Tiempo para demoler y tiempo para edificar

Hace un par de meses dejé de escribir todos los días en este blog. Creo que fue una buena decisión. Es lo que mi corazón pedía en ese momento.

Sin embargo, últimamente me he dado cuenta de que muchos días dejo de escribir, no porque mi corazón así lo pida, sino porque me da pereza. Y dejar de escribir por pereza no me deja pleno. Cuando eso sucede, mi vibración baja. No es una elección elevada.

Creo que está bien parar. Está bien renunciar. Está bien mandar todo al carajo de vez en cuando. Pero esas deciciones sólo nos traerán plenitud si vienen del corazón. Si vienen del miedo, de la pereza o del simple rechazo ante la incomodidad, lo más probable es que esas decisiones nos lleven a dejar de crecer.

Así pues, seguir el corazón es una práctica de todos los días. El hecho de que tu corazón te invite a hacer algo un día no significa que eso es lo que quiere que hagas todos los días de ahí en adelante. Por eso hay que seguir escuchando.

Como dice un hermoso pasaje de la Biblia en el libro de Eclesiastés (1-7):
“Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa: Tiempo para nacer, y tiempo para morir; tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado; tiempo para demoler y tiempo para edificar; tiempo para llorar y tiempo para reír; tiempo para gemir y tiempo para bailar; tiempo para lanzar piedras y tiempo para recogerlas; tiempo para los abrazos y tiempo para abstenerse de ellos; tiempo para buscar y tiempo para perder; tiempo para conservar y tiempo para tirar fuera; tiempo para rasgar y tiempo para coser; tiempo para callarse y tiempo para hablar”.

Así pues, no escribiré todos los días. Pero trataré de asegurarme de que cuando no escriba sea porque eso es lo que realmente quiero, lo que quiero desde mi ser más profundo.

Es difícil a veces distinguir cuándo realmente no queremos hacer algo y cuándo estamos evadiendo lo que queremos mediante racionalizaciones.

Es por eso que escuchar el corazón es un arte y requiere práctica y silencio interior.

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Imagen tomada de la cuenta de Instagram deFélix Alfaro.

Da lo que tienes

Me ha pasado que me encuentro con amigos o alumnos que no veo hace mucho tiempo y me dicen que me recuerdan por algo que dije o hice que para mí no tuvo ninguna importancia. A veces, el regalo o la enseñanza más grande que les di fue algo que ni siquiera registré en mi memoria. En cambio, aquello que creo que fue mi contribución más grande con frecuencia pasa desapercibido ante sus ojos.

A veces, lo más valioso fue una sonrisa, un momento de silencio, escuchar al alguien sin juzgar, contar una historia o un chiste en el que otra persona encontró consuelo o la respuesta que estaba buscando.

Realmente no sabemos qué tan valioso o importante es lo que hacemos. El ego tiene unos criterios estrictos para valorar las acciones. Usualmente considera lo grande y notorio como una muestra de valor. Por tanto, con frecuencia es incapaz de ver aquello que realmente toca las vidas de los demás.

A veces dejamos de dar porque creemos que lo que tenemos para dar no es valioso. Es más, a veces creemos que no tenemos nada para dar. Pero la verdad es que no sabemos la cantidad de regalos que repartimos ni la forma en que lo hacemos.

Puede que sin darnos cuenta sembremos semillas que darán sus frutos mucho después. Como en el presente no se ve nada, creemos que no hemos compartido algo valioso.

No dejes decompartir lo que sale de tu corazón sólo porque a los ojos de tu ego no es lo suficientemente valioso. No te corresponde a ti juzgar el valor de lo que das. No te refrenes cuando tu corazón tenga ganas de hacer algo por pensar que tal ves no eres lo suficientemente bueno en ello. Tal vez no tienes ni idea de qué es lo valioso o cómo algo que haces puede impactar a alguien más.

[Aprovecho para invitarte a ver mi último video de Youtube, en el que hablo de los retos que he tenido últimamente, uno de los cuales es, precisamente, creer que no tengo algo valioso para dar].

wallup.net

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El momento más importante

Nada que haya sucedido en el pasado puede impedirte estar presente en este momento.

