La imaginación y la guerra

“No tiene caso”, gritó Alicia, “¡Uno no puede creer en cosas imposibles!”. “Creo que no has practicado mucho”, dijo la Reina Blanca. “Yo siempre lo  hacía por lo menos media hora al día. Y en ocasiones podía creer hasta seis cosas imposibles antes del desayuno”.

Alicia a través del espejo (capítulo 5), Lewis Carol

Soy profesor universitario y me gusta sacar las fotocopias para mis clases en la tienda de una señora de avanzada edad que es de lo más amable. Realmente me cae bien. Siempre me atiende con una energía cálida e incluso me atrevo a decir que con cariño. Hace poco, mientras imprimía un taller para mis alumnos, vi que en el televisor de la tienda estaba hablando Juan Manuel Santos, el presidente de mi país, sobre el acuerdo de paz que acaba de firmar con la guerrilla de las Farc, y con respecto al cual dentro de poco los colombianos deberemos votar si estamos o no de acuerdo. Es un tema frente al que pocos en Colombia pueden permanecer indiferentes por estos días. El discurso del presidente produjo una reacción notoria en la dueña de la tienda, quien me lanzó una mirada como esperando a que yo reafirmara su punto de vista mediante algún gesto. Inmediatamente sentí una punzada en el pecho, una sensación de incomodidad y malestar. Era obvio que ella pensaba de manera muy diferente que yo, y eso, por unos momentos, me pareció incomprensible. ¿Cómo podía esa dulce señora, que todo el tiempo desbordaba amor, albergar tales creencias? Pero lo que más me impactó fue lo segura que estaba, la certeza que tenía de que ella estaba luchando por lo que es mejor para todos, por lo que es mejor para mí.

Entonces me di cuenta de que mi problema era la falta de imaginación. No era capaz de concebir que ella estuviera en lo cierto, y yo, equivocado. No podía imaginarlo. En otras palabras, carecía de la habilidad necesaria para ponerme realmente en sus zapatos. Y esa incapacidad sustentaba mis juicios contra la mujer. Como en mi mundo no era concebible que ella estuviera en lo cierto, la única alternativa que me quedaba era considerarla inconsciente, ignorante o perversa, lo que implica que en el fondo yo creía que ella estaba por debajo de mí en la escala evolutiva, intelectual o moral. Desde esta perspectiva, no había duda de que era ella quien debía cambiar, pues era obvio que era ella quien estaba mal, mientras que yo veía la verdad. Además, esta verdad era tan evidente que mi actitud frente a la mujer no podía sino ser de condescendencia  —en caso de que ella fuese inconsciente o ignorante—o de repudio —en caso de que fuese perversa—. De cualquier forma, había algo que no podía existir entre nosotros: una relación horizontal, en la que ambos estuviéramos al mismo nivel, en la que de verdad pudiera haber comunicación entre iguales. Algo nos separaba irremediablemente: un abismo del tamaño de su equivocación. O tal vez no. Quizás en realidad el abismo era del tamaño de mi falta de imaginación, del tamaño de mi falta de empatía, del tamaño de mi incapacidad para ponerme en sus zapatos.

Decidí tratar de cruzar el abismo y fue más difícil de lo que esperaba. ¿Cómo se vería el mundo si lo que ella creía fuese verdad? ¿Qué pasiones desataría en mí el discurso del presidente? ¿Cuáles serían mis miedos, mis esperanzas y mis resentimientos? ¿Cómo me sentiría al ver a un joven profesor universitario en mi tienda tan convencido de lo contrario, tan engañado, tan seguro de sus falsas ideas? ¿Cómo salvarlo a él y a mi país? ¡Qué desesperación, qué fastidio, qué desasosiego!

Es un ejercicio que, creo, vale la pena, y los invito a que lo intentemos ahora. Para esto puede servir otro de los debates que ha alborotado las pasiones en los últimos meses en Colombia: si se debe permitir el matrimonio entre parejas del mismo sexo y si a los niños se les debe enseñar en los colegios que las preferencias sexuales diversas son normales y deben ser respetadas. Tal vez eres homosexual y tienes la certeza de que serías un gran padre, o tal vez es evidente para ti que todas las preferencias sexuales son igualmente válidas. O tal vez tienes la certeza de que la homosexualidad es antinatural y de que ofende a Dios, y no te cabe duda de que sería malo para las almas de los niños que se les diga que es normal. Pero, ¿puedes imaginar que el mundo fuera diferente? ¿Y si el otro tuviera la razón y tú estuvieras equivocado? Es difícil concebir esa posibilidad, ¿no? ¡Son tan fuertes nuestras certezas! Pero hagamos el ejercicio. ¿Cómo te sentirías? ¿No te angustiaría ver a tanta gente tan segura de lo contrario, no tratarías de sacarlos de su error? ¿No tratarías de salvar sus almas, aun a pesar de sí mismos? ¿No te enfadarías al ver que las enseñanzas de Dios, que sabes que son correctas, están siendo despreciadas? ¿No defenderías con pasión tu derecho a tener una familia y a que tus preferencias sexuales sean respetadas? ¿No te fastidiaría ver que la gente tiene ideas religiosas de las que no tienes duda que son falsas? No se trata simplemente de albergar el pensamiento, sino de encarnarnos en ese mundo, de sentirlo con toda la profundidad posible. Tal vez dirás: “¡Pero esas creencias son un disparate, no puedo imaginar que esa fuera realmente la verdad!”. Bueno, ahí es donde entra la imaginación. Se la puede entrenar. Te animo a que lo sigamos intentando hasta que podamos estar en la piel del otro completamente. Confiemos en las palabras que la Reina Blanca le dice a Alicia. Tal vez, si practicamos, antes del desayuno habremos visitado un mundo diferente al nuestro y sabremos realmente cómo se siente el otro, ese a quien ahora juzgamos.

