En este momento tienes una oportunidad sagrada

En los monasterios zen es común que una gran parte de la práctica espiritual de los monjes consista en hacer tareas cotidianas. Lavar los platos, tender las camas, barrer el piso.

Para los monjes, esas actividades son oportunidades sagradas para adentrarse en el momento presente. Para encontrar, en lo profundo de aquí y ahora, la plenitud que siempre está esperando a que tomemos consciencia de ella.

Por supuesto, para hacer esa práctica espiritual no es necesario estar en un monasterio. Solo por hoy, asume tus responsabilidades cotidianas como oportunidades sagradas, pues en verdad lo son. Entrégate completamente a cada momento. Como si el mundo se fuera a acabar en media hora y Dios se te apareciera y te dijera que tu última prueba antes de entrar al Cielo es hacer una sola tarea, esa que tienes en frente, con atención plena.

Cuando vayas de tu cuarto al baño, asume ese instante como parte de la prueba sagrada. Cuando comas. Cuando te bañes. Cuando estés sentada esperando el bus. Cuando estés manejando.

Cada momento es una puerta a la plenitud sagrada que mora en tu corazón, si así decides asumirlo.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Sebastián Bitar.

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Entrégate a la vida, así sepas que vas a perderlo todo

El budismo señala que el apego a las cosas causa inevitablemente sufrimiento. Pues apegarse a algo significa que sufrimos con su ausencia. Y todo a lo que jamás nos apeguemos inevitablemente va a desaparecer.

Vas a envejecer y tu cuerpo va a morir, o tal vez tu cuerpo muera antes de envejecer. Al igual que el cuerpo de todas las personas que conoces. Y todo lo que ves a tu alrededor, incluido el sol y las estrellas, va a morir también algún día. Pero nada de eso te impide ser feliz ahora. Nada de eso te impide estar plena ahora. Nada de eso te impide entregarte con todo tu corazón a este momento.

Cuando caemos en cuenta de esto, aprendemos a disfrutar inmensamente el momento presente, pero no nos apegamos a lo que hay en él, pues sabemos que es imposible retener nada.

Paradójicamente, al ser conscientes de que todo cambia y se transforma, superamos nuestro temor de perder y nos permitimos jugar con el mundo, sabiendo que todo con lo que jugamos desaparecerá en algún momento.

No dejes de entregar y poner tu corazón en todo lo que hagas solo por miedo a ser herida cuando aquello que amas desaparezca. No tiene sentido protegerte del dolor de las pérdidas. Algún día perderás inevitablemente todo lo que tienes en el mundo. Mejor entrégate cien por ciento al juego. Sumérgete hasta lo más profundo de la vida. Ríe, ama, llora. Allí, en la médula de la experiencia, entregada por completo a esta experiencia de cambio constante, encontrarás un amor profundo que no cambia, que está más allá del tiempo. Ese amor es tu verdadera esencia, que siempre está por debajo de todo lo que aparece y desaparece.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Phil Koch.

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Cree en tu bondad

Robert Jonhson, el notable analista junguiano, reconoce lo difícil que es para muchos de nosotros creer en nuestra bondad. Es más fácil para nosotros creer que nuestros peores miedos y pensamientos son lo que somos, aquellos rasgos que no reconocemos y que Jung llamó “la sombra”. “Curiosamente”, dice Jonhson, “la gente se resiste a los aspectos nobles de su sombra con más fuerza de la que gasta en tratar de esconder los rasgos oscuros […]. Es más desestabilizador descubrir que tienes un carácter profundamente noble que descubrir que eres una mala persona”.

Nuestra creencia en una identidad limitada y empobrecida es un hábito tan fuerte que sin esta no sabríamos cómo ser. Si reconocemos por completo nuestra dignidad, esta podría llevar a cambios radicales en nuestra vida. Podría pedirnos algo grande. Y, sin embargo, una parte de nosotros sabe que el ser asustadizo y vulnerable no es quienes somos. Cada uno de nosotros necesita encontrar el camino hacia la completud y la libertad.

