Pasos para florecer por dentro (y por fuera)

Creo que, como seres humanos, nuestro don más grande y en donde reside nuestro poder es nuestra capacidad de elegir. Gracias a esta capacidad, podemos crearnos y recrearnos y, de esa forma, crear y recrear nuestra realidad.

Ahora bien, ¿en dónde podemos aplicar esa capacidad para elegir? Sólo en este momento. Sólo ahora podemos elegir.

Podemos elegir en qué pensamos y qué actitud asumimos frente a lo que sucede fuera y dentro de nosotros.

Esta capacidad de elegir es algo que se fortalece con la práctica. Y la práctica consiste simplemente en elegir consciente y constantemente.

Primera elección: tomar consciencia

En cuanto a transformar nuestra realidad interna y externa, la primera elección que podemos hacer es tomar consciencia, venir al momento presente, observar lo que sucede afuera y dentro de nosotros.

Estar plenamente conscientes de la realidad es algo que tenemos la capacidad de hacer. La mente tiende a divagar de forma incosnciente, es decir, sin que nos demos cuenta, pero no estamos a merced de su inercia y de su programación. Podemos observar sus patrones, y ese es el primer paso para elegir nuevos patrones de pensamiento.

Tomar conciencia tiene un efecto transformador muy poderoso. Muchas veces, por ejemplo, cuando tomamos consciencia plenamente de que un músculo o una parte del cuerpo está tensionada, esa sola consciencia lleva a que de forma natural relajemos esa parte y soltemos la tensión. Cuando me doy cuenta de que estoy apretando una piedra puntiaguda, naturalmente la suelto. Si la apreto sin ser consciente, probablemente seguiré aferrado, así me cause dolor.

Siguiente elección: relajarnos

Cuando se trata de nuestro estado interno, relajarnos es una elección mucho más poderosa que luchar.

A veces, buscando sanar, somos violentos con nosotros. A veces tratamos de arrancarnos a la fuerza las emociones y los pensamientos que no nos gustan. Frente a esto, vale la pena recordar que aquello contra lo que luchamos persiste, pues al luchar contra ello enfocamos allí toda nuestra energía, nos enfocamos en eso, y aquello en lo que nos enfocamos crece.

Es mejor, entonces, enfocarnos en lo que sí queremos. Es más efectivo elegir pensamientos amorosos que luchar contra los pensamientos violentos.

Esta segunda opción, sin embargo, también puede llevarnos a sufrir. A veces nos forzamos por tener pensamientos positivos. Nos forzamos en repetir frases e ideas y en convencernos de ellas. Tratamos de imponernos esos pensamientos a la fuerza. Y el resultado es el agotamiento y la tensión. Esto es como sembrar semillas y luego comenzar a gritarles y a golpearlas para que crezcan. Esto probablemente no las ayudará a crecer y en cambio puede que las arruine e impida su proceso natural de crecimiento.

Sí tenemos la capacidad de elegir nuestros pensamientos y emociones, pero esta no es una capacidad que se cultiva mediante la violencia contra nosotros ni mediante un control obsesivo.

Lo mejor es preparar el terreno y disponerlo para que las semillas germinen naturalmente. Preparar nuestra mente y nuestra consciencia con amor de tal forma que la llegada del amor sea absolutamente natural, y la llegada del amor es natural, pues el amor es nuestra naturaleza. ¿Y cómo preparar el terreno para la llegada del amor? Relajándonos y teniendo la intención de invitar al amor.

La relajación es clave. El amor es como esa mariposa que se posa sobre nosotros cuando nos aquietamos. Es como ese diamante que siempre ha estado en el fondo del estanque que es nuestra mente, pero no podemos verlo porque el agua de nuestros pensamientos está turbia. Cuando el agua se aquieta, el diamante se hace evidente.

