El cuadro de la paz perfecta

Hace poco tomé un seminario con la maestra Isha Judd, y ella contó una historia sobre el significado de la paz que quiero compartir con ustedes:

Había una vez un rey muy sabio que decidió hacer un concurso para los habitantes de su reino. Se dio cuenta de que, normalmente, en los demás reinos se premiaba a aquellos que eran exitosos en la guerra. Él decidió que quería hacer algo diferente. “Si premio a quienes van a la guerra, cada vez habrá más guerra”, pensó. Por tanto, decidió premiar, en cambio, a quienes fueran capaces de traer más paz al mundo. Fue así como se le ocurrió la idea de hacer un concurso de pintura. El ganador sería quien representara de mejor manera la paz perfecta. Para esto, ofreció grandísimas riquezas y además dijo que quien pintara el mejor cuadro podría pedirle lo que quisiera.

Pronto todo el reino se enteró del concurso y los habitantes se pusieron a pintar con gran ánimo. Muchas personas que nunca habían tomado un pincel en sus manos aprendieron en pocos días el arte de la pintura, motivadas por el concurso. Las paredes de las calles se llenaron de hermosos y diversos dibujos, todos reflejando profunda paz.

Al ver el entusiasmo de la gente, el rey se sintió complacido y salió a recorrer su reino. Además, entró casa por casa para ver los cuadros que habían hecho. ¡Cuánta alegría sintió al contemplar todas esas pinturas! Estaba sorprendido ante la creatividad y la cantidad de grandiosos artistas que había en sus dominios.

Finalmente, escogió tres cuadros que a su juicio eran los que representaban de mejor manera la paz perfecta y los llevó a su palacio. Antes de anunciar cuál de entre los tres era el ganador, invitó a todo el que quisiera a que fuera a ver las pinturas y se deleitara.

Uno de los cuadros representaba una hermosa montaña a la vera de un gran lago, cuyas aguas estaban en total calma. La montaña se veía perfectamente reflejada por el espejo del agua. La simetría y la armonía de la composición eran conmovedoras. Otro cuadro mostraba un ciervo en la mitad de un bosque, completamente sereno y alerta. Sus facciones transmitían gran paz y quietud a cualquiera que lo observara. El tercer cuadro, en cambio, presentaba una tormenta tropical. Caía agua de todas partes de forma desordenada, y diversar ráfagas de viento hacían que los árboles se contorsionaran. Al ver este último cuadro, muchos se indignaron y criticaron el mal juicio del rey. “Mi cuadro es mucho más pacífico que esto”, decían algunos. “Tal vez el rey se cansó de ver tantas pinturas pacíficas y enloqueció”, decían otros.

Ante la controversia y el descontento de la gente, el rey fue llamado. “Les explicaré por qué escogí este cuadro, que, además, es para mí el mejor de los tres. Si se fijan detenidamente, en todo el centro de la pintura hay un árbol frondoso y en él, cobijado bajo una de sus ramas, reposa un pequeño pájaro. Si ahora prestan aún más atención, verán que el pájaro se encuentra en completa paz en medio de la tormenta. Y esta, para mí, es la paz más grande y más profunda de todas, aquella que va más allá de las circunstancias externas, aquella que brota simplemente desde el interior y, por tanto, no se puede extinguir”.

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La paz que yace en lo profundo

En estos momentos, el mundo necesita, más que nunca, de nuestra paz, de nuestra dicha, de nuestra luz.

Y nuestra felicidad, nuestra paz y nuestra plenitud no dependen de lo que sucede afuera. No si así lo decidimos.

La felicidad y la paz son, por tanto, una elección.

Esto parece difícil de creer cuando nos percibimos como víctimas del mundo. En ese estado, creemos que la tristeza y la frustración existen porque las cosas afuera no son como creemos que deberían ser. Pero esto es una ilusión.

El mundo es un juego, y podemos disfrutarlo o sufrirlo. Pero la causa de nuestra dicha y nuestro sufrimiento no están en el mundo, sino en nuestra elección.

La paz y la dicha están en nuestro interior, más allá del mundo, más allá del cuerpo, más allá de lo que puede nacer o morir. Y esa plenitud interna es algo con lo que tenemos la capacidad de conectarnos, si así lo decidimos.

