Cuando Dios es lo único que queda

Este artículo fue tomado y traducido del blog en inglés de Neale Donald Walsh. Lo elegí porque es una reflexión hermosa para esta época de Navidad que comienza.

Queridos amigos:

No necesito decirles que apenas faltan menos de diez días para Navidad, un momento del año muy feliz para muchas personas. Y, sin embargo, para muchos otros, que han sufrido grandes pérdidas o que están enfrentando grandes desafíos en estos días, la temporada de vacaciones navideñas puede ser un tiempo muy difícil… y es comprensible que así sea. Para algunas personas, todo lo que era importante para ellas les  fue arrebatado…

Para todos nosotros llega un momento en el que Dios es lo único que queda…

Esto sucede en la vida de la mayoría de las personas más de una vez. Es un momento en el que te sientes total y completamente aislado. Es un momento en el que sientes, no que nadie te está oyendo, sino que no hay nadie para oírte. Estás realmente solo. No hay nadie más, uncluso cuando hay alguien más contigo en la habitación. No hay nada más, aun cuando hay muchas cosas alrededor. Sólo estás tú, a pesar de que el mundo te rodea. Quizás especialmente cuando el mundo te rodea, sólo estás tú.

Sí, hay un momento en el que Dios es lo único que queda. Nada más importa. Nada más tiene significado alguno. Nada más te atrae, te magnetiza, exige tu atención  —o es siquiera digno de ella—.

Este momento llega, me parece, o bien cuando no tienes nada, o bien cuando lo tienes todo. Este momento llega cuando todo lo demás te ha sido arrebatado y no queda nada, o cuando se te ha dado todo y no hay nada más que puedas desear.

Cuando este momento llega, hay un gran alivio. Es un soltar, un dejar ir. Pero, aún así, para muchos de nosotros, todavía hay una pequeña parte de nosotros que anhela aquella única cosa que muchos de nosotros nunca hemos tenido: aceptación completa y amor incondicional.

Que alguien me ame exactamente como soy.

No hemos sido capaces de encontrar eso en otros. Pensamos que podríamos encontrarlo en otra persona, tuvimos la esperanza de que podríamos encontrarlo en otra persona, pero no podemos. Ni siquiera podemos encontrarlo en nosotros mismos. Y como no podemos encontrarlo en nosotros, no podemos dárselo a otra persona —y es por eso que no lo podemos encontrar ahí—.  En ninguna parte podemos encontrar aquello que no hemos puesto en ninguna parte, y no hemos puesto aceptación completa y amor incondicional en ninguna parte. Ni siquiera podemos estar bien con el clima, por santo cielo. Podemos encontrar algo para quejarnos para prácticamente cualquier cosa.

Y así, bucamos aquello que no está ahí, pues todo lo que buscamos en la vida debe haber sido puesto ahí por nosotros. Si no lo hemos puesto ahí, no podemos encontrarlo. Lo que no ponemos en la vida no podemos encontrarlo, pues nosotros somos la Unica Fuente Que Hay.

Si no podemos encontrar perdón en nuestras vidas, es porque no lo hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar compasión en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí.  Si no podemos encontrar tolerancia en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar piedad en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar paz en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar aceptación en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Y si no podemos encontrar amor en nuestras vidas, es porque no lo hemos puesto ahí.

Debemos poner todas esas cosas en la Vida. Primero, en nuestra propia vida, y luego, en la vida de otros. O, para algunos, es al revés. De hecho, pienso que para la mayoría de nosotros es al revés. Para la mayoría de nosotros, es casi imposible darnos a nosotros mismos aquello que más queremos recibir: perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación, amor.

La mayoría de nosotros no podemos darnos a nosotros mismos esas cosas porque sabemos demasiado acerca de nosotros. Creemos que no merecemos esas cosas. Imaginamos que somos algo diferente de lo que realmente somos. No podemos ver la Divinidad que la Divinidad Misma ha puesto en nosotros. No podemos ver la Inocencia. No podemos ver la Perfección en nuestra imperfección.

Debido a que no podemos ver esas cosas en nosotros mismos, no podemos darnos a nosotros aquellas cosas que más queremos recibir. Sin embargo, como no somos totalmente ciegos frente a lo que es bueno y valioso en el mundo, con frecuencia podemos ver esas cosas en otros. Con frecuencia podemos ver Divinidad en otros. Con frecuencia podemos ver Inocencia en otros. Con frecuencia podemos ver Perfección en la imperfección de otros. Y así, podemos darles a otros perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Podemos, pero la pregunta es, ¿lo haremos?

Muy a menudo no lo hacemos. A causa de nuestras heridas, no podemos sanar las heridas de otros. Y así, le negamos a nuestro mundo las cosas que nuestro mundo más necesita. Le negamos a nuestro mundo perdón, compasión tolerancia, piedad, paz, aceptación, amor. Y cuando le negamos esas cosas a nuestro mundo, nos las negamos a nosotros mismos —porque aquello que no hemos puesto en el mundo, no podemos recibirlo del mundo—. Repitamos otra vez la Nueva Regla de Oro:

Lo que no hemos puesto en el mundo, no podemos recibirlo del mundo.

