Tiempo para demoler y tiempo para edificar

Hace un par de meses dejé de escribir todos los días en este blog. Creo que fue una buena decisión. Es lo que mi corazón pedía en ese momento.

Sin embargo, últimamente me he dado cuenta de que muchos días dejo de escribir, no porque mi corazón así lo pida, sino porque me da pereza. Y dejar de escribir por pereza no me deja pleno. Cuando eso sucede, mi vibración baja. No es una elección elevada.

Creo que está bien parar. Está bien renunciar. Está bien mandar todo al carajo de vez en cuando. Pero esas deciciones sólo nos traerán plenitud si vienen del corazón. Si vienen del miedo, de la pereza o del simple rechazo ante la incomodidad, lo más probable es que esas decisiones nos lleven a dejar de crecer.

Así pues, seguir el corazón es una práctica de todos los días. El hecho de que tu corazón te invite a hacer algo un día no significa que eso es lo que quiere que hagas todos los días de ahí en adelante. Por eso hay que seguir escuchando.

Como dice un hermoso pasaje de la Biblia en el libro de Eclesiastés (1-7):
“Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa: Tiempo para nacer, y tiempo para morir; tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado; tiempo para demoler y tiempo para edificar; tiempo para llorar y tiempo para reír; tiempo para gemir y tiempo para bailar; tiempo para lanzar piedras y tiempo para recogerlas; tiempo para los abrazos y tiempo para abstenerse de ellos; tiempo para buscar y tiempo para perder; tiempo para conservar y tiempo para tirar fuera; tiempo para rasgar y tiempo para coser; tiempo para callarse y tiempo para hablar”.

Así pues, no escribiré todos los días. Pero trataré de asegurarme de que cuando no escriba sea porque eso es lo que realmente quiero, lo que quiero desde mi ser más profundo.

Es difícil a veces distinguir cuándo realmente no queremos hacer algo y cuándo estamos evadiendo lo que queremos mediante racionalizaciones.

Es por eso que escuchar el corazón es un arte y requiere práctica y silencio interior.

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Imagen tomada de la cuenta de Instagram deFélix Alfaro.

El origen del mal olor

Imagina que vives en un gran palacio y empiezas a percibir un mal olor. Algo se está pudriendo en alguna parte, pero no sabes exactamente dónde.

Hay varias estrategias para hacerle frente a esta situación.

La menos efectiva es huir del castillo y esperar que a tu regreso el miasma y su causa hayan desaparecido mágicamente.

También puedes usar perfumes para esconder el olor. Así mitigarás la incomodidad por un rato, pero el hedor continuará haciéndose más fuerte y en algún momento ya no podrás ocultarlo más.

Una aproximación más proactiva es empezar a buscar la causa. Esto, no obstante, puede ser muy difícil, especialmente si el palacio tiene muchas habitaciones y recovecos. Si buscas de forma frenética, corriendo de un lado para otro y removiendo trastes aquí y allá a cada paso, te agotarás y será poco probable que halles lo que se está pudriendo.

Tal vez lo mejor es quedarte quieto, simplemente oliendo. Cada vez con más atención. De esta forma, tu olfato te guiará hacia el origen del miasma. Esta es, tal vez, la estrategia más incómoda, pues implica sentir plenamente aquello que te incomoda, pero es la más efectiva. Entre más plenamente habites el palacio, más fácil será encontrar aquello que debes limpiar. Eso implica permitirte estar en presencia del mal olor. No se trata de huir ni tampoco de pretender que no está allí o que no te afecta. Se trata, simplemente, darle tu atención plena.

Así mismo sucede cuando algo disuena en nuestro interior. Huir mendiante distracciones no hará que el malestar se vaya. Tratar de quitarnos esa sensación de encima a la fuerza tampoco ayudará mucho. El gran trabajo está en permitirnos sentir plenamente eso que nos duele, para que así su causa le sea revelada a nuestra consciencia. Se trata, pues, de amar y habitar aquellos recovecos en los que nos sentimos menos cómodos. Se trata de caminar, con calma, hacia aquello que más nos duele y mirarlo con atención. Esa es la mejor manera de sanar. Esa es la mejor manera de mantener reluciente nuestro palacio.

