Espero que dejes de leer este blog

Un Curso de Milagros tiene una frase que me fascina:

El propósito de un buen maestro es hacerse innecesario.

No soy un maestro espiritual en el sentido de que no he alcanzado un estado interno de maestría, de iluminación. Pero soy maestro en el sentido en el que todos somos maestros. Tengo cosas para compartir y, si deseas, puedes aprender de mí si lo necesitas. Ojalá pronto ya no lo necesites.

He dado clases de españos en varias universidades, y, cuando lo hago bien, mis alumnos dejan de necesitarme. Un buen maestro no busca seguidores. Busca compartir todo lo que tiene. De manera que sus alumnos lleguen a un punto en el que ya no tengan nada que aprender de él y puedan prescindir de sus servicios. En otra palabras, un buen maestro no busca crear seguidores, sino crear maestros.

No te voy a mentir. Deseo que este blog crezca y que cada vez lo lean más personas. Y deseo esto porque creo que hay mucha gente a la que le podría ayudar en su camino. Sin embargo, sueño con un mundo iluminado, en el que nadie tenga ya necesidad de enseñanzas espirituales.

Ojalá pronto yo no tenga nada para decir de lo que no seas consciente ya. Ojalá que encuentres en ti verdades más elevadas, y leas esto sólo como escucharías el balbuceo de un niño. Ojalá llegue el punto en el que no te interese leer mensajes como este.

Bendiciones en tu camino.

Sitka Spruce & Devil’s Club above shore of Beaver Lake, Sitka July 2009

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

¿Es real ese problema?

Todos afrontamos problemas constantemente. Es parte de ser humanos. Es parte de lo que nos hace crecer y evolucionar. Sin embargo, es bueno tener en cuenta que no todos los problemas que rondan nuestra cabeza son reales. Algunos están solo en nuesta imaginación.

¿Cuántas veces no has imaginado peleas que nunca sucedieron? ¿Cuánto tiempo no has perdido preparando palabras que nunca pronunciaste para defenderte de un ataque que nunca llegó? ¿Cuántas veces no has imaginado el dolor de un mal que nunca se presentó?

Ese tipo de preocupación no solo desperdicia tu energía al crear pensamientos innecesarios, sino que desgasta tu cuerpo. Para tu cuerpo, esos problemas son reales. Liberas adrenalina. El corazón se acelera. Hay exceso de azucar en la sangre listo para ser usado como energía ante el peligro imaginario. Es por esto que el estrés muchas veces se somatiza.

Por eso, una de las preguntas más importantes que debes hacerte al tratar de solucionar un problema es: ¿es real o está solo en mi cabeza?

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

¿Seguirías haciendo eso si supieras que el mundo acabará mañana?

A Martin Luther King se le atribuye esta frase: “Incluso si supiera que el mundo se caerá a pedazos mañana, incluso así, yo plantaría hoy un árbol”.

A primera vista, parece difícil entender la lógica de esta afirmación. ¿De qué podría servir plantar un árbol si no tendrá dónde crecer?

La verdad, no sé qué tenía en mente Martin Luther King cuando dijo esa frase. Pero sí sé por qué la diría yo.

Hay algo muy hermoso cuando las acciones se vuelven valiosas por sí mismas y no por sus resultados. Cuando actuamos desde ese lugar, estamos conectados con el corazón de la vida. Si en verdad amo el acto de sembrar profundamente, sembraré, aun si ese acto no tuviera las consecuencias que normalmente se esperan del sembrar (obtener un árbol en el futuro).

Creo que todos aquellos que aman profundamente lo que hacen lo seguirían haciendo así supieran que el mundo acabará mañana… es más, en ese caso, seguramente lo harían incluso con más pasión e intensidad, al saber que es la última oportunidad que tienen de hacerlo.

Cuando alguien ama lo que hace, no lo hace para obtener algo, simplemente lo hace porque ama hacerlo. Si se dan frutos, serán bienvenidos, pero esto es secundario. Para quien realmente ama lo que hace, el resultado de sus acciones siempre será secundario. La acción en sí misma será lo que tiene el valor primordial.

