Con gratitud

Hace poco leí un hermoso poema de Helen Schucman, la escriba de Un Curso de Milagros. Esta es mi traducción para ustedes:

Con gratitud

Nadie puede saber lo que su parte significará

Cuando Dios a partir de pequeñas luces complete una estrella

A partir de lo que Le damos. Cada una pasa desapercibida

Hasta que otras partes de lejos y de cerca

Son unidas por Él en una forma que

Puede usar para alumbrar la oscuridad. En su mano

Nacen las estrellas, para brillar sobre el mar

Y encantar todas las cosas sobre la tierra

Y elevarlas hacia los Cielos. Quizás tu regalo

Es colocado en la punta de una estrella, o quizás

Titila en el centro, para levantar

A un corazón de la tristeza. O quizás corona

El borde plateado de una estrella. No olvides pues

Que en aquello que nosotros vemos poco valor Dios podría ver

Una estrella recién nacida, desconocida para nosotros

Que no podemos ver la gloria de lo que será.

El ego siempre busca signos de grandeza. Por eso la belleza de lo simple muchas veces le pasa desapercibida. Y puede que los gestos más pequeños que hacemos sean nuestros más grandes aportes a la humanidad.

A veces creemos que no hemos hecho nada o nos fijamos solo en nuestras medallas o en los logros que el mundo celebra con gran bombo. Pero en realidad no tenemos ni idea de qué significan nuestros actos dentro del tapete cósmico tejido por Dios.

Quizás esos diez segundos de silencio que tomaste esta mañana sean la luz que le dará consuelo a muchas vidas. Quizás esa pequeña ofensa que dejaste pasar en el ascensor sea la semilla del final de una guerra y de una nueva era de paz y armonía en un país lejano de otro tiempo. Quizás esa leve sonrisa que ahora alumbra tu rostro sea el motivo por el que muchos ángeles se están regocijando ahora.

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Shining Star

Cómo no huir de nosotros mismos

Cuando algo no nos gusta de nosotros, muchas veces tratamos de mirar hacia otro lado. Tal vez hay aspectos de nuestra personalidad de los que no nos sentimos orgullosos o patrones de comportamiento de los que nos avergonzamos. Tal vez nuestros pensamientos nos atemorizan, o al menos nos decepcionan cuando no coinciden con el ideal espiritual que nos hemos impuesto. Puede que otras veces sintamos emociones que juzgamos como inadecuadas o peligrosas.

En todos esos casos, es usual que surja un impulso por huir de nosotros mismos. Este impulso se manifiesta como una gran ansiedad e incomodidad. Entonces buscamos maneras de distraernos, de desconectarnos de nosotros. Aquí tienen lugar las adicciones, del tipo que sean, e incluso comportamientos autodestructivos. Como dije en una entrada anterior de este blog, a veces nos hacemos daño porque el dolor superficial que nos causamos nos ayuda a evadir dolores más profundos.

Es como si nuestra casa estuviera muy desordenada y oliera mal, y por tanto quisieramos evitar entrar en ella. O, al menos, es como si evitáramos cierta parte de nuestra casa debido al desorden. En este caso, nuestra casa somos nosotros. Y lo que evitamos es, por tanto, nuestra propia compañía.

Pero no hay nada más liberador que la aceptación. Cuando nos permitimos vernos de frente y reconocemos nuestras características, sentimos un gran descanso, pues eso significa que dejamos de huir, y huir de nosotros mismos es extenuante. Por supuesto, al comienzo, hay dolor e incomodidad. Pero, si nos quedamos allí lo suficiente, con nosotros mismos, empezaremos a ver el amor que subyace bajo todo eso que percibimos como imperfecto. Entonces podremos amarnos a pesar de nuestras imperfecciones. Y cuando empezamos a amarnos, empezamos a transformarnos naturalmente.

Cuando nos permitimos entrar y habitar plenamente ese cuarto de nuestra casa que está desordenado y le cogemos cariño, naturalmente comenzamos a ordenarlo. Entre más vivamos en él y más lo disfrutemos, mejor querremos que esté y más empezaremos a cuidarlo. Así también sucede con nuestro espacio interior.

