Cómo no huir de nosotros mismos

Cuando algo no nos gusta de nosotros, muchas veces tratamos de mirar hacia otro lado. Tal vez hay aspectos de nuestra personalidad de los que no nos sentimos orgullosos o patrones de comportamiento de los que nos avergonzamos. Tal vez nuestros pensamientos nos atemorizan, o al menos nos decepcionan cuando no coinciden con el ideal espiritual que nos hemos impuesto. Puede que otras veces sintamos emociones que juzgamos como inadecuadas o peligrosas.

En todos esos casos, es usual que surja un impulso por huir de nosotros mismos. Este impulso se manifiesta como una gran ansiedad e incomodidad. Entonces buscamos maneras de distraernos, de desconectarnos de nosotros. Aquí tienen lugar las adicciones, del tipo que sean, e incluso comportamientos autodestructivos. Como dije en una entrada anterior de este blog, a veces nos hacemos daño porque el dolor superficial que nos causamos nos ayuda a evadir dolores más profundos.

Es como si nuestra casa estuviera muy desordenada y oliera mal, y por tanto quisieramos evitar entrar en ella. O, al menos, es como si evitáramos cierta parte de nuestra casa debido al desorden. En este caso, nuestra casa somos nosotros. Y lo que evitamos es, por tanto, nuestra propia compañía.

Pero no hay nada más liberador que la aceptación. Cuando nos permitimos vernos de frente y reconocemos nuestras características, sentimos un gran descanso, pues eso significa que dejamos de huir, y huir de nosotros mismos es extenuante. Por supuesto, al comienzo, hay dolor e incomodidad. Pero, si nos quedamos allí lo suficiente, con nosotros mismos, empezaremos a ver el amor que subyace bajo todo eso que percibimos como imperfecto. Entonces podremos amarnos a pesar de nuestras imperfecciones. Y cuando empezamos a amarnos, empezamos a transformarnos naturalmente.

Cuando nos permitimos entrar y habitar plenamente ese cuarto de nuestra casa que está desordenado y le cogemos cariño, naturalmente comenzamos a ordenarlo. Entre más vivamos en él y más lo disfrutemos, mejor querremos que esté y más empezaremos a cuidarlo. Así también sucede con nuestro espacio interior.

A medida que comenzamos a vernos de frente y a sentir nuestras emociones y observar nuestros pensamientos en vez de huir de ellos, naturalmente esas emociones empiezan a sanar y nuestros pensamientos cambian de frecuencia.

Cuando estamos en un camino espiritual, esta aceptación toma la forma de la paciencia. Pues, como tenemos ideas espirituales sobre cómo deberíamos ser, muchas veces nos afanamos por sanar, queremos cambiarnos ya, queremos ser ya esa versión elevada que deseamos para nosotros, queremos ya no sentir resentimientos, queremos ya no tener miedos ni juicios, queremos ya estar sanos. Y ese afán por sanar nos lleva a rechazar el momento presente y a sentir ansiedad y ganas de escapar de nosotros.

Para mí, ha sido fundamental tener paciencia conmigo y con mi proceso, y comenzar a aceptar lo que percibo como mis imperfecciones. He comenzado a quedarme observando esos pensamientos que juzgo como no amorosos y me he permitido sentir plenamente esas emociones que por momentos desearía no experimentar más. Parte de sanar es aprender a amarnos incondicionalmente, y eso quiere decir amarnos exactamente como somos ahora, con todo aquello que percibimos como nuestros defectos e imperfecciones.

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El odio como herramienta del amor

Hace poco me contó una amiga que ha estado angustiada por la situación de violencia que se vive en su país.

Una de las cosas que la angustiaba es que esa situación ha detonado en ella emociones negativas. Se sorprendió al verse odiando, y eso la hizo sentir mal consigo misma.

Conprendí perfectamente lo que le estaba pasando, pues es algo que también a mí me pasa a menudo: experimento emociones y pensamientos que juzgo como inadecuados.

