CONSEJOS PARA DOMAR DRAGONES

En el último año disminuí notablemente mi actividad en redes sociales. Una parte de esto se debió a que sentí la necesidad de enfocarme en mi proceso interno. He estado en sesiones de terapia e hice un curso online intenso y profundo con uno de mis maestros favoritos: Eckhart Tolle.

Sin embargo, recientemente caí en cuenta de que esas no fueron las únicas razones por las que no he vuelto a hacer tantas publicaciones como antes. De unos meses para acá volví a sentir ganas de publicar, pero al mismo tiempo noté en mí una gran resistencia a hacerlo. Entonces, en una de las sesiones de terapia, pude ver como detrás de esa resistencia hay miedos que vienen de mucho atrás.

Recordé como cuando niño sentía gran ansiedad en situaciones en las que tenía que exponerme frente a un gran grupo de personas y, por alguna razón, sentía que ellas tenían alguna expectativa sobre mí. En particular, recordé una fiesta a la que me invitaron cuando tenía cerca de 10 años. Mis padres me ayudaron a comprar un regalo para llevarle a mi amigo, pero el día de la fiesta no fui capaz de ir a entregárselo. Me llené de pensamientos de que el regalo no era lo suficientemente bueno y el miedo me llevó a querer esconderme y no enfrentar el posible rechazo de mi amigo y de los demás niños que estarían en la fiesta.

Y, al observar mis emociones en relación con mis redes, pude reconocer esas mismas sensaciones que experimentaba de niño. Es el mismo miedo social a que los demás rechacen aquello que tengo para entregar. Muchas veces he observado ese miedo y lo he atravesado, pero esta vez surgió con una claridad especial y de forma inesperada, pues en mi mente tenía una lista de razones diferentes mediante las cuales explicaba y justificaba mi alejamiento de las redes.

Ahora, mientras escribo estas palabras y pienso en publicarlas, vuelvo a experimentar esa sensación de ansiedad social y vienen a mi mente imágenes de personas que conozco reaccionando de diferentes maneras frente a lo voy a compartir.

Esta claridad sobre el miedo que experimento me motivó a hacer un live en Instagram después de mucho tiempo en el que hablé justamente sobre este tema. Además, me motivó a escribir esta entrada y a comenzar a publicar reflexiones más seguido. Y la razón de esto es, en parte, que una de las maneras de sanar el miedo, al menos en mi experiencia, es mediante la acción.

El miedo al rechazo social se fundamenta en la ilusión de que ser rechazados implica un riesgo para nuestra supervivencia. Esto era verdad hace cientos de miles de años, cuando vivíamos en pequeños grupos para protegernos de los demás animales y de los elementos, y ser aislados podía significar la muerte. Ahora, aunque nuestra realidad es diferente, estas memorias ancestrales continúan dirigiendo nuestras vidas. Es como si un programa viejo y obsoleto se hubiera quedado a cargo de nuestro computador a pesar de que hay ahora programas mucho más adecuados para nuestras necesidades actuales.

En ese sentido, deshacer los miedos es una forma de reprogramarnos. Y una de las formas más eficaces de reprogramarnos es mediante la exposición a aquello que tememos. Al permitirnos experimentar aquello que tememos, si lo hacemos con consciencia, podremos observar nuestras emociones y nuestros patrones de pensamiento y separarlos de lo que en realidad está ocurriendo. Al hacer esto, veremos que estamos a salvo (al menos cuando se trata de miedos como estos que cuento en este escrito) y que en realidad no hay nada que temer.