No tengo dudas de que Johann Sebastian Bach, mi compositor favorito, amaba componer, amaba tocar el teclado, y lo haría todos los días así supiera que nadie jamás escucharía su música. Y, tal vez, precisamente por eso es que su música ha permanecido y permanecerá a través de los siglos. Van Gogh amaba pintar, y lo hacía todos los días, aunque creyera que después de su muerte sus cuadros serían olvidados. Qué inspiración. Qué belleza actuar desde ese lugar. Yo, por ejemplo, amo escribir este blog. Disfruto cada vez que mis dedos tocan las teclas del computador y van saliendo las palabras. Y, al menos hoy, sé que lo haría así supiera que nadie más que yo va a leer estas palabras.

¿Qué quisieras seguir haciendo hoy si supieras que el mundo acabará mañana?

Foto tomada de la cuenta de Instagram de taniko1212.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

La clave del perdón verdadero

Una de las ideas que más me sorprendió de Un Curso de Milagros es la forma como entiende el perdón. El siguiente pasaje me parece maravilloso:

[…] el perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: “Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado”. Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposible, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa. (Capítulo 27, II, 2, 7-10)

¡Qué forma tan maravillosa de ver el perdón! Según lo que propone el texto, perdonar es igual a sanar. Perdonar no es creer que te han herido, sentir que te han herido, y pasar por alto la ofensa. Pues eso establece que la ofensa es real. Y si la ofensa es real, quien te hirió es culpable. El perdón verdadero quita toda culpa de los hombros de tu hermano. Le dice: “En realidad no eres culpable, pues no me has hecho nada. Y la prueba de que no me has hecho nada es que estoy sano”.

De esta manera, en realidad, perdonar es reconocer que no hay nada qué perdonar. Es este el perdón de Jesús cuando resuscita y dice: “Mírenme, estoy sano. No me hicieron nada, en realidad. Lo que creyeron que me hicieron, es sólo una ilusión. No hay nada qué perdonar”.

De alguna forma, este perdón máximo, el perdón más elevado, no es en realidad un perdón. Es simplemente ayudarle al otro a ver que es y siempre ha sido inocente. Es por esto que también Jesús nos dice en Un Curso de Milagros: “Dios no perdona porque nunca ha condenado. Y primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario” (Libro de ejercicios, Lección 46, 1, 1-2).

Pero, me dirás: ¿Qué hacer cuando sé que la ofensa es real, cuando tengo la evidencia de que en realidad me hirieron? Mi respuesta es: ten la intención de sanar. Y comienza por cosas pequeñas. Sanar algo extremo requiere de un grado de maestría (por ejemplo, sanar el haber sido crucificado, que es el ejemplo máximo de perdón que Jesús nos ofreció).

Sanar es darte cuenta de que en realidad no te han hecho nada. Y una forma de empezar a tomar consciencia de esto es darnos cuenta de que aquello que es atacado u ofendido no es real. Lo que puede ser atacado es el ego o el cuerpo. Y ninguno de los dos es real en última instancia. Son solo ilusiones. Lo que eres en realidad, tu escencia verdadera, no puede ser atacada.

La idea de que el cuerpo no es real puede ser muy difícil de aceptar al comienzo. Por tanto, es mejor empezar la práctica del perdón con aquellos casos en los que es evidente que lo único que es atacado es nuestro ego: la idea que tenemos de nosotros mismos. Pasa alguien por la calle y te mira mal. ¿Te hizo algo? No, en realidad es sólo tu ego el que se siente ofendido. Pero en verdad a ti no te hizo nada. Por tanto, no hay nada qué perdonar.

Así, perdonar es sanar; sanar es reconocer que no te han hecho nada; y reconocer que no han te han hecho nada es identificarte con tu verdadera escencia, que no es el ego ni el cuerpo. Perdonar es reconocer que, a aquello que es verdad en ti, no le han hecho nada, y nunca jamás podrían hacerle nada.

Por momentos parece imposible asumir este punto de vista. Pues parecen muy reales el daño y el sufrimiento. Pero, de nuevo, la invitación es a empezar con cosas pequeñas.

Para Un Curso de Milagros, aprender a perdonar es igual a sanar y es igual a alcanzar el mayor grado de consciencia espiritual, pues implica reconocer tu verdadera identidad, que no puede ser atacada. Y llegar a ese nivel máximo de perdón puede ser el trabajo de toda una vida (o de muchas vidas, si crees en la reencarnación).

