El ayuno como práctica espiritual

Establecer la intención

Hay muchos beneficios de ayunar. Puedes ayunar para limpiar tu sistema digestivo. Puedes ayunar para fortalecer tu fuerza de voluntad. Puedes ayunar por la simple curiosidad de experimentarte en situaciones extremas. Todos esos propósitos son valiosos.

A continuación, no obstante, me enfoco en el ayuno concebido como una práctica espiritual. Sin embargo, se pueden tener varias intenciones al tiempo.

El ayuno como práctica espiritual

El ayuno es una práctica espiritual muy poderosa. Como yo lo veo, no se trata de sufrir ni de privarnos de algo que queremos para obtener una recompensa en el futuro. Se trata de una oportunidad para ir más profundo dentro de nosotros y encontrar una plenitud que estaba oculta bajo el ruido de los estímulos.

Podemos ayunar muchas cosas. Podemos ayunar comida, podemos ayunar sexo, podemos ayunar redes sociales, podemos ayunar hablar.

Usualmente, elegimos ayunar cosas que nos traen satisfacción inmediata. Al hacer esto, se abre una posibilidad de encontrar una satisfacción más profunda, que no proviene de estímulos externos.

Hay muchas condiciones externas que nos ayudan a sentirnos satisfechos de manera temporal. Alimentarnos bien es una de ellas. El objetivo de ayunar no es quedarnos con la insatisfacción y sufrir. El objetivo es aprender a encontrar la plenitud en la ausencia de esas condiciones.

Cuando ayunes, busca la plenitud dentro de ti. Busca la plenitud que se oculta en el silencio.

Ayunar es como estar en silencio

Todos los ayunos implican una forma de silencio. Hay algo que había estado en la superficie, estimulándonos constantemente, y ahora hay un vacío. Es como haber estado escuchando música por varias horas sin parar, y de repente quedarnos sin sonido. Podemos entonces tomar conciencia de muchas cosas que no podíamos percibir porque la música absorvía nuestra atención.

Cuando llevamos toda la vida acostumbrados a algo, su ausencia puede ser muy incómoda. Pero una vez nos aclimatamos a esa ausencia, veremos los tesoros que estaban ocultos en el silencio, en el vacío.

La incomodidad inicial

Para encontrar la plenitud a través del ayuno, hay que pasar primero por un periodo de limpieza.

Hay emociones que normalmente ocultamos bajo los estímulos. Hay miedos de los que nos escapamos a través del ruido, sea la forma que tome. Cuando ese ruido desaparece, nos quedamos de frente con lo que estamos sintiendo, y eso puede ser muy confrontante. Hay una tendencia automática a prender de nuevo la televisión, leer las noticias, mirar el celular, comer.

No obstante, si pasamos por ese periodo incómodo, se abre una nueva dimensión ante nosotros. Allí hay una dicha que no tiene causa externa. Cuando somos capaces de contactar esa dicha y mantenerla sin necesidad de estímulos externos, hemos encontrado una de las joyas más preciosas.

Elegir el tipo de ayuno

Uno de los ayunos más intensos que hay es dejar de comer. La necesidad natural de nuestro cuerpo se convierte en un reto para nuestra plenitud. Nuestra química interna nos dice que necesitamos comer para estar satisfechos. Por tanto, encontrar la plenitud en medio del ayuno prolongado de alimentos implica ir más allá de nuestro cuerpo y acceder a una luz interior que está más allá de nuestra química interna.

Pero, dependiendo de cada persona, hay ayunos que pueden ser más poderosos que el de los alimentos. Lo primero entonces es que elijas qué quieres ayunar y que establezcas los parámetros del ayuno: qué vas a dejar de hacer y por cuánto tiempo.

Sólo tú sabes qué tipo de ayuno te puede servir más en este momento. Si no sabes, te recomiendo que ayunes por un par de días de tu celular y de tu computador. No los uses en absoluto. Mira cómo te sientes. En medio de esa experiencia, será fácil para ti saber qué ayuno te conviene.

