Que te critiquen es una bendición

Tu ego está hecho de aquello con lo que te identificas. Es aquello que crees que eres. El ego espiritual, por ejemplo, surge cuando nos identificamos con nuestras creencias y nuestras prácticas espirituales.

Es fácil reconocer cuando nuestro ego está presente. Una señal clara es que nos sentimos atacados personalmente cuando alguien critica nuestras ideas o nuestras prácticas. Otra señal es la necesidad automática de defender nuestras ideas o de demostrar que lo que hacemos está bien o funciona. Estos son intentos del ego de mantener intacta o engrandecer su imagen, aquella imagen ficticia con la que se identifica.

En consecuencia, tus críticos, especialmente aquellos que te molestan con sus críticas, son una bendición en tu camino. Te muestran el tamaño de tu ego. Te muestran lo que aún no has sanado.

Si te duele lo que te dicen, no eres tú, es tu ego. Y qué bueno que te lo hayan dicho. Pues así puedes tomar consciencia de tu ego. Y la consciencia es el primer paso para trascenderlo, para dejar de sufrir por él.

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Fútbol y agujas

Ayer fui a que me sacaran sangre. Como siempre, sentí miedo mientras esperaba a que llegara mi turno en la fila. Pero, ¿por qué?

Me gusta jugar fútbol. Y te puedo asegurar que siempre que juego recibo golpes. Y esos golpes duelen mucho más que la chuzada de una aguja. Sin embargo, no siento miedo antes de jugar fútbol. ¿Por qué?

Muchas veces los miedos no tienen que ver con la realidad. Están programados desde nuestra infancia. Aprendemos que ciertas cosas son dolorosas y terribles aunque no lo sean. Y a prendemos que otras son agradables aunque duelan.

Tal vez eso que te da miedo hacer hoy realmente no duele. Tal vez es solo una idea arraigada. Y se puede cambiar. En efecto, cada vez que voy a que me saquen sangre me da menos miedo. Pues cada vez me muestra nueva evidencia de que en realidad no hay nada qué temer.

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El poder de una pequeña sonrisa

En el edificio donde vive mi mejor amigo trabaja un portero que siempre sonríe cuando me ve llegar. Puedo sentir que no es una sonrisa fingida. Puedo sentir su felicidad. Cuando me saluda, emana de él una calidez que llega hasta mi corazón.

Cuando llego de visita y está ese portero, entro más feliz de lo usual a la casa de mi mejor amigo. Y estoy seguro de que, cuando llego feliz, alumbro con mi felicidad a quienes viven allí. Comparto mi bienestar. Y si además me siento a escribir uno de estos post o hago un video en ese momento, creo que muchos de quienes lean el post o vean el video sentirán mi felicidad y serán impregnados por ella.

Probablemente muchos de quienes viven allí salen por las mañanas un poquito más felices tras interactuar con él, y llevan esa felicidad y la esparcen en sus lugares de trabajo. Así, sin darse cuenta, ese portero alumbra la vida de muchas personas.

Parte de la magia de una sonrisa sincera es que le cuesta muy poco a quien la da y le da un gran beneficio a quien la recibe. Es un gesto sencillo cuya luz puede llegar mucho más lejos de lo que podemos imaginar.

Y así como la sonrisa, hay muchos otros pequeños gestos de amor que a veces damos por sentados, pero que pueden ayudar a sanar nuestros corazones y, a través de ellos, el mundo.

Cada pequeño gesto de amor que compartes es un regalo mucho más valioso y poderoso de lo que tal vez creas. No escatimes sonrisas. Sigue compartiendo. Sigue alumbrándonos con tu luz.

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Poder creador y culpabilidad

Hace poco un amigo compartió un artículo en el que se critica a la Ley de la Atracción. Hay allí varias críticas que me parecen genuinas y que vale la pena considerar. Pero, por ahora, me ocuparé solo de un par.

