Un sueño de perdón

No hay nada que perdonar.

Sin embargo, te perdono, pues la ilusión de que estamos separados me duele.

Por eso, te perdono por lo que no me hiciste.

Te perdono por lo que soñé que me habías hecho.

Me perdono por mis fantasías, en las que te percibí como si fueras mi enemigo, como si pudieras y quisieras hacerme daño.

Me perdono por el sueño en el que caminamos separados.

Me perdono por el sueño en el que puedo vivir aunque tú mueras.

Me perdono por el sueño en el que puedo ser feliz aunque tú seas desgraciado.

Me perdono por el sueño en el que puedo ganar aunque tú pierdas.

Me perdono porel sueño en el que puedo ser bueno mientras tú eres malo.

Me perdono por el sueño en el que puedo salvarme aunque tú seas condenado.

Me perdono por haber creído que soy mejor que tú.

Me perdono por haberte temido al pensar que eras mejor que yo.

Ahora elijo ver que todo lo que hago lo haces tú también.

Ahora elijo ver que todos tus defectos son mis defectos y todos tus logros son mis logros.

Ahora elijo que todas tus caídas son mis caídas.

Ahora elijo ver en ti sólo la luz, que es mi propia luz.

Ahora elijo vernos caminando tomados siempre de la mano, siempre uno solo.

Ahora elijo caminar de tu mano, así en las apariencias ilusorias de mi sueño te presentes como un desconocido.

Ahora elijo levantar el velo de los resentimientos tras el cual se esconde nuestra unidad.

Ahora elijo dejar ir el pasado y verte sólo como siempre has sido ahora.

Ahora elijo ver mi perfección reflejada en ti.

Ahora elijo mi corazón, que es tu corazón, que es el corazón del Universo, que es el corazón de Dios, que es lo único que existe.

Si Dios sólo tiene un corazón, y es eterno, y ése es tu corazón, y ése es mi corazón, entonces no podemos sino ser uno sólo por siempre.

Elijo ahora conectarme con ese corazón y conectarme así contigo y conectarme así con Dios y conectarme así conmigo mismo.

Gracias por tu luz.

Gracias por tu bondad.

Gracias por el amor que desbordas.

Gracias por tu perdón.

Gracias por tu paciencia.

Gracias por estar ahí siempre para recordarme el camino.

Gracias a mí que soy tú que eres la luz eterna que somos al ser uno con nuestro Padre.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @evolving.sky

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¿Cómo ayudar a los que me hieren?

Hace poco puse esta frase del maestro Thich Nhat Nahn en mi cuenta de Instagram:

“Cuando alguien te hace sufrir es porque sufre y su sufrimiento se está expandiendo. No necesita castigo, necesita ayuda”.

Alguien me preguntó: “¿Y qué hacer si esa persona te sigue haciendo sufrir, incluso después de haberla ayudado?”.

Esto fue lo que le respondí:

Ayudar a alguien no quiere decir que permites que esa persona te maltrate. Si tratas de ayudar a alguien y sientes que no puedes y que en el proceso resultas herida, está bien alejarte. El punto no es si te alejas o no. El punto es si tienes resentimientos o no. El punto es si experimentas amor hacia esa persona. Si hay amor, ese amor te indicará el camino.

A veces debemos alejarnos. Por ejemplo, si te encuentras un perro con rabia (la enfermedad) en la mitad de un camino y al tratar de ayudarlo ves que trata de morderte, y si no tienes la manera de llevarlo a un veterinario de manera segura, lo más sabio probablemente sea alejarte del perro y no tratar de ayudarlo más. Pero eso no implica que tengas que odiar al perro o estar resentida porque trató de morderte. Si sabes que lo hizo porque está enfermo, sólo sentirás compasión y te alejarás llena de amor y deseándole lo mejor.

Lo que hacemos o dejamos de hacer externamente es secundario. Lo que importa es de dónde salen esas acciones, cuál es su causa y su motivación.

Si actúas desde el resentimiento frente a alguien que te hirió porque está enfermo, simplemente estarás repitiendo exactamente lo que esa persona hizo. Estarás espejando su comportamiento enfermizo y destructivo.

Y es normal estar resentidos. Es normal actuar desde la rabia y el dolor. Pero precisamente porque es normal y porque nosotros muchas veces caemos en eso es que también podemos sentir empatía por quienes nos hieren. Hemos pasado por ahí. También hemos herido al estar cegados por la rabia y el odio. Por eso podemos comprender esa enfermedad llamada resentimiento y sentir compasión por quienes la padecen, incluidos nosotros.

Si alguien te hiere y eso te produce odio y resentimiento, es una oportunidad más para trabajar en sanar ese dolor en ti.

La mejor manera en la que puedes ayudar a la persona que te hirió es sanando tu propio dolor. Una vez estés sano, verás con claridad. Y la claridad te permitirá ver que tu hermano no es un enemigo que debe ser castigado sino un amigo enfermo que necesida ayuda. Y esa claridad te mostrará cuál es la mejor manera de ayudar a esa persona.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de @terstegge

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Cómo vivir en el mundo real

Dos personas viviendo en la misma ciudad, en el mismo barrio y en las mismas circunstancias pueden estar una en el Cielo y la otra en el infierno.

En la medida en que interpretamos la realidad de acuerdo con nuestro estado interior, ésta se convierte en un espejo que refleja nuestro estado de consciencia.

La mayoría de nosotros vivimos aún en el infierno, en cierta medida, una buena parte del tiempo. Vivimos en un mundo que percibimos como malvado, amenazante y cruel.