Al comienzo, la inercia de nuestro sistema de pensamiento hará que no encontremos la plenitud adentro, pues nos impedirá mirar con la suficiente profundidad, ya que está habituado a mirar sólo afuera. Cuando nos acostumbramos a mirar adentro, sin embargo, veremos que allí han estado siempre intactos nuestros tesoros, la paz, la plenitud, el amor incondicional.

Aprendamos, pues, a conectarnos con esa paz más profunda que no depende de nada. Cuando nos conectemos, la esparciremos por el mundo, y así lo ayudaremos a sanar.

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Hacer y no hacer

Este es un equilibrio delicado. A veces, para estar en paz tenemos que dejar de hacer. Tenemos que parar. Tenemos que ir a nuestro corazón y reposar allí en silencio. Sin embargo, si en la quietud de nuestro corazón comprendemos que hay algo que queremos o necesitamos hacer con toda nuestra alma, nuestra paz vendrá de tomar acción.

Si hay algo importante para nosotros que sentimos que tenemos que hacer, será difícil estar en paz si no lo hacemos. Es por esto que procrastinar causa desasosiego: porque sentimos que estamos dejando de hacer algo que es vital para nuestra paz.

Últimamente, he tenido grandes momentos de paz gracias a que he emprendido acciones en temas que son importantes para mí. Cuando ignoramos esos temas, siguen haciendo ruido de fondo y nos impiden disfrutar el momento presente. Es como si tratáramos de relajárnos leyendo un libro pero en el fondo estuviera el olor de un arroz que se está quemando en la cocina, olor al que hemos decidido ignorar para evitar la incomodidad de resolver el problema. En realidad lo segumos sintiendo y no podemos estar plenamente inmersos en la lectura. No podemos disfrutar de lo que hacemos.

Cuando los abordamos esos asuntos pendientes importante, nuestra mente se despeja y puede entonces estar plenamente en el presente. Es por esto que a veces la paz surge cuando tomamos acción.

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¿Fue real esa ofensa?

Alguien hizo un comentario que te dolió y ahora tienes resentimiento. Ese resentimiento es la señal de que no has perdonado.

“Re-sentir” significa seguir sintiendo el dolor; revivir la ofensa como si estuviera ocurriendo en este momento. Cuando estamos resentidos, seguimos sufriendo, seguimos siendo víctimas de aquello que creemos que nos hicieron.

Mientras estemos resentidos, surgirán en nosotros emociones destructivas hacia aquellos que nos ofendieron. Sentiremos rabia, desconfianza y deseos de venganza. En ese estado, claramente el perdón no está presente.

Perdonar no es decir “te perdono” ni darle al otro un abrazo o un beso. Tampoco es quedarme al lado del otro. Todo eso puede ser parte del perdón en algunos casos, pero es insuficiente y, en algunos casos, es innecesario.

Perdonar es sanar. Es cuando ya no está presente en nosotros la herida y, por tanto, ya no resentimos. En ese estado, nuestro corazón vuelve a abrirse para darle la bienvenida al otro. Y esto no implica que querremos estar con él o ella. Es posible perdonar y querer alejarnos. Pero entonces el alejamiento es externo. Nuestro corazón está abierto y lleno de amor por la persona.

Pero, ¿cómo perdonar? ¿Cómo dejar ir el resentimiento? ¿Cómo dejar de sentir el dolor de la ofensa?

Un Curso de Milagros dice sabiamente que no podemos perdonar aquellas ofensas que percibimos como reales. Por tanto, para perdonar debemos darnos cuenta de que la ofensa no es real.

En este punto, puede que estés diciendo: “Pero entonces no puedo perdonar, pues es obvio que la ofensa fue real. Es obvio que las palabras fueron reales. Es obvio que los golpes fueron reales”.

Aquí es donde se requiere un cambio de percepción radical. Tal vez lo que percibes como real no es real en verdad. Y tal vez lo que sí es real lo ves ahora como si fuera sólo una fantasía.

Al comienzo de Un Curso de Milagros se ofrece un resumen del curso en tres frases que dice así:

Nada real puede ser amenazado.

Nada irreal existe.

En eso radica la paz de Dios.

