El origen del mal olor

Imagina que vives en un gran palacio y empiezas a percibir un mal olor. Algo se está pudriendo en alguna parte, pero no sabes exactamente dónde.

Hay varias estrategias para hacerle frente a esta situación.

La menos efectiva es huir del castillo y esperar que a tu regreso el miasma y su causa hayan desaparecido mágicamente.

También puedes usar perfumes para esconder el olor. Así mitigarás la incomodidad por un rato, pero el hedor continuará haciéndose más fuerte y en algún momento ya no podrás ocultarlo más.

Una aproximación más proactiva es empezar a buscar la causa. Esto, no obstante, puede ser muy difícil, especialmente si el palacio tiene muchas habitaciones y recovecos. Si buscas de forma frenética, corriendo de un lado para otro y removiendo trastes aquí y allá a cada paso, te agotarás y será poco probable que halles lo que se está pudriendo.

Tal vez lo mejor es quedarte quieto, simplemente oliendo. Cada vez con más atención. De esta forma, tu olfato te guiará hacia el origen del miasma. Esta es, tal vez, la estrategia más incómoda, pues implica sentir plenamente aquello que te incomoda, pero es la más efectiva. Entre más plenamente habites el palacio, más fácil será encontrar aquello que debes limpiar. Eso implica permitirte estar en presencia del mal olor. No se trata de huir ni tampoco de pretender que no está allí o que no te afecta. Se trata, simplemente, darle tu atención plena.

Así mismo sucede cuando algo disuena en nuestro interior. Huir mendiante distracciones no hará que el malestar se vaya. Tratar de quitarnos esa sensación de encima a la fuerza tampoco ayudará mucho. El gran trabajo está en permitirnos sentir plenamente eso que nos duele, para que así su causa le sea revelada a nuestra consciencia. Se trata, pues, de amar y habitar aquellos recovecos en los que nos sentimos menos cómodos. Se trata de caminar, con calma, hacia aquello que más nos duele y mirarlo con atención. Esa es la mejor manera de sanar. Esa es la mejor manera de mantener reluciente nuestro palacio.

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El momento más importante

Nada que haya sucedido en el pasado puede impedirte estar presente en este momento.

Eckhart Tolle

En un partido de fútbol, si quedan 2 minutos para el final y un equipo va ganando 6-0, el tiempo restante es sólo un trámite. Los equipos siguen jugando por respeto, pero en realidad el partido ya acabó. Por eso es común que los hinchas abandonen el estadio antes del pitazo final.

En un partido de tenis, en cambio, no importa qué tantos puntos un jugador haya perdido hasta el momento, mientras el partido no haya acabado, aún tiene posibilidades de ganar.

En el tenis, cada pelota que se juega tiene valor por sí misma, sin importar qué haya pasado antes. En cada punto del juego, los jugadores tienen la posibilidad de reinventarse y comenzar de nuevo. Es por esto que en el tenis la fortaleza mental es tan importante. No importa qué tan bien o mal hayas jugado hasta el momento. La pelota que está en juego será siempre la más importante. Si te descuidas y te desconcentras, todos los puntos pasados pueden quedar en el olvido. Si te concentras y comienzas a jugar mejor ahora, puedes ganar sin importar qué tantos puntos hayas perdido.

Por supuesto, el pasado afecta a los jugadores de un partido de tenis, pero sólo en la medida en que ellos lo permiten. Un jugador que tenga la capacidad de olvidarse de sus triunfos y sus errores y concentrarse sólo en el punto actual tendrá una gran ventaja.

Cuando le preguntaron a Rafael Nadal, el jugador que más trofeos ha ganado en el Abierto de Francia, cuál era su principal fortaleza, respondió sin vacilar: “Mi mente”. No importa qué tan bien o mal esté jugando su oponente, o qué tan bien o mal él mismo haya estado jugando, Nadal juega cada punto como si fuera el más importante.

Hay algo que podemos aprender de la actitud de Nadal. Para él, todos los puntos son el punto más importante. Hay una gran humildad y un gran respeto por sus rivales. Siempre juega cada punto como si tuviera en frente al mejor del mundo y, por tanto, no pudiera ceder la más mínima ventaja.

