Las respuestas del silencio

“Yo diría que la razón por la que la mayoría de los científicos no son creativos no es porque no saben pensar, ¡sino porque no saben dejar de pensar!” ~ Eckhart Tolle

La creatividad pura, aquella que proviene de la fuente más elevada, surge cuando nos aquietamos internamente. Es en medio del silencio interior que el Universo puede hablarnos. O, más bien, es cuando estamos en silencio interior que podemos oír al Universo, que siempre nos está hablando, pero muchas veces no podemos oírlo a causa del ruido producido por nuestros pensamientos.

Es por esto que Eckhart Tolle señala que muchas de las grandes obras de arte y las soluciones más creativas que han logrado los humanos han surgido de un estado de quietud interior.

La mente es muy útil, pero por sí misma no es muy creativa. En nuestro estado normal de consciencia, la mente sólo puede crear a partir de la información que ha recibido antes. Se basa en el pasado para combinar de nuevas maneras lo que ya sabe y producir así nuevas creaciones. Pero hay una inteligencia mucho más basta y profunda, que no tiene la limitación de nuestra perspectiva ni de nuestro pasado; es la inteligencia de la Vida misma que se mueve a través de nosotros. De esta Inteligencia surgen soluciones y obras profundamente creativas.

La invitación, pues, es a conectarnos con esa inteligencia profunda. Pero esto requiere tener la capacidad de soltar el problema, es decir, la capacidad de dejar de pensar en él. Es cuando dejamos de lado nuestra necesidad de solucionarlo y dejamos descansar a nuestras mentes que podemos conectarnos con esa sabiduría más profunda.

Por eso es que a veces la forma más eficiente de solucionar un problema es dejar de tratar de solucionarlo. Cuando dejamos de pensar en como solucionarlo, nos damos espacio para oír la respuesta.

Y esto no solo aplica para grandes problemas científicos o para temas complejos de trabajo o arte. Aplica también para cada pequeña decisión que tomamos en nuestras vidas. A veces la vida nos guía a través de señas sutiles y nos muestra el mejor camino, pero no la podemos oír a causa del ruido producido por nuestras mentes.

Así pues, muchas veces no se trata de esforzarnos frenéticamente por encontrar la respuesta, sino de aquietarnos para poder oírla, pues ya está disponible para nosotros y es sólo el ruido de nuestros pensamientos el que nos impide acceder a ella.

Es sólo cuando acallamnos nuestras mentes que podemos oír las respuestas que nos esperan en el silencio.

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Consejos para aprender de todo el mundo

“Cuando eres buen observador, todo el mundo es tu maestro”.

Hace poco puse en mis redes esa frase. Alguien me preguntó entonces: ¿y cómo ser un buen observador? Aquí mi respuesta.

A veces creemos que solo podemos aprender de ciertas personas, de los que tienen títulos, de los que han logrado cosas valiosas a los ojos de la sociedad, de gente de cierta edad o incluso de cierta raza. Entonces, por esas ideas preconcebidas, no vemos a quien está adelante de nosotros con ojos frescos. Y esa frescura es la que nos puede permitir aprender. Pues la verdad es que la persona más humilde o aparentemente más ignorante desde el punto de vista de la sociedad puede decirnos justo lo que necesitamos en ese momento.

Así pues, para mí la clave para ser un buen observador es la inocencia.

La inocencia implica relacionarnos con los demás con ojos de niños. Y para ver con ojos de niños debemos dejar ir el pasado. Pues lo que nos impide aprender de alguien son las ideas preconcebidas que tenemos de esa persona. Son esas ideas las que nos hacen considerar que no tiene algo para ofrecernos. Y esas ideas vienen del pasado.

De pronto alguien de cierto país o de cierta raza nos estafó o estafó a nuestros padres en el pasado. Por tanto, cuando ahora vemos a una persona de ese país o esa raza, desconfiamos. Así, el pasado se interpone entre nosotros y esa persona como un velo denso que nos impide verla como realmente es ahora.

