Tigres y fantasmas

Imagina un grupo de nómadas miles de años atrás al caer la noche. Mientras preparan en sitio en el que dormirán, alcanzan a ver a un enorme tigre merodeando en la lejanía. Es claro que hay un peligro del cual deben protegerse. La vigilancia constante es indispensable para evitar que alguno de los miembros del grupo sea devorado. Esto significa que, entre más pendientes y enfocados estén en el peligro, más seguros estarán; si se relajan, tendrán menos oportunidades de sobrevivir.

Así vivieron nuestros antepasados durante decenas (o tal vez cientos) de miles de años: con la necesidad de estar constantemente enfocados en los peligros. No es extraño, entonces, que cuando percibimos un peligro hoy en día nuestra reacción instintiva sea enfocarnos en él, pensar en él obsesivamente.

Enfocarnos en los peligros y no perderlos de vista fue la estrategia que nos permitió sobrevivir como especie, por eso lo seguimos haciendo. Pero esta estrategia se ha vuelto obsoleta, pues ya no estamos rodeados de tigres. En consecuencia, ese viejo reflejo de nuestros antepasados nos lleva ahora a enfocamos en peligros imaginarios, en fantasmas creados por nuestra mente.

¿Qué pasará si hablo con esa persona? ¿Qué pensarán de mí por lo que publiqué en redes sociales? ¿Y si esta decisión que estoy tomando es un error? ¿Seré lo suficientemente atractivo? ¿Se habrá enfadado? ¿Y si no le gusta mi trabajo y no me vuelve a contratar? Lo que tienen en común esas preguntas es que nuestra supervivencia no depende de responder ninguna de ellas. No hay un tigre que venga a comernos. Son solo fantasmas.

Además, nuestra salud se ve deteriorada por el estrés que se produce cuando pensamos obsesivamente en nuestros problemas. Por tanto, la verdad se ha invertido con respecto a nuestros antepasados. Hoy en día, si nos relajamos, tendremos más oportunidades de sobrevivir.

¿Qué hacer?

A diferencia de lo que sucede con los tigres, la mejor manera de lidiar con los fantasmas es no ponerles cuidado. Entre más nos enfoquemos en esas preocupaciones imaginarias, más grandes y poderosas se volverán. Tratar de resolver un problema imaginario dándole nuestra atención es como tratar de apagar fuego echándole gasolina.

Cuando se trata de fantasmas mentales, lo mejor que podemos hacer es relajarnos y enfocarnos en el momento presente o dirigir nuestra atención hacia algo que queramos y nos haga sentir bien. Pero esto es difícil. Son miles de años de condicionamiento. Por eso, para poder relajarnos ante la apariencia del peligro debemos reprogramar nuestros reflejos.

Es importante, sin embargo, aclarar que esto no significa huir de los problemas. No se trata de no mirarlos. Se trata de mirarlos de frente y darnos cuenta de que no son reales. Luego, a partir de ese reconocimiento, dejamos de prestarles atención. De ahí viene la verdadera relajación. Si simplemente huimos de nuestros fantasmas, les seguimos dando poder, pues al huir nuestra mente entiende que hay un enemigo real del que debemos escondernos.

Así pues, el primer paso es darnos cuenta de que en realidad no estamos rodeados de tigres. Estamos a salvo. Al menos aquí, ahora, mientras lees esto, te aseguro que no hay un tigre detrás tuyo. Tu supervivencia no está en juego. Puedes relajarte. Son solo fantasmas.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Shaaz Jung.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

¿Es real ese problema?

Todos afrontamos problemas constantemente. Es parte de ser humanos. Es parte de lo que nos hace crecer y evolucionar. Sin embargo, es bueno tener en cuenta que no todos los problemas que rondan nuestra cabeza son reales. Algunos están solo en nuesta imaginación.

¿Cuántas veces no has imaginado peleas que nunca sucedieron? ¿Cuánto tiempo no has perdido preparando palabras que nunca pronunciaste para defenderte de un ataque que nunca llegó? ¿Cuántas veces no has imaginado el dolor de un mal que nunca se presentó?

Ese tipo de preocupación no solo desperdicia tu energía al crear pensamientos innecesarios, sino que desgasta tu cuerpo. Para tu cuerpo, esos problemas son reales. Liberas adrenalina. El corazón se acelera. Hay exceso de azucar en la sangre listo para ser usado como energía ante el peligro imaginario. Es por esto que el estrés muchas veces se somatiza.

Por eso, una de las preguntas más importantes que debes hacerte al tratar de solucionar un problema es: ¿es real o está solo en mi cabeza?

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.