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Da lo que tienes

Me ha pasado que me encuentro con amigos o alumnos que no veo hace mucho tiempo y me dicen que me recuerdan por algo que dije o hice que para mí no tuvo ninguna importancia. A veces, el regalo o la enseñanza más grande que les di fue algo que ni siquiera registré en mi memoria. En cambio, aquello que creo que fue mi contribución más grande con frecuencia pasa desapercibido ante sus ojos.

A veces, lo más valioso fue una sonrisa, un momento de silencio, escuchar al alguien sin juzgar, contar una historia o un chiste en el que otra persona encontró consuelo o la respuesta que estaba buscando.

Realmente no sabemos qué tan valioso o importante es lo que hacemos. El ego tiene unos criterios estrictos para valorar las acciones. Usualmente considera lo grande y notorio como una muestra de valor. Por tanto, con frecuencia es incapaz de ver aquello que realmente toca las vidas de los demás.

A veces dejamos de dar porque creemos que lo que tenemos para dar no es valioso. Es más, a veces creemos que no tenemos nada para dar. Pero la verdad es que no sabemos la cantidad de regalos que repartimos ni la forma en que lo hacemos.

Puede que sin darnos cuenta sembremos semillas que darán sus frutos mucho después. Como en el presente no se ve nada, creemos que no hemos compartido algo valioso.

No dejes decompartir lo que sale de tu corazón sólo porque a los ojos de tu ego no es lo suficientemente valioso. No te corresponde a ti juzgar el valor de lo que das. No te refrenes cuando tu corazón tenga ganas de hacer algo por pensar que tal ves no eres lo suficientemente bueno en ello. Tal vez no tienes ni idea de qué es lo valioso o cómo algo que haces puede impactar a alguien más.

[Aprovecho para invitarte a ver mi último video de Youtube, en el que hablo de los retos que he tenido últimamente, uno de los cuales es, precisamente, creer que no tengo algo valioso para dar].

wallup.net

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La profunda paz de soltar la falsa identidad

¿Por qué sufrimos cuando pierde nuestro equipo de fútbol o cuando alguien pone en ridículo nuestras creencias espirituales?

Porque nos identificamos con lo externo. Nos identificamos con nuestro equipo de fútbol y nos identificamos con nuestras prácticas espirituales. Por tanto, cuando nuestro equipo pierde, sentimos que perdemos algo, y cuando alguien ataca nuestras creencias, sentimos que nos ataca a nosotros.

¿Por qué sufrimos cuando las cosas no salen cómo lo habíamos planeado o cuando los demás no se comportan con nosotros de la manera en que quisiéramos?

Porque el ego vive a partir de una historia que nos contamos sobre nosotros mismos. En consecuencia, el ego se engrandece y se siente seguro cuando los eventos encajan en el guion que ha escrito para sí mismo, y se empequeñece y sufre cuando sucede algo que no es compatible con esa historia. Si algún personaje no sigue el papel que nuestro ego le ha asignado en su película, nos resentimos con esa persona o con la vida.

Es por esto que es un gran alivio, un grandísimo alivio, cuando comenzamos a deshacer nuestro ego. Esto no quiere decir que dejamos de tener creencias o preferencias o que dejamos de hacer planes. Significa, sin embargo, que ya no nos identificamos. Tenemos creencias, pero sabemos que no somos nuestras creencias. Tenemos preferencias, pero sabemos que no somos nuestras preferencias. Seguimos un camino espiritual, pero sabemos que no somos nuestro camino. Hacemos planes y tenemos deseos, pero sabemos que nuestro ser y nuestro bienestar no dependen de que esos deseos y planes se cumplan. Entonces podemos escuchar a quienes piensan diferente sin convertirlos en nuestros enemigos y podemos respetar sin resentimientos a aquellos que no comparten o no comprenden nuestras preferencias. Entonce podemos amar porque vemos más allá de las diferencias superficiales.

