El sentido del viaje

El peregrino es aquel que viaja hacia un lugar sagrado. ¿En dónde reside el significado de su viaje? ¿Cuál es su propósito?

El placer del peregrino, así como su gozo y su realización, no están en el destino del viaje. El lugar de llegada puede ser hermoso, pero es secundario. El valor del viaje reside en el viaje mismo. Y el viaje siempre ocurre en este momento.

A través de cada paso del viaje, el peregrino puede tomar consciencia de sí mismo. Es esto lo que hace que el viaje sea sagrado. Es esto lo que le da significado. Es allí, en cada paso, donde el viajero se conoce a sí mismo, y es allí donde encuentra su verdadero valor.

Nuestro valor no está en el futuro ni en nuestros objetivos. Nada que podamos alcanzar o hacer puede modificar nuestro valor. Nuestro valor es eterno. Está siempre presente ahora. Podemos perder consciencia de él, pero no podemos perderlo en realidad. Este valo es del que Un Curso de Milagros dice que está “más allá de toda posible evaluación”.

En última instancia, los objetivos del mundo son secundarios. Pueden ser placenteros y traer satisfacción pasajera, así como ellos mismos son pasajeros. El logro más valioso que podemos tener está más allá de cualquier objetivo. El logro más valioso que podemos conseguir es tomar consciencia de nosotros en este momento, justo ahora, y reconocer nuestra plenitud que siempre está allí. Ese es el sentido del viaje.

Todos somos peregrinos. Y nuestro propósito más elevado es dar con plena consciencia este paso, justo este que estamos dando ahora.

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Cómo oír al corazón

Hace poco puse en mis redes sociales esta frase:

“Escucha tu propia voz, tu propia alma. Hay demasiadas personas que escuchan el ruido del mundo en lugar de a sí mismas” ~ Leon Brown

Alguien me preguntó cómo hacer para escuchar la voz del alma, y cómo distinguirla de la voz del mundo, del ego.

Lo primero es cultivar el silencio interior. Para oír, debemos estar en silencio. La voz del corazón siempre está hablándonos, pero susurra. Debemos aquietarnos para tomar consciencia de lo que nos está diciendo.

¿Y cómo aquietarnos? ¿Cómo trascender el ruido? Lo primero es enfrentarlo con consciencia. Escuchar ese ruido. Tomar plena consciencia de lo que nos dice el ego y el mundo. Ver las heridas emocionales y los miedos desde los cuales sale esa voz. Y sanar esas heridas.

Oír el ruido con consciencia es muy importante, pues es así que sabemos lo que debemos sanar. Y luego está la valentía de sanar eso.

Al sanar, los obstáculos que nos separan del amor se disuelven.

Para escuchar la voz del corazón, entonces, lo más importante trascender el ruido, y esto implica sanar. Es por esto que Un Curso de Milagros dice al comienzo:

Este curso no pretende enseñar el significado del amor, pues eso está mucho más allá de que se puede enseñar.  Pretende, no obstante, despejar los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor, el cual es tu herencia natural. (Introducción, párr. 1)

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Cómo dejar la culpa

La culpa ha sido uno de los grandes retos en mi camino de crecimiento personal. Me impide disfrutar la vida y no ayuda a cambiar la realidad para bien.

Cuando nos sentimos culpables, en vez de ayudar al mundo, le negamos nuestros regalos, pues estamos en una vibración baja en la que creemos que no somos dignos de recibir amor y que no tenemos nada valioso que dar.

Por eso, para crecer espiritualmente es esencial que dejemos la culpa de lado. Pero ¿cómo? En este video profundizo en el tema de la culpa y doy algunos consejos que han funcionado para mí.

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Ilusiones rotas

Estás enamorado y te rechazan. Deseas que te elijan para ese nuevo trabajo, pero te avisan que han escogido a otra persona. Diseñas y pones en marcha un plan para crear tu empresa, pero, después de dar lo mejor de ti, las cosas no funcionan. Tienes un matrimonio hermoso, un nido que es tu refugio de amor, y de repente, sin previo aviso, las cosas se derrumban y te encuentras solo.

Todos estos ejemplos tienen algo en común: en ellos se ha roto una ilusión.

Las cosas no siempre salen como queremos. Eso es parte de la vida. Por tanto, las ilusiones rotas son parte de la vida. Y está bien que sea así, pues estas circunstancias son oportunidades para crecer y madurar.