Muchas veces, cuando comenzamos un camino espiritual, el ego se intromete y nos impone ciertos estándares “espirituales”. Se forja una idea de cómo deberíamos ser, qué deberíamos sentir y cómo deberíamos reaccionar frente a las situaciones. Si bien esos ideales pueden ser nobles y bellos, al exigírnoslos y juzgarnos en caso de no cumplirlos, nos alejamos de nuestra espiritualidad. Cuando esos ideales se convierten en una herramienta para sentirnos mal, dejan de ser una ayuda y se convierten en un obstáculo para nuestra paz. Por tanto, se convierten en un obstáculo para poder alcanzar aquello que ellos mismos dictan, pues la paz es el fundamento para tener una vida espiritual sana.

El primer consejo que le di fue que le diera amor a ese odio y se perdonara por odiar; que dejara de pelear consigo misma por lo que estaba sintiendo; que aceptara que es humana y se permitiera experimentar las emociones que surgen en ella.

El primer paso para la transformación es amarnos exactamente como somos en este momento, con todas nuestras emociones, con todos nuestros pensamientos, con todas nuestras heridas. Eso no quiere decir que no tratamos de sanar; quiere decir, solamente, que nos amamos incondicionalmente y, por tanto, que no necesitamos arreglar eso que percibimos como inadecuado en nosotros para ser merecedores y dignos del amor.

Esta es una invitación a amarnos por encima de todo. Ese amor será el motor de los cambios y las transformaciones, no las exigencias de nuestro ego.

Y cuando nos permitimos sentir el odio y lo observamos, eso nos da una madurez espiritual que nos permite ser más compasivos con los demás. Pues al saber que el odio también ha estado en nosotros, comprenderemos mejor a aquellos que odian y actúan motivados por el odio. Ya no los juzgaremos tan duro. Sabremos que eso es parte de la experiencia humana y que es normal en la fase del proceso evolutivo de esas personas, así como ha sido también normal en nuestro proceso.

Así, el odio que sentimos que convierte en una herramienta para el amor, pues nos permite ser compasivos y perdonar a aquellos que odian. Pero, para poder ser compasivos con los demás, primero debemos perdonar el odio que nosotros mismos sentimos. Sólo cuando nos perdonamos por algo, podemos comenzar a perdonar a los demás. Sólo cuando dejamos de juzgar algo en nosotros, podemos dejar de juzgar a los demás. Y cuando dejamos de juzgarlos y comenzamos a amarlos, los ayudamos a transformarse a sí mismos. El amor es mucho más inspirador como herramienta de transformación que los juicios y las exigencias. Y eso aplica tanto para la manera como nos transformamos a nosotros mismos como para la manera en la que ayudamos a los demás a transformarse.

Es normal sentir odio. Es normal sentir miedo. Es normal sentir envidia y celos. Somos humanos. Y el primer paso para transmutar esas emociones y comenzar a experimentar otras emociones más ligeras y elevadas es amarlas. Amarnos exactamente como somos ahora. Pues es el amor el que transforma, es el amor el que sana, es el amor el que perdona. No podemos sanar a la fuerza. No podemos forzarnos a dejar de sentir emociones. Pero podemos comenzar a aceptarnos y amarnos, y eso desencadena un hermoso proceso de transformación.

Recomendación extra: cuando las emociones son muy intensas, conviene expresarlas. Si el odio nos desborda, es porque necesita expresarse, y nos haremos daño si lo reprimimos. Lo mejor es entonces expresarlo de manera sana, sin herir a nadie. Para esto ayuda mucho gritar en una almohada, golpear un colchón o hacer ejercicio fuerte. Así se mueve la energía acumulada, las emociones fluyen y podemos transmutarlas de manera más fácil, con amor.

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En la salud y en la enfermedad

No importa si crees o no en el matrimonio católico. Los votos usuales son hermosos. Cada uno de los futuros esposos le dice al otro:

“Me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida”.

¡Qué hermoso sería hacernos esos votos a nosotros mismos cada día! Qué hermoso sería decirnos de corazón:

“Hoy me seré fiel. Hoy estaré conmigo. Hoy me amaré. En los momentos de calma y en los momentos de angustia. En los momentos de celebración y en los momentos de pérdida. En los momentos de logros y cuando cometa errores. Cuando sienta emociones que me gustan y cuando sienta emociones que juzgo. Cuando tenga pensamientos que me gustan y cuando tenga pensamientos que me atemorizan. En la salud y en la enfermedad, siempre me amaré”.

Si ahora reemplazamos “me” por “te”, tendríamos lo que creo que Dios nos diría siempre, en cada momento, sin importar nuestro pasado o nuestro presente, si su amor fuera expresado en palabras.