En palabras de Un Curso de Milagros, el Cielo en la tierra, que es lo que allí se llama “el mundo real”, es el mundo visto a través de los ojos del Espíritu Santo. Esos ojos sólo ven lo real y, por tanto, sólo ven el amor.

Desde la perspectiva del Espíritu Santo, sólo hay dos formas de interpretar lo que un hermano hace: como una muestra de amor o como una petición de amor.

Así pues, el asesino en serie, el abusador de niños, el hombre que te acaba de robar en la calle y el político corrupto sólo están pidiendo desesperadamente amor. Es una forma profundamente inconsciente de decir: “por favor, ayúdame, estoy perdido de mí mismo, he olvidado lo que es el amor y en consecuencia me he propuesto buscarlo de las maneras más absurdas”.

Donde el ego ve un enemigo que merece ser destruido, el Espíritu Santo, la Voz que habla desde lo más profundo de tu corazón, sólo ve un hermano que está dormido y necesita de tu amor para despertar.

Ver a través de esos ojos es lo mismo que perdonar de verdad.

Esto puede ser muy difícil, sobre todo cuando presenciamos acciones que juzgamos y resentimos profundamente. De hecho, en esas condiciones es imposible. Nuestros juicios nos impiden escuchar esa Voz y ver a través de esos Ojos, la Voz y los Ojos de nuestro corazón.

En consecuencia, cambiar nuestra percepción implica aprender a soltar los juicios y dejar ir los resentimientos. Esa es la práctica espiritual más importante en el despertar.

Ayuda mucho, para esto, saber que no somos diferentes de aquello que vemos, no estamos separados. Muy probablemente en otra vida hayamos pasado por etapas evolutivas muy similares a aquellas que ahora condenamos como aberraciones. Muy probablemente eso que juzgamos esté presente aún en lo profundo de nuestros deseos o pensamientos, así nuestra consciencia se haya elevado lo suficiente como para evitar que esas semillas de inconsciencia se manifiesten en la realidad. Sea como sea, no somos mejores que eso que vemos. Somos eso que vemos.

Se trata, pues, de un viaje de perdonarnos a nosotros mismos, lo que equivale a perdonar al mundo, una vez reconocemos que somos Uno.

A través de este perdón podremos ver lo que Un Curso de Milagros llama “el mundo real”, que no es más que el mundo visto a través de los ojos del Amor.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Andhika.

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Tal vez sí somos eso

Hace un tiempo publiqué una frase que decía que aquello que no nos gusta de los demás está en nosotros. Alguien me contestó molesto que no estaba de acuerdo con la frase, pues lo habían robado y él no era un ladrón.

Puedo estar equivocado. Tal vez esa persona tiene razón. Pero quiero compartir lo que creo al respecto.

Creo que todo, absolutamente todo, está dentro nuestro. Hitler está dentro nuestro, el abusador de niños está dentro nuestro, el político corrupto está dentro nuestro, el ladrón callejero está dentro nuestro, la persona que más repudiamos en el mundo está dentro nuestro. No estamos separados.

Comprendo, claro, que esta idea puede parecer absurda. Al fin y al cabo, la idea de que estamos separados permea el mundo y configura nuestra manera de ver. Es lo que hemos aprendido.

La proyección

Este es uno de los trucos fundamentales del ego y es la razón por la que creemos que nosotros no somos eso que juzgamos.

Proyectar es poner afuera aquello que juzgamos, verlo en los demás para así creer que no está en nosotros y que, por tanto, no es nuestra responsabilidad.

La proyección es la estrategia con la que se mantiene la ilusión de que estamos separados.

Cuando proyectamos, el ataque queda justificado y parece una buena estrategia. Pues, si el problema es el otro y no yo, ¿no sería acaso la solución destruir o cambiar al otro, mientras yo permanezco como soy? Y ¿no es este el comienzo de las guerras?

A partir de esta creencia se justifica la idea de que destruir aquello que consideramos malo fuera de nosotros es una forma sabia de resolver los conflictos. Esta es una idea que se expresa repetidamente en las películas y las historias que hemos leído y oído desde que somos pequeños. El héroe mata al villano y entonces surgen la paz y la esperanza.

Cuando reconocemos que lo que vemos afuera realmente está dentro de nosotros y simplemente lo estamos proyectando, destruir al otro deja de parecer una estrategia sabia, pues equivale a tirarle una piedra al espejo porque no nos gusta el reflejo que vemos en él.

“Pero yo no soy eso”

Eso dice el ego. Con honestidad cree que no es eso que ve afuera de sí mismo. Está completamente convencido. Y tiene que estar convencido de que no es eso, pues reconocer la unidad con lo que lo rodea socavaría su identidad separada, que es finalmente lo que el ego cree ser: un ente separado y diferente de todo lo que lo rodea.

Y es difícil ver en nosotros la violencia, ver en nosotros el deseo de destruir y abusar, el odio, la codicia, la pereza. En fin, es difícil reconocer que aquello que juzgamos está en nosotros. Y, mientras lo juzguemos, será difícil verlo en nosotros, pues al juzgarlo el impulso natural es rechazarlo.

Cuando dejamos de lado los juicios, nos permitimos ver que somos eso. Y esto no implica condonar ni caer en esos comportamientos. Todo lo contrario. Cuando el juicio se va, surgen la aceptación y el amor. Y el amor sana, abraza, cuida. Cuando reconocemos que estamos enfermos, comenzamos a cuidarnos y comenzamos a sanar.