Eckhart Tolle

En un partido de fútbol, si quedan 2 minutos para el final y un equipo va ganando 6-0, el tiempo restante es sólo un trámite. Los equipos siguen jugando por respeto, pero en realidad el partido ya acabó. Por eso es común que los hinchas abandonen el estadio antes del pitazo final.

En un partido de tenis, en cambio, no importa qué tantos puntos un jugador haya perdido hasta el momento, mientras el partido no haya acabado, aún tiene posibilidades de ganar.

En el tenis, cada pelota que se juega tiene valor por sí misma, sin importar qué haya pasado antes. En cada punto del juego, los jugadores tienen la posibilidad de reinventarse y comenzar de nuevo. Es por esto que en el tenis la fortaleza mental es tan importante. No importa qué tan bien o mal hayas jugado hasta el momento. La pelota que está en juego será siempre la más importante. Si te descuidas y te desconcentras, todos los puntos pasados pueden quedar en el olvido. Si te concentras y comienzas a jugar mejor ahora, puedes ganar sin importar qué tantos puntos hayas perdido.

Por supuesto, el pasado afecta a los jugadores de un partido de tenis, pero sólo en la medida en que ellos lo permiten. Un jugador que tenga la capacidad de olvidarse de sus triunfos y sus errores y concentrarse sólo en el punto actual tendrá una gran ventaja.

Cuando le preguntaron a Rafael Nadal, el jugador que más trofeos ha ganado en el Abierto de Francia, cuál era su principal fortaleza, respondió sin vacilar: “Mi mente”. No importa qué tan bien o mal esté jugando su oponente, o qué tan bien o mal él mismo haya estado jugando, Nadal juega cada punto como si fuera el más importante.

Hay algo que podemos aprender de la actitud de Nadal. Para él, todos los puntos son el punto más importante. Hay una gran humildad y un gran respeto por sus rivales. Siempre juega cada punto como si tuviera en frente al mejor del mundo y, por tanto, no pudiera ceder la más mínima ventaja.

Así mismo, en nuestra práctica espiritual, avanzamos muy rápido cuando reconocemos que todos los momentos son el más importante. No importa qué tanta paz o qué tanto sufrimiento hayas tenido durante la última hora. En cada momento, en este momento, eliges cómo será tu estado interno al momento siguiente. El pasado sólo tendrá poder sobre este momento si se lo permites, si así lo decides.

Una historia para terminar:

Un monje zen pasaba por un mercado cuando oyó que un comprador le preguntaba a un carnicero: “¿Cuál es el mejor pedazo de carne?”. El carnicero respondió: “Todos los pedazos son el mejor pedazo”. Al oír esto, el monje se iluminó.

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¿Necesito eso para ser feliz?

Esta es una pregunta muy poderosa. Al comenzar a hacérmela con frecuencia, me he vuelto mucho más feliz.

¡Hay tantas cosas que creemos que necesitamos para ser felices! Pero en la gran mayoría de los casos son solo ilusiones.

Podemos desear cosas o situaciones o experiencias bellas que nos pueden proporcionar placer o experiencias gratificantes, pero eso no implica que las necesitemos para ser felices.

Pongo algunos ejemplos de lo que he aprendido últimamente sobre mí al plantearme esta pregunta:

No necesito que los demás valoren lo que hago para ser feliz.

No necesito que los demás se sientan por mí de una manera específica para ser feliz. Puedo ser feliz aun si esa persona que me gusta no me corresponde o si aquella otra persona piensa que soy un tarado.

No necesito que mi cuerpo esté sano para ser feliz.

No necesito que mi cuerpo luzca de una manera determinada para ser feliz.

No necesito que mis seres queridos permanezcan a mi lado para ser feliz. Puedo permitirles abandonarme en paz o incluso morir en paz.

No necesito saber lo que pasará en el futuro para ser feliz. Puedo estar perfectamente en paz en medio de la incertidumbre.

No necesito ser capaz de lograr lo que me propongo para ser feliz. Puedo fallar y ser feliz, fracasar y ser feliz. Puedo ser feliz aun sabiendo que hay muchas cosas que no soy capaz de hacer.

No necesito saber cómo resolver mis problemas para ser feliz. No necesito conocer las respuestas. No necesito saber qué palabras debo proferir ni qué acciones debo emprender. Puedo estar en paz sin saber.