Te aseguro, sin embargo, que hoy tendrás la oportunidad para practicar este maravilloso punto de vista con algo sencillo y pequeño. Seguro. Algún comentario de tu pareja o tus hijos. Alguien que te desaprueba y te sientes atacada. No sé. Alguien que te ignora. Alguien que se te atraviesa en el tráfico mientras manejas. Ya lo sabrás cuando suceda.

Algo sí te puedo asegurar. Una de las experiencias más maravillosas que hay es poder decirle a un amigo, a un hermano que creyó que te hizo daño: “Mírame. Estoy sano. No me hiciste nada. Mi amor por ti está intacto. Eres completamente inocente”. Poder decir eso sintiéndolo de corazón, poder mostrarlo de forma evidente, créeme, es de las cosas más lindas que hay.

Por último, pero no menos importante: para empezar, lo primero es perdonarnos por no ser capaces de perdonar. Usar cualquiera de estas ideas para juzgarnos, castigarnos y condenarnos sería algo completamente absurdo y ridículo (pero es lo que el ego primero intentará, así que ríete cuando caigas en cuenta de su locura). Toma estas palabras como una invitación amorosa. Camina hasta donde puedas, pero no te juzgues jamás por la dificultad que pueda aparecer al tratar de ponerlas en práctica.

Azucenas, símbolo de perdón en Un Curso de Milagros.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

El poder de hacer las cosas poco a poco

A veces nos cuesta trabajo empezar a hacer las cosas porque queremos hacerlo todo de una vez. Entonces pensamos, si no lo voy a poder hacer completo, perfecto, mejor no hago nada.

Así me pasó un tiempo con mi canal de YouTube. Es algo que realmente me interesa. Quiero hacer videos interesantes. Quiero hacer videos visualmente agradables. Sin embargo, pensaba que no tenía aún las herramientas para comenzar. Me falta una mejor cámara. Me falta aprender a manejar un buen programa de edición.

Caí en cuenta, entonces, que estaba cayendo en la trampa del perfeccionismo como excusa para no lanzarme al agua y exponerme.

Cuando tomé consciencia de esto, decidí empezar de inmediato a hacer videos. Hay mucho por mejorar, pero voy creciendo y progresando poco a poco. Y te quiero invitar a ver este video sobre eso, sobre el poder de hacer las cosas poco a poco:

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

¿Vale la pena oprimir el botón para adelantar?

En la película Click, al protagonista (Adam Sandler) le regalan un control remoto mágico (alerta de spoilers). Si lo desea, con ese control puede adelantar las escenas de su vida, pausarlas o incluso volver atrás. Como este personaje está obsesionado con obtener ciertos logros en el futuro, decide empezar a adelantar ciertas escenas hasta llegar a aquellos momentos que sí desea experimentar. Por ejemplo, salta el fin de semana en el que está enfermo y tiene que trabajar, y adelanta su vida hasta la escena en la que lo promueven en su trabajo por estar haciendo bien las cosas.

Parece una buena técnica para vivir una vida más placentera. Sin embargo, lo que el personaje aprende es que esta técnica en realidad sirve para no vivir en absoluto. Es una forma de rechazar la vida, de dejar de vivir. Pues implica tratar al momento presente, donde reside la vida, como un obstáculo o, a lo sumo, como un medio para llegar al futuro. Pero no se lo ve como algo valioso en sí mismo.

Además, este control remoto tiene una característica particular: guarda las preferencias de su usuario. Por tanto, de forma automática comienza a adelantar ciertas escenas, así el protagonista no lo haya elegido conscientemente. Cuando se da cuenta, han pasado varias décadas y se ha perdido su vida. Eligió, sin quererlo, que esta pasara sin que él se diera cuenta.

Me parece una metáfora muy iluminadora sobre la manera como funciona nuestra mente, que viene siendo el control remoto.

Nuestra mente condicionada está obsesionada con obtener. Con la idea de que en el futuro están la salvación y la plenitud. Esto implica, claro, que este momento no tiene valor por sí mismo. Solo sirve en la medida en que nos permite llegar a ese futuro en el que está aquello realmente valioso. Y así, rechazamos la vida, persiguiendo siempre el futuro, que nunca existe ahora y, por tanto, nunca existe en el momento en el que está la vida. Y este rechazo a la vida puede convertirse en un hábito, en algo que hacemos sin darnos cuenta.

