La mejor forma de ayudar al mundo

Muchas veces buscamos ayudar, buscamos compartir lo que nos ha servido para ayudar al mundo.

En este video sugiero que la mejor forma de ayudar al mundo y compartir lo que nos ha servido a nosotros es a través de nuestra vibración, a través de nuestra experiencia interna, a través de la paz y el amor que irradiamos.

Te invito a ver este video en el que profundizo sobre este tema.

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¿Qué es primero, arreglar los errores o estar en paz?

Cuando nos damos cuenta de que hemos cometido un error, es natural sentir miedo y ansiedad. Miedo por las consecuencias del error y ansiedad por querer arreglar la situación pronto.

Sin embargo, al tratar de solucionar una situación desde la ansiedad, por lo general no logramos más que empeorarla.

La culpa y el miedo nos llevan a querer arreglar todo ya. Pero en ese afán estamos desconectados de nuestro corazón y de nuestra sabiduría más profunda.

Seguir ese juego es como tratar de apagar un incendio con gasolina.

Es muy difícil detenernos y buscar silencio y paz interior en medio de la culpa y la ansiedad que se generan al haber cometido un error, sobre todo porque entonces tendemos a creer que la única manera de encontrar paz interior es solucionando el problema que causamos.

“Una vez arregle lo que dañé, una vez repare mis faltas, podré estar en paz”, dice el ego. Es un truco.

La verdad es que nuestro acceso a la paz interior no depende del pasado y, por tanto, no depende de lo que hayamos hecho o de los errores que hayamos cometido.

No trates de arreglar tus errores antes de estar en paz. Y no creas que primero debes arreglarlos para poder encontrar la paz.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de @_jasonlife_

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La culpa, el ataque y el perdón

Hacer sentir culpable a alguien es una forma de venganza. La culpa es dolorosa; por tanto, al hacer que otro se sienta culpable lo estamos atacando. El verdadero perdón no pide culpa a cambio, pues no ataca. Atacar implica ausencia de perdón, y perdón implica ausencia de ataque.

Esto que acabo de decir es obvio. Lo que no es tan obvio es que cuando me siento culpable por lo que le he hecho a otra persona también la estoy atacando. Es decir: sentir culpa es una forma de atacar.

Sentirme culpable por lo que le hice a alguien es lo mismo que convertir a esa persona en la causa de mi culpa. En consecuencia, dado que la culpa implica sufrimiento, al sentirme culpable convierto al otro en la causa de mi dolor. Y esto es un ataque contra el otro.

Al hacer que el otro sea la causa de mi culpa y, por tanto, de mi dolor, ataco la realidad de esa persona. Le estoy diciendo que él puede herirme. Le estoy diciendo que es mi enemigo, ya que sufro por él. Le estoy diciendo, en últimas, que me ha herido y que por consiguiente también hay razones para que se sienta culpable. Si él comparte mi interpretación, se sentirá culpable y así mi ataque tendrá como fruto la culpa y el dolor de mi hermano.

Y esto es así tanto si me siento culpable en relación con otra persona como si me siento culpable por algo que me hice a mí mismo o si hice una acción que no afecta directamente a otra persona pero que está mal según mis creencias. Por ejemplo, si hago algo que creo que es malo porque creo que ofende a Dios, y me siento culpable por eso, convierto a Dios en mi enemigo en mi mente; lo convierto en la causa de mi sufrimiento. Por Su culpa es que siento culpa, pues son sus reglas las que han abierto la posibilidad de que yo me haga daño a mí mismo. Esto, por supuesto, es una locura que solo puede tener lugar en nuestras mentes. La vida jamás será nuestra enemiga. Dios jamás será nuestro enemigo ni nos pedirá que sintamos culpa por algo. La culpa es una enfermedad de la mente, no un reflejo de la justicia divina. La idea de que la justicia divina requiere de culpa y castigo es una locura. Dios nunca condena. Por tanto, nunca perdona, pues para perdonar es necesario primero haber condenado, como lo señala de manera hermosa Un Curso de Milagros. Es solo por nuestras creencias que sentimos culpa. Es solo nuestro perdón el que necesitamos.

