Cuando Dios es lo único que queda

Este artículo fue tomado y traducido del blog en inglés de Neale Donald Walsh. Lo elegí porque es una reflexión hermosa para esta época de Navidad que comienza.

Queridos amigos:

No necesito decirles que apenas faltan menos de diez días para Navidad, un momento del año muy feliz para muchas personas. Y, sin embargo, para muchos otros, que han sufrido grandes pérdidas o que están enfrentando grandes desafíos en estos días, la temporada de vacaciones navideñas puede ser un tiempo muy difícil… y es comprensible que así sea. Para algunas personas, todo lo que era importante para ellas les  fue arrebatado…

Para todos nosotros llega un momento en el que Dios es lo único que queda…

Esto sucede en la vida de la mayoría de las personas más de una vez. Es un momento en el que te sientes total y completamente aislado. Es un momento en el que sientes, no que nadie te está oyendo, sino que no hay nadie para oírte. Estás realmente solo. No hay nadie más, uncluso cuando hay alguien más contigo en la habitación. No hay nada más, aun cuando hay muchas cosas alrededor. Sólo estás tú, a pesar de que el mundo te rodea. Quizás especialmente cuando el mundo te rodea, sólo estás tú.

Sí, hay un momento en el que Dios es lo único que queda. Nada más importa. Nada más tiene significado alguno. Nada más te atrae, te magnetiza, exige tu atención  —o es siquiera digno de ella—.

Este momento llega, me parece, o bien cuando no tienes nada, o bien cuando lo tienes todo. Este momento llega cuando todo lo demás te ha sido arrebatado y no queda nada, o cuando se te ha dado todo y no hay nada más que puedas desear.

Cuando este momento llega, hay un gran alivio. Es un soltar, un dejar ir. Pero, aún así, para muchos de nosotros, todavía hay una pequeña parte de nosotros que anhela aquella única cosa que muchos de nosotros nunca hemos tenido: aceptación completa y amor incondicional.

Que alguien me ame exactamente como soy.

No hemos sido capaces de encontrar eso en otros. Pensamos que podríamos encontrarlo en otra persona, tuvimos la esperanza de que podríamos encontrarlo en otra persona, pero no podemos. Ni siquiera podemos encontrarlo en nosotros mismos. Y como no podemos encontrarlo en nosotros, no podemos dárselo a otra persona —y es por eso que no lo podemos encontrar ahí—.  En ninguna parte podemos encontrar aquello que no hemos puesto en ninguna parte, y no hemos puesto aceptación completa y amor incondicional en ninguna parte. Ni siquiera podemos estar bien con el clima, por santo cielo. Podemos encontrar algo para quejarnos para prácticamente cualquier cosa.

Y así, bucamos aquello que no está ahí, pues todo lo que buscamos en la vida debe haber sido puesto ahí por nosotros. Si no lo hemos puesto ahí, no podemos encontrarlo. Lo que no ponemos en la vida no podemos encontrarlo, pues nosotros somos la Unica Fuente Que Hay.

Si no podemos encontrar perdón en nuestras vidas, es porque no lo hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar compasión en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí.  Si no podemos encontrar tolerancia en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar piedad en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar paz en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Si no podemos encontrar aceptación en nuestras vidas, es porque no la hemos puesto ahí. Y si no podemos encontrar amor en nuestras vidas, es porque no lo hemos puesto ahí.

Debemos poner todas esas cosas en la Vida. Primero, en nuestra propia vida, y luego, en la vida de otros. O, para algunos, es al revés. De hecho, pienso que para la mayoría de nosotros es al revés. Para la mayoría de nosotros, es casi imposible darnos a nosotros mismos aquello que más queremos recibir: perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación, amor.

La mayoría de nosotros no podemos darnos a nosotros mismos esas cosas porque sabemos demasiado acerca de nosotros. Creemos que no merecemos esas cosas. Imaginamos que somos algo diferente de lo que realmente somos. No podemos ver la Divinidad que la Divinidad Misma ha puesto en nosotros. No podemos ver la Inocencia. No podemos ver la Perfección en nuestra imperfección.

Debido a que no podemos ver esas cosas en nosotros mismos, no podemos darnos a nosotros aquellas cosas que más queremos recibir. Sin embargo, como no somos totalmente ciegos frente a lo que es bueno y valioso en el mundo, con frecuencia podemos ver esas cosas en otros. Con frecuencia podemos ver Divinidad en otros. Con frecuencia podemos ver Inocencia en otros. Con frecuencia podemos ver Perfección en la imperfección de otros. Y así, podemos darles a otros perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Podemos, pero la pregunta es, ¿lo haremos?

