El karma y los milagros

El karma no existe

No creo en el karma. Creo que es una ilusión: parece real, pero su realidad depende de que creamos en él.

¿Qué es el karma? La idea de que el pasado tiene poder sobre el presente. La idea de que lo que hiciste ayer, el año pasado o hace mil años en una vida anterior puede afectar tu experiencia presente.

El karma parece una idea justa. Lo que diste en el pasado es lo que recibes ahora. Parece correcto pensar así. Sin embargo, así no es la justicia de Dios, así no es la justicia del Universo, al menos según mis creencias.

Al Universo, a Dios, lo único que le importa es tu experiencia presente. Lo que crea tu realidad ahora es lo que tú eres ahora.

Un Curso de Milagros señala que lo único que puede tener consecuencias es lo que es real y que, por tanto, el pasado no puede tener consecuencias, pues no existe. Lo único que existe es el presente y, por tanto, lo único que puede tener efectos es el presente.

Esa es la enseñanza detrás de la parábola del hijo pródigo, y por eso es también que la moraleja de esa parábola parece injusta desde el punto de vista del karma. Hay dos hijos. Uno se quedó en la casa de su padre ayudándolo. El otro, el hijo pródigo, se fue y despilfarró los bienes de su padre. Cuando el hijo pródigo decide regresar a la casa de su padre, este lo recibe con una fiesta y lo colma de regalos. El hijo que se quedó ayudando se queja, pues la actitud de su padre le parece injusta. Al ver que han sacrificado al mejor cabrito para la fiesta de su hermano pródigo, le dice a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu herencia con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”. Pero el padre le responde: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.” (Lucas, 15: 11-32).

Nada de resentimiento. El padre no castiga al hijo pródigo. No le pasa una cuenta de cobro por lo que despilfarró. No le pone una penitencia por la que deba pasar antes de recibirlo. Nada de eso. Simplemente lo recibe con los brazos abiertos y le ofrece un banquete en su honor.

Al padre no le importa el pasado; solo le importa que en este momento su hijo a decidido regresar a casa.

El karma sí existe

Por otra parte, hay que tener en cuenta que para la mayoría de nosotros el karma es real. Existe y opera como si fuera una ley del Universo.

¿Me estoy contradiciendo? Sí y no. Hay que hacer algunas precisiones.

Es real porque creemos en él. Creemos que el pasado es real. Y esa creencia en el pasado (creencia que existe en el presente) le da poder al pasado y hace que tenga efectos en el presente, como si en verdad el pasado existiera.

La creencia de que el pasado es real es parte del fundamento del ser ilusorio que creemos ser: el ego. El ego se construye a partir del pasado. No puede vivir sin él. Por eso procura hacerlo real.

Entendemos la ley de la causalidad de la forma tradicional porque nuestra experiencia nos demuestra que el pasado tiene efectos, pues comprobamos a diario que lo que hicimos ayer tiene consecuencias ahora. Ese es nuestro estado normal de consciencia. Nuestra ciencia se basa en esa idea. Nuestra tecnología está construida a partir de esa forma de entender el tiempo. Y seguramente ese será el estado de comprensión de nuestra especie por muchos años más. Pero hay otra manera de entender el tiempo. Es esta la invitación que nos hace Un Curso de Milagros.

El tiempo y los milagros

Los milagros rompen la aparente continuidad entre el pasado y el presente. En realidad no violan las leyes del universo. Por el contrario: muestran cuál es la verdadera ley que ha sido ocultada por las ilusiones. Esta ley establece que lo único que puede tener efectos es lo que es real. Lo irreal solo puede tener efectos en fantasías. Y dado que lo único que existe es este momento, lo único que puede tener efectos es este momento.

En otras palabras, el milagro disuelve la ilusión del tiempo y permite que la realidad se vea tal como es en la intemporalidad. El momento presente es real porque es la manifestación de la eternidad (que es lo único real) en nuestro plano de consciencia.

Al romper la continuidad del tiempo, los milagros generan efectos que parecen imposibles desde el punto de vista tradicional de la causalidad. Por eso parecen ser mágicos y maravillosos, cuando en realidad simplemente se ajustan a las verdaderas leyes de la creación.

Así pues, el karma existe en ilusiones, y es deshecho, al igual que todas las demás ilusiones, cuando se le da la entrada a la consciencia milagrosa.

Visto de esta manera, el milagro ahorra tiempo, como lo señala Un Curso de Milagros. Algo que se hubiera demorado en sanar durante años e incluso vidas completas de acuerdo con las leyes del karma, es sanado en un instante a través del milagro. El hijo pródigo hubiera demorado muchos años en deshacer sus errores y recuperar las riquezas de su padre de acuerdo con el karma; sin embargo, el amor de su padre, que es en sí el milagro, lo redime en un instante.

