A veces, la mejor forma de avanzar es parar

A veces entorpecemos nuestros proyectos cuando no logramos desconectarnos de ellos. Por ejemplo, cuando sembramos las semillas y después no podemos dejar de mirarlas a ver si han crecido. Claro, hay que revisarlas de vez en cuando. Pero estar las 24 horas encima no va a ayudar. Y, si en el afán de hacerlas crecer les echamos más agua de la necesaria, podemos terminar matando las semillas.

Así mismo, a veces no paramos de pensar en nuestros proyectos y en lo que queremos lograr. Esto no nos ayuda a conseguir lo que queremos, pues drena nuestra energía y nos impide descansar. Además, al no desconectarnos, nuestra mente pierde claridad, como les sucede a todas la mentes que no tienen el descanso suficiente. Y esa falta de claridad, sumada a la ansiedad por obtener el resultado que buscamos, puede llevarnos a emprender acciones contraproducentes, como echar demasiada agua o tratar de recoger la cosecha antes de tiempo.

Por tanto, desconectarnos de nuestros proyectos es una parte fundamental de lograr que tengan éxito; pero, sobre todo, es una parte fundamental de estar plenos mientras los llevamos a cabo. Pues, incluso si llegamos a la meta, no habrá valido la pena si llegamos enfermos, sin energía vital y sin dicha; en cambio, si estamos felices y plenos, el camino habrá valido la pena, incluso si no llegásemos a nuestra meta.

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¿Qué hacer con ese ruido?

¿Te ha pasado que tratas de estar en paz, meditas, tratas de enfocarte en el momento presente, pero no te dejan? ¿Hay mucho ruido? ¿Te interrumpen constantemente? ¿Hay caos a tu alrededor y no puedes relajarte ni concentrarte en tu práctica meditativa? ¿Y justo cuando ya todo está resuelto y puedes descansar, un bebé comienza a llorar…?

Si te sientes identificada con alguna de estas situaciones, entonces tengo una muy buena noticia para ti: tienes ante ti la oportunidad de comenzar una poderosa práctica espiritual.

Un ejercicio que propone el maestro Eckhart Tolle es usar los ruidos y las situaciones a nuestro alrededor que nos incomodan para practicar la rendición espiritual. (Si te interesan las meditaciones propuestas por Eckhart Tolle, no te pierdas este video).

La idea es asumir estas situaciones como oportunidades para aceptar el momento presente exactamente como es.

La mente nos dice que, si ese ruido dejara de sonar, si esa persona se callara, si apagaran ese televisor, entonces podríamos estar en paz. Pero, si estamos buscando cambiar el afuera para tener paz, es porque no hemos encontrado aún la paz verdadera dentro de nosotros. Y esa paz la alcanzamos cuando hacemos las paces con el momento presente; es decir, con este momento, exactamente este, como es.

Hacer las paces con el momento presente implica estar en paz sin importar lo que suceda a nuestro alrededor. No se trata de no tener emociones. Se trata de conectarnos con una paz interior que está más allá de la alegría y la tristeza. Es una sensación de espacio profundo que puede albergar cualquier emoción. Sí: podemos estar tristes y en paz, e incluso podemos tener ira y estar en paz. La emoción sólo está en la superficie del cuerpo. Pero cuando nos conectamos con nuestra esencia más profunda, que va más allá del cuerpo, surge una paz que es independiente de lo que sucede en la superficie.

Hay situaciones muy extremas que requieren un alto grado de maestría espiritual para poder hacer las paces con ellas. Y, al menos la mayoría de nosotros, tenemos que practicar antes de poder contactar esa paz profunda dentro de nosotros.

Sin embargo, podemos empezar por cosas pequeñas. Escoge un ruido que te moleste a veces. Puede ser el ruido de los carros que tocan la bocina en medio de los atascos del tráfico, o quizás el ruido de los vecinos por la mañana o a altas horas de la noche. O tal vez es el llanto de tus hijos o de los hijos de tus amigos o familiares. O tal vez es incluso el sonido de la voz de tu pareja cuando te recrimina.