Algunos ayunos pueden ser muy cortos. Por ejemplo, si estás ayunando comida, un día entero es suficiente para sentir sus efectos. Pero si estás ayunando relaciones románticas, un día no es nada. En ese caso, se requieren al menos varios meses (e incluso años) para sentir el efecto a profundidad. Si decides ayunar de alguna fuente de información o entretenimiento, un par de días pueden servir, pero la experiencia será más poderosa si te permites probar el ayuno por al menos una semana.

En este punto, es importante también que elijas un ayuno acorde con tu nivel de desarrollo espiritual actual. Si nunca haz ayunado comida, no te recomiendo que comiences con un ayuno de 5 días. Lo más probable es que sea demasiado intenso para ti. Puedes comenzar ayunando sólo un tipo de alimento, por ejemplo.

Si no soportas tu soledad ni siquiera por un día, no te recomiendo que comiences con un ayuno en el que no hablas con nadie por un mes. Ponte metas pequeñas y luego ve experimentando con objetivos más intensos. Pero ve con calma. No hay afán. Y no te compares. El hecho de que haya yoguis que pueden durar mucho tiempo sin comer no quiere decir que debas imitarlos.

No compenses un estímulo con otro

Algo importante al ayunar como práctica espiritual es no compensar la ausencia de un estímulo con el exceso de otro. Por ejemplo, si vas a ayunar ver Netflix, ten cuidado de no compensar eso comiendo de más o yéndote de fiesta, pues en ese caso no podrás ir profundo dentro de ti.

La idea es que, mientras ayunes algo, mantengas el mismo nivel de estimulación (o incluso lo disminuyas) en relación con las demás fuentes externas de satisfacción.

Esto no quiere decir que no sea valioso reemplazar un hábito por otro. Eso puede ser muy bueno en algunos casos, especialmente si tienes una adicción. Si alguien deja de fumar y debido a esto come de más por algunos meses, creo que es un intercambio saludable a largo plazo. Y algo similar puede suceder con muchos otros hábitos. Sin embargo, en el contexto del ayuno como práctica espiritual, reemplazar un hábito con otro entorpece el propósito del ayuno.

Tal vez quieras leer: “Cómo soltar las adicciones”

En consecuencia, te invito a que, al elegir lo que vas a ayunar como práctica espiritual, no optes por una adicción. Si tienes una adicción, debes lidiar primero con ella. Elige algo que te proporciona satisfacción, pero que no tenga sobre ti tanto poder que requieras ayuda adicional para poder prescindir de eso.

Busca la plenitud

La práctica que te recomiendo la próxima vez que ayunes alimentos (aunque la puedes aplicar a cualquier tipo de ayuno) es que te enfoques en buscar tu plenitud y en encontrar la satisfacción en tu interior.

Escucha el clamor del cuerpo o la mente que piden aquello que estás ayunando y elige ir más profundo.

Recuerda: el objetivo no es que sufras. El objetivo es que encuentres una dicha tan profunda que se enciende y se mantiene en ausencia de todo aquello que normalmente crees que necesitas para sentir satisfacción.

Para esto, te puede ayudar mucho apoyarte en tu práctica espiritual. Medita, ora, conéctate ccon la naturaleza. Haz aquello que te permite acceder a tu interior. Y hazlo con mayor intensidad que antes de ayunar.

Mantente en el presente

Cuando estés ayunando, observa tu mente. Presta especial atención a esos momentos en los que te proyectas al futuro. Es normal, al ayunar, desear que el tiempo pase rápido y llegar ya a ese momento en el que podremos acceder de nuevo a la fuente de satisfacción externa de la que estamos ayunando. Por ejemplo, si estamos ayunando comer dulce por un día, es posible que nos encontremos imaginando todos los dulces que podremos volver a comer el día siguiente. Cuando pase esto, elige volver al presente y ve profundo dentro de ti. Elige buscar esa satisfacción, no en el futuro, sino justo ahora. Justo en medio de lo que crees que te hace falta. Esa es la práctica más poderosa.