A medida que comenzamos a vernos de frente y a sentir nuestras emociones y observar nuestros pensamientos en vez de huir de ellos, naturalmente esas emociones empiezan a sanar y nuestros pensamientos cambian de frecuencia.

Cuando estamos en un camino espiritual, esta aceptación toma la forma de la paciencia. Pues, como tenemos ideas espirituales sobre cómo deberíamos ser, muchas veces nos afanamos por sanar, queremos cambiarnos ya, queremos ser ya esa versión elevada que deseamos para nosotros, queremos ya no sentir resentimientos, queremos ya no tener miedos ni juicios, queremos ya estar sanos. Y ese afán por sanar nos lleva a rechazar el momento presente y a sentir ansiedad y ganas de escapar de nosotros.

Para mí, ha sido fundamental tener paciencia conmigo y con mi proceso, y comenzar a aceptar lo que percibo como mis imperfecciones. He comenzado a quedarme observando esos pensamientos que juzgo como no amorosos y me he permitido sentir plenamente esas emociones que por momentos desearía no experimentar más. Parte de sanar es aprender a amarnos incondicionalmente, y eso quiere decir amarnos exactamente como somos ahora, con todo aquello que percibimos como nuestros defectos e imperfecciones.

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Da lo que tienes

Me ha pasado que me encuentro con amigos o alumnos que no veo hace mucho tiempo y me dicen que me recuerdan por algo que dije o hice que para mí no tuvo ninguna importancia. A veces, el regalo o la enseñanza más grande que les di fue algo que ni siquiera registré en mi memoria. En cambio, aquello que creo que fue mi contribución más grande con frecuencia pasa desapercibido ante sus ojos.

A veces, lo más valioso fue una sonrisa, un momento de silencio, escuchar al alguien sin juzgar, contar una historia o un chiste en el que otra persona encontró consuelo o la respuesta que estaba buscando.

Realmente no sabemos qué tan valioso o importante es lo que hacemos. El ego tiene unos criterios estrictos para valorar las acciones. Usualmente considera lo grande y notorio como una muestra de valor. Por tanto, con frecuencia es incapaz de ver aquello que realmente toca las vidas de los demás.

A veces dejamos de dar porque creemos que lo que tenemos para dar no es valioso. Es más, a veces creemos que no tenemos nada para dar. Pero la verdad es que no sabemos la cantidad de regalos que repartimos ni la forma en que lo hacemos.

Puede que sin darnos cuenta sembremos semillas que darán sus frutos mucho después. Como en el presente no se ve nada, creemos que no hemos compartido algo valioso.

No dejes decompartir lo que sale de tu corazón sólo porque a los ojos de tu ego no es lo suficientemente valioso. No te corresponde a ti juzgar el valor de lo que das. No te refrenes cuando tu corazón tenga ganas de hacer algo por pensar que tal ves no eres lo suficientemente bueno en ello. Tal vez no tienes ni idea de qué es lo valioso o cómo algo que haces puede impactar a alguien más.

[Aprovecho para invitarte a ver mi último video de Youtube, en el que hablo de los retos que he tenido últimamente, uno de los cuales es, precisamente, creer que no tengo algo valioso para dar].

wallup.net

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Que te critiquen es una bendición

Tu ego está hecho de aquello con lo que te identificas. Es aquello que crees que eres. El ego espiritual, por ejemplo, surge cuando nos identificamos con nuestras creencias y nuestras prácticas espirituales.

Es fácil reconocer cuando nuestro ego está presente. Una señal clara es que nos sentimos atacados personalmente cuando alguien critica nuestras ideas o nuestras prácticas. Otra señal es la necesidad automática de defender nuestras ideas o de demostrar que lo que hacemos está bien o funciona. Estos son intentos del ego de mantener intacta o engrandecer su imagen, aquella imagen ficticia con la que se identifica.

En consecuencia, tus críticos, especialmente aquellos que te molestan con sus críticas, son una bendición en tu camino. Te muestran el tamaño de tu ego. Te muestran lo que aún no has sanado.

Si te duele lo que te dicen, no eres tú, es tu ego. Y qué bueno que te lo hayan dicho. Pues así puedes tomar consciencia de tu ego. Y la consciencia es el primer paso para trascenderlo, para dejar de sufrir por él.