La función del milagro no es entonces violar las leyes de la naturaleza, sino simplemente deshacer las ilusiones. Y al deshacer la ilusión de que el pasado es real y tiene efectos, los milagros disuelven la ilusión del karma.

¿Cuál es la invitación?

Son varias.

Primero: dejar de tenerle miedo al pasado. No importa lo que hayas hecho, lo único que importa es lo que elijas ser en este momento.

Segundo: dejar actuar por miedo al futuro. Tradicionalmente, hacemos cosas “buenas” para ser recompensados en el futuro. Pero esto es una ilusión, pues el futuro no existe. Hagamos cosas buenas simplemente por la dicha de elegir nuestra versión más elevada en cada momento. Este momento ya es su propia recompensa. No necesitas la promesa de un premio en el tiempo para ser feliz.

Tercero: tomar consciencia de que el karma seguirá operando mientras sigamos creyendo en el pasado y el futuro. Y esta creencia no es algo intelectual. Es el fundamento de la realidad que hemos creado, de esta fantasía en la que parecemos vivir, cuyos pilares son el tiempo y el espacio, que en el fondo son la misma ilusión vista desde dos ángulos diferentes. En última instancia, deshacer esa creencia es deshacer la ilusión del mundo, y esto equivale a despertar a nuestra verdadera naturaleza atemporal. En otras palabras, deshacer el karma es igual a despertar. Así pues, la tercera invitación es la más importante de todas: la invitación a que despertemos a nuestro verdadero ser.

Imagen tomada de milkyway_tv.
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La culpa, el ataque y el perdón

Hacer sentir culpable a alguien es una forma de venganza. La culpa es dolorosa; por tanto, al hacer que otro se sienta culpable lo estamos atacando. El verdadero perdón no pide culpa a cambio, pues no ataca. Atacar implica ausencia de perdón, y perdón implica ausencia de ataque.

Esto que acabo de decir es obvio. Lo que no es tan obvio es que cuando me siento culpable por lo que le he hecho a otra persona también la estoy atacando. Es decir: sentir culpa es una forma de atacar.

Sentirme culpable por lo que le hice a alguien es lo mismo que convertir a esa persona en la causa de mi culpa. En consecuencia, dado que la culpa implica sufrimiento, al sentirme culpable convierto al otro en la causa de mi dolor. Y esto es un ataque contra el otro.

Al hacer que el otro sea la causa de mi culpa y, por tanto, de mi dolor, ataco la realidad de esa persona. Le estoy diciendo que él puede herirme. Le estoy diciendo que es mi enemigo, ya que sufro por él. Le estoy diciendo, en últimas, que me ha herido y que por consiguiente también hay razones para que se sienta culpable. Si él comparte mi interpretación, se sentirá culpable y así mi ataque tendrá como fruto la culpa y el dolor de mi hermano.

Y esto es así tanto si me siento culpable en relación con otra persona como si me siento culpable por algo que me hice a mí mismo o si hice una acción que no afecta directamente a otra persona pero que está mal según mis creencias. Por ejemplo, si hago algo que creo que es malo porque creo que ofende a Dios, y me siento culpable por eso, convierto a Dios en mi enemigo en mi mente; lo convierto en la causa de mi sufrimiento. Por Su culpa es que siento culpa, pues son sus reglas las que han abierto la posibilidad de que yo me haga daño a mí mismo. Esto, por supuesto, es una locura que solo puede tener lugar en nuestras mentes. La vida jamás será nuestra enemiga. Dios jamás será nuestro enemigo ni nos pedirá que sintamos culpa por algo. La culpa es una enfermedad de la mente, no un reflejo de la justicia divina. La idea de que la justicia divina requiere de culpa y castigo es una locura. Dios nunca condena. Por tanto, nunca perdona, pues para perdonar es necesario primero haber condenado, como lo señala de manera hermosa Un Curso de Milagros. Es solo por nuestras creencias que sentimos culpa. Es solo nuestro perdón el que necesitamos.

***

El propósito de esta reflexión es invitarte a contemplar los efectos de la culpa. La culpa no solo no sirve para nada positivo, pues no arregla el pasado ni repara la herida, sino que además perpetúa el ciclo de ataque y contraataque.

En este punto es necesario hacer una advertencia: esta no es una invitación a sentirnos culpables por sentir culpa. Eso sería solo una locura que va en contra del propósito de esta reflexión, que es invitarnos a dejar la culpa de lado.

La culpa es de lo más normal que hay en nuestro actual estado de consciencia. Estamos programados para sentirnos culpables. Pues estamos programados para pensar que debemos ser castigados por lo que hacemos que juzgamos como malo. Creemos que debemos ser perdonados, que el perdón exige un pago a cambio, y que usualmente exige nuestro sufrimiento como pago. Esa es la idea del purgatorio: un lugar al que debemos ir a sufrir para poder expiar nuestros pecados.