Así mismo, en nuestra práctica espiritual, avanzamos muy rápido cuando reconocemos que todos los momentos son el más importante. No importa qué tanta paz o qué tanto sufrimiento hayas tenido durante la última hora. En cada momento, en este momento, eliges cómo será tu estado interno al momento siguiente. El pasado sólo tendrá poder sobre este momento si se lo permites, si así lo decides.

Una historia para terminar:

Un monje zen pasaba por un mercado cuando oyó que un comprador le preguntaba a un carnicero: “¿Cuál es el mejor pedazo de carne?”. El carnicero respondió: “Todos los pedazos son el mejor pedazo”. Al oír esto, el monje se iluminó.

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El poder de parar un momento

Esta es una práctica espiritual muy poderosa: parar un momento y tomar consciencia de nosotros, de lo que está pasando, de lo que estamos sintiendo, de lo que estamos pensando.

Esto implica una autoobservación constante.

A medida que paramos y nos observamos, tomamos consciencia de nuestros patrones de comportamiento y podemos empezar a modificarlos.

Cuando te dan ganas de comer algo, por ejemplo, sirve parar y mirar si hay ansiedad detrás. Entonces puedes ver si realmente tienes hambre o si quieres usar la comida para evadir una sensación o un sentimiento. Y lo mismo aplica para cualquier otro impulso. Para antes de mirar el celular, antes de fumar, antes de prender la televisión. Entiendes la idea.

No es esta una invitación a que te reprimas. Por ejemplo, si eres fumador, no te estoy diciendo que dejes de fumar ya mismo. Simplemente toma consciencia de aquello que evades a través del cigarrillo. Luego fuma.

Primer paso: parar. Segundo paso: amar lo que encuentres cuando pares.

Permítete sentir las emociones, incluso las más incómodas. Permítete observar tus pensamientos, aun aquellos que más te asustan y que más juzgas. Perdónate. Acéptate. Ámate.

Poco a poco, a medida que empiezas a abrazar y a darle amor a aquello de lo que huyes, naturalmente disminuirá la necesidad de huir.

Para, observa, perdona, ama. Cada vez que puedas. Para, así sea por un lapso breve: veinte segundos, diez segundos, un minuto, cinco minutos. La cantidad de tiempo que pares no es tan importante como la frecuencia con la que lo hagas.

Cuando se convierte en un hábito, es una práctica muy poderosa.

Tomado de la cuenta de Instagram de @derekvculver


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La rendición como práctica espiritual

La rendición es un acto de entrega. Es abrir los brazos y recibir plenamente el momento presente.

Imagina que eres una casa. Rendirte es abrir las puertas y permitir que el momento presente entre, se mueva a sus anchas y se quede cuanto quiera.

La rendición es lo contrario a luchar. Por tanto, la rendición es lo contrario a la resignación, pues la resignación implica resistencia interna frente a lo que sucede. Cuando nos resignamos, dejamos de pelear en el nivel externo, pero juzgamos lo que sucede como indeseable. Debido a esto, la resignación no puede sino causar dolor, ya que es el resultado de juzgar que el momento presente está mal.

La rendición es interna. Puedes incluso tomar acción para cambiar las condiciones en que te encuentras y al mismo tiempo rendirte al momento presente.

Rendirte quiere decir que vives este preciso instante sin juzgarlo, sin rechazarlo, y eso puedes hacerlo incluso mientras lo cambias. De hecho, cambiar las condiciones externas desde un estado de rendición es mucho más eficaz que tratar de modificarlas desde un lugar de juicio y resentimiento.

Desde un estado de rendición, emprendes la acción no porque rechaces este momento, sino porque estás alineado con tu corazón y él te impulsa a actuar. Se trata, entonces, de un cambio que viene desde tu creatividad más profunda, aquella que está alineada con lo divino. Es la misma razón por la que un gran escultor rompe las piedras: no lo hace porque rechace la forma actual que tienen, sino porque desde lo más profundo de él surge un impulso por darle vida a algo bello a través de ellas.

Por ejemplo, si ves que tienes un comportamiento que te hace sufrir, puedes cambiarlo desde un estado de rendición. Entonces no luchas contra tu comportamiento ni te juzgas por lo que estás haciendo. Sientes plenamente el dolor, lo abrazas y dejas que tu silencio interior te guíe. Cuando estás conectado con ese silencio, las acciones que surjan estarán conectadas con tu voluntad más elevada y, en consecuencia, traerán aquello que realmente deseas y que es lo mejor para ti.