Me recuerda esto a un hermoso pasaje del libro La armadura oxidada, de Rober Fisher. Este libro es una metáfora sobre el deshacimiento del ego, representado por la armadura del caballero, que se ha quedado atascada en su cuerpo y lo lleva a sufrir. Como parte de su aventura de autodescubrimiento, el caballero debe entrar a diferentes castillos, cada uno de los cuales representa algo que él debe aprender o superar para poder dejar ir su armadura. Uno de estos es el Castillo de la Voluntad y la Osadía, el cual se encuentra custodiado por un temible dragón. A diferencia de otros castillos a los que ha debido entrar, este le presenta un reto que requiere una acción externa precisa: debe cruzar un puente para ingresar al castillo, pero al otro lado se encuentra un gigantesco dragón que escupe fuego. En los primeros intentos, el caballero huye ante las llamas, pues siente el calor y le parece obvio que el peligro es real. No obstante, a medida que sigue insistiendo, comienza a darse cuenta de que el dragón es una ilusión. Y entre mayor es su determinación de cruzar y su tranquilidad interna, más evidente es que el dragón es irreal. Cuando se acerca por completo al monstruo, este desaparece.

Luego de atravesar los diferentes castillos, el caballero aprende que deberá volver a estos una y otra vez, para llegar a nuevos niveles de aprendizaje. Y así es como siento un poco este volver a caminar por miedos antiguos. Hay ahora más consciencia que antes y es más fácil atravesarlos, pero también es claro que los miedos siguen instalados en mi interior y me invitan a sanarlos.

Ahora bien, esta invitación a atravesar los miedos debe ir acompañada por una invitación a amarlos y a amarnos cuando los sentimos. La metáfora del dragón es hermosa, pero presenta al miedo como un enemigo al que debemos derrotar. En realidad, el dragón se disuelve cuando nos acercamos a él con amor. Si peleamos, es porque creemos que es real, pues, ¿quién gastaría energía peleando cuando sabe que está frente a un espejismo? Es como en los sueños: cuando uno no sabe que está soñando, cree que lo que experimenta es real y, por tanto, si ve un monstruo, tratará de huir o de pelear con él. En cambio, cuando uno toma consciencia de que está soñando, puede jugar con el monstruo, pues sabe que en realidad está a salvo, y al hacerlo lo más normal es que el sueño se transforme o se acabe por completo.

Entonces, otra recomendación es no tomarnos muy en serio este camino de deshacer los miedos. Es un juego. Y las claves son la compasión y el amor.

En alguna época de mi vida, cuando reconocía que tenía miedos, me obsesionaba por atravesarlos y me castigaba cuando no era capaz. Esta actitud rígida y dura hacía que los miedos se vieran incluso más grandes que antes. Ahora reconozco que lo primero es permitirme sentir y estar conmigo incondicionalmente antes de atravesarlos. Es como si un niño pequeño se levantara gritando en la noche a causa de una pesadilla. ¿Lo reprenderíamos acaso y le gritaríamos que se vuelva a dormir tranquilo porque no tiene nada que temer, o más bien lo acompañaríamos en su miedo con amor, tranquilizándolo con dulzura y recordándole suavemente que es solo un sueño?

No se trata entonces de matar al dragón ni de atravesarlo en realidad, sino de amarlo y transformar la forma en que lo percibimos, hasta que vemos ya no un enemigo sino una parte nuestra que merece tanto nuestro amor como cualquier otra. Así pues, la invitación es a hacernos amigos del dragón. Es como dice Un Curso de Milagros: antes de despertar, el paso previo natural es pasar de las pesadillas a los sueños felices. Y este es un cambio de percepción. La idea es que ya estamos a salvo y rodeados y protegidos por el amor. Siempre lo hemos estado. Es solo nuestra percepción la que necesita sanar.

Unos meses después de la fiesta a la que me invitaron y a la que no fui, le conté a mi amigo que le había comprado un regalo que nunca le entregué por miedo a que no le gustara. Al saber cuál era el regalo, él se alegró mucho y me expresó que no entendía por qué yo no había ido. Era uno de los mejores regalos que le habían hecho. Esto me lleva a reconocer ahora que estos miedos que estoy transformando con amor me llevan a dejar de brillar y a dejar de compartir mis regalos con el mundo. Al ver esto, me siento aún más motivados para seguir caminando sobre el puente y acercándome con tranquilidad a mi amigo el dragón.

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¿Por qué le tenemos miedo al rechazo?

Durante cientos de miles de años, los humanos vivimos como nómadas, en grupos de entre 50 y 150 personas. En ese entonces, ser parte del grupo era necesario para nuestra supervivencia. Debido a los peligros y a las dificultades para conseguir alimento, ser aislados era casi una condena de muerte.