Así, creemos que sentirnos culpables está bien, pues lo interpretamos como parte del castigo por el que debemos pasar para ser redimidos. Es esa misma idea de que Dios nos condena y exige nuestro sufrimiento a cambio de su perdón.

Por tanto, dadas nuestras creencias, nuestra cultura y nuestro estado actual de consciencia, sentir culpa es perfectamente normal. Es una enfermedad que debemos sanar, no una razón más para sentirnos culpables. Sentir culpa por sentir culpa sería como sentir culpa por tener dolor de cabeza. Sana, pero no te juzgues por estar enfermo.

Y esta posibilidad de sentir culpa por la culpa es algo común en los caminos espirituales. Hace parte de los juicios de segundo nivel, que le encantan al ego espiritual. Es así que, una vez se nos dice que dejemos de juzgar para ser libres y felices, a veces empezamos a juzgar a quienes juzgan y a juzgarnos cuando juzgamos. Vuelve a aparecer la misma locura, pero disfrazada de espiritualidad.

Sentir culpa por sentir culpa o juzgarnos por juzgar solo es una estrategia del ego para perpetuar la culpa y los juicios. El comienzo siempre es el perdón, el amor, la comprensión. Sólo de ahí puede tener lugar una verdadera transformación. Luego simplemente tomamos consciencia de nuestros patrones de pensamiento, los observamos en paz y los dejamos ir amorosamente. “Ah, ahí está la culpa de nuevo”. “Ah, ahí están mis juicios”. Los amo. Los dejo ir, pues soy consciente de su locura. No hay necesidad de castigarme ni juzgarme por eso. Puedo perdonarme y estar en paz.

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La clave del perdón verdadero

Una de las ideas que más me sorprendió de Un Curso de Milagros es la forma como entiende el perdón. El siguiente pasaje me parece maravilloso:

[…] el perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: “Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado”. Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposible, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa. (Capítulo 27, II, 2, 7-10)

¡Qué forma tan maravillosa de ver el perdón! Según lo que propone el texto, perdonar es igual a sanar. Perdonar no es creer que te han herido, sentir que te han herido, y pasar por alto la ofensa. Pues eso establece que la ofensa es real. Y si la ofensa es real, quien te hirió es culpable. El perdón verdadero quita toda culpa de los hombros de tu hermano. Le dice: “En realidad no eres culpable, pues no me has hecho nada. Y la prueba de que no me has hecho nada es que estoy sano”.

De esta manera, en realidad, perdonar es reconocer que no hay nada qué perdonar. Es este el perdón de Jesús cuando resuscita y dice: “Mírenme, estoy sano. No me hicieron nada, en realidad. Lo que creyeron que me hicieron, es sólo una ilusión. No hay nada qué perdonar”.

De alguna forma, este perdón máximo, el perdón más elevado, no es en realidad un perdón. Es simplemente ayudarle al otro a ver que es y siempre ha sido inocente. Es por esto que también Jesús nos dice en Un Curso de Milagros: “Dios no perdona porque nunca ha condenado. Y primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario” (Libro de ejercicios, Lección 46, 1, 1-2).

Pero, me dirás: ¿Qué hacer cuando sé que la ofensa es real, cuando tengo la evidencia de que en realidad me hirieron? Mi respuesta es: ten la intención de sanar. Y comienza por cosas pequeñas. Sanar algo extremo requiere de un grado de maestría (por ejemplo, sanar el haber sido crucificado, que es el ejemplo máximo de perdón que Jesús nos ofreció).

Sanar es darte cuenta de que en realidad no te han hecho nada. Y una forma de empezar a tomar consciencia de esto es darnos cuenta de que aquello que es atacado u ofendido no es real. Lo que puede ser atacado es el ego o el cuerpo. Y ninguno de los dos es real en última instancia. Son solo ilusiones. Lo que eres en realidad, tu escencia verdadera, no puede ser atacada.

La idea de que el cuerpo no es real puede ser muy difícil de aceptar al comienzo. Por tanto, es mejor empezar la práctica del perdón con aquellos casos en los que es evidente que lo único que es atacado es nuestro ego: la idea que tenemos de nosotros mismos. Pasa alguien por la calle y te mira mal. ¿Te hizo algo? No, en realidad es sólo tu ego el que se siente ofendido. Pero en verdad a ti no te hizo nada. Por tanto, no hay nada qué perdonar.

Así, perdonar es sanar; sanar es reconocer que no te han hecho nada; y reconocer que no han te han hecho nada es identificarte con tu verdadera escencia, que no es el ego ni el cuerpo. Perdonar es reconocer que, a aquello que es verdad en ti, no le han hecho nada, y nunca jamás podrían hacerle nada.