El perdón

El perdón implica dejar de condenar, dejar de juzgar. El perdón es el deshacimiento de la separación y el recuerdo de que estamos unidos. Perdonar es restablecer la unidad.

Cuando vemos que somos eso que está afuera, dejamos de juzgarlo. La unidad va de la mano del amor.

Si dejamos de verlo afuera pero seguimos juzgándolo en nosotros, la separación permanece. Entonces una parte nuestra se ve separada de otra parte de nosotros y el truco se repite, sólo que ya no proyectamos afuera sino adentro de nosotros. En los casos extremos, esto se convierte en la esquizofrenia y en una locura en la que tratamos de destruirnos a nosotros mismos en un intento demente de erradicar el mal del mundo, que percibimos ahora adentro nuestro.

Esto pasa a veces con algunos caminos de crecimiento personal. Al seguirlos, aminoran aparentemente los juicios contra el mundo, pero comenzamos a latigarnos a nosotros mismos y nos cargamos de culpa.

El perdón verdadero, la unidad verdadera, implica que ya no hay una parte que juzgue a otra, pues ya no hay dos.

Cuando perdono, quiero solo darte amor, pues en mi cordura quiero sanar. Si veo en ti algo que no me gusta, te agradezco por mostrarme la herida que aún debemos sanar ambos. Ya no lo juzgo en ti ni lo juzgo en mí. Ahora nos amo a ambos.

Solo podemos entrar juntos

En Un Curso de Milagros dice algo muy hermoso. Allí Jesús señala que solo podemos despertar al tiempo. Algunos parecemos estar más avanzados que otros, Él parece estar más avanzado que nosotros en su camino de regreso al Padre, pero esas diferencias son solo una ilusión, pues somos uno. Dice entonces que nadie podrá entrar al Cielo (es decir, despertar a su verdadera naturaleza) completamente mientras otro de sus hermanos esté dormido. Dice por tanto que Él espera pacientemente por nosotros a las puertas del Cielo, pues él no puede cruzar sin nosotros. O cruzamos todos o no cruza nadie, lo que es obvio si se acepta que somos Uno. De ahí provienen su infinito amor, su infinita compasión, su infinita confianza en nosotros y su infinita paciencia.

Cada maestro que ha comenzado a despertar no puede sino seguir despertando a sus hermanos, lo que no es más que el siguiente paso en su propio despertar.

Así mismo, cada vez que alguien despierta un poco, todos despertamos un poco. Cada vez que alguien sana, sanamos todos. Cada vez que alguien perdona y se perdona, todos perdonamos y nos perdomanos un poco.

Asumir responsabilidad

Uno de los mantras más poderosos que tiene la maestra Isha Judd es

Om responsabilidad, yo soy eso.

Esta es una forma de señalar que asumir responsabilidad implica reconocer que no hay nada que no esté en nosotros.

Esta es solo una invitación a ver cada cosa que juzgamos en los demás como una oportunidad de sanar nuestra separación.

Y esa separación y esos juicios toman muchas formas. Cada vez que nos creemos mejores que alguien, tenemos una oportunidad para sanar nuestra separación. Cada vez que despreciamos a alguien, que sentimos envidia por alguien, que peleamos en nuestra cabeza con alguien, que tenemos la necesidad de demostrarle a alguien que está equivocado, cada vez que pasa alguna de estas cosas, es una oportunidad más para asumir responsabilidad y abrazar aquello que no nos gusta y que hemos proyectado afuera.

No se trata, claro, de que me creas porque sí lo que estoy diciendo. Solo te pido que te abras a la posibilidad, así sea un poco. La próxima vez que condenes a un hermano, verás que crees que eres diferente y mejor que él o que crees que él es tan malo como tú y que por tanto él o ambos merecen ser castigados.

En ese momento, la invitación es a considerar la siguiente posibilidad. ¿Qué tal si eso es solo una forma amorosa en la que la vida me está mostrando a través de mi hermano eso que ambos necesitamos sanar?, ¿qué tal si solo es una forma de la vida de señalar aquella parte nuestra que requiere amor? Entonces reconocemos que es un regalo, pues ciertamente es más fácil curar una herida en nuestra frente si tenemos un espejo a nuestra disposición.

Tomado de la cuenta de Instagram de @ohdagyo

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La primera piedra

Qué poderoso es ese pasaje de la Biblia en el que Jesús dice: “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Si observas con cuidado, tal vez te des cuenta de que todo el tiempo seguimos “tirando piedras.”

Cada vez que condenamos a alguien en nuestra mente por algo que hizo, le estamos tirando piedras.

Cada vez que juzgamos a alguien, lo convertimos en nuestro enemigo y justificamos nuestra ira contra él o ella.

Si ahora miras más profundo, muy probablemente verás que aquello por lo que condenamos a la otra persona también está en nosotros en alguna forma. Tal vez a veces hemos cometido la misma falta o errores que se parecen mucho a aquel que condenamos. Tal vez hemos deseado hacerlo e incluso nos hemos imaginado haciéndolo, así a veces nos hayamos reprimido. Si crees en otras vidas, puede que lo hayamos hecho en otras vidas aunque ahora no lo recordemos.

Cada vez que condenamos al otro, nos estamos condenando a nosotros mismos.