No te castigues

Por último, te invito a que no te castigues. Nunca uses el ayuno espiritual como una forma de castigarte por tus excesos. Enfócate en usarlo para encontrar felicidad y plenitud.

Y, si rompes un ayuno, no te castigues por eso. Valora lo que intentaste. Valora hasta donde alcanzaste. Valora lo que viste en ti. Observa con atención qué hizo que rompieras el ayuno. Allí hay una oportunidad de aprendizaje. Pero no te juzgues. Simplemente usa la experiencia para conocerte cada vez más.

***

Si algunas de estas recomendaciones resuenan contigo, te invito a que ayunes para reconocer la fuente de la dicha que ya mora en ti.

¿Por qué le tenemos miedo al rechazo?

Durante cientos de miles de años, los humanos vivimos como nómadas, en grupos de entre 50 y 150 personas. En ese entonces, ser parte del grupo era necesario para nuestra supervivencia. Debido a los peligros y a las dificultades para conseguir alimento, ser aislados era casi una condena de muerte.

En consecuencia, la evolución nos llevó a percibir la desaprobación y el rechazo como un peligro. Ese miedo nos impulsa a hacer lo necesario para que otros en el grupo nos acepten y a evitar cualquier comportamiento que implique ser rechazados.

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Desde el punto de vista evolutivo, el miedo al rechazo fue muy útil para nuestra supervivencia, al igual que muchos otros miedos. Pero, también como en el caso de muchos otros miedos, el miedo al rechazo ya no es necesario. Es profundo y está arraigado en nuestros genes, pero ya no lo necesitamos, al menos no por las mismas razones. No vamos a ser devorados por animales salvajes si nos desaprueban o rechazan en el grupo al que pertenecemos.

Estos miedos que provienen de nuestros genes son muy profundos y, en últimas, son una expresión del miedo a la muerte, ya que, como dije, inicialmente surgieron para garantizar nuestra supervivencia.

Pero, si en los comienzos de nuestra especie el propósito del miedo al rechazo era garantizar nuestra supervivencia, ¿qué función tiene ahora?, ¿para qué puede servirnos? Mi respuesta es que ahora ese miedo, al igual que muchos miedos antiguos, nos puede ayudar en nuestro camino espiritual, si así lo decidimos.

Esos miedos profundamente arraigados nos pueden servir como recordatorios de que no hemos encontrado nuestra esencia, en la cual el miedo a la muerte desaparece, pues reconocemos aquello en nosotros que es eterno.

De esa manera, el miedo al rechazo nos ofrece una oportunidad para mirar indirectamente nuestro miedo a morir e ir más allá de él. Cuando encontramos el Amor dentro de nosotros, encontramos también una seguridad que no puede ser amenazada. En esa seguridad, tenemos la capacidad de estar solos si es necesario, y podemos permitirles a los demás que se alejen de nosotros o nos desaprueben, pues sabemos que nuestro bienestar no depende de eso. Pero para llegar a ese estado debemos ir muy profundo dentro de nosotros, tan profundo que podamos pasar más allá de nuestros instintos de supervivencia.

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Cuando sientas miedo al rechazo, no te juzgues, recuerda que es normal: estamos programados biológicamente para sentirlo. Pero recuerda, además, que ese miedo es una ilusión. Ya no lo necesitas, puedes dejarlo ir. Y el camino es hacia adentro, donde yace una plenitud frente a la cual el miedo a la muerte, que es la raíz de todos los miedos, desaparece.

Con amor,

David González

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La sal, el azúcar y el vacío

Cuando era pequeño, me encantaba ponerle mucha sal o mucho azúcar a lo que comía o bebía. De esa manera las cosas parecían tener más sabor.

Le ponía siempre muchas salsas a las ensaladas con la esperanza de que supieran a algo.

Recuerdo la primera vez que esa forma de pensar fue confrontada. Al ver a un viejo comiendo su ensalada sin aderezo, le pregunté por qué lo hacía. Me dijo que le gustaba el sabor de los vegetales, y que al ponerles una vinagreta encima el sabor quedaba oculto. Me sorprendió su respuesta. ¿Acaso no se daba cuenta de que los vegetales crudos no saben a nada? La verdad, por supuesto, es que era yo el que no sabía que los vegetales crudos tienen muchos sabores, pues nunca me había permitido disfrutarlos sin sepultar su sabor debajo de la sal, la pimienta, los aceites, las salsas.

