El karma y los milagros

El karma no existe

No creo en el karma. Creo que es una ilusión: parece real, pero su realidad depende de que creamos en él.

¿Qué es el karma? La idea de que el pasado tiene poder sobre el presente. La idea de que lo que hiciste ayer, el año pasado o hace mil años en una vida anterior puede afectar tu experiencia presente.

El karma parece una idea justa. Lo que diste en el pasado es lo que recibes ahora. Parece correcto pensar así. Sin embargo, así no es la justicia de Dios, así no es la justicia del Universo, al menos según mis creencias.

Al Universo, a Dios, lo único que le importa es tu experiencia presente. Lo que crea tu realidad ahora es lo que tú eres ahora.

Un Curso de Milagros señala que lo único que puede tener consecuencias es lo que es real y que, por tanto, el pasado no puede tener consecuencias, pues no existe. Lo único que existe es el presente y, por tanto, lo único que puede tener efectos es el presente.

Esa es la enseñanza detrás de la parábola del hijo pródigo, y por eso es también que la moraleja de esa parábola parece injusta desde el punto de vista del karma. Hay dos hijos. Uno se quedó en la casa de su padre ayudándolo. El otro, el hijo pródigo, se fue y despilfarró los bienes de su padre. Cuando el hijo pródigo decide regresar a la casa de su padre, este lo recibe con una fiesta y lo colma de regalos. El hijo que se quedó ayudando se queja, pues la actitud de su padre le parece injusta. Al ver que han sacrificado al mejor cabrito para la fiesta de su hermano pródigo, le dice a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu herencia con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”. Pero el padre le responde: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.” (Lucas, 15: 11-32).

Nada de resentimiento. El padre no castiga al hijo pródigo. No le pasa una cuenta de cobro por lo que despilfarró. No le pone una penitencia por la que deba pasar antes de recibirlo. Nada de eso. Simplemente lo recibe con los brazos abiertos y le ofrece un banquete en su honor.

Al padre no le importa el pasado; solo le importa que en este momento su hijo a decidido regresar a casa.

El karma sí existe

Por otra parte, hay que tener en cuenta que para la mayoría de nosotros el karma es real. Existe y opera como si fuera una ley del Universo.

¿Me estoy contradiciendo? Sí y no. Hay que hacer algunas precisiones.

Es real porque creemos en él. Creemos que el pasado es real. Y esa creencia en el pasado (creencia que existe en el presente) le da poder al pasado y hace que tenga efectos en el presente, como si en verdad el pasado existiera.

La creencia de que el pasado es real es parte del fundamento del ser ilusorio que creemos ser: el ego. El ego se construye a partir del pasado. No puede vivir sin él. Por eso procura hacerlo real.

Entendemos la ley de la causalidad de la forma tradicional porque nuestra experiencia nos demuestra que el pasado tiene efectos, pues comprobamos a diario que lo que hicimos ayer tiene consecuencias ahora. Ese es nuestro estado normal de consciencia. Nuestra ciencia se basa en esa idea. Nuestra tecnología está construida a partir de esa forma de entender el tiempo. Y seguramente ese será el estado de comprensión de nuestra especie por muchos años más. Pero hay otra manera de entender el tiempo. Es esta la invitación que nos hace Un Curso de Milagros.

El tiempo y los milagros

Los milagros rompen la aparente continuidad entre el pasado y el presente. En realidad no violan las leyes del universo. Por el contrario: muestran cuál es la verdadera ley que ha sido ocultada por las ilusiones. Esta ley establece que lo único que puede tener efectos es lo que es real. Lo irreal solo puede tener efectos en fantasías. Y dado que lo único que existe es este momento, lo único que puede tener efectos es este momento.

En otras palabras, el milagro disuelve la ilusión del tiempo y permite que la realidad se vea tal como es en la intemporalidad. El momento presente es real porque es la manifestación de la eternidad (que es lo único real) en nuestro plano de consciencia.

Al romper la continuidad del tiempo, los milagros generan efectos que parecen imposibles desde el punto de vista tradicional de la causalidad. Por eso parecen ser mágicos y maravillosos, cuando en realidad simplemente se ajustan a las verdaderas leyes de la creación.

Así pues, el karma existe en ilusiones, y es deshecho, al igual que todas las demás ilusiones, cuando se le da la entrada a la consciencia milagrosa.