Cuando Jesús dijo “con la misma vara que midas serás medido” no se refería a una forma de venganza del universo. La verdad es que Dios nunca juzga ni condena. Somos solo nosotros los que nos juzgamos y condenamos. Y el marco mental con el cual vemos el mundo externo es el mismo marco mental con el que interpretamos nuestro interior. Por tanto, si juzgamos afuera, también nos juzgaremos a nosotros.

Comienza a perdonarte y perdonarás a los demás. Comienza a perdonar a los demás y podrás perdonarte. Aligera el látigo con el que azotas mentalmente a los demás por sus faltas y tu propia espalda se verá aliviada, pues es el mismo látigo con el que te laceras a ti mismo. Suelta el látigo por completo y liberarás a tus hermanos de la culpa y así encontrarás tu propia libertad y tu propia paz.

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El karma y los milagros

El karma no existe

No creo en el karma. Creo que es una ilusión: parece real, pero su realidad depende de que creamos en él.

¿Qué es el karma? La idea de que el pasado tiene poder sobre el presente. La idea de que lo que hiciste ayer, el año pasado o hace mil años en una vida anterior puede afectar tu experiencia presente.

El karma parece una idea justa. Lo que diste en el pasado es lo que recibes ahora. Parece correcto pensar así. Sin embargo, así no es la justicia de Dios, así no es la justicia del Universo, al menos según mis creencias.

Al Universo, a Dios, lo único que le importa es tu experiencia presente. Lo que crea tu realidad ahora es lo que tú eres ahora.

Un Curso de Milagros señala que lo único que puede tener consecuencias es lo que es real y que, por tanto, el pasado no puede tener consecuencias, pues no existe. Lo único que existe es el presente y, por tanto, lo único que puede tener efectos es el presente.

Esa es la enseñanza detrás de la parábola del hijo pródigo, y por eso es también que la moraleja de esa parábola parece injusta desde el punto de vista del karma. Hay dos hijos. Uno se quedó en la casa de su padre ayudándolo. El otro, el hijo pródigo, se fue y despilfarró los bienes de su padre. Cuando el hijo pródigo decide regresar a la casa de su padre, este lo recibe con una fiesta y lo colma de regalos. El hijo que se quedó ayudando se queja, pues la actitud de su padre le parece injusta. Al ver que han sacrificado al mejor cabrito para la fiesta de su hermano pródigo, le dice a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu herencia con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”. Pero el padre le responde: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.” (Lucas, 15: 11-32).

Nada de resentimiento. El padre no castiga al hijo pródigo. No le pasa una cuenta de cobro por lo que despilfarró. No le pone una penitencia por la que deba pasar antes de recibirlo. Nada de eso. Simplemente lo recibe con los brazos abiertos y le ofrece un banquete en su honor.

Al padre no le importa el pasado; solo le importa que en este momento su hijo a decidido regresar a casa.

El karma sí existe

Por otra parte, hay que tener en cuenta que para la mayoría de nosotros el karma es real. Existe y opera como si fuera una ley del Universo.

¿Me estoy contradiciendo? Sí y no. Hay que hacer algunas precisiones.

Es real porque creemos en él. Creemos que el pasado es real. Y esa creencia en el pasado (creencia que existe en el presente) le da poder al pasado y hace que tenga efectos en el presente, como si en verdad el pasado existiera.

La creencia de que el pasado es real es parte del fundamento del ser ilusorio que creemos ser: el ego. El ego se construye a partir del pasado. No puede vivir sin él. Por eso procura hacerlo real.

Entendemos la ley de la causalidad de la forma tradicional porque nuestra experiencia nos demuestra que el pasado tiene efectos, pues comprobamos a diario que lo que hicimos ayer tiene consecuencias ahora. Ese es nuestro estado normal de consciencia. Nuestra ciencia se basa en esa idea. Nuestra tecnología está construida a partir de esa forma de entender el tiempo. Y seguramente ese será el estado de comprensión de nuestra especie por muchos años más. Pero hay otra manera de entender el tiempo. Es esta la invitación que nos hace Un Curso de Milagros.

El tiempo y los milagros

Los milagros rompen la aparente continuidad entre el pasado y el presente. En realidad no violan las leyes del universo. Por el contrario: muestran cuál es la verdadera ley que ha sido ocultada por las ilusiones. Esta ley establece que lo único que puede tener efectos es lo que es real. Lo irreal solo puede tener efectos en fantasías. Y dado que lo único que existe es este momento, lo único que puede tener efectos es este momento.

En otras palabras, el milagro disuelve la ilusión del tiempo y permite que la realidad se vea tal como es en la intemporalidad. El momento presente es real porque es la manifestación de la eternidad (que es lo único real) en nuestro plano de consciencia.

Al romper la continuidad del tiempo, los milagros generan efectos que parecen imposibles desde el punto de vista tradicional de la causalidad. Por eso parecen ser mágicos y maravillosos, cuando en realidad simplemente se ajustan a las verdaderas leyes de la creación.

Así pues, el karma existe en ilusiones, y es deshecho, al igual que todas las demás ilusiones, cuando se le da la entrada a la consciencia milagrosa.

Visto de esta manera, el milagro ahorra tiempo, como lo señala Un Curso de Milagros. Algo que se hubiera demorado en sanar durante años e incluso vidas completas de acuerdo con las leyes del karma, es sanado en un instante a través del milagro. El hijo pródigo hubiera demorado muchos años en deshacer sus errores y recuperar las riquezas de su padre de acuerdo con el karma; sin embargo, el amor de su padre, que es en sí el milagro, lo redime en un instante.

