Que te critiquen es una bendición

Tu ego está hecho de aquello con lo que te identificas. Es aquello que crees que eres. El ego espiritual, por ejemplo, surge cuando nos identificamos con nuestras creencias y nuestras prácticas espirituales.

Es fácil reconocer cuando nuestro ego está presente. Una señal clara es que nos sentimos atacados personalmente cuando alguien critica nuestras ideas o nuestras prácticas. Otra señal es la necesidad automática de defender nuestras ideas o de demostrar que lo que hacemos está bien o funciona. Estos son intentos del ego de mantener intacta o engrandecer su imagen, aquella imagen ficticia con la que se identifica.

En consecuencia, tus críticos, especialmente aquellos que te molestan con sus críticas, son una bendición en tu camino. Te muestran el tamaño de tu ego. Te muestran lo que aún no has sanado.

Si te duele lo que te dicen, no eres tú, es tu ego. Y qué bueno que te lo hayan dicho. Pues así puedes tomar consciencia de tu ego. Y la consciencia es el primer paso para trascenderlo, para dejar de sufrir por él.

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El miedo a tomar decisiones

Cuando yo era pequeño era muy indeciso. En cambio, ahora ya no estoy seguro.

Ese chiste me gusta. Es saludable reírse de uno mismo. Pero es verdad. La indecisión es uno de los temas que estoy trabajando ahora.

Hace poco comencé una terapia dirigida específicamente trabajar mi indecisión. Parte de la terapia ha sido llevar un diario en el que escribo los pensamientos de duda e indecisión que rondan por mi cabeza. Ha sido muy iluminador. Solo escribir y plasmar las ideas en el papel ya te ayuda a tomar distancia del ruido de la mente y te permite observarlo.

Cada vez que tengo ruido en mi cabeza, saco mi cuaderno y me pongo a escribir. Es muy liberador. Lo recomiendo.

Parte de las cosas que vi es que muchos miedos y preocupaciones que a primera vista parecían independientes tienen una causa común. Y son miedos viejos. Han estado allí haciendo ruido desde que tengo memoria. Cuando aparecen en el presente, parecería que son causados por la situación actual. Pero la verdad es que, al leerlos con toda calma y ver sus detalles, vi que la situación actual simplemente los detona. Ellos estás enraizados en la estructura básica de mi ego.

Y solo poder observar esos miedos y ver cómo son más profundos de lo que imaginaba me ha permitido comenzar a sanarlos. Pues para resolver un problema, debemos mirar hacia donde está realmente el problema. Y cuando los miedos y los patrones inconscientes se camuflan en los síntomas, nos quedamos mirando el síntoma y somos inconscientes de su causa.

He aprendido, por ejemplo, que el miedo más profundo que yace bajo la indecisión es el miedo a la culpa. Este miedo se fundamenta en la creencia de que, en el fondo, soy malo. Debido a esta creencia, temo tomar decisiones que vengan de lo profundo de mi ser. Pues, si las decisiones vienen de lo profundo de mi ser, estarán impregnadas de mi maldad, y debido a esto seguramente tendrán malas consecuencias para mí y para quienes me rodean. En consecuencia, es mejor que los demás decidan por mí. Así, al menos, si el resultado trae sufrimiento, no será mi culpa. No seré yo el responsable del sufrimiento de los demás.

Ver estos patrones dementes de pensamiento que, por supuesto, no tienen nada que ver con la realidad, me ha ayudado a que el miedo a tomar deciciones se disuelva, pues es un miedo basado en la locura.

Sé que no hay garantías. Que mis decisiones pueden ser errores. Que no tengo el control. Pero también sé queblo que sea que decida, si lo decido con honestidad, me traerá lo que más me sirve para mi evolución. Que sea doloroso o no es secundario. Lo que surge de mí surge del amor y la luz. Por tanto, no tendo por qué temer sus consecuencias.

Ver las causas de mi miedo, al menos en este caso, me ha ayudado a comenzar a amarlo, disolverlo y atravezarlo.