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¿Qué tan buen amigo eres de ti mismo?

Piensa en esas veces en las que te ves con un amiga y no hay nada de qué hablar. Si hay una relación profunda o si hay gran afinidad, ese silencio compartido será una experiencia agradable.

Sé que una amistad es profunda cuando podemos compartir y disfrutar el silencio. Eso significa que a cada uno nos gusta la presencia del otro. Entonces no es necesario llenar ese silencio con ruido para sentirnos cómodos. No es necesario hablar de cualquier cosa sólo para pasar el rato. Basta con estar juntos. Nuestra presencia es ya un regalo suficiente.

Creo que lo mismo aplica para la relación que tenemos con nosotros mismos. La calidad de esa relación se ve reflejada en qué tan cómodos nos sentimos cuando estamos solos y en silencio. Entre más rica y profunda sea esa relación, menos tendremos necesidad de llenar nuestra soledad con distracciones o con la charla de nuestra mente. Entonces simplente podemos estar ahí, con nosotros. Nuestra presencia es ya un regalo suficiente.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Photographer_play.

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Eso me dolió

Decirnos esto a nosotros mismos requiere madurez. Decírselo a otras personas requiere de gran vulnerabilidad y, por tanto, de gran valentía. En muchas ocasiones es el primer paso para sanar algo en nuestro interior.

Si alguien me dice que soy una araña, así sea mi mejor amigo, mi pareja o alguien a quien respeto mucho, pensaré que está bromeando o que se ha vuelto loco. Pero no me dolerá como crítica. No me hará sentir inseguro. No tengo dudas de que no soy una araña.

Si alguien me dice algo y me siento atacado o inseguro, si me duele, es porque está tocando una parte de mi ego. Es, entonces, un regalo. Me muestra un aspecto de mí que puedo sanar.

No importa si la crítica es verdad. Si me duele, hay algo que puedo sanar. Tal vez es una inseguridad. Una parte de mí que teme no ser lo suficientemente bueno. Una necesidad de aprobación. Una falta de amor propio.

Si te duele, no te quedes solo con el dolor. Abre el regalo. Pero para esto, claro está, lo primero es ser capaces de decir “eso me dolió”.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de mesmerizing.nature.

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Nuestro verdadero valor

Un Curso de Milagros dice que nuestro valor está más allá de cualquier posible evaluación. Nuestro valor no está en duda, pues lo estableció Dios. No podemos perder ese valor, por más dementes que sean nuestras fantasías.

Parte del sueño arrogante del ego reside en creer que puede afectar la realidad. Cree que puede mancillar al Hijo de Dios y hacer que éste pierda su valor ante los ojos de su Padre. Podemos soñar que no somos merecedores del amor de Dios. Podemos creer que valemos poco o nada, según los requisitos que el ego nos impone para atribuirnos valor. Pero todo esto no tiene ningún sentido en la realidad. Nada que jamás hagamos podrá aumentar en un ápice nuestro valor, y nada que jamás hagamos puede hacer que nuestro valor disminuya en lo más mínimo. Pues nuestro valor está establecido desde siempre en el Reino de lo Eterno.

Esto es así porque Dios crea expandiéndose. No crea algo diferente a Él mismo. En consecuencia, somos tan inmutables y eternos como Él, pues somos una parte suya. En el sueño del ego, no tenemos nada que ver con Dios. Y no valemos nada. Esta es una idea muy angustiante, y por eso, para contrarrestarla, el ego se esfuerza continuamente por probar que vale algo, y para esto le atribuye valor a cualquier cosa: nuestras relaciones, nuestros logros en el mundo, incluso nuestras prácticas y avances espirituales.

Podemos despertar del sueño de que no valemos nada. Y de eso se trata la jornada espiritual. Se trata de despertar de la ilusión de que somos pequeños seres separados que sólo valen por lo que hacen, tienen, dicen, poseen o piensan. Se trata de darnos cuenta de que nunca hemos dejado de estar en el regazo de Dios, y de que nuestro valor sigue siendo siempre el que Él nos atribuyó al crearnos. El valor que “está más allá de cualquier posible evaluación”.

