La bendición del desafío

Los desafíos son una de las formas principales a través de las cuales el Universo nos ayuda a crecer. Y una de las mejores maneras de enfrentarlos es tomar consciencia de esto. Son una bendición.

Los desafíos llegan a nosotros de muchas maneras. A veces los elegimos conscientemente, como cuando decidimos crear o aprender algo que implica ir más allá de nuestras capacidades actuales. Otras veces, el Universo nos los da sin que los hayamos pedido de manera consciente. Pero siempre tienen en sí la semilla de nuestro crecimiento.

Si pudieramos elegir una vida sin ningún desafío, nos impediríamos crecer. Entonces, la ausencia de desafíos se convertiría en nuestro mayor desafío para nuestro crecimiento.

Si hay desafíos ahora en tu vida, agradécelos. Estás creciendo. Son una oportunidad. Qué tanto crezcas y te transformes depende de la manera como los afrontes. El Universo te proporciona la oportunidad, pero depende de ti abrirte a crecer.

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El riesgo de dar lo mejor

Si estudias lo mejor que puedes y te preparas con gran intensidad para ingresar a una universidad, pero aún así no eres admitido, será más doloroso que si te rechazan porque no te habías preparado bien.

Es de este dolor del que nos protegemos cuando no damos lo mejor. Entonces tenemos una explicación de por qué las cosas no salieron como queríamos.

Cuando no damos lo mejor, podemos pensar: “Si me hubiera preparado mejor, tal vez lo habría conseguido”.

En cambio, cuando hemos dado un 100% y las cosas no salen, tenemos que admitir que eso que queremos no está dentro de nuestras posibilidades, al menos no en este momento. Y este reconocimiento puede ser doloroso.

Así, al sabotearnos evitamos conocer nuestros límites. Nos queda la duda de qué habría pasado si lo hubiéramos hecho mejor. Y esa duda nos permite alimentar una fantasía.

Dar lo mejor es riesgoso. Si fracasas, no hay excusas. Debes afrontar tus limitaciones y aceptar la realidad.

Es, un poco, lo mismo que cuando no invitamos a salir a alguien por miedo a que nos rechace. Nos queda la duda de qué habría pasado si lo hubiéramos intentado, y esa duda es más cómoda que el rechazo. En cambio, si nos atrevemos, y lo hacemos de la mejor manera posible, pero aún así somos rechazados, no nos queda otra alternativa que reconocer que definitivamente no le gustamos a esa persona.

No es esta la única razón por la que no damos lo mejor, pero es una de la que muchas veces no somos conscientes.

Si reconoces este patrón, puedes elegir no caer en él.

Conocer nuestros límites o ser rechazos puede ser doloroso, pero nos permite conocernos y nos lleva a crecer.

Dar lo mejor implica un riesgo, pero es un riesgo que vale la pena. Cuando lo hacemos de forma consistente, nuestra vida se transforma rápidamente. Además, nos permite encontrar nuestro camino. Pues muchas veces hallamos el camino equivocándonos.

Si vas por un camino y lo haces lo mejor posible y aún así las cosas no funcionan, podrás concluir tranquilamente que ese no es el camino para ti y podrás buscar otro. Si te adentras en ese camino de forma mediocre, cuando las cosas no salgan no sabrás si es porque estás en un camino que no te sirve… puede que sí, pero ¿cómo saberlo? Solo si das el 100% lo podrás averiguar.

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El ego espiritual

El ego espiritual surge cuando nos identificamos con nuestro camino espiritual. Sucede cuando aún no hemos encontrado quiénes somos en lo más profundo. Entonces, nos aferramos a algo externo. Y es que un camino espiritual, por más que sea bello y te sirva, sigue siendo algo externo: sigue siendo una forma en la que haces las cosas, unas prácticas, unas creencias. Y la verdad es que nada de eso importa en realidad. Lo que importa es tu experiencia interna. ¿Estás en paz o sufres?

Un síntoma del ego espiritual, que creo la mayoría tenemos, es la necesidad de defender nuestras creencias o de juzgar las creencias de los demás. ¿Te ha pasado? A mí sí.

El primer paso para ir más allá de nuestro ego espiritual es reconocer que tenemos uno.

En este video, comparto lo que he ido aprendiendo al observar mi ego espiritual y doy algunos consejos que me han servido para ir disolviéndolo:

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Aprecia este momento

Había dos monjes que pertenecían a una orden muy estricta. Una de las reglas es que nunca debían tener contacto con una mujer.