Foto tomada de la cuenta de Instagram deDiscover New Zealand.

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“El blues [el dolor] es la verdad”

Por: Jack Kornfield

Como respuesta saludable al dolor y el miedo, tomamos consciencia antes de que se conviertan en ira. Podemos entrenarnos para caer en cuenta del espacio entre lo que sentimos y nuestra reacción frente a ello. Para esto debemos aprender a tolerar nuestro dolor y nuestro miedo. No es fácil. Tal como lo dijo James Baldwin: “La mayoría de la gente descubre que, cuando el odio se vaya, se verán obligados a lidiar con su propio dolor”. Es por esto que comenzamos prestándole atención a las cosas pequeñas, pequeños dolores y decepciones.

Para trabajar honorablemente con la ira, debemos reconocer la profundidad de la Primera Noble Verdad de Buda: la verdad del sufrimiento. Hay dolor en nuestras vidas, en el mundo —decepciones, injusticias, traiciones, racismo, soledad, pérdida—. Como los maestros del blues Buddy Guy y Junior Wells dicen: “El blues es la verdad” [en inglés, blues significa tristeza o melancolía]. Ninguna estrategia puede evitar que experimentemos la pérdida y el dolor, la enfermedad y la muerte. Esta es la vida humana. Aunque tratemos de evitar esta verdad, sigue siendo verdad. Un dicho zen nos recuerda que “Si entiendes, las cosas son tal como son. Si no entiendes, las cosas son tal como son”.

¿Cuál es la medicina que la psicología budista prescribe para el sufrimiento y la aversión? Primero, tomamos consciencia de esta fuerza dentro de nosotros. Reconocemos en nuestros cuerpos la rigidez de la agresividad, el dolor de la furia, la contracción del miedo. Tomamos contacto íntimo con nuestra frustración, nuestra ira, nuestra culpa.

En segundo lugar, aprendemos la diferencia entre reacción y respuesta. Cuando estamos de afán y se quema una tostada, podemos reaccionar irritándonos en extremo o golpeando la tostadora, o podemos sentir nuestra frustración y poner otra tajada de pan. Cuando alguien nos cierra en el tráfico, podemos vengarnos acelerando, sobrepasando al otro vehículo y gritándole, tratando de cerrarlo también, o podemos respirar y soltar. Cuando nos critican, cuando nos traicionan, no tenemos que reforzar el dolor de la situación sumándole el dolor de nuestra reacción.

Es como dos flechas, dijo Buda. La primera flecha es el evento inicial, la experiencia dolorosa. Ya sucedió, no podemos evitarlo. La segunda flecha es aquella que nos lanzamos a nosotros mismos. Esta flecha es opcional. Ante el dolor inicial podemos agregar un estado mental contraído, molesto, irritado, rígido, en pánico. O podemos aprender a experimentar el mismo evento doloroso con menos identificación y menos dolor, con un corazón más relajado y compasivo.

¿Significa esto que no podemos responder con fuerza algunas veces? No. A veces tenemos que pararnos, gritar la verdad, marchar, protestar, hacer lo que sea necesario para proteger nuestra vida y la de los demás. Los grandes ejemplos de no violencia como Ganhdi y Martin Luther King Jr. mostraron una gran estrategia y una gran habilidad en este sentido. Ellos unieron a las personas, usaron las cortes, rompieron la ley, bloquearon las vías, negociaron, se movieron hacia adelante y hacia atrás, encontraron aliados, y usaron el dinero, el poder, la vergüenza, los discursos y la política para luchar por aquello que estaba bien. Pero ellos no actuaron motivados por el odio y la violencia. Este es un ejemplo poderoso. Cuando la ira surge de la rigidez y de creernos mejores que los demás, podemos dejarla ir. Reteniendo nuestra claridad y su fuerza, también podemos buscar justicia, pero con un corazón amoroso.

