¿Por dónde empezar?

Cuando la habitación está muy desordenada dan menos ganas de comenzar a ordenarla. Y a veces esa resistencia toma la forma de una pregunta que parece difícil responder: ¿por dónde empezar?

La respuesta, sin embargo, es muy fácil: empieza por cualquier parte.

Lo importante es empezar. Una vez empecemos, sabremos si comenzamos por la parte adecuada o si debemos cambiar. De cualquier forma, avanzaremos.

Cuando no se trata de una habitación sino de una situación compleja de vida, la pregunta parece más difícil. Cuando no vemos la salida ni el rumbo a seguir, pareciera que no es posible saber por dónde debemos comenzar a poner en orden la vida.

En este caso, no obstante, la respuesta también es fácil: comienza por este momento.

Tal vez no puedas arreglar la historia de tu vida ahora. Pero tal vez no tengas por qué hacerlo. Tal vez solo debes tomar responsabilidad por este momento, que es el único que existe. ¿Hay algo que puedas hacer y estés dispuesto a hacer justo ahora? Hazlo. Si no puedes o no estás dispuesto, acepta el momento presente o asume responsabilidad ahora por tu elección. El primer paso es quedarte aquí, contigo. Empezar a ordenar el único lugar de tu vida al que tienes acceso: este momento. Respira, ánclate, ve a tu corazón, siente las emociones, toma consciencia de tus pensamientos. No huyas. Ese es siempre el comienzo.

Si nos quedamos mirando todo lo que hace falta, todo lo que anda “mal” según nuestra percepción, perdemos poder y se nos dificulta tomar acción. Si nos restringimos a este momento, asumimos responsabilidad. Puede que el cuarto se vea desatroso, pero no tienes por qué arreglar todo el desastre. Simplemente tiende la cama, recoge ese papel. Comienza por cualquier parte. Comienza por este momento.

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El aparente poder del futuro

Habitar plenamente en el momento presente es, para mí, la escencia de la espiritualidad.

Pero hay días en los que parece ser más fácil estar presente que otros.

Cuando se avecina algo importante, algo grave, algo exitante o algo riesgoso, pareciera que no es posible estar presente. Pareciera que es obligatorio pensar en el futuro en esos casos. Y que solo cuando la situación esperada se experimente o se resuelva volverá a ser posible darle toda nuestra atención al momento presente.

La verdad, sin embargo, es que el futuro no tiene ningún poder sobre nuestra capacidad para estar presentes, excepto en nuestra imaginación.

No importa si mañana es la entrevista de tu vida. O la operación más riesgosa. O el partido de fútbol que tanto esperas. Puedes estar plenamente presente ahora si lo deseas.

Requiere de práctica, pero depende solo de tu voluntad, no del futuro.

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El mindfulness o la atención plena

Un amigo me invitó a trabajar en una aplicación para reducir el estrés. Numerosos estudios muestran la efectividad del mindfulness o la “atención plena” para reducir el estrés y la depresión. Por eso, algunas de las meditaciones que se incluyen en la aplicación se relacionan con el mindfulness.

Como parte del desarrollo de la aplicación mi amigo me pidió que escribiera un texto breve relacionado con el mindfulness como complemento a los audios que contienen las meditaciones. Este es el texto que escribí.

Este momento es lo único que existe. El pasado ya dejó de existir y el futuro todavía no existe. Por tanto, lo único que es cien por ciento real es esto, este momento, mientras lees estas palabras. Esa es la realidad. Tus pensamientos sobre el pasado y el futuro son solo eso: pensamientos.

Cuando aprendas a habitar de manera frecuente en el momento presente, comenzarás a gozar de paz y tranquilidad. Pues la gran mayoría de los problemas y las preocupaciones ocurren en nuestra mente, en nuestra imaginación, pero no tienen lugar exactamente en este momento.

El principio básico de la atención plena o mindfulness consiste en estar en el momento presente. Es decir, consiste en prestarle atención a este momento.

Si observamos nuestra mente, nos daremos cuenta de que continuamente está pensando en el pasado o en el futuro. Cuando pensamos en el pasado, muchas veces nos resentimos y tenemos arrepentimientos o culpas. Cuando pensamos en el futuro muchas veces nos preocupamos y anticipamos situaciones desagradables o dolorosas. Gran parte del estrés que experimentamos se genera porque nuestra atención está en el pasado y en el futuro.