Un día, mientras caminaban, encontraron en la orilla de un río a una mujer que lloraba. “¿Qué pasa?”, le preguntó uno de ellos. “No puedo pasar al otro lado porque la corriente es muy fuerte, ¿podrían ayudarme?”. El monje que había preguntado, sin pensarlo, alzó a la mujer en sus brazos y la ayudó a cruzar el río.

Después de esto los monjes prosiguieron su camino, pero el monje que no había ayudado a la mujer estaba perturbado. No podía dejar de pensar en que su compañero había roto sus votos y había incumplido sus juramentos. Finalmente, se detuvo, miró a los ojos a su amigo y le dijo: “No puedo creer que estés tan tranquilo, como si no hubieras hecho nada, a pesar de que sostuviste a esa mujer en tus brazos, sabiendo que nuestros maestros nos lo han prohibido”. “Bueno”, le respondió el otro, “la verdad es que yo hace varias horas solté a la mujer. Tú, en cambio, la sigues cargando”.

El monje que estaba perturbado seguía repitiendo la imagen en su mente. Seguía aferrado al pasado. No podía estar completamente en el momento. Esto fue lo que le mostró su compañero.

Si observamos nuestra mente, veremos que gran parte del tiempo vivimos aferrados al pasado o nos proyectamos obsesivamente al futuro. Cuando esto sucede, nos perdemos este momento, que es lo más valioso que existe, porque es lo único que existe ahora.

El monje que no podía dejar de pensar en lo que había pasado estaba desconectado del momento. No podía apreciar lo que tenía a su alrededor. Para apreciar, primero debemos estar presentes.

Esta historia me gusta mucho. Y a veces la he contado cuando he enseñado el sistema de meditación que he estado promoviendo en algunas de las últimas entradas de mi blog: El Sistema Isha.

Este sistema se basa en unas frases de poder que la maestra Isha llama “facetas”. Hoy les compartiré la primera de ellas, que está enfocada precisamente en conectarnos profundamente con este momento y apreciar lo que tenemos en nuestra vida justo ahora, aquí.

ALABANZA AL AMOR POR ESTE MOMENTO EN SU PERFECCIÓN.
Y llevaremos nuestra atención a la zona del medio del pecho: la zona del corazón.

Esta primera faceta nos ancla en el momento presente. Y sólo cuando estamos presentes, podemos apreciar. La palabra “alabanza”, en este contexto, se refiere al acto de reconocer y apreciar profundamente la vida, cosa que sólo podemos hacer en el momento presente.

Estas frases se practican de manera muy sencilla, pero sus efectos son muy poderosos, y de eso puedo dar testimonio, tras haberlas usado por más de diez años.

Si quieres probarla, simplemente busca un lugar cómodo, cierra tus ojos (puede ser sentado o acostado), piensa la frase y lleva la atención a tu corazón.

No tienes por qué creer lo que la frase dice. No te tiene por qué gustar. No tienes que buscar un estado interior específico. A veces sentirás paz, otras veces vendrás muchos pensamientos o emociones. Todo esto es perfecto. La frase está funcionando y su vibración hará que eleves la tuya y vayas sanando y vayas dejando ir aquello que vibra en una frecuencia más baja.

Si quieres conocer más sobre esta práctica, puedes encontrar material en la página de Isha.

También te invito a que veas la película de Isha: ¿Por qué caminar si puedes volar?

Finalmente, te invito a participar en el seminario online en el que Isha Judd, la creadora de estas herramientas, estará enseñando su sistema, el 4 y 5 de julio de 2020.

Si te inscribes al seminario con este enlace, recibirás gratis el libro ¿Por qué Caminar si puedes volar?, el libro más famoso de Isha, donde ella explica las bases de su sistema (promoción válida sólo para quienes aprenden el sistema por primera vez).

Haz clik aquí para inscribirte.

Si quieres más información, puedes escribirme al correo caminosdeconciencia@gmail.com o contactarme a través de cualquiera de mis redes sociales.

Monk hiking cross the river in forest,thailand, | Premium Photo

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Cómo dejar la culpa

Si te sigues sintiendo culpable es porque tu ego sigue al mando, ya que sólo el ego puede experimentar culpa ~ Un Curso de Milagros

Hace poco compartí en Instagram esa frase, junto con mi siguiente comentario:

La culpa no es señal de que haya malo con nosotros. No es señal de que hayamos hecho algo malo. Eso es lo que cree el ego, que siempre mira al pasado para definirse. El espíritu, en cambio, sólo conoce lo verdadero, y, por tanto, sólo conoce el presente, donde la culpa no puede existir, ya que necesita del pasado.