En consecuencia, la evolución nos llevó a percibir la desaprobación y el rechazo como un peligro. Ese miedo nos impulsa a hacer lo necesario para que otros en el grupo nos acepten y a evitar cualquier comportamiento que implique ser rechazados.

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Desde el punto de vista evolutivo, el miedo al rechazo fue muy útil para nuestra supervivencia, al igual que muchos otros miedos. Pero, también como en el caso de muchos otros miedos, el miedo al rechazo ya no es necesario. Es profundo y está arraigado en nuestros genes, pero ya no lo necesitamos, al menos no por las mismas razones. No vamos a ser devorados por animales salvajes si nos desaprueban o rechazan en el grupo al que pertenecemos.

Estos miedos que provienen de nuestros genes son muy profundos y, en últimas, son una expresión del miedo a la muerte, ya que, como dije, inicialmente surgieron para garantizar nuestra supervivencia.

Pero, si en los comienzos de nuestra especie el propósito del miedo al rechazo era garantizar nuestra supervivencia, ¿qué función tiene ahora?, ¿para qué puede servirnos? Mi respuesta es que ahora ese miedo, al igual que muchos miedos antiguos, nos puede ayudar en nuestro camino espiritual, si así lo decidimos.

Esos miedos profundamente arraigados nos pueden servir como recordatorios de que no hemos encontrado nuestra esencia, en la cual el miedo a la muerte desaparece, pues reconocemos aquello en nosotros que es eterno.

De esa manera, el miedo al rechazo nos ofrece una oportunidad para mirar indirectamente nuestro miedo a morir e ir más allá de él. Cuando encontramos el Amor dentro de nosotros, encontramos también una seguridad que no puede ser amenazada. En esa seguridad, tenemos la capacidad de estar solos si es necesario, y podemos permitirles a los demás que se alejen de nosotros o nos desaprueben, pues sabemos que nuestro bienestar no depende de eso. Pero para llegar a ese estado debemos ir muy profundo dentro de nosotros, tan profundo que podamos pasar más allá de nuestros instintos de supervivencia.

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Cuando sientas miedo al rechazo, no te juzgues, recuerda que es normal: estamos programados biológicamente para sentirlo. Pero recuerda, además, que ese miedo es una ilusión. Ya no lo necesitas, puedes dejarlo ir. Y el camino es hacia adentro, donde yace una plenitud frente a la cual el miedo a la muerte, que es la raíz de todos los miedos, desaparece.

Con amor,

David González

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El síndrome del impostor

¿Te ha pasado que no te sientes lo suficientemente capacitada para realizar una tarea que se te ha encomendado y que los demás esperan que hagas muy bien? ¿Sientes que los demás tienen una imagen de ti demasiado elevada que no corresponde con tu realidad? ¿Temes que alguien se dé cuenta de que en verdad no eres tan buena y exponga ante los demás tus falencias? Si respondiste «sí» a una o varias de estas preguntas, es posible que sufras del síndrome del impostor.

Este síndrome fue definido en 1978 por un estudio en el que tres investigadoras analizaron las creencias de 150 mujeres exitosas quienes, a pesar de sus logros académicos y profesionales, se consideraban a sí mismas como «impostoras». Estas mujeres se caracterizaban por creer que no eran inteligentes y que, si alguien las consideraba inteligentes, era porque había sido engañado por ellas y no se daba cuenta de la realidad. Muchas atribuían sus logros a la suerte o incluso a un error. Por ejemplo, una mujer que era la jefa de su departamento en una universidad decía que «Obviamente, estoy en esta posición debido a que mis capacidades son sobrevaloradas».

Estadísticamente se ha mostrado que las mujeres son más propensas a sufrir del síndrome del impostor, pero puede afectar a cualquiera. Yo soy un ejemplo de eso. En algunas entradas previas he comentado que, en lo relativo a mi labor compartiendo consejos sobre espiritualidad y crecimiento personal, a veces me siento como un impostor. No creo ser tan bueno como parecen imaginar algunos de quienes me escriben agradeciendo por mis consejos o me piden ayuda en su camino. Temo que estén engañados con respecto a mí y no me siento capacitado para ayudarlos, aunque cuente con la experiencia y la madurez espiritual para hacerlo.