Para darnos cuenta de ese valor, debemos ir dentro de nosotros, donde estará siempre disponible. Tomar cuenta de ese valor equivale a darnos cuenta del valor que tenemos en cuanto que somos uno con Dios. Así que, si quieres saber lo que vales, deja de mirar con ansiedad al mundo para ver qué puedes hacer para volverte valioso. Simplemente ve dentro tuyo y date cuenta de que no debes hacer nada, de que ya eres valioso y siempre lo serás, por el simple hecho de ser lo que eres.


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No tenemos que ser perfectos para dar

Muchas veces he dudado si soy lo suficientemente bueno como para tener algo que compartir, algo que dar. Entonces aparece un lista de cosas que, según mi ego, debo mejorar para ser digno de dar algo al mundo.
Pero el mundo necesita gente auténtica, y mis imperfecciones y mis heridas son precisamente las que me han enseñado y me siguen enseñando aquello que puedo compartir con los demás.

No tenemos que ser perfectos para iluminar el camino de los demás. Basta con ser nosotros mismos.

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Una invitación a que te ames

Mírate a ti mismo. Puedes verte exactamente como eres, sin juicio, sin crítica, sin culpa. Mírate al espejo y esta vez no te critiques, no resaltes tus aparentes imperfecciones, y son aparentes, porque exactamente como eres, eres perfecto. Nada te sobra, nada te falta. Estás completo.

Amate, apréciate, agradécete y bendícete por el ser radiante, luminoso y brillante que eres. Si tu mente, mente pequeña o ego, te está diciendo que no eres nada de eso, no la escuches; es como una grabación que continuamente te está diciendo que no eres suficiente, que te falta, que aún no estás completo. Cuando estás conectado con tu Ser verdadero (cuando estás en tu mente recta, según la terminología de Un Curso de Milagros), verás que eres todas esas cosas maravillosas y mucho más.

Puedes ver y sentir lo que no has visto ni sentido antes acerca de ti. Sí, mira ahora la bondad de tu corazón, bondad que desbordas en servir a los demás, a la naturaleza, a los animales. Aprecia la belleza de tu alma, la belleza que no necesita ser retocada para ser vista, sí, esa belleza que se enciende ante tu mirada y que los demás ven y sienten con el corazón. No es preciso tener la estatura promedio, las medidas perfectas, la tonicidad, lozanía y la elasticidad ideal en la piel para ser bellos. En la aparente imperfección que tu mente alberga, se deslumbra la belleza del ser.

Mírate con dulzura, sé dulce muy dulce contigo, siente la dulzura que desborda tu corazón cuando decides amarte. Es una dulzura que escapa a las palabras y que sólo puedes experimentar cuando te abres a hacerlo.  Siente amor, infinito amor por ti, sí, por el ser de amor que eres.

Eres más que el cuerpo que habitas, eres un ser espiritual. Tu cuerpo es como un guante que te has puesto para tener una experiencia humana. De tu conciencia despierta depende que esta experiencia sea dichosa y abundante en el paso por este mundo.

Despierta la confianza en ti, la confianza de ser tú mismo, momento a momento. Despierta a aceptarte exactamente como eres, no como crees que deberías ser, no como tu mente te ha dicho que debe ser, sino como realmente eres: libre, auténtico, vulnerable, único y, sobre todo, un ser de infinito amor.

Enciende la luz que eres, ilumina tu parte, sé presencia, pon luz en la oscuridad, hazlo desde la bondad que te lleva a servirte a ti mismo en todos.

En un tiempo de mi vida me pregunté qué era sentir amor. No sabía cómo amarme, y tampoco me sentía amada. Hoy por hoy, no creo tener la fórmula mágica para decirte cómo se hace para sentir el amor en la vida. Puedo decir que sólo cuando decidí aceptar lo inaceptable, perdoné lo imperdonable (según mi mente) y me hice responsable de mí, empecé a sentir una energía que me sostiene y me da la gracia para avanzar en la vida, para avanzar con confianza en lo que no se ve, para avanzar con fe.

Amarme a mí misma me ha hecho más humana, más sensible, más compasiva, más amorosa. Me ha llevado a conectarme con mi misión de vida; a no querer nada para mí que no quiera ver manifestado en la vida de los demás, incluso en la vida a quienes no amo y debería amar más; a respetar y contemplar la vida en todas sus manifestaciones, y, sobre todo, me ha llevado a despertar mi conciencia. Entonces comprendí que amarnos a nosotros mismos es el mejor regalo que podemos ofrecerle al mundo. Quien reciba tu amor, nutre su amor propio, y así, el espiral de amor se va haciendo cada vez más grande y sostiene a todos.

