Eres lo que comes: la importancia de comer con consciencia plena

Cuando empiezas a desarrollar la capacidad de ser consciente, de tener sensación de calma y claridad en relación con la comida y con tus hábitos alimentarios, desarrollas al mismo tiempo la capacidad de aplicar esas habilidades a cualquier aspecto de tu vida

Andy Puddicombe

La alimentación, al igual que la respiración, es un proceso automático. Respiramos y no somos conscientes de que lo estamos haciendo. Sucede lo mismo con la alimentación: nos alimentamos y la gran mayoría de veces no nos damos cuenta qué estamos comiendo, cómo lo estamos comiendo y por qué lo estamos comiendo. Deberíamos tener cierto grado de consideración respecto al proceso alimenticio, pues determina nuestra salud, bienestar y armonía interior.

La comida es un mundo de posibilidades por su variedad en color, tamaños y sabores. La cultura define de qué manera nos alimentamos diariamente. La manera como comíamos en nuestra infancia determina la relación que en la vida adulta tendremos con la comida y, por lo tanto, nuestra salud en todas las etapas de la vida.

Hoy por hoy, la manera como nos alimentamos está cobrando relevancia, los índices de obesidad en la población infantil y en la población en general a nivel mundial están en aumento, lo que quiere decir que la salud está en constante riesgo. Los diagnósticos de salud de enfermedades cardiovasculares, diabetes, cáncer, artrosis, etc., crecen sin medida en la población en general. No en vano, en una consulta médica nunca falta la recomendación de mejorar los hábitos alimenticios, aumentar el consumo de verduras, frutas, cereales y legumbres, disminuir el de carnes rojas, tomar más agua, practicar ejercicio físico. Desde tiempos antiguos, Hipócrates, el padre de la medicina, lo resumió así: “Que tu alimento sea tu medicina, y la medicina, tu alimento”.

La comida no sólo tiene relación directa con nuestro estado de salud: también con nuestro ser interno. Si nos alimentamos bien, así mismo nos sentiremos: más livianos y relajados, en sintonía con el flujo de energía del Universo. Además, una alimentación sana es un reflejo del despertar de nuestra conciencia. En efecto, cuando despiertas a tu conciencia, te haces consciente de ti mismo, y esto lleva a que tus elecciones cotidianas estén encaminadas a cuidarte, a protegerte, a buscar lo mejor para ti.

Es importante aclarar, para empezar, que la alimentación consciente no es una dieta más. Alimentarse conscientemente es un acto de amor, bondad y compasión contigo mismo, con tu salud; es considerar los alimentos que vas a consumir. Alimentarse conscientemente conlleva una actitud de agradecimiento constante con la vida en general, con la naturaleza. El acto de comer se convierte en un momento placentero, de gratitud, de disfrute, agradeces a todos los que han intervenido para que tus sentidos se sientan regocijados por lo que han puesto en tu plato. En tu próxima comida, tómate un instante para respirar y apreciar lo que hay en tu mesa, aprecia y disfruta el colorido, las texturas y los distintos sabores. Bien puedes observar cómo está siendo tu proceso de masticación, ¿estás masticando lo suficiente, o demasiado rápido o lento? El proceso digestivo inicia en la masticación. Por lo tanto, para tener una alimentación consciente se sugiere masticar mínimo 40 veces cada bocado, a tal punto que el alimento quede líquido y facilite así el proceso digestivo en su totalidad.

Alimentarte conscientemente implica tomar consciencia de todo tu ser. De esta manera, tu actitud en el momento de alimentarte es determinante: ¿Te estás alimentando porque es lo que estás acostumbrado a hacer o estás escuchando tu cuerpo y lo estás nutriendo con alimentos verdaderos? ¿Estás en sintonía con tu cuerpo y consumes los alimentos que el mismo te está pidiendo? Las células nos envían continuamente información sobre cómo quieren ser alimentadas, qué alimentos están necesitando.

Es importante que revises, entonces, si estás comiendo de manera automática, sin control, dejándote llevar por emociones que te impulsa a comer lo que esté disponible. Detente y revisa tu relación con la comida, ese es el primer paso para ver si te estás alimentando o simplemente estás comiendo.

Por otra parte, sería ideal alimentarnos con alimentos libres de sustancias tóxicas. Una manera simple es elegir siempre alimentos en su presentación natural, lo que implica evitar el consumo de alimentos en paquetes, envasados, embotellados, etc. Los alimentos procesados contienen altas cantidades de azúcares, grasas, sodio, colorantes y sustancias químicas. A simple vista, sacian el hambre, nos llenan, nos satisfacen de momento, mas no nos están nutriendo en su totalidad, que es el fin último de alimentarnos: nutrir las células.

Entre más elaboración y procesamiento lleve un alimento, menos natural y saludable es; por eso, inclínate por alimentos lo más naturales posible. Vuelve a las plazas de mercados, al mercado campesino. Compra productos locales; los productos importados, si bien son deliciosos y nos llevan a experimentar nuevos sabores, se demoran en llegar hasta el supermercado, lo que se traduce en químicos y preservativos para que puedan ser consumidos.