Por momentos parece imposible asumir este punto de vista. Pues parecen muy reales el daño y el sufrimiento. Pero, de nuevo, la invitación es a empezar con cosas pequeñas.

Para Un Curso de Milagros, aprender a perdonar es igual a sanar y es igual a alcanzar el mayor grado de consciencia espiritual, pues implica reconocer tu verdadera identidad, que no puede ser atacada. Y llegar a ese nivel máximo de perdón puede ser el trabajo de toda una vida (o de muchas vidas, si crees en la reencarnación).

Te aseguro, sin embargo, que hoy tendrás la oportunidad para practicar este maravilloso punto de vista con algo sencillo y pequeño. Seguro. Algún comentario de tu pareja o tus hijos. Alguien que te desaprueba y te sientes atacada. No sé. Alguien que te ignora. Alguien que se te atraviesa en el tráfico mientras manejas. Ya lo sabrás cuando suceda.

Algo sí te puedo asegurar. Una de las experiencias más maravillosas que hay es poder decirle a un amigo, a un hermano que creyó que te hizo daño: “Mírame. Estoy sano. No me hiciste nada. Mi amor por ti está intacto. Eres completamente inocente”. Poder decir eso sintiéndolo de corazón, poder mostrarlo de forma evidente, créeme, es de las cosas más lindas que hay.

Por último, pero no menos importante: para empezar, lo primero es perdonarnos por no ser capaces de perdonar. Usar cualquiera de estas ideas para juzgarnos, castigarnos y condenarnos sería algo completamente absurdo y ridículo (pero es lo que el ego primero intentará, así que ríete cuando caigas en cuenta de su locura). Toma estas palabras como una invitación amorosa. Camina hasta donde puedas, pero no te juzgues jamás por la dificultad que pueda aparecer al tratar de ponerlas en práctica.

Azucenas, símbolo de perdón en Un Curso de Milagros.

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¿Ojo por ojo?

En Conversaciones con Dios, de Neale Donald Walsh, Dios dice que Hitler fue al Cielo. Y que toda persona, sin importar lo que haga, estará en el Cielo. Es una idea que suele generar gran resistencia. ¿Por qué?

Porque uno de los impulsos más básicos del ego es la necesidad de castigo y de venganza. Esta es la idea de que al ladrón se le deben cortar las manos y de que el asesino debe ser asesinado. Ojo por ojo.

En el plano espiritual, estas ideas se manifiestan como la creencia en el infierno y en el karma. Si viviste bien, serás premiado. Si te portaste mal, serás castigado. Si en una vida pasada abusaste de otros, en una vida posterior abusarán de ti.

¿Y si el asesino fuera recibido con los brazos abiertos siempre en el corazón de Dios? “Imposible”, dice el ego.

Desde el punto de vista del ego, la parábola del hijo pródigo no tiene sentido: un hijo se va y despilfarra todas las riquezas que le dio su padre, pero cuando regresa no recibe un castigo sino una fiesta en su honor. Al ego esa idea le parece injusta, pues cree que el amor de Dios es algo que tiene condiciones: se puede perder y si se pierde hay que pagar para recuperarlo.

La enseñanza de la parábola del hijo pródigo es que el amor de Dios no tiene condiciones. Podemos perderlo de vista, pero nunca nos será negado si volvemos nuestros ojos a Él. En realidad, el Amor no puede perderse jamás, pues el Amor es lo que somos y siempre seremos, sin importar las locuras que creamos hacer en el sueño en el que nos encontramos.

Solo tenemos que decidir regresar a nuestro padre y aquí está, justo en ese momento, la fiesta de recibida, sin ningún pago previo, sin ninguna penitencia.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Matt DeLuca.

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Cuando Dios es lo único que queda

Este artículo fue tomado y traducido del blog en inglés de Neale Donald Walsh. Lo elegí porque es una reflexión hermosa para esta época de Navidad que comienza.

Queridos amigos:

No necesito decirles que apenas faltan menos de diez días para Navidad, un momento del año muy feliz para muchas personas. Y, sin embargo, para muchos otros, que han sufrido grandes pérdidas o que están enfrentando grandes desafíos en estos días, la temporada de vacaciones navideñas puede ser un tiempo muy difícil… y es comprensible que así sea. Para algunas personas, todo lo que era importante para ellas les  fue arrebatado…

Para todos nosotros llega un momento en el que Dios es lo único que queda…

Esto sucede en la vida de la mayoría de las personas más de una vez. Es un momento en el que te sientes total y completamente aislado. Es un momento en el que sientes, no que nadie te está oyendo, sino que no hay nadie para oírte. Estás realmente solo. No hay nadie más, uncluso cuando hay alguien más contigo en la habitación. No hay nada más, aun cuando hay muchas cosas alrededor. Sólo estás tú, a pesar de que el mundo te rodea. Quizás especialmente cuando el mundo te rodea, sólo estás tú.