Creer que somos impostores genera miedo y ansiedad. Además, nos impide disfrutar de nuestros logros y hace que no podamos recibir cumplidos y tendamos a huir de posiciones que impliquen responsabilidad o grandes expectativas sobre nosotros. Y si alguien nos enumera las razones por las que sí somos valiosos o menciona las cosas buenas que hemos hecho, encontramos rápido una razón para explicar por qué esos logros no son muestra de nuestras capacidades o les restamos importancia. Cuando alguien nos hace un cumplido, nos sentimos incómodos y nos nos permitimos recibirlo plenamente. Incluso nos cerramos a recibir muestras de amor por parte de nuestros seres queridos, pues sentimos que no somos dignos de ellos.

Esta falta de merecimiento es uno de los síntomas más dolorosos. Creemos que no merecemos lo que hemos logrado. Creemos incluso que no merecemos el amor y el aprecio de nuestros amigos, nuestros familiares y nuestra pareja. Estamos convencidos de que al menos parte de ese amor y aprecio se deben a que nuestros seres queridos tienen una falsa imagen de nosotros. Tememos que en cualquier momento esa falsa imagen se derrumbe, y creemos que cuando eso suceda dejarán de querernos. Frente a esto, muchas veces evitamos involucrarnos en relaciones con personas que tienen una imagen positiva de nosotros, pues le tenemos mucho miedo al momento en el que, al darse cuenta de somos un fraude, las decepcionaremos.

Los logros no son una evidencia suficiente

Tal vez podría pensarse que una forma de superar el síndrome del impostor es continuar incrementando nuestras capacidades, para así llegar a una imagen de nosotros mismos en la que sí merecemos aquello que tenemos y sí estamos a la altura de las responsabilidades que tenemos a cargo. Esto puede ayudar en ciertos casos. Y ciertamente hay ciertas áreas de nuestra vida en las que confiamos plenamente en nosotros y sabemos de qué somos capaces. Sin embargo, cuando el síndrome del impostor surge debido a creencias profundas e inconscientes, este enfoque no será suficiente.

En el estudio mencionado, las autoras indican que incluso aquellas mujeres que tenían momentos de éxito repetidos y los títulos que las acreditaban seguían sintiendo que eran impostoras. Es decir, para algunas de ellas no importaba qué tantas cosas alcanzaran ni cuántas veces la evidencia les demostrara que sí estaban a la altura de sus cargos, aun así continuaban creyendo que no eran tan buenas y que sus resultados se debían a errores, a que los demás las percibían de forma errada o a un golpe de suerte.

Por tanto, si sufres del síndrome del impostor, puede que sigas yendo al gimnasio, aprendiendo idiomas, obtengas títulos académicos y logres grandes cosas en diferentes áreas de tu vida, pero eso no te quitará la idea de que no eres lo suficientemente buena. Siempre habrá una forma de interpretar la realidad de manera en la que creas que te falta algo para merecer estar donde estás o para tener lo que tienes.

¿Qué hacer?

1. Observa la idea que tienes sobre cómo deberías ser

Si miras con cuidado, verás que, si sufres el síndrome del impostor, probablemente te has impuesto a ti misma estándares imposibles de cumplir. Tienes un ideal de perfección tan alto que, sin importar cuánto te esfuerces, nunca estarás tranquila con quien eres. La solución a esto es trabajar en el perfeccionismo. En otras palabras, te invito a que pruebes ser una imperfeccionista.