Amarse a uno mismo no hace que desaparezcan las dificultades y que todo sea siempre agradable, amoroso y libre de dolor, pero sí ayuda a no magnificar las cosas y a darle el sentido real a lo que sucede. Cuando nos amamos podemos enfrentar las dificultades aceptando que lo que aparece es como es y no pudo ser de otra manera. Entonces comprendemos que el mayor grado de sufrimiento lo experimentamos cuando queremos que la vida sea de manera distinta a como está siendo.

Amarte a ti misma te ayuda a soltar, fluir y confiar en que todo opera para tu bien, ya sea que lo comprendas o no. Te ayuda a mantenerte firme en tu misión, en tu propósito de vida, pues, cuando te amas, los miedos que aparecen en tu camino son menos atemorizadores; cuando te amas, te sientes valiente y avanzas firme. Amarte te da la fuerza, el impulso para avanzar, y, si no avanzas, al menos no caes en la tentación de juzgarte y culparte por lo que no logras.

Tu amor propio te sostiene en tu grandeza momento a momento, sin importar lo que pase afuera, porque tienes presente que eres valiosa siempre. Te lleva a rodearte de personas que también se aman a sí mismas, se respetan y se valoran, y el amor de los otros te sostiene en tu amor propio. Te da la claridad y el discernimiento para abandonar lo que no te hace bien (una relación, un puesto de trabajo, un lugar); te ayuda a poner punto final sin tanto drama a lo que ya no debe estar en tu vida, en el momento en que es preciso hacerlo.

Amarte a ti misma te da alas para volar, volar muy alto, surcar los cielos y contemplar la grandeza ilimitada de la que eres parte. Te da sencillez y la humildad para celebrar los logros de los demás. Te alegras con los otros, porque has comprendido que no hay competencia, que, cuando alguien logra algo, sólo te está recordando que tú también puedes hacerlo.

Cuando te amas, te vuelves agradecida y comienzas a disfrutar de lo simple y sencillo. Dejas de lado la necesidad de calificar todo lo que sucede como bueno o malo; comprendes que lo que sucede simplemente es, y fluyes grácilmente momento a momento.

Cuando te amas realmente, te vuelves presente en todo. En cada acto, en cada palabra estás en comunión con tu interior. De ahí nace la capacidad de contemplar, y la presencia lo impregna todo. Además, amarte te lleva a crear tiempo para ti, tiempo para estar contigo, para escucharte, para conectar con tu voz interior de la manera que es correcta para ti.

Amarte incondicionalmente te da la fuerza para sentirte real, vulnerable, auténtico, libre; para sentir las emociones, sensaciones y percepciones cuando aparecen sin nombrarlas y simplemente dejarte ser momento a momento. Entonces no buscas sentirte de una determinada manera: te sientes como eres y descubres que justo ahí está la mayor fuente de inspiración, y que después llega una oleada de amor infinita.

Cuando te amas de verdad, cesa la autocrítica y emerge la autoestima. Ya no te comparas con nadie, todo lo que quieres ser, es ser tú misma, porque tú misma eres única y no existe nadie como tú. Decides por ti y para ti, asumes la responsabilidad de lo que decides. Dejas de culpar a los demás por lo que sucede en tu vida. Te haces responsable de ti misma. Entiendes que tu valor en el mundo no lo define lo que tienes, lo que haces, lo que logras o no logras, pues tu valor está determinado por el amor que eres. Amarte a ti misma te lleva a amar tu sombra, a amar esa parte tuya que no te permite verte como eres, tal como Dios te creó.

El amor nos devuelve la energía vital, el equilibrio y la vida misma. Nos pone en contacto con todos los seres vivos. Cuando estamos conectados con el amor, reconocemos que el aire que respiramos es el mismo, que nada nos separa, que somos uno.

Tu experiencia del amor puede ser totalmente distinta a la mía. Lo que nos hace iguales es que vibramos en la energía del amor infinito e, independiente de cuál creamos que sea la fuente, ese amor nos une siempre.

Me amo y te amo en el amor que somos, somos uno.