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El propósito de esta reflexión es invitarte a contemplar los efectos de la culpa. La culpa no solo no sirve para nada positivo, pues no arregla el pasado ni repara la herida, sino que además perpetúa el ciclo de ataque y contraataque.

En este punto es necesario hacer una advertencia: esta no es una invitación a sentirnos culpables por sentir culpa. Eso sería solo una locura que va en contra del propósito de esta reflexión, que es invitarnos a dejar la culpa de lado.

La culpa es de lo más normal que hay en nuestro actual estado de consciencia. Estamos programados para sentirnos culpables. Pues estamos programados para pensar que debemos ser castigados por lo que hacemos que juzgamos como malo. Creemos que debemos ser perdonados, que el perdón exige un pago a cambio, y que usualmente exige nuestro sufrimiento como pago. Esa es la idea del purgatorio: un lugar al que debemos ir a sufrir para poder expiar nuestros pecados.

Así, creemos que sentirnos culpables está bien, pues lo interpretamos como parte del castigo por el que debemos pasar para ser redimidos. Es esa misma idea de que Dios nos condena y exige nuestro sufrimiento a cambio de su perdón.

Por tanto, dadas nuestras creencias, nuestra cultura y nuestro estado actual de consciencia, sentir culpa es perfectamente normal. Es una enfermedad que debemos sanar, no una razón más para sentirnos culpables. Sentir culpa por sentir culpa sería como sentir culpa por tener dolor de cabeza. Sana, pero no te juzgues por estar enfermo.

Y esta posibilidad de sentir culpa por la culpa es algo común en los caminos espirituales. Hace parte de los juicios de segundo nivel, que le encantan al ego espiritual. Es así que, una vez se nos dice que dejemos de juzgar para ser libres y felices, a veces empezamos a juzgar a quienes juzgan y a juzgarnos cuando juzgamos. Vuelve a aparecer la misma locura, pero disfrazada de espiritualidad.

Sentir culpa por sentir culpa o juzgarnos por juzgar solo es una estrategia del ego para perpetuar la culpa y los juicios. El comienzo siempre es el perdón, el amor, la comprensión. Sólo de ahí puede tener lugar una verdadera transformación. Luego simplemente tomamos consciencia de nuestros patrones de pensamiento, los observamos en paz y los dejamos ir amorosamente. “Ah, ahí está la culpa de nuevo”. “Ah, ahí están mis juicios”. Los amo. Los dejo ir, pues soy consciente de su locura. No hay necesidad de castigarme ni juzgarme por eso. Puedo perdonarme y estar en paz.

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¿Y si dejas de pelear?

Hoy hablé con una amiga y al comienzo de nuestra conversación me sentí mal. Ella me hizo preguntas incómodas, dirigidas a cuestionar mis decisiones. Yo me cerré, empecé a defenderme, a justificarme y a contraatacar con otras preguntas.

De repente, en medio de la discusión, miré sus ojos y caí en cuenta de que en realidad quería ayudarme. Dejé de pelear y comencé a escuchar. Aunque no me gustaba lo que me decía, me abrí a la posibilidad de que ella tuviera razón. Abrí mi corazón.

Mágicamente la conversación cambió. Y sentí un alivio en ella, como si de forma inconsciente me dijera: “Gracias por dejarme ayudarte; lo estabas poniendo difícil, pero en realidad quiero ayudarte”.

De repente, empecé a oír en sus palabras una sabiduría que no le conocía. Fue como si estuviera hablando con otra persona. Tal vez esa sabiduría siempre había estado allí, pero mis defensas no me dejaban percibirla.

No siempre encontraremos a un sabio si dejamos de pelear. Pero si siempre levantamos barreras cuando alguien nos dice algo que no nos gusta, seguramente nos perderemos muchos regalos que el universo quiere darnos a través de quienes hablan con nosotros.

A veces lo único que necesitamos hacer para recibir los regalos que el universo tiene preparados para nosotros es dejar de pelear.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Alexander Lauterbach.