Sí, hay un momento en el que Dios es lo único que queda. Nada más importa. Nada más tiene significado alguno. Nada más te atrae, te magnetiza, exige tu atención  —o es siquiera digno de ella—.

Este momento llega, me parece, o bien cuando no tienes nada, o bien cuando lo tienes todo. Este momento llega cuando todo lo demás te ha sido arrebatado y no queda nada, o cuando se te ha dado todo y no hay nada más que puedas desear.

Cuando este momento llega, hay un gran alivio. Es un soltar, un dejar ir. Pero, aún así, para muchos de nosotros, todavía hay una pequeña parte de nosotros que anhela aquella única cosa que muchos de nosotros nunca hemos tenido: aceptación completa y amor incondicional.

Que alguien me ame exactamente como soy.

No hemos sido capaces de encontrar eso en otros. Pensamos que podríamos encontrarlo en otra persona, tuvimos la esperanza de que podríamos encontrarlo en otra persona, pero no podemos. Ni siquiera podemos encontrarlo en nosotros mismos. Y como no podemos encontrarlo en nosotros, no podemos dárselo a otra persona —y es por eso que no lo podemos encontrar ahí—.  En ninguna parte podemos encontrar aquello que no hemos puesto en ninguna parte, y no hemos puesto aceptación completa y amor incondicional en ninguna parte. Ni siquiera podemos estar bien con el clima, por santo cielo. Podemos encontrar algo para quejarnos para prácticamente cualquier cosa.

Y así, bucamos aquello que no está ahí, pues todo lo que buscamos en la vida debe haber sido puesto ahí por nosotros. Si no lo hemos puesto ahí, no podemos encontrarlo. Lo que no ponemos en la vida no podemos encontrarlo, pues nosotros somos la Unica Fuente Que Hay.

Si no podemos encontrar perdón en nuestras vidas, es porque no lo hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar compasión en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí.  Si no podemos encontrar tolerancia en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar piedad en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar paz en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar aceptación en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Y si no podemos encontrar amor en nuestras vidas, es porque no lo hemos puesto ahí.

Debemos poner todas esas cosas en la Vida. Primero, en nuestra propia vida, y luego, en la vida de otros. O, para algunos, es al revés. De hecho, pienso que para la mayoría de nosotros es al revés. Para la mayoría de nosotros, es casi imposible darnos a nosotros mismos aquello que más queremos recibir: perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación, amor.

La mayoría de nosotros no podemos darnos a nosotros mismos esas cosas porque sabemos demasiado acerca de nosotros. Creemos que no merecemos esas cosas. Imaginamos que somos algo diferente de lo que realmente somos. No podemos ver la Divinidad que la Divinidad Misma ha puesto en nosotros. No podemos ver la Inocencia. No podemos ver la Perfección en nuestra imperfección.

Debido a que no podemos ver esas cosas en nosotros mismos, no podemos darnos a nosotros aquellas cosas que más queremos recibir. Sin embargo, como no somos totalmente ciegos frente a lo que es bueno y valioso en el mundo, con frecuencia podemos ver esas cosas en otros. Con frecuencia podemos ver Divinidad en otros. Con frecuencia podemos ver Inocencia en otros. Con frecuencia podemos ver Perfección en la imperfección de otros. Y así, podemos darles a otros perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Podemos, pero la pregunta es, ¿lo haremos?

Muy a menudo no lo hacemos. A causa de nuestras heridas, no podemos sanar las heridas de otros. Y así, le negamos a nuestro mundo las cosas que nuestro mundo más necesita. Le negamos a nuestro mundo perdón, compasión tolerancia, piedad, paz, aceptación, amor. Y cuando le negamos esas cosas a nuestro mundo, nos las negamos a nosotros mismos —porque aquello que no hemos puesto en el mundo, no podemos recibirlo del mundo—. Repitamos otra vez la Nueva Regla de Oro:

Lo que no hemos puesto en el mundo, no podemos recibirlo del mundo.

Llega un momento en el que nos damos cuenta de que nosotros somos la Unica Fuente Que Hay. Nadie va a darnos a nosotros o al mundo aquello que somos incapaces de darle al mundo y, de esa manera, a nosotros. No por mucho tiempo.

El primer lugar en el que podemos ver esto es en las relaciones con los demás. Lo que no podemos o no queremos darle a otro, no podremos recibirlo de otro. No por mucho tiempo. Si no podemos darle a la persona que nos acompaña en la habitación perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor… no podemos esperar que la persona en el cuarto nos dé esas cosas a nosotros. Pues ella solo tienen para darnos aquello que le hemos dado.