Llega un momento en el que nos damos cuenta de que nosotros somos la Unica Fuente Que Hay. Nadie va a darnos a nosotros o al mundo aquello que somos incapaces de darle al mundo y, de esa manera, a nosotros. No por mucho tiempo.

El primer lugar en el que podemos ver esto es en las relaciones con los demás. Lo que no podemos o no queremos darle a otro, no podremos recibirlo de otro. No por mucho tiempo. Si no podemos darle a la persona que nos acompaña en la habitación perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor… no podemos esperar que la persona en el cuarto nos dé esas cosas a nosotros. Pues ella solo tienen para darnos aquello que le hemos dado.

Nos imaginamos en la relaciones que la otra persona tiene aquello que nosotros no tenemos y, por tanto, que puede dárnoslo. Esta es la gran ilusión. Este es el gran error. Este es el gran malentendido. Y esta es la razón por la que tantas relaciones fracasan. Nos imaginamos que el otro nos va a dar perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Imaginamos que los otros van a darnos lo que nosotros no podemos darles, y lo que ni siquiera podemos darnos a nosotros. Y entonces nos ponemos furiosos con la otra persona. Y entonces nos ponemos furiosos con nosotros. Y entonces…

 … nos damos cuenta de que lo único que queda es Dios. Nos tornamos, entonces, hacia Dios. Por favor, Dios, dame perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Por favor dame esas cosas para poder yo dárselas a los demás.

El mundo se aproxima rápidamente a este punto de quiebre. Estamos empezando a entender que Dios es la Fuente Original y Única. Ahora todo lo que tenemos que entender, además, es que no hay separación entre Dios y nosotros. Cuando por fin tenemos esta comprensión fundamental, cuando, por fin, abrazamos esta verdad básica, cambiaremos nosotros, transformaremos nuestras relaciones y cambiaremos el mundo.

Hasta entonces, no podremos hacerlo. Y esperaremos por ese momento en el que nos damos cuenta de que… lo único que queda es Dios. Ojalá lleguemos a ese momento antes de que lo creemos… de la forma más cruda posible: destruyendo todo lo demás hasta que no haya nada más. Destruyendo nuestra relación hasta que no quede nada. Destruyéndonos a nosotros hasta que no quede nada. 

Conversaciones con Dios contiene una afirmación asombrosa. Es algo que nunca he olvidado. Dios dijo: “No es necesario ir al infierno para llegar al cielo”.  Nos invito a todos a recordar esto hoy. Nos invito a todos a aceptar y darle la bienvenida a una nueva noción sobre nosotros mismos y sobre la vida: no que lo único que queda es Dios, sino que lo único que hay es Dios.

Cuando veamos a Dios en todas las personas y en todas las cosas, entonces habremos soltado nuestras ilusiones, nos habremos apartado de nuestras imaginaciones infantiles, y trataremos a todas las cosas y a todas las personas como si eso, ella o él fuera Divino. Y si piensas que eso no cambiaría tu vida y tu mundo, piensa de nuevo. Este es el Camino del Alma.

Amor y abrazos,

Neale

Neale Donald Walsh es el autor de la serie de libros de Conversaciones con Dios, que han sido éxitos en ventas. Estos libros, que no se inscriben en ninguna doctrina religiosa, están inspirados por Dios, y en ellos se presentan consejos sencillos y claros para tener una vida más equilibrada y para reconectarnos con la Divinidad, de la que hacemos parte. Estas enseñanzas constituyen un camino moderno hacia una vida espiritual y llena de significado. Puedes conocer más sobre Neale en su página web.

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Tu paz es la paz del mundo

Cuando sanas, nunca sanas solo. Cuando creces y te elevas por encima de tus miedos y limitaciones, el mundo crece y se eleva contigo. Porque no estás separado del todo. Y cuando uno sana, todos sanamos. Por eso es que eres tan poderoso. Porque eres el todo.

Cada pensamiento de paz que albergas es un bálsamo para todos los seres del Universo. Cada resentimiento que dejas ir es una herida que sana en el corazón de todos tus hermanos. Cada acto de compasión que emprendes enciende el fuego de la dicha hasta los rincones más recónditos de la creación.
No hay regalo más grande que puedas hacerme que tu paz y tu luz. Gracias por eso, hermano.


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La paz profunda de vivir sin juicios

Si observamos con cuidado nuestra mente, nos daremos cuenta de que todo el tiempo estamos juzgando. “Eso es bueno”. “Eso es malo”. “Eso debería ser de otra forma”. Tenemos una idea de cómo debería ser el mundo. Tenemos una lista de cosas que las personas deberían empezar a hacer y dejar de hacer para que el mundo fuera perfecto. Y nosotros estamos en esa lista, por lo que creemos que debemos hacer y dejar de hacer muchas cosas para ser como se supone que debemos ser. Cuando juzgamos a los demás, inevitablemente nos juzgamos también a nosotros. Pues los juicios hacen parte del marco mental con el que vemos el mundo, y es con ese mismo marco con el que nos vemos a nosotros.