Puedes modificar tus hábitos alimenticios. Si estás en tu edad adulta y piensas que no es posible, ve haciéndolo de a poco; si te lo propones, lo lograrás. Si eres padre o madre de familia, tienes una gran responsabilidad en la alimentación de tus hijos, ya que de cómo alimentes a tus niños hoy dependerá el bienestar en general en su vida adulta. Si eres educador, tu responsabilidad también suma; cuéntale a tus alumnos cómo alimentarse mejor, muéstrales que comer sano y saludable es divertido y delicioso.

Cuando decides alimentarte conscientemente profundos cambios suceden en tu vida. Anímate a elegir momento a momento conscientemente cómo te vas a alimentar. Así no sólo nutrirás tu cuerpo, sino que mejorarás toda tu vida.

Por: Aura Reuto

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Me llamo Aura Reuto. Nací en Casanare en 1977, actualmente vivo en Villavicencio (Meta, Colombia). Llevo más de una década  explorando en mi ser interior, con el firme propósito de amarme, aceptarme y disfrutar la vida exactamente como es. Amarme significa aceptar mi historia personal, superar el sufrimiento a la luz del amor y del perdón y comprender que todo ha obrado para bien.

Trabajé en el sector privado por más de 10 años. Hoy estoy  al servicio de la vida en sus múltiples manifestaciones. Me siento en capacidad de acompañarte en procesos de sanación y liberación interior, mediante la escucha atenta y profunda.

Soy Experta en Mindfulness, Desarrollo Personal y Educación Consciente. Alimentación Consciente.  Facilitadora de Círculos de Mujeres y Espacios Sagrados. Moon Mother. Facilitadora de Terapia del Perdón.

Contacto: aurareuters@hotmail.com

Consejos para atravesar abismos

Se dice que Siddartha abandonó su palacio la noche en que nació su único hijo y pasó seis años buscando la verdad, la iluminación, el nirvana. En ese lapso se entregó por completo a su búsqueda. Ayunó, meditó, forzó su cuerpo al extremo de la resistencia. Llegó un punto en el que estaba exhausto. Lo había dado todo, pero nada pasaba aún, no lograba encontrar aquello que con tan intenso deseo buscaba. Fue entonces cuando se sentó bajo el árbol Bodhi, sin saber ya qué más hacer. Cuenta una hermosa versión de la leyenda que cerca al árbol pasaron un día un músico y un niño. El músico llevaba un instrumento de cuerdas, y mientras caminaban le explicaba al pequeño cómo afinarlo: “Si las cuerdas están muy flojas, no van a sonar cuando las toques, y si están demasiado tensas, se romperán; por eso debes encontrar el punto medio”. Tras oír esto, Siddartha se iluminó, se convirtió en el Buda. Lo único que lo separaba de su objetivo era que se había ido al extremo en el afán de su búsqueda, y cuando tomó conciencia de ello volvió al centro, lo que le permitió despertar.

Esta hermosa historia habla sobre la importancia del equilibrio, de volver constantemente al centro, de no dejarnos llevar por los extremos. A veces pasa que perseguimos la perfección, y es como si cargáramos piedras. Luego se nos caen y ruedan en todas direcciones, destruyendo aquello que tratábamos de construir. Tensamos las cuerdas hasta que se rompen. Entonces mandamos todo al diablo y dejamos de lado la disciplina, decepcionados por nuestro fracaso. Pasamos así a un periodo de relajación que acaba en la modorra, en la pasividad, en el estancamiento. Dejamos las cuerdas tan flojas que ya no es posible hacer música con ellas.

Esto nos puede pasar en cualquier aspecto de la vida. Por ejemplo, con una dieta. Decidimos de repente que queremos comer mejor, de manera más saludable. Dejamos a un lado las grasas, los dulces, el alcohol. No levantamos a trotar todos los días a las cuatro de la mañana. Dejamos de ir a fiestas. Nos volvemos obsesivos. Ni siquiera un pequeño dulce de vez en cuando. Somos rígidos. Entonces se genera la tensión, se hace necesario un esfuerzo constante que poco a poco agota a cualquiera. Nos volvemos víctimas de nuestro invento. Una mañana descubrimos que ya no hay brillo en nuestros ojos y decidimos que ese estricto régimen ya no nos hace felices, por lo que lo abandonamos y nos entregamos por completo a los placeres de la comida y la bebida. Hasta que enfermamos o el doctor nos advierte que corremos grave riesgo, y entonces volvemos a la fase rígida del ciclo.

En ese sentido son esclarecedoras las palabras de Aristóteles, quien en su Ética a Nicómaco argumentó que la virtud es “la medianía de dos extremos malos, el uno por exceso y el otro por defecto”. Así, por ejemplo, el valor sería el punto medio entre la cobardía y la osadía irreflexiva. Ahora bien, si se acepta lo anterior, surge la pregunta: ¿cómo estar en el punto medio? Para responderla vale la pena contar un cuento.