Al ir descubriendo los sabores naturales de los vegetales, la necesidad de aderezarlos en exceso fue desapareciendo. Igual pasó con los jugos. Ahora no se me pasa por la cabeza la idea de tomar un jugo con azúcar, pues ese sabor intenso y artificial oculta los matices del sabor natural de las frutas, mucho más agradables que el azúcar.

Pero mi interés no es hacer una reflexión sobre apreciación gastronómica.

En el hermoso libro El Caballero de la armadura oxidada, el mago Merlín le pide al caballero que beba un líquido muy preciado de una copa de plata. “Los primeros sorbos le parecieron amargos; los siguientes, más agradables, y los últimos, bastante deliciosos. ‘¿Qué es?’, preguntó el Caballero. ‘Es Vida’, respondió Merlín”.

Qué hermosa metáfora. Creo que lo mismo que me pasaba con los vegetales y los jugos nos pasa a todos con la vida. Saborearla de manera cruda parece aburrido, desabrido. Tenemos que adornarla para que parezca interesante y digna de ser vivida. Pero, cuando nos permitimos experimentarla directamente, nos iremos dando cuenta de que es mucho más hermosa que las artimañas con las que habíamos tratado de entretenernos para evitar verla de frente.

Este momento, sin más, parece muchas veces insípido. Necesitamos darle un sentido a través del futuro o saturarlo que experiencias placenteras para que parezca que vale la pena vivirlo.

La sal

A veces buscamos un objetivo en el futuro que justifique el valor de este momento. Así, el momento presente se convierte en parte de una fantasía que nos parece agradable y se hace llevadero. Pero esa fantasía nos desconecta de la desnudez de este momento. Ya no lo vemos directamente; sólo lo consideramos como un paso hacia el futuro, que es en donde tenemos fija nuestra mirada. Allí, en el futuro, parecen estar el sabor de la vida, la satisfacción, la salvación, el alivio, la realización, el consuelo, el sentido. Allí parece estar todo lo valioso y lo realmente digno de ser vivido. Excepto por plareces fugaces, el valor del presente parece ser sólo que a través de él podemos ir labrando el futuro, que es donde se encuentra el verdadero valor.

Quedarse en el momento presente sin sueños ni fantasías de futuro parece desolador al comienzo. Parece no haber nada realmente valioso aquí, sentado en frente del computador. En el carro manejando al trabajo. Caminando por los pasillos del supermercado. Lavándonos los dientes. Desprovistas del sentido que puede darles el futuro, todas esas cosas parecen nimias y carentes de valor por sí mismas.

No importa si se trata del sueño de tener diez millones de dólares, ganar el premio Nóbel, conseguir a nuestra alma gemela o alzanzar la iluminación espiritual; todas esas fantasías cumplen la misma función: cubrir la realidad desnuda del momento presente para hacer que parezca tener sentido y valga la pena vivirlo. Esa parece ser la sal de la vida: el futuro.

El azúcar

¿Qué pasa cuando nos quedamos completamente en el momento presente? Primero están las sensaciones, percepciones, emociones y pensamientos. Debajo de todo eso hay vacío. Y el vacío parece desolador. Parece pedir desesperadamente que lo llenemos con algo que pueda ser experimentado por los sentidos. Es por eso que buscamos cosas que estimulen nuestros sentidos con intensidad: para que ese vacío desaparezca. Ese parece ser el azúcar de la vida: el placer.

Así pues, tenemos dos estrategias para huir del vacío: nos olvidamos de él con las fantasías del sentido que parecen brindar los objetivos y el futuro (esa sería la sal) o saturamos al presente con experiencias placenteras o estimulantes para cubrir a ese vacío (ese sería el azúcar).