Rendirte significa sentir. Significa no escapar de este momento. Así, la rendición y la presencia son sinónimos. No puedes estar plenamente presente si rechazas este momento, y no puedes aceptarlo completamente y al mismo tiempo alejarte de él.

Rendirte implica abrirte a experimentar hasta la médula lo que está ocurriendo ahora. Rendirte es quedarte plenamente aquí, en medio de la dicha o la tormenta; entregarte a las sensaciones; dejar que los pensamientos lleguen y se vayan; caerte al fondo de tu ser y mirar de frente lo que hay allí.

Las emociones intensas que juzgamos como desagradables se convierten en un obstáculo para la plenitud debido a que el juicio que tenemos contra ellas hace que no querramos experimentarlas. Pero esas mismas emociones son la puerta de entrada al cielo cuando dejamos el juicio y nos entregamos a ellas completamente. Es como si esas emociones fueran amigos dispuestos a llevarnos de vuelta a casa, pero no quisiéramos seguirlas porque debido a su apariencia las hemos confundido con desconocidos malintencionados. Rendirnos es confiar. Ellas nos llevarán adentro y se irán una vez hayan cumplido su función. Esto es otra forma de decir que se transformarán en amor o, más bien, que nuestra percepción se transformará y las veremos como las expresiones de amor que no pueden sino ser.

Todo esto es, pues, una invitación a que te permitas sentir este momento en su totalidad: la aburrición, el regocijo, la incertibumbre, el deseo, la ansiedad, el miedo, la compasión, el dolor, el placer. No creas que si huyes llegarás a casa, pues estarás huyendo de los guías que el Universo ha enviado para recordarte el camino.

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La sal, el azúcar y el vacío

Cuando era pequeño, me encantaba ponerle mucha sal o mucho azúcar a lo que comía o bebía. De esa manera las cosas parecían tener más sabor.

Le ponía siempre muchas salsas a las ensaladas con la esperanza de que supieran a algo.

Recuerdo la primera vez que esa forma de pensar fue confrontada. Al ver a un viejo comiendo su ensalada sin aderezo, le pregunté por qué lo hacía. Me dijo que le gustaba el sabor de los vejetales, y que al ponerles una vinagreta encima el sabor quedaba oculto. Me sorprendió su respuesta. ¿Acaso no se daba cuenta de que los vegetales crudos no saben a nada? La verdad, por supuesto, es que era yo el que no sabía que los vegetales crudos tienen muchos sabores, pues nunca me había permitido disfrutarlos sin sepultar su sabor debajo de la sal, la pimienta, los aceites, las salsas.

Al ir descurbiendo los sabores naturales de los vegetales, la necesidad de aderezarlos en exceso fue desapareciendo. Igual pasó con los jugos. Ahora no se me pasa por la cabeza la idea de tomar un jugo con azúcar, pues ese sabor intenso y artificial oculta los matices del sabor natural de las frutas, mucho más agradables que el azúcar.

Pero mi interés no es hacer una reflexión sobre apreciación gastronómica.

En el hermoso libro El Caballero de la armadura oxidada, el mago Merlín le pide al caballero que beba un líquido muy preciado de una copa de plata. “Los primeros sorbos le parecieron amargos; los siguientes, más agradables, y los últimos, bastante deliciosos. ‘¿Qué es?’, preguntó el Caballero. ‘Es Vida’, respondió Merlín”.

Qué hermosa metáfora. Creo que lo mismo que me pasaba con los vegetales y los jugos nos pasa a todos con la vida. Saborearla de manera cruda parece aburrido, desabrido. Tenemos que adornarla para que parezca interesante y digna de ser vivida. Pero, cuando nos permitimos experimentarla directamente, nos iremos dando cuenta de que es mucho más hermosa que las artimañas con las que habíamos tratado de entretenernos para evitar verla de frente.

Este momento, sin más, parece muchas veces insípido. Necesitamos darle un sentido a través del futuro o saturarlo que experiencias placenteras para que parezca que vale la pena vivirlo.