Hace mucho tiempo, dos ladrones fueron condenados a muerte por un rey. Tras escuchar la sentencia, uno de ellos se arrodilló ante el soberano y clamó por su vida. El rey, conmovido, decidió darles una oportunidad: ordenó que se pusiera una cuerda entre los dos bordes de un precipicio y les dijo a los ladrones que les perdonaría la vida si lograban cruzar. Ante esta oferta, y sabiendo que no tenía nada que perder, uno de los ladrones se aventuró sobre el abismo. Para sorpresa de todos los que estaban mirando, el hombre pasó de un lado a otro sin la menor dificultad. Cuando llegó al otro lado, el ladrón que se había quedado le gritó desesperado: “¿Cómo lo conseguiste, cómo pudiste pasar por esa cuerda tan delgada sin caerte?”. Su compañero de condena le respondió alegre, también a gritos: “Fue muy sencillo, cada vez que sentía que me estaba cayendo hacia un lado, suavemente inclinaba mi cuerpo hacia el otro”.

El truco con el que los ladrones salvaron sus vidas ahora puede ayudarnos a mejorar las nuestras. Se trata de aprender a observarnos, y darnos cuenta de cuándo nos estamos yendo a un extremo. Justo en ese momento, cuando tomamos conciencia, con delicadeza elegimos impulsarnos en la dirección contraria. Si tienes ganas de dejarlo todo, espera, guarda un poco, y si tienes ganas de atraparlo todo con tus manos, también detente, deja escapar algunas cosas. Se trata de un arte constante, de un estado que se logra una y otra vez. Y quizás un día, cuando menos lo pienses, estarás al otro lado del abismo.

Por: David González

Publicado primero en: http://elmuro.net.co/abismos/

 

 

La terapia sin terapeuta

Médico, cúrate a ti mismo

Lucas: 4:23

Si tal y como las enseñanzas no dualistas tradicionales y modernas sugieren, el yo dividido es simplemente una “ilusión” del pensamiento y la percepción, y que somos, en esencia, el amplio espacio abierto en el que se desarrolla la vida, un espacio que es inseparable de ese mismo desarrollo, entonces, ¿qué lugar ocupa la “terapia” en nuestras vidas? ¿Puede realmente un ser ilusorio curar a otro ser ilusorio? ¿Puede un espacio abierto ser curado por “otro” espacio abierto? ¿Quién, exactamente, va a hacer esa curación? Y, ¿quién va a ser sanado exactamente?

Mientras me estaba formando como terapeuta, aprendí todo tipo de teorías y técnicas —asimilé tantos “cómos”: cómo escuchar, cómo ser congruente, cómo interpretar las palabras del cliente y su lenguaje corporal, cómo irse mostrando apropiadamente—. Hay tantas investigaciones por ahí, tantas maneras de definir la terapia, tanta gente con tantas ideas sobre cómo ayudar a los demás, y todo esto es maravilloso —la vida parece deleitarse en esta variedad de perspectivas—. Pero me sorprendió que a pesar de toda esta formación que había recibido, a pesar de todo el conocimiento y habilidades que estuve obligado a asumir, la pregunta: “¿Cuál es la verdadera curación?” no se estudió nunca en profundidad. Como terapeutas en prácticas, estábamos aprendiendo a curar, a interactuar con los clientes, pero nunca nos detuvimos a contemplar el verdadero significado de la curación. Estábamos aprendiendo a ser terapeutas, a vivir en nuestros roles, a “hacer” terapia, pero nunca nos paramos a hacernos la pregunta más fundamental: ¿es la curación siquiera posible? Una vez, en clase, levanté la mano y pregunté: “¿No hay una especie de arrogancia en asumir que sabemos cómo ayudar a otro ser humano? ¿No significa eso asumir un tipo de separación?”. Y me dijeron: “Eso es una pregunta filosófica, y este es un programa de terapia”. Conoce tu lugar, terapeuta en prácticas.

Como terapeutas, como sanadores, somos los que se supone que saben cómo ayudar a la gente, cómo mejorar su salud mental, su bienestar, su calidad de vida. Pero, ¿qué significa realmente ayudar a alguien? ¿Estamos tratando de ayudar a los clientes a tener una mejor experiencia? ¿Queremos que sean más felices? ¿Para ser más como “nosotros”? ¿Estamos tratando de quitarles su dolor? ¿O estamos simplemente tratando de quitarnos nuestro propio dolor? Quizá al intentar curar a otros, ¿estamos tratando de curarnos a nosotros mismos? O más importante aún, ¿es la terapia, en el verdadero sentido de la palabra, posible? Me imagino que estas son las preguntas con las que todo terapeuta honesto se tropieza al final. Y no hay respuestas fáciles.

La palabra terapia tiene sus raíces en la palabra therapeia, palabra griega que significa curación, y curación simplemente significa hacer todo. Terapia = curación = desplegarse hacia el todo. Pero ¿qué es este “todo” al que la terapia dice poder llevarnos? ¿Dónde está? ¿Es algo que se encuentra en el futuro? ¿Puede una persona realmente llevar a otra persona hacia el todo? ¿O, en realidad, la totalidad ya se encuentra presente, aquí y ahora, en medio de cada experiencia del momento presente, como las enseñanzas no dualistas sugieren? Una vez más, yo diría que todos los terapeutas honestos al final debemos enfrentarnos a estas preguntas —preguntas que en realidad amenazan con socavar nuestra propia identidad como terapeutas—.