La función del milagro no es entonces violar las leyes de la naturaleza, sino simplemente deshacer las ilusiones. Y al deshacer la ilusión de que el pasado es real y tiene efectos, los milagros disuelven la ilusión del karma.

¿Cuál es la invitación?

Son varias.

Primero: dejar de tenerle miedo al pasado. No importa lo que hayas hecho, lo único que importa es lo que elijas ser en este momento.

Segundo: dejar actuar por miedo al futuro. Tradicionalmente, hacemos cosas “buenas” para ser recompensados en el futuro. Pero esto es una ilusión, pues el futuro no existe. Hagamos cosas buenas simplemente por la dicha de elegir nuestra versión más elevada en cada momento. Este momento ya es su propia recompensa. No necesitas la promesa de un premio en el tiempo para ser feliz.

Tercero: tomar consciencia de que el karma seguirá operando mientras sigamos creyendo en el pasado y el futuro. Y esta creencia no es algo intelectual. Es el fundamento de la realidad que hemos creado, de esta fantasía en la que parecemos vivir, cuyos pilares son el tiempo y el espacio, que en el fondo son la misma ilusión vista desde dos ángulos diferentes. En última instancia, deshacer esa creencia es deshacer la ilusión del mundo, y esto equivale a despertar a nuestra verdadera naturaleza atemporal. En otras palabras, deshacer el karma es igual a despertar. Así pues, la tercera invitación es la más importante de todas: la invitación a que despertemos a nuestro verdadero ser.

Imagen tomada de milkyway_tv.
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La culpa, el ataque y el perdón

Hacer sentir culpable a alguien es una forma de venganza. La culpa es dolorosa; por tanto, al hacer que otro se sienta culpable lo estamos atacando. El verdadero perdón no pide culpa a cambio, pues no ataca. Atacar implica ausencia de perdón, y perdón implica ausencia de ataque.

Esto que acabo de decir es obvio. Lo que no es tan obvio es que cuando me siento culpable por lo que le he hecho a otra persona también la estoy atacando. Es decir: sentir culpa es una forma de atacar.

Sentirme culpable por lo que le hice a alguien es lo mismo que convertir a esa persona en la causa de mi culpa. En consecuencia, dado que la culpa implica sufrimiento, al sentirme culpable convierto al otro en la causa de mi dolor. Y esto es un ataque contra el otro.

Al hacer que el otro sea la causa de mi culpa y, por tanto, de mi dolor, ataco la realidad de esa persona. Le estoy diciendo que él puede herirme. Le estoy diciendo que es mi enemigo, ya que sufro por él. Le estoy diciendo, en últimas, que me ha herido y que por consiguiente también hay razones para que se sienta culpable. Si él comparte mi interpretación, se sentirá culpable y así mi ataque tendrá como fruto la culpa y el dolor de mi hermano.

Y esto es así tanto si me siento culpable en relación con otra persona como si me siento culpable por algo que me hice a mí mismo o si hice una acción que no afecta directamente a otra persona pero que está mal según mis creencias. Por ejemplo, si hago algo que creo que es malo porque creo que ofende a Dios, y me siento culpable por eso, convierto a Dios en mi enemigo en mi mente; lo convierto en la causa de mi sufrimiento. Por Su culpa es que siento culpa, pues son sus reglas las que han abierto la posibilidad de que yo me haga daño a mí mismo. Esto, por supuesto, es una locura que solo puede tener lugar en nuestras mentes. La vida jamás será nuestra enemiga. Dios jamás será nuestro enemigo ni nos pedirá que sintamos culpa por algo. La culpa es una enfermedad de la mente, no un reflejo de la justicia divina. La idea de que la justicia divina requiere de culpa y castigo es una locura. Dios nunca condena. Por tanto, nunca perdona, pues para perdonar es necesario primero haber condenado, como lo señala de manera hermosa Un Curso de Milagros. Es solo por nuestras creencias que sentimos culpa. Es solo nuestro perdón el que necesitamos.

***

El propósito de esta reflexión es invitarte a contemplar los efectos de la culpa. La culpa no solo no sirve para nada positivo, pues no arregla el pasado ni repara la herida, sino que además perpetúa el ciclo de ataque y contraataque.

En este punto es necesario hacer una advertencia: esta no es una invitación a sentirnos culpables por sentir culpa. Eso sería solo una locura que va en contra del propósito de esta reflexión, que es invitarnos a dejar la culpa de lado.

La culpa es de lo más normal que hay en nuestro actual estado de consciencia. Estamos programados para sentirnos culpables. Pues estamos programados para pensar que debemos ser castigados por lo que hacemos que juzgamos como malo. Creemos que debemos ser perdonados, que el perdón exige un pago a cambio, y que usualmente exige nuestro sufrimiento como pago. Esa es la idea del purgatorio: un lugar al que debemos ir a sufrir para poder expiar nuestros pecados.

Así, creemos que sentirnos culpables está bien, pues lo interpretamos como parte del castigo por el que debemos pasar para ser redimidos. Es esa misma idea de que Dios nos condena y exige nuestro sufrimiento a cambio de su perdón.

Por tanto, dadas nuestras creencias, nuestra cultura y nuestro estado actual de consciencia, sentir culpa es perfectamente normal. Es una enfermedad que debemos sanar, no una razón más para sentirnos culpables. Sentir culpa por sentir culpa sería como sentir culpa por tener dolor de cabeza. Sana, pero no te juzgues por estar enfermo.