No necesito distraerme para ser feliz. Puedo ser feliz en medio de la rutina, en medio de los paisajes conocidos. No necesito emociones fuertes ni sorpresas para ser feliz.

No necesito que mis emociones desaparezcan para ser feliz (o al menos para estar en profunda paz). Puedo estar en paz en medio de la tristeza y la angustia.

No necesito tener la razón para ser feliz.

No necesito ser mejor que los demás para ser feliz. No necesito ser más inteligente, ni más exitoso, ni más espiritual para ser feliz.

No necesito que mis posesiones materiales permanezcan para ser feliz. Puedo ser feliz si las pierdo o si se dañan o si me las roban.

No necesito que los demás actúem como creo que deberían hacerlo. Puedo ser feliz incluso si no siguen mis consejos. Puedo ser feliz si toman decisiones o caminos que no entiendo o con los que no estoy de acuerdo.

No necesito contarme una historia sobre mí mismo y sobre mi vida para ser feliz. En otras palabra, no necesito pensar en mi pasado o mi futuro para ser feliz.

No necesito estar en control de la situación para ser feliz.

Te invito a que comiences a hacerte esa pregunta y te vayas abriendo a nuevas posibilidades. Quién sabe, tal vez no necesitas eso que crees que te falta para ser feliz. Tal vez puedes ser feliz ya, exactamente como eres en este momento.

Ante cualquier pensamiento de angustia que surja en tu mente, pregúntate: ¿realmente necesito que las cosas sean diferentes para ser feliz? Solo pregunta. Con honestidad. A veces la respuesta será “sí” y a veces será “no”, pero verás que muchas ideas viejas empiezan a caerse cuando cuestionas aquello que hasta ahora simplemente has estado dando por hecho.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @k3lvinch

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Autosabotaje

Llevas cinco años preparándote para ese gran trabajo. El día se acerca. Has pasado por muchos retos, has crecido, te has superado. Estás listo. Te da un poco de miedo, pero estás listo.

Como estás un poco ansioso, el día anterior a la entrevista te vas a tomar unas copas. De repente no quieres parar y te embriagas hasta el fondo. Al otro día no te levantas. Pierdes la oportunidad. Tienes ahora algo más para añadir a la lista de cosas odias y resientes de ti.

De alguna u otra forma, creo que todos hemos tenido momentos de autosabotaje. ¿De dónde viene esta tendencia a hacernos zancadilla pocos metros antes de la meta?

Merecer

Una parte tiene que ver con la creencia de que no merecemos. En el fondo, muchos de nosotros creemos que no merecemos el amor, la abundancia, la felicidad y la plenitud que la vida puede darnos. Esta creencia, a su vez, se fundamenta en la idea de que hay algo malo con nosotros, una mancha oculta y profunda que nos hace indignos de todas las cosas buenas.

En consecuencia, una de las claves para dejar de sabotearnos es reconocer que no hay nada malo con nosotros y que por tanto merecemos ser felices.

La comodidad de estar en ruinas

Otro elemento que influye al momento de sabotearnos, al menos en mi experiencia, es la tendencia a mantenernos a toda costa en la zona de confort.

En la novela Héroes, el escritor Ray Lóriga describe de manera hermosa ese estado:

“Estar bien es una especie de carga, estar bien significa estar dispuesto y ese estado te lleva inevitablemente a algún tipo de enfrentamiento. Es como extender dos brazos fuertes y sanos cuando a tu alrededor se están construyendo pirámides; es raro que no te caiga alguna piedra. Estar mal, en cambio, es estar tranquilo, tan tranquilo como una fortaleza quemada en la mitad de una guerra. Alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

Leí esa novela cuando era un postadolescente y me cautivó porque me sentí plenamente identificado con el protagonista: un joven que no se atreve a salir de su habitación porque está muerto de miedo y porque allí está muy cómodo, “alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

En ese entonces mi mayor miedo eran las mujeres. Y la forma como evadía ese reto era estando mal continuamente, pues el malestar me mantenía alejado de cualquier “tipo de enfrentamiento”. Cuando comenzaba a tener demasiados días buenos seguidos y empezaba a brillar con demasiada fuerza, rápidamente recurría a algún hábito autodestructivo para hundirme de nuevo en la oscuridad, no fuera a ser que alguna mujer se acercara a mí a causa de mi luz y me obligara a atravezar mis miedos; no fuera a ser que me cayera alguna piedra encima.