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¿Es real ese problema?

Todos afrontamos problemas constantemente. Es parte de ser humanos. Es parte de lo que nos hace crecer y evolucionar. Sin embargo, es bueno tener en cuenta que no todos los problemas que rondan nuestra cabeza son reales. Algunos están solo en nuesta imaginación.

¿Cuántas veces no has imaginado peleas que nunca sucedieron? ¿Cuánto tiempo no has perdido preparando palabras que nunca pronunciaste para defenderte de un ataque que nunca llegó? ¿Cuántas veces no has imaginado el dolor de un mal que nunca se presentó?

Ese tipo de preocupación no solo desperdicia tu energía al crear pensamientos innecesarios, sino que desgasta tu cuerpo. Para tu cuerpo, esos problemas son reales. Liberas adrenalina. El corazón se acelera. Hay exceso de azucar en la sangre listo para ser usado como energía ante el peligro imaginario. Es por esto que el estrés muchas veces se somatiza.

Por eso, una de las preguntas más importantes que debes hacerte al tratar de solucionar un problema es: ¿es real o está solo en mi cabeza?

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¿Qué significa esto que me está pasando?

Cuando sentimos una emoción fuerte, tenemos un pensamiento inesperado o reaccionamos de una forma que nos asusta, es normal preguntar: ¿por qué estoy sintiendo esto?, ¿qué me pasa?, ¿cuál es el significado de esto?

En un esfuerzo inconsciente por responder esas preguntas, constantemente le atribuimos significado a lo que sentimos y a lo que pensamos, y muchas veces asignamos un significado que nos hace sufrir. Por ejemplo: sentí esto al verlo a él, eso significa que algo anda mal en nuestra amistad; he tenido tales y tales pensamientos, eso significa que mi camino espiritual va mal, o que estoy deprimido, o que no soy una buena persona; siento esto y pienso esto otro, eso significa que mi vida está mal y va hacia el abismo.

¿Por qué tenemos la necesidad de interpretarlo todo? Porque creemos que si lo entendemos podremos predecir lo que pasará, y que si lo predecimos podremos controlarlo. Y creemos que controlar es la forma de escapar del sufrimiento y asegurar un futuro feliz. Pero la verdad es que controlar nos hace infelices. Al controlar estamos constantemente tensos, estamos cerrados a lo que la vida nos quiere traer, solo nos abrimos a recibir lo que encaja en los planes que hemos elaborado para escaparnos del sufrimiento.

¿Y con base en qué interpretamos? Con base en el pasado, por supuesto. Siempre asignamos significado a este momento con base en nuestras experiencias pasadas. Dicho de otra forma: proyectamos el pasado en el presente. Si un perro nos mordió de niños, ahora siempre que vemos un perro vemos un enemigo. No vemos al perro como es ahora. Y tampoco nos vemos a nosotros mismos y a nuestros pensamientos y emociones como son ahora. Les atribuimos el significado que nos dicta el pasado. En consecuencia, estamos ciegos al presente. No vemos en realidad.

¿La alternativa? Resistir la tentación de atribuir significado a todo lo que sucede. Esta es una de las prácticas espirituales más elevadas.

En la primera lección de Un Curso de Milagros se nos pide que miremos al rededor nuestro y digamos: “esto que veo no significa nada”, “esa mesa no significa nada”, “ese cuerpo no significa nada”, “nada de lo que veo significa nada”. Y en la segunda lección se nos pide que hagamos lo mismo con nuestros pensamientos: “este pensamiento acerca de ___ no significa nada”, “nada de lo que pienso significa nada”.

Es normal sentir gran resistencia a hacer estos ejercicios. Esto es así porque creemos que la realidad de nuestra vida depende del significado que le otorgamos, y que, si se lo quitamos, nos quedamos con el vacío, y nuestro ego no puede tolerar el vacío. Creemos que sin las interpretaciones y el control del ego, terminaremos en parajes oscuros de sufrimiento. Pero esto es una ilusión. En Un Curso de Milagros dice: “Crees que sin el ego todo sería un caos, pero yo te aseguro que sin el ego todo sería amor”.

