Cómo dejar las adicciones

Todos hemos lidiado alguna vez con una adicción, y es probable que muchos estemos lidiando con alguna ahora.

Por eso, te invito a ver este video, en el que explico qué son las adicciones y comparto un consejo que ha funcionado para mí.

El primer paso para dejar una adicción, es reconocer que nos hace sufrir. Pues lo que caracteriza a las adicciones es que nos hacen sufrir.

El reconocimiento de ese sufrimiento nos motiva a querer sanar, pues es obvio que no queremos sufrir. Sin embargo, la adicción también se caracteriza porque se impone sobre nuestra fuerza de voluntad. Es como si algo nos obligara a hacer cosas que no queremos hacer.

Entonces, muchas veces la lucha contra las adicciones se convierte en una lucha contra nosotros mismos. Se trata de esforzarnos e imponer nuestra fuerza de voluntad sobre nuestros deseos más básicos e inmediatos.

Este esfuerzo, sin embargo, es desgastante y muchas veces nos lleva a reprimirnos, y cuando nos reprimimos, a veces acumulamos tensión que se desboca de manera negativa en otras áreas de nuestra vida. Por ejemplo, dejamos de fumar pero entonces comenzamos a comer demasiado.

Estaré haciendo varios videos en los que hablo sobre consejos sencillos para dejar las adicciones. En este primer video, planteo un enfoque que no se basa en la represión ni en aguantarnos las ganas sólo mediante la fuerza de voluntad, si bien esto a veces puede ser necesario.

Haz click aquí para ver el video sobre cómo dejar las adicciones.

Es bueno que se acabe

Hoy vi a mi madre retirando lo adornos navideños de la casa y me dio un poco de tristeza. Entonces le dije: “Ya se acabó la época de Navidad, ¿no te gustaría que continuara?”. “No”, me respondió. “La gracia de época de Navidad es que se acaba; es por eso que es especial y que la disfrutamos tanto”.

Me quedé pensando en su respuesta, y creo que es muy sabia y se aplica para muchas cosas.

Si la época de Navidad y sus adornos durarán todo el año, dejarían de tener en nosotros el efecto que ahora tienen.

Eso me recuerda algo que me dijo hace tiempo un amigo. Él estaba desempleado en ese entonces, y yo le pregunté qué iba a hacer en época de vacaciones. “Los que no tenemos trabajo, no tenemos el privilegio de tener vacaciones”, me respondió. Cuando le pregunté a qué se refería, me explicó que, para él, las vacaciones sólo tienen sentido como un tiempo de contraste con la época en la que se trabaja. Por tanto, si nunca se trabaja, no hay vacaciones, pues no hay contraste. Puede que dure todo el año con tiempo libre y pueda descansar, pero no se siente nunca en vacaciones.

En consecuencia, si tuviéramos vacaciones todo el tiempo, ya no serían vacaciones. Es por eso que los ritmos y los cambios son necesarios. Es hermoso cuando un periodo termina y otro comienza; nada dura indefinidamente.

A veces queremos aferrarnos a experiencias placenteras. En mi caso, quise aferrarme a la experiencia de la Navidad, la cual disfruto mucho. Sin embargo, caí en cuenta de que, si tratara de aferrarme a esa experiencia, perdería su sentido. Por tratar de que durara más de lo que normalmente dura, acabaría en realidad perdiendo la experiencia.

Así mismo, hay muchos momentos bellos y fugaces que debemos aprender a disfrutar en su fugacidad. Hay que aprender a dejar que las cosas fluyan y se transformen, y que una etapa dé lugar a otra. Cada momento tiene cosas bellas que disfrutar, pero nuestra realización como seres humanos requiere que nos permitamos cambiar constantemente.