Ahora mis miedos han cambiado, pero cada tanto me veo recurriendo de nuevo al autosabotaje para evitar los retos que inevitablemente llegarán si crezco, maduro y le permito a la vida traerme aquello que se encuentra en el siguiente nivel de mi viaje.

La ilusión del descanso en la muerte

A veces la vida misma se ve como el reto, como la carga pesada, como un camino lleno de espinas. Entonces pareciera que la manera más cómoda de proceder es dejando a un lado la vida. Y eso es lo que hace el jóven de la novela: se aisla por completo, cierra las puertas y las ventanas. Se deja llevar por la ilusión de que la muerte es sinónimo de paz.

Al respecto, me parece muy iluminador este pasaje de Un Curso de Milagros, uno de mis favoritos:

“Existe el riesgo de pensar que la muerte te puede brindar paz […]. Sin embargo, una cosa nunca puede ser igual a su opuesto. Y la muerte es lo opuesto de la paz, pues es lo opuesto de la vida. Y la vida es paz.” (Cap. 27, VII, 10).

Es hermoso. La verdadera paz es plenitud, la plenitud vibrante de la vida. Y esa plenitud se encuentra saliendo del cuarto, mirando a los miedos de frente, siendo honestos con nosotros mismos, abriendo los brazos y recibiendo con amor las piedras que puedan caer. La plenitud es crecer, evolucionar. Y por supuesto que a los ojos del ego esto es incómodo. Implica correr riesgos, asumir responsabilidades, abrirnos a la posibilidad de ser rechazados, de quedar mal frente a los demás, de cometer grandes errores.

Cuando te des cuenta de que te estás saboteando para mantenerte en la comodidad de una fortaleza quemada en la mitad de una guerra, sé consciente de que allí realmente no mora la paz que buscas. Esa paz se encuentra al otro lado de las puertas y los muros con los que has decidido protegerte de la vida. Si quieres paz, no te protejas de los riesgos de la vida. Abre los brazos y permite que venga completa, con sus desafíos y transformaciones. Allí encontrarás la verdadera paz, la paz viva, la paz que es tu verdadera naturaleza.

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El poder de hacer lo que amas

El único modo de hacer un gran trabajo es amar lo que haces.

Steve Jobs

Hace poco comencé a estudiar piano de nuevo. La verdad, no se me facilita, pues de pequeño no tomé clases. Sin embargo, hay una razón por la que sigo y sigo practicando hasta que lo que toco comienza a sonar bien: amo la música de Johann Sebastian Bach (1685-1750).

El consejo de Steve Jobs es muy sabio por una razón simple pero poderosa: cuando hacemos lo que amamos tenemos energía y ganas de seguir mejorando y de seguir intentando así no se vean resultados a corto plazo.

El placer y la felicidad que me proporciona tocar piezas de Bach es tan grande que, incluso si avanzo a paso de tortuga, cada pequeño logro, cada acorde, cada nuevos diez segundos que añado a una pieza que estoy tocando me proporcionan tal bienestar que sigo practicando asiduamente. No me propongo tocar el piano: me hace falta. Cada vez que paso cerca del piano tengo el impulso natural de sentarme y practicar un poco más.

Puede que la calidad mi interpretación sea muy baja si se la compara con la de músicos profesionales. Pero eso no me importa en lo más mínimo. Saber que hay gente que toca el piano mucho mejor que yo no me desanima, por el contrario, al oírlos tocar aumentan mis ganas de seguir practicando.

Y la razón por la que tengo esta actitud hacia el piano es muy simple: no me interesa lograr nada más allá del momento mismo. Toco porque cada segundo mientras lo hago es un gran placer para mí. En otras palabras: toco porque amo hacerlo y, por tanto, el acto se convierte en un fin en sí mismo, en su propia recompensa; no necesito una fantasía en el futuro para que tocar piano me proporcione satisfacción. No necesito una motivación para tocar música de Bach; es tocar lo que me motiva.

Puede que mi calidad como pianista sea comparativamente muy baja, pero es muchísimo más alta de lo que sería si no amara la música de Bach.