Ese es el cambio de percepción radical al que nos invita Un Curso de Milagros, y esa es también la clave del perdón. Perdonamos completamente cuando nos damos cuenta de que aquello que es verdad no puede ser amenazado, es decir, cuando nos damos cuenta de que aquello que somos en realidad no puede ser amenazado y, por tanto, no es posible que nadie nos haya atacado ni es posible que nadie nos ataque. Y entonces, en medio del perdón, sobreviene la paz de Dios. Ya no podemos resentir, pues no hay nada que resentir, pues no nos han hecho nada.

En este punto, no obstante, puede que objetes que lo que propone Un Curso de Milagros es obviamente falso, pues tienes pruebas de que en verdad te hicieron daño. Y eso, además, muestra que sí es posible que lo real sea amenazado y que tú seas amenazado, por lo que el resumen de Un Curso de Milagros no tiene sentido.

Esa es una opción. Puede que esa objeción tenga razón y que lo que el curso propone sea un sinsentido. Otra opción, que vale la pena explorar, es que tal vez no sabes lo que es real y tampoco sabes quién eres.

¿Quién puede ser atacado? El ego o el cuerpo. Pero no somos el ego ni el cuerpo. Por tanto, aunque nuestro ego o nuestro cuerpo sean atacados, lo que en verdad somos permanece inalterado, ajeno al ataque.

Cuando te “ofenden”, ¿en realidad eres tú el que es atacado o es tu ego? Si te das cuenta de que el que es atacado es tu ego, y reconoces luego que no eres tu ego, sabrás entonces que no te han hecho nada y que en verdad no hay nada que perdonar. En ese momento los resentimientos se desvanecerán y habrás perdonado por completo. Ya no quedarán trazas de resentimientos.

Pero para esto, por supuesto, es necesario darnos cuenta de que no somos nuestro ego. Y esto sólo lo descubrimos a medida que comenzamos a tener contacto con nuestro verdadero Ser.

En consecuencia, el perdón y el despertar espiritual van de la mano. Solo cuando tomamos consciencia de nuestra verdadera identidad, vemos claramente que nadie puede hacernos daño.

Frente a eso, tal vez pienses que pueden ser ideas bellas, pero que no son aplicables, pues en la vida diaria percibimos nuestro cuerpo y nuestro ego como nuestra realidad, y sería sólo un autoengaño pretender que somos otra cosa y pretender, por tanto, que en realidad no nos hacen daño cuando nos insultan o cuando maltratan nuestro cuerpo.

Y es cierto que el cambio de percepción que propone Un Curso de Milagros es extremo. Es cierto que esa perspectiva no es fácil de adoptar al comienzo. Es una inversión de nuestra forma de pensar que muchas veces sólo se logra mediante la práctica. Y esa es una clave: la práctica.

La invitación de este artículo no es a que, de repente, comiences a pretender que no te han hecho nada cuando en realidad percibes que has sido o estás siendo atacado. La invitación no es a que te fuerces a perdonar lo que por ahora percibes como imperdonable. La invitación es a dos cosas.

Lo primero es invitarte a que cuestiones la realidad de lo que percibes, y sobre todo, a que cuestiones la realidad de lo que crees ser. ¿Crees ser un cuerpo, un ser separado de Dios, que puede sufrir, pequeño e impotente, que vive rodeado de peligros en un mundo amenazante? Vale la pena cuestionar eso. Sólo comenzar a abrirnos a la posibilidad de que tal vez esa perspectiva es una ilusión.

Lo segundo es invitarnos a practicar esta forma de perdón con cosas pequeñas. Si alguien en el tráfico te grita o te mira mal, ¿en verdad estás siendo atacado? ¿En verdad hay algo real en ti que está sufriendo daño? Cuando alguien te mira mal en la calle, ¿en verdad estás sufriendo daños por eso? Son ejemplos muy sencillos. Y al hacer estos simples ejercicios, nos iremos dando cuenta de que en verdad lo que somos no ha sido dañado, no ha sido atacado; lo que ha sido atacado es una imagen irreal que tienes de ti mismo: tu ego.

En el caso de los daños corporales, es mucho más difícil adoptar esta perspectiva, pues la creencia de que somos nuestro cuerpo está muchísimo más arraigada, y todo lo que sentimos y experimentamos parece dar muestras de ello. El dolor parece completamente real. Por eso, la invitación es a comenzar con las cosas más sencillas y simples.