Frente a esto, alguien me pidió un consejo práctico para dejar ir la culpa. ¿Cómo dejarla cuando hemos hecho daño a otros?

Esta fue mi respuesta:

No pelees con la culpa. Permítete sentir las emociones. Tal vez haya tristeza o rabia debajo, contra ti o contra alguien más. Es bueno que dejes salir eso. Usa la culpa como una oportunidad para ir más adentro en ti. A medida que reconozcas tu esencia y te conectes con tu corazón y con el momento presente, la culpa se irá disolviendo, junto con las demás ilusiones.

Cuando reconoces tu realidad, reconoces la realidad de los demás. Entonces ves que nadie puede hacerte daño, y que tú no puedes hacerles daño tampoco. No comprenderás esto con el intelecto. Es un proceso de despertar. Y verás que cualquier error que hayas cometido es perfecto para tu proceso y para el de aquellos involucrados. Por ahora, acepta que te duele, y usa ese dolor para ir profundo dentro de ti. No huyas de eso ni trates de erradicarlo. La oscuridad no se va porque pelees con ella. Simplemente se desvanece cuando prendes la luz. Y en este caso, la luz es tu presencia, tu consciencia y la conexión con tu corazón.

Ahora bien, es importante resaltar que dejar de sentir la culpa desde este enfoque no implica volvernos insensibles ni desconectarnos de nosotros. Todo lo contrario.

Hay personas que no experimentan culpa porque están profundamente desconectadas de sus emociones. Este puede ser el caso de algunos psicópatas y sociópatas que no pueden sentir el daño que les causan a los demás y por eso perpetran actos crueles sin sentirse mal por ello.

Aquí, sin embargo, no te invito a que te desconectes de tus emociones, sino a que te sumerjas tan profundo en ellas que las trasciendas. Entonces estarás plenamente conectada o conectado con tu corazón. Y, desde esa conexión, la culpa desaparece, pero no nos hemos vuelto insensibles.

A veces creemos que, si no sentimos culpa, nos volveremos peligrosos porque haremos mal sin remordimientos. Pero la verdad es que, si dejamos de sentir culpa desde un lugar de amor y conexión con nosotros, lo único que saldrá de nosotros serán actos elevados y amorosos. La culpa, en cambio, nos pone densos, y desde esa densidad nuestras elecciones suelen ser menos elevadas. Así que ánimo. No tue fuerces a dejar ir la culpa. Pero tampoco tengas miedo de que se vaya. Sin culpa, lo único que saldrá de ti es Amor.

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¿Qué hacer frente a los celos?

¿Cuándo sentimos celos? Cuando alguien recibe la atención o el amor que creemos que nos pertenece. Sentimos así que alguien que nos está robando el amor, la atención o el reconocimiento.

Esto pasa sobre todo en las relaciones de pareja. Lo típico es que nuestra pareja le dé atención a alguien más y que a causa de esto nos sintamos amenazados. Tememos perder a nuestra pareja, pero, sobre todo, tememos perder su amor.

También sucede entre hermanos, que muchas veces compiten por el amor de los padres y se sienten celosos cuando los otros lo reciben. O incluso en el trabajo, cuando sentimos que gozamos de la aprobación o del reconocimiento de los demás y llega alguien que comienza a atraer hacia sí ese reconocimiento que sentíamos que nos pertenecían.

En todos los casos, lo común que tienen los celos es que creemos que podemos perder el amor porque alguien más lo recibe. Tememos que dejen de amarnos.

Esta es una ilusión muy profunda, y la raíz es que no nos amamos a nosotros mismos. En Un Curso de Milagros se dice que, de todas las ilusiones dementes del ego, una de las más disparatadas es la ideas de que podemos perder el amor.

La verdad es que no podemos perder el amor, pues el amor es lo que somos. Cuando creemos que podemos perder el amor, es porque estamos buscando el amor afuera. Pero el afuera siempre cambia. No hay nada seguro allí. Por tanto, si creemos que el amor está afuera de nosotros, en nuestra pareja o en el reconocimiento de los demás, nos sentiremos inseguros y tendremos miedo a perderlo.

Cuando encontramos el amor adentro, no hay celos. Podemos permitir que los demás reciban la admiración o el cariño sin sentirnos amenazados. Entonces ya no tememos perder a nuestra pareja. No tememos que quiera estar con alguien más. Sabemos que eso es posible. Y, si llega a suceder, le permitiremos irse. Pero no tememos ese momento, pues nuestra plenitud no depende de que ella se sienta de una manera especial hacia nosotros y de que no se sienta de esa misma forma hacia otras personas.

