaciones, sentimientos y sonidos vienen y van, no hay una identidad fija, y ningún rol te puede definir. Un “terapeuta” no puede curar a un “cliente”, ya que ambos, “terapeuta” y “cliente” son simplemente roles temporales que se interpretan en esta conciencia abierta —y estos roles no son lo que realmente somos—. Por eso mantenemos estos roles muy, muy ligeramente.

“Yo” no “te” puedo curar, porque la curación es el espacio en el que la división dualista del “yo” y el “tú” surge en primer lugar. Y así, ya no hay ninguna presión sobre el terapeuta para “curar al cliente”. Recuerdo que durante mi formación en terapia, mis compañeros se agotaban con la creencia de que eran personalmente responsables de la curación de sus clientes. Y, ¡oh!, ¡el pánico que se producía cuando los clientes no aparecían! Cuando se te identifica como “terapeuta”, que tu cliente no aparezca pone en peligro tu identidad. Pero visto desde esta nueva perspectiva, la carga de la curación ya no descansa sobre los hombros de nadie, y el cliente ya no representa una amenaza para la identidad del terapeuta. En otras palabras, el terapeuta sabe que la curación ya está presente, incluso antes de que el cliente comience a hablar. La sesión de terapia se convierte simplemente en una danza dentro de la totalidad. No se trata de arreglar al cliente, ni de demostrar tu valía como terapeuta, sino que se trata de bailar con el otro mientras el eterno momento de la curación brilla. Bailamos, juntos, en la totalidad.

El cliente puede ir a terapia a sanarse y en la terapia, él o ella pueden llegar a darse cuenta de que la curación no es necesaria —porque lo que realmente son ya está curado (totalmente), y siempre lo ha estado—. Incluso a través de todas las experiencias traumáticas de la vida, ya había algo que era todo, y que nunca fue dañado o traumatizado por esas experiencias. Las experiencias pueden ser traumáticas, pero nadie, en última instancia, se traumatiza. Lo que eres no puede ser dañado, no puede ser roto, no puede ser destruido, no puede morir. La vida ya está curada, y en algún nivel, incluso los clientes más “heridos” lo saben. Y así, en terapia, no se habla al “yo herido” —hablamos a eso que ya sabe que no está herido. Hablamos con la que ya está curado—.

Cualquier terapia que no reconoce la naturaleza ya sanada de la vida simplemente alimentará la búsqueda, mantendrá al cliente dependiente del terapeuta —y viceversa—, mantendrá tanto al cliente como al terapeuta atrapado en el sueño de la separación, y hará de la verdadera curación una meta lejana. Cualquier terapeuta que no reconoce que un “terapeuta” —en el sentido de “uno que puede curar a otro”— no es lo que él o ella realmente es, simplemente mantendrá al cliente atrapado en su sueño de “cliente” —como en el de, “uno que está a la espera de curarse, que está roto”—.

Pero el terapeuta que reconoce que no es realmente un “terapeuta” en absoluto, que no es más que el espacio abierto en el que “terapeuta” surge, que los terapeutas, como espacio abierto, son iguales al espacio abierto en el que el “cliente” surge, que ellos, como espacio abierto, ya están curados, al igual que su “cliente” ya está curado: este terapeuta ya no se esconde detrás de su papel como terapeuta. Ya no están usando su identidad profesional para defenderse de una relación verdadera, auténtica e íntima. Ellos ya no tienen miedo a enfrentarse incluso al “yo” más “dañado”, porque ya no lo ven como “otro”. Y por tanto son libres de zambullirse, de cabeza, sin miedo, en el dolor del paciente, que es su propio dolor. Nos encontramos en nuestra rotura mutua, y a eso lo llamamos amor.

“Terapeuta” y “cliente” se desprenden, para revelar una intimidad total. Esto, diría yo, es de lo que trata realmente la terapia —ir más allá de los roles, los juegos, las creencias y las ideologías que aparentemente nos separan, y encontrarse, encontrarse verdaderamente, en la intimidad, en la desnudez—. El terapeuta se despoja de sus ropas de “terapeuta”, metafóricamente hablando, y se desnuda frente a su cliente. No fingen “saber” cómo ayudar al cliente, ya que en esta desnudez, son tan vulnerables, tan indefensos, tan abiertos a la vida como su cliente. Se reúnen con el cliente en este no-saber. Bajo todos los roles, los juegos, las normas sociales, el juego imaginario de “terapeuta” y “cliente”, este no-saber brilla, siempre. Es donde todo empieza y donde todo termina.