Me gustaría proponer que la verdadera terapia, terapia en el verdadero sentido de la palabra, no tiene nada que ver con arreglar un yo escindido. Cualquier terapia que trate de arreglar un yo dividido simplemente perpetuará la ilusión en el origen de todo nuestro sufrimiento. La verdadera terapia no tiene nada que ver con ayudar a una persona del modo en el que solemos usar esta palabra. No tiene nada ver con arreglar un “yo” roto y convertirlo en uno más feliz, productivo, “normal” o mejor adaptado. No tiene nada que ver con alcanzar la totalidad en el futuro, con convertir la totalidad en un objetivo futuro.

La verdadera terapia es más bien un redescubrimiento: que este “yo” roto, incompleto y dividido no es quien realmente eres, y que en realidad, no eres un “yo” en absoluto, sino un amplio espacio abierto de conciencia en el que todos los pensamientos, sensaciones, sentimientos, sonidos, olores, surgen y pasan. No eres una persona separada contemplando el mundo, sino el amplio espacio abierto en el que el mundo aparece y desaparece, un espacio abierto que es, en última instancia, inseparable de ese mundo. En la verdadera terapia, por tanto, no se trata de trabajar hacia un todo futuro, sino de redescubrir ese todo en medio de cada experiencia presente. Trata sobre el lugar donde nos encontramos realmente —aquí y ahora—, un lugar donde el terapeuta y el cliente son radicalmente iguales, un lugar que podríamos llamar amor.

La metáfora de la ola y el océano es muy útil aquí. La experiencia de ser un individuo separado, una persona en el mundo, es la experiencia de ser un buscador —una ola separada en el océano—. Cada individuo es una persona que busca —tanto el terapeuta como el cliente por igual—. Y esta ola, experimentándose a sí misma como algo separado del océano, busca el océano. La experiencia fundamental de ser un buscador es la experiencia de la carencia, de lo incompleto, de la nostalgia, de sentirte siempre en busca de algo que no consigues encontrar, algo que no puedes nombrar. La ola se pasa la vida, en un millón de maneras diferentes, en busca de esa totalidad innombrable. “Estoy incompleta, pero algún día estaré completa”, se dice a sí misma. “Un día voy a encontrar lo que estoy buscando —el amor, el éxito, la grandeza, la iluminación, la curación— y entonces estaré completa”.

Por supuesto, en la realidad no hay separación del océano. La ola ya es el océano, el océano aparece como una ola, por lo que la totalidad ya está presente. La plenitud que buscamos en realidad ya está aquí, en la experiencia de este momento actual, y como no vemos esta plenitud la buscamos en el futuro. Todo el sufrimiento comienza aquí, en el rechazo, en algún nivel, de este momento presente. Toda la búsqueda se basa en una pasmosa ilusión de tiempo.

Darse cuenta de esto transforma nuestra relación con aquel que llamamos “cliente”. Visto desde esta perspectiva, ningún cliente está realmente roto, dañado o perdido —son siempre ya todo, incluso en su experiencia de estar rotos, incompletos, escindidos, incluso en su dolor, su miedo, su angustia, su devastación—. El objetivo de la verdadera terapia, entonces, no es arreglar al cliente, no es desplazarlo de sus experiencias “negativas” a “positivas”, no es convertir su dolor en placer, su depresión en alegría, no es guiarles a lo que creen que buscan, no es “hacer terapia” con ellos, sino exponerles, sin compromiso, los supuestos fundamentales que subyacen a su experiencia de separación, su experiencia de ruptura, su carácter incompleto, su búsqueda. La verdadera terapia no se suma a la ilusión de la separación —la rompe, te despierta—. No elimina el dolor, señala la totalidad en el dolor. No se deshace del miedo, ilumina el todo en el miedo. De este modo, el sentido de la terapia es el sentido de toda auténtica espiritualidad: despertarte del sueño de la separación, el sueño de que eres una persona escindida en un viaje hacia una plenitud futura. La verdadera terapia despierta al cliente de su sueño de ser un “cliente”, y despierta al terapeuta del sueño de ser un “terapeuta”. Y que quede claro, el terapeuta necesita despertar tanto como el cliente. Cuando se trata de despertar, ninguna cualificación, certificado, licenciatura, o cualquier número de letras después de tu nombre, te puede ayudar.

La totalidad, vista de este modo, no es algo que “sucede” un día, no es algo hacia lo que “trabajar”, solos o en conjunto; no es una meta lejana, es algo que ya está presente. La vida misma —lo que realmente eres, más allá de tu imagen de ti mismo— ya está completa, ya está sanada en el verdadero sentido de la palabra. Por ello en la verdadera terapia, no pretendemos curar a una persona escindida —porque no hay tal cosa—, simplemente volvemos a contactar con lo que ya está curado. La terapia es una paradoja hermosa cuando se ve desde esta perspectiva.