La ley de la atracción establece que creamos nuestra realidad. Que somos maestros creadores. Que nuestra realidad es un reflejo de nuestro ser. A veces se critica a la Ley de la Atracción por decir que solo con pensar algo, eso va a suceder, lo cual obviamente no sucede. Es importante aclarar que el pensamiento es, en realidad, secundario. El universo responde a lo que estamos siendo. A nuestro estado interior. Los libros que promueven la Ley de la Atracción se enfocan en los pensamientos solo en la medida en que estos tienen la capacidad de influenciar nuestro estado interno. Si repito que soy exitoso frente al espejo todas las mañana, pero no me siento así en lo profundo de mis células, esas palabras no tendrán ninguna consecuencia. Se trata más de elevar la vibración de la experiencia interna que de repetir pensamientos. Y hay muchas maneras de transformar ese estado interior. Hacia allá apuntan muchas prácticas espirituales. Repetir pensamientos puede ser un muy pequeño componente de esa transformación, pero no es suficiente ni necesario.

Otra crítica que se le hace a la Ley de la Atracción es que culpa a las personas por las cosas malas que les suceden. “Si no tienes para comer, es porque no piensas en suficiente comida”. O “Si te robaron es porque estabas teniendo pensamientos negativos”. Aquí debo aclarar algo. La Ley de la Atracción sí establece que todos, absolutamente todos, creamos nuestra realidad. Desde el venado que es atacado por un tigre hasta mi abuela que acaba de morir en inmensos dolores hasta los niños que nacen en condiciones de extrema pobreza y son abusados por sus padres. Pero eso no quiere decir que mi abuela sea culpable o que el venado sea culpable o que el niño sea culpable de lo que le sucede.

En nuestro proceso evolutivo, la gran mayoría de nuestras creaciones son inconscientes. Solo en los últimos niveles de evolución se adquiere el grado de maestría necesario para crear conscientemente. Hacia allá apunta la Ley de la Atracción, pero no culpabiliza a quienes vamos apenas empezando el proceso de aprendizaje. Así como uno no culpa a un niño de dos años porque se quema al tocar el fuego o cuando se cae mientras aprende a caminar. Sí, fueron sus acciones las que le causaron dolor. Pero en su nivel de consciencia actual nadie lo tildaría de malo por caerse o quemarse. Simplemente lo ayudaría a curarse las heridas, enjuagaría sus lágrimas y, en la medida en que él sea capaz de entenderlo, le explicaría amorosamente que debe mantenerse alejado del fuego.

Otro ejemplo. Si me enfermo de algo grave, es posible que en mi estado actual de consciencia no pueda curar mi propio cuerpo con solo desearlo. Si estuviera en el estado de consciencia de Jesús, podría. Pero no por eso me voy a latigar o a culpar cuando mi cuerpo se enferme. Sé que el estado de consciencia de Jesús es posible para mí y para todos. Eso fue parte de lo que él vino a mostrarnos: el estado de consciencia que es posible para nosotros. Pero no por eso me voy a juzgar y a autolatigar. Voy en mi proceso y no tengo por qué juzgarme por no ir más adelante.

Así, la Ley de la Atracción nos invita a que nos demos cuenta de nuestro poder creador y lo despertemos en la medida en que podamos. Y eso implica, claro, asumir responsabilidad. Una vez veo de qué manera creo lo que me ocurre, en ese momento me vuelvo responsable. Pero nunca culpa a nadie o lo juzga por sus creaciones. Quienes juzgamos somos los humanos. Y no es necesario que lo hagamos.

De hecho, parte de las enseñanzas de la Ley de la Atracción tienen que ver, precisamente, con dejar de juzgar y con dejar de culparnos. Pues los juicios nos mantienen separados de los demás y la culpa nos mantiene separados de nosotros mismos. Y entre más cerca estemos de la unidad (y por, tanto, entre menos culpa y juicios tengamos) más podremos acercarnos a nuestro poder creador. Ya que solo en unidad entramos en contacto con la Fuente, de donde viene todo poder creador.