Un terapeuta verdadero admite que no sabe, y se encuentra ahí con su cliente. No saben, y su cliente no sabe, y ahí, justo ahí, está la intimidad. Y desde ese lugar de intimidad, empiezan a explorar. La exploración es entonces una danza en la intimidad. No es el intento de llegar a la intimidad, en el tiempo, a través de la exploración —pues la verdadera exploración sucede en la intimidad—. Así no es una exploración que viene de la búsqueda. Viene de la fascinación. En la fascinación, exploramos la naturaleza de buscar juntos. En la fascinación, arrojamos luz sobre el trabajo de la mente (pensamiento). Nos fijamos en las formas en que tú (yo) nos escapamos de ciertas experiencias. Cómo nos escapamos de sentir ciertos sentimientos. Cómo nos hemos terminado perdiendo en los deberías y no deberías. Cómo hemos estado buscando el amor cuando el amor ya estaba aquí. Cómo hemos estado buscando la intimidad cuando la intimidad ya está aquí. Cómo nos hemos aferrado a una imagen falsa de nosotros mismos, cuando en realidad somos simplemente el espacio en el que todas esas imágenes aparecen. Todo, literalmente todo —el mundo en su totalidad— puede aparecer en esta intimidad, y la terapia es el espacio en el que podemos arrojar luz sobre todo ello. Literalmente todo ello. El mundo sale a recibirnos en la terapia, y nada se oculta. Todo está permitido en este espacio. Todo tiene luz aquí. Todo está iluminado.

El espacio de la terapia es el espacio en el que estamos. Así que, al final, la terapia no es algo que sucede en una habitación, a veces, entre dos o más personas. No es algo que sucede cuando un terapeuta y un cliente se juntan y empiezan a hablar sobre los problemas de la vida. La terapia no es algo que hacemos —es lo que ya somos—. Y esto está siempre disponible para ser descubierto. Aparentemente dos personas están haciendo este descubrimiento juntos, cuando al final, es la misma idea de “dos personas” que se derrumba en este descubrimiento. En esta intimidad, ¿quién cura a quién? ¿El terapeuta sana al cliente? Bueno, podría ser igual de cierto que decir que el cliente sana el terapeuta. El cliente destruye al terapeuta, con fascinación, en el amor. Es la humildad total en presencia de otro ser humano. Es ver —ver realmente quién y qué está enfrente de ti—. Y ser visto como consecuencia. Estar expuesto. Ser, al descubierto.

Una vez estaba hablando con una mujer que estaba a punto de dejar a su marido y mudarse a un apartamento por su cuenta. Nunca antes había vivido sola y estaba aterrada. Había ido a terapeuta tras terapeuta, todos los cuales habían intentado, de una forma u otra, para ayudarla, para sanarla, hacerle las cosas más fáciles, cambiarla de alguna manera. Nada había funcionado, y sus temores habían crecido hasta el punto que su vida se había convirtiendo en imposible de vivir. Me contaba una historia tras otra sobre sus miedos, sus preocupaciones, sus ansiedades sobre el futuro. No había dormido en tres meses, dijo. No comía. Se estaba volviendo dependiente a las pastillas. Repetía una y otra vez “No sé qué va a ser de mí. No sé ”, mientras se balanceaba hacia atrás y hacia adelante en su silla. Me senté allí, escuchándola, interesado. No tenía respuestas. Yo tampoco sabía lo que le iba a pasar. Estoy tan desamparado como ella frente a la vida. No podía prometerle que todo iba a ir bien. No podía prometerle nada de hecho. Toda mi formación como terapeuta no significaba nada enfrente de este no-saber. Ninguna técnica, ninguna teoría, ningún conjunto de directrices puede durar en el fuego de esta ignorancia. Como espacio abierto, vivo en el no-saber, al igual que ella. No sé qué va a pasar. Ser un “terapeuta” no me da ninguna visión especial sobre los misterios del tiempo.