Los juicios, cuando se intensifican, cuando los creemos ciegamente, nos llevan no solo a querer que los demás cambien, sino a tratar de cambiarlos a la fuerza. Entonces tratamos de imponerles nuestras ideas y comportamientos, pues estamos convencidos de que sus ideas y su forma de ser son incorrectas. Y si la intensidad y la fuerza de los juicios se incrementan en extremo, nos vamos a la guerra. Nuestro convencimiento de que los demás están equivocados se convierte entonces en nuestra justificación para aniquilarlos. En la raíz de toda guerra, sin importar la aparente razonabilidad de sus justificaciones, se encuentran los juicios.

Los juicios nos separan, pues, a medida que etiquetamos todo a nuestro alrededor, lo consideramos como algo separado de nosotros. Mediante los juicios decidimos lo que las personas y las cosas son y lo que valen. Nos convertimos en los jueces de la realidad: quienes deciden cuál es el lugar y el valor de cada cosa. Y eso lo hacemos todo el tiempo en nuestra mente, sin parar. Los juicios, en últimas, nos impiden ver la realidad tal como es, pues cuando juzgamos decidimos de antemano el significado de lo que estamos viendo.

Cuando juzgamos, nunca vemos a las personas tal como son ahora, tal como son en verdad: proyectamos sobre ellas nuestras ideas y decidimos lo que son de acuerdo con esto, de modo que su verdadera identidad queda velada para nosotros. Perdemos contacto con la realidad y nos quedamos viviendo en el mundo que ha fabricado nuestra mente. Así, al ver al alguien, en realidad estamos viendo todas nuestras ideas, que traemos del pasado, proyectadas afuera de nosotros, y creemos que esa es la realidad. No dudamos. Creemos que sabemos. Estamos seguros de que “él es bueno” pero “ese otro es malo”, y “ese está en lo cierto”, pero “ese otro debería empezar a ver las cosas de otra manera”.

Así, uno de los mejores regalos que le podemos dar al mundo es dejar a un lado nuestros juicios. Vivir sin juicios nos llevará a un estado de profunda paz y de profunda unión con los demás. Entonces empezamos a ver a los demás tal como son ahora, frescos, siempre nuevos, y dejamos de proyectar en ellos todo nuestro pasado. Al verlos de esta forma, comenzamos a conectarnos con la verdadera identidad de los otros, la cual, en última instancia, es nuestra misma identidad: la divinidad, el amor. Así, comenzamos a unirnos con ellos, pues reconocemos en ellos la misma energía divina que reconocemos en nosotros, energía que, al final, es lo único que existe. Entonces tal vez lleguemos a ese punto que en algunas tradiciones se conoce como iluminación, ese estado en el que nos reconocemos uno con todo, pues vemos que lo único real en nosotros, en los demás y en todo lo que existe es lo mismo.

Dejar los juicios, entonces, implica un cambio en la forma como percibimos. Dejamos de ver las aparentes e infinitas diferencias que surgen cuando nuestra mente clasifica y ordena la realidad, y comenzamos a ver el amor en todo. Cuando se van los juicios, vemos amor incluso en el asesino, en el dictador, en aquel que quiere destruirnos, en aquel que nos quita lo que creemos que necesitamos, en los corruptos, en los inconscientes, en los ambiciosos, en los que maltratan a los animales, en los que torturan, en los que se complacen con el sufrimiento ajeno, en los que destruyen el planeta.

Eso no quiere decir que consideramos que esos comportamientos son deseables y que les damos la bienvenida. Significa, solamente, que dejamos de sentirnos separados de quienes actúan de esa manera. Dejamos de creernos mejores, pues sabemos que, en el fondo, esas personas son parte de nosotros mismos. Es simplemente inconsciencia. Es como si vemos un león furioso: seguramente trataremos de alejarnos o de protegernos de su furia, pero no lo condenamos en nuestra mente, no decimos “ese león es malo, debería ser de otra manera”. Tomamos medidas prácticas para evitar que el león cause daño, pero eso no nos impide verlo como una expresión del amor universal del que todos estamos hechos, no nos impide verlo como igual a nosotros.

Al dejar los juicios, dejamos atrás la condena, y eso inevitablemente se comienza a ver reflejado en nuestras relaciones, pues los demás poco a poco empiezan a sentirse libres de los yugos que les habíamos puesto, dejan de sentirse condenados, dejan de sentir las exigencias que les imponen nuestras ideas. Pueden ser como son. Tal vez nos alejemos, tal vez no, pero sea lo que sea que hagamos, lo haremos llenos de amor, sin condenación alguna.

Sin embargo, la más grande libertad que llega cuando soltamos los juicios es la que ocurre en nuestro interior. Pues cuando dejamos de juzgar a los demás también dejamos de juzgarnos a nosotros, y la presión insoportable y la culpa y el autocastigo desaparecen, y dejan espacio para un amor propio inmenso que permea nuestra experiencia presente. Lo que queda es un contacto íntimo con nosotros, un silencio que está hecho de amor.