Así es, creemos que si no interpretamos, predecimos y controlamos, nuestra vida terminará mal. Pero lo cierto es que si soltamos el control y dejamos de interpretar y predecir, nos quedaremos con la verdad del momento presente, sin el velo del pasado que nos impida ver este instante como realmente es. Y en ese estado, nuestra sabiduría interior, la divinidad que habita en nosotros, reponderá a este momento de una manera mucho más sabia de lo que nuestro ego y nuestro intelecto jamás serían capaces.

Así pues, la invitación es a que te des un respiro. No tienes por qué entender lo que te pasa. No tienes por qué controlar tu destino. Y si interpretas de forma automática, como lo hacemos todos, no tienes por qué creer en esa historia que construye tu mente a partir de todo lo que pasa. Es una historia construida con base en el pasado, que ya no existe. No refleja la verdad de este momento. Solo observa. Solo siente. No tienes por qué decifrarlo. Las cosas no se volverán caóticas porque no las entiendas. Cuando sueltes, verás que todo es amor.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Yan Hidayat.

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El camino de la gratitud

Primero quiero invitarte a agradecer. A adentrarte en este momento y observar cómo la gratitud de desborda con cada respiración, cada palpitación, cada rayo de luz, cada brisa que acaricia tu piel. Y, si vas más profundo y con tu corazón abierto, la gratitud también surgirá incluso ante el dolor y la incomodidad. Le darás la bienvenida a la vida exactamente como es. Cuando permitimos que la vida sea como es, nos abrimos a recibir el gran amor que reside en cada momento, en cada experiencia, dejamos entrar las enseñanzas de cada experiencia. Nuestro corazón está abierto, no se requiere ninguna llave, no hay condiciones para entrar.

Otra opción es asumir que la vida debe ser de cierta forma. En ese estado exigimos el regalo, demandamos la cura para nuestros males. Le imponemos condiciones a la vida: voy a estar feliz, pero solo si sucede (o sigue sucediendo o deja de suceder) esto y esto y esto otro; si no se cumplen estas condiciones, no podré aceptar la realidad. Si te identificas con esta segunda opción y no sientes que la gratitud pueda fluir de manera natural, te hago una segunda invitación.

Te invito a que implemente a que tomes consciencia de si esas condiciones y exigencias que le impones a la vida te hacen sufrir. Si no hay sufrimiento, o si sientes que la única o la mejor forma de salir de ese sufrimiento es a través de la lucha, sigue buscando moldear las cosas. Sigue luchando. Trata de cambiar tu realidad. Diviértete y juega bien. Si, en cambio, hay sufrimiento y sientes que no saldrás de él a través de la lucha, simplemente obsérvalo, adéntrate en la médula de tu incomodidad. Mira cómo tu resistencia y tus exigencias se convierten en una carga. Al tomar conciencia profunda, tu percepción cambiará naturalmente.

Finalmente, te invito a abrirte a la posibilidad de que tal vez, solo tal vez, podemos estar en paz y en agradecimiento profundo aun en medio de lo que nos causa dolor. Y te invito a contemplar la posibilidad de que tal vez podemos incluso esforzarnos por cambiar la realidad, pero sin tener exigencias sobre los resultados de nuestros esfuerzos. Tal vez podemos seguir dándole la bienvenida a la vida y agradeciendo cada momento exactamente como es, mientras al mismo tiempo buscamos crear lo que nuestro corazón quiere crear, y sin importar si tenemos éxito o no en aquello que emprendemos.

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El silencio en medio del ruido

A veces creemos que para estar en paz afuera de nosotros debe haber silencio y calma. Pero la verdadera paz no implica la ausencia de ruido externo. La verdadera paz surge cuando nos conectamos con nuestro corazón y hallamos allí una quietud que vibra. La maestra espiritual Isha Judd llama a esto “el silencio rugiente”. Un silencio que es tan fuerte, que puedes sentirlo aun en medio del caos y el alboroto externo. Un silencio que es tan fuerte que puedes oírlo incluso en medio de tus pensamientos.