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No hay necesidad de luchar con ellos

Al final de una maratón todos están cansados. Todos. El cansancio es parte de la experiencia, es parte del juego. No se trata de buscar cómo hacer que el cansancio desaparezca mágicamente, sino de ver más allá de él.

Lo mismo nos pasa con el miedo.

Tenemos la bendición de poder leer, ver y escuchar a maestros espirituales que han trascendido el miedo. Nos muestran que es posible. Para la mayoría de nosotros, sin embargo, el miedo es parte del panorama. Es parte de nuestra experiencia en el nivel evolutivo en el que nos encontramos. Es parte del juego.

Y amigos cercanos del miedo son la duda, la inseguridad, la angustia.

Cuando comenzamos un camino espiritual, a veces percibimos esos aspectos de nuestra experiencia actual como enemigos, como algo que tiene que irse para que podamos estar bien. Y así, por supuesto, los perpetuamos: nos volvemos temerosos del miedo; al ver que dudamos de algo o que nos sentimos inseguros con respecto a algo, nos surgen dudas e inseguridades sobre nuestro camino espiritual; y nos angustia profundamente ver que todavía sentimos angustia.

Una locura graciosa, ¿no?

La buena noticia, por supuesto, es que en el fondo no hay nada malo con el miedo, la angustia, la duda o la inseguridad. Son solo aspectos que claman por nuestro amor. Y es a través de permitirnos abrazarlos completamente, atestiguarlos y darles amor que se transmutarán. Si peleamos con ellos, sólo se harán más grandes.

No tenemos que esperar a que se vayan para dar lo mejor de nosotros o para vivir una vida plena. Todo depende de cómo los asumamos. No hay necesidad de luchar con ellos.


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Estrategias del ego para compensar su inferioridad

Alguien es mejor que tú en algo y te duele. Digamos que alguien es más inteligente que tú y te duele. O que alguien es más exitoso. Entiendes la idea.

Una estrategia del ego para protegerse de esa incomodidad es buscar la forma de compensar aquello en lo que se siente en desventaja.

“Puede que él sea más inteligente, pero yo soy más sensible”. “Puede que él tenga más dinero, pero yo soy más espiritual”.

A veces, incluso, el ego llega la locura de compensar a partir de los rasgos de sí mismo que percibe como negativos. Con tal de vencer al otro en algo, cualquier cosa vale. “Puede que él tenga una bonita familia y yo no, pero yo tengo mucha peor suerte que él y he pasado por más desgracias que él”.

Cuando no soporta la realidad debido a su desventaja, el ego recurre a los planes o las fantasías (que a veces son lo mismo). “Voy a aprender cinco idiomas, entonces seré mejor que él”. “Si me vuelvo millonario, entonces seré mejor que él”. “Si alcanzo la iluminación espiritual, seré mejor que él”. “Si consigo una pareja especial, seré mejor que él”. “Si me compro esa joya o ese auto, seré mejor que él”.

Y a veces ponemos en marcha esos planes, no porque queramos de corazón, sino sólo para compensar nuestra desventaja frente a otros egos.

Cualquiera de estas estrategias, por supuesto, reforzará el ego. En consecuencia, reforzará la necesidad de competir y aumentará el malestar ante el bienestar de los demás, cuando el ego perciba que ese bienestar es mayor que el suyo.

La alternativa es tomar consciencia del dolor causado por la sensación de inferioridad y sentirlo profundamente. Ir más allá de ese dolor y encontrar esa paz que no tiene nada que ver con el hecho de que seamos superiores o inferiores a los demás.

Cada reflejo del ego de compensar sus debilidades es una oportunidad para trascender el ego.

Cuando nos permitimos perder en la carrera y podemos aceptar en paz que el otro es mejor que nosotros, viene a nuestra vida una gran libertad y un gran alivio.

Qué libertad cuando podemos alegrarnos genuinamente por los logros de los demás y por aquellos aspectos en los que nos superan. Esa es una forma muy agradable de vivir. Entonces no tenemos que andar viendo cómo arreglamos nuestra autoimagen para compensar nuestras desventajas ni tenemos que emprender proyectos que realmente tienen poco que ver con nuestro corazón sólo para adelantar a los otros egos en nuestra carrera imaginaria y demente.