¿Cómo romper la identificación? Observándola. Cuestionándola. Explorando. Cuando miramos profundo, vemos que nuestro bienestar no depende de que nuestro equipo de fútbol gane o de que nuestras creencias sean verdaderas. Eso es un hecho. Podemos estar en paz aun si nuestro equipo pierde; nada lo impide. Podemos estar en paz aun si no tenemos la verdad absoluta; nada lo impide.

Esta observación es una hermosa práctica espiritual. Presta atención cada vez que sufres o peleas o te resientes porque estás identificado con algo externo. Sólo observa. Luego ve más profundo y pregúntate si realmente eres eso, si realmente tu bienestar depende de eso.

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¿Necesito eso para ser feliz?

Esta es una pregunta muy poderosa. Al comenzar a hacérmela con frecuencia, me he vuelto mucho más feliz.

¡Hay tantas cosas que creemos que necesitamos para ser felices! Pero en la gran mayoría de los casos son solo ilusiones.

Podemos desear cosas o situaciones o experiencias bellas que nos pueden proporcionar placer o experiencias gratificantes, pero eso no implica que las necesitemos para ser felices.

Pongo algunos ejemplos de lo que he aprendido últimamente sobre mí al plantearme esta pregunta:

No necesito que los demás valoren lo que hago para ser feliz.

No necesito que los demás se sientan por mí de una manera específica para ser feliz. Puedo ser feliz aun si esa persona que me gusta no me corresponde o si aquella otra persona piensa que soy un tarado.

No necesito que mi cuerpo esté sano para ser feliz.

No necesito que mi cuerpo luzca de una manera determinada para ser feliz.

No necesito que mis seres queridos permanezcan a mi lado para ser feliz. Puedo permitirles abandonarme en paz o incluso morir en paz.

No necesito saber lo que pasará en el futuro para ser feliz. Puedo estar perfectamente en paz en medio de la incertidumbre.

No necesito ser capaz de lograr lo que me propongo para ser feliz. Puedo fallar y ser feliz, fracasar y ser feliz. Puedo ser feliz aun sabiendo que hay muchas cosas que no soy capaz de hacer.

No necesito saber cómo resolver mis problemas para ser feliz. No necesito conocer las respuestas. No necesito saber qué palabras debo proferir ni qué acciones debo emprender. Puedo estar en paz sin saber.

No necesito distraerme para ser feliz. Puedo ser feliz en medio de la rutina, en medio de los paisajes conocidos. No necesito emociones fuertes ni sorpresas para ser feliz.

No necesito que mis emociones desaparezcan para ser feliz (o al menos para estar en profunda paz). Puedo estar en paz en medio de la tristeza y la angustia.

No necesito tener la razón para ser feliz.

No necesito ser mejor que los demás para ser feliz. No necesito ser más inteligente, ni más exitoso, ni más espiritual para ser feliz.

No necesito que mis posesiones materiales permanezcan para ser feliz. Puedo ser feliz si las pierdo o si se dañan o si me las roban.

No necesito que los demás actúem como creo que deberían hacerlo. Puedo ser feliz incluso si no siguen mis consejos. Puedo ser feliz si toman decisiones o caminos que no entiendo o con los que no estoy de acuerdo.

No necesito contarme una historia sobre mí mismo y sobre mi vida para ser feliz. En otras palabra, no necesito pensar en mi pasado o mi futuro para ser feliz.

No necesito estar en control de la situación para ser feliz.

Te invito a que comiences a hacerte esa pregunta y te vayas abriendo a nuevas posibilidades. Quién sabe, tal vez no necesitas eso que crees que te falta para ser feliz. Tal vez puedes ser feliz ya, exactamente como eres en este momento.

