La bendición que nos dan quienes aman lo que hacen

Hace poco comencé un nuevo curso de alemán y estoy muy feliz con mi nuevo profesor. Hay una calidez en su forma de dar la clase que hace que yo quiera estar allí aprendiendo.

Normalmente, con los demás profesores, tras una hora de clase me entraba una leve ansiedad por terminar pronto y comenzaba a mirar el reloj regularmente. Ahora me olvido del reloj y la clase pasa volando. Antes era un alivio cuando había una pausa para tomar café; ahora no quiero pausa. Todos en el grupo reímos constantemente y disfrutamos de la clase.

¿El truco? Ese profesor ama lo que hace. Se puede sentir el amor que pone en cada ejercicio. Se puede sentir el interés y cuidado con el que realiza las actividades.

Los temas y los ejercicios son muy parecidos a los que trabajaba con profesores anteriores. Pero las actividades con este profesor tienen una cualidad extra: hay un amor palpitante tras ellas.

Y el efecto de la clase no se limita a la clase. Cuando salgo de mi clase, quedo feliz y siento una alegría que me acompaña luego. Esa misma alegría, incluso, es la que me motiva ahora a escribir estas palabras.

El regalo que ese profesor nos da a sus alumnos va mucho más allá de aprender alemán. Las cosas hechas con amor influencian el mundo de formas que no imaginamos.

Por eso es tan importante hacer lo que amamos. Ya se trate de servir mesas, pintar cuadros o diseñar planes de negocio, lo que se hace con amor bendice al mundo mucho más allá de su área aparente de influencia.

Al amar de verdad lo que hacemos, la excelencia y la luz son consecuencias naturales.

Encontrar lo que amas y hacerlo es el regalo más grandioso que puedes darnos. Me alegra que ese profesor esté allí, dando clase. Me ilumina, y así, yo te ilumino a ti que lees estas palabras, y se crea una cadena de luz que comenzó porque alguien llevó el amor plenamente a las actividades más pequeñas de su rutina.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @ganupic

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¿Y si no hubiera que “hacerlo bien”?

Si eres de mi generación, es probable que te hayan educado para sacar buenas notas, para responder lo que el profesor quiere oír en el examen, para ser un niño bueno y obediente.

Esa idea de sacar buenas notas quedó muy arraigada en nosotros. Y así, muchos vamos por la vida angustiados, tratando de hacerlo bien, con miedo a reprobar. Sí, con miedo de no hallar la respuesta correcta, la que creemos que el universo espera de nosotros, como si el universo o Dios tuviera la mentalidad de un profesor de escuela del siglo pasado.

Nos da mucho miedo cometer errores. Tomar por el camino equivocado. Y nos paralizamos. Esperamos una señal externa, algo que reemplace a la voz de nuestro profesor, quien siempre nos decía qué hacer.

¿Y si la vida no fuera como un colegio del siglo pasado? ¿Y si no se tratara de hacerlo “bien” para ser premiados y reconocidos? ¿Y si se tratara de experimentarnos a nosotros mismos en todas nuestras facetas? ¿Y si se tratara de jugar, de volvernos conscientes de nosotros mismos? ¿Y si no hubiera algo así como “hacerlo mal”?

Solo pregunto. Y te invito a que respondas por ti mismo. Te invito a que observes la voz del profesor que nos quedó grabada de chicos y revises si lo que dice es verdad y resuena con tu corazón, o si solo se trata de una forma de pensar del pasado que ya puedes dejar ir.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de @colors_of_day_macro.

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