Y esta posibilidad de sentir culpa por la culpa es algo común en los caminos espirituales. Hace parte de los juicios de segundo nivel, que le encantan al ego espiritual. Es así que, una vez se nos dice que dejemos de juzgar para ser libres y felices, a veces empezamos a juzgar a quienes juzgan y a juzgarnos cuando juzgamos. Vuelve a aparecer la misma locura, pero disfrazada de espiritualidad.

Sentir culpa por sentir culpa o juzgarnos por juzgar solo es una estrategia del ego para perpetuar la culpa y los juicios. El comienzo siempre es el perdón, el amor, la comprensión. Sólo de ahí puede tener lugar una verdadera transformación. Luego simplemente tomamos consciencia de nuestros patrones de pensamiento, los observamos en paz y los dejamos ir amorosamente. “Ah, ahí está la culpa de nuevo”. “Ah, ahí están mis juicios”. Los amo. Los dejo ir, pues soy consciente de su locura. No hay necesidad de castigarme ni juzgarme por eso. Puedo perdonarme y estar en paz.

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La clave del perdón verdadero

Una de las ideas que más me sorprendió de Un Curso de Milagros es la forma como entiende el perdón. El siguiente pasaje me parece maravilloso:

[…] el perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: “Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado”. Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposible, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa. (Capítulo 27, II, 2, 7-10)

¡Qué forma tan maravillosa de ver el perdón! Según lo que propone el texto, perdonar es igual a sanar. Perdonar no es creer que te han herido, sentir que te han herido, y pasar por alto la ofensa. Pues eso establece que la ofensa es real. Y si la ofensa es real, quien te hirió es culpable. El perdón verdadero quita toda culpa de los hombros de tu hermano. Le dice: “En realidad no eres culpable, pues no me has hecho nada. Y la prueba de que no me has hecho nada es que estoy sano”.

De esta manera, en realidad, perdonar es reconocer que no hay nada qué perdonar. Es este el perdón de Jesús cuando resuscita y dice: “Mírenme, estoy sano. No me hicieron nada, en realidad. Lo que creyeron que me hicieron, es sólo una ilusión. No hay nada qué perdonar”.

De alguna forma, este perdón máximo, el perdón más elevado, no es en realidad un perdón. Es simplemente ayudarle al otro a ver que es y siempre ha sido inocente. Es por esto que también Jesús nos dice en Un Curso de Milagros: “Dios no perdona porque nunca ha condenado. Y primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario” (Libro de ejercicios, Lección 46, 1, 1-2).

Pero, me dirás: ¿Qué hacer cuando sé que la ofensa es real, cuando tengo la evidencia de que en realidad me hirieron? Mi respuesta es: ten la intención de sanar. Y comienza por cosas pequeñas. Sanar algo extremo requiere de un grado de maestría (por ejemplo, sanar el haber sido crucificado, que es el ejemplo máximo de perdón que Jesús nos ofreció).

Sanar es darte cuenta de que en realidad no te han hecho nada. Y una forma de empezar a tomar consciencia de esto es darnos cuenta de que aquello que es atacado u ofendido no es real. Lo que puede ser atacado es el ego o el cuerpo. Y ninguno de los dos es real en última instancia. Son solo ilusiones. Lo que eres en realidad, tu escencia verdadera, no puede ser atacada.

La idea de que el cuerpo no es real puede ser muy difícil de aceptar al comienzo. Por tanto, es mejor empezar la práctica del perdón con aquellos casos en los que es evidente que lo único que es atacado es nuestro ego: la idea que tenemos de nosotros mismos. Pasa alguien por la calle y te mira mal. ¿Te hizo algo? No, en realidad es sólo tu ego el que se siente ofendido. Pero en verdad a ti no te hizo nada. Por tanto, no hay nada qué perdonar.

Así, perdonar es sanar; sanar es reconocer que no te han hecho nada; y reconocer que no han te han hecho nada es identificarte con tu verdadera escencia, que no es el ego ni el cuerpo. Perdonar es reconocer que, a aquello que es verdad en ti, no le han hecho nada, y nunca jamás podrían hacerle nada.

Por momentos parece imposible asumir este punto de vista. Pues parecen muy reales el daño y el sufrimiento. Pero, de nuevo, la invitación es a empezar con cosas pequeñas.

Para Un Curso de Milagros, aprender a perdonar es igual a sanar y es igual a alcanzar el mayor grado de consciencia espiritual, pues implica reconocer tu verdadera identidad, que no puede ser atacada. Y llegar a ese nivel máximo de perdón puede ser el trabajo de toda una vida (o de muchas vidas, si crees en la reencarnación).

Te aseguro, sin embargo, que hoy tendrás la oportunidad para practicar este maravilloso punto de vista con algo sencillo y pequeño. Seguro. Algún comentario de tu pareja o tus hijos. Alguien que te desaprueba y te sientes atacada. No sé. Alguien que te ignora. Alguien que se te atraviesa en el tráfico mientras manejas. Ya lo sabrás cuando suceda.

Algo sí te puedo asegurar. Una de las experiencias más maravillosas que hay es poder decirle a un amigo, a un hermano que creyó que te hizo daño: “Mírame. Estoy sano. No me hiciste nada. Mi amor por ti está intacto. Eres completamente inocente”. Poder decir eso sintiéndolo de corazón, poder mostrarlo de forma evidente, créeme, es de las cosas más lindas que hay.