Ante cualquier pensamiento de angustia que surja en tu mente, pregúntate: ¿realmente necesito que las cosas sean diferentes para ser feliz? Solo pregunta. Con honestidad. A veces la respuesta será “sí” y a veces será “no”, pero verás que muchas ideas viejas empiezan a caerse cuando cuestionas aquello que hasta ahora simplemente has estado dando por hecho.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @k3lvinch

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Cómo vivir en el mundo real

Dos personas viviendo en la misma ciudad, en el mismo barrio y en las mismas circunstancias pueden estar una en el Cielo y la otra en el infierno.

En la medida en que interpretamos la realidad de acuerdo con nuestro estado interior, ésta se convierte en un espejo que refleja nuestro estado de consciencia.

La mayoría de nosotros vivimos aún en el infierno, en cierta medida, una buena parte del tiempo. Vivimos en un mundo que percibimos como malvado, amenazante y cruel.

En palabras de Un Curso de Milagros, el Cielo en la tierra, que es lo que allí se llama “el mundo real”, es el mundo visto a través de los ojos del Espíritu Santo. Esos ojos sólo ven lo real y, por tanto, sólo ven el amor.

Desde la perspectiva del Espíritu Santo, sólo hay dos formas de interpretar lo que un hermano hace: como una muestra de amor o como una petición de amor.

Así pues, el asesino en serie, el abusador de niños, el hombre que te acaba de robar en la calle y el político corrupto sólo están pidiendo desesperadamente amor. Es una forma profundamente inconsciente de decir: “por favor, ayúdame, estoy perdido de mí mismo, he olvidado lo que es el amor y en consecuencia me he propuesto buscarlo de las maneras más absurdas”.

Donde el ego ve un enemigo que merece ser destruido, el Espíritu Santo, la Voz que habla desde lo más profundo de tu corazón, sólo ve un hermano que está dormido y necesita de tu amor para despertar.

Ver a través de esos ojos es lo mismo que perdonar de verdad.

Esto puede ser muy difícil, sobre todo cuando presenciamos acciones que juzgamos y resentimos profundamente. De hecho, en esas condiciones es imposible. Nuestros juicios nos impiden escuchar esa Voz y ver a través de esos Ojos, la Voz y los Ojos de nuestro corazón.

En consecuencia, cambiar nuestra percepción implica aprender a soltar los juicios y dejar ir los resentimientos. Esa es la práctica espiritual más importante en el despertar.

Ayuda mucho, para esto, saber que no somos diferentes de aquello que vemos, no estamos separados. Muy probablemente en otra vida hayamos pasado por etapas evolutivas muy similares a aquellas que ahora condenamos como aberraciones. Muy probablemente eso que juzgamos esté presente aún en lo profundo de nuestros deseos o pensamientos, así nuestra consciencia se haya elevado lo suficiente como para evitar que esas semillas de inconsciencia se manifiesten en la realidad. Sea como sea, no somos mejores que eso que vemos. Somos eso que vemos.

Se trata, pues, de un viaje de perdonarnos a nosotros mismos, lo que equivale a perdonar al mundo, una vez reconocemos que somos Uno.

A través de este perdón podremos ver lo que Un Curso de Milagros llama “el mundo real”, que no es más que el mundo visto a través de los ojos del Amor.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Andhika.

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Autosabotaje

Llevas cinco años preparándote para ese gran trabajo. El día se acerca. Has pasado por muchos retos, has crecido, te has superado. Estás listo. Te da un poco de miedo, pero estás listo.

Como estás un poco ansioso, el día anterior a la entrevista te vas a tomar unas copas. De repente no quieres parar y te embriagas hasta el fondo. Al otro día no te levantas. Pierdes la oportunidad. Tienes ahora algo más para añadir a la lista de cosas odias y resientes de ti.