Por supuesto que a veces tenemos que pensar en el pasado o en el futuro para poder funcionar de manera adecuada en el mundo. Sin embargo, si pensamos en exceso en el pasado y el futuro, deja de ser útil y nuestros pensamientos se convierten simplemente en una fuente de estrés y malestar.

La invitación del mindfulness es a no pensar tanto en el pasado y el futuro y permitirnos estar plenamente del momento presente. Esto es difícil al comienzo, pues la mente está acostumbrada a vagar por el pasado y el futuro. En consecuencia, se requiere un entrenamiento para aprender a estar plenamente en el ahora.

Algo que ayuda mucho a traer la atención al momento presente es la respiración y la consciencia de nuestro cuerpo. Ahora mismo, mientras lees esto, toma consciencia de tu respiración. Lleva tu atención a tu respiración. Al hacerlo, tomas consciencia de este momento, pues tu respiración está sucediendo justo ahora.

Así, cuando te des cuenta de que tienes muchos pensamientos y te sientas estresado o atormentado, prueba llevar tu atención a este momento. Siente tu respiración. Toma consciencia de tu cuerpo. Toma consciencia de los objetos que te rodean. Trata de no pensar sobre lo que ves o experimentas, simplemente obsérvalo, siéntelo profundamente.

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El cuerpo del dolor

A veces el más pequeño de los detalles desata en nosotros una tormenta de malestar. A veces algo realmente pequeño y ridículo. Hay días que recuerdo haber sufrido durante horas por no encontrar un calcetín. Esto a pesar de que fácilmente podría comprar otro y de que en realidad no me hace ninguna falta.

Por supuesto, no se trata del calcetín. Se trata de momentos en los que estoy muy inconsciente y con un dolor emocional latente. Y ese dolor emocional “busca” excusas externas para activarse. Cuando estoy así, puede que aparezca el calcetín, pero mi mente no tardará en encontrar un problema substituto para justificar mi sufrimiento. Cualquier cosa sirve. El clima. Una mirada. Una noticia. Un pensamiento al azar.

En palabras de Eckhart Tolle, podríamos decir que en esos momentos mi “cuerpo del dolor” está activo.

Tolle señala que cuando no nos permitirmos sentir plenamente una emoción desagradable, la carga energética de esa emoción se adhiere a nuestro cuerpo emocional latente, al cúmulo de emociones estancadas al cual él llama “el cuerpo del dolor”.

Cuando ese cúmulo de emociones se activa, sentimos un gran malestar interno que parece no tener causa o, más bien, que parece ser causado por cualquier cosa.

Una grán práctica espiritual consiste en observar el cuerpo del dolor cuando éste se activa. Sentir plenamente las emociones que emergen. Observar los patrones de pensamiento que resuenan con esas emociones, usualmente pensamientos densos, repetitivos y angustiantes. No creerles a esos pensamientos, no actuar como si dijeran la verdad; simplemente observarlos y sentir las emociones con las que se encadenan.

Cuando tomamos consciencia, esas emociones densas se convierten en combustible para la consciencia. Son transmutadas por nuestra presencia interna. Y esto da lugar a un despertar.

Cuando el cuerpo del dolor está activo, es difícil estar presentes. Las emociones son muy densas y no queremos sentirlas. Es más fácil creer que la causa de ellas está afuera de nosotros. Es fácil entablar una pelea con lo que sucede afuera. Como durar una hora desordenando el cuarto para buscar un calcetín. Por tanto, esta práctica espiritual requiere de tener una intención fuerte y de ejercitar constantemente nuestra capacidad de prestar atención al momento presente.

Por supuesto que vale la pena. Al menos la ha valido para mí. A veces, después de tomar consciencia del cuerpo del dolor, me siento como si estuviera despertando de un mal sueño. Vuelvo a mirar a mi alrededor y el mundo ha cambiado. A veces veo las mismas cosas que antes me hacían sufrir y me parece increíble que mi paz se haya perdido por ellas. A veces volteo a mirar a aquel que creía que me estaba atacando y veo que en realidad estaba tratando de ayudarme. A veces me da una risa que trae gran alivio consigo. Por ejemplo, al ver como la falta de un calcetín causa un disparate.