Un Curso de Milagros nos dice que la resurrección de Jesús es sólo un ejemplo de esto: es una muestra de que a lo que es real no se le puede hacer daño, y de que incluso los daños en el cuerpo son ilusorios, pues el cuerpo es una ilusión. Su resurrección es, por tanto, el mayor acto de perdón. A los ojos del mundo, él fue torturado y asesinado. Pero él no lo percibió así. Él sabía que su realidad no podía ser atacada y no estaba siendo atacada, y, en consecuencia, sabía que en realidad no había nada que perdonar.

Cuando perdonamos completamente nos damos cuenta de que en realidad estamos sanos y le permitimos al otro ver que estamos sanos y que en realidad no nos hizo nada y por tanto no tiene nada por lo qué sentirse culpable. Ese es el perdón de Jesús resucitado: “Mírenme, no me han hecho nada. Lo que es real no puede ser atacado. Sólo en ilusiones pueden haberme hecho daño. Por lo tanto, en realidad no hay nada que perdonar. Estoy perfectamente sano y a salvo, como siempre lo he estado y como siempre lo estaré. Y así mismo, ustedes están ahora libres de culpa, tal como siempre lo han estado y como siempre lo estarán”.

Jesús dice en Un Curso de Milagros que ese es el verdadero mensaje de su crucifixión: servir como un ejemplo extremo de perdón, mostrarnos lo que es posible. Pero la invitación no es a que seamos crucificados literalmente nosotros siguiendo su ejemplo, sino simplemente a que adoptemos esa perspectiva en situaciones mucho menos extremas, es decir, la perspectiva de darnos cuenta de que en realidad no nos están haciendo nada.

Esa es la invitación de Un Curso de Milagros. Esa es la invitación que he comenzado a poner en práctica en mi vida y gracias a la cual he comenzado a ver resultados. Entonces no me enfoco en tratarde perdonar. Me enfoco sólo en conectarme con mi ser verdadero y en darme cuenta de que quien cree haber sido ofendido es mi ego. Y entonces la perspectiva cambia y de repente la idea de haber sido ofendido se desvanece.

Encuentra, por tanto, tu ser verdadero. Ánclate allí cada vez con más frecuencia. Habita desde allí. Mira desde allí. Y el perdón y la paz no podrán más que seguirte como si fueran tu sombra sagrada.

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Cómo crear tu realidad interior

Si lo eliges, puedes ahora enfocarte en tu mano derecha. No tienes que moverla. Puedes simplemente elegir sentirla y podrás sentir su vida vibrando ahora.

Esa es una de las formas más poderosas de canalizar el poder del Universo que reside en nosotros: a través de nuestra atención.

Podemos elegir en qué queremos enfocar nuestra consciencia. Y este es un acto muy poderoso.

Podemos, a cada momento, elegir enfocarnos en el Amor o enfocarnos en el miedo. Podemos enfocarnos en la energía que vibra en nuestro corazón o podemos enfocarnos en las cosas que creemos que están mal en nuestra vida.

Esto requiere de práctica, pues nuestra atención tiene inercia. Tiene a enfocarse automáticamente en aquello en lo que la hemos entrenado. Sin embargo, tenemos el poder de entrenarla de nuevo y reprogramarla.

Elige enfocarte en la bondad.

Elige enfocarte en la paz, la abundancia y la dulzura.

Elige enfocarte en el fuego sagrado que arde en tu corazón. Y a medida qu te enfoques en ese fuego, arderá con más fuerza, pues aquello en lo que nos enfocamos crece.

A través de nuestra atención podemos crear nuestro estado interno. Una vez hemls adquirido práctica, podemos pasar del desasociego a la dicha y la plenitud sólo con elegirlo.

Esa es mi experiencia. No siempre elijo vibrar alto, pero lo he hecho y sé que tengo el poder. Y ese poder está también en ti.

Entrenémonos, pues, en elegir aquello que deseamos experimentar. Empecemoa ahora, justo ahora. Elijo el amor. Elijo el silencio y la calidez de mi corazón. Y tú, ¿qué elijes?

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @herman.strydom

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