De alguna u otra forma, creo que todos hemos tenido momentos de autosabotaje. ¿De dónde viene esta tendencia a hacernos zancadilla pocos metros antes de la meta?

Merecer

Una parte tiene que ver con la creencia de que no merecemos. En el fondo, muchos de nosotros creemos que no merecemos el amor, la abundancia, la felicidad y la plenitud que la vida puede darnos. Esta creencia, a su vez, se fundamenta en la idea de que hay algo malo con nosotros, una mancha oculta y profunda que nos hace indignos de todas las cosas buenas.

En consecuencia, una de las claves para dejar de sabotearnos es reconocer que no hay nada malo con nosotros y que por tanto merecemos ser felices.

La comodidad de estar en ruinas

Otro elemento que influye al momento de sabotearnos, al menos en mi experiencia, es la tendencia a mantenernos a toda costa en la zona de confort.

En la novela Héroes, el escritor Ray Lóriga describe de manera hermosa ese estado:

“Estar bien es una especie de carga, estar bien significa estar dispuesto y ese estado te lleva inevitablemente a algún tipo de enfrentamiento. Es como extender dos brazos fuertes y sanos cuando a tu alrededor se están construyendo pirámides; es raro que no te caiga alguna piedra. Estar mal, en cambio, es estar tranquilo, tan tranquilo como una fortaleza quemada en la mitad de una guerra. Alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

Leí esa novela cuando era un postadolescente y me cautivó porque me sentí plenamente identificado con el protagonista: un joven que no se atreve a salir de su habitación porque está muerto de miedo y porque allí está muy cómodo, “alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

En ese entonces mi mayor miedo eran las mujeres. Y la forma como evadía ese reto era estando mal continuamente, pues el malestar me mantenía alejado de cualquier “tipo de enfrentamiento”. Cuando comenzaba a tener demasiados días buenos seguidos y empezaba a brillar con demasiada fuerza, rápidamente recurría a algún hábito autodestructivo para hundirme de nuevo en la oscuridad, no fuera a ser que alguna mujer se acercara a mí a causa de mi luz y me obligara a atravezar mis miedos; no fuera a ser que me cayera alguna piedra encima.

Ahora mis miedos han cambiado, pero cada tanto me veo recurriendo de nuevo al autosabotaje para evitar los retos que inevitablemente llegarán si crezco, maduro y le permito a la vida traerme aquello que se encuentra en el siguiente nivel de mi viaje.

La ilusión del descanso en la muerte

A veces la vida misma se ve como el reto, como la carga pesada, como un camino lleno de espinas. Entonces pareciera que la manera más cómoda de proceder es dejando a un lado la vida. Y eso es lo que hace el jóven de la novela: se aisla por completo, cierra las puertas y las ventanas. Se deja llevar por la ilusión de que la muerte es sinónimo de paz.

Al respecto, me parece muy iluminador este pasaje de Un Curso de Milagros, uno de mis favoritos:

“Existe el riesgo de pensar que la muerte te puede brindar paz […]. Sin embargo, una cosa nunca puede ser igual a su opuesto. Y la muerte es lo opuesto de la paz, pues es lo opuesto de la vida. Y la vida es paz.” (Cap. 27, VII, 10).

Es hermoso. La verdadera paz es plenitud, la plenitud vibrante de la vida. Y esa plenitud se encuentra saliendo del cuarto, mirando a los miedos de frente, siendo honestos con nosotros mismos, abriendo los brazos y recibiendo con amor las piedras que puedan caer. La plenitud es crecer, evolucionar. Y por supuesto que a los ojos del ego esto es incómodo. Implica correr riesgos, asumir responsabilidades, abrirnos a la posibilidad de ser rechazados, de quedar mal frente a los demás, de cometer grandes errores.