La sal

A veces buscamos un objetivo en el futuro que justifique el valor de este momento. Así, el momento presente se convierte en parte de una fantasía que nos parece agradable y se hace llevadero. Pero esa fantasía nos desconecta de la desnudez de este momento. Ya no lo vemos directamente; sólo lo consideramos como un paso hacia el futuro, que es en donde tenemos fija nuestra mirada. Allí, en el futuro, parecen estar el sabor de la vida, la satisfacción, la salvación, el alivio, la realización, el consuelo, el sentido. Allí parece estar todo lo valioso y lo realmente digno de ser vivido. Excepto por plareces fugaces, el valor del presente parece ser sólo que a través de él podemos ir labrando el futuro, que es donde se encuentra el verdadero valor.

Quedarse en el momento presente sin sueños ni fantasías de futuro parece desolador al comienzo. Parece no haber nada realmente valioso aquí, sentado en frente del computador. En el carro manejando al trabajo. Caminando por los pasillos del supermercado. Lavándonos los dientes. Desprovistas del sentido que puede darles el futuro, todas esas cosas parecen nimias y carentes de valor por sí mismas.

No importa si se trata del sueño de tener diez millones de dólares, ganar el premio Nóbel, conseguir a nuestra alma gemela o alzanzar la iluminación espiritual; todas esas fantasías cumplen la misma función: cubrir la realidad desnuda del momento presente para hacer que parezca tener sentido y valga la pena vivirlo. Esa parece ser la sal de la vida: el futuro.

El azúcar

¿Qué pasa cuando nos quedamos completamente en el momento presente? Primero están las sensaciones, percepciones, emociones y pensamientos. Debajo de todo eso hay vacío. Y el vacío parece desolador. Parece pedir desesperadamente que lo llenemos con algo que pueda ser experimentado por los sentidos. Es por eso que buscamos cosas que estimulen nuestros sentidos con intensidad: para que ese vacío desaparezca. Ese parece ser el azúcar de la vida: el placer.

Así pues, tenemos dos estrategias para huir del vacío: nos olvidamos de él con las fantasías del sentido que parecen brindar los objetivos y el futuro (esa sería la sal) o saturamos al presente con experiencias placenteras o estimulantes para cubrir a ese vacío (ese sería el azúcar).

La vida, así no más, no parece tener un sabor que querramos experimentar. Por eso la cubrimos con el aderezo de los placeres y los objetivos en el futuro. Pero, al igual que sucede con la comida, si nos permitimos experimentarla sin aderezos, aunque al comienzo parezca desabrida o incluso amarga, como en el caso del Caballero de la armadura oxidada, luego nos daremos cuenta de su verdadero sabor, que será mucho más satisfactorio que todas las fantasías o los placeres con los que la adornábamos.

El vacío

En lo profundo del vacío hay un secreto esperando a que tomemos consciencia de él: el amor. El amor es el vacío mismo. Ese espacio inmenso donde aparece todo lo demás que pobla el momento presente, ese espacio vacío, ese vacío que subyace a todo, ese vacío es el amor mismo. Cuando lo experimentamos en su totalidad, nos damos cuenta de que en ese vacío está ya todo. Aquí. Ahora. Es lo que somos.

El vacío es amargo y desolador al comienzo. Luego es pleno y ya no le falta nada. Y entonces, una vez conoces su verdadero sabor, puedes volver a cubrirlo de experiencias, pero no dejarás de sentirlo, o podrás retomar consciencia de él con facilidad. Y ese sabor subyacente será más preciado para ti que las fantasías del futuro y los estímulos sensoriales.

Requiere de práctica quedarnos en ese vacío, pues a primera vista parece un desperdicio. Como comer vegetales sin aderezo: parece un desperdicio, sabiendo que podríamos darles sabor y así tener una experiencia que valga la pena. Como quedarnos un viernes por la noche en solos y en silencio. ¡Qué perdida de tiempo, sabiendo que el mundo está lleno de gente interesante y de música, sustancias y experiencias placenteras! El silencio, que es el equivalente del vacío en el plano sonoro, parece un desperdicio. Parece que al quedarnos con el vacío y el silencio estamos renunciando a la vida; parece que estamos dejando de vivir las experiencias que le dan sentido a la vida, que le dan sabor, que hacen que valga la pena vivirla.