Tener una autoestima sana no es entrar en una habitación y sentir que eres mejor que los demás. Es entrar y estar en paz y contento contigo sin tener que compararte con los demás, y sin importar si los demás son superiores o inferiores a ti.

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Nuestro verdadero valor

Un Curso de Milagros dice que nuestro valor está más allá de cualquier posible evaluación. Nuestro valor no está en duda, pues lo estableció Dios. No podemos perder ese valor, por más dementes que sean nuestras fantasías.

Parte del sueño arrogante del ego reside en creer que puede afectar la realidad. Cree que puede mancillar al Hijo de Dios y hacer que éste pierda su valor ante los ojos de su Padre. Podemos soñar que no somos merecedores del amor de Dios. Podemos creer que valemos poco o nada, según los requisitos que el ego nos impone para atribuirnos valor. Pero todo esto no tiene ningún sentido en la realidad. Nada que jamás hagamos podrá aumentar en un ápice nuestro valor, y nada que jamás hagamos puede hacer que nuestro valor disminuya en lo más mínimo. Pues nuestro valor está establecido desde siempre en el Reino de lo Eterno.

Esto es así porque Dios crea expandiéndose. No crea algo diferente a Él mismo. En consecuencia, somos tan inmutables y eternos como Él, pues somos una parte suya. En el sueño del ego, no tenemos nada que ver con Dios. Y no valemos nada. Esta es una idea muy angustiante, y por eso, para contrarrestarla, el ego se esfuerza continuamente por probar que vale algo, y para esto le atribuye valor a cualquier cosa: nuestras relaciones, nuestros logros en el mundo, incluso nuestras prácticas y avances espirituales.

Podemos despertar del sueño de que no valemos nada. Y de eso se trata la jornada espiritual. Se trata de despertar de la ilusión de que somos pequeños seres separados que sólo valen por lo que hacen, tienen, dicen, poseen o piensan. Se trata de darnos cuenta de que nunca hemos dejado de estar en el regazo de Dios, y de que nuestro valor sigue siendo siempre el que Él nos atribuyó al crearnos. El valor que “está más allá de cualquier posible evaluación”.

Para darnos cuenta de ese valor, debemos ir dentro de nosotros, donde estará siempre disponible. Tomar cuenta de ese valor equivale a darnos cuenta del valor que tenemos en cuanto que somos uno con Dios. Así que, si quieres saber lo que vales, deja de mirar con ansiedad al mundo para ver qué puedes hacer para volverte valioso. Simplemente ve dentro tuyo y date cuenta de que no debes hacer nada, de que ya eres valioso y siempre lo serás, por el simple hecho de ser lo que eres.


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No tenemos que ser perfectos para dar

Muchas veces he dudado si soy lo suficientemente bueno como para tener algo que compartir, algo que dar. Entonces aparece un lista de cosas que, según mi ego, debo mejorar para ser digno de dar algo al mundo.
Pero el mundo necesita gente auténtica, y mis imperfecciones y mis heridas son precisamente las que me han enseñado y me siguen enseñando aquello que puedo compartir con los demás.

No tenemos que ser perfectos para iluminar el camino de los demás. Basta con ser nosotros mismos.

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Una invitación a que te ames

Mírate a ti mismo. Puedes verte exactamente como eres, sin juicio, sin crítica, sin culpa. Mírate al espejo y esta vez no te critiques, no resaltes tus aparentes imperfecciones, y son aparentes, porque exactamente como eres, eres perfecto. Nada te sobra, nada te falta. Estás completo.

Amate, apréciate, agradécete y bendícete por el ser radiante, luminoso y brillante que eres. Si tu mente, mente pequeña o ego, te está diciendo que no eres nada de eso, no la escuches; es como una grabación que continuamente te está diciendo que no eres suficiente, que te falta, que aún no estás completo. Cuando estás conectado con tu Ser verdadero (cuando estás en tu mente recta, según la terminología de Un Curso de Milagros), verás que eres todas esas cosas maravillosas y mucho más.