O fue quizás en el colegio o en la universidad donde aprendimos que ciertas personas son más valiosas y sabias que otras. Y esas ideas nos llevan a filtrar las palabras de los demás antes de recibirlas. Y, debido a ese filtro, les impedimos llegar directamente a nuestro corazón.

Si quieres aprender de todos, deja, pues, el pasado, y permítete ver a todo el mundo exactamente como es ahora. Deja que sea la inocencia del niño que hay en ti la que mire y reciba lo que los demás te dicen. Deja que sea tu corazón el que reciba las palabras.

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¿Qué hacer con ese ruido?

¿Te ha pasado que tratas de estar en paz, meditas, tratas de enfocarte en el momento presente, pero no te dejan? ¿Hay mucho ruido? ¿Te interrumpen constantemente? ¿Hay caos a tu alrededor y no puedes relajarte ni concentrarte en tu práctica meditativa? ¿Y justo cuando ya todo está resuelto y puedes descansar, un bebé comienza a llorar…?

Si te sientes identificada con alguna de estas situaciones, entonces tengo una muy buena noticia para ti: tienes ante ti la oportunidad de comenzar una poderosa práctica espiritual.

Un ejercicio que propone el maestro Eckhart Tolle es usar los ruidos y las situaciones a nuestro alrededor que nos incomodan para practicar la rendición espiritual. (Si te interesan las meditaciones propuestas por Eckhart Tolle, no te pierdas este video).

La idea es asumir estas situaciones como oportunidades para aceptar el momento presente exactamente como es.

La mente nos dice que, si ese ruido dejara de sonar, si esa persona se callara, si apagaran ese televisor, entonces podríamos estar en paz. Pero, si estamos buscando cambiar el afuera para tener paz, es porque no hemos encontrado aún la paz verdadera dentro de nosotros. Y esa paz la alcanzamos cuando hacemos las paces con el momento presente; es decir, con este momento, exactamente este, como es.

Hacer las paces con el momento presente implica estar en paz sin importar lo que suceda a nuestro alrededor. No se trata de no tener emociones. Se trata de conectarnos con una paz interior que está más allá de la alegría y la tristeza. Es una sensación de espacio profundo que puede albergar cualquier emoción. Sí: podemos estar tristes y en paz, e incluso podemos tener ira y estar en paz. La emoción sólo está en la superficie del cuerpo. Pero cuando nos conectamos con nuestra esencia más profunda, que va más allá del cuerpo, surge una paz que es independiente de lo que sucede en la superficie.

Hay situaciones muy extremas que requieren un alto grado de maestría espiritual para poder hacer las paces con ellas. Y, al menos la mayoría de nosotros, tenemos que practicar antes de poder contactar esa paz profunda dentro de nosotros.

Sin embargo, podemos empezar por cosas pequeñas. Escoge un ruido que te moleste a veces. Puede ser el ruido de los carros que tocan la bocina en medio de los atascos del tráfico, o quizás el ruido de los vecinos por la mañana o a altas horas de la noche. O tal vez es el llanto de tus hijos o de los hijos de tus amigos o familiares. O tal vez es incluso el sonido de la voz de tu pareja cuando te recrimina.

Cada vez que aparezca ese sonido, úsalo como una alarma que indica que es momento de comenzar el ejercicio espiritual. No huyas del sonido. No trates de calmarlo. No trates de distraerte. No te pongas a pelear, ni externamente ni en tu mente, con quienes producen el sonido. Es un regalo. Es el fundamento de tu práctica espiritual, así que agradéceles.

Ten la intención de aceptar plenamente el sonido. Esto quiere decir: dale toda tu atención y permite que el ruido se quede tanto como quiera.

Observa con mucha atención en esos momentos tus emociones, sensaciones y pensamientos. Observa. Toma consciencia de la presencia que observa. Ve profundo. Observa desde la profundidad el ruido que está en la superficie y mira cómo produce olas de emociones y pensamientos a su alrededor. Simplemente observa.

Con práctica, verás que puedes conectarte con una paz profunda en medio del ruido. Y has llegado a esa paz gracias al ruido. ¿No es una oportunidad maravillosa?