Así es. Al comienzo, tomar jugo sin azúcar parece un despropósito. Incluso parece una forma de desperdiciar el jugo. Pero esto es así sólo hasta que adquieres la sensibilidad para sentir las sutilezas del sabor de la fruta. Entonces ves que ese sabor es valioso por sí mismo, y mucho más preciado que el azúcar.

Te invito, pues, a descubrir el sabor del vacío y del silencio. Es decir, te invito a que experimentemos el amor que yace en nuestro corazón, ese amor que es el vacío mismo.

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El miedo a volver a caer

En un tiempo fui a hacer talleres de meditación a un hogar de muchachos que estaban allí para recuperarse de adicciones. Uno de los miedos más fuertes que tenían era el miedo a volver a consumir sustancias cuando dejaran el centro de rehabilitación; el miedo a volver a caer en la adicción; el miedo a repetir. El miedo a que a largo plazo no iban a sanar y sus vidas iban a terminar mal.

Creo que todos hemos tenido ese miedo alguna vez, así no hayamos sido adictos a una droga fuerte y no hayamos estado en un centro de rehabilitación.

Un ejemplo: no te gusta cuando discutes con tu pareja y le hablas con groserías. Y cuando hay una nueva pelea y comienzas a ser grosero, te sientes muy mal contigo porque te das cuenta de que has caído en algo que no querías volver a repetir. Entonces, después de la reconciliación, a la mañana siguiente, tienes menos confianza en ti mismo, pues volviste a caer, y tienes miedo de que caerás de nuevo.

Cualquier hábito o aspecto que no te gusta de ti puede generar el miedo a que repitas el pasado, a que sigas cayendo en lo mismo.

Este miedo es natural. Sin embargo, no te ayuda a sanar; por el contrario: aumenta las posibilidades de que repitas. Entre más miedo tengas, estarás más ansioso y menos conectado con tu consciencia y con tu corazón, y entre más ansioso estés, será más probable que caigas en comportamientos inconscientes. Es un círculo visioso típico.

Cuando hacía las meditaciones con los muchachos, les pedía disfrutar del momento presente, y en ese momento no estaban consumiendo. No importa si el día anterior o la semana pasada habían consumido. En ese momento no estaban consumiendo. Entre más aprendieran a disfrutar ese momento, más fácil sería para ellos hacer elecciones sanas en el futuro.

Ese miedo a repetir está relacionado con la necesidad que tenemos de elaborar una historia personal que nos guste: la historia de nuestro ego. Esa historia, por supuesto, se desarrolla en el tiempo. Y, al tratar de tener una historia que nos guste, nos sentimos en la necesidad de controlar el futuro. La idea de que podemos volver a caer atenta contra la historia que queremos construir de nosotros mismos. Entonces empezamos a tenerle miedo a nuestra historia, le tememos al personaje que hemos ido construyendo en el tiempo.

En este momento esa historia es una ilusión. En este momento no estás volviendo a caer. El miedo solo surge cuando le das importancia a tu historia en el tiempo y dejas de lado la verdad de este momento, que es el único que existe.

Solo por hoy

Cuando dejamos de prestarle atención anuestra historia, sanar se vuelve más fácil. Cuando no estamos enfocados en el pasado y el futuro, sanar se resume en hacer una buena elección en este momento. No importa lo que hayas hecho, no importa lo que vaya a pasar mañana; lo único que debe preocuparte es hacer una buena elección en este momento.

Es por esto que la frase “solo por hoy” es tan poderosa en diversas terapias para dejar adicciones. Tratar de dejar el alcohol de por vida es muy difícil, es un peso muy grande para estar cargando todo el tiempo. En cambio, elegir no beber alcohol solo por hoy es algo ligero y manejable. No se trata de tratar de arreglar la historia de tu vida; se trata de, solo por hoy, hacer una elección amorosa. Mañana será otro día.

Un día, sin embargo, es muy largo. Aún mejor puede ser centrarnos en este momento. “Solo por este momento” elige tener pensamientos amorosos. Solo por este momento elige amarte. Solo por este momento elige no preocuparte. En cinco minutos será un momento diferente. No te preocupes por si serás capaz de volver a elegir con amor en cinco minutos. Preocúpate únicamente por lo que eliges en este momento.