Relajarnos es difícil, pues estamos acostumbrados a que la manera de lograr cosas es mediante el control. Cuando se trata de nuestra realidad interna, sin embargo, no podemos controlar el proceso ni forzar las cosas. Nuestra mente limitada no puede estar a cargo del proceso. Esto sería igual que tratar de obligar a las semillas a germinar, en vez de dejarlas que germinen por sí solas. Hay que nutrirlas. Hay que cuidarlas. Pero el proceso sucede de manera natural. Así también, debemos entregarnos al flujo natural de la vida, soltar el control y permitir que sea el universo y la divinidad quienes actúen en nosotros y a través de nosotros. Soltar el control y relajarnos es, entonces, esencial.

Ingrediente secreto: la intención

La relajación es mucho más poderosa cuando se combina con el poder de nuestra intención.

La intención es la dirección en la que queremos ir, es la señal que le enviamos al universo con respecto a aquello en lo que queremos transformarnos, con respecto a nuestros deseos de sanar y crecer.

La intención es la forma de pedir.

Al tener intención, indicamos que estamos dispuestos y deseosos de sanar. Y el universo responde siempre frente a una intención genuina.

Así pues, tomar consciencia es la forma en la que vemos en dónde estamos y decidimos lo que queremos sembrar. La intención es el acto de sembrar las semillas y regarlas. La relajación es el acto de preparar el terreno y permitir que el proceso de crecimiento de las semillas suceda de manera natural. Estos tres ingredientes, combinados, nos llevarán a florecer.

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La perfección como manera de escapar

Buscar la perfección es una manera de escapar del momento presente.

En mi caso, esta búsqueda por la perfección se presenta en relación con mi camino espiritual. Al ver que no soy perfecto, me desconecto del momento presente. Es como si tuviera una lista de ideales que debo alcanzar y creyera, en el fondo, que sólo tengo derecho a gozar del momento presente si estoy cumpliendo con todos esos ideales.

Así, al ver que aún me falta algo en la lista, me preocupo, me desanimo y me desconecto de mí. Esto, por supuesto, lleva a un círculo vicioso, pues entre más desconectado estoy, más probable es que incumpla con los ideales de la lista.

Permitirme relajarme en mi imperfección y gozar de cada segundo es un gran paso en mi camino. Cuando me relajo, es más probable que me conecte conmigo y que avance en la dirección que mi corazón desea.

La forma más fácil de avanzar es apreciar y gozar de aquello que hemos alcanzado hasta ahora, en vez de preocuparnos y obsesionarnos con lo que nos falta.

La verdad es que nada que creas que aún no has logrado tiene el poder de evitar que estés consciente del momento presente. Es sólo una excusa, y es nuestra elección si decidimos usarla para escapar o nos entregamos a este momento y apreciamos lo que tenemos y lo que somos.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @peterwyss

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No hay necesidad de luchar con ellos

Al final de una maratón todos están cansados. Todos. El cansancio es parte de la experiencia, es parte del juego. No se trata de buscar cómo hacer que el cansancio desaparezca mágicamente, sino de ver más allá de él.

Lo mismo nos pasa con el miedo.

Tenemos la bendición de poder leer, ver y escuchar a maestros espirituales que han trascendido el miedo. Nos muestran que es posible. Para la mayoría de nosotros, sin embargo, el miedo es parte del panorama. Es parte de nuestra experiencia en el nivel evolutivo en el que nos encontramos. Es parte del juego.

Y amigos cercanos del miedo son la duda, la inseguridad, la angustia.

Cuando comenzamos un camino espiritual, a veces percibimos esos aspectos de nuestra experiencia actual como enemigos, como algo que tiene que irse para que podamos estar bien. Y así, por supuesto, los perpetuamos: nos volvemos temerosos del miedo; al ver que dudamos de algo o que nos sentimos inseguros con respecto a algo, nos surgen dudas e inseguridades sobre nuestro camino espiritual; y nos angustia profundamente ver que todavía sentimos angustia.