Nos imaginamos en la relaciones que la otra persona tiene aquello que nosotros no tenemos y, por tanto, que puede dárnoslo. Esta es la gran ilusión. Este es el gran error. Este es el gran malentendido. Y esta es la razón por la que tantas relaciones fracasan. Nos imaginamos que el otro nos va a dar perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Imaginamos que los otros van a darnos lo que nosotros no podemos darles, y lo que ni siquiera podemos darnos a nosotros. Y entonces nos ponemos furiosos con la otra persona. Y entonces nos ponemos furiosos con nosotros. Y entonces…

 … nos damos cuenta de que lo único que queda es Dios. Nos tornamos, entonces, hacia Dios. Por favor, Dios, dame perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Por favor dame esas cosas para poder yo dárselas a los demás.

El mundo se aproxima rápidamente a este punto de quiebre. Estamos empezando a entender que Dios es la Fuente Original y Única. Ahora todo lo que tenemos que entender, además, es que no hay separación entre Dios y nosotros. Cuando por fin tenemos esta comprensión fundamental, cuando, por fin, abrazamos esta verdad básica, cambiaremos nosotros, transformaremos nuestras relaciones y cambiaremos el mundo.

Hasta entonces, no podremos hacerlo. Y esperaremos por ese momento en el que nos damos cuenta de que… lo único que queda es Dios. Ojalá lleguemos a ese momento antes de que lo creemos… de la forma más cruda posible: destruyendo todo lo demás hasta que no haya nada más. Destruyendo nuestra relación hasta que no quede nada. Destruyéndonos a nosotros hasta que no quede nada. 

Conversaciones con Dios contiene una afirmación asombrosa. Es algo que nunca he olvidado. Dios dijo: “No es necesario ir al infierno para llegar al cielo”.  Nos invito a todos a recordar esto hoy. Nos invito a todos a aceptar y darle la bienvenida a una nueva noción sobre nosotros mismos y sobre la vida: no que lo único que queda es Dios, sino que lo único que hay es Dios.

Cuando veamos a Dios en todas las personas y en todas las cosas, entonces habremos soltado nuestras ilusiones, nos habremos apartado de nuestras imaginaciones infantiles, y trataremos a todas las cosas y a todas las personas como si eso, ella o él fuera Divino. Y si piensas que eso no cambiaría tu vida y tu mundo, piensa de nuevo. Este es el Camino del Alma.

Amor y abrazos,

Neale

Neale Donald Walsh es el autor de la serie de libros de Conversaciones con Dios, que han sido éxitos en ventas. Estos libros, que no se inscriben en ninguna doctrina religiosa, están inspirados por Dios, y en ellos se presentan consejos sencillos y claros para tener una vida más equilibrada y para reconectarnos con la Divinidad, de la que hacemos parte. Estas enseñanzas constituyen un camino moderno hacia una vida espiritual y llena de significado. Puedes conocer más sobre Neale en su página web.

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Sobre el perdón, el amor y el castigo

La idea del castigo aún está profundamente arraigada en muchos de nuestros sistemas de creencias. Si alguien hace algo que llamamos “malo”, creemos que debe pagar por ello; en otras palabras: creemos que la venganza es necesaria. ¿Por qué? Por una parte, porque pensamos que el temor al castigo es una buena forma de garantizar que no haremos —y que los demás no harán— aquello que tememos; y por otra, porque creemos que causarle dolor a quien nos ha herido hará que nuestro propio dolor disminuya. Pero ¿es esto cierto? ¿La mejor forma para empezar a comportarnos de forma amorosa es llenarnos de miedo? ¿El dolor de otros en realidad nos llevará a ser felices y a sanar nuestras heridas?

Como es natural, estas ideas se ven reflejadas en nuestras creencias religiosas. Creemos entonces en un Dios implacable que juzga nuestras acciones y de acuerdo con eso decide si merecemos ser premiados o castigados. O a veces esas mismas ideas adoptan la forma de la creencia en el karma: en este caso, es el universo mismo el encargado de pasar la cuenta de cobro, y se asegurará de que nuestras acciones nos persigan vida tras vida hasta que paguemos por ellas. Sea como sea, nuestra visión de la vida es una en la que el castigo es necesario; quien ha hecho sufrir a otros o ha causado males de cualquier clase debe sufrir antes de poder ser redimido.