En estos días, en los que a veces hay cinismo, podríamos pensar que esta bondad original es solo una frase para hacernos sentir mejor, pero a través de sus lentes descubrimos una manera radicalmente diferente de ver y de ser: una manera cuyo objetivo es transformar al mundo. Esto no significa que vamos a ignorar la magnitud del sufrimiento de las personas ni que nos expondremos de manera vulnerable y necia a individuos inestables y quizás violentos. De hecho, para encontrar la dignidad en los demás, es necesario reconocer su sufrimiento. Dentro de los principios psicológicos budistas más importantes estás las Cuatro Nobles Verdades, que comienzan por reconocer el sufrimiento inevitable en la vida humana. También es difícil hablar de esta verdad en nuestra cultura moderna, en la que a la gente se le enseña a evitar la incomodidad a toda costa, y en la que “la búsqueda de la felicidad” se ha convertido en “el derecho a la felicidad”. Y, aun así, cuando estamos sufriendo es muy refrescante saber que la verdad de nuestro sufrimiento es reconocida.

Las enseñanzas budistas nos ayudan a lidiar con nuestro sufrimiento individual, desde la vergüenza y la depresión hasta la ansiedad y la tristeza. Estas abordan el sufrimiento colectivo del mundo y nos ayudan a trabajar con la fuente de este dolor: las fuerzas de la avaricia, el odio y el engaño en la mente humana. Pero, si bien reconocer nuestro sufrimiento es muy importante, esto no eclipsa nuestra nobleza fundamental.

La palabra nobleza no se refiere a caballeros y cortes medievales. Se deriva del vocablo griego gno (como en gnosis), que significa “sabiduría” o “iluminación interior”. En español, la nobleza se define como excelencia humana, como aquello que es ilustre, admirable, elevado y distinguido en valores, conducta y comportamiento. ¿Cómo podemos conectarnos intuitivamente con esta cualidad en aquellos que nos rodean? Así como nadie puede decirnos cómo sentir amor, cada uno de nosotros debemos encontrar nuestra propia forma de sentir la bondad en los demás. Una manera es alterar el marco temporal e imaginar la persona en frente de nosotros como un niño pequeño, todavía joven e inocente.

O, en vez de ir atrás en el tiempo, podemos movernos hacia adelante. Podemos visualizar a la persona al final de su vida, en su lecho de muerte, vulnerable, abierta, sin nada que esconder. O simplemente podemos verla como un compañero caminante que lucha con sus propias cargas, y que quiere la dignidad y la felicidad. Debajo de los miedos y las necesidades, de la agresión y el dolor, quienquiera que nos encontremos es un ser que, como nosotros, tiene el tremendo potencial de ser comprensivo y compasivo, y cuya bondad está ahí para ser tocada por nosotros.

Por: Jack Kornifield

Tomado de https://jackkornfield.com/see-the-inner-nobility-in-all-beings/

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Jack Kornfield se entrenó como monje budista en monasterios de Tailandia, la India y Burma. Ha enseñado meditación a nivel internacional desde 1974 y ha sido uno de los maestros más importantes que ha introducido la práctica budista de atención plena en Occidente. Entre sus libros, que han sido traducidos a una veintena de idiomas, se encuentran El corazón de la sabiduría, Cuentos del espíritu: historias del corazón, Buscando el corazón de la sabiduría y Trayendo el dharma a casa: despierta justo donde estás.

Puedes conocer más sobre él en su página web.

El entendimiento recto

Por: Jack Kornfield

El camino hacia el despertar comienza con un paso que Buda llamó entendimiento recto. El entendimiento recto tiene dos partes. Para empezar, se le plantea una pregunta a nuestros corazones. ¿Qué es lo verdaderamente valioso para nosotros, qué es lo que de verdad nos importa en esta vida? Nuestras vidas son muy breves. Nuestra niñez pasa muy rápido, y luego pasan la adolescencia y la vida adulta. Podemos ser complacientes y dejar que nuestras vidas desaparezcan en un sueño, o podemos volvernos conscientes. Al comienzo de la práctica debemos preguntarnos qué es lo más importante para nosotros. Cuando estemos listos para morir, ¿qué desearemos haber hecho? ¿A qué le daremos más valor? Al momento de morir, las personas que han tratado de vivir conscientemente solo hacen una o dos preguntas sobre sus vidas: ¿Aprendí a vivir con sabiduría? ¿Amé bien? Podemos comenzar haciendo estas preguntas ahora.