La miré a los ojos y me limité a decir, con toda honestidad: “Yo tampoco lo sé. Realmente no lo sé”. Ella se quedó en silencio, se dejó caer en su silla, y nos sentamos en silencio durante el resto de la sesión. No se presentó la semana siguiente a su sesión ni a las tres siguientes. Mi supervisor estaba preocupado, y trató de analizarlo todo, pero yo simplemente confié en la experiencia. Un mes más tarde, mi cliente volvió. Ella parecía diferente. De algún modo más viva, más en su cuerpo, más en la tierra, más descansada. Ella me dijo lo útil que nuestra sesión anterior había sido, cómo algo en ella se había relajado profundamente desde entonces, cómo se había dado cuenta de que no saber estaba bien, y que no necesitaba ninguna respuesta, ningún apoyo, ningún terapeuta. Simplemente tenía que zambullirse de cabeza en la vida, sin muletas, y experimentarlo todo. Era algo que nunca había considerado antes —que todo estaba bien como estaba—. Por una vez en su vida había experimentado estar en presencia de alguien que no había intentado arreglarla. Le pareció ser suficiente —por el momento—.

Yo sabía que no había hecho nada. Simplemente la había encontrado en la verdad. Yo no sabía. Ella no sabía. No había fingido saber. ¡Ni siquiera había fingido ser un terapeuta! Y sin embargo, allí nos encontramos, desnudos, más allá de nuestros roles, a pesar de nuestros roles. Desnudos, enfrente de la vida. Allí, en el no-saber. Solos, juntos. Todo. Sanados.

En la terapia de verdad, el terapeuta no cura el cliente. Eso no es posible. Tal vez sería más exacto decir que, en una verdadera terapia, el cliente sana al terapeuta. El terapeuta se despoja de sus roles falsos, sus juegos, sus defensas, su actitud de “yo sé”, y aprende a permanecer desnudo frente a otro ser humano. El terapeuta muere, y allí, la verdadera terapia puede comenzar.

Deje que tu cliente te sane. No te van a enseñar esto en tu programa de psicoterapia. Algunos dirán que estás loco. Algunos pueden decir que eres irremediablemente ingenuo. Algunos pueden simplemente decir que eres un mal terapeuta. Pero cuando descubres quién eres en realidad, todo tiene un sentido perfecto.

~ Jeff Foster

Gracias a la traducción de Teresa Candal Devesa

Tomado de la página de Facebook de Jeff Foster en español.

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Jeff Foster estudió astrofísica en la Universidad de Cambridge. Cuanto tenía veintitantos años, luego de un largo periodo de depresión y enfermedad, se volvió adicto a la idea de “iluminación espiritual” y se embarcó en una travesía espiritual intensa en busca de la verdad última de la existencia.

Su búsqueda espiritual se derrumbó con el claro reconocimiento de la naturaleza no dual de todo, y con el descubrimiento de lo extraordinario en lo ordinario. En la claridad de esta visión, la vida se volvió lo que siempre fue: íntima, abierta, amorosa y espontánea, y Jeff quedó con un entendimiento profundo de la ilusión que subyace al todo el sufrimiento humano, y con un amor por el momento presente.

Actualmente Jeff realiza reuniones, retiros y sesiones privadas uno a uno alrededor del mundo, en las que, de manera gentil guía a la gente de vuelta a la aceptación profunda inherente al momento presente.

Para más información, puedes consultar su página web.

La importancia de aceptarnos a nosotros mismos incondicionalmente

Hace poco estuve hablando con un amigo que está comenzando una nueva relación sentimental. Él llevaba algún tiempo buscando una relación, pero las cosas no se le habían dado muy bien. Sin embargo, ahora se veía radiante y estaba muy feliz con su nueva compañera de viaje. Cuando le pregunté por qué creía que las cosas habían comenzado a fluir para él, me respondió algo hermoso: “El error está en creer que tiene que uno tiene que cambiar algo para merecer el amor. Uno cree que primero tiene que sanar sus miedos, que primero tiene que volverse más esto o menos de esto, que debe mejorar, porque tal como uno es ahora, exactamente como uno es ahora, no merece ser amado. Y bueno, yo me di cuenta de que yo merecía el amor exactamente como soy ahora. Que así como estoy, exactamente en este punto de mi camino, merezco una compañera con la cual compartir esta parte de mi viaje justo como soy ahora”.