La buena noticia es que está en nuestras manos reprogramar el control remoto. ¿Cómo se hace? Primero, tomando consciencia de que está en automático y que está programado para no valorar este momento. Segundo, una vez tenemos consciencia, podemos elegir romper la programación automática. Requiere atención y disciplina, pues hay una inercia detrás de la programación. Pero se puede. Podemos elegir comenzar a no oprimir el botón de adelantar. Podemos quedarnos saboreando este momento hasta su médula, así la mente nos diga que este momento no es valioso. Que ir en el bus a la casa no es valioso. Que estar lavando los platos no es valioso. Que sentir una incomodidad en el cuerpo no es valioso. Todo eso podemos ignorarlo, y quedarnos plénamente aquí, asumiendo que aquí ya llegamos al tesoro más valioso que existe y, por tanto, no tenemos necesidad de estar en ningún otro tiempo o lugar.

Podemos elegir quedarnos aquí hasta crear una nueva programación. Un nuevo hábito. El hábito de ver este momento como lo más valioso que hay, sabiendo que es lo único real que hay.

Así que la próxima vez que estés tentado ignorar esta escena para llegar a un futuro más valioso, pregúntate: ¿vale la pena oprimir el botón para adelantar? Es decir, ¿vale la pena dejar de vivir la vida?

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

Confía, entrégate a los brazos del universo

Hay una frase de Eckhart Tolle que me encanta: ” En vez de preguntar ‘¿qué quiero de la vida?’, una pregunta más poderosa es ‘¿qué quiere la vida de mí?'”.

La pregunta que propone Eckhart Tolle requiere de gran confianza. Requiere de soltar el control. En cierta medida, requiere de no decidir, sino dejar que la vida decida por nosotros. Es un acto de total entrega.

Pero no se trata de un evitar decidir inmaduro e irresponsable. Es, más bien, la forma más elevada de decidir. Dejar que la vida decida por nosotros es otra forma de decir que decidimos con el corazón en lugar de con el intelecto. Y decidir con el corazón es dejar que la vida decida, pues nuestro corazón está conectado con el corazón de la vida, es nuestra conexión con la Fuente.

Y este acto de entrega sólo se puede lograr en medio del silencio. Solo en la más profunda quietud podrá la vida decirnos lo que quiere o, más bien, lo que en realidad queremos desde lo más profundo de nuestro corazón. Y si estamos en silencio profundo, en paz profunda, no hay duda de que la vida nos lo dirá.

Por eso, estar en silencio es un acto de confianza en la vida. Pues para estar en silencio debemos dejar de tratar de solucionar todo por nosotros mismos. Estar en silencio es, obviamente, incompatible con pensar frenéticamente en cómo resolver un problema o en qué decisión tomar. Estar en silencio interior frente a una decisión que aparenta ser difícil es un acto de gran confianza. Es como dejarnos caer en los brazos del Universo, a sabiendas de que sus amorosos brazos nos recibirán. Cuando menos lo esperas, la luz llega. La respuesta llega. La acción surge. Si lo permites. Si te quitas de en medio y le das paso a la inteligencia universal para que fluya a través tuyo.

Confía. Quédate en silencio. Dos frases que son sinónimas. En lo profundo son una misma invitación. La invitación a abrirte a la posibilidad de que tu corazón sabe el camino de regreso a casa y, si se lo permites, te llevará seguro allí.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

No tienes que solucionar algo para estar contigo

Muchos tenemos una idea rígida de cómo debe lucir la espiritualidad. De cómo debe sentirse este momento para poder decirnos a nosotros mismos que estamos bien, en paz, en armonía. Cuando el momento presente no se ajusta a esas expectativas, a veces sentimos que primero debemos arreglarnos o arreglar algo antes de poder estar presentes, antes de poder adentrarnos en lo que está sucediendo ahora.

Si tenemos emociones fuertes o sensaciones físicas incómodas o pensamientos que no nos gustan sobre nosotros o sobre algo más, tendemos a tratar de cambiar esa realidad (la causa de las sensaciones, pensamientos y emociones) antes de permitirnos sentir completamente. Nos decimos, por ejemplo: “cuando se me pase este malestar, podré volver a meditar y a estar anclado en mi corazón”.

Pero entonces tratamos de cambiar la realidad desde un estado de desconexión. Y lo que hacemos desde ese nivel de consciencia seguramente tendrá consecuencias acordes a ese nivel de consciencia. Es decir: generaremos más de lo mismo.