Todo esto, por supuesto, implica que empezamos quedarnos en el momento presente, donde podemos ver las cosas siempre nuevas, tal como son, sin el filtro de nuestras ideas preconcebidas. Todo, desde el desayuno hasta la voz en el radio hasta los actos de las personas con las que nos vamos encontrando en el camino. Ahora, podemos empezar por observar en presencia y sin juicios la pantalla de este computador o de este teléfono móvil. Por escuchar totalmente abiertos los sonidos que hay en este momento. Por sentir nuestro cuerpo y dejarlo ser exactamente como es, sin decidir mentalmente qué significa ni qué valor tiene. Podemos empezar en cualquier momento, con cualquier cosa. Es decir, podemos comenzar ahora. Y esa será una semilla que luego brotará en forma de paz y silencio en el mundo. Una semilla que brotará en nosotros y a través de nosotros.

La invitación, entonces, es a que no decidas qué significa esto, sino que simplemente le permitas ser y te permitas ser ahora, libre, nuevo. La invitación es a que sueltes todo lo que crees justo ahora y mires qué queda. Se trata de una exploración, de un juego, de entrar en este momento sin prevenciones, como si fuera la primera vez. Y es que, en efecto, esta es la primera vez que estás en este momento, y la única. Y no necesitas nada del pasado, nada de lo que crees, para poder estar aquí. Puedes estar aquí simplemente como eres ahora.

Poco a poco irás entrando en contacto con la realidad que subyace a este momento. A medida que comencemos a ver todo fresco y nuevo, como es ahora, cada encuentro será un encuentro sagrado, cada encuentro será un encuentro con el amor mismo que se expresa en infinitas formas. Entonces todo se vuelve sagrado en la luz de la presencia, esa luz que surge cuando observamos la realidad sin imponerle nada, sin presuponer nada, sin exigir nada: la luz del amor mismo.

Por: David González, creador de Caminos de Conciencia

 

Cultivando nuestro jardín interior

Todos estamos unidos, no estamos solos: estamos interconectados con todo lo que habita el planeta, con todos los reinos de la naturaleza. No hay separación, Somos Uno. De ahí mi responsabilidad y mi contribución en la sanación del sufrimiento del mundo.

Tus pensamientos generan sensaciones y emociones. Cada pensamiento tiene un efecto en todo tu ser y en el planeta entero. No estoy hablando de pensamientos positivos o pensamientos negativos, simplemente de los más de setenta mil pensamientos que a diario pasan por nuestra mente. ¿De cuántos de tus pensamientos eres consciente en el día? Quizás de veinte, treinta… cien, o muchísimos menos.

La buena noticia es que solo con tener la intención de observar tus pensamientos y hacerlo estás dando un paso hacia tu ser consciente. Cuando te haces consciente de ti mismo, de lo que ocurre en ti, del momento presente, del aquí y el ahora, la vida empieza a desplegarse de manera maravillosa. Entonces comienzas a experimentar un nuevo modo de vivir que te paseará por sendas de paz, armonía y tranquilidad que estaban esperando a ser despertadas para acompañarte en tu día a día.

Experimentar paz, armonía y felicidad no es un asunto exclusivo de monjes, meditadores, sacerdotes y gurús, es un derecho divino que pertenece a todos los seres humanos por naturaleza.

Mereces ser feliz, mereces todo lo bueno, hermoso y santo de la vida. Lo creas o no, así es; empieza por creerlo, créelo. Tenemos condiciones suficientes para ser felices; tu presencia es felicidad para el mundo. No necesitas hacer grandes esfuerzos para lograrlo, solo precisas de tu intención, voluntad y coraje para experimentarlo. Empieza ahora mismo, no cuando hayas terminado de leer esta publicación, no cuando te vayas a la cama o mañana al despertarte, no en el mínimo espacio que te deja tu trabajo y múltiples responsabilidades diarias, no cuando estés en silencio; no te postergues más. Todo momento es propicio para empezar a experimentar tu ser interno, tu ser de paz, amor y bendición constante. En cualquier instante puedes entrar en comunión contigo, tu maestro interno está esperando siempre por ti.

Empieza ahora, inhala, exhala, observa como el aire entra en tu cuerpo y lo ensancha, observa como sale y te vacía. Haz una serie de cinco repeticiones para empezar y día tras día ve aumentado el tiempo, hasta convertirlo en un hábito, un nuevo hábito que te reportará grandes y maravillosos beneficios.

Cuando la presión del día a día te agobie, es ideal detenerte y respirar conscientemente: esto te ayuda a liberar la tensión acumulada, te aporta calma y claridad mental. Cuando respiramos conscientemente, no podemos pensar a la vez, lo que significa que al respirar el flujo de pensamientos se detiene y nuestra mente se oxigena. ¿Acaso no es esto sencillo? Y lo mejor: es beneficioso.