Algunas recomendaciones:

No te fuerces: Si hay una situación muy extrema y no te puedes rendir, no te fuerces. Comienza con cosas pequeñas, con algo que no tenga una gran carga emocional para ti. Si el sonido de los carros te altera demasiado, escoge otro menos intenso con el que empezar a practicar. Ve poco a poco. Comienza a elegir situaciones cada vez más intensas, pero asegúrate de que el proceso es fluido y de que no te estás forzando.

No te reprimas: ¿Cómo saber si te estás forzando? Cuando te fuerzas, hay represión. Sientes las emociones con gran intensidad y hay gran malestar en ti. Lo soportas, pero te hace daño. Si este es el caso, es importante que liberes la energía. Si quieres, intenta la práctica, pero después asegúrate de dejar salir las emociones. Si te cargas de molestia, canaliza esa energía de forma sana: corre, grita, haz ejercicio, golpea una bolsa de boxeo. No te quedes con la energía adentro si sientes que te sobrepasa. A medida que avances, esa misma energía podrás transformarla en consciencia y amor puro y entonces ya no tendrás que liberarla, pues no habrá riesgo de que la reprimas. Pero, mientras llegas a ese punto, tómalo con calma y deja salir la energía tantas veces como sea necesario.

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Y mira este video para ver meditaciones poderosas que puedes aplicar en tu vida cotidiana inspiradas en Eckhart Tolle y Un Curso de Milagros.

¿Tienes afán? Entonces es tiempo de ir más despacio

La mente suele tener afán. Quiere todo ya. La paciencia parece no tener sentido.

La razón de esto es que el ego no puede vivir en el momento presente. Si estás totalmente presente, el ego desaparece. Entonces, el ego, para sobrevivir, siempre encuentra que este momento es insatisfactorio y, por tanto, quiere saltar siempre a un momento futuro.

Este querer saltar a un momento futuro toma la forma de impaciencia y ansiedad. Toma la forma de estar afanado. No quiero estar en el automóvil, quiero estar ya en el trabajo. No quiero estar en el trabajo, quiero estar ya en el almuerzo. Debo comer rápido para volver a trabajar…

El afán está disfrazado de importancia. Creemos que, como nuestro cuerpo segrega adrenalina, entonces lo que está sucediendo es en verdad importante y debemos actuar en concordancia. Creemos entonces que debemos correr de un lado para otro sin descanso.

Pero la verdad es que la adrenalina es sólo una respuesta automática. Es un reflejo que heredamos de nuestros ancestros. En la época de las cavernas, y en los animales a partir de los cuales evolucionamos, esa adrenalina se disparaba cuando había peligros reales. Así, a través de ese estrés y esa sensación de urgencia, la adrenalina nos ayudaba a sobrevivir y a evitar peligros. Hoy en día, sin embargo, esa adrenalina se dispara ante todo a causa de nuestros pensamientos. Y esos pensamientos no necesariamente tienen que ver con la realidad. Son sólo imaginaciones y ensueños. Así, creemos estar perseguidos por ilusiones, pero no nos damos cuenta de que son ilusiones. Por tanto, vamos corriendo de un lado para otro con afán, como si de ello dependiera nuestro bienestar.

Pero, si en realidad queremos promover nuestro bienestar, tenemos que parar. Tenemos que observar esa adrenalina y esas fantasías y darnos cuenta de que podemos (y necesitamos) descansar. Nuestro cuerpo necesita descansar. Pero, ante todo, nuestra mente y nuestro sistema nervioso necesitan descansar.

Así pues, cuando vayas muy de afán, acostúmbrate a parar y a cuestionar lo que estás haciendo. ¿Realmente hay algo que amerite estar estresado y corriendo? ¿Tu vida está amenazada? ¿Qué es lo más malo que puede pasar si paras un momento ahora?

Busca estar en silencio interno al hacerte estas preguntas. Tu mente egoica responderá siempre que todo es importate y te dará una lista de las cosas que pueden salir mal si no le haces caso. No le hagas caso. Lo que está saliendo mal es que estás consumiendo tu cuerpo y tu sistema nervioso a causa de ilusiones. Puedes para ahora. Sólo prueba.