Este es el comienzo del entendimiento recto: mirar nuestras vidas, ver que son impermanentes y fugaces, y tener en cuenta aquello que nos importa en lo más profundo. Del mismo modo, podemos mirar al mundo a nuestro alrededor, en el que hay una gran cantidad de dolor, guerra, pobreza y enfermedad. ¿Qué requiere el mundo para fomentar una existencia segura y compasiva para todos? El sufrimiento y la lucha humana no se pueden aliviar simplemente con un cambio de Gobierno o una nueva política monetaria, aunque estas cosas podrían ayudar. En el nivel más profundo, problemas como la guerra y el hambre no se pueden solucionar exclusivamente mediante a la política y la economía. La fuente de estos problemas son los prejuicios y el miedo que yacen en el corazón humano, y su solución también está en el corazón. Lo que el mundo necesita es menos gente que esté limitada por los prejuicios. Necesita más amor, más generosidad, más compasión, mentes más abiertas. La raíz de los problemas humanos no es la falta de recursos, sino la falta de entendimiento y  el miedo y la separación que se encuentran en los corazones de las personas.

El entendimiento recto requiere que reconozcamos y entendamos la ley del karma. El karma no es solo una idea mística sobre algo esotérico como vidas pasadas en el Tibet. El término karma se refiere a la ley de causa y efecto. Esto significa que lo que hacemos y la forma en la que actuamos crean nuestras experiencias futuras. Si estamos furiosos con muchas personas, empezamos a vivir en un clima de odio. La gente se pondrá furiosa con nosotros como consecuencia. Si cultivamos amor, este retorna a nosotros. Simplemente se trata de cómo funciona la ley en nuestras vidas.

Alguien le preguntó a una instructora de vipassana, Ruth Dennison, si podía explicar el karma de manera muy simple. Ella respondió: “Claro. ¡El karma significa que no te sales con la tuya con nada!”. Cualquier cosa que hagamos, cualquier forma en la que actuemos, crea aquello en lo que nos convertimos, aquello que seremos y la forma como será el mundo a nuestro alrededor. Entender el karma es maravilloso porque esta ley trae consigo la posibilidad de cambiar la dirección de nuestras vidas. En realidad podemos entrenarnos y transformar el clima en el que vivimos. Podemos practicar ser más amorosos, más despiertos, más conscientes, o lo que sea que queramos. Podemos practicar en retiros o mientras manejamos o mientras esperamos en la fila para pagar en el supermercado. Si practicamos la bondad, espontáneamente comenzaremos a experimentar más y más bondad dentro de nosotros y en el mundo a nuestro alrededor.

Hay una historia del personaje sufi Mulá Nasrudín, quien es un tonto y un sabio al mismo tiempo. Un día estaba en su jardín esparciendo migas de pan sobre los macizos de flores. Un vecino de acercó y le preguntó: “Mulá, ¿por qué estás haciendo eso?”.

Nasrudín respondió: “Oh, lo hago para alejar a los tigres”.

El vecino dijo: “Pero no hay tigres en miles de kilómetros a la redonda”.

Nasrudín replicó: “Es muy efectivo, ¿no?”.

La práctica espiritual no es una repetición sin sentido de un ritual o de un rezo. Funciona cuando tomamos consciencia de la ley de causa y efecto y alineamos nuestra vida con esta. Quizás podemos ver el potencial para despertar en nosotros, pero también debemos ver que no sucederá por sí solo. Hay leyes que podemos seguir para hacer realidad este potencial. La forma como actuamos, como nos relacionamos con nosotros mismos, con nuestros cuerpos, con la gente a nuestro alrededor, con nuestro trabajo, crea la clase de mundo en que vivimos, crea nuestro propio sufrimiento o nuestra propia libertad.

Traducido por: David González

Tomado de: https://jackkornfield.com/right-understanding/

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Jack Kornfield se entrenó como monje budista en monasterios de Tailandia, la India y Burma. Ha enseñado meditación a nivel internacional desde 1974 y ha sido uno de los maestros más importantes que ha introducido la práctica budista de atención plena en Occidente. Entre sus libros, que han sido traducidos a una veintena de idiomas, se encuentran El corazón de la sabiduría, Cuentos del espíritu: historias del corazón, Buscando el corazón de la sabiduría y Trayendo el dharma a casa: despierta justo donde estás.

