El aparente poder del futuro

Habitar plenamente en el momento presente es, para mí, la escencia de la espiritualidad.

Pero hay días en los que parece ser más fácil estar presente que otros.

Cuando se avecina algo importante, algo grave, algo exitante o algo riesgoso, pareciera que no es posible estar presente. Pareciera que es obligatorio pensar en el futuro en esos casos. Y que solo cuando la situación esperada se experimente o se resuelva volverá a ser posible darle toda nuestra atención al momento presente.

La verdad, sin embargo, es que el futuro no tiene ningún poder sobre nuestra capacidad para estar presentes, excepto en nuestra imaginación.

No importa si mañana es la entrevista de tu vida. O la operación más riesgosa. O el partido de fútbol que tanto esperas. Puedes estar plenamente presente ahora si lo deseas.

Requiere de práctica, pero depende solo de tu voluntad, no del futuro.

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El mindfulness o la atención plena

Un amigo me invitó a trabajar en una aplicación para reducir el estrés. Numerosos estudios muestran la efectividad del mindfulness o la “atención plena” para reducir el estrés y la depresión. Por eso, algunas de las meditaciones que se incluyen en la aplicación se relacionan con el mindfulness.

Como parte del desarrollo de la aplicación mi amigo me pidió que escribiera un texto breve relacionado con el mindfulness como complemento a los audios que contienen las meditaciones. Este es el texto que escribí.

Este momento es lo único que existe. El pasado ya dejó de existir y el futuro todavía no existe. Por tanto, lo único que es cien por ciento real es esto, este momento, mientras lees estas palabras. Esa es la realidad. Tus pensamientos sobre el pasado y el futuro son solo eso: pensamientos.

Cuando aprendas a habitar de manera frecuente en el momento presente, comenzarás a gozar de paz y tranquilidad. Pues la gran mayoría de los problemas y las preocupaciones ocurren en nuestra mente, en nuestra imaginación, pero no tienen lugar exactamente en este momento.

El principio básico de la atención plena o mindfulness consiste en estar en el momento presente. Es decir, consiste en prestarle atención a este momento.

Si observamos nuestra mente, nos daremos cuenta de que continuamente está pensando en el pasado o en el futuro. Cuando pensamos en el pasado, muchas veces nos resentimos y tenemos arrepentimientos o culpas. Cuando pensamos en el futuro muchas veces nos preocupamos y anticipamos situaciones desagradables o dolorosas. Gran parte del estrés que experimentamos se genera porque nuestra atención está en el pasado y en el futuro.

Por supuesto que a veces tenemos que pensar en el pasado o en el futuro para poder funcionar de manera adecuada en el mundo. Sin embargo, si pensamos en exceso en el pasado y el futuro, deja de ser útil y nuestros pensamientos se convierten simplemente en una fuente de estrés y malestar.

La invitación del mindfulness es a no pensar tanto en el pasado y el futuro y permitirnos estar plenamente del momento presente. Esto es difícil al comienzo, pues la mente está acostumbrada a vagar por el pasado y el futuro. En consecuencia, se requiere un entrenamiento para aprender a estar plenamente en el ahora.

Algo que ayuda mucho a traer la atención al momento presente es la respiración y la consciencia de nuestro cuerpo. Ahora mismo, mientras lees esto, toma consciencia de tu respiración. Lleva tu atención a tu respiración. Al hacerlo, tomas consciencia de este momento, pues tu respiración está sucediendo justo ahora.

Así, cuando te des cuenta de que tienes muchos pensamientos y te sientas estresado o atormentado, prueba llevar tu atención a este momento. Siente tu respiración. Toma consciencia de tu cuerpo. Toma consciencia de los objetos que te rodean. Trata de no pensar sobre lo que ves o experimentas, simplemente obsérvalo, siéntelo profundamente.

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La plenitud y la dificultad para tomar decisiones

Toda la vida me ha costado tomar decisiones. Desde qué comer en un restaurante hasta a qué dedicarme en general.

La razón por la que me cuesta trabajo tomar decisiones es porque me da miedo tomar malas decisiones. Y creo que una mala decisión es aquella que me hará sufrir.

En otras palabras, creo que mi felicidad depende de las decisiones que tome.

Esto implica que creo que mi felicidad depende de mi futuro.

Creo que si encuentro la actividad adecuada, seré feliz, y que si no la encuentro, seré infeliz. Y el miedo a no ser feliz en el futuro me lleva a ser infeliz ahora. Y esa infelicidad se manifiesta en la incapacidad de tomar decisiones.