Esa respuesta me pareció reveladora. Sobre todo, porque no se aplica solo a las relaciones amorosas: también vale para la relación que tenemos con nosotros mismos, de la cual todas las demás relaciones son solo espejos. Muchos pasamos gran parte de la vida rechazando el momento exacto por el que estamos pasando, rechazando lo que somos y como somos justo ahora. Creemos que merecemos y podemos ser felices, pero en el futuro, después de que logremos ciertas cosas, después de que cambiemos. En el fondo, creemos que, tal como somos ahora, no merecemos el amor ni la felicidad. Entonces nuestra energía se vuelca hacia afuera; nos fastidia mirar adentro, pues allí solo vemos lo que está mal, lo que queremos que sea diferente, y por eso nos enfocamos en tratar de cambiar aquello que no nos gusta. Es como si dijéramos: cuando cambie y sea mejor, cuando sea merecedor, podré estar a gusto conmigo mismo. Cuando arregle lo que tengo que arreglar, podré estar conmigo y darme amor. Ahora no. Ahora debo concentrarme en arreglar lo que no funciona, en conseguir lo que me falta.

Sin embargo, esta forma de ver las cosas es un disparate. Esta confusión queda explicada muy bien por el siguiente proverbio: “El ego dice: cuando todo afuera esté en su lugar, podré estar en paz. El alma dice: cuando esté en paz, todo afuera se acomodará en su lugar”. Pero no solo se aplica a la paz, sino también, y de manera especial, como lo he sugerido, al amor. Neale Donald Walsh, el autor de Conversaciones con Dios, lo expresa de una forma hermosa y radical. Dice: “No hay nada que podamos hacer que lleve a que Dios nos ame más, y no hay nada que podamos hacer que lleve a que Dios nos ame menos”. En otras palabras, el amor de Dios es incondicional.

En nuestra experiencia humana, quizás uno de los ejemplos más claros de amor incondicional es el que experimenta una madre hacia su recién nacido. ¿Habrá algo acaso que pueda hacer el pequeño para que su madre lo ame menos? ¿Si comete una torpeza, ella dejará de quererlo? ¿O habrá algo que pueda hacer para que lo ame más?, ¿habrá algún logro o alguna cosa que pueda conseguir que lo haga más digno del amor de su madre? Obviamente no. El amor de una madre hacia su recién nacido es puro. No depende de que su bebé haga o deje de hacer algo. No tiene condiciones. Simplemente es.

Entonces, independientemente de si crees o no en Dios, la invitación es a que te des cuenta de que mereces el amor de forma incondicional. Para empezar, mereces tu amor justo ahora. Con todos los defectos que puedas tener. Con todos tus errores y todos tus aciertos. Con todos tus logros y todos tus fracasos. Con tus destrezas y tus incapacidades. Con tu inteligencia y tu torpeza. Con tu belleza y tu fealdad. Más allá de todos eso, mereces tu amor más profundo y más puro.

Para mí, al menos, fue muy liberador darme cuenta de que podía dejar de huir y de correr desesperadamente tratando de lograr algo para ser merecedor del amor, de mi amor. Ahora bien, ¿significa esto que ya no hay razones para mejorar, para cambiar nuestros hábitos, para esforzarnos por ser mejores personas? No, claro que no significa eso. Lo que sí significa es que trataremos de cambiar por razones diferentes a las anteriores. Ya no trataremos de mejorar por miedo a no ser amados, por miedo a no ser merecedores. No, ahora podremos cambiar por el placer de dar lo mejor de nosotros, de ser capaces de expresar y experimentar más, y por el placer de dar más y compartir más del amor que ya tenemos, y que no podemos dejar de tener, pues lo merecemos incondicionalmente.