Visto de esta manera, el milagro ahorra tiempo, como lo señala Un Curso de Milagros. Algo que se hubiera demorado en sanar durante años e incluso vidas completas de acuerdo con las leyes del karma, es sanado en un instante a través del milagro. El hijo pródigo hubiera demorado muchos años en deshacer sus errores y recuperar las riquezas de su padre de acuerdo con el karma; sin embargo, el amor de su padre, que es en sí el milagro, lo redime en un instante.

La función del milagro no es entonces violar las leyes de la naturaleza, sino simplemente deshacer las ilusiones. Y al deshacer la ilusión de que el pasado es real y tiene efectos, los milagros disuelven la ilusión del karma.

¿Cuál es la invitación?

Son varias.

Primero: dejar de tenerle miedo al pasado. No importa lo que hayas hecho, lo único que importa es lo que elijas ser en este momento.

Segundo: dejar actuar por miedo al futuro. Tradicionalmente, hacemos cosas “buenas” para ser recompensados en el futuro. Pero esto es una ilusión, pues el futuro no existe. Hagamos cosas buenas simplemente por la dicha de elegir nuestra versión más elevada en cada momento. Este momento ya es su propia recompensa. No necesitas la promesa de un premio en el tiempo para ser feliz.

Tercero: tomar consciencia de que el karma seguirá operando mientras sigamos creyendo en el pasado y el futuro. Y esta creencia no es algo intelectual. Es el fundamento de la realidad que hemos creado, de esta fantasía en la que parecemos vivir, cuyos pilares son el tiempo y el espacio, que en el fondo son la misma ilusión vista desde dos ángulos diferentes. En última instancia, deshacer esa creencia es deshacer la ilusión del mundo, y esto equivale a despertar a nuestra verdadera naturaleza atemporal. En otras palabras, deshacer el karma es igual a despertar. Así pues, la tercera invitación es la más importante de todas: la invitación a que despertemos a nuestro verdadero ser.

Imagen tomada de milkyway_tv.
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Sobre el perdón, el amor y el castigo

La idea del castigo aún está profundamente arraigada en muchos de nuestros sistemas de creencias. Si alguien hace algo que llamamos “malo”, creemos que debe pagar por ello; en otras palabras: creemos que la venganza es necesaria. ¿Por qué? Por una parte, porque pensamos que el temor al castigo es una buena forma de garantizar que no haremos —y que los demás no harán— aquello que tememos; y por otra, porque creemos que causarle dolor a quien nos ha herido hará que nuestro propio dolor disminuya. Pero ¿es esto cierto? ¿La mejor forma para empezar a comportarnos de forma amorosa es llenarnos de miedo? ¿El dolor de otros en realidad nos llevará a ser felices y a sanar nuestras heridas?

Como es natural, estas ideas se ven reflejadas en nuestras creencias religiosas. Creemos entonces en un Dios implacable que juzga nuestras acciones y de acuerdo con eso decide si merecemos ser premiados o castigados. O a veces esas mismas ideas adoptan la forma de la creencia en el karma: en este caso, es el universo mismo el encargado de pasar la cuenta de cobro, y se asegurará de que nuestras acciones nos persigan vida tras vida hasta que paguemos por ellas. Sea como sea, nuestra visión de la vida es una en la que el castigo es necesario; quien ha hecho sufrir a otros o ha causado males de cualquier clase debe sufrir antes de poder ser redimido.

Una consecuencia de esta forma de pensar es que nos castigamos a nosotros mismos para poder sentirnos bien. A veces lo hacemos de forma consciente. Así, en la Edad Media eran comunes los flagelantes, quienes creían que las heridas que ellos mismos se infligían con sus látigos y otros instrumentos de tortura eran un pago justo y necesario por el perdón y la paz que anhelaban. Otras veces, no obstante, nos castigamos de forma inconsciente. En esos casos adoptamos comportamientos que nos llevan a sufrir de forma recurrente, pues solo después del sufrimiento somos capaces de sentirnos nuevamente merecedores de nuestro propio amor. O nos autosaboteamos: hacemos cosas que nos llevan a privarnos de aquello que amamos y queremos, o de alguna forma destruimos nuestro propio bienestar, todo porque en el fondo creemos que no merecemos ser felices hasta que no paguemos por nuestro pasado.