Entonces, ¿qué significa esto en la práctica? Esto significa que la posición del cliente de “Estoy roto, por favor arreglarme”, se convierte en “Estoy abierto al descubrimiento de la totalidad dentro de mi experiencia actual de fractura”. Y la posición del terapeuta de “Estás roto, voy a arreglarte” se convierte en “Veo que no hay nadie que esté fundamentalmente roto, pero me doy cuenta de tu experiencia presente de fractura. Me doy cuenta de tu dolor, tu miedo, tu tristeza, tu lucha, tu sufrimiento, pero no asumo ni por un momento que hay alguien ahí separado de mí que necesita ser arreglado de ninguna manera. Honro tu sueño, y lo veo como un sueño. Por supuesto, estoy abierto a explorar tu experiencia contigo, y estoy abierto a redescubrir eso que ya está completo, dentro de esa experiencia. Veo claramente que el todo ya está allí, en todos los aspectos de tu experiencia con los que te encuentras en guerra ahora, y todo de lo que huyes, en cada pensamiento, sensación o sentimiento que te parecen inaceptables ahora. Así que arrojemos luz sobre las varias formas de búsqueda en tu experiencia, expongámonos a los aspectos sutiles y no tan sutiles con los que te encuentras en guerra en este momento, y en esa luz, en esa exposición, descubramos juntos la curación eterna que tú eres, que yo soy”.

“Yo no estoy aquí para curarte. En ese sentido, no soy un ‘terapeuta’ en absoluto, eso es sólo un papel que estoy jugando en este momento. Mantengo ese rol muy, muy ligeramente. La verdad es que estoy aquí para ir a la aventura contigo. Una aventura conmigo mismo, porque todo es la misma mente, todo es el mismo buscador, al final. Somos exploradores de la experiencia, ya curados, una luz que brilla buscando curación, dándose cuenta de que esta búsqueda no es necesaria. No la negamos, pero tampoco la alimentamos. No negamos el sueño, pero tampoco estamos aquí para satisfacerlo. Simplemente nos juntamos para ver a través de la ‘ilusión’”.

El terapeuta reconoce que, en última instancia, él o ella no es un “terapeuta” en absoluto. Como el espacio abierto, la amplitud en la que todos los pensamientos, sensaciones, sentimientos y sonidos vienen y van, no hay una identidad fija, y ningún rol te puede definir. Un “terapeuta” no puede curar a un “cliente”, ya que ambos, “terapeuta” y “cliente” son simplemente roles temporales que se interpretan en esta conciencia abierta —y estos roles no son lo que realmente somos—. Por eso mantenemos estos roles muy, muy ligeramente.

“Yo” no “te” puedo curar, porque la curación es el espacio en el que la división dualista del “yo” y el “tú” surge en primer lugar. Y así, ya no hay ninguna presión sobre el terapeuta para “curar al cliente”. Recuerdo que durante mi formación en terapia, mis compañeros se agotaban con la creencia de que eran personalmente responsables de la curación de sus clientes. Y, ¡oh!, ¡el pánico que se producía cuando los clientes no aparecían! Cuando se te identifica como “terapeuta”, que tu cliente no aparezca pone en peligro tu identidad. Pero visto desde esta nueva perspectiva, la carga de la curación ya no descansa sobre los hombros de nadie, y el cliente ya no representa una amenaza para la identidad del terapeuta. En otras palabras, el terapeuta sabe que la curación ya está presente, incluso antes de que el cliente comience a hablar. La sesión de terapia se convierte simplemente en una danza dentro de la totalidad. No se trata de arreglar al cliente, ni de demostrar tu valía como terapeuta, sino que se trata de bailar con el otro mientras el eterno momento de la curación brilla. Bailamos, juntos, en la totalidad.

El cliente puede ir a terapia a sanarse y en la terapia, él o ella pueden llegar a darse cuenta de que la curación no es necesaria —porque lo que realmente son ya está curado (totalmente), y siempre lo ha estado—. Incluso a través de todas las experiencias traumáticas de la vida, ya había algo que era todo, y que nunca fue dañado o traumatizado por esas experiencias. Las experiencias pueden ser traumáticas, pero nadie, en última instancia, se traumatiza. Lo que eres no puede ser dañado, no puede ser roto, no puede ser destruido, no puede morir. La vida ya está curada, y en algún nivel, incluso los clientes más “heridos” lo saben. Y así, en terapia, no se habla al “yo herido” —hablamos a eso que ya sabe que no está herido. Hablamos con la que ya está curado—.

Cualquier terapia que no reconoce la naturaleza ya sanada de la vida simplemente alimentará la búsqueda, mantendrá al cliente dependiente del terapeuta —y viceversa—, mantendrá tanto al cliente como al terapeuta atrapado en el sueño de la separación, y hará de la verdadera curación una meta lejana. Cualquier terapeuta que no reconoce que un “terapeuta” —en el sentido de “uno que puede curar a otro”— no es lo que él o ella realmente es, simplemente mantendrá al cliente atrapado en su sueño de “cliente” —como en el de, “uno que está a la espera de curarse, que está roto”—.