Cada vez que aparezca ese sonido, úsalo como una alarma que indica que es momento de comenzar el ejercicio espiritual. No huyas del sonido. No trates de calmarlo. No trates de distraerte. No te pongas a pelear, ni externamente ni en tu mente, con quienes producen el sonido. Es un regalo. Es el fundamento de tu práctica espiritual, así que agradéceles.

Ten la intención de aceptar plenamente el sonido. Esto quiere decir: dale toda tu atención y permite que el ruido se quede tanto como quiera.

Observa con mucha atención en esos momentos tus emociones, sensaciones y pensamientos. Observa. Toma consciencia de la presencia que observa. Ve profundo. Observa desde la profundidad el ruido que está en la superficie y mira cómo produce olas de emociones y pensamientos a su alrededor. Simplemente observa.

Con práctica, verás que puedes conectarte con una paz profunda en medio del ruido. Y has llegado a esa paz gracias al ruido. ¿No es una oportunidad maravillosa?

Algunas recomendaciones:

No te fuerces: Si hay una situación muy extrema y no te puedes rendir, no te fuerces. Comienza con cosas pequeñas, con algo que no tenga una gran carga emocional para ti. Si el sonido de los carros te altera demasiado, escoge otro menos intenso con el que empezar a practicar. Ve poco a poco. Comienza a elegir situaciones cada vez más intensas, pero asegúrate de que el proceso es fluido y de que no te estás forzando.

No te reprimas: ¿Cómo saber si te estás forzando? Cuando te fuerzas, hay represión. Sientes las emociones con gran intensidad y hay gran malestar en ti. Lo soportas, pero te hace daño. Si este es el caso, es importante que liberes la energía. Si quieres, intenta la práctica, pero después asegúrate de dejar salir las emociones. Si te cargas de molestia, canaliza esa energía de forma sana: corre, grita, haz ejercicio, golpea una bolsa de boxeo. No te quedes con la energía adentro si sientes que te sobrepasa. A medida que avances, esa misma energía podrás transformarla en consciencia y amor puro y entonces ya no tendrás que liberarla, pues no habrá riesgo de que la reprimas. Pero, mientras llegas a ese punto, tómalo con calma y deja salir la energía tantas veces como sea necesario.

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Y mira este video para ver meditaciones poderosas que puedes aplicar en tu vida cotidiana inspiradas en Eckhart Tolle y Un Curso de Milagros.

Atrévete a brillar

Quedarme en mi casa pintando puede requerir disciplina y tiempo. Pero más difícil que eso es tener la valentía de mostrarles mis pinturas a mis amigos. Y más difícil aún es exponerlas para que pueda verlas todo el mundo.

Al mostrarle nuestro trabajo al mundo asumimos responsabilidad por él y nos abrimos a ser criticados y juzgados. Nos abrimos a la posibilidad de no gustarles a los demás o decepcionarlos. Y esto requiere valentía.

A veces la parte más difícil del proceso creativo es mostrarle nuestro trabajo al mundo. Y a veces, a causa de los miedos asociados a lo que el mundo pueda pensar, preferimos dejar de crear o escondemos nuestro trabajo.

Y esto no sólo aplica para los pintores. Si trabajas en una compañía y se te ocurre una idea, requiere valentía compartirla con los demás e invitarlos a ponerla en práctica. Tal vez no funcione. Tal vez se burlen de ti. Tal vez sea un error. Tal vez alguien se enfade o se incomode ante tu sugerencia. Entonces preferimos quedarnos callados y hacer un trabajo que no implique responsabilidad alguna.

Pero la verdad es que el mejor regalo que le podemos dar al mundo es compartir nuestro trabajo y nuestras ideas y asumir plena responsabilidad por nuestras creaciones. Y para poder este regalo debemos tener la valentía para decir “Este es mi trabajo”. “Esta es mi idea”. “Yo hice eso”. “Propongo que vayamos por aquí”.

A veces funcionará y a veces no. A veces les gustará a los demás y a veces no. Pero siempre creceremos y mejoraremos. Y al atrevernos a fracasar, iremos más allá del miedo y estaremos listos para el éxito. Pues cuando pase en nuestra mente esa gran idea que sí va a funcionar, no dudaremos y la lanzaremos al mundo sin temor, y entonces podrá florecer.

