Sobre el perdón, el amor y el castigo

La idea del castigo aún está profundamente arraigada en muchos de nuestros sistemas de creencias. Si alguien hace algo que llamamos “malo”, creemos que debe pagar por ello; en otras palabras: creemos que la venganza es necesaria. ¿Por qué? Por una parte, porque pensamos que el temor al castigo es una buena forma de garantizar que no haremos —y que los demás no harán— aquello que tememos; y por otra, porque creemos que causarle dolor a quien nos ha herido hará que nuestro propio dolor disminuya. Pero ¿es esto cierto? ¿La mejor forma para empezar a comportarnos de forma amorosa es llenarnos de miedo? ¿El dolor de otros en realidad nos llevará a ser felices y a sanar nuestras heridas?

Como es natural, estas ideas se ven reflejadas en nuestras creencias religiosas. Creemos entonces en un Dios implacable que juzga nuestras acciones y de acuerdo con eso decide si merecemos ser premiados o castigados. O a veces esas mismas ideas adoptan la forma de la creencia en el karma: en este caso, es el universo mismo el encargado de pasar la cuenta de cobro, y se asegurará de que nuestras acciones nos persigan vida tras vida hasta que paguemos por ellas. Sea como sea, nuestra visión de la vida es una en la que el castigo es necesario; quien ha hecho sufrir a otros o ha causado males de cualquier clase debe sufrir antes de poder ser redimido.

Una consecuencia de esta forma de pensar es que nos castigamos a nosotros mismos para poder sentirnos bien. A veces lo hacemos de forma consciente. Así, en la Edad Media eran comunes los flagelantes, quienes creían que las heridas que ellos mismos se infligían con sus látigos y otros instrumentos de tortura eran un pago justo y necesario por el perdón y la paz que anhelaban. Otras veces, no obstante, nos castigamos de forma inconsciente. En esos casos adoptamos comportamientos que nos llevan a sufrir de forma recurrente, pues solo después del sufrimiento somos capaces de sentirnos nuevamente merecedores de nuestro propio amor. O nos autosaboteamos: hacemos cosas que nos llevan a privarnos de aquello que amamos y queremos, o de alguna forma destruimos nuestro propio bienestar, todo porque en el fondo creemos que no merecemos ser felices hasta que no paguemos por nuestro pasado.

Ahora bien, a medida que evolucionamos, este panorama lúgubre comienza a cambiar y empiezan a surgir formas más amorosas de dirigir nuestras acciones, nuestras vidas y nuestras sociedades. Empezamos a tomar consciencia de que cada acto “perverso”de los demás y de nosotros mismos es, muy en el fondo, solo una súplica de amor. Por tanto, comenzamos a ver que el amor es la respuesta más apropiada ante cualquier demostración de ignorancia o inconsciencia.

Sin embargo, esto no quiere decir que lo que hacemos no tenga consecuencias. Todo lo que hacemos tiene consecuencias, y eso es maravilloso, pues nos permite aprender. Las consecuencias nos permiten ver cuáles de nuestros comportamientos nos ayudan a experimentar lo que deseamos y cuáles no nos sirven. Sin embargo, esto es muy diferente de la idea del castigo. El propósito de las consecuencias no es premiarnos ni castigarnos. Y lo más importante: no necesitamos sufrir para ser merecedores del amor. Siempre somos merecedores del amor, del nuestro y del amor del universo, y nada que hagamos podrá jamás cambiar eso.

El dolor que experimentamos al quemarnos con una llama nos sirve para aprender a usar el fuego de forma apropiada, pero no es un castigo por nuestra ignorancia inicial sobre este. El universo no nos está castigando por ignorar lo que es el fuego. Simplemente nos permite experimentar lo que necesitamos para aprender y madurar. Cuando comenzamos a ver las cosas de esa manera, nos volvemos más amorosos con nosotros mismos. Nos permitimos aprender y actuamos motivados por lo que queremos experimentar, y dejamos de actuar por miedo a ser castigados.

Una de las parábolas más hermosas de Jesús es la del hijo pródigo. En esta historia hay un padre adinerado que tiene dos hijos. Uno de ellos es trabajador y siempre ayuda en las labores de su casa. El otro, en cambio, abandona su hogar y se va por el mundo derrochando sus riquezas; luego, cuando se le acaban los recursos y comienza a sufrir por haberlos malgastado, regresa arrepentido a la casa de su padre. Para sorpresa del hijo que se había quedado trabajando, el padre recibe al hijo pródigo con una fiesta y lo colma de regalos. Desde el punto de vista de los premios y los castigos, esta historia parece un poco injusta, ¿no? Sin embargo, esta es la respuesta del Amor: siempre le da la bienvenida a quien desea regresar a Él. No es necesario que antes haya un castigo.

El Amor se entrega por igual a todos los que abren los brazos para recibirlo. Espera en lo profundo de cada persona, con infinita paciencia. Y colmará de regalos y bendiciones a todo aquel que desee regresar la profundidad en la que Él mora. El único propósito del sufrimiento fue permitirle al hijo pródigo reconocer que deseaba volver a la casa de su padre. En ningún momento ese sufrimiento fue un pago que el hijo tuviera que hacer para volverse merecedor del amor de su padre de nuevo. Y si decide volver a irse y regresa de otra vez, es seguro que el padre nuevamente lo recibirá con un agasajo. Esa el la justicia del Amor: se da por igual a todos aquellos que estén dispuestos a recibirlo. No importa nunca lo que haya pasado antes. Si en este momento alguien ha decidido regresar a la casa del padre amoroso, descubrirá que las puertas nunca han estado cerradas.