Puedes ver y sentir lo que no has visto ni sentido antes acerca de ti. Sí, mira ahora la bondad de tu corazón, bondad que desbordas en servir a los demás, a la naturaleza, a los animales. Aprecia la belleza de tu alma, la belleza que no necesita ser retocada para ser vista, sí, esa belleza que se enciende ante tu mirada y que los demás ven y sienten con el corazón. No es preciso tener la estatura promedio, las medidas perfectas, la tonicidad, lozanía y la elasticidad ideal en la piel para ser bellos. En la aparente imperfección que tu mente alberga, se deslumbra la belleza del ser.

Mírate con dulzura, sé dulce muy dulce contigo, siente la dulzura que desborda tu corazón cuando decides amarte. Es una dulzura que escapa a las palabras y que sólo puedes experimentar cuando te abres a hacerlo.  Siente amor, infinito amor por ti, sí, por el ser de amor que eres.

Eres más que el cuerpo que habitas, eres un ser espiritual. Tu cuerpo es como un guante que te has puesto para tener una experiencia humana. De tu conciencia despierta depende que esta experiencia sea dichosa y abundante en el paso por este mundo.

Despierta la confianza en ti, la confianza de ser tú mismo, momento a momento. Despierta a aceptarte exactamente como eres, no como crees que deberías ser, no como tu mente te ha dicho que debe ser, sino como realmente eres: libre, auténtico, vulnerable, único y, sobre todo, un ser de infinito amor.

Enciende la luz que eres, ilumina tu parte, sé presencia, pon luz en la oscuridad, hazlo desde la bondad que te lleva a servirte a ti mismo en todos.

En un tiempo de mi vida me pregunté qué era sentir amor. No sabía cómo amarme, y tampoco me sentía amada. Hoy por hoy, no creo tener la fórmula mágica para decirte cómo se hace para sentir el amor en la vida. Puedo decir que sólo cuando decidí aceptar lo inaceptable, perdoné lo imperdonable (según mi mente) y me hice responsable de mí, empecé a sentir una energía que me sostiene y me da la gracia para avanzar en la vida, para avanzar con confianza en lo que no se ve, para avanzar con fe.

Amarme a mí misma me ha hecho más humana, más sensible, más compasiva, más amorosa. Me ha llevado a conectarme con mi misión de vida; a no querer nada para mí que no quiera ver manifestado en la vida de los demás, incluso en la vida a quienes no amo y debería amar más; a respetar y contemplar la vida en todas sus manifestaciones, y, sobre todo, me ha llevado a despertar mi conciencia. Entonces comprendí que amarnos a nosotros mismos es el mejor regalo que podemos ofrecerle al mundo. Quien reciba tu amor, nutre su amor propio, y así, el espiral de amor se va haciendo cada vez más grande y sostiene a todos.

Amarse a uno mismo no hace que desaparezcan las dificultades y que todo sea siempre agradable, amoroso y libre de dolor, pero sí ayuda a no magnificar las cosas y a darle el sentido real a lo que sucede. Cuando nos amamos podemos enfrentar las dificultades aceptando que lo que aparece es como es y no pudo ser de otra manera. Entonces comprendemos que el mayor grado de sufrimiento lo experimentamos cuando queremos que la vida sea de manera distinta a como está siendo.

Amarte a ti misma te ayuda a soltar, fluir y confiar en que todo opera para tu bien, ya sea que lo comprendas o no. Te ayuda a mantenerte firme en tu misión, en tu propósito de vida, pues, cuando te amas, los miedos que aparecen en tu camino son menos atemorizadores; cuando te amas, te sientes valiente y avanzas firme. Amarte te da la fuerza, el impulso para avanzar, y, si no avanzas, al menos no caes en la tentación de juzgarte y culparte por lo que no logras.

Tu amor propio te sostiene en tu grandeza momento a momento, sin importar lo que pase afuera, porque tienes presente que eres valiosa siempre. Te lleva a rodearte de personas que también se aman a sí mismas, se respetan y se valoran, y el amor de los otros te sostiene en tu amor propio. Te da la claridad y el discernimiento para abandonar lo que no te hace bien (una relación, un puesto de trabajo, un lugar); te ayuda a poner punto final sin tanto drama a lo que ya no debe estar en tu vida, en el momento en que es preciso hacerlo.