No ocultes tu luz por miedo a decepcionar o por miedo a ser juzgada o criticada. Atrévete a brillar plenamente. No le niegues tus regalos al mundo, pues al compartirlos verás tu propia luz reflejada afuera y la sentirás brillar con mayor intensidad dentro de ti. Entonces sabrás que, como dice Un Curso de Milagros, “Todo lo que doy es a mí mismo a quien se lo doy”.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @corwwin

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¿Qué problema tienes en este momento?

No mañana, ni en 5 minutos, sino justo ahora, ¿tienes algún problema?

Esta es una pregunta que plantea frecuentemente el maestro Eckhart Tolle en sus charlas, al igual que otros maestros que he escuchado.

La gran mayoría de las veces, la respuesta será que no. No hay algo que tengas que resolver justo ahora. En el tiempo todos tenemos problemas. En la historia de nuestro ego todos tenemos cosas que arreglar. Cuando vivimos completamente en el ahora, la mayoría de esos problemas desaparecen.

Si tuvieras realmente un problema ahora, no estarías leyendo esto sino lidiando con aquel. Por supuesto, no me refiero a un problema en tu mente sino a un problema en el mundo real.

Tal vez digas: “Pero mi vida entera es un problema”. Y puede que sea cierto, pero solo desde el punto de vista del ego. Si puedes dejar por completo el pasado y el futuro y poner toda tu atención en este momento, verás que tu vida se vuelve muy simple. Muy simple.

El ego, tu identidad falsa, no soporta este ejercicio, pues está construido a partir de la historia que nos contamos en el tiempo. En el presente el ego desaparece y solo queda la vida verdadera, el ser, tu presencia radiante que alumbra todo lo que experimentas justo ahora.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Max Trafford.

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Ansiedad

La ansiedad es, ante todo, una sensación física desagradable. Usualmente la sentimos en el pecho. Es una sensación de opresión, de falta de espacio interno. Algo así como si tuvieramos claustrofobia y el recinto que produce la sensación de asfixia fuera nuestro propio interior.

Al igual que con la claustrofobia, la reacción más normal ante la ansiedad es querer escapar, tratar de alejarnos lo más posible de esa sensación y de aquello que percibimos como su causa. Así, ante la ansiedad tratamos de escapar de nosotros mismos y procuramos desconectarnos de nuestras emociones más profundas. Para esto recurrimos a cualquier cosa que nos distraiga. Miramos afuera, buscamos estímulos que consuman nuestra atención y nos impidan ponerla en aquello que nos causa dolor.

A veces nos atrevemos a mirar las emociones y reconocerlas, pero tratamos de quitárnoslas de encima mediante una estrategia urdida por el ego. El ego usualmente cree que la causa de la emoción es externa y, por tanto, trata de modificar las circunstancias externas con la esperanza de que así la sensación desagradable se apaciguará. Este tipo de estrategias pueden funcionar al comienzo, pero no tienen un efecto duradero. La razón es que la causa última del malestar no son las situaciones externas. Estas situaciones lo único que hacen es detonar el malestar, pero la semilla de ese malestar está en nuestro interior. El mundo externo sirve simplemente como un espejo que nos muestra lo que hay en nuestro interior.

Cuando tratamos de calmar la ansiedad cambiando lo que sucede afuera nuestro nos volvemos obsesivos y controladores. El ego tiene ideas sobre aquello que debería pasar o cambiar para que la ansiedad amaine y él pueda sentirse satisfecho, pero son fantasías; así logre todo lo que se propone, la ansiedad volverá a emerger.

Por tanto, a largo plazo, todo lo que hagamos desde un lugar de ansiedad solo nos traerá más ansiedad.

Lo más incómodo para el ego y lo más efectivo para calmar la ansiedad es sentirla plenamente, observar cómo nuestros pensamientos comienzan a tejer fantasías para huir del dolor emocional y no seguirles el juego, quedarnos quietos en nuestro interior así la mente nos diga que, si lo hacemos, nos arriesgamos a dejar que la ansiedad se perpetúe a causa de nuestra pasividad. Verás que si tratas de aplicar esta estrategia, el ego pronto te dirá: “Sí, es interesante esto de sentir, pero no te atrevas a hacerlo ahora; primero, soluciona este problema que tengo para ti, ya que así realmente podrás hacerle frente a la causa de la ansiedad. Después tendremos tiempo para juegos espirituales de silencio interior”.