Tu jardín interior no puede florecer si está lleno de pensamientos negativos, tóxicos. Así como un jardín luce descuidado cuando no le prestamos atención, cuando nos olvidamos de entresacar la maleza, podar y regar las plantas, igual ocurre con nuestra vida: si no dedicamos tiempo a cultivar nuestro ser interior, este se va llenado de basura emocional, de odio, rabia, miedo y resentimiento, basura que se refleja en relaciones personales y laborales tóxicas que en nada contribuyen a la brillantez de nuestro ser.

Tenemos el poder de transformar nuestro jardín interior, abonándolo con amor, compasión y bondad. Cultiva pensamientos y sentimientos amorosos contigo mismo y con todo el mundo. Cuando piensas bonito y sientes bonito, impregnas tu vida de belleza y riegas semillas de paz, felicidad y gozo, lo cual lleva a que en tu conciencia florezcan hermosas flores.

La naturaleza nos ofrece múltiples posibilidades de encuentro con nosotros mismos; por ejemplo: mediante la observación consciente de una planta, de una flor, de un bosque. Al caminar conscientemente por la naturaleza recordamos que la paz está disponible siempre, que la vida se sostiene a sí misma, momento a momento. Plantéate la posibilidad de salir a caminar conscientemente, haz el propósito de entrar en comunión con los árboles, con el ruido que generan los animales y pájaros que allí habitan; escucha atentamente el sonido del agua, siente la temperatura del ambiente, hazte uno con la madre naturaleza, observa el movimiento de tus pies, de tus brazos, de todas las partes de tu cuerpo que intervienen al dar un paso, y, al mismo tiempo, observa tu respiración. Parece difícil integrar tantos elementos a la vez, sin embargo, es mucho más sencillo de lo que parece; inténtalo, seguro, querrás hacerlo una y otra vez. Te sugiero olvidarte del celular, de la música, de tomarte una selfie, de fotografiar el paisaje. Regálate un tiempo contigo, entra en comunión con tu ser interior, escucha la voz de tu alma. Caminar conscientemente puede serte útil para empezar a cultivar tu ser interior, inténtalo.

Si deseas ver paz, felicidad y armonía en el mundo, el camino más fácil para lograrlo es experimentarlas en ti mismo. Ofrécete el regalo de descubrir y cultivar tu jardín interior mediante la observación de tus pensamientos, siendo consciente del momento presente, del aquí y el ahora. Medita, entra en acción, toma el control de tu vida y llénate de amor, compasión y gratitud por tu vida. No estás solo, somos Uno. Vamos Juntos.

Por: Aura Reuto

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Me llamo Aura Reuto. Nací en Casanare en 1977, actualmente vivo en Villavicencio (Meta, Colombia). Llevo más de una década  explorando en mi ser interior, con el firme propósito de amarme, aceptarme y disfrutar la vida exactamente como es. Amarme significa aceptar mi historia personal, superar el sufrimiento a la luz del amor y del perdón y comprender que todo ha obrado para bien.

Trabajé en el sector privado por más de 10 años. Hoy estoy  al servicio de la vida en sus múltiples manifestaciones. Me siento en capacidad de acompañarte en procesos de sanación y liberación interior, mediante la escucha atenta y profunda.

Soy Experta en Mindfulness, Desarrollo Personal y Educación Consciente. Alimentación Consciente.  Facilitadora de Círculos de Mujeres y Espacios Sagrados. Moon Mother. Facilitadora de Terapia del Perdón.

Contacto: aurareuters@hotmail.com

Un pequeño relato sobre cómo he ido aprendiendo el arte de vivir

Deja que la mente se calme y el corazón se abra. Entonces todo será muy evidente.

            Sri Sri Ravi Shankar

“Existir es un hecho, vivir es un arte”. Estas palabras, sencillas y poderosas, las dijo Sri Sri Ravi Shankar, fundador de El Arte de Vivir, y tienen un significado mucho más profundo de lo que nos podemos imaginar. Cuando escuché estas palabras por primera vez, caí en cuenta de que no puedo hacer nada respecto al hecho de existir, pero sí puedo decidir cómo vivir. Llegamos a este mundo a vivir con muchas metas a las que supuestamente debemos aspirar, pero no nos enseñan el fin más trascendental, uno que le dé sentido a nuestra vida. Y esto no nos lo tiene que dar nadie porque ya está en nosotros, pero todo el ruido en el que estamos inmersos permanentemente nos impide ver lo evidente.

Para volver a nuestra esencia, a lo simple, a nuestro de ser, necesitamos vivir la vida como un arte; esto es lo que le da sentido. La Fundación El Arte de Vivir hace precisamente eso, al enseñar herramientas prácticas que nos permiten ahondar en nosotros mismos para darnos cuenta de que todo el amor y la felicidad que buscamos por fuera está realmente adentro de nosotros.