Pero el terapeuta que reconoce que no es realmente un “terapeuta” en absoluto, que no es más que el espacio abierto en el que “terapeuta” surge, que los terapeutas, como espacio abierto, son iguales al espacio abierto en el que el “cliente” surge, que ellos, como espacio abierto, ya están curados, al igual que su “cliente” ya está curado: este terapeuta ya no se esconde detrás de su papel como terapeuta. Ya no están usando su identidad profesional para defenderse de una relación verdadera, auténtica e íntima. Ellos ya no tienen miedo a enfrentarse incluso al “yo” más “dañado”, porque ya no lo ven como “otro”. Y por tanto son libres de zambullirse, de cabeza, sin miedo, en el dolor del paciente, que es su propio dolor. Nos encontramos en nuestra rotura mutua, y a eso lo llamamos amor.

“Terapeuta” y “cliente” se desprenden, para revelar una intimidad total. Esto, diría yo, es de lo que trata realmente la terapia —ir más allá de los roles, los juegos, las creencias y las ideologías que aparentemente nos separan, y encontrarse, encontrarse verdaderamente, en la intimidad, en la desnudez—. El terapeuta se despoja de sus ropas de “terapeuta”, metafóricamente hablando, y se desnuda frente a su cliente. No fingen “saber” cómo ayudar al cliente, ya que en esta desnudez, son tan vulnerables, tan indefensos, tan abiertos a la vida como su cliente. Se reúnen con el cliente en este no-saber. Bajo todos los roles, los juegos, las normas sociales, el juego imaginario de “terapeuta” y “cliente”, este no-saber brilla, siempre. Es donde todo empieza y donde todo termina.

Un terapeuta verdadero admite que no sabe, y se encuentra ahí con su cliente. No saben, y su cliente no sabe, y ahí, justo ahí, está la intimidad. Y desde ese lugar de intimidad, empiezan a explorar. La exploración es entonces una danza en la intimidad. No es el intento de llegar a la intimidad, en el tiempo, a través de la exploración —pues la verdadera exploración sucede en la intimidad—. Así no es una exploración que viene de la búsqueda. Viene de la fascinación. En la fascinación, exploramos la naturaleza de buscar juntos. En la fascinación, arrojamos luz sobre el trabajo de la mente (pensamiento). Nos fijamos en las formas en que tú (yo) nos escapamos de ciertas experiencias. Cómo nos escapamos de sentir ciertos sentimientos. Cómo nos hemos terminado perdiendo en los deberías y no deberías. Cómo hemos estado buscando el amor cuando el amor ya estaba aquí. Cómo hemos estado buscando la intimidad cuando la intimidad ya está aquí. Cómo nos hemos aferrado a una imagen falsa de nosotros mismos, cuando en realidad somos simplemente el espacio en el que todas esas imágenes aparecen. Todo, literalmente todo —el mundo en su totalidad— puede aparecer en esta intimidad, y la terapia es el espacio en el que podemos arrojar luz sobre todo ello. Literalmente todo ello. El mundo sale a recibirnos en la terapia, y nada se oculta. Todo está permitido en este espacio. Todo tiene luz aquí. Todo está iluminado.

El espacio de la terapia es el espacio en el que estamos. Así que, al final, la terapia no es algo que sucede en una habitación, a veces, entre dos o más personas. No es algo que sucede cuando un terapeuta y un cliente se juntan y empiezan a hablar sobre los problemas de la vida. La terapia no es algo que hacemos —es lo que ya somos—. Y esto está siempre disponible para ser descubierto. Aparentemente dos personas están haciendo este descubrimiento juntos, cuando al final, es la misma idea de “dos personas” que se derrumba en este descubrimiento. En esta intimidad, ¿quién cura a quién? ¿El terapeuta sana al cliente? Bueno, podría ser igual de cierto que decir que el cliente sana el terapeuta. El cliente destruye al terapeuta, con fascinación, en el amor. Es la humildad total en presencia de otro ser humano. Es ver —ver realmente quién y qué está enfrente de ti—. Y ser visto como consecuencia. Estar expuesto. Ser, al descubierto.

Una vez estaba hablando con una mujer que estaba a punto de dejar a su marido y mudarse a un apartamento por su cuenta. Nunca antes había vivido sola y estaba aterrada. Había ido a terapeuta tras terapeuta, todos los cuales habían intentado, de una forma u otra, para ayudarla, para sanarla, hacerle las cosas más fáciles, cambiarla de alguna manera. Nada había funcionado, y sus temores habían crecido hasta el punto que su vida se había convirtiendo en imposible de vivir. Me contaba una historia tras otra sobre sus miedos, sus preocupaciones, sus ansiedades sobre el futuro. No había dormido en tres meses, dijo. No comía. Se estaba volviendo dependiente a las pastillas. Repetía una y otra vez “No sé qué va a ser de mí. No sé ”, mientras se balanceaba hacia atrás y hacia adelante en su silla. Me senté allí, escuchándola, interesado. No tenía respuestas. Yo tampoco sabía lo que le iba a pasar. Estoy tan desamparado como ella frente a la vida. No podía prometerle que todo iba a ir bien. No podía prometerle nada de hecho. Toda mi formación como terapeuta no significaba nada enfrente de este no-saber. Ninguna técnica, ninguna teoría, ningún conjunto de directrices puede durar en el fuego de esta ignorancia. Como espacio abierto, vivo en el no-saber, al igual que ella. No sé qué va a pasar. Ser un “terapeuta” no me da ninguna visión especial sobre los misterios del tiempo.