A medida que paramos, nos damos cuenta de que no pasa nada malo y, por el contrario, lidiamos de mejor manera con todos los asuntos cotidianos. Manejamos con más calma y sabiduría. Caminamos con más sabiduría. Comemos de forma más sana. Dormimos mejor. Llegamos más descansados a nuestros destinos. Tenemos más energía para hacer nuestros trabajos. Estamos de mejor humor y forjamos mejores relaciones, gracias a las cuales nuestro trabajo en equipo se fortalece.

Deja, pues, que el afán sea una señal que te indica que es momento de ir más despacio.

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La perfección como manera de escapar

Buscar la perfección es una manera de escapar del momento presente.

En mi caso, esta búsqueda por la perfección se presenta en relación con mi camino espiritual. Al ver que no soy perfecto, me desconecto del momento presente. Es como si tuviera una lista de ideales que debo alcanzar y creyera, en el fondo, que sólo tengo derecho a gozar del momento presente si estoy cumpliendo con todos esos ideales.

Así, al ver que aún me falta algo en la lista, me preocupo, me desanimo y me desconecto de mí. Esto, por supuesto, lleva a un círculo vicioso, pues entre más desconectado estoy, más probable es que incumpla con los ideales de la lista.

Permitirme relajarme en mi imperfección y gozar de cada segundo es un gran paso en mi camino. Cuando me relajo, es más probable que me conecte conmigo y que avance en la dirección que mi corazón desea.

La forma más fácil de avanzar es apreciar y gozar de aquello que hemos alcanzado hasta ahora, en vez de preocuparnos y obsesionarnos con lo que nos falta.

La verdad es que nada que creas que aún no has logrado tiene el poder de evitar que estés consciente del momento presente. Es sólo una excusa, y es nuestra elección si decidimos usarla para escapar o nos entregamos a este momento y apreciamos lo que tenemos y lo que somos.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @peterwyss

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Elige nacer de nuevo ahora

Uno de mis ejercicios favorito de Un Curso de Milagros consiste en parar cada hora durante 5 minutos y elegir tener una consciencia radiante y la luz y la paz, sin importar lo que haya sucedido en la hora anterior.

Normalmente, nuestro estado interior depende del pasado. Si la última hora ha estado llena de buenos momentos y de encuentros agradables, nos sentimos bien; si, por el contrario, hemos estado llenos de pensamientos de angustia y miedo, lo más probable es que nos sintamos mal. Lo que Un Curso de Milagros nos enseña es que esto no tiene por qué ser así. El pasado sólo puede afectar al presente y al futuro en la medida en que lo permitamos. En realidad, la calidad de este momento sólo depende de lo que elijamos ahora, justo ahora.

Como constantemente le damos poder al pasado, éste afecta el presente y determina el futuro. Parece lógico, pero no lo es. Desde la lógica de Un Curso de Milagros, el pasado no tiene ningún poder porque no existe, y lo que no existe no puede tener efectos.

Así pues, no importa lo que hayas experimentado ayer o la última hora o los últimos cinco minutos. Este momento depende de lo que elijas ahora. Puedes elegir recordar y traer a tu memoria lo que te duele o puedes elegir ver la luz que siempre está en ti ahora. Tu poder para decidir y para crear tu realidad es mucho más basto y profundo de lo que imaginas.

Te invito a que comiences a practicar. Detente cada tanto y elige tu estado interno sin ninguna consideración con respecto a lo que ha sucedido antes. Elige nacer de nuevo a cada instante, elige nacer completamente radiante y puro, completamente fresco. Y así, verás al mundo también nacer de nuevo contigo, y verás a tur hermanos frescos y nuevos, sin pasado. Entonces no podrás albergar resentimientos ni culpa, pues estos siempre dependen de que le des realidad al pasado.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de @ dreamful_landscapes

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¿Qué problema tienes en este momento?

No mañana, ni en 5 minutos, sino justo ahora, ¿tienes algún problema?