Suena muy difícil de creer y un poco abstracto; usualmente necesitamos que nos den ejemplos concretos y cuantificables de la vida práctica sobre qué vamos a obtener y cómo lo vamos a conseguir. Todos estos argumentos me convencieron de tomar un curso en esta fundación llamado Happiness Program, el programa de la felicidad. Hasta ese momento, llevaba una vida que podría considerarse normal: un trabajo y algo de vida social y familiar. Pero no tenía un propósito claro y fuerte para vivir y había tenido algunos episodios depresivos. Cuando hice el curso experimenté mucha felicidad y claridad, como hacía muchos años no había sentido. Fue esta experiencia sencilla y a la vez transformadora lo que me hizo ver que antes solo existía, pero que adicionalmente podía vivir feliz.

¿Cómo se logra esto con un curso de tres días? Con lo que ya todos hacemos inconscientemente: respirando. Hay una serie de procesos y ejercicios, pero todo gira alrededor de la respiración y la técnica traída por Sri Sri, llamada Sudarshan Kriya. Esta técnica permite oxigenar y desintoxicar el cuerpo, generando el mismo efecto en la mente y las emociones. Así de simple.

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No puedo cuantificar cuánto mejoró mi productividad, cuántas veces más sonreí por día después de esta experiencia, cuántas discusiones inútiles evité. Después de este curso mi cambio fue evidente ante todos los que me conocen y mis relaciones interpersonales mejoraron. Trascendí la existencia y empecé a vivir. No fue que me revelaran un propósito de vida, simplemente dejé de necesitar un propósito concreto porque me sentí plena y completa, y la sonrisa empezó a acompañarme más seguido.

La experiencia del curso me inspiró a profundizar en la meditación y el yoga. Cuando uno lleva tanto tiempo viviendo a medias y encuentra algo que lo ayuda a sentirse bien, quiere ir más allá. Posteriormente, decidí ir a India, a la fuente de este conocimiento. Ese viaje me ayudó a volver a la esencia en medio de la simplicidad y a sentir gratitud infinita por cada detalle de la vida. Me sentía infinitamente agradecida por esa gran oportunidad, por poder dejar mi trabajo de oficina para emprender una aventura. Fue la primera vez que me permití hacer algo que realmente quería a pesar de no ser lo más lógico. La cultura india me enseñó lo que es el servicio desde el corazón, la entrega, la generosidad. En principio fui a tomar un curso y me quedé de voluntaria en el Centro Internacional de El Arte de Vivir en Bangalore. Estaba feliz de servir, de hacer algo por alguien más, y a la vez entendí que el servicio enriquece más al que lo presta que al que lo recibe.

Se despertó en mí un sentido de responsabilidad orientado al servicio. Recuerdo haberlo tenido cuando niña y haberlo abandonarlo casi por completo al entrar a la universidad, donde me presionaba pensando que todo lo que hiciera tenía que ser en función del éxito profesional. Estando en India fui inspirada por Sri Sri, quien ha actuado como mediador en varios conflictos en el mundo, incluyendo el conflicto colombiano, y sentí la necesidad de volver a Colombia a trabajar por la construcción de la paz.

Estoy convencida de que las herramientas de El Arte de Vivir pueden sanar las heridas que la violencia ha causado (ya lo ha logrado en algunas personas que han sido víctimas o que han estado involucradas en el conflicto, cuya respuesta ha sido muy positiva). Incluso, sin ir tan lejos, estas técnicas pueden devolverle la sonrisa a las personas que se han dejado contagiar por el estrés del día a día.

Por todo lo anterior me encuentro en proceso de convertirme en instructora de estos cursos. Quiero poder transmitirle a más personas las herramientas y el conocimiento que he adquirido y que puedan sentir esto tan inmenso y hermoso. A ti que estás leyendo este artículo te invito a que tomes el Happiness Program y te des la oportunidad, como lo hice yo, de experimentar el arte de vivir feliz y en paz.

Por: María Andrea Forero

 

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El Arte de Vivir es una ONG humanitaria, educativa y sin fines de lucro fundada en 1981 por Sri Sri Ravi Shankar. Su trabajo, en más de 160 países, está enfocado en el manejo del estrés y en las iniciativas de servicio para el bienestar de la comunidad.

En 1981 Sri Sri Ravi Shankar estableció la Fundación El Arte de Vivir, una organización no  gubernamental de carácter humanitario y educativo con estatus consultivo en el Consejo  Económico y Social (ECOSOC) de las Naciones Unidas. La fundación formula e implementa soluciones duraderas para los conflictos y problemas que enfrentan individuos, comunidades y naciones.

El Arte de Vivir está presente hace 10 años en Colombia. Ha realizado labores humanitarias con poblaciones en situación de vulnerabilidad (víctimas, desmovilizados, personas privadas de la libertad, entre otros) en diferentes zonas del país que han beneficiado a más de veinte mil personas.