Muy a menudo no lo hacemos. A causa de nuestras heridas, no podemos sanar las heridas de otros. Y así, le negamos a nuestro mundo las cosas que nuestro mundo más necesita. Le negamos a nuestro mundo perdón, compasión tolerancia, piedad, paz, aceptación, amor. Y cuando le negamos esas cosas a nuestro mundo, nos las negamos a nosotros mismos —porque aquello que no hemos puesto en el mundo, no podemos recibirlo del mundo—. Repitamos otra vez la Nueva Regla de Oro:

Lo que no hemos puesto en el mundo, no podemos recibirlo del mundo.

Llega un momento en el que nos damos cuenta de que nosotros somos la Unica Fuente Que Hay. Nadie va a darnos a nosotros o al mundo aquello que somos incapaces de darle al mundo y, de esa manera, a nosotros. No por mucho tiempo.

El primer lugar en el que podemos ver esto es en las relaciones con los demás. Lo que no podemos o no queremos darle a otro, no podremos recibirlo de otro. No por mucho tiempo. Si no podemos darle a la persona que nos acompaña en la habitación perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor… no podemos esperar que la persona en el cuarto nos dé esas cosas a nosotros. Pues ella solo tienen para darnos aquello que le hemos dado.

Nos imaginamos en la relaciones que la otra persona tiene aquello que nosotros no tenemos y, por tanto, que puede dárnoslo. Esta es la gran ilusión. Este es el gran error. Este es el gran malentendido. Y esta es la razón por la que tantas relaciones fracasan. Nos imaginamos que el otro nos va a dar perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Imaginamos que los otros van a darnos lo que nosotros no podemos darles, y lo que ni siquiera podemos darnos a nosotros. Y entonces nos ponemos furiosos con la otra persona. Y entonces nos ponemos furiosos con nosotros. Y entonces…

 … nos damos cuenta de que lo único que queda es Dios. Nos tornamos, entonces, hacia Dios. Por favor, Dios, dame perdón, compasión, tolerancia, piedad, paz, aceptación y amor. Por favor dame esas cosas para poder yo dárselas a los demás.

El mundo se aproxima rápidamente a este punto de quiebre. Estamos empezando a entender que Dios es la Fuente Original y Única. Ahora todo lo que tenemos que entender, además, es que no hay separación entre Dios y nosotros. Cuando por fin tenemos esta comprensión fundamental, cuando, por fin, abrazamos esta verdad básica, cambiaremos nosotros, transformaremos nuestras relaciones y cambiaremos el mundo.

Hasta entonces, no podremos hacerlo. Y esperaremos por ese momento en el que nos damos cuenta de que… lo único que queda es Dios. Ojalá lleguemos a ese momento antes de que lo creemos… de la forma más cruda posible: destruyendo todo lo demás hasta que no haya nada más. Destruyendo nuestra relación hasta que no quede nada. Destruyéndonos a nosotros hasta que no quede nada. 

Conversaciones con Dios contiene una afirmación asombrosa. Es algo que nunca he olvidado. Dios dijo: “No es necesario ir al infierno para llegar al cielo”.  Nos invito a todos a recordar esto hoy. Nos invito a todos a aceptar y darle la bienvenida a una nueva noción sobre nosotros mismos y sobre la vida: no que lo único que queda es Dios, sino que lo único que hay es Dios.

Cuando veamos a Dios en todas las personas y en todas las cosas, entonces habremos soltado nuestras ilusiones, nos habremos apartado de nuestras imaginaciones infantiles, y trataremos a todas las cosas y a todas las personas como si eso, ella o él fuera Divino. Y si piensas que eso no cambiaría tu vida y tu mundo, piensa de nuevo. Este es el Camino del Alma.

Amor y abrazos,

Neale

Neale Donald Walsh es el autor de la serie de libros de Conversaciones con Dios, que han sido éxitos en ventas. Estos libros, que no se inscriben en ninguna doctrina religiosa, están inspirados por Dios, y en ellos se presentan consejos sencillos y claros para tener una vida más equilibrada y para reconectarnos con la Divinidad, de la que hacemos parte. Estas enseñanzas constituyen un camino moderno hacia una vida espiritual y llena de significado. Puedes conocer más sobre Neale en su página web.

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La imaginación y la guerra

“No tiene caso”, gritó Alicia, “¡Uno no puede creer en cosas imposibles!”. “Creo que no has practicado mucho”, dijo la Reina Blanca. “Yo siempre lo  hacía por lo menos media hora al día. Y en ocasiones podía creer hasta seis cosas imposibles antes del desayuno”.