Sin duda es un proceso que duele, pues implica negarse a uno mismo. Dejar de lado, así sea por un momento, la certeza de nuestras convicciones religiosas y políticas equivale a anularnos. Pues no se trata de creencias simplemente. Para muchos de nosotros se trata de verdades a las que hemos llegado a través de la experiencia, y de las que, por tanto, no podemos dudar. Es bueno saber, sin embargo, que el otro también ha llegado a sus verdades a través de experiencias profundas y también tiene la  misma incapacidad de ponerlas en duda de la que nosotros adolecemos.

Ahora bien, ¿por qué es importante este ejercicio? ¿Por qué es importante que seamos capaces de ponernos realmente en los pies del otro, por más alejado que esté de nosotros y por más absurdo que nos parezca su punto de vista? La importancia reside en que esta empatía extrema es un requisito para poder aplicar de verdad la famosa regla de oro, esa que está escrita en el bello mosaico que adorna la sede de las Naciones Unidas: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”. En efecto, si la examinamos con cuidado, veremos que esta regla nos pide que pensemos cómo nos gustaría que nos trataran si fuéramos el otro. ¿Me gustaría ver burlas en internet frente a mis creencias? ¿Me gustaría ser condenado por lo que soy y por mi forma de ver la vida, de la cual estoy seguro de que es correcta?

Además, la empatía es necesaria para poder perdonar de verdad. Cuando vemos a un ladrón, a un asesino o a un violador, y somos capaces realmente de ponernos en sus zapatos, sin duda vamos a reaccionar de manera distinta a como lo haríamos si simplemente vemos un monstruo. Puede que digas “¡Pero yo jamás sería capaz de violar o de matar!”. ¿En serio? Bueno, aquí viene nuevamente el ejercicio de imaginar lo que ahora parece imposible. Cuando ya has estado en la piel del otro, te das cuenta de que las diferencias, esas que ahora parecen tan importantes y definitivas, son en realidad superficiales. En realidad somos lo mismo. Y aunque resulte difícil de creer, puede que en un abrir y cerrar de ojos estés en el lugar de esa persona. ¿Cuántos ateos no se han dado cuenta de que Dios existe? ¿Y cuántos creyentes no han caído en cuenta de que Dios no existe? Hoy lo ves todo muy claro, pero mañana podrías estar de repente en la otra orilla, esa en la que hoy, desde tu punto de vista, están los condenados o los ignorantes.

Es necesario estar en la piel de los demás para empezar a tener un trato más amoroso, más allá de nuestras diferencias. Es como cuando un jugador de fútbol enfrenta a un equipo del que alguna vez hizo parte y, por tanto, al que le tiene cariño. Puede que aún celebre los goles, pero lo hace con más respeto, de manera compasiva. Ya no es capaz de herir como lo hace cuando no ve en el otro nada más que un rival a vencer. No, ya no puede; ahora no puede evitar ver a un hermano y lo trata como tal, aun si ahora están en equipos rivales.

Los momentos más cruentos de una guerra se dan cuando cada una de las partes deshumaniza a la otra; entonces los enemigos dejan de ser considerados personas y se convierten en monstruos cuyo sufrimiento y cuya muerte están justificados.  Y en estos días hay una guerra en los medios de comunicación y en las redes sociales. Muchas veces no escribimos para comunicarnos con el otro, sino solo para reforzar nuestros puntos de vista y para expresar nuestro desprecio por aquellos que son ignorantes o perversos. Por el contrario, las guerras, ya sean con armas o con ideas, se suavizan cuando nos vemos en el otro. Entonces comienzan a surgir los puentes y la posibilidad de encontrar soluciones.

Martha Nussbaum, en su libro Sin fines de lucro, justifica de una manera hermosa la necesidad de que las artes y las humanidades ocupen un lugar importante en la educación: ejercitan la capacidad de imaginar, y solo podemos tener verdadera empatía si nos podemos imaginar en los zapatos del otro, y solo podemos vivir de manera armoniosa y respetuosa si tenemos empatía los unos por los otros. La invitación es, entonces, a imaginar lo imposible, a aprender a vernos como hermanos, por más profundos y extensos que sean los abismos que parecen separarnos.

Por: David González