Datos de contacto en Colombia:

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Bogotá:

Teléfono: 8069942 – (321) 283-6442

Correo: Info@co.elartedevivir.org

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(311) 4405233

Correo: medellin@co.elartedevivir.org

www.elartedevivir.org

 

La imaginación y la guerra

“No tiene caso”, gritó Alicia, “¡Uno no puede creer en cosas imposibles!”. “Creo que no has practicado mucho”, dijo la Reina Blanca. “Yo siempre lo  hacía por lo menos media hora al día. Y en ocasiones podía creer hasta seis cosas imposibles antes del desayuno”.

Alicia a través del espejo (capítulo 5), Lewis Carol

Soy profesor universitario y me gusta sacar las fotocopias para mis clases en la tienda de una señora de avanzada edad que es de lo más amable. Realmente me cae bien. Siempre me atiende con una energía cálida e incluso me atrevo a decir que con cariño. Hace poco, mientras imprimía un taller para mis alumnos, vi que en el televisor de la tienda estaba hablando Juan Manuel Santos, el presidente de mi país, sobre el acuerdo de paz que acaba de firmar con la guerrilla de las Farc, y con respecto al cual dentro de poco los colombianos deberemos votar si estamos o no de acuerdo. Es un tema frente al que pocos en Colombia pueden permanecer indiferentes por estos días. El discurso del presidente produjo una reacción notoria en la dueña de la tienda, quien me lanzó una mirada como esperando a que yo reafirmara su punto de vista mediante algún gesto. Inmediatamente sentí una punzada en el pecho, una sensación de incomodidad y malestar. Era obvio que ella pensaba de manera muy diferente que yo, y eso, por unos momentos, me pareció incomprensible. ¿Cómo podía esa dulce señora, que todo el tiempo desbordaba amor, albergar tales creencias? Pero lo que más me impactó fue lo segura que estaba, la certeza que tenía de que ella estaba luchando por lo que es mejor para todos, por lo que es mejor para mí.

Entonces me di cuenta de que mi problema era la falta de imaginación. No era capaz de concebir que ella estuviera en lo cierto, y yo, equivocado. No podía imaginarlo. En otras palabras, carecía de la habilidad necesaria para ponerme realmente en sus zapatos. Y esa incapacidad sustentaba mis juicios contra la mujer. Como en mi mundo no era concebible que ella estuviera en lo cierto, la única alternativa que me quedaba era considerarla inconsciente, ignorante o perversa, lo que implica que en el fondo yo creía que ella estaba por debajo de mí en la escala evolutiva, intelectual o moral. Desde esta perspectiva, no había duda de que era ella quien debía cambiar, pues era obvio que era ella quien estaba mal, mientras que yo veía la verdad. Además, esta verdad era tan evidente que mi actitud frente a la mujer no podía sino ser de condescendencia  —en caso de que ella fuese inconsciente o ignorante—o de repudio —en caso de que fuese perversa—. De cualquier forma, había algo que no podía existir entre nosotros: una relación horizontal, en la que ambos estuviéramos al mismo nivel, en la que de verdad pudiera haber comunicación entre iguales. Algo nos separaba irremediablemente: un abismo del tamaño de su equivocación. O tal vez no. Quizás en realidad el abismo era del tamaño de mi falta de imaginación, del tamaño de mi falta de empatía, del tamaño de mi incapacidad para ponerme en sus zapatos.

Decidí tratar de cruzar el abismo y fue más difícil de lo que esperaba. ¿Cómo se vería el mundo si lo que ella creía fuese verdad? ¿Qué pasiones desataría en mí el discurso del presidente? ¿Cuáles serían mis miedos, mis esperanzas y mis resentimientos? ¿Cómo me sentiría al ver a un joven profesor universitario en mi tienda tan convencido de lo contrario, tan engañado, tan seguro de sus falsas ideas? ¿Cómo salvarlo a él y a mi país? ¡Qué desesperación, qué fastidio, qué desasosiego!

Es un ejercicio que, creo, vale la pena, y los invito a que lo intentemos ahora. Para esto puede servir otro de los debates que ha alborotado las pasiones en los últimos meses en Colombia: si se debe permitir el matrimonio entre parejas del mismo sexo y si a los niños se les debe enseñar en los colegios que las preferencias sexuales diversas son normales y deben ser respetadas. Tal vez eres homosexual y tienes la certeza de que serías un gran padre, o tal vez es evidente para ti que todas las preferencias sexuales son igualmente válidas. O tal vez tienes la certeza de que la homosexualidad es antinatural y de que ofende a Dios, y no te cabe duda de que sería malo para las almas de los niños que se les diga que es normal. Pero, ¿puedes imaginar que el mundo fuera diferente? ¿Y si el otro tuviera la razón y tú estuvieras equivocado? Es difícil concebir esa posibilidad, ¿no? ¡Son tan fuertes nuestras certezas! Pero hagamos el ejercicio. ¿Cómo te sentirías? ¿No te angustiaría ver a tanta gente tan segura de lo contrario, no tratarías de sacarlos de su error? ¿No tratarías de salvar sus almas, aun a pesar de sí mismos? ¿No te enfadarías al ver que las enseñanzas de Dios, que sabes que son correctas, están siendo despreciadas? ¿No defenderías con pasión tu derecho a tener una familia y a que tus preferencias sexuales sean respetadas? ¿No te fastidiaría ver que la gente tiene ideas religiosas de las que no tienes duda que son falsas? No se trata simplemente de albergar el pensamiento, sino de encarnarnos en ese mundo, de sentirlo con toda la profundidad posible. Tal vez dirás: “¡Pero esas creencias son un disparate, no puedo imaginar que esa fuera realmente la verdad!”. Bueno, ahí es donde entra la imaginación. Se la puede entrenar. Te animo a que lo sigamos intentando hasta que podamos estar en la piel del otro completamente. Confiemos en las palabras que la Reina Blanca le dice a Alicia. Tal vez, si practicamos, antes del desayuno habremos visitado un mundo diferente al nuestro y sabremos realmente cómo se siente el otro, ese a quien ahora juzgamos.