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“El blues [el dolor] es la verdad”

Por: Jack Kornfield

Como respuesta saludable al dolor y el miedo, tomamos consciencia antes de que se conviertan en ira. Podemos entrenarnos para caer en cuenta del espacio entre lo que sentimos y nuestra reacción frente a ello. Para esto debemos aprender a tolerar nuestro dolor y nuestro miedo. No es fácil. Tal como lo dijo James Baldwin: “La mayoría de la gente descubre que, cuando el odio se vaya, se verán obligados a lidiar con su propio dolor”. Es por esto que comenzamos prestándole atención a las cosas pequeñas, pequeños dolores y decepciones.

Para trabajar honorablemente con la ira, debemos reconocer la profundidad de la Primera Noble Verdad de Buda: la verdad del sufrimiento. Hay dolor en nuestras vidas, en el mundo —decepciones, injusticias, traiciones, racismo, soledad, pérdida—. Como los maestros del blues Buddy Guy y Junior Wells dicen: “El blues es la verdad” [en inglés, blues significa tristeza o melancolía]. Ninguna estrategia puede evitar que experimentemos la pérdida y el dolor, la enfermedad y la muerte. Esta es la vida humana. Aunque tratemos de evitar esta verdad, sigue siendo verdad. Un dicho zen nos recuerda que “Si entiendes, las cosas son tal como son. Si no entiendes, las cosas son tal como son”.

¿Cuál es la medicina que la psicología budista prescribe para el sufrimiento y la aversión? Primero, tomamos consciencia de esta fuerza dentro de nosotros. Reconocemos en nuestros cuerpos la rigidez de la agresividad, el dolor de la furia, la contracción del miedo. Tomamos contacto íntimo con nuestra frustración, nuestra ira, nuestra culpa.

En segundo lugar, aprendemos la diferencia entre reacción y respuesta. Cuando estamos de afán y se quema una tostada, podemos reaccionar irritándonos en extremo o golpeando la tostadora, o podemos sentir nuestra frustración y poner otra tajada de pan. Cuando alguien nos cierra en el tráfico, podemos vengarnos acelerando, sobrepasando al otro vehículo y gritándole, tratando de cerrarlo también, o podemos respirar y soltar. Cuando nos critican, cuando nos traicionan, no tenemos que reforzar el dolor de la situación sumándole el dolor de nuestra reacción.

Es como dos flechas, dijo Buda. La primera flecha es el evento inicial, la experiencia dolorosa. Ya sucedió, no podemos evitarlo. La segunda flecha es aquella que nos lanzamos a nosotros mismos. Esta flecha es opcional. Ante el dolor inicial podemos agregar un estado mental contraído, molesto, irritado, rígido, en pánico. O podemos aprender a experimentar el mismo evento doloroso con menos identificación y menos dolor, con un corazón más relajado y compasivo.

¿Significa esto que no podemos responder con fuerza algunas veces? No. A veces tenemos que pararnos, gritar la verdad, marchar, protestar, hacer lo que sea necesario para proteger nuestra vida y la de los demás. Los grandes ejemplos de no violencia como Ganhdi y Martin Luther King Jr. mostraron una gran estrategia y una gran habilidad en este sentido. Ellos unieron a las personas, usaron las cortes, rompieron la ley, bloquearon las vías, negociaron, se movieron hacia adelante y hacia atrás, encontraron aliados, y usaron el dinero, el poder, la vergüenza, los discursos y la política para luchar por aquello que estaba bien. Pero ellos no actuaron motivados por el odio y la violencia. Este es un ejemplo poderoso. Cuando la ira surge de la rigidez y de creernos mejores que los demás, podemos dejarla ir. Reteniendo nuestra claridad y su fuerza, también podemos buscar justicia, pero con un corazón amoroso.