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Espero que dejes de leer este blog

Un Curso de Milagros tiene una frase que me fascina:

El propósito de un buen maestro es hacerse innecesario.

No soy un maestro espiritual en el sentido de que no he alcanzado un estado interno de maestría, de iluminación. Pero soy maestro en el sentido en el que todos somos maestros. Tengo cosas para compartir y, si deseas, puedes aprender de mí si lo necesitas. Ojalá pronto ya no lo necesites.

He dado clases de españos en varias universidades, y, cuando lo hago bien, mis alumnos dejan de necesitarme. Un buen maestro no busca seguidores. Busca compartir todo lo que tiene. De manera que sus alumnos lleguen a un punto en el que ya no tengan nada que aprender de él y puedan prescindir de sus servicios. En otra palabras, un buen maestro no busca crear seguidores, sino crear maestros.

No te voy a mentir. Deseo que este blog crezca y que cada vez lo lean más personas. Y deseo esto porque creo que hay mucha gente a la que le podría ayudar en su camino. Sin embargo, sueño con un mundo iluminado, en el que nadie tenga ya necesidad de enseñanzas espirituales.

Ojalá pronto yo no tenga nada para decir de lo que no seas consciente ya. Ojalá que encuentres en ti verdades más elevadas, y leas esto sólo como escucharías el balbuceo de un niño. Ojalá llegue el punto en el que no te interese leer mensajes como este.

Bendiciones en tu camino.

Sitka Spruce & Devil’s Club above shore of Beaver Lake, Sitka July 2009

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¿Es real ese problema?

Todos afrontamos problemas constantemente. Es parte de ser humanos. Es parte de lo que nos hace crecer y evolucionar. Sin embargo, es bueno tener en cuenta que no todos los problemas que rondan nuestra cabeza son reales. Algunos están solo en nuesta imaginación.

¿Cuántas veces no has imaginado peleas que nunca sucedieron? ¿Cuánto tiempo no has perdido preparando palabras que nunca pronunciaste para defenderte de un ataque que nunca llegó? ¿Cuántas veces no has imaginado el dolor de un mal que nunca se presentó?

Ese tipo de preocupación no solo desperdicia tu energía al crear pensamientos innecesarios, sino que desgasta tu cuerpo. Para tu cuerpo, esos problemas son reales. Liberas adrenalina. El corazón se acelera. Hay exceso de azucar en la sangre listo para ser usado como energía ante el peligro imaginario. Es por esto que el estrés muchas veces se somatiza.

Por eso, una de las preguntas más importantes que debes hacerte al tratar de solucionar un problema es: ¿es real o está solo en mi cabeza?

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¿Seguirías haciendo eso si supieras que el mundo acabará mañana?

A Martin Luther King se le atribuye esta frase: “Incluso si supiera que el mundo se caerá a pedazos mañana, incluso así, yo plantaría hoy un árbol”.

A primera vista, parece difícil entender la lógica de esta afirmación. ¿De qué podría servir plantar un árbol si no tendrá dónde crecer?

La verdad, no sé qué tenía en mente Martin Luther King cuando dijo esa frase. Pero sí sé por qué la diría yo.

Hay algo muy hermoso cuando las acciones se vuelven valiosas por sí mismas y no por sus resultados. Cuando actuamos desde ese lugar, estamos conectados con el corazón de la vida. Si en verdad amo el acto de sembrar profundamente, sembraré, aun si ese acto no tuviera las consecuencias que normalmente se esperan del sembrar (obtener un árbol en el futuro).

Creo que todos aquellos que aman profundamente lo que hacen lo seguirían haciendo así supieran que el mundo acabará mañana… es más, en ese caso, seguramente lo harían incluso con más pasión e intensidad, al saber que es la última oportunidad que tienen de hacerlo.