Una de las ideas más revolucionarias de Un Curso de Milagros es que Dios no perdona. Jamás podría hacerlo, pues para perdonar es necesario haber condenado primero, y Dios nunca condena porque no juzga. Somos solo nosotros los que debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos, pues nos hemos juzgado y nos hemos condenado. Y nos perdonaremos cuando aprendamos a vernos con los ojos del Amor. Cuando esto suceda, perdonaremos también a los demás automáticamente, pues nuestra relación con ellos es solo un reflejo de nuestra relación con nosotros mismos. Al verlos con los ojos del Amor, no podremos más que reconocer que son merecedores de nuestro amor, y que nada que hagan podrá jamás alterar eso. Llegará así el perdón verdadero, que no es más que el reconocimiento de que el perdón es por completo innecesario, pues no hay nada que perdonar.

Por: David González

 

 

¿Cómo perdonar?

Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero ~ Nelson Mandela

Tal vez alguien te dijo algo que no te gustó y te sentiste insultado. O te traicionó. O te hizo daño de cualquier otra manera. Es normal. Nos pasa todo el tiempo. Y entre más cercana sea esa persona, más nos duele. Después, quizás, esa persona se acerque a ti y te pida perdón. Pero en realidad, ¿qué significa perdonar? ¿Se trata de decir algo? Si le respondes a esa persona “Todo está bien”, ¿eso es igual a perdonarla? Tal como yo lo veo, perdonar es algo interno. De poco sirven las palabras si en nuestro interior continuamos resentidos.

Tal como lo indica la  palabra, resentir es seguir sintiendo. Eso quiere decir que la herida todavía duele. En otras palabras: si estamos resentidos, seguimos sufriendo. En ese estado de resentimiento, el perdón solo puede ser superficial. Le decimos al otro que todo está bien, pero no es así. Esa persona sigue siendo la causante de nuestro dolor, y sentimos el deseo de castigarla. Tal vez no planeemos una venganza evidente, pero queremos que ella se dé cuenta de que estamos sufriendo por su culpa. En el fondo, buscamos que se sienta culpable, y la culpa es uno de los mayores castigos.

Así que muchas veces “perdonamos” de manera superficial, pero en el fondo continuamos resentidos y buscamos la manera de castigar. Seguimos mal, y seguimos en conflicto. Ese tipo de perdón nos mantiene separados de quienes nos hicieron daño. Pero entonces, ¿qué es perdonar? Una de las ideas más hermosas que he encontrado en Un Curso de Milagros es que perdonar es igual a sanar. Mientras sigamos heridos, el otro continuará siendo culpable, y, aunque tratemos de pretender que lo perdonamos, seguiremos castigándolo con la culpa. Por tanto, la única forma de perdonar por completo es estar sanos.

Cuando sanamos de verdad, cuando estamos bien, la necesidad de castigar se va. Ya no hay resentimiento, ya no nos duele la herida, y en consecuencia ya no hay nadie que sea el causante de nuestro dolor, pues este ya no existe. Solo en ese estado podemos liberar por completo de la culpa al otro. Perdonamos cuando realmente estamos bien y le permitimos ver esto a la otra persona. “Mira, de verdad estoy bien. Me siento bien. No hay nada por lo cual debas sentirte culpable. No hay nada qué perdonar”. Entonces esa persona realmente podrá sentirse tranquila. Ya no hay necesidad de ningún castigo. Y muchas veces ni siquiera tenemos que decirle que la perdonamos. Basta con que le mostremos que estamos perfectamente bien. Que puede estar tranquila, pues en realidad no nos ha hecho nada. Aquello que somos está sano, íntegro. Así las cosas, perdonar es difícil cuando sanar es difícil. Y muchas veces lo es. Pero la sanación de la que hablo aquí va más allá del cuerpo, más allá del exterior.

Imagina que alguien, después de ser torturado de múltiples formas, te dijera: “Me puedes hacer quitado todo. Puedes haber dañado mi cuerpo, puedes hacer destruido mi mundo y a los cuerpos de mis seres queridos, pero aun así  estoy bien, perfectamente bien, pues lo que soy en esencia no tiene nada que ver con lo externo, y lo que soy en esencia es algo que no se puede dañar”. ¿Parece una locura que alguien diga eso? De pronto. Pero ese sería el ejemplo más extremo de perdón. Tal vez es el perdón que viene de Jesús en la cruz, un perdón que enseña que es imposible condenar, pues es imposible herir la esencia que en realidad somos. Es un perdón que no le pide nada al otro. No le exige ningún castigo. “Mírame, en realidad estoy bien. En realidad no me has hecho daño. No hay nada por lo que debas sentirte culpable”.

Por supuesto, puede que algo así esté totalmente fuera de nuestras posibilidades actuales. Puede que haya  muchas cosas que por ahora no seamos capaces de perdonar realmente. Eso está bien. Estamos en un proceso. Sin embargo, en esos ejemplos extremos hay una invitación para sanar. Podemos empezar con las cosas más pequeñas. ¿Realmente no puedes estar bien, en paz, después de ese insulto que te hicieron? ¿En verdad tu bienestar dependía de aquello que te quitaron? Algunas veces podrás estar realmente bien, otras no. Pero es bueno que seamos conscientes de que el precio del resentimiento es que no estamos realmente bien. Algo nos sigue doliendo. La culpa con la que condenamos al otro es el candado que nos mantiene encerrados en la prisión del sufrimiento. Nuestra capacidad de sanar internamente es la llave.

Por: David González