Al hacer bellas elecciones hoy, al hacer bellas elecciones en este momento, aumentan las posibilidades de que construyas la historia que habías soñado. Al hacer una buena elección ahora, llegarás al futuro con más energía y confianza. En cambio, preocuparte, culparte o temer aumentará las posibilidades de que vuelvas a caer. Y está bien si caes. No dejes que la caída se proyecte al futuro con una sombra de miedo. Simplemente elige de nuevo, solo por este momento.

Deja de preocuparte por tu historia, por el personaje que has construido en el tiempo. Enfócate en este momento, da lo mejor de ti en este instante. Ese amor se extenderá en el tiempo y, sin que te des cuenta, habrás construido una hermosa historia sin preocuparte por ella.

Foto: Imgorthand. Tomada de: Getty Images

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El karma y los milagros

El karma no existe

No creo en el karma. Creo que es una ilusión: parece real, pero su realidad depende de que creamos en él.

¿Qué es el karma? La idea de que el pasado tiene poder sobre el presente. La idea de que lo que hiciste ayer, el año pasado o hace mil años en una vida anterior puede afectar tu experiencia presente.

El karma parece una idea justa. Lo que diste en el pasado es lo que recibes ahora. Parece correcto pensar así. Sin embargo, así no es la justicia de Dios, así no es la justicia del Universo, al menos según mis creencias.

Al Universo, a Dios, lo único que le importa es tu experiencia presente. Lo que crea tu realidad ahora es lo que tú eres ahora.

Un Curso de Milagros señala que lo único que puede tener consecuencias es lo que es real y que, por tanto, el pasado no puede tener consecuencias, pues no existe. Lo único que existe es el presente y, por tanto, lo único que puede tener efectos es el presente.

Esa es la enseñanza detrás de la parábola del hijo pródigo, y por eso es también que la moraleja de esa parábola parece injusta desde el punto de vista del karma. Hay dos hijos. Uno se quedó en la casa de su padre ayudándolo. El otro, el hijo pródigo, se fue y despilfarró los bienes de su padre. Cuando el hijo pródigo decide regresar a la casa de su padre, este lo recibe con una fiesta y lo colma de regalos. El hijo que se quedó ayudando se queja, pues la actitud de su padre le parece injusta. Al ver que han sacrificado al mejor cabrito para la fiesta de su hermano pródigo, le dice a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu herencia con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”. Pero el padre le responde: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.” (Lucas, 15: 11-32).

Nada de resentimiento. El padre no castiga al hijo pródigo. No le pasa una cuenta de cobro por lo que despilfarró. No le pone una penitencia por la que deba pasar antes de recibirlo. Nada de eso. Simplemente lo recibe con los brazos abiertos y le ofrece un banquete en su honor.

Al padre no le importa el pasado; solo le importa que en este momento su hijo a decidido regresar a casa.

El karma sí existe

Por otra parte, hay que tener en cuenta que para la mayoría de nosotros el karma es real. Existe y opera como si fuera una ley del Universo.

¿Me estoy contradiciendo? Sí y no. Hay que hacer algunas precisiones.

Es real porque creemos en él. Creemos que el pasado es real. Y esa creencia en el pasado (creencia que existe en el presente) le da poder al pasado y hace que tenga efectos en el presente, como si en verdad el pasado existiera.

La creencia de que el pasado es real es parte del fundamento del ser ilusorio que creemos ser: el ego. El ego se construye a partir del pasado. No puede vivir sin él. Por eso procura hacerlo real.

Entendemos la ley de la causalidad de la forma tradicional porque nuestra experiencia nos demuestra que el pasado tiene efectos, pues comprobamos a diario que lo que hicimos ayer tiene consecuencias ahora. Ese es nuestro estado normal de consciencia. Nuestra ciencia se basa en esa idea. Nuestra tecnología está construida a partir de esa forma de entender el tiempo. Y seguramente ese será el estado de comprensión de nuestra especie por muchos años más. Pero hay otra manera de entender el tiempo. Es esta la invitación que nos hace Un Curso de Milagros.

El tiempo y los milagros

Los milagros rompen la aparente continuidad entre el pasado y el presente. En realidad no violan las leyes del universo. Por el contrario: muestran cuál es la verdadera ley que ha sido ocultada por las ilusiones. Esta ley establece que lo único que puede tener efectos es lo que es real. Lo irreal solo puede tener efectos en fantasías. Y dado que lo único que existe es este momento, lo único que puede tener efectos es este momento.