Ahora, este momento, tal como es, es perfecto para que de adentres en él, con todo lo que tiene, incluidas las incomodidades, los pensamientos, lo que percibimos como problemas, sin importar nuestras ideas acerca de lo que debería o no debería estar pasando.

No tienes por qué esperar a que cambie lo que sientes en tu cuerpo, lo que pasa en tu cabeza o lo que percibes afuera tuyo para darle la bienvenida al ahora. Haz de tu bienvenida un acto incondicional hacia ti misma. Abrázate, ámate y quédate presente contigo sin importar lo que esté pasando en tu realidad interna y externa. Hazte amiga de tu vida exactamente como es en este momento.

Si algo se debe transformar, esa actitud de aceptación y bienvenida es el punto de partida más poderoso para la transformación. Sólo entrégate y confía. Lo que está aquí es lo que necesitas experimentar para crecer. Es lo que tú misma has creado para evolucionar. No trates de saltar a la siguiente escena de tu vida. Es un truco. Tu vida es ahora. Siempre ahora. Por tanto, hacer las paces con tu vida implica darle la bienvenida ya. En este momento.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

No importa lo que pasó: elige de nuevo

Algo común a la mayoría de las prácticas de meditación es que buscan llevarnos a anclarnos en nuestro ser, a estar presentes, conectados con este momento. Y algo usual que sucede cuando meditamos es que nuestros pensamientos comiencen a divagar y que nos vayamos al pasado, al futuro, a nuestras fantasías y nuestros miedos. Frente a esto, varias de las técnicas de meditación que he practicado recomiendan lo siguiente: si te vas del momento, si te distraes, está bien, no le des importancia, simplemente vuelve a traer tu atención a este momento, a la respiración o a aquello en lo que la técnica te ha pedido que te enfoques. Y, como nuestros pensamientos se van al pasado y al futuro una y otra vez, parte de practicar técnicas de meditación es elegir, una y otra vez, volver a este momento.

Una y otra vez. Sin juzgar lo que pasó. En dónde estaban tus pensamientos hace cinco segundos no importa. Simplemente elige de nuevo. Este momento es todo lo que importa.

Creo que en nuestros días, nuestros meses y nuestros años podemos aplicar una actitud análoga. No importa si te distrajistte de tu propósito el año pasado. Déjalo ir. Simplemente elige de nuevo este año. No importa si el mes pasado volviste a caer en tu adicción. Ya pasó. No lo juzgues. Simplemente elige de nuevo ahora. No importa si hoy has estado desconectado de tu corazón y te has dejado llevar por los fantasmas de la mente. En este momento puedes volver a nacer. Elige de nuevo.

Tomado de la cuenta de Instagram de Camilo Jaramillo.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

¿En qué quieres evolucionar?

¿Por qué es usual que los hombres nos sintamos atraídos hacia mujeres con caderas anchas y pechos grandes? ¿Por qué es usual que las mujeres se sientan atraídas hacia hombres musculosos y en buen estado físico? La teoría de la evolución puede dar algunas respuestas a estas preguntas. Y, si miramos más profundo, nos puede dar luces sobre nuestro futuro.

La teoría de la evolución podría responder la primera pregunta de la siguiente manera: Las mujeres con caderas anchas tienen mayor facilidad para dar a luz y aquellas con pechos grandes tienen mayores posibilidades de alimentar adecuadamente a sus recién nacidos. En consecuencia, los hombres que en los inicios de nuestra especie se sintieron atraídos por ese tipo de mujeres tuvieron más posibilidades de transmitir sus genes y fueron “seleccionados”. Y explicaciones similares se pueden dar para muchas otras de nuestras características instintivas. ¿Por qué somos omnívoros? Porque esto aumentó nuestras probabilidades de sobrevivir, ya que, al ser nómadas en nuestros inicios, no teníamos un solo tipo de alimentos a nuestra disposición de manera permanente. ¿Por qué un hombre trataría de aparearse con tantas mujeres como le fuera posible? Porque esto aumentaría la posibilidad de que sus genes se transmitieran. Y, volviendo a las preguntas planteadas al inicio, ¿por qué una mujer trataría de escoger un solo hombre con el cual aparearse, preferiblemente fornido y en condiciones físicas óptimas? Porque, al tener que invertir tanta energía en sus hijos y al no poder crear muchos hijos a la vez (como sí puede el hombre), su mejor estrategia evolutiva sería escoger los mejores genes posibles y garantizar que sus pocas crías estuvieran lo más protegidas y tuvieran los mejores cuidados posibles.