A veces ese silencio será sólo como un telón de fondo suave que permanece detrás de tus experiencias. Otras veces será sobrecogedor. Esa es la energía del amor mismo. Aquello en lo que te invito que nos enfoquemos y alimentemos. Pues aquello en lo que nos enfocamos crece.

 

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La paz profunda de vivir sin juicios

Si observamos con cuidado nuestra mente, nos daremos cuenta de que todo el tiempo estamos juzgando. “Eso es bueno”. “Eso es malo”. “Eso debería ser de otra forma”. Tenemos una idea de cómo debería ser el mundo. Tenemos una lista de cosas que las personas deberían empezar a hacer y dejar de hacer para que el mundo fuera perfecto. Y nosotros estamos en esa lista, por lo que creemos que debemos hacer y dejar de hacer muchas cosas para ser como se supone que debemos ser. Cuando juzgamos a los demás, inevitablemente nos juzgamos también a nosotros. Pues los juicios hacen parte del marco mental con el que vemos el mundo, y es con ese mismo marco con el que nos vemos a nosotros.

Los juicios, cuando se intensifican, cuando los creemos ciegamente, nos llevan no solo a querer que los demás cambien, sino a tratar de cambiarlos a la fuerza. Entonces tratamos de imponerles nuestras ideas y comportamientos, pues estamos convencidos de que sus ideas y su forma de ser son incorrectas. Y si la intensidad y la fuerza de los juicios se incrementan en extremo, nos vamos a la guerra. Nuestro convencimiento de que los demás están equivocados se convierte entonces en nuestra justificación para aniquilarlos. En la raíz de toda guerra, sin importar la aparente razonabilidad de sus justificaciones, se encuentran los juicios.

Los juicios nos separan, pues, a medida que etiquetamos todo a nuestro alrededor, lo consideramos como algo separado de nosotros. Mediante los juicios decidimos lo que las personas y las cosas son y lo que valen. Nos convertimos en los jueces de la realidad: quienes deciden cuál es el lugar y el valor de cada cosa. Y eso lo hacemos todo el tiempo en nuestra mente, sin parar. Los juicios, en últimas, nos impiden ver la realidad tal como es, pues cuando juzgamos decidimos de antemano el significado de lo que estamos viendo.

Cuando juzgamos, nunca vemos a las personas tal como son ahora, tal como son en verdad: proyectamos sobre ellas nuestras ideas y decidimos lo que son de acuerdo con esto, de modo que su verdadera identidad queda velada para nosotros. Perdemos contacto con la realidad y nos quedamos viviendo en el mundo que ha fabricado nuestra mente. Así, al ver al alguien, en realidad estamos viendo todas nuestras ideas, que traemos del pasado, proyectadas afuera de nosotros, y creemos que esa es la realidad. No dudamos. Creemos que sabemos. Estamos seguros de que “él es bueno” pero “ese otro es malo”, y “ese está en lo cierto”, pero “ese otro debería empezar a ver las cosas de otra manera”.

Así, uno de los mejores regalos que le podemos dar al mundo es dejar a un lado nuestros juicios. Vivir sin juicios nos llevará a un estado de profunda paz y de profunda unión con los demás. Entonces empezamos a ver a los demás tal como son ahora, frescos, siempre nuevos, y dejamos de proyectar en ellos todo nuestro pasado. Al verlos de esta forma, comenzamos a conectarnos con la verdadera identidad de los otros, la cual, en última instancia, es nuestra misma identidad: la divinidad, el amor. Así, comenzamos a unirnos con ellos, pues reconocemos en ellos la misma energía divina que reconocemos en nosotros, energía que, al final, es lo único que existe. Entonces tal vez lleguemos a ese punto que en algunas tradiciones se conoce como iluminación, ese estado en el que nos reconocemos uno con todo, pues vemos que lo único real en nosotros, en los demás y en todo lo que existe es lo mismo.