La miré a los ojos y me limité a decir, con toda honestidad: “Yo tampoco lo sé. Realmente no lo sé”. Ella se quedó en silencio, se dejó caer en su silla, y nos sentamos en silencio durante el resto de la sesión. No se presentó la semana siguiente a su sesión ni a las tres siguientes. Mi supervisor estaba preocupado, y trató de analizarlo todo, pero yo simplemente confié en la experiencia. Un mes más tarde, mi cliente volvió. Ella parecía diferente. De algún modo más viva, más en su cuerpo, más en la tierra, más descansada. Ella me dijo lo útil que nuestra sesión anterior había sido, cómo algo en ella se había relajado profundamente desde entonces, cómo se había dado cuenta de que no saber estaba bien, y que no necesitaba ninguna respuesta, ningún apoyo, ningún terapeuta. Simplemente tenía que zambullirse de cabeza en la vida, sin muletas, y experimentarlo todo. Era algo que nunca había considerado antes —que todo estaba bien como estaba—. Por una vez en su vida había experimentado estar en presencia de alguien que no había intentado arreglarla. Le pareció ser suficiente —por el momento—.

Yo sabía que no había hecho nada. Simplemente la había encontrado en la verdad. Yo no sabía. Ella no sabía. No había fingido saber. ¡Ni siquiera había fingido ser un terapeuta! Y sin embargo, allí nos encontramos, desnudos, más allá de nuestros roles, a pesar de nuestros roles. Desnudos, enfrente de la vida. Allí, en el no-saber. Solos, juntos. Todo. Sanados.

En la terapia de verdad, el terapeuta no cura el cliente. Eso no es posible. Tal vez sería más exacto decir que, en una verdadera terapia, el cliente sana al terapeuta. El terapeuta se despoja de sus roles falsos, sus juegos, sus defensas, su actitud de “yo sé”, y aprende a permanecer desnudo frente a otro ser humano. El terapeuta muere, y allí, la verdadera terapia puede comenzar.

Deje que tu cliente te sane. No te van a enseñar esto en tu programa de psicoterapia. Algunos dirán que estás loco. Algunos pueden decir que eres irremediablemente ingenuo. Algunos pueden simplemente decir que eres un mal terapeuta. Pero cuando descubres quién eres en realidad, todo tiene un sentido perfecto.

~ Jeff Foster

Gracias a la traducción de Teresa Candal Devesa

Tomado de la página de Facebook de Jeff Foster en español.

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Jeff Foster estudió astrofísica en la Universidad de Cambridge. Cuanto tenía veintitantos años, luego de un largo periodo de depresión y enfermedad, se volvió adicto a la idea de “iluminación espiritual” y se embarcó en una travesía espiritual intensa en busca de la verdad última de la existencia.

Su búsqueda espiritual se derrumbó con el claro reconocimiento de la naturaleza no dual de todo, y con el descubrimiento de lo extraordinario en lo ordinario. En la claridad de esta visión, la vida se volvió lo que siempre fue: íntima, abierta, amorosa y espontánea, y Jeff quedó con un entendimiento profundo de la ilusión que subyace al todo el sufrimiento humano, y con un amor por el momento presente.

Actualmente Jeff realiza reuniones, retiros y sesiones privadas uno a uno alrededor del mundo, en las que, de manera gentil guía a la gente de vuelta a la aceptación profunda inherente al momento presente.

Para más información, puedes consultar su página web.

Cultivando nuestro jardín interior

Todos estamos unidos, no estamos solos: estamos interconectados con todo lo que habita el planeta, con todos los reinos de la naturaleza. No hay separación, Somos Uno. De ahí mi responsabilidad y mi contribución en la sanación del sufrimiento del mundo.

Tus pensamientos generan sensaciones y emociones. Cada pensamiento tiene un efecto en todo tu ser y en el planeta entero. No estoy hablando de pensamientos positivos o pensamientos negativos, simplemente de los más de setenta mil pensamientos que a diario pasan por nuestra mente. ¿De cuántos de tus pensamientos eres consciente en el día? Quizás de veinte, treinta… cien, o muchísimos menos.

La buena noticia es que solo con tener la intención de observar tus pensamientos y hacerlo estás dando un paso hacia tu ser consciente. Cuando te haces consciente de ti mismo, de lo que ocurre en ti, del momento presente, del aquí y el ahora, la vida empieza a desplegarse de manera maravillosa. Entonces comienzas a experimentar un nuevo modo de vivir que te paseará por sendas de paz, armonía y tranquilidad que estaban esperando a ser despertadas para acompañarte en tu día a día.

Experimentar paz, armonía y felicidad no es un asunto exclusivo de monjes, meditadores, sacerdotes y gurús, es un derecho divino que pertenece a todos los seres humanos por naturaleza.