Una consecuencia de esta forma de pensar es que nos castigamos a nosotros mismos para poder sentirnos bien. A veces lo hacemos de forma consciente. Así, en la Edad Media eran comunes los flagelantes, quienes creían que las heridas que ellos mismos se infligían con sus látigos y otros instrumentos de tortura eran un pago justo y necesario por el perdón y la paz que anhelaban. Otras veces, no obstante, nos castigamos de forma inconsciente. En esos casos adoptamos comportamientos que nos llevan a sufrir de forma recurrente, pues solo después del sufrimiento somos capaces de sentirnos nuevamente merecedores de nuestro propio amor. O nos autosaboteamos: hacemos cosas que nos llevan a privarnos de aquello que amamos y queremos, o de alguna forma destruimos nuestro propio bienestar, todo porque en el fondo creemos que no merecemos ser felices hasta que no paguemos por nuestro pasado.

Ahora bien, a medida que evolucionamos, este panorama lúgubre comienza a cambiar y empiezan a surgir formas más amorosas de dirigir nuestras acciones, nuestras vidas y nuestras sociedades. Empezamos a tomar consciencia de que cada acto “perverso”de los demás y de nosotros mismos es, muy en el fondo, solo una súplica de amor. Por tanto, comenzamos a ver que el amor es la respuesta más apropiada ante cualquier demostración de ignorancia o inconsciencia.

Sin embargo, esto no quiere decir que lo que hacemos no tenga consecuencias. Todo lo que hacemos tiene consecuencias, y eso es maravilloso, pues nos permite aprender. Las consecuencias nos permiten ver cuáles de nuestros comportamientos nos ayudan a experimentar lo que deseamos y cuáles no nos sirven. Sin embargo, esto es muy diferente de la idea del castigo. El propósito de las consecuencias no es premiarnos ni castigarnos. Y lo más importante: no necesitamos sufrir para ser merecedores del amor. Siempre somos merecedores del amor, del nuestro y del amor del universo, y nada que hagamos podrá jamás cambiar eso.

El dolor que experimentamos al quemarnos con una llama nos sirve para aprender a usar el fuego de forma apropiada, pero no es un castigo por nuestra ignorancia inicial sobre este. El universo no nos está castigando por ignorar lo que es el fuego. Simplemente nos permite experimentar lo que necesitamos para aprender y madurar. Cuando comenzamos a ver las cosas de esa manera, nos volvemos más amorosos con nosotros mismos. Nos permitimos aprender y actuamos motivados por lo que queremos experimentar, y dejamos de actuar por miedo a ser castigados.

Una de las parábolas más hermosas de Jesús es la del hijo pródigo. En esta historia hay un padre adinerado que tiene dos hijos. Uno de ellos es trabajador y siempre ayuda en las labores de su casa. El otro, en cambio, abandona su hogar y se va por el mundo derrochando sus riquezas; luego, cuando se le acaban los recursos y comienza a sufrir por haberlos malgastado, regresa arrepentido a la casa de su padre. Para sorpresa del hijo que se había quedado trabajando, el padre recibe al hijo pródigo con una fiesta y lo colma de regalos. Desde el punto de vista de los premios y los castigos, esta historia parece un poco injusta, ¿no? Sin embargo, esta es la respuesta del Amor: siempre le da la bienvenida a quien desea regresar a Él. No es necesario que antes haya un castigo.

El Amor se entrega por igual a todos los que abren los brazos para recibirlo. Espera en lo profundo de cada persona, con infinita paciencia. Y colmará de regalos y bendiciones a todo aquel que desee regresar la profundidad en la que Él mora. El único propósito del sufrimiento fue permitirle al hijo pródigo reconocer que deseaba volver a la casa de su padre. En ningún momento ese sufrimiento fue un pago que el hijo tuviera que hacer para volverse merecedor del amor de su padre de nuevo. Y si decide volver a irse y regresa de otra vez, es seguro que el padre nuevamente lo recibirá con un agasajo. Esa el la justicia del Amor: se da por igual a todos aquellos que estén dispuestos a recibirlo. No importa nunca lo que haya pasado antes. Si en este momento alguien ha decidido regresar a la casa del padre amoroso, descubrirá que las puertas nunca han estado cerradas.

Una de las ideas más revolucionarias de Un Curso de Milagros es que Dios no perdona. Jamás podría hacerlo, pues para perdonar es necesario haber condenado primero, y Dios nunca condena porque no juzga. Somos solo nosotros los que debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos, pues nos hemos juzgado y nos hemos condenado. Y nos perdonaremos cuando aprendamos a vernos con los ojos del Amor. Cuando esto suceda, perdonaremos también a los demás automáticamente, pues nuestra relación con ellos es solo un reflejo de nuestra relación con nosotros mismos. Al verlos con los ojos del Amor, no podremos más que reconocer que son merecedores de nuestro amor, y que nada que hagan podrá jamás alterar eso. Llegará así el perdón verdadero, que no es más que el reconocimiento de que el perdón es por completo innecesario, pues no hay nada que perdonar.