Llevamos vidas haciéndole caso al ego, y la ansiedad permanece. Su camino solo nos conduce a breves instantes de alivio seguidos de un malestar que se vuelve cada vez más profundo. Tal vez es hora de no seguir más su juego y parar, parar y sentir plenamente, hasta la médula, lo que sucede en nuestro interior justo ahora. En la luz plena de la consciencia la ansiedad sana de raíz, se transforma en consciencia, en amor. Pero para esto es necesario permitirle estar en nuestra consciencia tanto como quiera, sin tratar de arrancarla, sino observándola con profundo amor, arriesgándonos incluso a la posibilidad de que esté allí para siempre.

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El origen del mal olor

Imagina que vives en un gran palacio y empiezas a percibir un mal olor. Algo se está pudriendo en alguna parte, pero no sabes exactamente dónde.

Hay varias estrategias para hacerle frente a esta situación.

La menos efectiva es huir del castillo y esperar que a tu regreso el miasma y su causa hayan desaparecido mágicamente.

También puedes usar perfumes para esconder el olor. Así mitigarás la incomodidad por un rato, pero el hedor continuará haciéndose más fuerte y en algún momento ya no podrás ocultarlo más.

Una aproximación más proactiva es empezar a buscar la causa. Esto, no obstante, puede ser muy difícil, especialmente si el palacio tiene muchas habitaciones y recovecos. Si buscas de forma frenética, corriendo de un lado para otro y removiendo trastes aquí y allá a cada paso, te agotarás y será poco probable que halles lo que se está pudriendo.

Tal vez lo mejor es quedarte quieto, simplemente oliendo. Cada vez con más atención. De esta forma, tu olfato te guiará hacia el origen del miasma. Esta es, tal vez, la estrategia más incómoda, pues implica sentir plenamente aquello que te incomoda, pero es la más efectiva. Entre más plenamente habites el palacio, más fácil será encontrar aquello que debes limpiar. Eso implica permitirte estar en presencia del mal olor. No se trata de huir ni tampoco de pretender que no está allí o que no te afecta. Se trata, simplemente, darle tu atención plena.

Así mismo sucede cuando algo disuena en nuestro interior. Huir mendiante distracciones no hará que el malestar se vaya. Tratar de quitarnos esa sensación de encima a la fuerza tampoco ayudará mucho. El gran trabajo está en permitirnos sentir plenamente eso que nos duele, para que así su causa le sea revelada a nuestra consciencia. Se trata, pues, de amar y habitar aquellos recovecos en los que nos sentimos menos cómodos. Se trata de caminar, con calma, hacia aquello que más nos duele y mirarlo con atención. Esa es la mejor manera de sanar. Esa es la mejor manera de mantener reluciente nuestro palacio.

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El regalo más valioso que podemos dar

El mayor regalo que le podemos hacer a quienes nos rodean es nuestra presencia, nuestra vida, nuestro tiempo.

Para poder dar ese regalo, es necesario que tengamos la capacidad de estar presentes. Si estamos perdidos en el pasado o el futuro en nuestra mente, nuestro cuerpo estará allí pero nosotros estaremos ausentes.

Por tanto, para poder compartir con los demás debemos sentirnos cómodos con nosotros mismos, con nuestra presencia. En efecto, si no estamos cómodos con nosotros mismos, evadiremos nuestra propia presencia y, por tanto, no podremos regalársela a los demás.

Cuando tratamos de huir de nosotros somos como ese amigo que no puede dejar de mirar su celular mientras comemos con él. Es agradable ver su cuerpo y saber que está bien, pero sería mucho mejor poder entrar en contacto profundo con él, y para eso él debe estar disponible.

La mejor manera de aprender a estar cómodos con nosotros mismos es practicando, es decir, pasando tiempo a solas sin distracciones, de manera consciente. La meditación es una herramienta maravillosa para eso.

En consecuencia, pasar tiempo a solas nos capacita para brindarles a los demás el regalo de nuestra presencia.