Hace poco me di cuenta, sin embargo, de que no tengo que tomar buenas decisiones para ser feliz. Me di cuenta de que mi felicidad en este momento no depende de tener resuelto el futuro. Y, en últimas, tampoco depende de que lo que estoy haciendo ahora sea “lo adecuado” o “lo correcto”. Puedo ser feliz incluso mientras cometo un error y me equivoco.

Tal vez la palabra “feliz” no es adecuada. La palabra “pleno” me parece mejor, pues “feliz” se asocia con una emoción, y plenitud en cambio es la consciencia de un espacio que subyace a las emociones, una consciencia en la que hay una paz profunda, que va más allá de estar alegre o triste. Puedo estar triste y pleno al tiempo.

Puedo estar pleno sin saber qué hacer. Puedo estar pleno haciendo algo que no me apasiona e incluso haciendo algo que no me gusta. Puedo estar pleno en medio del dolor.

Siempre pensé que tenía que tomar buenas decisiones para estar pleno. Ahora sé que puedo estar pleno en cualquier circunstancia, incluidos los momentos de duda y confusión. E irónicamente, cuando estoy pleno tomo buenas decisiones, pues estoy alineado con mi corazón.

No esperes a tener claridad y a tener todo resuelto en tu mente para permitirte estar pleno. Elige tu corazón ahora. Elige estar presente ahora y conéctate con tu ser más profundo ahora. No importa si de allí surgen respuestas o no. Eso es secundario. Al estar pleno, el encontrar la respuesta será solo un añadido a tu plenitud.

Tu plenitud no depende de que puedas encontrar las respuestas. Aunque lo más probable es que sí, que cuando estés pleno encuentres las respuestas que buscas.

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El cuerpo del dolor

A veces el más pequeño de los detalles desata en nosotros una tormenta de malestar. A veces algo realmente pequeño y ridículo. Hay días que recuerdo haber sufrido durante horas por no encontrar un calcetín. Esto a pesar de que fácilmente podría comprar otro y de que en realidad no me hace ninguna falta.

Por supuesto, no se trata del calcetín. Se trata de momentos en los que estoy muy inconsciente y con un dolor emocional latente. Y ese dolor emocional “busca” excusas externas para activarse. Cuando estoy así, puede que aparezca el calcetín, pero mi mente no tardará en encontrar un problema substituto para justificar mi sufrimiento. Cualquier cosa sirve. El clima. Una mirada. Una noticia. Un pensamiento al azar.

En palabras de Eckhart Tolle, podríamos decir que en esos momentos mi “cuerpo del dolor” está activo.

Tolle señala que cuando no nos permitirmos sentir plenamente una emoción desagradable, la carga energética de esa emoción se adhiere a nuestro cuerpo emocional latente, al cúmulo de emociones estancadas al cual él llama “el cuerpo del dolor”.

Cuando ese cúmulo de emociones se activa, sentimos un gran malestar interno que parece no tener causa o, más bien, que parece ser causado por cualquier cosa.

Una grán práctica espiritual consiste en observar el cuerpo del dolor cuando éste se activa. Sentir plenamente las emociones que emergen. Observar los patrones de pensamiento que resuenan con esas emociones, usualmente pensamientos densos, repetitivos y angustiantes. No creerles a esos pensamientos, no actuar como si dijeran la verdad; simplemente observarlos y sentir las emociones con las que se encadenan.

Cuando tomamos consciencia, esas emociones densas se convierten en combustible para la consciencia. Son transmutadas por nuestra presencia interna. Y esto da lugar a un despertar.

Cuando el cuerpo del dolor está activo, es difícil estar presentes. Las emociones son muy densas y no queremos sentirlas. Es más fácil creer que la causa de ellas está afuera de nosotros. Es fácil entablar una pelea con lo que sucede afuera. Como durar una hora desordenando el cuarto para buscar un calcetín. Por tanto, esta práctica espiritual requiere de tener una intención fuerte y de ejercitar constantemente nuestra capacidad de prestar atención al momento presente.

Por supuesto que vale la pena. Al menos la ha valido para mí. A veces, después de tomar consciencia del cuerpo del dolor, me siento como si estuviera despertando de un mal sueño. Vuelvo a mirar a mi alrededor y el mundo ha cambiado. A veces veo las mismas cosas que antes me hacían sufrir y me parece increíble que mi paz se haya perdido por ellas. A veces volteo a mirar a aquel que creía que me estaba atacando y veo que en realidad estaba tratando de ayudarme. A veces me da una risa que trae gran alivio consigo. Por ejemplo, al ver como la falta de un calcetín causa un disparate.