La infancia es bella, pero si siguiéramos siendo niños toda la vida, nos perderíamos de gran parte de lo que la vida nos puede ofrecer. E incluso esta vida misma, a pesar de ser bella, no es más que un pequeño momento de nuestro viaje. Inevitablemente esta vida pasará, y sólo así podrá surgir lo nuevo. El universo está creando constantemente nuevas experiencias, y esto implica que lo viejo va desapareciendo y va siendo reemplazado.

Qué hermoso permitirnos ser parte de los ciclos de la vida, y poder así estar tranquilos cuando nuestro cuerpo se deteriore y se consuma. En esa conciencia, podemos disfrutar plenamente de esta experiencia humana, sabiendo que es efímera por naturaleza.

Incluso el Sol, que parece eterno comparado con nosotros, morirá en algún momento, al igual que todas y cada una de las estrellas que jamás hemos visto. Esa es la naturaleza del mundo de las formas: que surgen y desaparecen. Es por eso que la clave para disfrutar de las formas es el desapego.

Deja, pues, que tu vida cambie, y celebra este momento por completo, sabiendo que también pasará.

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¿Qué pasa con quienes no siguen un camino espiritual?

Alguien me preguntó eso hace poco en un video que subí a YouTube. Esto fue lo que le respondí:

Todos estamos en un camino espiritual y todos estamos creciendo. La vida es un camino espiritual. Es una oportunidad para experimentarnos en forma humana, pero esa experiencia realmente sirve para experimentar nuestra divinidad.

Algunos, como el maestro Eckhart Tolle, llegan al despertar a través del sufrimiento y sin haber seguido ningún camino espiritual. Otros van creciendo poco a poco, sin darse cuenta y sin llamarlo “camino espiritual”. Otros hacen una práctica que llaman “espiritual” y así crecen. Pero todos vamos para el mismo lado y todos estamos en el camino.

Incluso el asesino que parece completamente inconsciente está creando las experiencias que su alma requiere para evolucionar. Y todos hemos pasado por ahí. Todos tuvimos vidas en las que nuestro camino tomó la forma de la insconciencia y el abuso hacia los demás. Pero tuvimos que pasar por ahí para llegar a donde estamos.

En el corto plazo, podría parecer que algunos van de para atrás y que se han dormido más profundo que antes debido a sus elecciones. Pero esa es una perspectiva limitada. En el plano más amplio, todos estamos despertando. Y todos despertaremos por completo al final. Eso es inevitable debido a quien somos: Dios mismo jugando a soñar que es pequeños entes separados. Pero Él no puede dejar de ser Quien es y, por tanto, nuestra Esencia no puede perderse: ahí está siempre, esperando a que tomemos consciencia de ella y recordemos nuestra divinidad.

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¿El ego o el corazón?

¿Cómo saber cuando algo está motivado por el ego o el corazón? ¿Cómo saber, por ejemplo, si al querer estar con alguien estamos siguiendo a nuestro corazón o a nuestro ego?

La mejor forma es estar en profundo silencio interior. Allí se puede escuchar la voz del corazón y se acalla la voz del ego.

Al ego le importa el futuro. Necesita saber cómo serán las cosas. Tiene miedo. Quiere evitar el dolor. Necesita asegurarse de que podrá controlar las cosas.

Al corazón sólo le importa el presente. No necesita saber nada sobre el futuro, pues no tiene miedo a perder algo. Sabe que no puede perder nada, pues lo tiene todo dentro de sí. Está completo.

El ego busca siempre qué puede obtener, cómo puede usar a la situación o a las personas para completarse y mejorarse a sí mismo, pues siempre siente que le falta algo. El corazón sólo busca dar. Dar es su dicha y su gozo. No necesita nada, pues ya está completo dentro de sí.

Por tanto, el ego exige. Y cuando no recibe, se resiente, se siente traicionado por la vida y por los demás. El corazón, en cambio, nunca exige nada, pues no necesita nada.

El ego interpreta el presente con base en el pasado. Eso es lo que conoce: su historia. El corazón mira al presente directamente y le permite ser.