Hace poco publiqué una imagen en Instagram con este mensaje:

Cada vez que se nos rompe una ilusión, tenemos la oportunidad de experimentar una verdad.

¿Por qué es esto así? ¿Qué sentido tiene esta frase?

En el fondo, todo lo que puede disolverse es una ilusión. Todo lo que es pasajero es una ilusión. Y todo en este mundo es pasajero: las relaciones, los trabajos, las estructuras físicas. Cuando esas cosas se disuelven, tenemos una oportunidad para buscar lo que no es perecedero. Podemos mirar dentro de nosotros y encontrar allí lo que creemos que hemos perdido afuera.

Gran parte de nuestras vidas vamos en busca de ilusiones, creyendo que ellas nos traerán la plenitud y la paz que buscamos. Tratamos de crear una vida a nuestro alrededor que tenga ciertas características específicas y ciertos estándares, y creemos que, si lo hacemos bien, encontraremos la plenitud.

Es maravilloso construir una vida bella y rodearnos de personas amorosas y de experiencias enriquecedoras, pero debemos saber que la plenitud nunca vendrá de lo externo. A lo sumo, lo externo, lo ilusorio, será un reflejo de nuestro estado interno. Lo externo podrá ser una bella ilusión con la que jugar un rato y disfrutar y crecer. Pero si tratamos de derivar la planitud y el sentido de la vida de lo externo, siempre terminaremos defraudados, pues la naturaleza de las ilusiones es deshacerse. Sería como mirar el cielo y decidir que nuestra felicidad depende de la forma de las nubes, para al poco tiempo estar desconsolados al ver que ya se han transformado en formas nuevas.

Cuando las ilusiones se disuelven, cuando las formas del mundo se deshacen y dan lugar a otras nuevas, tenemos una oportunidad para desapegarnos. Esto implica reconocer que la plenitud no está en lo pasajero y enfocar nuestra atención en la realidad que nunca cambia, en la consciencia profunda que es lo que somos al nivel más profundo. Cuando las nubes se disuelven, tenemos una oportunidad para tomar consciencia del vasto cielo que las alberga. Ese espacio profundo siempre ha estado allí, en el fondo, pero nuestra atención estaba por completo en las formas. Cuando estas se van, tenemos, pues, la oportunidad de tener contacto con lo más profundo.

Lo más natural ante la disolución de una forma que amamos es tratar de repararla, retenerla o arreglarla. Hay casos en los que esto no es posible. Podemos entonces tratar de reemplazar esa forma con otra que nos proporcione la satisfacción que derivábamos de la anterior. Así, muchas personas, ante el fin de una relación, buscan saltar rápidamente a la siguiente, y con esto se pierden la oportunidad de recibir los regalos que hay en el vacío dejado por la relación anterior. O a veces, incluso, huimos en busca de ilusiones aún más efímeras para olvidar el dolor que nos produce la pérdida. Entonces nos refugiamos, por ejemplo, en drogas o en actos de consumo compulsivos, tratando de obtener una satisfacción pasajera que nos haga olvidar de la profunda insatisfacción que sentimos.

Si estás en un periodo de pérdida, si alguna ilusión a tu alrededor se ha disuelto, te invito a que te quedes contigo y mires profundo dentro de ti antes de tratar de reemplazar la vieja ilusión con una nueva. Tal vez, gracias al fin de lo pasajero e ilusorio, tienes ahora la oportunidad de experimentar un atisbo de lo permanente y real que reside en tu interior.

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Elegir entre el Cielo y el infierno

Ante los mismos hechos, dos personas pueden tener experiencias completamente distintas. Esto es así porque las experiencias que tenemos no solo dependen de los hechos, sino también de la forma como los interpretamos.

En consecuencia, aunque dos personas se encuentren aparentemente en la misma situación externa, en el mismo lugar y tiempo, una podría estar rodeada de enmigos mientras que la otra está rodeada por hermanos que no están separados de ella; una podría estar en un mundo de escasez mientras que la otra solo ve signos de abundancia; una podría creer que está constantemente amenazada mientras que la otra sabe que está siempre segura; en pocas palabras, una podría estar en el Cielo mientras que la otra sufre en el infierno.

¿Y de dónde salen estas interpretaciones? Salen de nuestros sistemas de creencias más profundos. Tendemos a interpretar la realidad para que los hechos confirmen lo que creemos en lo más profundo.

Es por esto que Un Curso de Milagros dice: “No trates, por tanto, de cambiar el mundo, sino elige más bien cambiar de parecer acerca de él”. (Cap. 21, Introducción, 1, 7).