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Cómo dejar las discusiones sin sentido

Todos, alguna vez, hemos discutido con alguien sin motivo. Un gran ejercicio espiritual es estar pendientes a cuando eso pasa.

Lo que he descubierto de mí cuando me observo discutiendo sin motivo es que lo hago para deshacerme de mi malestar emocional; especialmente cuando tengo emociones de frustración e ira. Discuto para tener alguien contra quien descargar esas emociones.

Este comportamiento se basa en la creencia demente de que hacer infeliz a otro me permitirá deshacerme de mi propia infelicidad o al menos atenuarla. Pero el resultado siempre es el contrario: cuando comparto mi infelicidad haciendo infelices a otros, me vuelvo aún más infeliz. Lo que comparto crece en mí, y la infelicidad no es una excepción.

Observar este comportamiento en mí también me ha ayudado a ser más empático y compasivo con los demás. Cuando veo que alguien tiene ganas de discutir conmigo, o de volcar su enojo sobre mí, sé que, en el fondo, no se trata de algo personal. Simplemente esa persona está saturada con su propio malestar y está buscando desesperadamente deshacerse de éste al compartirlo.

Cuando me doy cuenta de esto, es más fácil no entrar en la discusión, pues no interpreto lo que la otra persona dice como un ataque, sino como un síntoma de su malestar interno, un malestar que conozco muy bien porque lo he experimentado incontables veces. Si lo que la persona me dice me hace sentir mal, me permito sentir esas emociones, me permito sentir lo que sea que sus palabras provoquen. Y al sentir, al tomar plena consciencia de lo que siento, se rompe la cadena de inconsciencia. Pues no busco deshacerme de esas emociones o atenuarlas atacando a la otra persona y discutiendo con ella. Me hago responsable de lo que siento.

Cuando estoy alerta a mi estado interno, sólo hablo o discuto cuando sé que en realidad no tengo carga emocional, ya que sólo así puede ser una discusión constructiva, y no simplemente un campo de batalla de desahogo emocional.

¿Cuándo es constructiva una discusión? Cuando estás abierto a aprender, cuando estás abierto a que el intercambio te transforme. Cuando estás dispuesto a que del choque entre tus ideas y las ideas de los demás surja algo nuevo. Si simplemente discutes para imponerte sobre los demás, para reafirmarte o para deshacerte de tus emociones, te invito a que sientas primero.

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Ansiedad y autoagresión

Hace poco me di cuenta de que estaba mordiéndome los labios porque estaba ansioso. Y, cuando no estoy consciente, se genera un círculo vicioso: entre más me duelen los labios, más ansioso me siento, y entre más ansioso me siento, más me los muerdo. Llega el punto en el que tengo una herida evidente, lo que me causa aún más ansiedad.

Caer en cuenta de esta conducta demente ha sido muy iluminador.

La energía que subyace a este comportamiento se puede manifestar de muchas maneras diferentes: comernos las uñas, arrancarnos el pelo, comer hasta enfermar, entre otros. En casos extremos, algunas personas pueden llegar a dañar severamente su cuerpo. Y a veces no dañamos nuestro cuerpo, pero generamos una situación intensa y desagradable para herirnos de otra forma. Peleamos con alguien cercano sin razón, arruinamos algo en nuestro trabajo.

Una forma de evitar lo más profundo

Este comportamiento se explica de muchas maneras desde la psicología y la psiquiatría. La explicación con la que más me sentí identificado es que las autolesiones nos ayudan a evitar el dolor emocional y psicológico en el corto plazo.

Cuando tenemos emociones y pensamientos incómodos, es normal que deseemos escapar de ellos. De eso se trata la ansiedad: es la necesidad de escapar de nosotros mismos. Y la autoagresión es una estrategia de escape.

El dolor físico se impone sobre el dolor emocional y, cuando es muy intenso, nos impide pensar. El dolor físico reclama la atención y, de esa manera, nos permite evadir temporalmente las emociones y los pensamientos que nos incomodan.

Crear un problema intenso tiene el mismo efecto. Después de que chocas el automóvil, tu atención se enfocará en la emergencia por un tiempo y así evitarás el malestar emocional más profundo.