Además, el regalo que le doy al mundo cuando toco Bach es mi propia paz. Incluso si nadie me oye, tocar piano hace que mi vibración se eleve, mi ánimo por la vida se incremente y tenga más paz y alegría para compartir con quienes me rodean. Por tanto, hacer lo que amo es un regalo para el mundo aun si nadie ve lo que hago. Por ejemplo, fue por tocar que me dieron ganas de compartir estas palabras.

En la medida en la que puedas, dedícale tiempo a eso que amas profundamente. Nunca será una pérdida de tiempo y, gracias al efecto que tiene en ti, será un gran bendición para quienes te rodean.

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¿Quieres estar sano?

Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.

Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?

Juan 5: 5-6.

Hace un tiempo vi un documental sobre un hombre que salió de la drogadicción. Fue grabado durante más de catorce años. Al comienzo, el hombre vivía en la calle en condiciones infrahumanas. Su vida era un infierno. Sin embargo, estaba cómodo. Cuando empezó a sanar, tuvo que enfrentarse al reto de reincorporarse a la sociedad: el siguiente nivel en su proceso evolutivo. Comenzó una familia y empezó a trabajar. Relacionarse con los demás y asumir responsabilidades fue un desafío inmenso. A pesar de todos los beneficios de estar sano, por momentos quería devolverse a su estado anterior.

A primera vista, podría parecer que la pregunta de Jesús es retórica y su respuesta es obvia. Es más, si se la toma literalmente, podría pensarse que es ridícula y superfua, pues ¿quién no querría estar sano? Sin embargo, es una pregunta muy poderosa.

Muchas veces nos apegamos a nuestras enfermedades y a nuestros problemas, pues nos permiten atraer la simpatía y la lástima de los demás y evitar responsabilidades.

Cuando estamos enfermos o somos incapaces y limitados, tenemos una excusa para no pasar al siguiente nivel. La atención gira entonces en torno a la dificultad inmediata y evidente, y queda oculto aquello que tememos en el fondo, aquellas situaciones y aspectos de nosotros que se harían evidentes si sanamos.

El hombre del documental me pareció muy valiente. Su familia no funcionó muy bien. Tampoco tuvo éxito en su trabajo. Pero pasó al siguiente nivel. Se atrevió a experimentar aquello de lo que huía mediante su adicción. Se atrevió a sanar.

Vale la pena preguntarte con respecto a esa limitación o esa enfermedad que quizás tienes: ¿en realidad quieres sanar? Si te ofendes con la pregunta, es posible que estés identificado con tu enfermedad y sientas que la pregunta “la ataca”, es decir, “ataca” la historia que tienes de ti mismo.

Sólo mira más profundo; examina si en algún nivel hay un lecho de comodidad que tu enfermedad te proporciona. ¿Qué retos te esperan cuando estés sano? Puede que ni siquiera seas consciente de lo que huyes, por lo que la pregunta puede llevarte a ver cosas de ti que no imaginabas tener adentro.

No es esto, por supuesto, una invitación a juzgarte por estar enfermo o tener problemas. Todos nos refugiamos en nuestras enfermedades y nuestros problemas. Es parte de nuestra inconsciencia. No sirve de nada flagelarnos por ello. Se trata simplemente de ser cada vez más conscientes de nosotros y de las estrategias que empleamos para evitar crecer y mantenernos cómodos.

Sólo pregúntate, con toda honestidad, si quieres sanar. Tal vez descubras cosas de ti que no imaginabas. Tal vez tu voluntad es más poderosa de lo que crees.

Tal vez la pregunta de Jesús era genuina. Tal vez la salud del hombre dependía de su respuesta. Tal vez Jesús sólo le estaba mostrando el poder que él ya tenía adentro suyo.

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El problema de la corona dorada

Cuenta la leyenda que Hierón, rey de Siracusa, mandó a hacer una corona de oro, para lo cual le dio exactamente un lingote de oro al orfebre encargado. Cuando recibió la corona, Hierón sospechó que el orfebre lo había engañado y no había usado todo el oro en la corona, sino que había reemplazado una parte con plata. Sin embargo, como el peso de la corona coincidía con el peso del lingote que le había entregado, parecía no haber manera de saber si la corona era de oro puro o no.

