Consejos para atravesar abismos

Se dice que Siddartha abandonó su palacio la noche en que nació su único hijo y pasó seis años buscando la verdad, la iluminación, el nirvana. En ese lapso se entregó por completo a su búsqueda. Ayunó, meditó, forzó su cuerpo al extremo de la resistencia. Llegó un punto en el que estaba exhausto. Lo había dado todo, pero nada pasaba aún, no lograba encontrar aquello que con tan intenso deseo buscaba. Fue entonces cuando se sentó bajo el árbol Bodhi, sin saber ya qué más hacer. Cuenta una hermosa versión de la leyenda que cerca al árbol pasaron un día un músico y un niño. El músico llevaba un instrumento de cuerdas, y mientras caminaban le explicaba al pequeño cómo afinarlo: “Si las cuerdas están muy flojas, no van a sonar cuando las toques, y si están demasiado tensas, se romperán; por eso debes encontrar el punto medio”. Tras oír esto, Siddartha se iluminó, se convirtió en el Buda. Lo único que lo separaba de su objetivo era que se había ido al extremo en el afán de su búsqueda, y cuando tomó conciencia de ello volvió al centro, lo que le permitió despertar.

Esta hermosa historia habla sobre la importancia del equilibrio, de volver constantemente al centro, de no dejarnos llevar por los extremos. A veces pasa que perseguimos la perfección, y es como si cargáramos piedras. Luego se nos caen y ruedan en todas direcciones, destruyendo aquello que tratábamos de construir. Tensamos las cuerdas hasta que se rompen. Entonces mandamos todo al diablo y dejamos de lado la disciplina, decepcionados por nuestro fracaso. Pasamos así a un periodo de relajación que acaba en la modorra, en la pasividad, en el estancamiento. Dejamos las cuerdas tan flojas que ya no es posible hacer música con ellas.

Esto nos puede pasar en cualquier aspecto de la vida. Por ejemplo, con una dieta. Decidimos de repente que queremos comer mejor, de manera más saludable. Dejamos a un lado las grasas, los dulces, el alcohol. No levantamos a trotar todos los días a las cuatro de la mañana. Dejamos de ir a fiestas. Nos volvemos obsesivos. Ni siquiera un pequeño dulce de vez en cuando. Somos rígidos. Entonces se genera la tensión, se hace necesario un esfuerzo constante que poco a poco agota a cualquiera. Nos volvemos víctimas de nuestro invento. Una mañana descubrimos que ya no hay brillo en nuestros ojos y decidimos que ese estricto régimen ya no nos hace felices, por lo que lo abandonamos y nos entregamos por completo a los placeres de la comida y la bebida. Hasta que enfermamos o el doctor nos advierte que corremos grave riesgo, y entonces volvemos a la fase rígida del ciclo.

En ese sentido son esclarecedoras las palabras de Aristóteles, quien en su Ética a Nicómaco argumentó que la virtud es “la medianía de dos extremos malos, el uno por exceso y el otro por defecto”. Así, por ejemplo, el valor sería el punto medio entre la cobardía y la osadía irreflexiva. Ahora bien, si se acepta lo anterior, surge la pregunta: ¿cómo estar en el punto medio? Para responderla vale la pena contar un cuento.

Hace mucho tiempo, dos ladrones fueron condenados a muerte por un rey. Tras escuchar la sentencia, uno de ellos se arrodilló ante el soberano y clamó por su vida. El rey, conmovido, decidió darles una oportunidad: ordenó que se pusiera una cuerda entre los dos bordes de un precipicio y les dijo a los ladrones que les perdonaría la vida si lograban cruzar. Ante esta oferta, y sabiendo que no tenía nada que perder, uno de los ladrones se aventuró sobre el abismo. Para sorpresa de todos los que estaban mirando, el hombre pasó de un lado a otro sin la menor dificultad. Cuando llegó al otro lado, el ladrón que se había quedado le gritó desesperado: “¿Cómo lo conseguiste, cómo pudiste pasar por esa cuerda tan delgada sin caerte?”. Su compañero de condena le respondió alegre, también a gritos: “Fue muy sencillo, cada vez que sentía que me estaba cayendo hacia un lado, suavemente inclinaba mi cuerpo hacia el otro”.

El truco con el que los ladrones salvaron sus vidas ahora puede ayudarnos a mejorar las nuestras. Se trata de aprender a observarnos, y darnos cuenta de cuándo nos estamos yendo a un extremo. Justo en ese momento, cuando tomamos conciencia, con delicadeza elegimos impulsarnos en la dirección contraria. Si tienes ganas de dejarlo todo, espera, guarda un poco, y si tienes ganas de atraparlo todo con tus manos, también detente, deja escapar algunas cosas. Se trata de un arte constante, de un estado que se logra una y otra vez. Y quizás un día, cuando menos lo pienses, estarás al otro lado del abismo.

Por: David González

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Sobre el amor implacable

Uno de los acontecimientos que más me ayudó a superar el miedo a las mujeres ocurrió durante un retiro de meditación. Tenía 25 años y nunca había tenido novia. Es más, no sabía lo que era un beso. Así de grande era mi miedo al rechazo, a lo desconocido, a no ser lo suficientemente bueno, al amor.