Ahora bien, ¿qué tan importante es esto hoy en día? No mucho, pues ninguna de esas características sigue siendo relevante para nuestras posibilidades de transmitir nuestros genes, al menos en las sociedades desarrolladas. En la actualidad, una mujer puede tener hijos y lograr que sobrevivan sin importar el tamaño de sus caderas o sus pechos. Y un hombre puede, al igual que una mujer, cuidar adecuadamente de sus hijos sin importar el tamaño de sus músculos. Los hombres y las mujeres pueden reproducirse sin importar con cuántas personas tengan sexo, e incluso sin tener sexo. Y también podemos sobrevivir y reproducirnos exitosamente comiendo carne todos los días o sin comer carne en absoluto, o con muchas dietas distintas.

En otras palabras, muchos de nuestros hábitos y nuestras elecciones ya no son determinantes para nuestra capacidad de reproducirnos. Esto implica que es probable que las características descritas en el primer párrafo desaparecerán a medida que evolucionemos, junto con muchas otras características que tienen explicaciones similares desde el punto de vista de la teoría de la evolución.

Lo maravilloso de esto es que los hábitos que desarrollemos a futuro son aquellos que elijamos conscientemente, pues tenemos a nuestra disposición muchas posibilidades distintas compatibles con nuestra supervivencia como especie. Podemos elegir evolucionar en lo que queramos. Podemos elegir evolucionar en una especie que come carne o que no come carne. Podemos elegir evolucionar en una especie en la que todos tenemos sexo con todos o en la que todos somos célibes (o en la que esto no importa en absoluto). Podemos elegir evolucionar en una especie en la que hay estándares de belleza física indispensables para elegir una pareja o podemos elegir ser una especie en la que elegimos nuestras parejas guiados por nuestro corazón y no por la necesidad biológica de encontrar un espécimen físicamente ideal para reproducirnos. Podemos elegir parejas de nuestro mismo sexo y reproducirnos mediante la tecnología si lo deseamos. Podemos tener sexo sin que el hombre eyacule y usar la energía sexual para despertar nuestra consciencia, como se recomienda en algunas prácticas espirituales. O podemos elegir no reproducirnos y ayudar a cuidar a los demás miembros de nuestra especie. Podemos elegir permanecer en el futuro de nuestros semejantes, no a través de nuestros genes, sino a través de nuestras ideas, nuestras creaciones y nuestro ejemplo.

Nunca antes los seres humanos habíamos tenido tantas opciones para elegir. Está en nuestras manos aquello en lo que queremos evolucionar.

Sin embargo, la misma tecnología que nos permite todas estas elecciones nos impone un gran reto. Ahora tenemos la posibilidad de autodestruirnos. Tenemos la capacidad de matar a la gran mayoría de los seres humanos. Podemos modificar el planeta Tierra hasta el punto en que ya no sea apto para nuestra especie. La amenaza de una guerra mundial con consecuencias catastróficas es real. Confío en que no sucederá, pero es una posibilidad real, que no existía un par de siglos atrás.

Esto implica que, si queremos sobrevivir, debemos desarrollar y cultivar ciertas características como especie. Las más importantes de todas son, en mi opinión: la consciencia, la presencia, el amor; la capacidad de ver más allá del miedo, ese mismo miedo que fue fundamental para que sobreviviéramos en los inicios de nuestra especie pero que hoy ya no es necesario; la empatía y el respeto, la capacidad de ponernos en el lugar del otro y permitirle seguir su camino; la capacidad de confiar y perdonar; la capacidad de encontrar la plenitud dentro de nosotros, sin necesidad de consumir compulsivamente a costa de nuestro planeta y, por tanto, de nuestro futuro.

Podemos elegir cuál será el siguiente paso en nuestra evolución. Por primera vez en la historia de la evolución, el siguiente salto evolutivo puede estar guiado en gran medida por decisiones conscientes.

¿En qué quieres evolucionar? Lo estás eligiendo a cada momento con tus acciones y elecciones.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Matt Owen-Hughes.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.