Buda nos exhorta a dejar nuestra ira aun después de dificultades extremas. Estos son unos versos famosos del Dhammapada, las palabras de Buda: “‘Él abusó de mí y me golpeó, me tiró al piso y me robó’. Repite estos pensamientos y vivirás en el odio. Él abusó de mí y me golpeó, me tiró al piso y me robó’, abandona esos pensamientos y vivirás en amor. En este mundo, el odio nunca termina con el odio, sino que solo se sana con el amor. Esta es la ley antigua y eterna”.

Traducido por: David González

Tomado de: https://jackkornfield.com/the-blues-is-the-truth/

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Jack Kornfield se entrenó como monje budista en monasterios de Tailandia, la India y Burma. Ha enseñado meditación a nivel internacional desde 1974 y ha sido uno de los maestros más importantes que ha introducido la práctica budista de atención plena en Occidente. Entre sus libros, que han sido traducidos a una veintena de idiomas, se encuentran El corazón de la sabiduría, Cuentos del espíritu: historias del corazón, Buscando el corazón de la sabiduría y Trayendo el dharma a casa: despierta justo donde estás.

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Los obstáculos son parte del camino

Por: Jack Kornfield

Si examinamos nuestras mentes, inevitablemente encontraremos las fuerzas que están en la raíz de la avaricia, el miedo, los prejuicios, el odio y el deseo, los cuales crean tanto dolor en el mundo. Pero dichas fuerzas pueden convertirse en una oportunidad para nosotros, y plantean una pregunta fundamental para cualquiera que se comprometa con una vida espiritual: ¿Hay alguna forma en la que podamos convivir con estas fuerzas de manera constructiva y sabia? Dependiendo de cuál sea nuestra relación con estos demonios, u obstáculos, pueden ser fuente de una gran lucha o combustible para el crecimiento y la claridad. El primer paso para trabajar con estas energías es identificarlas claramente. En la explicación clásica se suele decir que hay cinco obstáculos principales, pero puede que hayas descubierto algunos por tu cuenta.

El primer obstáculo es el deseo del placer sensorial: cosas agradables de ver, sonidos, sabores y olores agradables, estados mentales placenteros. ¿Cuál es el problema con el deseo? ¿Qué tiene de malo? Nada, realmente. No hay nada malo con disfrutar de experiencias placenteras. Teniendo en cuenta las dificultades que enfrentamos en la vida, es bueno tener esas experiencias. Sin embargo, estas nos engañan. Nos llevan a adoptar la mentalidad del “Si tan solo”: “Si tan solo pudiera tener esto”, o “Si tan solo tuviera el trabajo correcto”, o “Si tan solo pudiera encontrar la relación correcta”, o “Si tan solo tuviera buena ropa”, o “Si tan solo tuviera una la personalidad adecuada, entonces sería feliz”. Se nos ha enseñado que si podemos tener suficientes experiencias placenteras, juntando rápidamente unas tras otras, tendremos una vida feliz. Un buen juego de tenis seguido por una cena deliciosa, una buena película, luego sexo fantástico y un buen sueño, para después trotar por la mañana, y luego una buena hora de meditación y un excelente desayuno, para de allí pasar a una emocionante mañana de trabajo, y así. Nuestra sociedad perpetúa este ardid de manera magistral: “Compra esto, asegúrate de lucir así, come esto, actúa de esta manera, sé dueño de esto… y tú también podrás ser feliz”. No hay problema con disfrutar de experiencias placenteras, y seguir una práctica espiritual no implica rechazarlas. Pero estas realmente no satisfacen al corazón, ¿o sí? Por un momento experimentamos un pensamiento, un sabor o una sensación agradable, y luego se va y se lleva consigo la sensación de felicidad que había traído. Entonces pasamos a la siguiente cosa. Todo el proceso se puede volver extenuante y vacío.