2. No te enfoques en el resultado, enfócate en dar lo mejor

¿Cuál es tu propósito en esta experiencia, ser la mejor? ¿Para qué? El ego te dice que la satisfacción viene de ser mejores que los demás y de ganar. Pero la verdadera satisfacción viene de desarrollar tu potencial, sin importar cómo te ves al compararte con los demás. Cuando adoptas este enfoque, ya no temes que las cosas salgan mal o que el resultado no esté a la altura de algún estándar externo. Cuando te enfocas en dar lo mejor y en crecer, valoras tu proceso, aun si te quedas corta con respecto a algunos objetivos o ideales. En otras palabras, no te importa qué tan alto llegaste, sino el hecho de que creciste y experimentaste tu potencial.

3. Suelta el miedo frente a lo que puedan pensar los demás: encuentra el amor dentro de ti

Fallar es parte de la vida. Defraudar a los demás, también. No hay nadie que no haya cometido errores. Y cometer errores es parte de crecer. Por supuesto, cuando cometemos errores, muchas veces habrá personas que se sentirán decepcionadas de nosotros. Eso también es parte de crecer.

Habrá veces en las que nos encomendarán una tarea y esperarán algo de nosotros y fallaremos. Cuando eso suceda, será doloroso. Pero, de nuevo, es parte de crecer. No vale la pena escondernos de ese dolor si el costo es dejar de vivir, dejar de crecer y renunciar a la oportunidad de explorar nuestro potencial. Por tanto, parte de sanar el miedo a ser un fraude es sanar el miedo a qué pensarán los demás de nosotros. ¿Y por qué nos preocupa tanto lo que piensen los demás? Porque buscamos el amor afuera. Creemos que, si los defraudamos, no nos amarán, y el amor es lo que más queremos. Cuando encontramos el amor en nosotros, podemos permitir que los demás nos perciban como quieran, incluso como un fraude, pues estamos conectados internamente con la fuente de la plenitud y la dicha, y esa conexión no depende de nuestros logros o de la imagen que el mundo tenga de nosotros.

***

No es esta una invitación a la mediocridad o a que dejes de adquirir habilidades. Prepárate lo mejor que puedas, da lo mejor. Pero sé consciente de que tu valor no depende del resultado ni de si logras o no cumplir con ciertas metas u objetivos. Disfruta del viaje. Ten el coraje de dar lo mejor aun sabiendo que no siempre lograrás lo que los demás (o tú mismo) esperan de ti. Pero, sobre todo, halla el amor dentro de ti. Una vez te conectes con eso, no temerás ser un fraude, pues sabrás que incluso cuando decepciones a los demás seguirás estando plena.

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Mis retos internos

Compartir enseñanzas espirituales en redes sociales ha sido un gran aprendizaje para mí. Me ha traído retos que me ayudan a evolucionar y es un espejo en el que veo reflejado mi proceso de crecimiento interno.

En este artículo quiero compartirte los principales retos que he tenido y que estoy teniendo en mi camino con las redes sociales.

El miedo al qué dirán

Al comienzo, sólo compartía frases de maestros reconocidos o republicaba memes que encontraba en Facebook. Luego, decidí comenzar a hacer videos, y esto implicó superar el miedo al qué dirán. ¿Pensarán que soy ridículo o presumido? ¿Se burlarán de mí? En este artículo cuento más sobre esa fase de mi proceso y comparto lo que me ayudó a superar ese miedo.

El miedo a lo que piensen los demás no se ha ido por completo, pero es mucho menos intenso. Ya no me impide hacer videos o compartir mis enseñanzas. Hasta cierto punto, diría que es un miedo superado.

Necesidad de aprobación

Este reto se relaciona estrechamente con el anterior. Sin embargo, en este caso el énfasis no está en la posibilidad de que se burlen o me desprecien, sino en la necesidad de que a los demás les guste lo que hago.

Cuando comencé a publicar contenido constante en redes sociales, me di cuenta de que me afectaba mucho el numero de likes que recibían las publicaciones. Si publicaba una imagen que tenía gran acogida, me sentía bien y tranquilo, mientras que, si una publicación recibía muy pocos likes, me preocupaba y desanimaba. En este artículo te cuento un poco más sobre esta dependencia de los likes y doy algunos consejos generales para soltar la necesidad de aprobación.