Por: Aura Reuto

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Me llamo Aura Reuto. Nací en Casanare en 1977, actualmente vivo en Villavicencio (Meta, Colombia). Llevo más de una década  explorando en mi ser interior, con el firme propósito de amarme, aceptarme y disfrutar la vida exactamente como es. Amarme significa aceptar mi historia personal, superar el sufrimiento a la luz del amor y del perdón y comprender que todo ha obrado para bien.

Trabajé en el sector privado por más de 10 años. Hoy estoy  al servicio de la vida en sus múltiples manifestaciones. Me siento en capacidad de acompañarte en procesos de sanación y liberación interior, mediante la escucha atenta y profunda.

Soy Experta en Mindfulness, Desarrollo Personal y Educación Consciente. Alimentación Consciente.  Facilitadora de Círculos de Mujeres y Espacios Sagrados. Moon Mother. Facilitadora de Terapia del Perdón.

Contacto: aurareuters@hotmail.com

La importancia de aceptarnos a nosotros mismos incondicionalmente

Hace poco estuve hablando con un amigo que está comenzando una nueva relación sentimental. Él llevaba algún tiempo buscando una relación, pero las cosas no se le habían dado muy bien. Sin embargo, ahora se veía radiante y estaba muy feliz con su nueva compañera de viaje. Cuando le pregunté por qué creía que las cosas habían comenzado a fluir para él, me respondió algo hermoso: “El error está en creer que tiene que uno tiene que cambiar algo para merecer el amor. Uno cree que primero tiene que sanar sus miedos, que primero tiene que volverse más esto o menos de esto, que debe mejorar, porque tal como uno es ahora, exactamente como uno es ahora, no merece ser amado. Y bueno, yo me di cuenta de que yo merecía el amor exactamente como soy ahora. Que así como estoy, exactamente en este punto de mi camino, merezco una compañera con la cual compartir esta parte de mi viaje justo como soy ahora”.

Esa respuesta me pareció reveladora. Sobre todo, porque no se aplica solo a las relaciones amorosas: también vale para la relación que tenemos con nosotros mismos, de la cual todas las demás relaciones son solo espejos. Muchos pasamos gran parte de la vida rechazando el momento exacto por el que estamos pasando, rechazando lo que somos y como somos justo ahora. Creemos que merecemos y podemos ser felices, pero en el futuro, después de que logremos ciertas cosas, después de que cambiemos. En el fondo, creemos que, tal como somos ahora, no merecemos el amor ni la felicidad. Entonces nuestra energía se vuelca hacia afuera; nos fastidia mirar adentro, pues allí solo vemos lo que está mal, lo que queremos que sea diferente, y por eso nos enfocamos en tratar de cambiar aquello que no nos gusta. Es como si dijéramos: cuando cambie y sea mejor, cuando sea merecedor, podré estar a gusto conmigo mismo. Cuando arregle lo que tengo que arreglar, podré estar conmigo y darme amor. Ahora no. Ahora debo concentrarme en arreglar lo que no funciona, en conseguir lo que me falta.

Sin embargo, esta forma de ver las cosas es un disparate. Esta confusión queda explicada muy bien por el siguiente proverbio: “El ego dice: cuando todo afuera esté en su lugar, podré estar en paz. El alma dice: cuando esté en paz, todo afuera se acomodará en su lugar”. Pero no solo se aplica a la paz, sino también, y de manera especial, como lo he sugerido, al amor. Neale Donald Walsh, el autor de Conversaciones con Dios, lo expresa de una forma hermosa y radical. Dice: “No hay nada que podamos hacer que lleve a que Dios nos ame más, y no hay nada que podamos hacer que lleve a que Dios nos ame menos”. En otras palabras, el amor de Dios es incondicional.

En nuestra experiencia humana, quizás uno de los ejemplos más claros de amor incondicional es el que experimenta una madre hacia su recién nacido. ¿Habrá algo acaso que pueda hacer el pequeño para que su madre lo ame menos? ¿Si comete una torpeza, ella dejará de quererlo? ¿O habrá algo que pueda hacer para que lo ame más?, ¿habrá algún logro o alguna cosa que pueda conseguir que lo haga más digno del amor de su madre? Obviamente no. El amor de una madre hacia su recién nacido es puro. No depende de que su bebé haga o deje de hacer algo. No tiene condiciones. Simplemente es.