Sin duda es un proceso que duele, pues implica negarse a uno mismo. Dejar de lado, así sea por un momento, la certeza de nuestras convicciones religiosas y políticas equivale a anularnos. Pues no se trata de creencias simplemente. Para muchos de nosotros se trata de verdades a las que hemos llegado a través de la experiencia, y de las que, por tanto, no podemos dudar. Es bueno saber, sin embargo, que el otro también ha llegado a sus verdades a través de experiencias profundas y también tiene la  misma incapacidad de ponerlas en duda de la que nosotros adolecemos.

Ahora bien, ¿por qué es importante este ejercicio? ¿Por qué es importante que seamos capaces de ponernos realmente en los pies del otro, por más alejado que esté de nosotros y por más absurdo que nos parezca su punto de vista? La importancia reside en que esta empatía extrema es un requisito para poder aplicar de verdad la famosa regla de oro, esa que está escrita en el bello mosaico que adorna la sede de las Naciones Unidas: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”. En efecto, si la examinamos con cuidado, veremos que esta regla nos pide que pensemos cómo nos gustaría que nos trataran si fuéramos el otro. ¿Me gustaría ver burlas en internet frente a mis creencias? ¿Me gustaría ser condenado por lo que soy y por mi forma de ver la vida, de la cual estoy seguro de que es correcta?

Además, la empatía es necesaria para poder perdonar de verdad. Cuando vemos a un ladrón, a un asesino o a un violador, y somos capaces realmente de ponernos en sus zapatos, sin duda vamos a reaccionar de manera distinta a como lo haríamos si simplemente vemos un monstruo. Puede que digas “¡Pero yo jamás sería capaz de violar o de matar!”. ¿En serio? Bueno, aquí viene nuevamente el ejercicio de imaginar lo que ahora parece imposible. Cuando ya has estado en la piel del otro, te das cuenta de que las diferencias, esas que ahora parecen tan importantes y definitivas, son en realidad superficiales. En realidad somos lo mismo. Y aunque resulte difícil de creer, puede que en un abrir y cerrar de ojos estés en el lugar de esa persona. ¿Cuántos ateos no se han dado cuenta de que Dios existe? ¿Y cuántos creyentes no han caído en cuenta de que Dios no existe? Hoy lo ves todo muy claro, pero mañana podrías estar de repente en la otra orilla, esa en la que hoy, desde tu punto de vista, están los condenados o los ignorantes.

Es necesario estar en la piel de los demás para empezar a tener un trato más amoroso, más allá de nuestras diferencias. Es como cuando un jugador de fútbol enfrenta a un equipo del que alguna vez hizo parte y, por tanto, al que le tiene cariño. Puede que aún celebre los goles, pero lo hace con más respeto, de manera compasiva. Ya no es capaz de herir como lo hace cuando no ve en el otro nada más que un rival a vencer. No, ya no puede; ahora no puede evitar ver a un hermano y lo trata como tal, aun si ahora están en equipos rivales.

Los momentos más cruentos de una guerra se dan cuando cada una de las partes deshumaniza a la otra; entonces los enemigos dejan de ser considerados personas y se convierten en monstruos cuyo sufrimiento y cuya muerte están justificados.  Y en estos días hay una guerra en los medios de comunicación y en las redes sociales. Muchas veces no escribimos para comunicarnos con el otro, sino solo para reforzar nuestros puntos de vista y para expresar nuestro desprecio por aquellos que son ignorantes o perversos. Por el contrario, las guerras, ya sean con armas o con ideas, se suavizan cuando nos vemos en el otro. Entonces comienzan a surgir los puentes y la posibilidad de encontrar soluciones.

Martha Nussbaum, en su libro Sin fines de lucro, justifica de una manera hermosa la necesidad de que las artes y las humanidades ocupen un lugar importante en la educación: ejercitan la capacidad de imaginar, y solo podemos tener verdadera empatía si nos podemos imaginar en los zapatos del otro, y solo podemos vivir de manera armoniosa y respetuosa si tenemos empatía los unos por los otros. La invitación es, entonces, a imaginar lo imposible, a aprender a vernos como hermanos, por más profundos y extensos que sean los abismos que parecen separarnos.

Por: David González