Amarte a ti misma te da alas para volar, volar muy alto, surcar los cielos y contemplar la grandeza ilimitada de la que eres parte. Te da sencillez y la humildad para celebrar los logros de los demás. Te alegras con los otros, porque has comprendido que no hay competencia, que, cuando alguien logra algo, sólo te está recordando que tú también puedes hacerlo.

Cuando te amas, te vuelves agradecida y comienzas a disfrutar de lo simple y sencillo. Dejas de lado la necesidad de calificar todo lo que sucede como bueno o malo; comprendes que lo que sucede simplemente es, y fluyes grácilmente momento a momento.

Cuando te amas realmente, te vuelves presente en todo. En cada acto, en cada palabra estás en comunión con tu interior. De ahí nace la capacidad de contemplar, y la presencia lo impregna todo. Además, amarte te lleva a crear tiempo para ti, tiempo para estar contigo, para escucharte, para conectar con tu voz interior de la manera que es correcta para ti.

Amarte incondicionalmente te da la fuerza para sentirte real, vulnerable, auténtico, libre; para sentir las emociones, sensaciones y percepciones cuando aparecen sin nombrarlas y simplemente dejarte ser momento a momento. Entonces no buscas sentirte de una determinada manera: te sientes como eres y descubres que justo ahí está la mayor fuente de inspiración, y que después llega una oleada de amor infinita.

Cuando te amas de verdad, cesa la autocrítica y emerge la autoestima. Ya no te comparas con nadie, todo lo que quieres ser, es ser tú misma, porque tú misma eres única y no existe nadie como tú. Decides por ti y para ti, asumes la responsabilidad de lo que decides. Dejas de culpar a los demás por lo que sucede en tu vida. Te haces responsable de ti misma. Entiendes que tu valor en el mundo no lo define lo que tienes, lo que haces, lo que logras o no logras, pues tu valor está determinado por el amor que eres. Amarte a ti misma te lleva a amar tu sombra, a amar esa parte tuya que no te permite verte como eres, tal como Dios te creó.

El amor nos devuelve la energía vital, el equilibrio y la vida misma. Nos pone en contacto con todos los seres vivos. Cuando estamos conectados con el amor, reconocemos que el aire que respiramos es el mismo, que nada nos separa, que somos uno.

Tu experiencia del amor puede ser totalmente distinta a la mía. Lo que nos hace iguales es que vibramos en la energía del amor infinito e, independiente de cuál creamos que sea la fuente, ese amor nos une siempre.

Me amo y te amo en el amor que somos, somos uno.

Por: Aura Reuto

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Me llamo Aura Reuto. Nací en Casanare en 1977, actualmente vivo en Villavicencio (Meta, Colombia). Llevo más de una década  explorando en mi ser interior, con el firme propósito de amarme, aceptarme y disfrutar la vida exactamente como es. Amarme significa aceptar mi historia personal, superar el sufrimiento a la luz del amor y del perdón y comprender que todo ha obrado para bien.

Trabajé en el sector privado por más de 10 años. Hoy estoy  al servicio de la vida en sus múltiples manifestaciones. Me siento en capacidad de acompañarte en procesos de sanación y liberación interior, mediante la escucha atenta y profunda.

Soy Experta en Mindfulness, Desarrollo Personal y Educación Consciente. Alimentación Consciente.  Facilitadora de Círculos de Mujeres y Espacios Sagrados. Moon Mother. Facilitadora de Terapia del Perdón.

Contacto: aurareuters@hotmail.com

La importancia de aceptarnos a nosotros mismos incondicionalmente

Hace poco estuve hablando con un amigo que está comenzando una nueva relación sentimental. Él llevaba algún tiempo buscando una relación, pero las cosas no se le habían dado muy bien. Sin embargo, ahora se veía radiante y estaba muy feliz con su nueva compañera de viaje. Cuando le pregunté por qué creía que las cosas habían comenzado a fluir para él, me respondió algo hermoso: “El error está en creer que tiene que uno tiene que cambiar algo para merecer el amor. Uno cree que primero tiene que sanar sus miedos, que primero tiene que volverse más esto o menos de esto, que debe mejorar, porque tal como uno es ahora, exactamente como uno es ahora, no merece ser amado. Y bueno, yo me di cuenta de que yo merecía el amor exactamente como soy ahora. Que así como estoy, exactamente en este punto de mi camino, merezco una compañera con la cual compartir esta parte de mi viaje justo como soy ahora”.