Alicia a través del espejo (capítulo 5), Lewis Carol

Soy profesor universitario y me gusta sacar las fotocopias para mis clases en la tienda de una señora de avanzada edad que es de lo más amable. Realmente me cae bien. Siempre me atiende con una energía cálida e incluso me atrevo a decir que con cariño. Hace poco, mientras imprimía un taller para mis alumnos, vi que en el televisor de la tienda estaba hablando Juan Manuel Santos, el presidente de mi país, sobre el acuerdo de paz que acaba de firmar con la guerrilla de las Farc, y con respecto al cual dentro de poco los colombianos deberemos votar si estamos o no de acuerdo. Es un tema frente al que pocos en Colombia pueden permanecer indiferentes por estos días. El discurso del presidente produjo una reacción notoria en la dueña de la tienda, quien me lanzó una mirada como esperando a que yo reafirmara su punto de vista mediante algún gesto. Inmediatamente sentí una punzada en el pecho, una sensación de incomodidad y malestar. Era obvio que ella pensaba de manera muy diferente que yo, y eso, por unos momentos, me pareció incomprensible. ¿Cómo podía esa dulce señora, que todo el tiempo desbordaba amor, albergar tales creencias? Pero lo que más me impactó fue lo segura que estaba, la certeza que tenía de que ella estaba luchando por lo que es mejor para todos, por lo que es mejor para mí.

Entonces me di cuenta de que mi problema era la falta de imaginación. No era capaz de concebir que ella estuviera en lo cierto, y yo, equivocado. No podía imaginarlo. En otras palabras, carecía de la habilidad necesaria para ponerme realmente en sus zapatos. Y esa incapacidad sustentaba mis juicios contra la mujer. Como en mi mundo no era concebible que ella estuviera en lo cierto, la única alternativa que me quedaba era considerarla inconsciente, ignorante o perversa, lo que implica que en el fondo yo creía que ella estaba por debajo de mí en la escala evolutiva, intelectual o moral. Desde esta perspectiva, no había duda de que era ella quien debía cambiar, pues era obvio que era ella quien estaba mal, mientras que yo veía la verdad. Además, esta verdad era tan evidente que mi actitud frente a la mujer no podía sino ser de condescendencia  —en caso de que ella fuese inconsciente o ignorante—o de repudio —en caso de que fuese perversa—. De cualquier forma, había algo que no podía existir entre nosotros: una relación horizontal, en la que ambos estuviéramos al mismo nivel, en la que de verdad pudiera haber comunicación entre iguales. Algo nos separaba irremediablemente: un abismo del tamaño de su equivocación. O tal vez no. Quizás en realidad el abismo era del tamaño de mi falta de imaginación, del tamaño de mi falta de empatía, del tamaño de mi incapacidad para ponerme en sus zapatos.

Decidí tratar de cruzar el abismo y fue más difícil de lo que esperaba. ¿Cómo se vería el mundo si lo que ella creía fuese verdad? ¿Qué pasiones desataría en mí el discurso del presidente? ¿Cuáles serían mis miedos, mis esperanzas y mis resentimientos? ¿Cómo me sentiría al ver a un joven profesor universitario en mi tienda tan convencido de lo contrario, tan engañado, tan seguro de sus falsas ideas? ¿Cómo salvarlo a él y a mi país? ¡Qué desesperación, qué fastidio, qué desasosiego!

Es un ejercicio que, creo, vale la pena, y los invito a que lo intentemos ahora. Para esto puede servir otro de los debates que ha alborotado las pasiones en los últimos meses en Colombia: si se debe permitir el matrimonio entre parejas del mismo sexo y si a los niños se les debe enseñar en los colegios que las preferencias sexuales diversas son normales y deben ser respetadas. Tal vez eres homosexual y tienes la certeza de que serías un gran padre, o tal vez es evidente para ti que todas las preferencias sexuales son igualmente válidas. O tal vez tienes la certeza de que la homosexualidad es antinatural y de que ofende a Dios, y no te cabe duda de que sería malo para las almas de los niños que se les diga que es normal. Pero, ¿puedes imaginar que el mundo fuera diferente? ¿Y si el otro tuviera la razón y tú estuvieras equivocado? Es difícil concebir esa posibilidad, ¿no? ¡Son tan fuertes nuestras certezas! Pero hagamos el ejercicio. ¿Cómo te sentirías? ¿No te angustiaría ver a tanta gente tan segura de lo contrario, no tratarías de sacarlos de su error? ¿No tratarías de salvar sus almas, aun a pesar de sí mismos? ¿No te enfadarías al ver que las enseñanzas de Dios, que sabes que son correctas, están siendo despreciadas? ¿No defenderías con pasión tu derecho a tener una familia y a que tus preferencias sexuales sean respetadas? ¿No te fastidiaría ver que la gente tiene ideas religiosas de las que no tienes duda que son falsas? No se trata simplemente de albergar el pensamiento, sino de encarnarnos en ese mundo, de sentirlo con toda la profundidad posible. Tal vez dirás: “¡Pero esas creencias son un disparate, no puedo imaginar que esa fuera realmente la verdad!”. Bueno, ahí es donde entra la imaginación. Se la puede entrenar. Te animo a que lo sigamos intentando hasta que podamos estar en la piel del otro completamente. Confiemos en las palabras que la Reina Blanca le dice a Alicia. Tal vez, si practicamos, antes del desayuno habremos visitado un mundo diferente al nuestro y sabremos realmente cómo se siente el otro, ese a quien ahora juzgamos.