Los celos son una forma de apego. Son una forma de miedo a perder algo afuera de nosotros.

Pero, además, los celos usualmente nos muestran que en el fondo tememos ser insuficientes y creemos que no merecemos ser amados.

Como no hemos encontrado el amor dentro de nosotros, creemos que tenemos que ganárnoslo afuera nuestro. Y pensamos que, si no cumplimos ciertos estándares, no seremos merecedores. Nos llenamos de ideas de cómo debemos ser para ser dignos del amor. Son ideas absurdas, muchas veces heredadas, otras veces adquiridas a través de los medios de comunicación. Basamos nuestra seguridad en cumplir los requisitos de una lista: ser inteligente, ser guapo, ser sensible, ser exitoso, etc. Pero al basar nuestra seguridad en esa lista se cualidades, siempre nos sentiremos inseguros y estaremos comparándonos con los demás. Y siempre habrá alguien mejor que nosotros en cada uno de los aspectos de esa lista. En consecuencia, siempre estaremos temerosos de ser desplazados.

¿Por qué nos comparamos? Porque competimos con los demás. Y ¿por qué competimos? Porque creemos que el amor es escaso. Creemos que está afuera de nosotros y que debemos apresurarnos a aferrarnos a un trocito, no vaya y sea alguien más lo coja antes que nosotros y nos quedemos sin nada. Y entonces, cuando al fin hallamos un trocito de amor, a través de una relación o de una sensación pasajera de reconocimiento, nos aferramos a eso con fuerza y con miedo. Y cualquier señal de que ese trocito de amor puede irse nos llena de angustia y saca a la luz nuestro miedo de no ser lo suficientemente buenos. Tal vez la persona que nos está dando ese amor se dé cuenta de que hay otros candidatos más merecedores que nosotros y nos arrebate ese amor que nos había dado.

Así pues, cuando sentimos celos es una oportunidad magnífica para sanar, para aprender a amarnos profundamente.

Cuando sintamos celos, veamos esa parte de nosotros que no se cree merecedora del amor, y que cree que el amor es algo externo que puede ganarse y perderse.

Los celos son una señal. Pero no son la señal de que no somos lo suficientemente buenos. Son simplemente la señal de que tenemos esa creencia en nuestro interior. y reconocer esa creencia y ese miedo a perder el amor afuera es el primer paso para darnos cuenta de que ya somos merecedores del amor y de que no podemos perderlo.

Cuando realmente nos amamos, dejamos de competir por el amor, pues lo hemos hallado en nuestro interior. Y entonces sabemos que no hay nada que podamos hacer que nos vuelva más dignos del amor de lo que ya somos, así como tampoco podemos hacer algo que nos haga indignos. No podemos perder lo que somos. Podemos perder conciencia de ello, pero no podemos perderlo en realidad.

Así pues, si estás sintiendo celos, mi consejo es: siente. Siente el dolor, siente el miedo. Siente la tristeza de sentirte separada o separado del amor. Y permite que esa emoción abra en ti una puerta a la verdad que se oculta bajo esas emociones y miedos: el amor que está dentro de ti.

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El Sistema Isha

Esta época del coronavirus ha sido dura para mí. Al comienzo, tuve mucho, mucho miedo. Traté de enfocarme en dar y en servir, pero el miedo se apoderó de mí.

Pasaba grandes cantidades de tiempo viendo noticias y preocupándome, que casi me dan ataques de pánico. Llegó un momento en el que caminaba por mi casa y me sentía mareado de tanto miedo. Temía por mi vida y por la vida de mis padres, temía por mi futuro.

Casi no podía meditar. Me desconecté por semanas de mi práctica espiritual.

En esos momentos me reconecté con el Sistema Isha, una práctica espiritual que ha sido muy importante en mi camino. De hecho, pasar seis meses en el centro de Isha fue una de las experiencias más importantes de mi vida. Por eso lo promuevo tanto, como cuento en este video que hice sobre esa experiencia.

Por eso quiero en estos días que vienen promover el Sistema Isha e invitarlas e invitarlos a que lo conozcan.

Cuando me contactó una maestra de Isha hace unos meses a invitarme a un retiro online, la verdad acepté más que todo para apoyar a Isha y a sus maestros en esta época de cuarentena, en la que sé que tuvieron que cancelar sus eventos en persona. Nunca había hecho un retiro online con ellos, y compré la participación más sintiéndolo como una donación. Pero lo que recibí en el curso online me sorprendió.