Por momentos sigo pendiente de cuántos likes tengo y aún me afecta, aunque éste también es un aspecto en el que he crecido y esa necesidad de aprobación ha disminuido en buena medida.

Pero es evidente que aún no he sanado esto del todo. Al escribir este artículo, consulté algunos videos de YouTube que grabé hace un tiempo y vi que elgunas personas le dieron «No me gusta» a los videos. Tan pronto vi eso, sentí una punzada de malestar que me indica que lo que los demás piensen me afecta y que aún tengo necesidad de aprobación.

Adicción a las redes sociales

Muy relacionado con lo anterior está el tema de sentir la necesidad de estar constantemente conectado con las redes sociales. Mirar a cada el rato el celular para ver cómo les ha ido a mis publicaciones llegó al punto de convertirse en una adicción, una forma de escape y de desconectarme de mí mismo.

En este tema también he sanado bastante; ya no me parece tan atractivo estar constantemente conectado a las redes. Sin embargo, cuando llega la ansiedad, a veces todavía uso mis redes sociales para escapar. En eso sigo trabajando.

Sobre el tema de la adicción a las redes sociales te recomiendo este video que grabé, y sobre el tema de las adicciones en general, este otro video.

Retos actuales: dudas sobre mí y sobre mi proceso

Al llamar a esta sección «retos actuales», no quiero decir que los retos anteriores no sigan presentes, como bien lo he indicado. Quiero señalar, simplemente, cuáles son los retos más importantes den este momento de mi proceso.

Dudar de mí

Y el principal reto es que dudo de mí en varios aspectos. Por una parte, dudo de ser lo suficientemente bueno como para asumir el papel de dar consejos espirituales en redes sociales.

Se trata del miedo a ser un fraude, sobre el cual escribí este artículo. Sucede cuando no creo en mí.

Cuando estoy en una fase espiritual expansiva, conectado con lo más profundo de mi ser, este miedo desaparece. Pero cuando me encuentro contraído energéticamente, el miedo se intensifica y me lleva a dudar de si debo seguir lo que estoy haciendo.

Autosabotaje

Este ha sido y es uno de los principales retos con los que he lidiado en diferentes áreas de mi vida, y mis proyectos de redes sociales y mi camino espiritual en general no son la excepción.

Cuando las cosas marchan muy bien, mejor que nunca, a veces hago elecciones que bajan mi vibración y aumentan mis miedos. Puede que se trate de recaer en viejas adicciones, evadir mis emociones o simplemente consumir productos de baja vibración (ciertos canales de YouTube, ciertas noticias, ciertos pasatiempos).

Es como si tuviera miedo a estar tan bien. Pues sé que cuando estoy muy bien mi vida comienza a cambiar, y eso me da miedo. Da miedo pasar al siguiente nivel. En este artículo hablo un poco más sobre el autosabotaje.

Dudar de mi camino

Creo que este es el reto más profundo para mí ahora. Dudar de si lo que hago está bien.

Se relaciona mucho con dudar sobre mí y creer que no soy lo suficientemente bueno, pero va más allá.

Es algo que se presenta en todas las áreas de mi vida: las relaciones, la vida profesional, mis proyectos.

No importa lo que haga, casi siempre aparece una vocecita de miedo que me dice: «Tal vez no deberías estar haciendo esto».

Las razones que aduce la voz de mi ego varían según el contexto. De repente no estoy seguro de si me gusta lo que estoy haciendo. O no sé si encaja con mis creencias más profundas. O simplemente dudo sin saber por qué.

Cuando esto sucede, pienso en que tal vez debería renunciar a los objetivos que me he propuesto. Varias veces con este proyecto llamado Caminos de Conciencia he dudado de si debo seguir o no. Y la verdad es que no lo sé. Tal vez en algún momento mi corazón me dirá que ya es suficiente y lo dejaré. Por ahora, siento que esa voz viene desde el miedo, no desde mi consciencia más elevada, y por eso no le hago caso.

Hay momentos, sin embargo, en los que me siento cansado y lo que hago no parece tener sentido.