Cuando te des cuenta de que te estás saboteando para mantenerte en la comodidad de una fortaleza quemada en la mitad de una guerra, sé consciente de que allí realmente no mora la paz que buscas. Esa paz se encuentra al otro lado de las puertas y los muros con los que has decidido protegerte de la vida. Si quieres paz, no te protejas de los riesgos de la vida. Abre los brazos y permite que venga completa, con sus desafíos y transformaciones. Allí encontrarás la verdadera paz, la paz viva, la paz que es tu verdadera naturaleza.

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El poder de parar un momento

Esta es una práctica espiritual muy poderosa: parar un momento y tomar consciencia de nosotros, de lo que está pasando, de lo que estamos sintiendo, de lo que estamos pensando.

Esto implica una autoobservación constante.

A medida que paramos y nos observamos, tomamos consciencia de nuestros patrones de comportamiento y podemos empezar a modificarlos.

Cuando te dan ganas de comer algo, por ejemplo, sirve parar y mirar si hay ansiedad detrás. Entonces puedes ver si realmente tienes hambre o si quieres usar la comida para evadir una sensación o un sentimiento. Y lo mismo aplica para cualquier otro impulso. Para antes de mirar el celular, antes de fumar, antes de prender la televisión. Entiendes la idea.

No es esta una invitación a que te reprimas. Por ejemplo, si eres fumador, no te estoy diciendo que dejes de fumar ya mismo. Simplemente toma consciencia de aquello que evades a través del cigarrillo. Luego fuma.

Primer paso: parar. Segundo paso: amar lo que encuentres cuando pares.

Permítete sentir las emociones, incluso las más incómodas. Permítete observar tus pensamientos, aun aquellos que más te asustan y que más juzgas. Perdónate. Acéptate. Ámate.

Poco a poco, a medida que empiezas a abrazar y a darle amor a aquello de lo que huyes, naturalmente disminuirá la necesidad de huir.

Para, observa, perdona, ama. Cada vez que puedas. Para, así sea por un lapso breve: veinte segundos, diez segundos, un minuto, cinco minutos. La cantidad de tiempo que pares no es tan importante como la frecuencia con la que lo hagas.

Cuando se convierte en un hábito, es una práctica muy poderosa.

Tomado de la cuenta de Instagram de @derekvculver


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El poder de hacer lo que amas

El único modo de hacer un gran trabajo es amar lo que haces.

Steve Jobs

Hace poco comencé a estudiar piano de nuevo. La verdad, no se me facilita, pues de pequeño no tomé clases. Sin embargo, hay una razón por la que sigo y sigo practicando hasta que lo que toco comienza a sonar bien: amo la música de Johann Sebastian Bach (1685-1750).

El consejo de Steve Jobs es muy sabio por una razón simple pero poderosa: cuando hacemos lo que amamos tenemos energía y ganas de seguir mejorando y de seguir intentando así no se vean resultados a corto plazo.

El placer y la felicidad que me proporciona tocar piezas de Bach es tan grande que, incluso si avanzo a paso de tortuga, cada pequeño logro, cada acorde, cada nuevos diez segundos que añado a una pieza que estoy tocando me proporcionan tal bienestar que sigo practicando asiduamente. No me propongo tocar el piano: me hace falta. Cada vez que paso cerca del piano tengo el impulso natural de sentarme y practicar un poco más.

Puede que la calidad mi interpretación sea muy baja si se la compara con la de músicos profesionales. Pero eso no me importa en lo más mínimo. Saber que hay gente que toca el piano mucho mejor que yo no me desanima, por el contrario, al oírlos tocar aumentan mis ganas de seguir practicando.

Y la razón por la que tengo esta actitud hacia el piano es muy simple: no me interesa lograr nada más allá del momento mismo. Toco porque cada segundo mientras lo hago es un gran placer para mí. En otras palabras: toco porque amo hacerlo y, por tanto, el acto se convierte en un fin en sí mismo, en su propia recompensa; no necesito una fantasía en el futuro para que tocar piano me proporcione satisfacción. No necesito una motivación para tocar música de Bach; es tocar lo que me motiva.