Fue una reconexión profunda conmigo. Una limpieza de muchos miedos y emociones que se habían acumulado con el tiempo y de los que no era tan consciente. Fue un revolcón profundo y transformador. Fue tan profundo que me obligó a parar. Por eso me desconecté de este blog y bajé en gran medida mi actividad en todas mis redes sociales. Fue un momento en el que sentí que necesitaba sanar de nuevo y retirarme, y entrar en lo que llamo “fase del oso polar“.

Ahora, un par de meses después, sigo sanando y me encuentro actualmente en otro retiro online con el Sistema Isha. Sin embargo, ya tengo ganas de salir a compartir un poco más. Y así, quiero compartir la herramienta en la que más me he apoyado en estos meses.

Isha estará enseñando su sistema de meditación online el 4 y 5 de julio. Estaré promoviendo ese evento, así que si quieren información, pueden escribirme a caminosdeconciencia@gmail.com o contactarme a través de cualquiera de mis redes sociales.

Si te inscribes al seminario con este enlace, recibirás gratis el libro ¿Por qué Caminar si puedes volar?, el libro más famoso de Isha, donde ella explica las bases de su sistema (promoción válida sólo para quienes aprenden el sistema por primera vez).

Haz clik aquí para inscribirte.

En siguientes entradas les contaré de qué se trata su sistema de meditación y les compartiré algunas de sus herramientas. Por ahora, a quienes quieran saber más, los invito a ver la película de Isha, Por qué caminar si puedes volar. Al verla, sabrán si Isha resuena con ustedes y si es un camino que les sirva, tal como me ha servido a mí. Los invito a que la vean con su corazón abierto, su mente receptiva y de manera inocente.

Isha Judd Documental: ¿Por qué caminar si puedes volar?

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La fase del oso polar

Para sobrevivir al invierno, los osos polares y otros mamíferos hibernan. Se esconden en una cueva y no salen en seis meses o incluso más. Es parte de su ciclo.

También nosotros, de vez en cuando, necesitamos hibernar. Cuando siento que lo necesito, digo que estoy en “la fase de oso polar”.

Hay momentos en los que el mundo nos requiere y nos invita a crear ya compartir, a experimentar y a crecer a través de lo que hacemos. Pero también hay otros momentos en los que nuestro corazón nos invita a retirarnos y quedarnos solos por un rato, solos con nosotros mismos.

Para poder dar lo mejor de nosotros al mundo, debemos estar sanos. Y para estar sanos, a veces debemos entrar en la fase del oso polar. Así me pasa con alguna frecuencia: hay momentos en los que siento la necesidad de parar y retirarme. Pero es ese ciclo el que me permite renovarme, energizarme y crecer.

Conozco personas que nunca paran. Y es que todos somos diferentes. Tal vez haya algunos que no requieren pasar por la fase del oso polar. Para mí, es un elemento importante de mi proceso. Es un tiempo para soltar aquellas rutinas y funciones a las que me he aferrado en el mundo. Es un tiempo para relajar o incluso alejarde de las relaciones con las que normalmente comparto y en las que pongo mi energía. Es un momento para mirar profundo, muy profundo, y ver desde qué lugar estoy haciendo las cosas.

A veces, cuando nuestros procesos y rutinas se vuelven automáticos, perdemos de vista lo más importante. Empezamos a actuar por inercia y nos desconectamos de nuestro corazón. Si esta situación dura mucho tiempo, puede que llegue un punto en el que nos vemos haciendo algo que ya no resuena con nosotros, pero seguimos porque no nos damos cuenta de que, en lo más profundo, algo ha cambiado en nosotros.

No quiere decir esto, si entramos en fase de oso polar, necesariamente cuando salgamos vamos a abandonar para siempre nuestros proyectos. Pero puede ser. Parte de permitirnos mirarnos profundamente es estar dispuestos a cambiar y a dejar ir lo que tenemos. Si nos aferramos, no podremos ir tan profundo, pues habrá ideas que seguimos manteniendo a la fuerza, y por tanto nuestra energía se va allí, en vez de en la profundidad de nuestro corazón.

A veces saldremos de la cueva y cambiaremos radicalmente lo que estábamos haciendo antes. A veces saldremos con más fuerza que antes y haremos lo mismo, pero mejor. Pero es algo que no sabemos antes de entrar. Por eso, un verdadero retiro requiere valentía: no sabes quién serás cuando salgas al otro lado.

Por mi parte, llevo unos meses en fase de oso polar. Y nunca me había amado tanto. Y no sé quién está saliendo ni qué pasará con mis proyectos. Pero amo el proceso. Es una parte fundamental de mi crecimiento.

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