Por último, pero no menos importante: para empezar, lo primero es perdonarnos por no ser capaces de perdonar. Usar cualquiera de estas ideas para juzgarnos, castigarnos y condenarnos sería algo completamente absurdo y ridículo (pero es lo que el ego primero intentará, así que ríete cuando caigas en cuenta de su locura). Toma estas palabras como una invitación amorosa. Camina hasta donde puedas, pero no te juzgues jamás por la dificultad que pueda aparecer al tratar de ponerlas en práctica.

Azucenas, símbolo de perdón en Un Curso de Milagros.

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¿Ojo por ojo?

En Conversaciones con Dios, de Neale Donald Walsh, Dios dice que Hitler fue al Cielo. Y que toda persona, sin importar lo que haga, estará en el Cielo. Es una idea que suele generar gran resistencia. ¿Por qué?

Porque uno de los impulsos más básicos del ego es la necesidad de castigo y de venganza. Esta es la idea de que al ladrón se le deben cortar las manos y de que el asesino debe ser asesinado. Ojo por ojo.

En el plano espiritual, estas ideas se manifiestan como la creencia en el infierno y en el karma. Si viviste bien, serás premiado. Si te portaste mal, serás castigado. Si en una vida pasada abusaste de otros, en una vida posterior abusarán de ti.

¿Y si el asesino fuera recibido con los brazos abiertos siempre en el corazón de Dios? “Imposible”, dice el ego.

Desde el punto de vista del ego, la parábola del hijo pródigo no tiene sentido: un hijo se va y despilfarra todas las riquezas que le dio su padre, pero cuando regresa no recibe un castigo sino una fiesta en su honor. Al ego esa idea le parece injusta, pues cree que el amor de Dios es algo que tiene condiciones: se puede perder y si se pierde hay que pagar para recuperarlo.

La enseñanza de la parábola del hijo pródigo es que el amor de Dios no tiene condiciones. Podemos perderlo de vista, pero nunca nos será negado si volvemos nuestros ojos a Él. En realidad, el Amor no puede perderse jamás, pues el Amor es lo que somos y siempre seremos, sin importar las locuras que creamos hacer en el sueño en el que nos encontramos.

Solo tenemos que decidir regresar a nuestro padre y aquí está, justo en ese momento, la fiesta de recibida, sin ningún pago previo, sin ninguna penitencia.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Matt DeLuca.

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Cuando Dios es lo único que queda

Este artículo fue tomado y traducido del blog en inglés de Neale Donald Walsh. Lo elegí porque es una reflexión hermosa para esta época de Navidad que comienza.

Queridos amigos:

No necesito decirles que apenas faltan menos de diez días para Navidad, un momento del año muy feliz para muchas personas. Y, sin embargo, para muchos otros, que han sufrido grandes pérdidas o que están enfrentando grandes desafíos en estos días, la temporada de vacaciones navideñas puede ser un tiempo muy difícil… y es comprensible que así sea. Para algunas personas, todo lo que era importante para ellas les  fue arrebatado…

Para todos nosotros llega un momento en el que Dios es lo único que queda…

Esto sucede en la vida de la mayoría de las personas más de una vez. Es un momento en el que te sientes total y completamente aislado. Es un momento en el que sientes, no que nadie te está oyendo, sino que no hay nadie para oírte. Estás realmente solo. No hay nadie más, uncluso cuando hay alguien más contigo en la habitación. No hay nada más, aun cuando hay muchas cosas alrededor. Sólo estás tú, a pesar de que el mundo te rodea. Quizás especialmente cuando el mundo te rodea, sólo estás tú.

Sí, hay un momento en el que Dios es lo único que queda. Nada más importa. Nada más tiene significado alguno. Nada más te atrae, te magnetiza, exige tu atención  —o es siquiera digno de ella—.

Este momento llega, me parece, o bien cuando no tienes nada, o bien cuando lo tienes todo. Este momento llega cuando todo lo demás te ha sido arrebatado y no queda nada, o cuando se te ha dado todo y no hay nada más que puedas desear.

Cuando este momento llega, hay un gran alivio. Es un soltar, un dejar ir. Pero, aún así, para muchos de nosotros, todavía hay una pequeña parte de nosotros que anhela aquella única cosa que muchos de nosotros nunca hemos tenido: aceptación completa y amor incondicional.

Que alguien me ame exactamente como soy.

No hemos sido capaces de encontrar eso en otros. Pensamos que podríamos encontrarlo en otra persona, tuvimos la esperanza de que podríamos encontrarlo en otra persona, pero no podemos. Ni siquiera podemos encontrarlo en nosotros mismos. Y como no podemos encontrarlo en nosotros, no podemos dárselo a otra persona —y es por eso que no lo podemos encontrar ahí—.  En ninguna parte podemos encontrar aquello que no hemos puesto en ninguna parte, y no hemos puesto aceptación completa y amor incondicional en ninguna parte. Ni siquiera podemos estar bien con el clima, por santo cielo. Podemos encontrar algo para quejarnos para prácticamente cualquier cosa.

Y así, bucamos aquello que no está ahí, pues todo lo que buscamos en la vida debe haber sido puesto ahí por nosotros. Si no lo hemos puesto ahí, no podemos encontrarlo. Lo que no ponemos en la vida no podemos encontrarlo, pues nosotros somos la Unica Fuente Que Hay.

Si no podemos encontrar perdón en nuestras vidas, es porque no lo hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar compasión en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí.  Si no podemos encontrar tolerancia en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar piedad en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar paz en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar aceptación en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Y si no podemos encontrar amor en nuestras vidas, es porque no lo hemos puesto ahí.