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Tu vida, la historia de tu vida y los videojuegos

A menudo sufrimos porque confundimos nuestra vida con la historia de nuestra vida. El maestro espiritual Eckhart Tolle distingue claramente una de la otra. Presentaré aquí la distinción sencilla pero poderosa que él propone en su obra maestra El Poder del Ahora.

La historia de tu vida es lo que crees que eres. Es el relato que te cuentas a ti mismo sobre ti. De dónde vienes, para dónde vas. Tus logros, tus fracasos. Tus cualidades, tus defectos.

Al igual que todas las historias, la historia de tu vida está construida de pasado y de futuro. Existe en tu mente cuando esta recuerda un pasado que ya no existe o se proyecta en un futuro imaginario.

Tu vida, en cambio (y valga la redundancia), está viva. La puedes sentir vibrando ahora mismo. Es tu ser.

Cuando crees que tu vida se reduce a la historia de tu vida, te identificas completamente con el personaje que has construido para ti y que usas para moverte en el mundo. Entonces crees que tu valor depende del pasado. Crees que tu valor depende de qué tantos éxitos y logros hayas conseguido en el tiempo.

Cuando tomas consciencia de tu vida, te das cuenta de que tu ser no depende del pasado; está aquí, ahora, siempre, radiante. Y el valor de ese ser no tiene nada que ver con logros o fracasos en el tiempo. El valor de ese ser está por fuera del tiempo. Puedes tomar consciencia de él o pasarlo de largo, pero no puedes perderlo ni aumentarlo, sin importar qué tan trágica o exitosa sea tu historia.

Para vivir en el mundo todos construimos una historia sobre nosotros en nuestra mente. Nos sirve para ubicarnos y relacionarnos con otros. Pero no necesitamos identificarnos con ella. Podemos observarla y anclarnos permanentemente en nuestra vida, que se encuentra en lo más profundo de este momento.

Es fantástico que construyas una hermosa historia de tu vida en esta aventura por la que estás pasando. Disfrútala. Lucha. Construye. Crea. Ríe. Llora. Explora. Pero, más allá de eso, la invitación es a que, mientras disfrutas o sufres tu historia, tomes consciencia de tu ser verdadero, que está siempre debajo de todo aquello que jamás pueda suceder en tu historia. Desde ese lugar disfrutarás de tu historia de una manera mucho más relajada y serena. Y te permitirás jugar plenamente, sabiendo que, en última instancia, no tienes nada real qué perder.

Identificarnos con nuestra historia es como jugar un video juego y creer que somos el personaje en la pantalla del televisor y olvidarnos de que en realidad estamos jugando. Cualquier videojuego se volvería bastante angustiante si eso sucediera. Cuando sabes que es solo un juego, lo disfrutas plenamente. Sigues riendo cuando ganas en el juego y te sigues enfadando cuando pierdes. Te sigues esforzando para pasar al siguiente nivel y aprendes a medida que avanzas para superar los obstáculos que van apareciendo en la pantalla. Pero, pase lo que pase, sabes que estás bien y que tu bienestar real no depende de que ganes o pierdas. Sabes que tu vida está más allá de la pantalla, en un lugar que no puede ser tocado por nada que suceda en el juego. Y la puedes sentir siempre, en lo más profundo de tu corazón, mientras sigues jugando.

Foto: Stanislav Solntsev, tomada de Getty Images.

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Una propuesta interesante

Si el problema que te preocupa no se está manifestando en este mismo momento, sino que sólo está en tu cabeza, puedes elegir estar presente y no dejarte llevar por la película que tu mente creará al rededor de ese problema.

Ante la perspectiva de que elijas estar presente, puede que tu ego te diga: “Hagamos un trato. Déjame resolver el problema en la cabeza, déjame imaginar los futuros posibles para asegurarme de que tendré cómo defenderme en caso de que mis miedos se vuelvan reales, déjame ganar esa posible discusión en mi imaginación, déjame repasar las razones por las que estoy en lo cierto y los demás están equivocados. Déjame hacer eso sólo esta vez. La próxima te prometo que nos quedaremos en el momento presente en vez de dejarnos llevar por mis películas”.

Podría llegar a ser un buen trato si no fuera porque una vez que lo aceptes, el ego te lo volverá a proponer una y otra vez, aplazando la presencia a un futuro que nunca llega.