Para solucionar este problema Hierón llamó a Arquímedes, famoso sabio y matemático de la época. Arquímedes sabía que el oro es más denso que la plata, lo que quiere decir que si hay dos objetos de igual peso, pero uno es de plata y otro es de oro, el de oro ocupará un menor volumen. Por tanto, si Arquímedes pudiera calcular el volumen exacto de la corona, podría saber si era de oro, ya que tendría que ocupar exactamente el mismo volumen que un lingote de oro; si tenía plata mezclada, su volumen sería mayor. Pero ¿cómo saber el volumen de la corona? En esa época no había una técnica para calcular el volumen exacto de objetos irregulares, por lo que el problema parecía muy difícil.

Se dice que Arquímedes pensó por largo tiempo sin encontrar una solución. Un día, cansado ya de darle vueltas en su cabeza al problema y sin saber qué más podía hacer, decidió tomar un baño caliente para relajarse. Mientras flotaba en la bañera, se dio cuenta de que su cuerpo había desplazado cierta cantidad de agua. Entonces salió de la tina eufórico y corrió desnudo por las calles de Siracusa gritando “¡Eureka!”, que en griego quiere decir “Lo encontré”.

Había solucionado el problema. Podía conocer el volumen de la corona sumergiéndola en agua y midiendo el volumen de la cantidad de agua desplazada.

***

Este es un gran ejemplo de cómo funciona la genialidad, y contiene grandes enseñanzas sobre cómo afrontar los problemas.

Mientras Arquímedes estuvo pensando obsesivamente, no pudo encontrar la solución; cuando se relajó y se permitió retirar su atención del problema, la solución apareció.

Moraleja: a veces el principal obstáculo que nos impide ver la solución es que no dejamos de pensar en el problema. A veces debemos relajarnos para que la solución pueda llegar. A veces, la solución no aparece cuando pensamos con más intensidad, sino cuando dejamos de pensar.

Cuando nos relajamos, permitimos la entrada a una inteligencia más grande que nosotros mismos. En medio de la relajación nos conectamos con la sabiduría del universo que fluye a través de nosotros si se lo permitimos.

Fue así como Arquímedes encontró la solución al problema de la corona dorada. Tal vez pueda funcionar para ti. Tal vez es momento de relajarte y dejar de pensar obsesivamente en el problema.

A veces ni siquiera sabemos cuál es el problema

Pensar obsesivamente es la forma como el ego resuelve los problemas. Y el ego tiene una visión muy limitada. Está encasillado en sus deseos y preconcepciones; no está abierto al infinito universo de posibilidades que existe en la realidad. Es más, a veces el ego cree erróneamente saber cuál es el problema, lo que le impide mirar las cosas de otra manera.

Esto no solo se aplica a problemas científicos, es muy útil en todos los planos de la vida.

En un taller de Un Curso de Milagros al que asistí hace poco, pusieron un ejemplo que me pareció ilumimador. Imagina que le has pedido a tu pareja el favor de sacar la basura y él o ella lo olvida. Te enfureces y aparece un problema. El ego pregunta: ¿qué debo hacer para que me respete?, ¿deberé gritarle?, ¿cómo puedo hablarle para que no olvide lo que le pido?, ¿será momento de romper la relación?

El ego hace muchas preguntas, y estas preguntas muchas veces lo alejan de la mejor solución. Es como si Arquímedes se quedara pensando en cómo usar una regla para medir el volumen de la corona. Al enfocarse en esa posibilidad, pierde de vista otras formas de ver el problema.

No creas que sabes más o menos cómo debe lucir la solución. Tal vez es algo totalmente inesperado que no podrías haber imaginado desde la perspectiva limitada de tu ego.

Tal vez si te relajas y te conectas con tu corazón, la respuesta sea: “Dale un abrazo y olvida que no sacó la basura”; tal vez sea: “Saca tú la basura”; o tal vez “Dile lo que sientes”. Hay infinitas opciones. Muy pocas veces la solución propuesta por tu mente limitada coincidirá con la respuesta del universo.

Pero para acceder a esa sabiduría tenemos que ser capaces de entregar el problema, de dejar de buscar la solución por nuestra cuenta y confiar, pues sin confianza no es posible la ralajación y sin relajación no es posible oír la voz del corazón.