Dejar los juicios, entonces, implica un cambio en la forma como percibimos. Dejamos de ver las aparentes e infinitas diferencias que surgen cuando nuestra mente clasifica y ordena la realidad, y comenzamos a ver el amor en todo. Cuando se van los juicios, vemos amor incluso en el asesino, en el dictador, en aquel que quiere destruirnos, en aquel que nos quita lo que creemos que necesitamos, en los corruptos, en los inconscientes, en los ambiciosos, en los que maltratan a los animales, en los que torturan, en los que se complacen con el sufrimiento ajeno, en los que destruyen el planeta.

Eso no quiere decir que consideramos que esos comportamientos son deseables y que les damos la bienvenida. Significa, solamente, que dejamos de sentirnos separados de quienes actúan de esa manera. Dejamos de creernos mejores, pues sabemos que, en el fondo, esas personas son parte de nosotros mismos. Es simplemente inconsciencia. Es como si vemos un león furioso: seguramente trataremos de alejarnos o de protegernos de su furia, pero no lo condenamos en nuestra mente, no decimos “ese león es malo, debería ser de otra manera”. Tomamos medidas prácticas para evitar que el león cause daño, pero eso no nos impide verlo como una expresión del amor universal del que todos estamos hechos, no nos impide verlo como igual a nosotros.

Al dejar los juicios, dejamos atrás la condena, y eso inevitablemente se comienza a ver reflejado en nuestras relaciones, pues los demás poco a poco empiezan a sentirse libres de los yugos que les habíamos puesto, dejan de sentirse condenados, dejan de sentir las exigencias que les imponen nuestras ideas. Pueden ser como son. Tal vez nos alejemos, tal vez no, pero sea lo que sea que hagamos, lo haremos llenos de amor, sin condenación alguna.

Sin embargo, la más grande libertad que llega cuando soltamos los juicios es la que ocurre en nuestro interior. Pues cuando dejamos de juzgar a los demás también dejamos de juzgarnos a nosotros, y la presión insoportable y la culpa y el autocastigo desaparecen, y dejan espacio para un amor propio inmenso que permea nuestra experiencia presente. Lo que queda es un contacto íntimo con nosotros, un silencio que está hecho de amor.

Todo esto, por supuesto, implica que empezamos quedarnos en el momento presente, donde podemos ver las cosas siempre nuevas, tal como son, sin el filtro de nuestras ideas preconcebidas. Todo, desde el desayuno hasta la voz en el radio hasta los actos de las personas con las que nos vamos encontrando en el camino. Ahora, podemos empezar por observar en presencia y sin juicios la pantalla de este computador o de este teléfono móvil. Por escuchar totalmente abiertos los sonidos que hay en este momento. Por sentir nuestro cuerpo y dejarlo ser exactamente como es, sin decidir mentalmente qué significa ni qué valor tiene. Podemos empezar en cualquier momento, con cualquier cosa. Es decir, podemos comenzar ahora. Y esa será una semilla que luego brotará en forma de paz y silencio en el mundo. Una semilla que brotará en nosotros y a través de nosotros.

La invitación, entonces, es a que no decidas qué significa esto, sino que simplemente le permitas ser y te permitas ser ahora, libre, nuevo. La invitación es a que sueltes todo lo que crees justo ahora y mires qué queda. Se trata de una exploración, de un juego, de entrar en este momento sin prevenciones, como si fuera la primera vez. Y es que, en efecto, esta es la primera vez que estás en este momento, y la única. Y no necesitas nada del pasado, nada de lo que crees, para poder estar aquí. Puedes estar aquí simplemente como eres ahora.

Poco a poco irás entrando en contacto con la realidad que subyace a este momento. A medida que comencemos a ver todo fresco y nuevo, como es ahora, cada encuentro será un encuentro sagrado, cada encuentro será un encuentro con el amor mismo que se expresa en infinitas formas. Entonces todo se vuelve sagrado en la luz de la presencia, esa luz que surge cuando observamos la realidad sin imponerle nada, sin presuponer nada, sin exigir nada: la luz del amor mismo.

Por: David González, creador de Caminos de Conciencia