Buda nos exhorta a dejar nuestra ira aun después de dificultades extremas. Estos son unos versos famosos del Dhammapada, las palabras de Buda: “‘Él abusó de mí y me golpeó, me tiró al piso y me robó’. Repite estos pensamientos y vivirás en el odio. Él abusó de mí y me golpeó, me tiró al piso y me robó’, abandona esos pensamientos y vivirás en amor. En este mundo, el odio nunca termina con el odio, sino que solo se sana con el amor. Esta es la ley antigua y eterna”.

Traducido por: David González

Tomado de: https://jackkornfield.com/the-blues-is-the-truth/

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Jack Kornfield se entrenó como monje budista en monasterios de Tailandia, la India y Burma. Ha enseñado meditación a nivel internacional desde 1974 y ha sido uno de los maestros más importantes que ha introducido la práctica budista de atención plena en Occidente. Entre sus libros, que han sido traducidos a una veintena de idiomas, se encuentran El corazón de la sabiduría, Cuentos del espíritu: historias del corazón, Buscando el corazón de la sabiduría y Trayendo el dharma a casa: despierta justo donde estás.

Puedes conocer más sobre él en su página web.

Sobre el amor implacable

Uno de los acontecimientos que más me ayudó a superar el miedo a las mujeres ocurrió durante un retiro de meditación. Tenía 25 años y nunca había tenido novia. Es más, no sabía lo que era un beso. Así de grande era mi miedo al rechazo, a lo desconocido, a no ser lo suficientemente bueno, al amor.

Una noche, en una de las reuniones grupales que tenían lugar después de las jornadas de meditación, comenté que me sentía triste. Me gustaba una mujer  con la  que había compartido durante el retiro, pero no era capaz de decirle nada. Al oír mi historia, Isha, la maestra espiritual creadora del centro de meditación, y quien justo esa noche estaba a cargo de la reunión —lo que no era usual—, me pidió que fuera a decirle a la mujer lo que sentía. Una ráfaga de adrenalina cruzó por mi pecho. “Después de que termine la reunión, lo haré”, repliqué. La verdad es que tenía mucho miedo. Ese mismo miedo que me había acompañado desde  niño y a causa del cual había desperdiciado tantas oportunidades de experimentar, de vivir la vida, de conocer gente maravillosa, de conocerme a mí mismo. Tenía que pensarlo un poco más. Examinar la situación con cuidado; ver si ya estaba listo. Para muchos sería algo muy simple, pero para mí era algo gigante, como lanzarme a un abismo. Era mejor tomar las cosas con calma.

Segundos después de mi respuesta, Isha me miró con gran intensidad y me gritó: “¡Ahora!”. Por un breve instante quedé paralizado. No parecía algo real. Yo esperaba unas palmaditas en la espalda, algo de lástima por mi situación. Lo último que esperaba recibir era una patada que me precipitara al abismo. El grito bloqueó mis pensamientos. Simplemente me puse de pie y fui hacia el salón donde se encontraba la mujer que me gustaba —estábamos en reuniones diferentes—. Por supuesto, temblaba, pero de alguna forma sentía que no tenía opción. Como un pájaro que cae y no le queda otra alternativa que abrir las alas.

Cuando regresé con ella al salón donde estaba reunido mi grupo —eran como cincuenta personas—, habían puesto una silla en la mitad para que se sentara mientras yo le decía lo que sentía. De nuevo, puede que todo esto se vea muy simple, pero para mi mente era como caminar sobre fuego: algo que estaba absolutamente convencido que no podía hacer. Le dije lo que sentía y fue una experiencia maravillosa. A las pocas semanas de regresar del retiro, le declaré mi amor a una mujer maravillosa con la que tuve un bello noviazgo. Nada de eso habría sucedido de no ser por el grito de Isha, que, no obstante, fue tan agresivo e incómodo en su momento.

