“Algo está mal”

Todo marcha bien. El sol brilla. Estamos haciendo lo que queremos, cumpliendo nuestros sueños. Y entonces una vocecita nos dice que no podemos relajarnos, que no podemos disfrutar, pues algo se está quemando en alguna parte y, si no prestamos atención y nos preocupamos, pronto nos veremos envueltos en un incendio.

“Algo está mal” es una de las frases favoritas del ego, pues significa que tiene algo que hacer, un problema que enfrentar, algo por lo que preocuparse.

Es producto de la inercia, de la programación de muchos años, de muchas vidas. No es real. Viene de una sensación de culpa profunda. De la idea de que, en el fondo, hay algo malo con nosotros, con nuestra esencia. Esta idea implica que siempre habrá algo mal, sin importar qué tanto brille el sol o cuántas metas logremos.

Observar esa vocecita de nuestro ego y tener la capacidad de no creerle es un paso fundamental para poder ser felices, para poder habitar tranquila- y plenamente en el momento presente.

Tal vez no hay nada malo en este momento. Tal vez son solo ideas de tu ego. Tal vez sí tienes derecho a disfrutar, gozar y relajarte ahora. Tal vez no haya algo que tienes que arreglar antes de poder disfrutar el regalo del presente.

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Estrategias del ego para compensar su inferioridad

Alguien es mejor que tú en algo y te duele. Digamos que alguien es más inteligente que tú y te duele. O que alguien es más exitoso. Entiendes la idea.

Una estrategia del ego para protegerse de esa incomodidad es buscar la forma de compensar aquello en lo que se siente en desventaja.

“Puede que él sea más inteligente, pero yo soy más sensible”. “Puede que él tenga más dinero, pero yo soy más espiritual”.

A veces, incluso, el ego llega la locura de compensar a partir de los rasgos de sí mismo que percibe como negativos. Con tal de vencer al otro en algo, cualquier cosa vale. “Puede que él tenga una bonita familia y yo no, pero yo tengo mucha peor suerte que él y he pasado por más desgracias que él”.

Cuando no soporta la realidad debido a su desventaja, el ego recurre a los planes o las fantasías (que a veces son lo mismo). “Voy a aprender cinco idiomas, entonces seré mejor que él”. “Si me vuelvo millonario, entonces seré mejor que él”. “Si alcanzo la iluminación espiritual, seré mejor que él”. “Si consigo una pareja especial, seré mejor que él”. “Si me compro esa joya o ese auto, seré mejor que él”.

Y a veces ponemos en marcha esos planes, no porque queramos de corazón, sino sólo para compensar nuestra desventaja frente a otros egos.

Cualquiera de estas estrategias, por supuesto, reforzará el ego. En consecuencia, reforzará la necesidad de competir y aumentará el malestar ante el bienestar de los demás, cuando el ego perciba que ese bienestar es mayor que el suyo.

La alternativa es tomar consciencia del dolor causado por la sensación de inferioridad y sentirlo profundamente. Ir más allá de ese dolor y encontrar esa paz que no tiene nada que ver con el hecho de que seamos superiores o inferiores a los demás.

Cada reflejo del ego de compensar sus debilidades es una oportunidad para trascender el ego.

Cuando nos permitimos perder en la carrera y podemos aceptar en paz que el otro es mejor que nosotros, viene a nuestra vida una gran libertad y un gran alivio.

Qué libertad cuando podemos alegrarnos genuinamente por los logros de los demás y por aquellos aspectos en los que nos superan. Esa es una forma muy agradable de vivir. Entonces no tenemos que andar viendo cómo arreglamos nuestra autoimagen para compensar nuestras desventajas ni tenemos que emprender proyectos que realmente tienen poco que ver con nuestro corazón sólo para adelantar a los otros egos en nuestra carrera imaginaria y demente.

Tener una autoestima sana no es entrar en una habitación y sentir que eres mejor que los demás. Es entrar y estar en paz y contento contigo sin tener que compararte con los demás, y sin importar si los demás son superiores o inferiores a ti.

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La verdad no necesita defensa

Si tuvieras la verdad, ¿por qué sentirías la necesidad de que los demás te dieran la razón? ¿Para qué convencerlos?

No estoy hablando de no compartir. Compartir lo que piensas es maravilloso. Pero, si tus ideas encuentran resistencia, ¿por qué forzarlas, por qué pelear, por qué defenderlas?