El amor del ego y la paz del ego es condicional: sólo están presentes si se cumplen ciertas condiciones, si la vida es de cierta manera, si los demás se comportan de cierta manera. El amor y la paz del corazón son incondicionales, eternas: emanan de Él, por tanto, no hay ningún suceso que pueda afectarlas. Él es la fuente de la plenitud y la dicha y la paz. Esa es su naturaleza.

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A veces, la mejor forma de avanzar es parar

A veces entorpecemos nuestros proyectos cuando no logramos desconectarnos de ellos. Por ejemplo, cuando sembramos las semillas y después no podemos dejar de mirarlas a ver si han crecido. Claro, hay que revisarlas de vez en cuando. Pero estar las 24 horas encima no va a ayudar. Y, si en el afán de hacerlas crecer les echamos más agua de la necesaria, podemos terminar matando las semillas.

Así mismo, a veces no paramos de pensar en nuestros proyectos y en lo que queremos lograr. Esto no nos ayuda a conseguir lo que queremos, pues drena nuestra energía y nos impide descansar. Además, al no desconectarnos, nuestra mente pierde claridad, como les sucede a todas la mentes que no tienen el descanso suficiente. Y esa falta de claridad, sumada a la ansiedad por obtener el resultado que buscamos, puede llevarnos a emprender acciones contraproducentes, como echar demasiada agua o tratar de recoger la cosecha antes de tiempo.

Por tanto, desconectarnos de nuestros proyectos es una parte fundamental de lograr que tengan éxito; pero, sobre todo, es una parte fundamental de estar plenos mientras los llevamos a cabo. Pues, incluso si llegamos a la meta, no habrá valido la pena si llegamos enfermos, sin energía vital y sin dicha; en cambio, si estamos felices y plenos, el camino habrá valido la pena, incluso si no llegásemos a nuestra meta.

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Mira si puedes elegir

Cuando nos enfrentamos a una emoción fuerte, como la tristeza o el miedo, muchas veces no podemos elegir. Es algo que nos sucede. La emoción está allí. Lo único que podemos decidir es si nos permitimos sentirla y experimentarla plenamente o si la rechazamos, huimos de ella y pretendemos que no está allí.

Cuando las emociones son intensas y profundas, la mejor manera de sanar es permitiéndonos sentirlas plenamente, dejando que las lágrimas salgan y la rabia se exprese sanamente. Para esto último, ayuda mucho hacer ejercicio o golpear una almohada.

Sin embargo, hay veces en las que las emociones que estamos experimentando son creadas por patrones mentales con respecto a los cuales podemos elegir. A veces estamos en un drama que podría disolverse completamente si así lo elegimos.

A medida que sanamos y avanzamos en nuestro camino espiritual, vamos adquiriendo el poder de elegir. Al comienzo, lo más sano es permitirnos sentir todo, una y otra vez, tantas veces como sea necesario. Pero llega un punto en el que esas emociones ya no tienen una raíz profunda y son solamente un hábito. Podemos entonces elegir lo que queremos sentir. Y esto no se trata de rechazar o juzgar ciertas emociones como malas; se trata simplemente de decidir qué nos gusta y qué no. Es igual que con la comida. Cuando no hay opciones, lo más sano es comer lo que haya a disposición. No obstante, si tenemos varias opciones de alimentos entre los cuales escoger, ¿por qué no elegir aquellos que nos hacen sentirnos mejor? Y lo cierto es que, a medida que nuestra consciencia se expande, adquirimos la capacidad de elegir qué emociones experimentar.

Observa, pues, si puedes elegir. Practica elegir sentirte como quieres. Si sientes que estás reprimiendo, es mejor que seas honesto contigo y te permitas dejar fluir las emociones. Mas vas a ver que llegará un momento en el que tu realidad interior se transforma conforme decides vibrar más alto. Entonces llegan pensamientos densos o llegan el miedo y la tristeza y de repente te das cuenta de que puedes elegir vibrar más alto y esas emociones se transmutan en la calidez de tu corazón y en la paz y la tranquilidad que son tu estado natural.