Ese grito fue un pequeño ejemplo de lo que Isha llama “compasión implacable”. En español no tenemos una forma clara para referirnos a esto, pero es semejante a lo que en inglés se conoce como tough love o “amor duro”. Sucede en aquellos casos en los que el amor adquiere una apariencia feroz, pero no por ello deja de ser amor. De lejos, podría verse como agresión, irrespeto o egoísmo. Si mi miedo hubiera sido demasiado grande, puede que hubiera rechazado el grito de Isha, y que ahora mi versión de la historia fuera algo así como “¿Quién era ella para gritarme?, ¿cómo se atrevía a darme órdenes? Yo había ido al centro de meditación para sentirme mejor, no para que me maltrataran”. Afortunadamente, estuve abierto a recibir esa ráfaga de amor, a pesar de su apariencia. Lo mismo sucede con el hijo drogadicto, por quien, a veces, lo mejor que se puede hacer es echarlo de la casa, o no prestarle más dinero, aun si esto le va a causar un gran dolor inmediato.

En mi vida, mis mejores amigos y mis familiares más cercanos han sido quienes más han demostrado por mí eso que Isha llama compasión implacable. Cuando he estado en un gran drama y, en vez de seguirme el juego, me han rechazado para mostrarme el lugar en el que me encuentro. Cuando he pedido ayuda en casos en los que en realidad no la necesitaba —aunque estaba convencido de que la necesitaba—, y me la han negado, a pesar de lo difícil que es negarle ayuda a un amigo cercano. Hoy solo siento gratitud por todos ellos, al igual que por Isha.

Por supuesto, este es un tema delicado, pues en nombre del “amor duro” podemos caer en el abuso o en el egoísmo. Tal vez solo el corazón sepa qué  es lo más adecuado en cada caso. Una de las cosas hermosas que dice Isha es que el amor verdadero no tiene una forma fija. A veces puede ser suave e infinitamente paciente, y a veces puede ser como un volcán que lo consume todo. Es probable que nos equivoquemos, y que en nombre del “amor duro” hagamos actos carentes de amor. Sin embargo, cuando estamos conectados con el corazón y con nuestra sabiduría interna, y a veces simplemente basta sentido común, podemos ayudar verdaderamente a quienes amamos, más allá de las apariencias. Y es un gran acto de amor estar dispuestos a perder a quienes queremos y a que nos juzguen de crueles o de indiferentes, si en el fondo sabemos que lo que estamos haciendo es lo que más le conviene a la persona que amamos. El amor no son solo rosas. Sergi Torres, un maestro a quien admiro mucho, lo pone de una manera gráfica: es cierto que nos gustan las flores, pero si en vez de lava los volcanes solo botaran flores, seguramente no cumplirían la función que desempeñan en la naturaleza.

Por: David González

Consejos para superar la necesidad de aprobación

Tal vez recuerdes a la malvada y hermosa bruja de Blancanieves, quien se paraba frente a su espejo y le decía: “Espejo mágico, dime una cosa ¿quién es en este reino la más hermosa?”. Cuando la respuesta no fue la que esperaba, pues Blancanieves era la más hermosa, la bruja enloqueció de cólera y envió a un cazador para que asesinara a la doncella. Parece claro que la bruja estaba enferma; sin embargo, no es tan diferente de la mayoría de nosotros como quisiéramos, y hay muchas cosas que podemos aprender de ella si miramos con cuidado. Por ejemplo, miremos nuestra necesidad de aprobación en las redes sociales.

Por mi parte, reconozco que aún tengo gran necesidad de aprobación en las redes sociales, y sobre todo en Facebook; casi que se podría decir que soy adicto a los likes. ¿Qué quiere decir eso? Bueno, imagina lo siguiente:

Publicas algo en Facebook que crees que les va a gustar a tus amigos, o a la gente que tienes como amigos. Experimentas cierta satisfacción. Una emoción sutil te inunda; es probable que se trate de la dopamina, hormona relacionada con el placer anticipatorio. En las horas que siguen, miras con frecuencia el celular o la pestaña de Facebook para mirar cuántos likes tienes. Si la cantidad excede tus expectativas, sientes ráfagas de placer que aumentan con cada nueva reacción a tu publicación. Al mirar la sensación con cuidado, puedes ver que se parece al orgasmo más de lo que se podría haber pensado en un comienzo. Quieres más. Si la cantidad es menor de lo que esperabas, te sientes mal. A veces es algo como una punzada en tu pecho, o simplemente una leve sensación de malestar. Continúas revisando cada cierto tiempo, para confirmar tu éxito o con la esperanza de que las cosas mejoren. Dependiendo del resultado final, puede que tengas un día alegre, lleno de entusiasmo y optimismo, o que quedes resentido y sientas que las cosas no van tan bien en tu vida como quisieras.