La mente es hábil, y puede encontrar respuestas inteligentes a estas preguntas. Sin embargo, en la mayoría de los casos, creo que la razón por la que sentimos la necesidad de defender nuestras creencias es esta: nuestro ego está identificado con lo que creemos y, por tanto, para defender su identidad, debe defender esas creencias.

¿De verdad crees que el mundo sería mejor si todos tuvieran tus mismas creencias y crees que, en consecuencia, para buscar un mundo mejor tienes que obligar a todos a darse cuenta de que tienes la razón? Tal vez esa idea es solo un truco del ego para garantizar su supervivencia.

Permitir que los demás estén seguros y no tengan dudas de que estás equivocado es un gran ejercicio espiritual. Además, siendo honestos, puede que algunos de ellos tengan razón y tú no.

Esta es una invitación a que sientas la necesidad de pelear y la observes. Mira el malestar que surge cuando otro no tiene dudas con respecto a que tú estás equivocado. Observa con atención, especialmente, en aquellos temas que son sensibles para ti y tienden a definir tu identidad. Cuando dejes de pelear extenamente, notarás que tu mente sigue creando discusiones imaginarias en las que gana, para sí reafirmar ilusoriamente la ilusión de que tiene la razón. Al menos así me pasa a mí.

Más valioso que cualquier discusión que puedas ganar es lo que aprenderás de ti cuando pares de defenderte y mires de frente el miedo a perder, el miedo a no estar en lo cierto, el miedo a no ser reconocido, el miedo a que tu castillo de ideas se resquebraje y se venga abajo. Tal vez, solo tal vez, cuando le permitas resquebrajarte encontrarás en lo profundo de los escombros un tesoro cuya realidad nunca sentirás la necesidad de defender ni demostrar. Si lo encuentras, será totalmente irrelevante para ti si los demás piensan que lo has encontrado.

Si tienes necesidad de defender algo, tal vez estás defendiendo una ilusión con la que tu ego está identificado. Tal vez.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Suse.

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La fortaleza de la vulnerabilidad

Me encontré con esta lista muy graciosa sobre algunas de las palabras más difíciles de pronunciar:

5. Otorrinolaringólogo

4. Desoxirribonucleico

3. Paralelepípedo

2. Ovovivíparo

1. Perdóname…

Especialmente si esta última es pronunciada de manera sincera y acompañada por “me equivoqué”, “tienes razón”.

Y hay otras frases que compiten en dificultad, como “te tengo envidia”. “Eso que me digiste me hizo sentir inseguro”.

Factor común: la autoimagen que nuestro ego necesita mantener de sí mismo, incompatible con la vulnerabilidad.

La vulnerabilidad es la verdadera fortaleza. Pues cuando podemos ser vulnerables es porque nos permitimos abandonar nuestra fortaleza ficticia, artificial. Y solo así podremos contactarnos con nuestra verdadera fuerza, nuestro verdadero poder, que no necesita proteger una imagen de sí mismo, pues sabe quién es en verdad, y ese conocimiento es suficiente para su plenitud.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Bokeh Bliss.

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Regálate unos segundos de descanso profundo

Acabo de tener una semana de vacaciones, y me siento renovado, pues descansé profundamente. Y te quiero invitar a que descanses tú también ahora.

¿Qué significa descansar? Cuando se trata del cuerpo, todos lo entendemos, pero cuando se trata de la mente, no es tan fácil saber a qué nos referimos.

Para mí, el descanso más profundo se da cuando dejamos al lado el ego por un momento. Cuando nos relajamos con respecto a las ideas que tenemos sobre nosotros mismos y sobre nuestra vida. Es un descanso de los debería y no debería. De los que tal si y qué pasaría si. Es un descanso de juzgarnos y juzgar a los demás. Es un descanso de etiquetar todo el tiempo todas las experiencias y todas las cosas.

Pero ¿qué queda cuando descansamos de todas esas cosas? Quedamos solo nosotros, desnudos. Queda solo nuestro ser. Ese es el descanso más profundo: solo ser. Y es un descanso vibrante, consciente, no se trata de entrar en la inconsciencia (aunque ese tipo de descanso también es necesario: lo hacemos todas las noches al dormir).

Y lo mejor es que ese descanso consciente se puede lograr en medio de cualquier actividad. Al comienzo, es más fácil en una finca en medio del silencio, es verdad. Pero en realidad podemos descansar del ego en cada momento, sin importar lo que estemos haciendo, incluso en medio del ruido y el trajín de nuestra vida diaria (así como también podemos estar en una batalla interna contra nosotros mismos en medio de una isla paradisiaca sentados en flor de loto y con los ojos cerrados).