Esta es una pregunta que plantea frecuentemente el maestro Eckhart Tolle en sus charlas, al igual que otros maestros que he escuchado.

La gran mayoría de las veces, la respuesta será que no. No hay algo que tengas que resolver justo ahora. En el tiempo todos tenemos problemas. En la historia de nuestro ego todos tenemos cosas que arreglar. Cuando vivimos completamente en el ahora, la mayoría de esos problemas desaparecen.

Si tuvieras realmente un problema ahora, no estarías leyendo esto sino lidiando con aquel. Por supuesto, no me refiero a un problema en tu mente sino a un problema en el mundo real.

Tal vez digas: “Pero mi vida entera es un problema”. Y puede que sea cierto, pero solo desde el punto de vista del ego. Si puedes dejar por completo el pasado y el futuro y poner toda tu atención en este momento, verás que tu vida se vuelve muy simple. Muy simple.

El ego, tu identidad falsa, no soporta este ejercicio, pues está construido a partir de la historia que nos contamos en el tiempo. En el presente el ego desaparece y solo queda la vida verdadera, el ser, tu presencia radiante que alumbra todo lo que experimentas justo ahora.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Max Trafford.

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Ansiedad

La ansiedad es, ante todo, una sensación física desagradable. Usualmente la sentimos en el pecho. Es una sensación de opresión, de falta de espacio interno. Algo así como si tuvieramos claustrofobia y el recinto que produce la sensación de asfixia fuera nuestro propio interior.

Al igual que con la claustrofobia, la reacción más normal ante la ansiedad es querer escapar, tratar de alejarnos lo más posible de esa sensación y de aquello que percibimos como su causa. Así, ante la ansiedad tratamos de escapar de nosotros mismos y procuramos desconectarnos de nuestras emociones más profundas. Para esto recurrimos a cualquier cosa que nos distraiga. Miramos afuera, buscamos estímulos que consuman nuestra atención y nos impidan ponerla en aquello que nos causa dolor.

A veces nos atrevemos a mirar las emociones y reconocerlas, pero tratamos de quitárnoslas de encima mediante una estrategia urdida por el ego. El ego usualmente cree que la causa de la emoción es externa y, por tanto, trata de modificar las circunstancias externas con la esperanza de que así la sensación desagradable se apaciguará. Este tipo de estrategias pueden funcionar al comienzo, pero no tienen un efecto duradero. La razón es que la causa última del malestar no son las situaciones externas. Estas situaciones lo único que hacen es detonar el malestar, pero la semilla de ese malestar está en nuestro interior. El mundo externo sirve simplemente como un espejo que nos muestra lo que hay en nuestro interior.

Cuando tratamos de calmar la ansiedad cambiando lo que sucede afuera nuestro nos volvemos obsesivos y controladores. El ego tiene ideas sobre aquello que debería pasar o cambiar para que la ansiedad amaine y él pueda sentirse satisfecho, pero son fantasías; así logre todo lo que se propone, la ansiedad volverá a emerger.

Por tanto, a largo plazo, todo lo que hagamos desde un lugar de ansiedad solo nos traerá más ansiedad.

Lo más incómodo para el ego y lo más efectivo para calmar la ansiedad es sentirla plenamente, observar cómo nuestros pensamientos comienzan a tejer fantasías para huir del dolor emocional y no seguirles el juego, quedarnos quietos en nuestro interior así la mente nos diga que, si lo hacemos, nos arriesgamos a dejar que la ansiedad se perpetúe a causa de nuestra pasividad. Verás que si tratas de aplicar esta estrategia, el ego pronto te dirá: “Sí, es interesante esto de sentir, pero no te atrevas a hacerlo ahora; primero, soluciona este problema que tengo para ti, ya que así realmente podrás hacerle frente a la causa de la ansiedad. Después tendremos tiempo para juegos espirituales de silencio interior”.