La vida, así no más, no parece tener un sabor que querramos experimentar. Por eso la cubrimos con el aderezo de los placeres y los objetivos en el futuro. Pero, al igual que sucede con la comida, si nos permitimos experimentarla sin aderezos, aunque al comienzo parezca desabrida o incluso amarga, como en el caso del Caballero de la armadura oxidada, luego nos daremos cuenta de su verdadero sabor, que será mucho más satisfactorio que todas las fantasías o los placeres con los que la adornábamos.

El vacío

En lo profundo del vacío hay un secreto esperando a que tomemos consciencia de él: el amor. El amor es el vacío mismo. Ese espacio inmenso donde aparece todo lo demás que pobla el momento presente, ese espacio vacío, ese vacío que subyace a todo, ese vacío es el amor mismo. Cuando lo experimentamos en su totalidad, nos damos cuenta de que en ese vacío está ya todo. Aquí. Ahora. Es lo que somos.

El vacío es amargo y desolador al comienzo. Luego es pleno y ya no le falta nada. Y entonces, una vez conoces su verdadero sabor, puedes volver a cubrirlo de experiencias, pero no dejarás de sentirlo, o podrás retomar consciencia de él con facilidad. Y ese sabor subyacente será más preciado para ti que las fantasías del futuro y los estímulos sensoriales.

Requiere de práctica quedarnos en ese vacío, pues a primera vista parece un desperdicio. Como comer vegetales sin aderezo: parece un desperdicio, sabiendo que podríamos darles sabor y así tener una experiencia que valga la pena. Como quedarnos un viernes por la noche en solos y en silencio. ¡Qué perdida de tiempo, sabiendo que el mundo está lleno de gente interesante y de música, sustancias y experiencias placenteras! El silencio, que es el equivalente del vacío en el plano sonoro, parece un desperdicio. Parece que al quedarnos con el vacío y el silencio estamos renunciando a la vida; parece que estamos dejando de vivir las experiencias que le dan sentido a la vida, que le dan sabor, que hacen que valga la pena vivirla.

Así es. Al comienzo, tomar jugo sin azúcar parece un despropósito. Incluso parece una forma de desperdiciar el jugo. Pero esto es así sólo hasta que adquieres la sensibilidad para sentir las sutilezas del sabor de la fruta. Entonces ves que ese sabor es valioso por sí mismo, y mucho más preciado que el azúcar.

Te invito, pues, a descubrir el sabor del vacío y del silencio. Es decir, te invito a que experimentemos el amor que yace en nuestro corazón, ese amor que es el vacío mismo.

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La plenitud y la dificultad para tomar decisiones

Toda la vida me ha costado tomar decisiones. Desde qué comer en un restaurante hasta a qué dedicarme en general.

La razón por la que me cuesta trabajo tomar decisiones es porque me da miedo tomar malas decisiones. Y creo que una mala decisión es aquella que me hará sufrir.

En otras palabras, creo que mi felicidad depende de las decisiones que tome.

Esto implica que creo que mi felicidad depende de mi futuro.

Creo que si encuentro la actividad adecuada, seré feliz, y que si no la encuentro, seré infeliz. Y el miedo a no ser feliz en el futuro me lleva a ser infeliz ahora. Y esa infelicidad se manifiesta en la incapacidad de tomar decisiones.

Hace poco me di cuenta, sin embargo, de que no tengo que tomar buenas decisiones para ser feliz. Me di cuenta de que mi felicidad en este momento no depende de tener resuelto el futuro. Y, en últimas, tampoco depende de que lo que estoy haciendo ahora sea “lo adecuado” o “lo correcto”. Puedo ser feliz incluso mientras cometo un error y me equivoco.

Tal vez la palabra “feliz” no es adecuada. La palabra “pleno” me parece mejor, pues “feliz” se asocia con una emoción, y plenitud en cambio es la consciencia de un espacio que subyace a las emociones, una consciencia en la que hay una paz profunda, que va más allá de estar alegre o triste. Puedo estar triste y pleno al tiempo.