En otras palabras, el milagro disuelve la ilusión del tiempo y permite que la realidad se vea tal como es en la intemporalidad. El momento presente es real porque es la manifestación de la eternidad (que es lo único real) en nuestro plano de consciencia.

Al romper la continuidad del tiempo, los milagros generan efectos que parecen imposibles desde el punto de vista tradicional de la causalidad. Por eso parecen ser mágicos y maravillosos, cuando en realidad simplemente se ajustan a las verdaderas leyes de la creación.

Así pues, el karma existe en ilusiones, y es deshecho, al igual que todas las demás ilusiones, cuando se le da la entrada a la consciencia milagrosa.

Visto de esta manera, el milagro ahorra tiempo, como lo señala Un Curso de Milagros. Algo que se hubiera demorado en sanar durante años e incluso vidas completas de acuerdo con las leyes del karma, es sanado en un instante a través del milagro. El hijo pródigo hubiera demorado muchos años en deshacer sus errores y recuperar las riquezas de su padre de acuerdo con el karma; sin embargo, el amor de su padre, que es en sí el milagro, lo redime en un instante.

La función del milagro no es entonces violar las leyes de la naturaleza, sino simplemente deshacer las ilusiones. Y al deshacer la ilusión de que el pasado es real y tiene efectos, los milagros disuelven la ilusión del karma.

¿Cuál es la invitación?

Son varias.

Primero: dejar de tenerle miedo al pasado. No importa lo que hayas hecho, lo único que importa es lo que elijas ser en este momento.

Segundo: dejar actuar por miedo al futuro. Tradicionalmente, hacemos cosas “buenas” para ser recompensados en el futuro. Pero esto es una ilusión, pues el futuro no existe. Hagamos cosas buenas simplemente por la dicha de elegir nuestra versión más elevada en cada momento. Este momento ya es su propia recompensa. No necesitas la promesa de un premio en el tiempo para ser feliz.

Tercero: tomar consciencia de que el karma seguirá operando mientras sigamos creyendo en el pasado y el futuro. Y esta creencia no es algo intelectual. Es el fundamento de la realidad que hemos creado, de esta fantasía en la que parecemos vivir, cuyos pilares son el tiempo y el espacio, que en el fondo son la misma ilusión vista desde dos ángulos diferentes. En última instancia, deshacer esa creencia es deshacer la ilusión del mundo, y esto equivale a despertar a nuestra verdadera naturaleza atemporal. En otras palabras, deshacer el karma es igual a despertar. Así pues, la tercera invitación es la más importante de todas: la invitación a que despertemos a nuestro verdadero ser.

Imagen tomada de milkyway_tv.
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¿Por dónde empezar?

Cuando la habitación está muy desordenada dan menos ganas de comenzar a ordenarla. Y a veces esa resistencia toma la forma de una pregunta que parece difícil responder: ¿por dónde empezar?

La respuesta, sin embargo, es muy fácil: empieza por cualquier parte.

Lo importante es empezar. Una vez empecemos, sabremos si comenzamos por la parte adecuada o si debemos cambiar. De cualquier forma, avanzaremos.

Cuando no se trata de una habitación sino de una situación compleja de vida, la pregunta parece más difícil. Cuando no vemos la salida ni el rumbo a seguir, pareciera que no es posible saber por dónde debemos comenzar a poner en orden la vida.

En este caso, no obstante, la respuesta también es fácil: comienza por este momento.

Tal vez no puedas arreglar la historia de tu vida ahora. Pero tal vez no tengas por qué hacerlo. Tal vez solo debes tomar responsabilidad por este momento, que es el único que existe. ¿Hay algo que puedas hacer y estés dispuesto a hacer justo ahora? Hazlo. Si no puedes o no estás dispuesto, acepta el momento presente o asume responsabilidad ahora por tu elección. El primer paso es quedarte aquí, contigo. Empezar a ordenar el único lugar de tu vida al que tienes acceso: este momento. Respira, ánclate, ve a tu corazón, siente las emociones, toma consciencia de tus pensamientos. No huyas. Ese es siempre el comienzo.

