El arte de ser un imperfeccionista

Me acabo de leer el libro How to be an imperfectionist (Cómo ser un imperfeccionista), de Stephen Guise. Me encantó. Lastimosamente aún no se consigue en español, o al menos yo no lo encontré.

Si sigues mi blog, verás que varias de mis entradas anteriores tuvieron que ver con el tema del perfeccionismo. Por eso, este libro me cayó como anillo al dedo.

Una de las ideas que más me gustó tiene que ver con la relación entre el perfeccionismo y la incapacidad para tomar decisiones. Sentí que esa parte del libro era para mí, pues tomar decisiones es algo que se me dificulta bastante, desde decidir si acepto un trabajo o inicio una relación de pareja hasta decidir si voy a cine o me quedo en casa.

Aprendí que parte de la razón por la que me cuesta tanto tomar decisiones es porque abordo las situaciones con una mentalidad perfeccionista. Quiero asegurarme de que es la mejor decisión posible, y como en la mayoría de los casos no puedo estar seguro, no tomo ninguna decisión.

Al leer este maravilloso libro, vi cómo el perfeccionismo es una herramienta que me protege del dolor y de las experiencias, y, de esa manera, me impide vivir plenamente y me impide crecer. Para evitar el dolor del fracaso, ¿qué mejor que no intentar nada? Y para no intentar nada, ¿qué mejor excusa que decirnos a nosotros mismos que no tomamos acción porque no podemos asegurar que el resultado va a ser perfecto?

Así, la próxima vez que ves que no decides por miedo a tener resultados imperfectos, pregúntate si ese perfeccionismo no es una estrategia para huir de la vida. Tal vez vale la pena aprender a ser imperfeccionistas, lo cual implica tener la valentía de equivocarnos, de fallar, de darnos cuenta de los límites de nuestras capacidades.

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¿Qué nos sirve y qué no?

A veces, al entrar en un camino espiritual, comenzamos a preguntarnos si algunas cosas son “buenas” o “malas”.

¿El dinero es bueno o malo? ¿El sexo es bueno o malo? ¿Mejorar el cuerpo es bueno o malo?

Lo primero que quisiera decir es que no hay nada “bueno” o “malo” por sí mismo. Al menos así interpreto yo la realidad. Sin embargo, en relación con un objetivo específico, hay cosas que nos sirven o no. Si quiero ir hacia el norte y comienzo a caminar hacia el sur, se podría decir que, en relación con ese objetivo, estoy caminando “mal”.

Por tanto, en vez de preguntar qué es bueno y qué es malo, prefiero preguntar qué nos sirve y qué no para alcanzar ciertos resultados específicos. Yo, por ejemplo, tengo como objetivo estar en paz, y en relación con ese objetivo puedo decir que para mí tomar café es “malo”, pues no me deja dormir y hace estragos en mi sistema nervioso, y en esas condiciones me cuesta mucho estar en paz.

Te invito entonces a que nos preguntemos: ¿qué nos sirve y qué no?

Al tratar de responder esta pregunta, veremos que muchas cosas nos sirven o no dependiendo de cómo las usemos. En mi caso, el café definitivamente no me sirve, pero conozco muchas personas que lo pueden disfrutar sanamente y para quienes es fuente de energía. Hay cosas, por otro lado, que me sirven o no dependiendo de como las use. Internet puede ser maravilloso, una forma de acceder a información valiosa, pero puede ser también una adicción y una forma de escapar. El teléfono que tengo en las manos puede ser la herramienta con la que comparto mis ideas e inspiro a otros o puede ser una gran forma de olvidarme de mí mismo. El dinero puede servirnos para ayudarnos en nuestro proceso de crecimiento interior o puede servirnos para alimentar nuestro ego y alejarnos de nosotros mismos. Nuestro propio camino espiritual puede ser usado para crecer o para adornar nuestro ego.

Así pues, sugiero que no preguntes qué es bueno y qué es malo, sino qué te sirve y qué no. Y, al mirar si algo sirve o no, mira cómo lo estás usando y si podrías usarlo de mejor manera.

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La importancia de decir que no

La vida está llena de posiiblidades maravillosas. Hay muchas personas hermosas con las que podríamos compartir y muchas fiestas divertidas a las que podríamos ir. Hay muchos lenguajes que podríamos aprender. Hay muchos problemas que podríamos tratar de solucionar. Hay muchos libros que podríamos leer. Hay muchos talleres de crecimiento personal a los que podríamos asistir. Hay mucha música nueva que podríamos escuchar.

Es obvio, sin embargo, que no podemos hacerlo todo. Le tenemos que decir que no a algunas cosas.

Para el ego decir que no es muy difícil a veces, pues por momentos quiere tenerlo todo. El ego tiene miedo de perderse de algo valioso. “Si digo que no, tal vez me pierda de algo bueno”.

La verdad es que al tratar de tenerlo todo nos quedamos sin nada. Si tratas de tener mil amigos del alma y le dedicas igual cantidad de tiempo a cada uno, terminarás sin ningún amigo. Si tratas de aprender diez idiomas al mismo tiempo, no aprenderás ninguno.

Si tratamos de hacerlo todo, terminaremos no haciendo nada y nos desgastaremos completamente. Por eso es tan importante saber decir que no. Y para poder decir que no debemos aprender a sentirnos cómodos con la posibilidad de perdernos de algo bueno.

Hay muchas cosas bellas y buenas a las que tendremos que decirles que no si queremos serles fieles a nuestras prioridades y que nuestros proyectos florezcan. Hay mucha gente hermosa con la que no compartiremos tiempo. Hay excelentes libros que no leeremos. Hay maestros iluminados cuyas enseñanzas no conoceremos. Hay proyectos beneficos y maravillosos en los que no trabajaremos. Y eso está bien.

Elijamos con el corazón y luego aceptemos plenamente que nuestras elecciones implican que hay una gran cantidad de cosas buenas a las que les diremos que no.

Esto es inevitable. Comenzar a caminar por una senda implica necesariamente que hay otros caminos que no vamos a tomar, así muchos de ellos sean muy bellos.

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