Claro que no siempre pedimos mucho; a veces nos conformamos con muy poco. Al comienzo de un retiro de meditación las personas usualmente gastan una gran cantidad de tiempo sufriendo a causa de sus deseos: “Si tan solo tuviera esa casa” o “Si tan solo tuviera más dinero”. Pero a medida que se ajustan a los límites impuestos por el retiro, sus deseos se vuelven más pequeños: “Si tan solo sirvieran algo dulce después del almuerzo”, o “Si tan solo estuviéramos sentados por menos tiempo”. En una situación como un retiro —o en una prisión, dado el caso—, en la que las posibilidades de cumplir los deseos son limitadas, se hace claro que la fuerza del deseo no está determinada por un objeto particular, sino por el nivel de apego en la mente, y el deseo de un dulce puede ser tan poderoso como el deseo de un Mercedes Benz. De nuevo, el problema no es el objeto de deseo, sino la energía en la mente. La energía del deseo nos mantiene en movimiento, buscando esa cosa que realmente nos va a satisfacer. La mente que desea es en sí misma dolorosa. Es un hábito que se perpetúa a sí mismo y que no nos permite estar donde estamos debido al afán por tratar de obtener algo más. Incluso cuando obtenemos lo que queremos, luego queremos algo más o algo diferente, pues el hábito de anhelar es muy fuerte. Es una sensación de que estar aquí y ahora no es suficiente, de que estamos incompletos de alguna manera, y esto nos mantiene alejados de nuestra propia completud natural. Nunca estamos satisfechos. Es esta misma fuerza a escala mundial la que crea los estragos que se derivan de que la gente esté anhelando y consumiendo, acumulando, y luchando guerras para tener más y más, en una búsqueda siempre insatisfecha de placer y de seguridad.

En India dicen que cuando un carterista se reúne con un santo, solo ve la cartera del santo. Lo que anhelamos distorsionará y limitará nuestra percepción; determinará lo que vemos. Si estamos hambrientos y caminamos por la calle, no vemos las tiendas de zapatos ni si hace buen tiempo ni las nubes. Vemos allí un buen restaurante griego. “Podría comer queso feta y una buena ensalada”, o “Hay un restaurante italiano. Tal vez podría comer pizza o manicotti”, o “Ahí hay un McDonald’s. Quizás me coma una hamburguesa”. La gente puede perderse tanto en la imaginación que quienes van a un retiro de meditación a veces ven a una pareja potencial y pasan por todo el proceso romántico (citas, coqueteo, matrimonio, hijos e incluso divorcio) sin siquiera decirle una sola palabra a la otra persona. A esto lo llamamos “el romance vipassana”. Así, la fuerza del deseo puede nublar nuestras mentes, y suele traer distorsiones e ilusiones consigo. Como se dice en el Tao Te Ching: “El secreto espera a los ojos que no están nublados por el anhelo”. Podemos ver cómo el deseo interfiere con nuestra capacidad para abrirnos a las cosas como son, de una manera más libre y dichosa. Interfiere con nuestro poder para abrirnos de manera profunda a la verdad, para relacionarnos directa y sabiamente con aquello que realmente está aquí.

La segunda energía problemática que encontramos es la aversión, el odio, la ira y la mala voluntad. Mientras que el deseo y la mente que anhela nos seducen y pueden engañarnos con facilidad, la energía contraria, de ira y aversión, es más clara porque es obviamente desagradable. La ira y el odio suelen ser dolorosas. Podemos encontrar alguna dicha en ellas por un tiempo, pero cierran nuestro corazón. Tienen una cualidad ardiente y tensa de la que no podemos alejarnos. Al igual que el deseo, la ira es una fuerza extremadamente poderosa. Podemos experimentarla hacia un objeto que está presente con nosotros o hacia uno que se encuentra muy lejos. A veces experimentamos una gran rabia por eventos que sucedieron hace mucho y acerca de los cuales no podemos hacer nada. Y aunque suene extraño, podemos incluso ponernos furiosos por algo que no ha pasado, pero que simplemente imaginamos que podría pasar. Cuando es fuerte en nuestra mente, la ira puede colorear toda nuestra experiencia de vida. Cuando estamos de mal humor, no importa quien entre en la habitación o a donde vayamos ese día, algo está mal. La ira puede ser una fuente de gran sufrimiento en nuestras propias mentes, en nuestras interacciones con los demás y a nivel mundial. Aunque usualmente no pensamos acerca de ellos de esa manera, el miedo, el juicio y el aburrimiento son todos formas de aversión. Cuando los examinamos, vemos que se basan en nuestro disgusto con respecto a algún aspecto de nuestra experiencia. Con la mente llena de disgusto, del deseo de separar o alejar algo de nuestra experiencia, ¿cómo podemos concentrarnos o explorar el momento presente con un espíritu de descubrimiento? Para practicar debemos acercarnos mucho a este momento e investigarlo, no alejarlo o rechazarlo. En consecuencia, debemos aprender a trabajar con todas estas formas de nuestra aversión.