Llevamos vidas haciéndole caso al ego, y la ansiedad permanece. Su camino solo nos conduce a breves instantes de alivio seguidos de un malestar que se vuelve cada vez más profundo. Tal vez es hora de no seguir más su juego y parar, parar y sentir plenamente, hasta la médula, lo que sucede en nuestro interior justo ahora. En la luz plena de la consciencia la ansiedad sana de raíz, se transforma en consciencia, en amor. Pero para esto es necesario permitirle estar en nuestra consciencia tanto como quiera, sin tratar de arrancarla, sino observándola con profundo amor, arriesgándonos incluso a la posibilidad de que esté allí para siempre.

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El origen del mal olor

Imagina que vives en un gran palacio y empiezas a percibir un mal olor. Algo se está pudriendo en alguna parte, pero no sabes exactamente dónde.

Hay varias estrategias para hacerle frente a esta situación.

La menos efectiva es huir del castillo y esperar que a tu regreso el miasma y su causa hayan desaparecido mágicamente.

También puedes usar perfumes para esconder el olor. Así mitigarás la incomodidad por un rato, pero el hedor continuará haciéndose más fuerte y en algún momento ya no podrás ocultarlo más.

Una aproximación más proactiva es empezar a buscar la causa. Esto, no obstante, puede ser muy difícil, especialmente si el palacio tiene muchas habitaciones y recovecos. Si buscas de forma frenética, corriendo de un lado para otro y removiendo trastes aquí y allá a cada paso, te agotarás y será poco probable que halles lo que se está pudriendo.

Tal vez lo mejor es quedarte quieto, simplemente oliendo. Cada vez con más atención. De esta forma, tu olfato te guiará hacia el origen del miasma. Esta es, tal vez, la estrategia más incómoda, pues implica sentir plenamente aquello que te incomoda, pero es la más efectiva. Entre más plenamente habites el palacio, más fácil será encontrar aquello que debes limpiar. Eso implica permitirte estar en presencia del mal olor. No se trata de huir ni tampoco de pretender que no está allí o que no te afecta. Se trata, simplemente, darle tu atención plena.

Así mismo sucede cuando algo disuena en nuestro interior. Huir mendiante distracciones no hará que el malestar se vaya. Tratar de quitarnos esa sensación de encima a la fuerza tampoco ayudará mucho. El gran trabajo está en permitirnos sentir plenamente eso que nos duele, para que así su causa le sea revelada a nuestra consciencia. Se trata, pues, de amar y habitar aquellos recovecos en los que nos sentimos menos cómodos. Se trata de caminar, con calma, hacia aquello que más nos duele y mirarlo con atención. Esa es la mejor manera de sanar. Esa es la mejor manera de mantener reluciente nuestro palacio.

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El problema de la corona dorada

Cuenta la leyenda que Hierón, rey de Siracusa, mandó a hacer una corona de oro, para lo cual le dio exactamente un lingote de oro al orfebre encargado. Cuando recibió la corona, Hierón sospechó que el orfebre lo había engañado y no había usado todo el oro en la corona, sino que había reemplazado una parte con plata. Sin embargo, como el peso de la corona coincidía con el peso del lingote que le había entregado, parecía no haber manera de saber si la corona era de oro puro o no.

Para solucionar este problema Hierón llamó a Arquímedes, famoso sabio y matemático de la época. Arquímedes sabía que el oro es más denso que la plata, lo que quiere decir que si hay dos objetos de igual peso, pero uno es de plata y otro es de oro, el de oro ocupará un menor volumen. Por tanto, si Arquímedes pudiera calcular el volumen exacto de la corona, podría saber si era de oro, ya que tendría que ocupar exactamente el mismo volumen que un lingote de oro; si tenía plata mezclada, su volumen sería mayor. Pero ¿cómo saber el volumen de la corona? En esa época no había una técnica para calcular el volumen exacto de objetos irregulares, por lo que el problema parecía muy difícil.

Se dice que Arquímedes pensó por largo tiempo sin encontrar una solución. Un día, cansado ya de darle vueltas en su cabeza al problema y sin saber qué más podía hacer, decidió tomar un baño caliente para relajarse. Mientras flotaba en la bañera, se dio cuenta de que su cuerpo había desplazado cierta cantidad de agua. Entonces salió de la tina eufórico y corrió desnudo por las calles de Siracusa gritando “¡Eureka!”, que en griego quiere decir “Lo encontré”.