Una noche, en una de las reuniones grupales que tenían lugar después de las jornadas de meditación, comenté que me sentía triste. Me gustaba una mujer  con la  que había compartido durante el retiro, pero no era capaz de decirle nada. Al oír mi historia, Isha, la maestra espiritual creadora del centro de meditación, y quien justo esa noche estaba a cargo de la reunión —lo que no era usual—, me pidió que fuera a decirle a la mujer lo que sentía. Una ráfaga de adrenalina cruzó por mi pecho. “Después de que termine la reunión, lo haré”, repliqué. La verdad es que tenía mucho miedo. Ese mismo miedo que me había acompañado desde  niño y a causa del cual había desperdiciado tantas oportunidades de experimentar, de vivir la vida, de conocer gente maravillosa, de conocerme a mí mismo. Tenía que pensarlo un poco más. Examinar la situación con cuidado; ver si ya estaba listo. Para muchos sería algo muy simple, pero para mí era algo gigante, como lanzarme a un abismo. Era mejor tomar las cosas con calma.

Segundos después de mi respuesta, Isha me miró con gran intensidad y me gritó: “¡Ahora!”. Por un breve instante quedé paralizado. No parecía algo real. Yo esperaba unas palmaditas en la espalda, algo de lástima por mi situación. Lo último que esperaba recibir era una patada que me precipitara al abismo. El grito bloqueó mis pensamientos. Simplemente me puse de pie y fui hacia el salón donde se encontraba la mujer que me gustaba —estábamos en reuniones diferentes—. Por supuesto, temblaba, pero de alguna forma sentía que no tenía opción. Como un pájaro que cae y no le queda otra alternativa que abrir las alas.

Cuando regresé con ella al salón donde estaba reunido mi grupo —eran como cincuenta personas—, habían puesto una silla en la mitad para que se sentara mientras yo le decía lo que sentía. De nuevo, puede que todo esto se vea muy simple, pero para mi mente era como caminar sobre fuego: algo que estaba absolutamente convencido que no podía hacer. Le dije lo que sentía y fue una experiencia maravillosa. A las pocas semanas de regresar del retiro, le declaré mi amor a una mujer maravillosa con la que tuve un bello noviazgo. Nada de eso habría sucedido de no ser por el grito de Isha, que, no obstante, fue tan agresivo e incómodo en su momento.

Ese grito fue un pequeño ejemplo de lo que Isha llama “compasión implacable”. En español no tenemos una forma clara para referirnos a esto, pero es semejante a lo que en inglés se conoce como tough love o “amor duro”. Sucede en aquellos casos en los que el amor adquiere una apariencia feroz, pero no por ello deja de ser amor. De lejos, podría verse como agresión, irrespeto o egoísmo. Si mi miedo hubiera sido demasiado grande, puede que hubiera rechazado el grito de Isha, y que ahora mi versión de la historia fuera algo así como “¿Quién era ella para gritarme?, ¿cómo se atrevía a darme órdenes? Yo había ido al centro de meditación para sentirme mejor, no para que me maltrataran”. Afortunadamente, estuve abierto a recibir esa ráfaga de amor, a pesar de su apariencia. Lo mismo sucede con el hijo drogadicto, por quien, a veces, lo mejor que se puede hacer es echarlo de la casa, o no prestarle más dinero, aun si esto le va a causar un gran dolor inmediato.

En mi vida, mis mejores amigos y mis familiares más cercanos han sido quienes más han demostrado por mí eso que Isha llama compasión implacable. Cuando he estado en un gran drama y, en vez de seguirme el juego, me han rechazado para mostrarme el lugar en el que me encuentro. Cuando he pedido ayuda en casos en los que en realidad no la necesitaba —aunque estaba convencido de que la necesitaba—, y me la han negado, a pesar de lo difícil que es negarle ayuda a un amigo cercano. Hoy solo siento gratitud por todos ellos, al igual que por Isha.

Por supuesto, este es un tema delicado, pues en nombre del “amor duro” podemos caer en el abuso o en el egoísmo. Tal vez solo el corazón sepa qué  es lo más adecuado en cada caso. Una de las cosas hermosas que dice Isha es que el amor verdadero no tiene una forma fija. A veces puede ser suave e infinitamente paciente, y a veces puede ser como un volcán que lo consume todo. Es probable que nos equivoquemos, y que en nombre del “amor duro” hagamos actos carentes de amor. Sin embargo, cuando estamos conectados con el corazón y con nuestra sabiduría interna, y a veces simplemente basta sentido común, podemos ayudar verdaderamente a quienes amamos, más allá de las apariencias. Y es un gran acto de amor estar dispuestos a perder a quienes queremos y a que nos juzguen de crueles o de indiferentes, si en el fondo sabemos que lo que estamos haciendo es lo que más le conviene a la persona que amamos. El amor no son solo rosas. Sergi Torres, un maestro a quien admiro mucho, lo pone de una manera gráfica: es cierto que nos gustan las flores, pero si en vez de lava los volcanes solo botaran flores, seguramente no cumplirían la función que desempeñan en la naturaleza.

Por: David González