Es difícil dejar de pensar en los problemas porque al ego le encanta hacerlo, ya que resolver problemas y tener algo contra lo que luchar lo refuerzan y le dan sentido de importancia.

Además, al luchar y tratar de solucionar las cosas por nuestra cuenta sentimos la adrenalina, la emoción del problema. Y esa sensación se vuelve adictiva. Es por eso que a veces nos volvemos adictos al drama y a nuestros problemas.

La invitación es, entonces, a que comiences a dejar la adicción de luchar por tu cuenta con los problemas y te relajes. Escucha en silencio profundo. Tal vez tienes ayuda a tu disposición. Tal vez la solución está esperando a que tu ego se haga a un lado y tu mente se aquiete para que puedas verla.


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Salta, ya aparecerá el piso

Hace unos años un amigo comenzó una revista digital llamana El Muro, para la cual escribí varios artículos sobre crecimiento personal. La revista cerró hace poco y los artículos y ya no están disponibles en internet. Voy a republicar algunos en este blog. Aquí el primero. Es un extracto de una entrevista que le hice al escritor colombiano Mario Mendoza como parte de una asignatuta que cursé para una maestría en Pediodismo.

¿Fue difícil tomar la decisión de dedicar tu vida a escribir literatura?

El proceso para tomar esa decisión fue complicado. Desde pequeño me gustó la literatura, pero cuando terminé el bachillerato decidí estudiar medicina, y lo hice para no desilusionar a mi padre. Pronto me di cuenta de que esa elección había sido un gran error,  y de que mi vida iba a ser un desastre si no era honesto conmigo mismo, pues yo solo me sentía bien leyendo y escribiendo. Entonces un día fui a la oficina de mi padre y le dije que no quería estudiar medicina porque no me gustaba, y que en cambio iba a estudiar literatura. La desilusión de mis padres fue tal que tuve que empacar maletas e irme de mi casa.

En los años que siguieron me tocó aguantar condiciones difíciles. Después de haber vivido en el norte con todas las comodidades, y de haber estudiado en un colegio privado, tuve que vivir en cuartos de alquiler en El Quiroga, en el sur de Bogotá; y también en Las Cruces y en La Candelaria. Fue una experiencia compleja, pero me dejó cosas bonitas, y sobre todo una gran humildad. Me acerqué a la gente: al panadero de la esquina, a la prostituta, al vendedor de bazuco. Aprendí que yo no era especial, que no era superior, que era uno más.

¿Cómo fue tu vida de escritor después de terminar tus estudios universitarios?

Cuando terminé literatura en la Javeriana me gané una beca y me fui para España. A los dos años regresé y me dediqué a la docencia. Entonces ya escribía, pero la decisión de dedicarme por entero a la literatura la tomé cuando ya llevaba diez años como profesor. Un día me encontré en mi oficina leyendo un poema de un solo verso que decía:

Salta, ya aparecerá el piso.

Me pareció tan hermoso, tan revelador, que renuncié y me dediqué solo a escribir. Me di cuenta de que muchas veces vamos por la vida aferrados a lo que tenemos, con miedo, pero para ser feliz no hay que tener miedo de nada, hay que saltar y ya, en algún lado tendrá uno que caer. Siempre hay un piso esperándonos en alguna parte, solo tenemos que dar el salto y llegar hasta el piso que nos corresponde.