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Imagen por: John Holcroft

¿Te sentiste identificado? El ejemplo del párrafo anterior corresponde a un alto grado de adicción a los likes, pero puede que la mayoría de nosotros experimentemos algo similar, al menos en algunos momentos y sobre todo en relación con algunas publicaciones. Por ejemplo, la reacción de los demás frente a nuestra nueva foto de perfil seguramente será más importante para nosotros que aquella que suscite una noticia de algún periódico local que republicamos porque nos pareció importante o curiosa.

En ese caso, Facebook se convierte en el espejo que usaba la malvada bruja en Blancanieves: “Facebook, querido Facebook, por favor confírmame que soy valioso, que le importo al mundo, que soy divertido e inteligente”. Por esto, se está volviendo común hablar de la adicción a los likes, y esta necesidad de confirmar nuestro valor es una de las razones por las que nos podemos hacer adictos a las redes sociales. De hecho, hay estudios que muestran que lo que sucede en el cerebro de los aficionados a las redes sociales es similar a lo que sucede en el cerebro de los drogadictos. Al igual que con las demás adicciones, sabemos que somos adictos porque nuestro bienestar depende de algo. Y a veces sucede que nuestro amor propio y la sensación de que somos valiosos depende de la reacción de quienes nos rodean. Se trata de la necesidad de aprobación, sólo que ahora, para muchos, es magnificada por las redes sociales.

O tal vez a ti no te sucede con Facebook, pero hay otros aspectos de tu vida en los que tu bienestar emocional depende de la forma como los demás reaccionan frente a lo que tú haces. Esto es, la necesidad de sentir que somos valorados y aceptados; de sentir que lo que ofrecemos es valioso para quienes nos rodean. De pronto cuando tu jefe o tus compañeros de trabajo te elogian te vas al Cielo, pero si tus esfuerzos les son indiferentes o, peor aún, si te critican, bajas directo al infierno. Esto puede pasar en todos los aspectos de tu vida. A veces es muy leve, a veces es una dependencia que colinda con la adicción.

En todo caso, se trata de lo que sucede cuando buscamos nuestro valor afuera. En mayor o en menor medida, nos volvemos esclavos de un espejo, como la bruja del cuento. Necesitamos que algo externo determine cuánto valemos. Y ese espejo no se limita a la opinión de los demás. Puede ser una nota en la universidad, el sueldo que recibes por tu trabajo, cuántos amantes has tenido, cuántos premios has ganado. Te vuelves esclavo de esas cosas cuando las conviertes en una medida de tu valor.

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Así que, ¿qué podemos hacer para dejar de ser esclavos del espejo? A continuación un par de sugerencias:

Observa la necesidad: para y siente

Lo primero es reconocer aquellos aspectos de nuestra vida en la que requerimos que el mundo exterior nos confirme que somos valiosos. La invitación es a mirar con lupa el sentimiento que surge cuando llega la aprobación, y también aquel que aparece cuando nos enfrentamos al rechazo. Miremos esto de frente. No embriagarnos por completo con la aprobación, sino mirar con calma qué hay que sea real bajo ella. No huir del fracaso, ni tratar de compensarlo de cualquier manera (por ejemplo, me rechaza un amigo, y entonces me refugio en el hecho de que tengo dinero… o publico algo en Facebook para comprobar que aún soy valioso). Aprender a quedarnos con la incomodidad y explorarla es clave al lidiar con cualquier adicción. Sentir. Ver qué emociones están debajo. Si está en juego nuestro amor propio, es muy posible que haya tristeza en lo profundo, enterrada allí desde nuestra niñez, cuando las reacciones de nuestros padres eran para nosotros la prueba de que merecíamos o no el amor.