Una vez que comiences a poder elegir, hazlo un hábito. Es algo que se fortalece con la práctica. Llegará un punto en el que siempre brillas, pues eso es lo que has elegido. Estáte abierto, sin embargo, a la posibilidad de que emociones profundas emerjan de vez en cuando. Cuando lleguen, si vez que es algo que necesita ser expresado, permítele fluir. No tengas una idea espiritual de cómo deberías ser que te dice “Yo ya no debería sentir eso”. Simplemente observa si puedes elegir y, si puedes, elige lo que más te guste; si no puedes, ríndete al momento presente y dale la bienvenida a las emociones. Ambos caminos llevan a la luz.

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La voz del corazón

Hace ya varios años estoy suscrito a una lista de correo de Neale Donald Walsh en la que diariamente me llegan mensajes inspiradores. La lista se llama “I believe God wants you to know…” (Creo que Dios quiere que sepas…). El mensaje de hoy me pareció particularmente bello, por lo que he decidido traducirlo para ustedes:

“En este día de tu vida, creo que Dios quiere que sepas que tu corazón conoce en silencio los secretos de los días y las noches.

Kahlil Gibran lo dijo, y tenía razón. Escucha, por tanto, a tu corazón. Cultiva la habilidad de hacerlo. Practícala. Prodúcela. Perfecciónala.

No es tan difícil. Simplemente quédate en silencio contigo misma. Y por el amor del Cielo, deja de escuchar a tu mente. No encontrarás la verdad ahí. Podrás encontrar la respuesta, pero no será la verdad a menos que coincida con la respuesta en tu corazón.

Crees que hay algo más que saber en la vida aparte de esto, pero no lo hay. Tu corazón contiene la llave. Tu corazón contiene la sabiduría. Tu corazón contiene el futuro. Tu mente no sabe nada aparte del pasado. Ella imagina que el futuro será justo como ayer, y toma sus decisiones con base en eso. Sólo tu corazón puede ver más allá del horizonte de la memoria”.

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¿Existen lo bueno y lo malo?

En Conversaciones con Dios, Dios le dice a Neale Donald Walsh que para Él (Dios) no hay nada malo de manera absoluta. Entonces Neale le pregunta por qué, si no hay nada malo, Él da consejos y directrices. Al fin y al cabo, si no hay nada malo, ¿no daría lo mismo lo que hagamos o dejemos de hacer?

Frente a esto, Dios responde que, aunque no hay nada malo de manera absoluta, sí hay cosas malas de manera relativa. Las cosas son buenas o malas en relación con el objetivo que queramos lograr. Por ejemplo, si queremos ir hacia el norte y estamos caminando hacia el sur, podría decirse que estamos actuando mal. Pero caminar hacia el sur no es malo de manera absoluta, sino sólo en relación con el objetivo de llegar hacia el norte.

Así mismo, si queremos estar en paz y ser felices y plenos, habrá ciertas acciones que nos ayudarán a acercarnos a ese estado y serán “buenas” en relación con ese fin, y también habrá acciones que nos alejen de eso que buscamos y serán “malas” en relación con ese fin.

Así, Dios le dice a Neale algo como: “Me buscaste porque querías ser feliz, y con base en eso te guío y te digo que está bien y qué está mal. Pero eso no será bueno o malo de manera absoluta, sino sólo en relación con aquello que quieres experimentar. Si me pides ayuda, yo te la doy, pero nunca juzgo nada. Si decidieras no seguir este camino y quisieras experimentar sufrimiento o probar otras formas, a mis ojos seguirías siendo perfecto y no juzgaría nada de lo que hicieras. Eres libre para elegir lo que gustes y mi amor por ti no está en juego. Pero, si me dices que quieres despertar, que quieres paz, que quieres experimentar amor permanente, entonces sí te diré que algunas de las cosas que estás haciendo están muy mal y no sirven, mientras que otras son muy buenas”.