Es el mismo trato que propone la mente cuando quiere satisfacer la urgencia de caer en una adicción. Sólo este cigarrillo y paro. Sólo este bocado más. Sólo un capítulo más. El problema es que apenas cedes la historia se repite: “Ahora sí el último”.

Hazle mejor la siguiente propuesta a tu mente: “Estemos presentes sólo por hoy. Sólo por este momento. Sólo por estos segundos, luego ya habrá tiempo para fantasear”. Y cada vez que te acuerdes, le vuelves a proponer el mismo trato. “Es sólo por este minuto”, dile, “No hay nada qué temer, sólo estemos presentes por este momento, sólo este, no pido nada más”.

Foto tomada de la cuenta de Instagram The Secret Life of Troja.

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Dos formas de calmar la ansiedad

Hay dos maneras de calmar la ansiedad: huyendo de ella o adentrándonos en ella.

El primer camino es fácil a corto plazo. Un ejemplo típico es cuando recurrimos a una adicción para escapar de la ansiedad. En el momento la calmamos, pero vernos atrapados en la adicción nos produce más ansiedad una vez el efecto calmante ha pasado (o incluso a veces antes de que pase).

El segundo camino es incómodo ahora. Implica sentir. Implica llevar la luz de nuestra consciencia y posarla con intensidad sobre aquellas emociones que nos duelen. Implica tomar consciencia de nuestro miedo y nuestro dolor y verlos de frente, sin tratar de arrancarlos o aniquilarlos, simplemente quedándonos allí con ellos.

Cuando tenemos la valentía de tomar el segundo camino, podemos acceder al poder de la alquimia de nuestra consciencia, que convierte en luz aquello sobre lo que se posa. Cuando la consciencia pura entra en contacto con nuestro dolor, lo usa como combustible y lo convierte en parte de ella. Lo transforma en más consciencia, en plenitud.

Y esta consciencia, al igual que cualquier músculo del cuerpo o cualquier capacidad intelectual, se fortalece a medida que la ejercitas. Y puedes ejercitarla en cada momento. Ahora, si quieres, puedes tomar consciencia de lo que está pasando en ti y mirarlo amorosamente, regalándole tu atención plena.


Foto tomada de la cuenta de Instagram de Suse.

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Una pregunta clave

Cuando medito, a veces pongo una alarma para que me indique cuándo parar. Hoy, mientras meditaba, me vi esperando a que sonara la alarma.

Al ego le encanta la idea de meditar, siempre y cuando crea que con eso puede obtener algo en el futuro: una idea agrandada de sí mismo. Entonces, mientras “medita” mira al futuro, pues, para él, es solo en el futuro que la meditación tiene valor. Este momento, sentado en silencio, es únicamente un medio para llegar al momento en el que recibirá su recompensa.

Pero la recompensa que busca el ego nunca llega, pues el futuro nunca llega. Lo que llega es siempre el presente. Y el ego no lo puede apreciar, pues tiene su mirada en el futuro.

Es una reacción automática. Es el reflejo de mirar al fururo para asegurarnos de que lo que estamos haciendo nos traerá una recompensa.

Y, así, me dí cuenta de que me estaba perdiendo el regalo de ese momento. Y vi que, en realidad, no estaba meditando. Sólo estaba realizando un ritual superficial para crear en mi imaginación un futuro deseable: el futuro en el que estoy pleno, en paz y realizado.

Más allá de si te sientas a meditar con las piernas cruzadas y repites mantras o si estás en un café tomándote un jugo o revisando papeles en un rascacielos o barriendo la calle, la pregunta más importante es: ¿este momento es valioso para ti por sí mismo o vale tan sólo por lo que traerá en el fututo? Allí reside, para mí, la clave de la espiritualidad.

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Ahora puedes elegir

Mientras comes, puedes elegir estar presente y saborear cada bocado o puedes dejar que tu mente vague por tus sueños y preocupaciones o esté pendiente de las notificaciones de tu celular mientras masticas automáticamente la comida.

Cuando una emoción fuerte surge en ti, puedes elegir sentirla, entrar en ella y dejar que te muestre lo que hay en ti o puedes buscar algo para ditraerte: un chocolate, una película, un cigarrillo, leer las noticias.

Cuando tu mente se forma películas sobre el futuro, puedes elegir engancharte en la trama y olvidarte de dónde estás o puedes observarlas desde un lugar de consciencia y dejarlas pasar como nubes en el cielo.