Ten la intención de darte lo que pides y ve profundo dentro de ti

Esto puede ser lo más difícil. Darme a mí mismo el amor y la aprobación que les exijo a los demás. Pero es también lo más importante, pues mientras no te lo des, nada afuera va a ser suficiente. No importa el número de likes que obtengas, la inseguridad seguirá en el fondo esperando a despertar a menos que aprendas a amarte incondicionalmente. Y aquí la palabra incondicional es clave. Se trata de ir profundo dentro de ti y encontrar tu verdadero valor, un valor que no depende de lo que pase afuera, que no depende de tus logros o fracasos. Es lo mismo que cuando realmente amas a un hijo. Te puede alegrar si le va bien en matemáticas, pero no lo vas a amar más o menos por eso. Tu amor no depende de nada externo: es puro, incondicional. Entre más te ames, menos vas a necesitar al espejo, pues te estarás dando a ti mismo aquello que le pedirías. Si amas verdaderamente a alguien, lo seguirás amando así su cuerpo cambie, así sus facultades mentales y su capacidad  para crear ciertas cosas cambie, pues sabes que el valor de esa persona no tiene nada que ver con eso, ni con nada que se pueda convertir en polvo. Está más profundo. Así que ve profundo dentro de ti y encuentra ese valor que nada se puede llevar. Aprende a quedarte allí y a conectarte de manera permanente con ese lugar. Desde allí los likes en Facebook y las demás formas de aprobación se verán sólo como cosas agradables que puedes disfrutar, pero de las que también puedes prescindir.

Un consejo que resume los dos anteriores es el siguiente: cada vez que tengas la tentación de mirar qué tan bien le está yendo a una de tus publicaciones, para y mira dentro de ti. Utiliza esa tendencia como un recordatorio para conectarte contigo. Y puedes hacerlo en cualquier área de tu vida, no sólo con las redes sociales. Antes de mirar afuera, mira adentro. Mira la inseguridad que está debajo, la duda, la necesidad de que el mundo te confirme que eres valioso o que vas en la dirección correcta. Luego busca dentro de ti y conéctate con tu verdadero valor. Bucea bajo la ansiedad que aparece al no saber. Siente el dolor de sentir que no eres amado y úsalo como combustible para descubrir el verdadero amor propio.

Por: David González

Consejos para seguir la voz del corazón

Hace unos años tomé una decisión difícil que marcó mi camino. Acababa de graduarme del pregrado en filosofía y había comenzado una maestría en esa misma área de estudio. Mi plan era luego hacer un doctorado en el extranjero. Estaba construyendo una vida académica y creía tener claro que eso era lo que quería. Sin embargo, cuando terminó el primer semestre de la maestría todo cambió.

Mis padres organizaron unas vacaciones familiares en una finca de recreo en tierra caliente. Después de relajarme por un par de días, empecé a notar cierto malestar cada vez que pensaba en la maestría que estaba estudiando. La razón era que nunca antes le había puesto tanto empeño y dedicación al estudio como ese semestre, y, sin embargo, no me había ganado la beca por la que estaba compitiendo.

Pero también sentí un gran bienestar en esa finca. Estaba totalmente relajado. Era una sensación que no había tenido antes. Había un silencio que rodeaba cada cosa que hacía. Organizar la mesa para el almuerzo, caminar a la tienda para comprar pan, bañarme. Y en medio de esa calma tuve claridad. Caí en cuenta de que ya no me gustaba la filosofía. Estaba siguiendo el camino de la academia por inercia. Por eso me molestaba tanto no obtener las mejores notas. Lo importante para mí no era hacer filosofía, sino tener una beca para luego ser aceptado en una gran universidad que me permitiera llegar a ser reconocido. Lo que veía en las clases no me importaba en realidad. Solo quería tener buenas notas. Tenía algunos amigos que realmente amaban estudiar filosofía, y se entregaban a ella con una pasión que no estaba en mí. El contraste entre ellos y yo era otra señal de que ese no era mi camino.