No creas, por tanto, que buscar estar a solas es egoísta. En tu soledad está ya la semilla del regalo más valioso que puedes darles a los demás.

Tomado de la cuenta de Instagram de @derekvculver

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El mindfulness o la atención plena

Un amigo me invitó a trabajar en una aplicación para reducir el estrés. Numerosos estudios muestran la efectividad del mindfulness o la “atención plena” para reducir el estrés y la depresión. Por eso, algunas de las meditaciones que se incluyen en la aplicación se relacionan con el mindfulness.

Como parte del desarrollo de la aplicación mi amigo me pidió que escribiera un texto breve relacionado con el mindfulness como complemento a los audios que contienen las meditaciones. Este es el texto que escribí.

Este momento es lo único que existe. El pasado ya dejó de existir y el futuro todavía no existe. Por tanto, lo único que es cien por ciento real es esto, este momento, mientras lees estas palabras. Esa es la realidad. Tus pensamientos sobre el pasado y el futuro son solo eso: pensamientos.

Cuando aprendas a habitar de manera frecuente en el momento presente, comenzarás a gozar de paz y tranquilidad. Pues la gran mayoría de los problemas y las preocupaciones ocurren en nuestra mente, en nuestra imaginación, pero no tienen lugar exactamente en este momento.

El principio básico de la atención plena o mindfulness consiste en estar en el momento presente. Es decir, consiste en prestarle atención a este momento.

Si observamos nuestra mente, nos daremos cuenta de que continuamente está pensando en el pasado o en el futuro. Cuando pensamos en el pasado, muchas veces nos resentimos y tenemos arrepentimientos o culpas. Cuando pensamos en el futuro muchas veces nos preocupamos y anticipamos situaciones desagradables o dolorosas. Gran parte del estrés que experimentamos se genera porque nuestra atención está en el pasado y en el futuro.

Por supuesto que a veces tenemos que pensar en el pasado o en el futuro para poder funcionar de manera adecuada en el mundo. Sin embargo, si pensamos en exceso en el pasado y el futuro, deja de ser útil y nuestros pensamientos se convierten simplemente en una fuente de estrés y malestar.

La invitación del mindfulness es a no pensar tanto en el pasado y el futuro y permitirnos estar plenamente del momento presente. Esto es difícil al comienzo, pues la mente está acostumbrada a vagar por el pasado y el futuro. En consecuencia, se requiere un entrenamiento para aprender a estar plenamente en el ahora.

Algo que ayuda mucho a traer la atención al momento presente es la respiración y la consciencia de nuestro cuerpo. Ahora mismo, mientras lees esto, toma consciencia de tu respiración. Lleva tu atención a tu respiración. Al hacerlo, tomas consciencia de este momento, pues tu respiración está sucediendo justo ahora.

Así, cuando te des cuenta de que tienes muchos pensamientos y te sientas estresado o atormentado, prueba llevar tu atención a este momento. Siente tu respiración. Toma consciencia de tu cuerpo. Toma consciencia de los objetos que te rodean. Trata de no pensar sobre lo que ves o experimentas, simplemente obsérvalo, siéntelo profundamente.

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El cuerpo del dolor

A veces el más pequeño de los detalles desata en nosotros una tormenta de malestar. A veces algo realmente pequeño y ridículo. Hay días que recuerdo haber sufrido durante horas por no encontrar un calcetín. Esto a pesar de que fácilmente podría comprar otro y de que en realidad no me hace ninguna falta.

Por supuesto, no se trata del calcetín. Se trata de momentos en los que estoy muy inconsciente y con un dolor emocional latente. Y ese dolor emocional “busca” excusas externas para activarse. Cuando estoy así, puede que aparezca el calcetín, pero mi mente no tardará en encontrar un problema substituto para justificar mi sufrimiento. Cualquier cosa sirve. El clima. Una mirada. Una noticia. Un pensamiento al azar.

En palabras de Eckhart Tolle, podríamos decir que en esos momentos mi “cuerpo del dolor” está activo.

Tolle señala que cuando no nos permitirmos sentir plenamente una emoción desagradable, la carga energética de esa emoción se adhiere a nuestro cuerpo emocional latente, al cúmulo de emociones estancadas al cual él llama “el cuerpo del dolor”.