Mereces ser feliz, mereces todo lo bueno, hermoso y santo de la vida. Lo creas o no, así es; empieza por creerlo, créelo. Tenemos condiciones suficientes para ser felices; tu presencia es felicidad para el mundo. No necesitas hacer grandes esfuerzos para lograrlo, solo precisas de tu intención, voluntad y coraje para experimentarlo. Empieza ahora mismo, no cuando hayas terminado de leer esta publicación, no cuando te vayas a la cama o mañana al despertarte, no en el mínimo espacio que te deja tu trabajo y múltiples responsabilidades diarias, no cuando estés en silencio; no te postergues más. Todo momento es propicio para empezar a experimentar tu ser interno, tu ser de paz, amor y bendición constante. En cualquier instante puedes entrar en comunión contigo, tu maestro interno está esperando siempre por ti.

Empieza ahora, inhala, exhala, observa como el aire entra en tu cuerpo y lo ensancha, observa como sale y te vacía. Haz una serie de cinco repeticiones para empezar y día tras día ve aumentado el tiempo, hasta convertirlo en un hábito, un nuevo hábito que te reportará grandes y maravillosos beneficios.

Cuando la presión del día a día te agobie, es ideal detenerte y respirar conscientemente: esto te ayuda a liberar la tensión acumulada, te aporta calma y claridad mental. Cuando respiramos conscientemente, no podemos pensar a la vez, lo que significa que al respirar el flujo de pensamientos se detiene y nuestra mente se oxigena. ¿Acaso no es esto sencillo? Y lo mejor: es beneficioso.

Tu jardín interior no puede florecer si está lleno de pensamientos negativos, tóxicos. Así como un jardín luce descuidado cuando no le prestamos atención, cuando nos olvidamos de entresacar la maleza, podar y regar las plantas, igual ocurre con nuestra vida: si no dedicamos tiempo a cultivar nuestro ser interior, este se va llenado de basura emocional, de odio, rabia, miedo y resentimiento, basura que se refleja en relaciones personales y laborales tóxicas que en nada contribuyen a la brillantez de nuestro ser.

Tenemos el poder de transformar nuestro jardín interior, abonándolo con amor, compasión y bondad. Cultiva pensamientos y sentimientos amorosos contigo mismo y con todo el mundo. Cuando piensas bonito y sientes bonito, impregnas tu vida de belleza y riegas semillas de paz, felicidad y gozo, lo cual lleva a que en tu conciencia florezcan hermosas flores.

La naturaleza nos ofrece múltiples posibilidades de encuentro con nosotros mismos; por ejemplo: mediante la observación consciente de una planta, de una flor, de un bosque. Al caminar conscientemente por la naturaleza recordamos que la paz está disponible siempre, que la vida se sostiene a sí misma, momento a momento. Plantéate la posibilidad de salir a caminar conscientemente, haz el propósito de entrar en comunión con los árboles, con el ruido que generan los animales y pájaros que allí habitan; escucha atentamente el sonido del agua, siente la temperatura del ambiente, hazte uno con la madre naturaleza, observa el movimiento de tus pies, de tus brazos, de todas las partes de tu cuerpo que intervienen al dar un paso, y, al mismo tiempo, observa tu respiración. Parece difícil integrar tantos elementos a la vez, sin embargo, es mucho más sencillo de lo que parece; inténtalo, seguro, querrás hacerlo una y otra vez. Te sugiero olvidarte del celular, de la música, de tomarte una selfie, de fotografiar el paisaje. Regálate un tiempo contigo, entra en comunión con tu ser interior, escucha la voz de tu alma. Caminar conscientemente puede serte útil para empezar a cultivar tu ser interior, inténtalo.

Si deseas ver paz, felicidad y armonía en el mundo, el camino más fácil para lograrlo es experimentarlas en ti mismo. Ofrécete el regalo de descubrir y cultivar tu jardín interior mediante la observación de tus pensamientos, siendo consciente del momento presente, del aquí y el ahora. Medita, entra en acción, toma el control de tu vida y llénate de amor, compasión y gratitud por tu vida. No estás solo, somos Uno. Vamos Juntos.

Por: Aura Reuto

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Me llamo Aura Reuto. Nací en Casanare en 1977, actualmente vivo en Villavicencio (Meta, Colombia). Llevo más de una década  explorando en mi ser interior, con el firme propósito de amarme, aceptarme y disfrutar la vida exactamente como es. Amarme significa aceptar mi historia personal, superar el sufrimiento a la luz del amor y del perdón y comprender que todo ha obrado para bien.

Trabajé en el sector privado por más de 10 años. Hoy estoy  al servicio de la vida en sus múltiples manifestaciones. Me siento en capacidad de acompañarte en procesos de sanación y liberación interior, mediante la escucha atenta y profunda.

Soy Experta en Mindfulness, Desarrollo Personal y Educación Consciente. Alimentación Consciente.  Facilitadora de Círculos de Mujeres y Espacios Sagrados. Moon Mother. Facilitadora de Terapia del Perdón.

Contacto: aurareuters@hotmail.com