Una forma enfermiza de liberar la energía

Por otra parte, cuando tenemos mucha energía estancada, que se manifiesta en emociones y pensamientos densos, buscamos maneras de liberarla. Y una forma de liberar esa energía es destruyendo algo. En este caso, la liberamos dañando nuestro propio cuerpo.

Esa es, pues, otra de las funciones dementes de la autoagresión: nos permite liberar la energía represada.

Mejores formas de lidiar con la ansiedad

La forma más sana de lidiar con la ansiedad es quedarnos con nuestras emociones y pensamientos y tomar plena consciencia de ellos. Es decir: sentir profundamente. Aguantarnos las ganas de escapar y entregarnos por completo a nuestra experiencia interna.

Cuando podemos hacer esto, nuestra consciencia plena transforma la vibración de los pensamientos y las emociones y puede llegar a disolverlos. Pero, aun si no los disuelve, les quita poder y nos permite observarlos sin rechazo y sin la compulsión de escapar. Y, sobre todo, nos permite encontrar el amor, la paz y la plenitud que yacen ocultos tras esas emociones y esos pensamientos.

Sin embargo, si las emociones y los pensamientos nos sobrepasan y nuestra capacidad de autoobservación aún es muy débil, puede que no seamos capaces de sentir las emociones de manera plena. En este caso, lo mejor es canalizar la energía de una manera sana. A mí me ayuda escribir y hacer ejercicio. Pero puede ser cualquier actividad. Idealmente una que requiera de bastante energía y que sepas que después no te generará culpa ni alimentará tu ansiedad. Pintar, cocinar, bailar, cantar… tu sabrás lo que funciona para ti.

La invitación oculta

La tendencia a autoagredirnos puede ser una herramienta en nuestro viaje de crecimiento personal si decidimos asumirla de una manera sana.

Cada vez que surja la compulsión de agredirte, ya sea en forma leve o extrema, tómala como una invitación a volver a casa. Es como si fuéramos manejando en la dirección contraria y carro activara una señal para indicarnos que nos desviamos de nuestro camino.

Si captamos las señales más sutiles, podremos dar vuelta de manera fácil. Si ignoramos esa señal, se hará cada vez más intensa.

Ahora sé que no tengo que esperar a que mis labios estén sangrando para darme cuenta de que estoy evadiendo algo dentro de mí. Apenas aparece el deseo de morderme, acepto la invitación a mirar mis emociones y me permito sentirlas plenamente. Así, el hábito de autoagredirme se ha convertido en una luz más que amorosamente contribuye a mi viaje de regreso a casa.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Camilo Jaramillo.

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Una propuesta interesante

Si el problema que te preocupa no se está manifestando en este mismo momento, sino que sólo está en tu cabeza, puedes elegir estar presente y no dejarte llevar por la película que tu mente creará al rededor de ese problema.

Ante la perspectiva de que elijas estar presente, puede que tu ego te diga: “Hagamos un trato. Déjame resolver el problema en la cabeza, déjame imaginar los futuros posibles para asegurarme de que tendré cómo defenderme en caso de que mis miedos se vuelvan reales, déjame ganar esa posible discusión en mi imaginación, déjame repasar las razones por las que estoy en lo cierto y los demás están equivocados. Déjame hacer eso sólo esta vez. La próxima te prometo que nos quedaremos en el momento presente en vez de dejarnos llevar por mis películas”.

Podría llegar a ser un buen trato si no fuera porque una vez que lo aceptes, el ego te lo volverá a proponer una y otra vez, aplazando la presencia a un futuro que nunca llega.

Es el mismo trato que propone la mente cuando quiere satisfacer la urgencia de caer en una adicción. Sólo este cigarrillo y paro. Sólo este bocado más. Sólo un capítulo más. El problema es que apenas cedes la historia se repite: “Ahora sí el último”.

Hazle mejor la siguiente propuesta a tu mente: “Estemos presentes sólo por hoy. Sólo por este momento. Sólo por estos segundos, luego ya habrá tiempo para fantasear”. Y cada vez que te acuerdes, le vuelves a proponer el mismo trato. “Es sólo por este minuto”, dile, “No hay nada qué temer, sólo estemos presentes por este momento, sólo este, no pido nada más”.

Foto tomada de la cuenta de Instagram The Secret Life of Troja.

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Dos formas de calmar la ansiedad

Hay dos maneras de calmar la ansiedad: huyendo de ella o adentrándonos en ella.