Esto es hermoso. En Conversaciones con Dios, Dios da muchos consejos, desde qué comer y qué no hasta cómo relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. Pero estos consejos no se basan en la idea de algo bueno o malo de manera absoluta. Depende únicamente de lo que queremos experimentar.

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La mejor forma de hacerles frente los errores

Hace poco tuve la fortuna de ver en vivo a una de las mejores violinistas del mundo, la alemana Anne-Sophie Mutter.

Al comienzo de uno de los conciertos que interpretó, cometió un error. Una mala nota. La disonancia fue evidente. Una leve mueca en su rostro demostró que lamentaba haberse equivocado.

Al oír el error, por un momento me sentí preocupado por ella. Debe ser difícil estar en frente de un gran público que espera siempre que lo hagas todo perfecto. La presión debe ser enorme, al igual que el miedo a decepcionar, a no estar a la altura de las expectativas.

Lo que pasó luego, sin embargo, me mostró por qué ella es una de las mejores. El error no alteró en absoluto su presentación. Es como si lo hubiera olvidado inmediatamente, como si nunca hubiera ocurrido. Se relajó y empezó a tocar con una soltura increíble, completamente entregada a su intrumento, como si el público no existiera, totalmente despreocupada. ¡Qué gran nivel de maestría!

Muchas veces, cuando cometemos errores, nos ponemos inseguros, y esa inseguridad nos hace más propensos a cometer errores. Por eso, saber cómo lidiar con los errores es parte fundamental.

Siempre habrá errores, pero no tenemos por qué cargarlos en nuestra mente y en nuestras emociones. Entre más rápido los dejemos ir, más rápidamente podremos conectarnos con nuestra tranquilidad y continuar lo que estamos haciendo y hacerlo bien.

A veces, al ver que nos equivocamos, empezamos a dudar de nosotros. Nos enfocamos en el error. Nos fastidiamos y perdermos el flujo de lo que estamos haciendo. Pero es obvio que quedarnos lamentando el error no nos ayuda a nosotros ni a nadie. Poder dejar el error en el pasado y entregarnos plenamente a este momento es una gran capacidad. Es tal vez la mejor manera de hacerles frente a los errores.

Al final del concierto, el error del comienzo estaba completamente en el olvido. Creo que la gran mayoría de los asistentes no lo recordará, pues el resto del concierto fue deslumbrante. La única razón por la que lo recuerdo es porque cuando vi la forma como ella reaccionó, me dieron ganas de escribir este artículo. De lo contrario, estoy seguro de que ese error también habría desaparecido de mi mente.

La forma como lidiamos con nuestros errores puede ser hermosa. Ver a Anne-Sophie Mutter enfrentar un error de esa manera fue hermoso. Lo hizo con tanta gracia que incluso puedo decir que gracias a ese error ahora la considero incluso una mejor violinista más que antes.

Deja pasar tus errores. Aprende de ellos, pero no te quedes revolcándote en el fango de tus pensamientos. Vuelve al momento presente. El error no existe ya. Está en el pasado. Tú, en cambio, estás aquí, ahora. No permitas que el temor a errar de nuevo te desconecte de este momento. Tal vez te equivoques otra vez, pero preocuparte y estar ansiosa por eso no va a hacer las cosas más fáciles. Aprende a relajarte y a fluir. Da lo mejor ahora. Usa el error como un trampolín, no como un lastre. Cuando lo asumes así, incluso el error puede convertirse en un adorno de tu gracia, pues, como lo demostró esta gran violinista, puede haber belleza y gracia en la forma como afrontamos nuestros errores.

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El odio como herramienta del amor

Hace poco me contó una amiga que ha estado angustiada por la situación de violencia que se vive en su país.

Una de las cosas que la angustiaba es que esa situación ha detonado en ella emociones negativas. Se sorprendió al verse odiando, y eso la hizo sentir mal consigo misma.

