Cómo dejar las discusiones sin sentido

Todos, alguna vez, hemos discutido con alguien sin motivo. Un gran ejercicio espiritual es estar pendientes a cuando eso pasa.

Lo que he descubierto de mí cuando me observo discutiendo sin motivo es que lo hago para deshacerme de mi malestar emocional; especialmente cuando tengo emociones de frustración e ira. Discuto para tener alguien contra quien descargar esas emociones.

Este comportamiento se basa en la creencia demente de que hacer infeliz a otro me permitirá deshacerme de mi propia infelicidad o al menos atenuarla. Pero el resultado siempre es el contrario: cuando comparto mi infelicidad haciendo infelices a otros, me vuelvo aún más infeliz. Lo que comparto crece en mí, y la infelicidad no es una excepción.

Observar este comportamiento en mí también me ha ayudado a ser más empático y compasivo con los demás. Cuando veo que alguien tiene ganas de discutir conmigo, o de volcar su enojo sobre mí, sé que, en el fondo, no se trata de algo personal. Simplemente esa persona está saturada con su propio malestar y está buscando desesperadamente deshacerse de éste al compartirlo.

Cuando me doy cuenta de esto, es más fácil no entrar en la discusión, pues no interpreto lo que la otra persona dice como un ataque, sino como un síntoma de su malestar interno, un malestar que conozco muy bien porque lo he experimentado incontables veces. Si lo que la persona me dice me hace sentir mal, me permito sentir esas emociones, me permito sentir lo que sea que sus palabras provoquen. Y al sentir, al tomar plena consciencia de lo que siento, se rompe la cadena de inconsciencia. Pues no busco deshacerme de esas emociones o atenuarlas atacando a la otra persona y discutiendo con ella. Me hago responsable de lo que siento.

Cuando estoy alerta a mi estado interno, sólo hablo o discuto cuando sé que en realidad no tengo carga emocional, ya que sólo así puede ser una discusión constructiva, y no simplemente un campo de batalla de desahogo emocional.

¿Cuándo es constructiva una discusión? Cuando estás abierto a aprender, cuando estás abierto a que el intercambio te transforme. Cuando estás dispuesto a que del choque entre tus ideas y las ideas de los demás surja algo nuevo. Si simplemente discutes para imponerte sobre los demás, para reafirmarte o para deshacerte de tus emociones, te invito a que sientas primero.

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La verdad no necesita defensa

Si tuvieras la verdad, ¿por qué sentirías la necesidad de que los demás te dieran la razón? ¿Para qué convencerlos?

No estoy hablando de no compartir. Compartir lo que piensas es maravilloso. Pero, si tus ideas encuentran resistencia, ¿por qué forzarlas, por qué pelear, por qué defenderlas?

La mente es hábil, y puede encontrar respuestas inteligentes a estas preguntas. Sin embargo, en la mayoría de los casos, creo que la razón por la que sentimos la necesidad de defender nuestras creencias es esta: nuestro ego está identificado con lo que creemos y, por tanto, para defender su identidad, debe defender esas creencias.

¿De verdad crees que el mundo sería mejor si todos tuvieran tus mismas creencias y crees que, en consecuencia, para buscar un mundo mejor tienes que obligar a todos a darse cuenta de que tienes la razón? Tal vez esa idea es solo un truco del ego para garantizar su supervivencia.

Permitir que los demás estén seguros y no tengan dudas de que estás equivocado es un gran ejercicio espiritual. Además, siendo honestos, puede que algunos de ellos tengan razón y tú no.

Esta es una invitación a que sientas la necesidad de pelear y la observes. Mira el malestar que surge cuando otro no tiene dudas con respecto a que tú estás equivocado. Observa con atención, especialmente, en aquellos temas que son sensibles para ti y tienden a definir tu identidad. Cuando dejes de pelear extenamente, notarás que tu mente sigue creando discusiones imaginarias en las que gana, para sí reafirmar ilusoriamente la ilusión de que tiene la razón. Al menos así me pasa a mí.

Más valioso que cualquier discusión que puedas ganar es lo que aprenderás de ti cuando pares de defenderte y mires de frente el miedo a perder, el miedo a no estar en lo cierto, el miedo a no ser reconocido, el miedo a que tu castillo de ideas se resquebraje y se venga abajo. Tal vez, solo tal vez, cuando le permitas resquebrajarte encontrarás en lo profundo de los escombros un tesoro cuya realidad nunca sentirás la necesidad de defender ni demostrar. Si lo encuentras, será totalmente irrelevante para ti si los demás piensan que lo has encontrado.

Si tienes necesidad de defender algo, tal vez estás defendiendo una ilusión con la que tu ego está identificado. Tal vez.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Suse.

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Cinco preguntas que difrutarás hacerte

Al menos yo lo disfruté. Espero que estas cinco preguntas sueltas te ayuden a tomar perspectiva y te saquen una sonrisa o te den una brisa de alivio:

¿Te has dado cuenta de todas las cosas maravillosas que has hecho estos días? No me refiero a la lista de ideales del ego, según al cual, puede que te falte mucho por hacer. Me refiero al calor que sale de tu corazón y al amor que esparces y a los milagros que haces y las vidas que cambias, a veces de forma sutil y sin darte cuenta.

¿Eres consciente de lo mucho que has crecido en los últimos diez años? A veces no vemos la belleza del camino que hemos recorrido por estar enfocándonos en lo que nos falta.

¿Pasas suficiente tiempo contigo misma? Cuando estás conectada con tu corazón, ¿por qué no quedarte allí un rato más? Parece que el mundo nos llama de manera apremiante y que, si no seguimos su llamado, las cosas se saldrán de control. Pero ten la seguridad de que puedes ignorar ese llamado y quedarte un rato más con tu corazón, y todo va a estar bien.

¿Y si no hubiera nada malo contigo, y si fueras perfecta exactamente como eres? A pesar de las imperfecciones que percibes en ti, y de las pruebas que tienes en tu contra, a los ojos de Dios eres perfecta, pues no eres más que un reflejo, una extensión de Ella. Y si estás en crisis, eso no cambia. Y si cometes errores, eso no cambia. Y si te olvidas de ti misma, eso no cambia.

¿Qué pasa si sueltas ese peso, esa preocupación, y descansas ahora? Muchos tenemos la ilusión de que, si no controlamos todo en todo momento, nuestro castillo de naipes se derrumbará. Pero la verdad es que, si dejamos el control, todo fluirá de forma perfecta. Y si se cae el castillo de naipes, también es perfecto. Nuestra plenitud está más allá de la ilusión. No tenemos necesidad de aferrarnos a nuestras fantasías. Podemos disfrutarlas, pero no tenemos por qué aferrarnos y sufrir por ellas.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Marcin Zając.

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