Entonces, independientemente de si crees o no en Dios, la invitación es a que te des cuenta de que mereces el amor de forma incondicional. Para empezar, mereces tu amor justo ahora. Con todos los defectos que puedas tener. Con todos tus errores y todos tus aciertos. Con todos tus logros y todos tus fracasos. Con tus destrezas y tus incapacidades. Con tu inteligencia y tu torpeza. Con tu belleza y tu fealdad. Más allá de todos eso, mereces tu amor más profundo y más puro.

Para mí, al menos, fue muy liberador darme cuenta de que podía dejar de huir y de correr desesperadamente tratando de lograr algo para ser merecedor del amor, de mi amor. Ahora bien, ¿significa esto que ya no hay razones para mejorar, para cambiar nuestros hábitos, para esforzarnos por ser mejores personas? No, claro que no significa eso. Lo que sí significa es que trataremos de cambiar por razones diferentes a las anteriores. Ya no trataremos de mejorar por miedo a no ser amados, por miedo a no ser merecedores. No, ahora podremos cambiar por el placer de dar lo mejor de nosotros, de ser capaces de expresar y experimentar más, y por el placer de dar más y compartir más del amor que ya tenemos, y que no podemos dejar de tener, pues lo merecemos incondicionalmente.

 

 

Por qué es importante ponerte a ti mismo en primer lugar

Por: Neale Donald Walsh

Cuando era niño, se me dijo que el amor significaba pensar primero en los demás. Pero Conversaciones con Dios dice que siempre debo ponerme en primer lugar. ¿Podía esto ser cierto? ¿Cómo se podría reconciliar esto con las enseñanzas que había recibido antes en mi vida?

La respuesta es que todo tiene que ver con las intenciones. Si tu intención en la vida es vivir la versión más grandiosa de la visión más grande que jamás hayas tenido sobre quién eres, y si esa visión de ti mismo es que tú eres amoroso, atento, generoso, amable, compasivo y fiel a tu verdad, entonces te comportarás con otros de una manera que podría verse como si los estuvieras poniendo en primer lugar. La diferencia es que no estarás haciendo esto por los otros, sino por ti mismo… porque esto simplemente es quien tú eres.

Cuando hacemos cosas por los demás (o imaginamos que eso es lo que estamos haciendo), pueden aparecer dos actitudes insidiosas: la expectativa y el resentimiento.Podemos comenzar a tener la expectativa de que aquellos por los que hacemos algo ahora nos “deben”, y podríamos experimentar un resentimiento creciente si ellos no nos “pagan”.

Por otra parte, cuando hacemos las cosas para nosotros (incluso si esto redunda en que les sucedan cosas buenas a los demás), será difícil que surjan las expectativas, y es virtualmente imposible que aparezca el resentimiento… a menos que claramente no entendamos la naturaleza de lo que está ocurriendo. Esto es, a menos que ignoremos o neguemos que estamos haciendo algo por nosotros mismos, y realmente nos convenzamos de que lo estamos haciendo por alguien más.

En realidad, todo lo que haces, lo haces por ti, pues cada acto es un acto en el que te defines a ti mismo. Toda la vida es un proceso de decidir Quién Eres. Tu propósito es experimentar eso, y recrearte a ti mismo de nuevo en la siguiente versión más grandiosa de eso. Esto es lo que se llama Evolución.

Así que piensa primero en ti cada vez que tengas que tomar una decisión. Piensa en Quién Eres, y en lo que te estás tratando de convertir. Haz la elección más elevada respecto a eso —pinta la imagen más grandiosa que jamás podrías imaginarte de Quien Eres en cada momento y en cada circunstancia— y todo lo demás de acomodará por sí mismo.

Abrazos y amor,

Neale

Traducido por Caminos de Conciencia

Tomado de http://cwg.org/index.php?b=713

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Neale Donald Walsh es el autor de la serie de libros de Conversaciones con Dios, que han sido éxitos en ventas. Estos libros, que se inscriben en ninguna doctrina religiosa, están inspirados por Dios, y en ellos se presentan consejos sencillos y claros para tener una vida más equilibrada y para reconectarnos con la Divinidad, de la que hacemos parte. Estas enseñanzas constituyen un camino moderno hacia una vida espiritual y llena de significado. Puedes conocer más sobre Neale en su página web.