Ahora bien, a medida que evolucionamos, este panorama lúgubre comienza a cambiar y empiezan a surgir formas más amorosas de dirigir nuestras acciones, nuestras vidas y nuestras sociedades. Empezamos a tomar consciencia de que cada acto “perverso”de los demás y de nosotros mismos es, muy en el fondo, solo una súplica de amor. Por tanto, comenzamos a ver que el amor es la respuesta más apropiada ante cualquier demostración de ignorancia o inconsciencia.

Sin embargo, esto no quiere decir que lo que hacemos no tenga consecuencias. Todo lo que hacemos tiene consecuencias, y eso es maravilloso, pues nos permite aprender. Las consecuencias nos permiten ver cuáles de nuestros comportamientos nos ayudan a experimentar lo que deseamos y cuáles no nos sirven. Sin embargo, esto es muy diferente de la idea del castigo. El propósito de las consecuencias no es premiarnos ni castigarnos. Y lo más importante: no necesitamos sufrir para ser merecedores del amor. Siempre somos merecedores del amor, del nuestro y del amor del universo, y nada que hagamos podrá jamás cambiar eso.

El dolor que experimentamos al quemarnos con una llama nos sirve para aprender a usar el fuego de forma apropiada, pero no es un castigo por nuestra ignorancia inicial sobre este. El universo no nos está castigando por ignorar lo que es el fuego. Simplemente nos permite experimentar lo que necesitamos para aprender y madurar. Cuando comenzamos a ver las cosas de esa manera, nos volvemos más amorosos con nosotros mismos. Nos permitimos aprender y actuamos motivados por lo que queremos experimentar, y dejamos de actuar por miedo a ser castigados.

Una de las parábolas más hermosas de Jesús es la del hijo pródigo. En esta historia hay un padre adinerado que tiene dos hijos. Uno de ellos es trabajador y siempre ayuda en las labores de su casa. El otro, en cambio, abandona su hogar y se va por el mundo derrochando sus riquezas; luego, cuando se le acaban los recursos y comienza a sufrir por haberlos malgastado, regresa arrepentido a la casa de su padre. Para sorpresa del hijo que se había quedado trabajando, el padre recibe al hijo pródigo con una fiesta y lo colma de regalos. Desde el punto de vista de los premios y los castigos, esta historia parece un poco injusta, ¿no? Sin embargo, esta es la respuesta del Amor: siempre le da la bienvenida a quien desea regresar a Él. No es necesario que antes haya un castigo.

El Amor se entrega por igual a todos los que abren los brazos para recibirlo. Espera en lo profundo de cada persona, con infinita paciencia. Y colmará de regalos y bendiciones a todo aquel que desee regresar la profundidad en la que Él mora. El único propósito del sufrimiento fue permitirle al hijo pródigo reconocer que deseaba volver a la casa de su padre. En ningún momento ese sufrimiento fue un pago que el hijo tuviera que hacer para volverse merecedor del amor de su padre de nuevo. Y si decide volver a irse y regresa de otra vez, es seguro que el padre nuevamente lo recibirá con un agasajo. Esa el la justicia del Amor: se da por igual a todos aquellos que estén dispuestos a recibirlo. No importa nunca lo que haya pasado antes. Si en este momento alguien ha decidido regresar a la casa del padre amoroso, descubrirá que las puertas nunca han estado cerradas.

Una de las ideas más revolucionarias de Un Curso de Milagros es que Dios no perdona. Jamás podría hacerlo, pues para perdonar es necesario haber condenado primero, y Dios nunca condena porque no juzga. Somos solo nosotros los que debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos, pues nos hemos juzgado y nos hemos condenado. Y nos perdonaremos cuando aprendamos a vernos con los ojos del Amor. Cuando esto suceda, perdonaremos también a los demás automáticamente, pues nuestra relación con ellos es solo un reflejo de nuestra relación con nosotros mismos. Al verlos con los ojos del Amor, no podremos más que reconocer que son merecedores de nuestro amor, y que nada que hagan podrá jamás alterar eso. Llegará así el perdón verdadero, que no es más que el reconocimiento de que el perdón es por completo innecesario, pues no hay nada que perdonar.

Por: David González