Entonces yo salté y me encerré a escribir. Salté en el año 2000, y me demoré cayendo en el vacío dos años. Fue un salto en el que al comienzo sentí que no tenía piso. Solo caía y seguía cayendo. Hasta que llegó un punto en el que no tenía con qué comer, literalmente no tenía con qué comer. Recuerdo que cuando estaba escribiendo Satanás,un amigo a quien adoro, que es monje budista, llegó un día a mi apartamento con todos sus ahorros y me los entregó. Puso el dinero sobre la mesa del comedor y me dijo “No tengo más, viejo, pero esto tiene que ayudarte para terminar el libro; y fresco, que ahí vas bien”. Para mí eso fue tremendo. Ya estaba con plata prestada, tal como lo veía, las cosas iban muy mal. Y cuando parecía que no había salida, me gané el premio por Satanás. Es decir, a mí el piso me estaba esperando en Barcelona, en el hotel en el que me dieron ese premio Yo creo que la vida es así: uno debe pegar el salto y jugársela a fondo. Una sensación horrible debe ser estar en una clínica en cuidados intensivos, después de que a uno le diagnostiquen una enfermedad terminal, y ponerse a pensar: “¿Qué hubiera pasado si yo me hubiera atrevido?”. Creo que debe ser una de las peores formas de morir. Por eso hay que salir al campo y entregarlo todo, y cuando se tiene esa satisfacción, uno recibe a la muerte de otra manera, uno dice “Si hay que morir nos morimos, pero yo lo entregué todo”. Uno se arrepiente de todo menos de haber sido valiente; de eso no se arrepiente nunca, aunque se equivoque. Es como si uno sale a jugar fútbol y lo deja todo en el campo. Después se va a sentir bien, así llegue a la casa adolorido y con el uniforme embarrado. Es más, puede que haya perdido catorce a cero, pero uno sabe que dio lo mejor de sí, y eso es mucho mejor que quedarse mirando el campo desde fuera, cuando en realidad tiene ganas de jugar.

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La forma más fácil de obtener lo que te falta

Hace un tiempo tomé un taller en línea con Neale Donald Walsh, el autor de Conversaciones con Dios. Podíamos hacer preguntas por teléfono, y una mujer lo llamó para pedirle que la ayudara a superar la muerte de su pareja. El consejo que él le dio me pareció maravilloso. Le dijo que abriera un grupo de ayuda para personas que hubieran perdido a su pareja hace poco. Que ofreciera en su casa de manera gratuita el espacio para reunirse con otras personas que estuvieran pasando por su misma situación y tratara de ayudarlas.

Este consejo se deriva de una de las ideas que más me gustan de Conversaciones con Dios : la forma más fácil de obtener algo es ayudar a los demás a que lo obtengan. Si quieres paz, ayuda a los demás a tener paz. Si quieres felicidad, ayuda a los demás a tener felicidad. Si quieres aprender algo, enséñalo.

Esto lo he podido comprobar con mis proyectos. Muchas de las reflexiones que he compartido me han ayudado inmensamente en mi crecimiento personal. Al compartirlas con otros, me las enseño y las refuerzo en mí. A veces voy por la calle, y me doy cuenta de que estoy a punto de caer en un viejo patrón de comportamiento o de pensamiento que me hace sufrir. Y entonces vienen a mi mente palabras que yo mismo he escrito sobre temas relacionados con lo que pasa en mi interior, y esas palabras me ayudan a cambiar mi energía y a sanar.

Es por esto que muchas veces, antes de empezar, pienso en qué es lo que necesito aprender, qué es lo que quiero sanar, y trato de compartir con los demás herramientas para lograr aquello que yo mismo deseo para mí.

Esta estrategia funciona porque las ideas se refuerzan al compartirlas. Cuando compartimos una idea no la perdemos: esta idea crece en nuestra mente y se vuelve más clara.

Da, pues, lo que quieres recibir. Pero no des con la intención de que el universo te dé luego de vuelta eso que comparte. Si das con esa intención, en realidad no estás dando, estás tratando de tomar, y lo que enseñarás será la idea de la carencia que te impulsa a tratar de obtener cosas de los demás; en consecuencia, aprenderás carencia y la experimentarás.

Da sabiendo que en el preciso instante en el que compartes ya te estás dando a ti mismo aquello que compartes. Esto muy claro, al menos, en el caso de las ideas. Pero también puede suceder con cosas externas, pues las cosas externas son solo consecuencias de nuestro estado mental, y nuestro estado mental cambia cuando compartimos. Por ejemplo, a veces tenemos la idea de que estamos en carencia. Esta idea de carencia es solo una forma de percepción. No nos damos cuenta de todo lo que tenemos. Creemos que nos faltan muchas cosas. Cuando empezamos a dar, nos damos cuenta de que tenemos para mucho dar y, por tanto, nos volvemos conscientes de nuestra abundancia; y cuando tenemos una real consciencia de abundancia, es mucho más fácil crear o manifestar cosas en el plano externo. Así, al compartir nos volvemos más abundantes.

Es muy poderoso cuando dejamos de mirar lo que nos falta y comenzamos a preguntarnos qué podemos dar.

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