Esa respuesta me pareció reveladora. Sobre todo, porque no se aplica solo a las relaciones amorosas: también vale para la relación que tenemos con nosotros mismos, de la cual todas las demás relaciones son solo espejos. Muchos pasamos gran parte de la vida rechazando el momento exacto por el que estamos pasando, rechazando lo que somos y como somos justo ahora. Creemos que merecemos y podemos ser felices, pero en el futuro, después de que logremos ciertas cosas, después de que cambiemos. En el fondo, creemos que, tal como somos ahora, no merecemos el amor ni la felicidad. Entonces nuestra energía se vuelca hacia afuera; nos fastidia mirar adentro, pues allí solo vemos lo que está mal, lo que queremos que sea diferente, y por eso nos enfocamos en tratar de cambiar aquello que no nos gusta. Es como si dijéramos: cuando cambie y sea mejor, cuando sea merecedor, podré estar a gusto conmigo mismo. Cuando arregle lo que tengo que arreglar, podré estar conmigo y darme amor. Ahora no. Ahora debo concentrarme en arreglar lo que no funciona, en conseguir lo que me falta.

Sin embargo, esta forma de ver las cosas es un disparate. Esta confusión queda explicada muy bien por el siguiente proverbio: “El ego dice: cuando todo afuera esté en su lugar, podré estar en paz. El alma dice: cuando esté en paz, todo afuera se acomodará en su lugar”. Pero no solo se aplica a la paz, sino también, y de manera especial, como lo he sugerido, al amor. Neale Donald Walsh, el autor de Conversaciones con Dios, lo expresa de una forma hermosa y radical. Dice: “No hay nada que podamos hacer que lleve a que Dios nos ame más, y no hay nada que podamos hacer que lleve a que Dios nos ame menos”. En otras palabras, el amor de Dios es incondicional.

En nuestra experiencia humana, quizás uno de los ejemplos más claros de amor incondicional es el que experimenta una madre hacia su recién nacido. ¿Habrá algo acaso que pueda hacer el pequeño para que su madre lo ame menos? ¿Si comete una torpeza, ella dejará de quererlo? ¿O habrá algo que pueda hacer para que lo ame más?, ¿habrá algún logro o alguna cosa que pueda conseguir que lo haga más digno del amor de su madre? Obviamente no. El amor de una madre hacia su recién nacido es puro. No depende de que su bebé haga o deje de hacer algo. No tiene condiciones. Simplemente es.

Entonces, independientemente de si crees o no en Dios, la invitación es a que te des cuenta de que mereces el amor de forma incondicional. Para empezar, mereces tu amor justo ahora. Con todos los defectos que puedas tener. Con todos tus errores y todos tus aciertos. Con todos tus logros y todos tus fracasos. Con tus destrezas y tus incapacidades. Con tu inteligencia y tu torpeza. Con tu belleza y tu fealdad. Más allá de todos eso, mereces tu amor más profundo y más puro.

Para mí, al menos, fue muy liberador darme cuenta de que podía dejar de huir y de correr desesperadamente tratando de lograr algo para ser merecedor del amor, de mi amor. Ahora bien, ¿significa esto que ya no hay razones para mejorar, para cambiar nuestros hábitos, para esforzarnos por ser mejores personas? No, claro que no significa eso. Lo que sí significa es que trataremos de cambiar por razones diferentes a las anteriores. Ya no trataremos de mejorar por miedo a no ser amados, por miedo a no ser merecedores. No, ahora podremos cambiar por el placer de dar lo mejor de nosotros, de ser capaces de expresar y experimentar más, y por el placer de dar más y compartir más del amor que ya tenemos, y que no podemos dejar de tener, pues lo merecemos incondicionalmente.