Conprendí perfectamente lo que le estaba pasando, pues es algo que también a mí me pasa a menudo: experimento emociones y pensamientos que juzgo como inadecuados.

Muchas veces, cuando comenzamos un camino espiritual, el ego se intromete y nos impone ciertos estándares “espirituales”. Se forja una idea de cómo deberíamos ser, qué deberíamos sentir y cómo deberíamos reaccionar frente a las situaciones. Si bien esos ideales pueden ser nobles y bellos, al exigírnoslos y juzgarnos en caso de no cumplirlos, nos alejamos de nuestra espiritualidad. Cuando esos ideales se convierten en una herramienta para sentirnos mal, dejan de ser una ayuda y se convierten en un obstáculo para nuestra paz. Por tanto, se convierten en un obstáculo para poder alcanzar aquello que ellos mismos dictan, pues la paz es el fundamento para tener una vida espiritual sana.

El primer consejo que le di fue que le diera amor a ese odio y se perdonara por odiar; que dejara de pelear consigo misma por lo que estaba sintiendo; que aceptara que es humana y se permitiera experimentar las emociones que surgen en ella.

El primer paso para la transformación es amarnos exactamente como somos en este momento, con todas nuestras emociones, con todos nuestros pensamientos, con todas nuestras heridas. Eso no quiere decir que no tratamos de sanar; quiere decir, solamente, que nos amamos incondicionalmente y, por tanto, que no necesitamos arreglar eso que percibimos como inadecuado en nosotros para ser merecedores y dignos del amor.

Esta es una invitación a amarnos por encima de todo. Ese amor será el motor de los cambios y las transformaciones, no las exigencias de nuestro ego.

Y cuando nos permitimos sentir el odio y lo observamos, eso nos da una madurez espiritual que nos permite ser más compasivos con los demás. Pues al saber que el odio también ha estado en nosotros, comprenderemos mejor a aquellos que odian y actúan motivados por el odio. Ya no los juzgaremos tan duro. Sabremos que eso es parte de la experiencia humana y que es normal en la fase del proceso evolutivo de esas personas, así como ha sido también normal en nuestro proceso.

Así, el odio que sentimos que convierte en una herramienta para el amor, pues nos permite ser compasivos y perdonar a aquellos que odian. Pero, para poder ser compasivos con los demás, primero debemos perdonar el odio que nosotros mismos sentimos. Sólo cuando nos perdonamos por algo, podemos comenzar a perdonar a los demás. Sólo cuando dejamos de juzgar algo en nosotros, podemos dejar de juzgar a los demás. Y cuando dejamos de juzgarlos y comenzamos a amarlos, los ayudamos a transformarse a sí mismos. El amor es mucho más inspirador como herramienta de transformación que los juicios y las exigencias. Y eso aplica tanto para la manera como nos transformamos a nosotros mismos como para la manera en la que ayudamos a los demás a transformarse.

Es normal sentir odio. Es normal sentir miedo. Es normal sentir envidia y celos. Somos humanos. Y el primer paso para transmutar esas emociones y comenzar a experimentar otras emociones más ligeras y elevadas es amarlas. Amarnos exactamente como somos ahora. Pues es el amor el que transforma, es el amor el que sana, es el amor el que perdona. No podemos sanar a la fuerza. No podemos forzarnos a dejar de sentir emociones. Pero podemos comenzar a aceptarnos y amarnos, y eso desencadena un hermoso proceso de transformación.

Recomendación extra: cuando las emociones son muy intensas, conviene expresarlas. Si el odio nos desborda, es porque necesita expresarse, y nos haremos daño si lo reprimimos. Lo mejor es entonces expresarlo de manera sana, sin herir a nadie. Para esto ayuda mucho gritar en una almohada, golpear un colchón o hacer ejercicio fuerte. Así se mueve la energía acumulada, las emociones fluyen y podemos transmutarlas de manera más fácil, con amor.

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