Sin duda es un proceso que duele, pues implica negarse a uno mismo. Dejar de lado, así sea por un momento, la certeza de nuestras convicciones religiosas y políticas equivale a anularnos. Pues no se trata de creencias simplemente. Para muchos de nosotros se trata de verdades a las que hemos llegado a través de la experiencia, y de las que, por tanto, no podemos dudar. Es bueno saber, sin embargo, que el otro también ha llegado a sus verdades a través de experiencias profundas y también tiene la  misma incapacidad de ponerlas en duda de la que nosotros adolecemos.

Ahora bien, ¿por qué es importante este ejercicio? ¿Por qué es importante que seamos capaces de ponernos realmente en los pies del otro, por más alejado que esté de nosotros y por más absurdo que nos parezca su punto de vista? La importancia reside en que esta empatía extrema es un requisito para poder aplicar de verdad la famosa regla de oro, esa que está escrita en el bello mosaico que adorna la sede de las Naciones Unidas: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”. En efecto, si la examinamos con cuidado, veremos que esta regla nos pide que pensemos cómo nos gustaría que nos trataran si fuéramos el otro. ¿Me gustaría ver burlas en internet frente a mis creencias? ¿Me gustaría ser condenado por lo que soy y por mi forma de ver la vida, de la cual estoy seguro de que es correcta?

Además, la empatía es necesaria para poder perdonar de verdad. Cuando vemos a un ladrón, a un asesino o a un violador, y somos capaces realmente de ponernos en sus zapatos, sin duda vamos a reaccionar de manera distinta a como lo haríamos si simplemente vemos un monstruo. Puede que digas “¡Pero yo jamás sería capaz de violar o de matar!”. ¿En serio? Bueno, aquí viene nuevamente el ejercicio de imaginar lo que ahora parece imposible. Cuando ya has estado en la piel del otro, te das cuenta de que las diferencias, esas que ahora parecen tan importantes y definitivas, son en realidad superficiales. En realidad somos lo mismo. Y aunque resulte difícil de creer, puede que en un abrir y cerrar de ojos estés en el lugar de esa persona. ¿Cuántos ateos no se han dado cuenta de que Dios existe? ¿Y cuántos creyentes no han caído en cuenta de que Dios no existe? Hoy lo ves todo muy claro, pero mañana podrías estar de repente en la otra orilla, esa en la que hoy, desde tu punto de vista, están los condenados o los ignorantes.

Es necesario estar en la piel de los demás para empezar a tener un trato más amoroso, más allá de nuestras diferencias. Es como cuando un jugador de fútbol enfrenta a un equipo del que alguna vez hizo parte y, por tanto, al que le tiene cariño. Puede que aún celebre los goles, pero lo hace con más respeto, de manera compasiva. Ya no es capaz de herir como lo hace cuando no ve en el otro nada más que un rival a vencer. No, ya no puede; ahora no puede evitar ver a un hermano y lo trata como tal, aun si ahora están en equipos rivales.

Los momentos más cruentos de una guerra se dan cuando cada una de las partes deshumaniza a la otra; entonces los enemigos dejan de ser considerados personas y se convierten en monstruos cuyo sufrimiento y cuya muerte están justificados.  Y en estos días hay una guerra en los medios de comunicación y en las redes sociales. Muchas veces no escribimos para comunicarnos con el otro, sino solo para reforzar nuestros puntos de vista y para expresar nuestro desprecio por aquellos que son ignorantes o perversos. Por el contrario, las guerras, ya sean con armas o con ideas, se suavizan cuando nos vemos en el otro. Entonces comienzan a surgir los puentes y la posibilidad de encontrar soluciones.

Martha Nussbaum, en su libro Sin fines de lucro, justifica de una manera hermosa la necesidad de que las artes y las humanidades ocupen un lugar importante en la educación: ejercitan la capacidad de imaginar, y solo podemos tener verdadera empatía si nos podemos imaginar en los zapatos del otro, y solo podemos vivir de manera armoniosa y respetuosa si tenemos empatía los unos por los otros. La invitación es, entonces, a imaginar lo imposible, a aprender a vernos como hermanos, por más profundos y extensos que sean los abismos que parecen separarnos.

Por: David González