Cuando alguien ama lo que hace, no lo hace para obtener algo, simplemente lo hace porque ama hacerlo. Si se dan frutos, serán bienvenidos, pero esto es secundario. Para quien realmente ama lo que hace, el resultado de sus acciones siempre será secundario. La acción en sí misma será lo que tiene el valor primordial.

No tengo dudas de que Johann Sebastian Bach, mi compositor favorito, amaba componer, amaba tocar el teclado, y lo haría todos los días así supiera que nadie jamás escucharía su música. Y, tal vez, precisamente por eso es que su música ha permanecido y permanecerá a través de los siglos. Van Gogh amaba pintar, y lo hacía todos los días, aunque creyera que después de su muerte sus cuadros serían olvidados. Qué inspiración. Qué belleza actuar desde ese lugar. Yo, por ejemplo, amo escribir este blog. Disfruto cada vez que mis dedos tocan las teclas del computador y van saliendo las palabras. Y, al menos hoy, sé que lo haría así supiera que nadie más que yo va a leer estas palabras.

¿Qué quisieras seguir haciendo hoy si supieras que el mundo acabará mañana?

Foto tomada de la cuenta de Instagram de taniko1212.

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El poder de hacer las cosas poco a poco

A veces nos cuesta trabajo empezar a hacer las cosas porque queremos hacerlo todo de una vez. Entonces pensamos, si no lo voy a poder hacer completo, perfecto, mejor no hago nada.

Así me pasó un tiempo con mi canal de YouTube. Es algo que realmente me interesa. Quiero hacer videos interesantes. Quiero hacer videos visualmente agradables. Sin embargo, pensaba que no tenía aún las herramientas para comenzar. Me falta una mejor cámara. Me falta aprender a manejar un buen programa de edición.

Caí en cuenta, entonces, que estaba cayendo en la trampa del perfeccionismo como excusa para no lanzarme al agua y exponerme.

Cuando tomé consciencia de esto, decidí empezar de inmediato a hacer videos. Hay mucho por mejorar, pero voy creciendo y progresando poco a poco. Y te quiero invitar a ver este video sobre eso, sobre el poder de hacer las cosas poco a poco:

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¿Vale la pena oprimir el botón para adelantar?

En la película Click, al protagonista (Adam Sandler) le regalan un control remoto mágico (alerta de spoilers). Si lo desea, con ese control puede adelantar las escenas de su vida, pausarlas o incluso volver atrás. Como este personaje está obsesionado con obtener ciertos logros en el futuro, decide empezar a adelantar ciertas escenas hasta llegar a aquellos momentos que sí desea experimentar. Por ejemplo, salta el fin de semana en el que está enfermo y tiene que trabajar, y adelanta su vida hasta la escena en la que lo promueven en su trabajo por estar haciendo bien las cosas.

Parece una buena técnica para vivir una vida más placentera. Sin embargo, lo que el personaje aprende es que esta técnica en realidad sirve para no vivir en absoluto. Es una forma de rechazar la vida, de dejar de vivir. Pues implica tratar al momento presente, donde reside la vida, como un obstáculo o, a lo sumo, como un medio para llegar al futuro. Pero no se lo ve como algo valioso en sí mismo.

Además, este control remoto tiene una característica particular: guarda las preferencias de su usuario. Por tanto, de forma automática comienza a adelantar ciertas escenas, así el protagonista no lo haya elegido conscientemente. Cuando se da cuenta, han pasado varias décadas y se ha perdido su vida. Eligió, sin quererlo, que esta pasara sin que él se diera cuenta.

Me parece una metáfora muy iluminadora sobre la manera como funciona nuestra mente, que viene siendo el control remoto.