El tercer obstáculo común es la pereza y el letargo. Esto incluye la molicie, el embotamiento, la falta de actividad, la apatía y la somnolencia. La claridad y la capacidad de estar alerta se diluyen cuando la pereza y la apatía dominan la mente. Entonces esta se vuelve ineficiente y queda nublada. Cuando la pereza y la apatía se apoderan de nosotros, se convierten en un gran obstáculo en nuestra práctica.

La inquietud, que es lo opuesto al letargo, es el cuarto obstáculo. Con la inquietud viene la agitación, el nerviosismo, la ansiedad y la preocupación. La mente gira y se retuerce como un pez fuera del agua. El cuerpo puede estar rebosante de energía agitada, vibrante, acelerada, nerviosa. O a veces nos sentamos a meditar y la mente corre a través de las mismas rutinas una y otra vez. Por supuesto, no importa qué tanto nos preocupemos y nos inquietemos por algo, eso nunca mejora la situación. Aún así la mente se queda atrapada en los recuerdos y los arrepentimientos, y duramos horas dándoles vueltas a nuestras historias. Cuando la mente está inquieta, saltamos de objeto en objeto. Es difícil sentarnos en silencio, y nuestra concentración se pierde y se dispersa.

El último de los cinco obstáculos es la duda. Este puede ser el obstáculo con el cual es más difícil lidiar, pues, cuando le creemos a la duda y esta nos atrapa, nuestra práctica se detiene en seco. Nos paralizamos. Nos pueden asaltar todo tipo de dudas: dudas acerca de nosotros mismos y de nuestras capacidades, dudas acerca de nuestros maestros, dudas acerca de la práctica en sí misma  —“¿Realmente funciona? Me quedo sentado aquí y lo único que sucede es que me duelen las piernas y me siento inquieto. Quizás el Buda no sabía de lo que estaba hablando”—. Podemos dudar acerca de la práctica o de que sea la práctica adecuada para nosotros. “Es demasiado difícil. Tal vez mejor debería probar la danza sufi”. O creemos que es la práctica correcta pero que no es el momento adecuado. O que la práctica y el momento son adecuados, pero que nuestro cuerpo aún no está suficientemente en forma. No importa cuál sea el objeto: cuando la duda de la mente escéptica nos atrapa, nos estancamos.

Escoge alguno de los estados mentales más problemáticos y frecuentes que aparecen en tu práctica, tales como la irritación, el miedo, el aburrimiento, la lujuria, la duda o la inquietud. Durante una semana, presta especial atención cada vez que ese estado surja en medio de tu meditación. Obsérvalo con cuidado. Mira cómo comienza y qué lo precede. Observa si hay alguna imagen o pensamiento particular que detone ese estado. Presta atención a qué tanto dura y a cuándo termina. Observa si a veces surge de manera sutil o suave. ¿Puedes verlo como tan solo un murmullo en la mente? Mira qué tan fuerte y estridente se vuelve. Date cuenta de qué patrones de energía o tensión reflejan ese estado en el cuerpo. Vuélvete consciente de cualquier resistencia física o mental a experimentar ese estado. Ábrete y dale la bienvenida incluso a la resistencia. Por último, siéntate y sé consciente de la respiración, vigilando y esperando este estado, permitiendo que llegue, y observándolo como a un viejo amigo.

Este fragmento fue tomado del libro Buscando el corazón de la sabiduría

Traducido por: Caminos de Conciencia

Tomado de https://jackkornfield.com/making-the-hindrances-part-of-the-path/

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Jack Kornfield se entrenó como monje budista en monasterios de Tailandia, la India y Burma. Ha enseñado meditación a nivel internacional desde 1974 y ha sido uno de los maestros más importantes que ha introducido la práctica budista de atención plena en Occidente. Entre sus libros, que han sido traducidos a una veintena de idiomas, se encuentran El corazón de la sabiduría, Cuentos del espíritu: historias del corazón, Buscando el corazón de la sabiduría y Trayendo el dharma a casa: despierta justo donde estás.

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