En medio de esa calma me pregunté qué quería y me permití responder de la manera más honesta posible. La verdad es que en ese entonces me apasionaban la literatura y los juegos de azar, por lo que decidí abandonar la maestría para dedicarme a escribir y a jugar póker por internet. Fue algo muy duro para mis padres, especialmente para mi papá, pues él también estudió filosofía y le alegraba que yo estuviera siguiendo sus pasos. No obstante, yo estaba tranquilo y tenía la certeza de que estaba tomando la decisión correcta.

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Me entregué por completo a mi proyecto de ser un escritor que se ganaba la vida jugando póker. Fue una época hermosa. Además, haber seguido mi corazón llevó a que me abriera a nuevas posibilidades y mirara la vida con otros ojos. Fue así como me interesé en la meditación y en encontrar en mi interior la satisfacción que antes buscaba en las ideas y en las teorías filosóficas.

En la medida en que le fui cogiendo gusto al silencio, perdí el interés en el póker y en escribir literatura. Me fui a un retiro de meditación por seis meses y mis prioridades y mi forma de ver la vida se transformaron por completo. Comencé un proceso que continúa todos los días y por el que estoy muy agradecido.  Al verlo en retrospectiva, estoy convencido de que la decisión que tomé en esas vacaciones ha sido una de las más importantes de mi vida. Si no lo hubiera hecho, probablemente ahora sería un académico muy triste.

Hay algunas lecciones que esa experiencia me dejó en cuanto a cómo tomar decisiones difíciles:

1. Dar lo mejor de mí me ayuda a ver mi camino

La razón por la que a pesar de la frustración me sentía tranquilo y satisfecho en esas vacaciones es porque había dado lo mejor de mí el semestre anterior. Por eso estaba tan tranquilo y me sentí tan seguro con respecto a lo que quería y lo que no. Aprendí que cuando hago lo mejor que puedo, es más fácil darme cuenta si realmente me gusta lo que estoy haciendo. Cuando somos mediocres y las cosas no funcionan, queda una sensación de desasosiego e insatisfacción, pero no sabemos si esto se debe a nuestra mediocridad o a que realmente no estamos resonando con lo que hacemos. Si tienes absolutamente claro que no te gusta el trabajo que haces, cámbialo ya. Pero si estás dudando, si no te sientes bien pero tampoco estás seguro de querer otra cosa, el mejor consejo que te puedo dar es que seas excelente, que te entregues por completo a lo que estás haciendo ahora. Puede que después de dar lo mejor de ti te enamores de lo que haces. Conozco estudiantes de matemáticas que las odiaban hasta que comenzaron a estudiar en serio, y ahora les encantan. Y si aun después de dar lo mejor te sigues sintiendo insatisfecho, vas a poder ver con más claridad qué es lo que no funciona y tendrás la calma suficiente para decidir.

En este punto es importante recordar que la excelencia es diferente de la perfección. Como nos lo recuerda Neale Donald Walsh, la primera se puede alcanzar, mientras que la segunda probablemente no. La excelencia es algo interno. Solo nosotros sabemos si realmente hicimos lo mejor que pudimos. Nadie más puede darse cuenta. Tal vez llegues de último en la carrera después de hacer tu mejor esfuerzo. O quizás trates a los demás con evidente torpeza, pero estés dando todo de ti por relacionarte mejor. La excelencia no tiene que ver con el resultado. La alegría viene de saber que estamos siendo lo mejor que podemos. Este es el cuarto acuerdo del que habla Don Miguel Ruiz: Haz siempre lo máximo que puedas. Y como él nos recuerda, esto es algo que cambia todos los días. Algunos días es más fácil ser amable y estar tranquilo que otros. Por tanto, no tiene sentido exigirnos un logro fijo, pues no siempre estará dentro de nuestras posibilidades. En cambio, siempre podemos dar lo mejor de nosotros en cada situación, en cada día, en cada momento. Y esto siempre nos dará calma y claridad, sin importar el resultado externo de nuestro esfuerzo.