Una locura graciosa, ¿no?

La buena noticia, por supuesto, es que en el fondo no hay nada malo con el miedo, la angustia, la duda o la inseguridad. Son solo aspectos que claman por nuestro amor. Y es a través de permitirnos abrazarlos completamente, atestiguarlos y darles amor que se transmutarán. Si peleamos con ellos, sólo se harán más grandes.

No tenemos que esperar a que se vayan para dar lo mejor de nosotros o para vivir una vida plena. Todo depende de cómo los asumamos. No hay necesidad de luchar con ellos.


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Elogio de la lentitud

Hay una recomendación sabia que dice: medita al menos una hora al día, a menos que no tengas suficiente tiempo, en ese caso medita al menos dos horas al día.

Estar de afán es un estado mental. Creer que tenemos que correr constantemente y que no hay tiempo para lo importante es, la mayoría de las veces, una enfermedad, una distorsión de la percepción.

La velocidad tiene inercia. Después de que te acostumbras a andar rápido, te cuesta trabajo desacelerar. Y es fácil en nuestra sociedad de hoy en día caer en la ilusión de que debemos ir rápido.

La gente en la calle camina rápido. Los carros van rápido. Si vas muy lento en tu coche, se enfadarán contigo y te arrebasarán raudos y furiosos.

Almorzamos rápido. Hacemos el amor rápido. Jugamos rápido. Nos bañamos rápido. Nos vestimos rápido.

Nos da miedo quedarnos atrás en la carrera. Nos da miedo que quienes van más rápido nos quiten lo que deseamos.

¿A dónde queremos llegar con tanto afán?

¿En realidad es tu tiempo tan precioso que tienes que tratar de ahorrar unos pocos segundos aquí y allá todo el tiempo? ¿Para qué lo estás ahorrando, qué vas a hacer con esos ahorros de tiempo? ¿Pasar más tiempo en redes sociales? ¿Ver más televisión? ¿Ir a cine los fines de semana? ¿Ganar más dinero? ¿Y luego qué? ¿Seguir corriendo hacia dónde? ¿Cuándo crees que por fin vas a poder descansar, cuando seas millonario? La inercia no te dejará desacelerar. Pues la verdad es muchas veces que no vamos acelerados porque lo necesitemos, sino por un hábito que se ha arraigado en nuestras vidas.

Hay algo cierto y es que entre más rápido viajes más difícil te será disfrutar del paisaje, de los sabores, de las sensaciones, de la calidez de quienes nos rodean. Entre más te afanes, más difícil será para ti disfrutar de aquello que consigues con tanto afán.

Para. Puedes parar. Ahora y casi siempre puedes parar. Vivir en estado de emergencia es, en el 99% de los casos, una elección. Si estuvieras en el 1% que de verdad tiene una emergencia, probablemente no estarías leyendo esto.


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Es mejor no ser perfecto

Cuando tratamos de ser perfectos, sufrimos. Pues es un propósito destinado a fracasar.

Cuando tratamos de ser perfectos, nos estancamos. Si tratas de barrer el piso y que quede absolutamente perfecto, seguramente te vas a quedar todo el día barriendo. Es probable que no alcances a tender la cama.

Cuando tratamos de ser perfectos, nos desconectamos del momento presente. Nos enfocamos en los errores. En las pequeñas fallas. Y es difícil disfrutar de las flores cuando estás pensando en que el pan que horneaste esta mañana quedó demasiado tostado.

Cuando tratamos de ser perfectos, perdemos de vista nuestro propósito. Empezaste a meditar, a ir al gimnasio o a hacer una dieta para ser feliz. Pero no eres feliz cuando no puedes dejar de pensar en lo que hiciste mal, ni cuando tienes que controlar constantemente que las cosas estén bien. Estar estresado y ansioso no es el propósito.

Recuerda: no viniste a ser perfecta, viniste ser feliz.

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