El primer camino es fácil a corto plazo. Un ejemplo típico es cuando recurrimos a una adicción para escapar de la ansiedad. En el momento la calmamos, pero vernos atrapados en la adicción nos produce más ansiedad una vez el efecto calmante ha pasado (o incluso a veces antes de que pase).

El segundo camino es incómodo ahora. Implica sentir. Implica llevar la luz de nuestra consciencia y posarla con intensidad sobre aquellas emociones que nos duelen. Implica tomar consciencia de nuestro miedo y nuestro dolor y verlos de frente, sin tratar de arrancarlos o aniquilarlos, simplemente quedándonos allí con ellos.

Cuando tenemos la valentía de tomar el segundo camino, podemos acceder al poder de la alquimia de nuestra consciencia, que convierte en luz aquello sobre lo que se posa. Cuando la consciencia pura entra en contacto con nuestro dolor, lo usa como combustible y lo convierte en parte de ella. Lo transforma en más consciencia, en plenitud.

Y esta consciencia, al igual que cualquier músculo del cuerpo o cualquier capacidad intelectual, se fortalece a medida que la ejercitas. Y puedes ejercitarla en cada momento. Ahora, si quieres, puedes tomar consciencia de lo que está pasando en ti y mirarlo amorosamente, regalándole tu atención plena.


Foto tomada de la cuenta de Instagram de Suse.

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El cuerpo interior

Uno de los bellos conceptos que el maestro Eckhart Tolle utiliza para guiarnos hacia el momento presente es el cuerpo interior. En su libro En Unidad con la Vida, nos propone el siguiente ejercicio para que tomemos consciencia del cuerpo interior:

“Si usted no está familiarizado con la consciencia del ‘cuerpo interior’, cierre los ojos por un momento y descubra si hay vida en sus manos. No le pregunte a su mente. Dirá: ‘No puedo sentir nada’. Probablemente dirá también: ‘Dame algo más interesante en lo que pensar’. Así que en vez de preguntarle a su mente, vaya directamente a sus manos. Con esto quiero decir que se haga consciente de la sensación sutil de vitalidad que hay dentro de ellas. Está ahí. Sólo tiene que llevar su atención allá para percibirla. Puede sentir una ligera sensación de cosquilleo al principio, después una sensación de energía o vitalidad. Si concentra su atención en sus manos durante un rato, el sentido de vitalidad se intensificará. Algunas personas ni siquiera tendrán que cerrar los ojos. Podrán sentir sus ‘manos internas’ al mismo tiempo que leen esto. Después vaya a sus pies, detenga su atención allí durante un minuto más o menos y empiece a sentir sus manos y sus pies al mismo tiempo. Después, incorpore otras partes del cuerpo (piernas, abdomen, pecho, etcétera) a esa sensación, hasta que sea consciente del cuerpo interior como una sensación general de vitalidad, extendida por todo el cuerpo.”

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Bianilys Jaquez.

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Una pregunta clave

Cuando medito, a veces pongo una alarma para que me indique cuándo parar. Hoy, mientras meditaba, me vi esperando a que sonara la alarma.

Al ego le encanta la idea de meditar, siempre y cuando crea que con eso puede obtener algo en el futuro: una idea agrandada de sí mismo. Entonces, mientras “medita” mira al futuro, pues, para él, es solo en el futuro que la meditación tiene valor. Este momento, sentado en silencio, es únicamente un medio para llegar al momento en el que recibirá su recompensa.

Pero la recompensa que busca el ego nunca llega, pues el futuro nunca llega. Lo que llega es siempre el presente. Y el ego no lo puede apreciar, pues tiene su mirada en el futuro.

Es una reacción automática. Es el reflejo de mirar al fururo para asegurarnos de que lo que estamos haciendo nos traerá una recompensa.

Y, así, me dí cuenta de que me estaba perdiendo el regalo de ese momento. Y vi que, en realidad, no estaba meditando. Sólo estaba realizando un ritual superficial para crear en mi imaginación un futuro deseable: el futuro en el que estoy pleno, en paz y realizado.

Más allá de si te sientas a meditar con las piernas cruzadas y repites mantras o si estás en un café tomándote un jugo o revisando papeles en un rascacielos o barriendo la calle, la pregunta más importante es: ¿este momento es valioso para ti por sí mismo o vale tan sólo por lo que traerá en el fututo? Allí reside, para mí, la clave de la espiritualidad.

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