Por: David González

 

 

¿Cómo perdonar?

Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero ~ Nelson Mandela

Tal vez alguien te dijo algo que no te gustó y te sentiste insultado. O te traicionó. O te hizo daño de cualquier otra manera. Es normal. Nos pasa todo el tiempo. Y entre más cercana sea esa persona, más nos duele. Después, quizás, esa persona se acerque a ti y te pida perdón. Pero en realidad, ¿qué significa perdonar? ¿Se trata de decir algo? Si le respondes a esa persona “Todo está bien”, ¿eso es igual a perdonarla? Tal como yo lo veo, perdonar es algo interno. De poco sirven las palabras si en nuestro interior continuamos resentidos.

Tal como lo indica la  palabra, resentir es seguir sintiendo. Eso quiere decir que la herida todavía duele. En otras palabras: si estamos resentidos, seguimos sufriendo. En ese estado de resentimiento, el perdón solo puede ser superficial. Le decimos al otro que todo está bien, pero no es así. Esa persona sigue siendo la causante de nuestro dolor, y sentimos el deseo de castigarla. Tal vez no planeemos una venganza evidente, pero queremos que ella se dé cuenta de que estamos sufriendo por su culpa. En el fondo, buscamos que se sienta culpable, y la culpa es uno de los mayores castigos.

Así que muchas veces “perdonamos” de manera superficial, pero en el fondo continuamos resentidos y buscamos la manera de castigar. Seguimos mal, y seguimos en conflicto. Ese tipo de perdón nos mantiene separados de quienes nos hicieron daño. Pero entonces, ¿qué es perdonar? Una de las ideas más hermosas que he encontrado en Un Curso de Milagros es que perdonar es igual a sanar. Mientras sigamos heridos, el otro continuará siendo culpable, y, aunque tratemos de pretender que lo perdonamos, seguiremos castigándolo con la culpa. Por tanto, la única forma de perdonar por completo es estar sanos.

Cuando sanamos de verdad, cuando estamos bien, la necesidad de castigar se va. Ya no hay resentimiento, ya no nos duele la herida, y en consecuencia ya no hay nadie que sea el causante de nuestro dolor, pues este ya no existe. Solo en ese estado podemos liberar por completo de la culpa al otro. Perdonamos cuando realmente estamos bien y le permitimos ver esto a la otra persona. “Mira, de verdad estoy bien. Me siento bien. No hay nada por lo cual debas sentirte culpable. No hay nada qué perdonar”. Entonces esa persona realmente podrá sentirse tranquila. Ya no hay necesidad de ningún castigo. Y muchas veces ni siquiera tenemos que decirle que la perdonamos. Basta con que le mostremos que estamos perfectamente bien. Que puede estar tranquila, pues en realidad no nos ha hecho nada. Aquello que somos está sano, íntegro. Así las cosas, perdonar es difícil cuando sanar es difícil. Y muchas veces lo es. Pero la sanación de la que hablo aquí va más allá del cuerpo, más allá del exterior.

Imagina que alguien, después de ser torturado de múltiples formas, te dijera: “Me puedes hacer quitado todo. Puedes haber dañado mi cuerpo, puedes hacer destruido mi mundo y a los cuerpos de mis seres queridos, pero aun así  estoy bien, perfectamente bien, pues lo que soy en esencia no tiene nada que ver con lo externo, y lo que soy en esencia es algo que no se puede dañar”. ¿Parece una locura que alguien diga eso? De pronto. Pero ese sería el ejemplo más extremo de perdón. Tal vez es el perdón que viene de Jesús en la cruz, un perdón que enseña que es imposible condenar, pues es imposible herir la esencia que en realidad somos. Es un perdón que no le pide nada al otro. No le exige ningún castigo. “Mírame, en realidad estoy bien. En realidad no me has hecho daño. No hay nada por lo que debas sentirte culpable”.

Por supuesto, puede que algo así esté totalmente fuera de nuestras posibilidades actuales. Puede que haya  muchas cosas que por ahora no seamos capaces de perdonar realmente. Eso está bien. Estamos en un proceso. Sin embargo, en esos ejemplos extremos hay una invitación para sanar. Podemos empezar con las cosas más pequeñas. ¿Realmente no puedes estar bien, en paz, después de ese insulto que te hicieron? ¿En verdad tu bienestar dependía de aquello que te quitaron? Algunas veces podrás estar realmente bien, otras no. Pero es bueno que seamos conscientes de que el precio del resentimiento es que no estamos realmente bien. Algo nos sigue doliendo. La culpa con la que condenamos al otro es el candado que nos mantiene encerrados en la prisión del sufrimiento. Nuestra capacidad de sanar internamente es la llave.

Por: David González