Puedo estar pleno sin saber qué hacer. Puedo estar pleno haciendo algo que no me apasiona e incluso haciendo algo que no me gusta. Puedo estar pleno en medio del dolor.

Siempre pensé que tenía que tomar buenas decisiones para estar pleno. Ahora sé que puedo estar pleno en cualquier circunstancia, incluidos los momentos de duda y confusión. E irónicamente, cuando estoy pleno tomo buenas decisiones, pues estoy alineado con mi corazón.

No esperes a tener claridad y a tener todo resuelto en tu mente para permitirte estar pleno. Elige tu corazón ahora. Elige estar presente ahora y conéctate con tu ser más profundo ahora. No importa si de allí surgen respuestas o no. Eso es secundario. Al estar pleno, el encontrar la respuesta será solo un añadido a tu plenitud.

Tu plenitud no depende de que puedas encontrar las respuestas. Aunque lo más probable es que sí, que cuando estés pleno encuentres las respuestas que buscas.

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Cinco preguntas que disfrutarás hacerte

Al menos yo lo disfruté. Espero que estas cinco preguntas sueltas te ayuden a tomar perspectiva y te saquen una sonrisa o te den una brisa de alivio:

¿Te has dado cuenta de todas las cosas maravillosas que has hecho estos días? No me refiero a la lista de ideales del ego, según al cual, puede que te falte mucho por hacer. Me refiero al calor que sale de tu corazón y al amor que esparces y a los milagros que haces y las vidas que cambias, a veces de forma sutil y sin darte cuenta.

¿Eres consciente de lo mucho que has crecido en los últimos diez años? A veces no vemos la belleza del camino que hemos recorrido por estar enfocándonos en lo que nos falta.

¿Pasas suficiente tiempo contigo misma? Cuando estás conectada con tu corazón, ¿por qué no quedarte allí un rato más? Parece que el mundo nos llama de manera apremiante y que, si no seguimos su llamado, las cosas se saldrán de control. Pero ten la seguridad de que puedes ignorar ese llamado y quedarte un rato más con tu corazón, y todo va a estar bien.

¿Y si no hubiera nada malo contigo, y si fueras perfecta exactamente como eres? A pesar de las imperfecciones que percibes en ti, y de las pruebas que tienes en tu contra, a los ojos de Dios eres perfecta, pues no eres más que un reflejo, una extensión de Ella. Y si estás en crisis, eso no cambia. Y si cometes errores, eso no cambia. Y si te olvidas de ti misma, eso no cambia.

¿Qué pasa si sueltas ese peso, esa preocupación, y descansas ahora? Muchos tenemos la ilusión de que, si no controlamos todo en todo momento, nuestro castillo de naipes se derrumbará. Pero la verdad es que, si dejamos el control, todo fluirá de forma perfecta. Y si se cae el castillo de naipes, también es perfecto. Nuestra plenitud está más allá de la ilusión. No tenemos necesidad de aferrarnos a nuestras fantasías. Podemos disfrutarlas, pero no tenemos por qué aferrarnos y sufrir por ellas.

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Hoy no pero mañana sí

En algunas tiendas comerciales en Bogotá he visto un letrero que dice: “Hoy no presto dinero pero mañana sí”. Por supuesto, esta es una forma burlona de decir “no presto dinero, por favor no insista”.

El ego, nuestra mente condicionada, es igual con la felicidad y la plenitud. Parece decir constantemente: “hoy no puedo ser feliz, pero mañana sí”. Mañana, cuando conquiste ese objetivo que tanto quiero. Mañana, cuando resuelva ese problema que tanto me molesta. Mañana, cuando logre controlar aquello que me angustia. Mañana, cuando sane mis heridas emocionales. Mañana, cuando alcance la iluminación espiritual. Hoy no. Por favor no insistas.

Pero, sin importar qué tanto nos esforcemos y qué tantos objetivos logremos, mañana la respuesta será la misma. Lo único que cambiará es la lista de condiciones que debemos cumplir antes de poder estar en paz. “Hoy no, mañana sí, cuando…”.