En este momento puedes elegir sentir tu corazón latir en tu pecho o puedes no hacerlo. Tienes el poder.

Tú eliges desde qué lugar experimentas tu realidad y con qué grado de consciencia.

Sí, hay una inercia, una forma en la que estamos acostumbrados a elegir. Hay decisiones que tomamos de forma automática, por costumbre. Pero ahora podemos elegir observar esos patrones y podemos elegir de nuevo.

La magia es que entre más elegimos algo más fácil se vuelve elegirlo. A medida que tomamos elecciones diferentes vamos reprogramando los hábitos de nuestra conciencia.

Hacer esto de manera consistente puede parecer algo difícil. Pero esa idea es un truco del ego. Al ego le encanta mirar al futuro y al pasado y ver la dificultad proyectada en el tiempo. No obstante, en este momento, que es el único momento en en realidad puedes elegir, es fácil hacerlo. Prueba y verás. Y lo único que tienes que hacer y que puedes hacer es elegir ahora. En serio: prueba y verás.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Hiko Takahashi.

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¿Vale la pena oprimir el botón para adelantar?

En la película Click, al protagonista (Adam Sandler) le regalan un control remoto mágico (alerta de spoilers). Si lo desea, con ese control puede adelantar las escenas de su vida, pausarlas o incluso volver atrás. Como este personaje está obsesionado con obtener ciertos logros en el futuro, decide empezar a adelantar ciertas escenas hasta llegar a aquellos momentos que sí desea experimentar. Por ejemplo, salta el fin de semana en el que está enfermo y tiene que trabajar, y adelanta su vida hasta la escena en la que lo promueven en su trabajo por estar haciendo bien las cosas.

Parece una buena técnica para vivir una vida más placentera. Sin embargo, lo que el personaje aprende es que esta técnica en realidad sirve para no vivir en absoluto. Es una forma de rechazar la vida, de dejar de vivir. Pues implica tratar al momento presente, donde reside la vida, como un obstáculo o, a lo sumo, como un medio para llegar al futuro. Pero no se lo ve como algo valioso en sí mismo.

Además, este control remoto tiene una característica particular: guarda las preferencias de su usuario. Por tanto, de forma automática comienza a adelantar ciertas escenas, así el protagonista no lo haya elegido conscientemente. Cuando se da cuenta, han pasado varias décadas y se ha perdido su vida. Eligió, sin quererlo, que esta pasara sin que él se diera cuenta.

Me parece una metáfora muy iluminadora sobre la manera como funciona nuestra mente, que viene siendo el control remoto.

Nuestra mente condicionada está obsesionada con obtener. Con la idea de que en el futuro están la salvación y la plenitud. Esto implica, claro, que este momento no tiene valor por sí mismo. Solo sirve en la medida en que nos permite llegar a ese futuro en el que está aquello realmente valioso. Y así, rechazamos la vida, persiguiendo siempre el futuro, que nunca existe ahora y, por tanto, nunca existe en el momento en el que está la vida. Y este rechazo a la vida puede convertirse en un hábito, en algo que hacemos sin darnos cuenta.

La buena noticia es que está en nuestras manos reprogramar el control remoto. ¿Cómo se hace? Primero, tomando consciencia de que está en automático y que está programado para no valorar este momento. Segundo, una vez tenemos consciencia, podemos elegir romper la programación automática. Requiere atención y disciplina, pues hay una inercia detrás de la programación. Pero se puede. Podemos elegir comenzar a no oprimir el botón de adelantar. Podemos quedarnos saboreando este momento hasta su médula, así la mente nos diga que este momento no es valioso. Que ir en el bus a la casa no es valioso. Que estar lavando los platos no es valioso. Que sentir una incomodidad en el cuerpo no es valioso. Todo eso podemos ignorarlo, y quedarnos plénamente aquí, asumiendo que aquí ya llegamos al tesoro más valioso que existe y, por tanto, no tenemos necesidad de estar en ningún otro tiempo o lugar.

Podemos elegir quedarnos aquí hasta crear una nueva programación. Un nuevo hábito. El hábito de ver este momento como lo más valioso que hay, sabiendo que es lo único real que hay.

Así que la próxima vez que estés tentado ignorar esta escena para llegar a un futuro más valioso, pregúntate: ¿vale la pena oprimir el botón para adelantar? Es decir, ¿vale la pena dejar de vivir la vida?

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