2. El silencio y la naturaleza nos permiten ver con mayor claridad

Cuando tomé esa decisión no sabía nada sobre la meditación. Sin embargo, gracias a la tranquilidad que sentía por haber dado lo mejor de mí, a la cual ayudaba mucho la naturaleza que me rodeaba, experimenté lo mismo que se logra mediante la meditación: una profunda conexión silenciosa con el momento presente, en la que saboreamos lo que este tiene para ofrecer sin ninguna expectativa. Nuestro corazón siempre está hablando y siempre nos guía; es nuestra mejor brújula. No obstante, el ruido de la mente, su incesante parloteo, todos los deseos y temores nos impiden conectarnos con esa sabiduría interior. Pero esta está allí en todo momento, esperando a que bajemos a recibirla.

Ahora bien, este proceso no se puede forzar, pues el mismo esfuerzo genera una tensión que nos impide conectarnos realmente con el presente. Parte de lo que me ayudó tanto aquella vez es que no tenía ningún objetivo ni estaba tratando de lograr ni de decidir nada. La claridad simplemente llegó a mí.

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Si estás confundido, para. Sal a caminar. Escucha música. Juega, mira una película de humor, relájate. Pierde completamente de vista las ideas en torno a las que gira la ansiedad. Si te gusta meditar, rezar o hacer algún ejercicio de relajación, por supuesto que te va a servir, pero no te esfuerces por que “funcione”, no le exijas nada. Tal vez la respuesta llegue, tal vez no, pero aun así puedes disfrutar de la tranquilidad y la calma. A veces solo estarás realmente relajado por unos segundos, pero incluso un breve instante de verdadera conexión con tu sabiduría interior puede ser muy poderoso.

La vida es un balance. A veces tenemos que esforzarnos al límite. Dar lo mejor, dejarlo todo en el intento. Y a veces simplemente tenemos que soltarlo todo y dejarnos llevar, aquietarnos y disfrutar de este momento.

3. Escucha a tu corazón con una mente abierta

A veces tenemos la respuesta ante nuestros ojos, pero no la vemos porque no encaja con nuestras ideas preconcebidas sobre lo que queremos. A veces lo que realmente queremos se aleja tanto de nuestras expectativas y de las de quienes nos rodean que no nos permitimos admitirlo. En este punto es muy importante ser valientes y ser honestos con nosotros mismos. Para ver con claridad, ayuda dejar de lado todo lo que creemos saber sobre nosotros y sobre la situación, y confiar lo que nuestra intuición nos dice cuando estamos en silencio. Ganarme la vida jugando póker y escribir por placer me parecía una posibilidad tan absurda que ni siquiera la había considerado, pero era lo que en realidad quería en ese momento. Solo necesitaba de la calma y de la honestidad suficiente para reconocerlo.

Todos nos hemos llenado de ideas sobre lo que debemos y lo que no debemos hacer. Pero es posible que a veces esas ideas vayan por un lado, y la voz de nuestro corazón, por otro. En ese caso, tus ideas no le servirán a tu crecimiento, solo te llevarán a desconectarte de ti mismo, a reprimirte, a negar tu verdad. Pero eso solo lo puedes saber si miras de verdad en tu interior, abierto a todo, dispuesto a que tu verdad consuma tus creencias. Y esa verdad interna, lo que quieres, lo que anhelas en realidad, puede cambiar y probablemente lo hará muchas veces. Tu corazón siempre te llevará hacia aquella experiencia que te ayudará a crecer más, y las condiciones propicias para tu crecimiento pueden cambiar con el tiempo.

No te aferres. Cambia de dirección cuantas veces sea necesario, da lo mejor en cada instante y sé honesto contigo. Ese es el mejor consejo que te puedo dar por ahora. Tal vez mañana sienta que ya no lo es, y trataré entonces de darte mi nueva verdad lo mejor que pueda.

Por: David González