A veces siento que he decidido seguir con este proyecto impulsado por los deseos de mi ego. Tal vez es solo mi ego el que desea tener muchos seguidores y ser reconocido y verse a sí mismo como exitoso, pero tal vez en el fondo nones esto lo que quiero hacer.

Otras veces pienso que tengo este proyecto por la creencia de que debo hacerlo para ayudar al mundo, de que eso es lo mejor que puedo hacer por la humanidad, pero es algo que no viene de mi corazón y de mis deseis más profundos sino de mi cabeza. Tal vez en el fondo quiero hacer otra cosa.

Estos últimos párrafos son ejemplos de las conversaciones internas que surgen en los momentos de duda.

No sé, a ciencia cierta, para dónde voy. Sé que en este momento tengo ganas de compartir estas experiencias. Me gusta escribir. Y creo que les ayuda a algunos de los que me leen.

Las últimas semanas he estado muy bajo energéticamente y se han intensificado los últimos retos que describo. Tal vez es parte normal de proceso de crecimiento. Tal vez es producto de una necesidad de cambio. Tal vez es miedo a pasar al siguiente nivel. No lo sé. Por momentos no disfruto estar permanentemente conectado a las redes respondiendo lo que me preguntan, y menos aún cuando siento que no estoy plenamente conectado con mi sabiduría interior y que por tanto respondo con respuestas prefabricadas que sé de memoria pero que no reflejan mi nivel actual de consciencia.

Sé que estos momentos de dudas y crisis son algo normal que en algún momentos les suceden a todos los seres humanos. En mi caso, me ayuda escribir lo que siento. Y uno de mis propósitos este año fue compartir más de mí y de mi proceso.

Finalmente, ya que he estado compartiendo artículos antiguos en esta entrada del blog, te invito y me invito a leer esto que escribí sobre cómo pasar por momentos difíciles.

Saludos y bendiciones,

David González

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Atrévete a brillar

Quedarme en mi casa pintando puede requerir disciplina y tiempo. Pero más difícil que eso es tener la valentía de mostrarles mis pinturas a mis amigos. Y más difícil aún es exponerlas para que pueda verlas todo el mundo.

Al mostrarle nuestro trabajo al mundo asumimos responsabilidad por él y nos abrimos a ser criticados y juzgados. Nos abrimos a la posibilidad de no gustarles a los demás o decepcionarlos. Y esto requiere valentía.

A veces la parte más difícil del proceso creativo es mostrarle nuestro trabajo al mundo. Y a veces, a causa de los miedos asociados a lo que el mundo pueda pensar, preferimos dejar de crear o escondemos nuestro trabajo.

Y esto no sólo aplica para los pintores. Si trabajas en una compañía y se te ocurre una idea, requiere valentía compartirla con los demás e invitarlos a ponerla en práctica. Tal vez no funcione. Tal vez se burlen de ti. Tal vez sea un error. Tal vez alguien se enfade o se incomode ante tu sugerencia. Entonces preferimos quedarnos callados y hacer un trabajo que no implique responsabilidad alguna.

Pero la verdad es que el mejor regalo que le podemos dar al mundo es compartir nuestro trabajo y nuestras ideas y asumir plena responsabilidad por nuestras creaciones. Y para poder este regalo debemos tener la valentía para decir «Este es mi trabajo». «Esta es mi idea». «Yo hice eso». «Propongo que vayamos por aquí».

A veces funcionará y a veces no. A veces les gustará a los demás y a veces no. Pero siempre creceremos y mejoraremos. Y al atrevernos a fracasar, iremos más allá del miedo y estaremos listos para el éxito. Pues cuando pase en nuestra mente esa gran idea que sí va a funcionar, no dudaremos y la lanzaremos al mundo sin temor, y entonces podrá florecer.

No ocultes tu luz por miedo a decepcionar o por miedo a ser juzgada o criticada. Atrévete a brillar plenamente. No le niegues tus regalos al mundo, pues al compartirlos verás tu propia luz reflejada afuera y la sentirás brillar con mayor intensidad dentro de ti. Entonces sabrás que, como dice Un Curso de Milagros, «Todo lo que doy es a mí mismo a quien se lo doy».

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