Había solucionado el problema. Podía conocer el volumen de la corona sumergiéndola en agua y midiendo el volumen de la cantidad de agua desplazada.

***

Este es un gran ejemplo de cómo funciona la genialidad, y contiene grandes enseñanzas sobre cómo afrontar los problemas.

Mientras Arquímedes estuvo pensando obsesivamente, no pudo encontrar la solución; cuando se relajó y se permitió retirar su atención del problema, la solución apareció.

Moraleja: a veces el principal obstáculo que nos impide ver la solución es que no dejamos de pensar en el problema. A veces debemos relajarnos para que la solución pueda llegar. A veces, la solución no aparece cuando pensamos con más intensidad, sino cuando dejamos de pensar.

Cuando nos relajamos, permitimos la entrada a una inteligencia más grande que nosotros mismos. En medio de la relajación nos conectamos con la sabiduría del universo que fluye a través de nosotros si se lo permitimos.

Fue así como Arquímedes encontró la solución al problema de la corona dorada. Tal vez pueda funcionar para ti. Tal vez es momento de relajarte y dejar de pensar obsesivamente en el problema.

A veces ni siquiera sabemos cuál es el problema

Pensar obsesivamente es la forma como el ego resuelve los problemas. Y el ego tiene una visión muy limitada. Está encasillado en sus deseos y preconcepciones; no está abierto al infinito universo de posibilidades que existe en la realidad. Es más, a veces el ego cree erróneamente saber cuál es el problema, lo que le impide mirar las cosas de otra manera.

Esto no solo se aplica a problemas científicos, es muy útil en todos los planos de la vida.

En un taller de Un Curso de Milagros al que asistí hace poco, pusieron un ejemplo que me pareció ilumimador. Imagina que le has pedido a tu pareja el favor de sacar la basura y él o ella lo olvida. Te enfureces y aparece un problema. El ego pregunta: ¿qué debo hacer para que me respete?, ¿deberé gritarle?, ¿cómo puedo hablarle para que no olvide lo que le pido?, ¿será momento de romper la relación?

El ego hace muchas preguntas, y estas preguntas muchas veces lo alejan de la mejor solución. Es como si Arquímedes se quedara pensando en cómo usar una regla para medir el volumen de la corona. Al enfocarse en esa posibilidad, pierde de vista otras formas de ver el problema.

No creas que sabes más o menos cómo debe lucir la solución. Tal vez es algo totalmente inesperado que no podrías haber imaginado desde la perspectiva limitada de tu ego.

Tal vez si te relajas y te conectas con tu corazón, la respuesta sea: “Dale un abrazo y olvida que no sacó la basura”; tal vez sea: “Saca tú la basura”; o tal vez “Dile lo que sientes”. Hay infinitas opciones. Muy pocas veces la solución propuesta por tu mente limitada coincidirá con la respuesta del universo.

Pero para acceder a esa sabiduría tenemos que ser capaces de entregar el problema, de dejar de buscar la solución por nuestra cuenta y confiar, pues sin confianza no es posible la ralajación y sin relajación no es posible oír la voz del corazón.

Es difícil dejar de pensar en los problemas porque al ego le encanta hacerlo, ya que resolver problemas y tener algo contra lo que luchar lo refuerzan y le dan sentido de importancia.

Además, al luchar y tratar de solucionar las cosas por nuestra cuenta sentimos la adrenalina, la emoción del problema. Y esa sensación se vuelve adictiva. Es por eso que a veces nos volvemos adictos al drama y a nuestros problemas.

La invitación es, entonces, a que comiences a dejar la adicción de luchar por tu cuenta con los problemas y te relajes. Escucha en silencio profundo. Tal vez tienes ayuda a tu disposición. Tal vez la solución está esperando a que tu ego se haga a un lado y tu mente se aquiete para que puedas verla.


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