Nuestra mente condicionada está obsesionada con obtener. Con la idea de que en el futuro están la salvación y la plenitud. Esto implica, claro, que este momento no tiene valor por sí mismo. Solo sirve en la medida en que nos permite llegar a ese futuro en el que está aquello realmente valioso. Y así, rechazamos la vida, persiguiendo siempre el futuro, que nunca existe ahora y, por tanto, nunca existe en el momento en el que está la vida. Y este rechazo a la vida puede convertirse en un hábito, en algo que hacemos sin darnos cuenta.

La buena noticia es que está en nuestras manos reprogramar el control remoto. ¿Cómo se hace? Primero, tomando consciencia de que está en automático y que está programado para no valorar este momento. Segundo, una vez tenemos consciencia, podemos elegir romper la programación automática. Requiere atención y disciplina, pues hay una inercia detrás de la programación. Pero se puede. Podemos elegir comenzar a no oprimir el botón de adelantar. Podemos quedarnos saboreando este momento hasta su médula, así la mente nos diga que este momento no es valioso. Que ir en el bus a la casa no es valioso. Que estar lavando los platos no es valioso. Que sentir una incomodidad en el cuerpo no es valioso. Todo eso podemos ignorarlo, y quedarnos plénamente aquí, asumiendo que aquí ya llegamos al tesoro más valioso que existe y, por tanto, no tenemos necesidad de estar en ningún otro tiempo o lugar.

Podemos elegir quedarnos aquí hasta crear una nueva programación. Un nuevo hábito. El hábito de ver este momento como lo más valioso que hay, sabiendo que es lo único real que hay.

Así que la próxima vez que estés tentado ignorar esta escena para llegar a un futuro más valioso, pregúntate: ¿vale la pena oprimir el botón para adelantar? Es decir, ¿vale la pena dejar de vivir la vida?

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No tienes que solucionar algo para estar contigo

Muchos tenemos una idea rígida de cómo debe lucir la espiritualidad. De cómo debe sentirse este momento para poder decirnos a nosotros mismos que estamos bien, en paz, en armonía. Cuando el momento presente no se ajusta a esas expectativas, a veces sentimos que primero debemos arreglarnos o arreglar algo antes de poder estar presentes, antes de poder adentrarnos en lo que está sucediendo ahora.

Si tenemos emociones fuertes o sensaciones físicas incómodas o pensamientos que no nos gustan sobre nosotros o sobre algo más, tendemos a tratar de cambiar esa realidad (la causa de las sensaciones, pensamientos y emociones) antes de permitirnos sentir completamente. Nos decimos, por ejemplo: “cuando se me pase este malestar, podré volver a meditar y a estar anclado en mi corazón”.

Pero entonces tratamos de cambiar la realidad desde un estado de desconexión. Y lo que hacemos desde ese nivel de consciencia seguramente tendrá consecuencias acordes a ese nivel de consciencia. Es decir: generaremos más de lo mismo.

Ahora, este momento, tal como es, es perfecto para que de adentres en él, con todo lo que tiene, incluidas las incomodidades, los pensamientos, lo que percibimos como problemas, sin importar nuestras ideas acerca de lo que debería o no debería estar pasando.

No tienes por qué esperar a que cambie lo que sientes en tu cuerpo, lo que pasa en tu cabeza o lo que percibes afuera tuyo para darle la bienvenida al ahora. Haz de tu bienvenida un acto incondicional hacia ti misma. Abrázate, ámate y quédate presente contigo sin importar lo que esté pasando en tu realidad interna y externa. Hazte amiga de tu vida exactamente como es en este momento.

Si algo se debe transformar, esa actitud de aceptación y bienvenida es el punto de partida más poderoso para la transformación. Sólo entrégate y confía. Lo que está aquí es lo que necesitas experimentar para crecer. Es lo que tú misma has creado para evolucionar. No trates de saltar a la siguiente escena de tu vida. Es un truco. Tu vida es ahora. Siempre ahora. Por tanto, hacer las paces con tu vida implica darle la bienvenida ya. En este momento.

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