En consecuencia, si seguimos el juego del ego, el juego de correr detrás de una zanahoria que siempre se aleja a medida que tratamos de acercarnos, nunca estaremos satisfechos. La única opción es parar. Ahora.

Tal vez es un truco de la mente. Tal vez puedes estar pleno Ahora. Ya, mientras lees esto. Mientras se te vienen a la mente todas las razones por las que eso no es posible. En este momento. Con todos tus problemas, con todos tus defectos. Exactamente como eres. Exactamente en este momento.

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¿Qué es el éxito?

En relación con un objetivo puntual, el éxito puede definirse con claridad. Si nos hemos puesto el objetivo de ganar 100.000 dólares en un año, es fácil determinar si tuvimos éxito o no: solo debemos mirar nuestra cuenta bancaria. Blanco o negro. No hay lugar a dudas.

Sin embargo, en nuestra sociedad hay una idea vaga y general de éxito. Es la idea de que podemos tener éxito o fracasar, no en relación con un objetivo específico, sino en la vida misma. Y así, muchos corremos en diferentes direcciones con la idea de ser exitosos, y huimos de la horrible idea del fracaso. Pero, ¿qué es ser exitoso en la vida?, ¿puede alguien fracasar como ser humano?, ¿tienen Dios o el Universo una agenda fija, un conjunto de objetivos asignados a cada uno de nosotros, con base en lo cual juzgar si lo hicimos bien o mal?

La televisión, las películas y los medios de comunicación en general tienen un gran poder para definir nuestras ideas sobre el éxito y el fracaso. Éxito: dinero, belleza, fama, juventud, vencer, matrimonio, ser admirados por nuestros amigos en redes sociales, iluminación. Fracaso: soledad, pobreza, ignorancia, perder, ser rechazados, anonimato, miedo, vulnerabilidad.

Y muchas veces, alimentados por esas ideas, corremos sin saber bien a dónde vamos ni por qué. Tenemos la esperanza de que, cuando logremos ese siguiente objetivo, y lleguemos al final del arcoiris, encontraremos el tesoro de la felicidad y la plenitud.

El éxito es una idea. Y es tu idea. Defínela como más te haga feliz. A mí me gusta ahora la siguiente definición: el éxito es este momento, el éxito es estar aquí, ahora, el único lugar donde puedes estar. El éxito es ser tú. Y, por tanto, la palabra éxito es redundante. Pues siempre tienes éxito, ya que siempre estás aquí, siempre eres tú, en tu esplendor, así no te des cuenta. Tu corazón siempre estará unido con el corazón de Dios, sin importar lo que hagas o dejes de hacer. Ya estás despierto, aunque por momentos creas estar dormido. Ya estás aquí. Eres exitoso.

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El truco es desear sin apego

Desear es maravilloso y es la fuerza creativa que mueve el universo. Puedes creer y esperar que tus deseos se cumplan, pero sin apego. Ese es el truco. En el momento en que tienes apego por tu deseo, te vuelves como un niño malcriado que hace una pataleta frente a su madre. Y esa energía, puedes estar seguro, te aleja de lo que quieres crear.

El truco es desear y soltar los deseos, sin ninguna exigencia al universo. No le digas a la vida: “Seré feliz, pero sólo si me das esto y aquello. Si no me lo das, estaré resentido y seré miserable”. Dile mejor: “Esto es lo que deseo. Qué placentero sería tenerlo. Qué agradable. Pero ya soy feliz y no necesito nada. Así que gracias por la experiencia que venga, sea cual sea, sé que estaré pleno y satisfecho”.

Muchos creen que si obtuvieran todo lo que desean, se sentirían plenos y satisfechos. Pero ¿qué tal si fuera al revés? Te invito a considerar esta posibilidad. El orden correcto es primero sentirte plena y satisfecha, sin importar lo que pase en el exterior, y a partir de esa energía de plenitud y abundancia, es muy probable que tu mundo exterior se convierta en un espejo y te lleguen más cosas de las que jamás imaginaste. Pero será sólo un extra, un regalo para mimarte, pues no necesitarás nada de eso para sentirte bien. Ya estarás plena.
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