Si nos quedamos mirando todo lo que hace falta, todo lo que anda “mal” según nuestra percepción, perdemos poder y se nos dificulta tomar acción. Si nos restringimos a este momento, asumimos responsabilidad. Puede que el cuarto se vea desatroso, pero no tienes por qué arreglar todo el desastre. Simplemente tiende la cama, recoge ese papel. Comienza por cualquier parte. Comienza por este momento.

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El aparente poder del futuro

Habitar plenamente en el momento presente es, para mí, la escencia de la espiritualidad.

Pero hay días en los que parece ser más fácil estar presente que otros.

Cuando se avecina algo importante, algo grave, algo exitante o algo riesgoso, pareciera que no es posible estar presente. Pareciera que es obligatorio pensar en el futuro en esos casos. Y que solo cuando la situación esperada se experimente o se resuelva volverá a ser posible darle toda nuestra atención al momento presente.

La verdad, sin embargo, es que el futuro no tiene ningún poder sobre nuestra capacidad para estar presentes, excepto en nuestra imaginación.

No importa si mañana es la entrevista de tu vida. O la operación más riesgosa. O el partido de fútbol que tanto esperas. Puedes estar plenamente presente ahora si lo deseas.

Requiere de práctica, pero depende solo de tu voluntad, no del futuro.

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El mindfulness o la atención plena

Un amigo me invitó a trabajar en una aplicación para reducir el estrés. Numerosos estudios muestran la efectividad del mindfulness o la “atención plena” para reducir el estrés y la depresión. Por eso, algunas de las meditaciones que se incluyen en la aplicación se relacionan con el mindfulness.

Como parte del desarrollo de la aplicación mi amigo me pidió que escribiera un texto breve relacionado con el mindfulness como complemento a los audios que contienen las meditaciones. Este es el texto que escribí.

Este momento es lo único que existe. El pasado ya dejó de existir y el futuro todavía no existe. Por tanto, lo único que es cien por ciento real es esto, este momento, mientras lees estas palabras. Esa es la realidad. Tus pensamientos sobre el pasado y el futuro son solo eso: pensamientos.

Cuando aprendas a habitar de manera frecuente en el momento presente, comenzarás a gozar de paz y tranquilidad. Pues la gran mayoría de los problemas y las preocupaciones ocurren en nuestra mente, en nuestra imaginación, pero no tienen lugar exactamente en este momento.

El principio básico de la atención plena o mindfulness consiste en estar en el momento presente. Es decir, consiste en prestarle atención a este momento.

Si observamos nuestra mente, nos daremos cuenta de que continuamente está pensando en el pasado o en el futuro. Cuando pensamos en el pasado, muchas veces nos resentimos y tenemos arrepentimientos o culpas. Cuando pensamos en el futuro muchas veces nos preocupamos y anticipamos situaciones desagradables o dolorosas. Gran parte del estrés que experimentamos se genera porque nuestra atención está en el pasado y en el futuro.

Por supuesto que a veces tenemos que pensar en el pasado o en el futuro para poder funcionar de manera adecuada en el mundo. Sin embargo, si pensamos en exceso en el pasado y el futuro, deja de ser útil y nuestros pensamientos se convierten simplemente en una fuente de estrés y malestar.

La invitación del mindfulness es a no pensar tanto en el pasado y el futuro y permitirnos estar plenamente del momento presente. Esto es difícil al comienzo, pues la mente está acostumbrada a vagar por el pasado y el futuro. En consecuencia, se requiere un entrenamiento para aprender a estar plenamente en el ahora.

Algo que ayuda mucho a traer la atención al momento presente es la respiración y la consciencia de nuestro cuerpo. Ahora mismo, mientras lees esto, toma consciencia de tu respiración. Lleva tu atención a tu respiración. Al hacerlo, tomas consciencia de este momento, pues tu respiración está sucediendo justo ahora.

Así, cuando te des cuenta de que tienes muchos pensamientos y te sientas estresado o atormentado, prueba llevar tu atención a este momento. Siente tu respiración. Toma consciencia de tu cuerpo. Toma consciencia de los objetos que te rodean. Trata de no pensar sobre lo que ves o experimentas, simplemente obsérvalo, siéntelo profundamente.

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