Te invito a que ahora y hoy elijas regalarte un descanso profundo. No tienes por qué tratar de dejar tu ego de lado. Solo permítele descansar. Lleva mucho tiempo luchando contra todo, contra la vida y contra sí mismo. Lleva mucho tiempo tratando de lograr algo, tratando de ser algo.

Puedes empezar por relajar la tensión constante de ciertos pensamientos, ciertas expectativas, ciertos juicios. Solo un poco. Solo por un minuto. Solo por hoy. No se trata del futuro. Se trata de regalarte unos segundos de descanso justo ahora.

Lo más normal, es que en medio del descanso surja de nuevo la voz del ego, pues teme que, si no está en control, las cosas pueden descarrilarse: ¿pero y qué tal si esto o lo otro, pero qué va a pasar si…? Cuando esto pase, simplemente bendícelo, dale las gracias por su preocupación y permítele descansar otra vez. Solo por unos segundos. Solo por este momento. Eso es todo. Esa es la invitación.

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Nuestro verdadero valor

Un Curso de Milagros dice que nuestro valor está más allá de cualquier posible evaluación. Nuestro valor no está en duda, pues lo estableció Dios. No podemos perder ese valor, por más dementes que sean nuestras fantasías.

Parte del sueño arrogante del ego reside en creer que puede afectar la realidad. Cree que puede mancillar al Hijo de Dios y hacer que éste pierda su valor ante los ojos de su Padre. Podemos soñar que no somos merecedores del amor de Dios. Podemos creer que valemos poco o nada, según los requisitos que el ego nos impone para atribuirnos valor. Pero todo esto no tiene ningún sentido en la realidad. Nada que jamás hagamos podrá aumentar en un ápice nuestro valor, y nada que jamás hagamos puede hacer que nuestro valor disminuya en lo más mínimo. Pues nuestro valor está establecido desde siempre en el Reino de lo Eterno.

Esto es así porque Dios crea expandiéndose. No crea algo diferente a Él mismo. En consecuencia, somos tan inmutables y eternos como Él, pues somos una parte suya. En el sueño del ego, no tenemos nada que ver con Dios. Y no valemos nada. Esta es una idea muy angustiante, y por eso, para contrarrestarla, el ego se esfuerza continuamente por probar que vale algo, y para esto le atribuye valor a cualquier cosa: nuestras relaciones, nuestros logros en el mundo, incluso nuestras prácticas y avances espirituales.

Podemos despertar del sueño de que no valemos nada. Y de eso se trata la jornada espiritual. Se trata de despertar de la ilusión de que somos pequeños seres separados que sólo valen por lo que hacen, tienen, dicen, poseen o piensan. Se trata de darnos cuenta de que nunca hemos dejado de estar en el regazo de Dios, y de que nuestro valor sigue siendo siempre el que Él nos atribuyó al crearnos. El valor que “está más allá de cualquier posible evaluación”.

Para darnos cuenta de ese valor, debemos ir dentro de nosotros, donde estará siempre disponible. Tomar cuenta de ese valor equivale a darnos cuenta del valor que tenemos en cuanto que somos uno con Dios. Así que, si quieres saber lo que vales, deja de mirar con ansiedad al mundo para ver qué puedes hacer para volverte valioso. Simplemente ve dentro tuyo y date cuenta de que no debes hacer nada, de que ya eres valioso y siempre lo serás, por el simple hecho de ser lo que eres.


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Podemos asumir responsabilidad por el poder de nuestra mente

Reconocer el poder de nuestra mente implica reconocer nuestro poder como creadores.

Esto implica el riesgo de sentirnos atemorizados por nuestra mente o culpables por sus creaciones. Pero eso no tiene por qué ser así: podemos asumir responsabilidad sin miedo ni culpa.

Podemos elegir observar nuestros pensamientos y entrenarnos para alimentar aquellos amorosos, que son los únicos reales, pues son los que pensamos con Dios. Y podemos dejar desvanecer aquellos pensamientos basados en el miedo, que en realidad no existen, pues los pensamos con el ego, y el ego es una ilusión.

Te invito a que tomes la decisión de asumir responsabilidad por el poder de tu mente y a usarlo para construir el mundo amoroso que deseas. Y te invito a que lo hagas sin juzgar ni temer aquellos pensamientos basados en el miedo. Simplemente reconoce su irrealidad y enfócate en tus pensamientos amorosos.

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