Debemos poner todas esas cosas en la Vida. Primero, en nuestra propia vida, y luego, en la vida de otros. O, para algunos, es al revés. De hecho, pienso que para la mayoría de nosotros es al revés. Para la mayoría de nosotros, es casi imposible darnos a nosotros mismos aquello que más queremos recibir: perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación, amor.

La mayoría de nosotros no podemos darnos a nosotros mismos esas cosas porque sabemos demasiado acerca de nosotros. Creemos que no merecemos esas cosas. Imaginamos que somos algo diferente de lo que realmente somos. No podemos ver la Divinidad que la Divinidad Misma ha puesto en nosotros. No podemos ver la Inocencia. No podemos ver la Perfección en nuestra imperfección.

Debido a que no podemos ver esas cosas en nosotros mismos, no podemos darnos a nosotros aquellas cosas que más queremos recibir. Sin embargo, como no somos totalmente ciegos frente a lo que es bueno y valioso en el mundo, con frecuencia podemos ver esas cosas en otros. Con frecuencia podemos ver Divinidad en otros. Con frecuencia podemos ver Inocencia en otros. Con frecuencia podemos ver Perfección en la imperfección de otros. Y así, podemos darles a otros perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Podemos, pero la pregunta es, ¿lo haremos?

Muy a menudo no lo hacemos. A causa de nuestras heridas, no podemos sanar las heridas de otros. Y así, le negamos a nuestro mundo las cosas que nuestro mundo más necesita. Le negamos a nuestro mundo perdón, compasión tolerancia, piedad, paz, aceptación, amor. Y cuando le negamos esas cosas a nuestro mundo, nos las negamos a nosotros mismos —porque aquello que no hemos puesto en el mundo, no podemos recibirlo del mundo—. Repitamos otra vez la Nueva Regla de Oro:

Lo que no hemos puesto en el mundo, no podemos recibirlo del mundo.

Llega un momento en el que nos damos cuenta de que nosotros somos la Unica Fuente Que Hay. Nadie va a darnos a nosotros o al mundo aquello que somos incapaces de darle al mundo y, de esa manera, a nosotros. No por mucho tiempo.

El primer lugar en el que podemos ver esto es en las relaciones con los demás. Lo que no podemos o no queremos darle a otro, no podremos recibirlo de otro. No por mucho tiempo. Si no podemos darle a la persona que nos acompaña en la habitación perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor… no podemos esperar que la persona en el cuarto nos dé esas cosas a nosotros. Pues ella solo tienen para darnos aquello que le hemos dado.

Nos imaginamos en la relaciones que la otra persona tiene aquello que nosotros no tenemos y, por tanto, que puede dárnoslo. Esta es la gran ilusión. Este es el gran error. Este es el gran malentendido. Y esta es la razón por la que tantas relaciones fracasan. Nos imaginamos que el otro nos va a dar perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Imaginamos que los otros van a darnos lo que nosotros no podemos darles, y lo que ni siquiera podemos darnos a nosotros. Y entonces nos ponemos furiosos con la otra persona. Y entonces nos ponemos furiosos con nosotros. Y entonces…

 … nos damos cuenta de que lo único que queda es Dios. Nos tornamos, entonces, hacia Dios. Por favor, Dios, dame perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Por favor dame esas cosas para poder yo dárselas a los demás.

El mundo se aproxima rápidamente a este punto de quiebre. Estamos empezando a entender que Dios es la Fuente Original y Única. Ahora todo lo que tenemos que entender, además, es que no hay separación entre Dios y nosotros. Cuando por fin tenemos esta comprensión fundamental, cuando, por fin, abrazamos esta verdad básica, cambiaremos nosotros, transformaremos nuestras relaciones y cambiaremos el mundo.

Hasta entonces, no podremos hacerlo. Y esperaremos por ese momento en el que nos damos cuenta de que… lo único que queda es Dios. Ojalá lleguemos a ese momento antes de que lo creemos… de la forma más cruda posible: destruyendo todo lo demás hasta que no haya nada más. Destruyendo nuestra relación hasta que no quede nada. Destruyéndonos a nosotros hasta que no quede nada. 

Conversaciones con Dios contiene una afirmación asombrosa. Es algo que nunca he olvidado. Dios dijo: “No es necesario ir al infierno para llegar al cielo”.  Nos invito a todos a recordar esto hoy. Nos invito a todos a aceptar y darle la bienvenida a una nueva noción sobre nosotros mismos y sobre la vida: no que lo único que queda es Dios, sino que lo único que hay es Dios.

Cuando veamos a Dios en todas las personas y en todas las cosas, entonces habremos soltado nuestras ilusiones, nos habremos apartado de nuestras imaginaciones infantiles, y trataremos a todas las cosas y a todas las personas como si eso, ella o él fuera Divino. Y si piensas que eso no cambiaría tu vida y tu mundo, piensa de nuevo. Este es el Camino del Alma.

Amor y abrazos,

Neale

Neale Donald Walsh es el autor de la serie de libros de Conversaciones con Dios, que han sido éxitos en ventas. Estos libros, que no se inscriben en ninguna doctrina religiosa, están inspirados por Dios, y en ellos se presentan consejos sencillos y claros para tener una vida más equilibrada y para reconectarnos con la Divinidad, de la que hacemos parte. Estas enseñanzas constituyen un camino moderno hacia una vida espiritual y llena de significado. Puedes conocer más sobre Neale en su página web.

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