Puede que mi calidad como pianista sea comparativamente muy baja, pero es muchísimo más alta de lo que sería si no amara la música de Bach.

Además, el regalo que le doy al mundo cuando toco Bach es mi propia paz. Incluso si nadie me oye, tocar piano hace que mi vibración se eleve, mi ánimo por la vida se incremente y tenga más paz y alegría para compartir con quienes me rodean. Por tanto, hacer lo que amo es un regalo para el mundo aun si nadie ve lo que hago. Por ejemplo, fue por tocar que me dieron ganas de compartir estas palabras.

En la medida en la que puedas, dedícale tiempo a eso que amas profundamente. Nunca será una pérdida de tiempo y, gracias al efecto que tiene en ti, será un gran bendición para quienes te rodean.

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¿Quieres estar sano?

Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.

Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?

Juan 5: 5-6.

Hace un tiempo vi un documental sobre un hombre que salió de la drogadicción. Fue grabado durante más de catorce años. Al comienzo, el hombre vivía en la calle en condiciones infrahumanas. Su vida era un infierno. Sin embargo, estaba cómodo. Cuando empezó a sanar, tuvo que enfrentarse al reto de reincorporarse a la sociedad: el siguiente nivel en su proceso evolutivo. Comenzó una familia y empezó a trabajar. Relacionarse con los demás y asumir responsabilidades fue un desafío inmenso. A pesar de todos los beneficios de estar sano, por momentos quería devolverse a su estado anterior.

A primera vista, podría parecer que la pregunta de Jesús es retórica y su respuesta es obvia. Es más, si se la toma literalmente, podría pensarse que es ridícula y superfua, pues ¿quién no querría estar sano? Sin embargo, es una pregunta muy poderosa.

Muchas veces nos apegamos a nuestras enfermedades y a nuestros problemas, pues nos permiten atraer la simpatía y la lástima de los demás y evitar responsabilidades.

Cuando estamos enfermos o somos incapaces y limitados, tenemos una excusa para no pasar al siguiente nivel. La atención gira entonces en torno a la dificultad inmediata y evidente, y queda oculto aquello que tememos en el fondo, aquellas situaciones y aspectos de nosotros que se harían evidentes si sanamos.

El hombre del documental me pareció muy valiente. Su familia no funcionó muy bien. Tampoco tuvo éxito en su trabajo. Pero pasó al siguiente nivel. Se atrevió a experimentar aquello de lo que huía mediante su adicción. Se atrevió a sanar.

Vale la pena preguntarte con respecto a esa limitación o esa enfermedad que quizás tienes: ¿en realidad quieres sanar? Si te ofendes con la pregunta, es posible que estés identificado con tu enfermedad y sientas que la pregunta “la ataca”, es decir, “ataca” la historia que tienes de ti mismo.

Sólo mira más profundo; examina si en algún nivel hay un lecho de comodidad que tu enfermedad te proporciona. ¿Qué retos te esperan cuando estés sano? Puede que ni siquiera seas consciente de lo que huyes, por lo que la pregunta puede llevarte a ver cosas de ti que no imaginabas tener adentro.

No es esto, por supuesto, una invitación a juzgarte por estar enfermo o tener problemas. Todos nos refugiamos en nuestras enfermedades y nuestros problemas. Es parte de nuestra inconsciencia. No sirve de nada flagelarnos por ello. Se trata simplemente de ser cada vez más conscientes de nosotros y de las estrategias que empleamos para evitar crecer y mantenernos cómodos.

Sólo pregúntate, con toda honestidad, si quieres sanar. Tal vez descubras cosas de ti que no imaginabas. Tal vez tu voluntad es más poderosa de lo que crees.

Tal vez la pregunta de Jesús era genuina. Tal vez la salud del hombre dependía de su respuesta. Tal vez Jesús sólo le estaba mostrando el poder que él ya tenía adentro suyo.

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