Cuando ese cúmulo de emociones se activa, sentimos un gran malestar interno que parece no tener causa o, más bien, que parece ser causado por cualquier cosa.

Una grán práctica espiritual consiste en observar el cuerpo del dolor cuando éste se activa. Sentir plenamente las emociones que emergen. Observar los patrones de pensamiento que resuenan con esas emociones, usualmente pensamientos densos, repetitivos y angustiantes. No creerles a esos pensamientos, no actuar como si dijeran la verdad; simplemente observarlos y sentir las emociones con las que se encadenan.

Cuando tomamos consciencia, esas emociones densas se convierten en combustible para la consciencia. Son transmutadas por nuestra presencia interna. Y esto da lugar a un despertar.

Cuando el cuerpo del dolor está activo, es difícil estar presentes. Las emociones son muy densas y no queremos sentirlas. Es más fácil creer que la causa de ellas está afuera de nosotros. Es fácil entablar una pelea con lo que sucede afuera. Como durar una hora desordenando el cuarto para buscar un calcetín. Por tanto, esta práctica espiritual requiere de tener una intención fuerte y de ejercitar constantemente nuestra capacidad de prestar atención al momento presente.

Por supuesto que vale la pena. Al menos la ha valido para mí. A veces, después de tomar consciencia del cuerpo del dolor, me siento como si estuviera despertando de un mal sueño. Vuelvo a mirar a mi alrededor y el mundo ha cambiado. A veces veo las mismas cosas que antes me hacían sufrir y me parece increíble que mi paz se haya perdido por ellas. A veces volteo a mirar a aquel que creía que me estaba atacando y veo que en realidad estaba tratando de ayudarme. A veces me da una risa que trae gran alivio consigo. Por ejemplo, al ver como la falta de un calcetín causa un disparate.


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Elogio de la lentitud

Hay una recomendación sabia que dice: medita al menos una hora al día, a menos que no tengas suficiente tiempo, en ese caso medita al menos dos horas al día.

Estar de afán es un estado mental. Creer que tenemos que correr constantemente y que no hay tiempo para lo importante es, la mayoría de las veces, una enfermedad, una distorsión de la percepción.

La velocidad tiene inercia. Después de que te acostumbras a andar rápido, te cuesta trabajo desacelerar. Y es fácil en nuestra sociedad de hoy en día caer en la ilusión de que debemos ir rápido.

La gente en la calle camina rápido. Los carros van rápido. Si vas muy lento en tu coche, se enfadarán contigo y te arrebasarán raudos y furiosos.

Almorzamos rápido. Hacemos el amor rápido. Jugamos rápido. Nos bañamos rápido. Nos vestimos rápido.

Nos da miedo quedarnos atrás en la carrera. Nos da miedo que quienes van más rápido nos quiten lo que deseamos.

¿A dónde queremos llegar con tanto afán?

¿En realidad es tu tiempo tan precioso que tienes que tratar de ahorrar unos pocos segundos aquí y allá todo el tiempo? ¿Para qué lo estás ahorrando, qué vas a hacer con esos ahorros de tiempo? ¿Pasar más tiempo en redes sociales? ¿Ver más televisión? ¿Ir a cine los fines de semana? ¿Ganar más dinero? ¿Y luego qué? ¿Seguir corriendo hacia dónde? ¿Cuándo crees que por fin vas a poder descansar, cuando seas millonario? La inercia no te dejará desacelerar. Pues la verdad es muchas veces que no vamos acelerados porque lo necesitemos, sino por un hábito que se ha arraigado en nuestras vidas.

Hay algo cierto y es que entre más rápido viajes más difícil te será disfrutar del paisaje, de los sabores, de las sensaciones, de la calidez de quienes nos rodean. Entre más te afanes, más difícil será para ti disfrutar de aquello que consigues con tanto afán.

Para. Puedes parar. Ahora y casi siempre puedes parar. Vivir en estado de emergencia es, en el 99% de los casos, una elección. Si estuvieras en el 1% que de verdad tiene una emergencia, probablemente no estarías leyendo esto.


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