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¿Fue real esa ofensa?

Alguien hizo un comentario que te dolió y ahora tienes resentimiento. Ese resentimiento es la señal de que no has perdonado.

“Re-sentir” significa seguir sintiendo el dolor; revivir la ofensa como si estuviera ocurriendo en este momento. Cuando estamos resentidos, seguimos sufriendo, seguimos siendo víctimas de aquello que creemos que nos hicieron.

Mientras estemos resentidos, surgirán en nosotros emociones destructivas hacia aquellos que nos ofendieron. Sentiremos rabia, desconfianza y deseos de venganza. En ese estado, claramente el perdón no está presente.

Perdonar no es decir “te perdono” ni darle al otro un abrazo o un beso. Tampoco es quedarme al lado del otro. Todo eso puede ser parte del perdón en algunos casos, pero es insuficiente y, en algunos casos, es innecesario.

Perdonar es sanar. Es cuando ya no está presente en nosotros la herida y, por tanto, ya no resentimos. En ese estado, nuestro corazón vuelve a abrirse para darle la bienvenida al otro. Y esto no implica que querremos estar con él o ella. Es posible perdonar y querer alejarnos. Pero entonces el alejamiento es externo. Nuestro corazón está abierto y lleno de amor por la persona.

Pero, ¿cómo perdonar? ¿Cómo dejar ir el resentimiento? ¿Cómo dejar de sentir el dolor de la ofensa?

Un Curso de Milagros dice sabiamente que no podemos perdonar aquellas ofensas que percibimos como reales. Por tanto, para perdonar debemos darnos cuenta de que la ofensa no es real.

En este punto, puede que estés diciendo: “Pero entonces no puedo perdonar, pues es obvio que la ofensa fue real. Es obvio que las palabras fueron reales. Es obvio que los golpes fueron reales”.

Aquí es donde se requiere un cambio de percepción radical. Tal vez lo que percibes como real no es real en verdad. Y tal vez lo que sí es real lo ves ahora como si fuera sólo una fantasía.

Al comienzo de Un Curso de Milagros se ofrece un resumen del curso en tres frases que dice así:

Nada real puede ser amenazado.

Nada irreal existe.

En eso radica la paz de Dios.

Ese es el cambio de percepción radical al que nos invita Un Curso de Milagros, y esa es también la clave del perdón. Perdonamos completamente cuando nos damos cuenta de que aquello que es verdad no puede ser amenazado, es decir, cuando nos damos cuenta de que aquello que somos en realidad no puede ser amenazado y, por tanto, no es posible que nadie nos haya atacado ni es posible que nadie nos ataque. Y entonces, en medio del perdón, sobreviene la paz de Dios. Ya no podemos resentir, pues no hay nada que resentir, pues no nos han hecho nada.

En este punto, no obstante, puede que objetes que lo que propone Un Curso de Milagros es obviamente falso, pues tienes pruebas de que en verdad te hicieron daño. Y eso, además, muestra que sí es posible que lo real sea amenazado y que tú seas amenazado, por lo que el resumen de Un Curso de Milagros no tiene sentido.

Esa es una opción. Puede que esa objeción tenga razón y que lo que el curso propone sea un sinsentido. Otra opción, que vale la pena explorar, es que tal vez no sabes lo que es real y tampoco sabes quién eres.

¿Quién puede ser atacado? El ego o el cuerpo. Pero no somos el ego ni el cuerpo. Por tanto, aunque nuestro ego o nuestro cuerpo sean atacados, lo que en verdad somos permanece inalterado, ajeno al ataque.

Cuando te “ofenden”, ¿en realidad eres tú el que es atacado o es tu ego? Si te das cuenta de que el que es atacado es tu ego, y reconoces luego que no eres tu ego, sabrás entonces que no te han hecho nada y que en verdad no hay nada que perdonar. En ese momento los resentimientos se desvanecerán y habrás perdonado por completo. Ya no quedarán trazas de resentimientos.

Pero para esto, por supuesto, es necesario darnos cuenta de que no somos nuestro ego. Y esto sólo lo descubrimos a medida que comenzamos a tener contacto con nuestro verdadero Ser.

En consecuencia, el perdón y el despertar espiritual van de la mano. Solo cuando tomamos consciencia de nuestra verdadera identidad, vemos claramente que nadie puede hacernos daño.

Frente a eso, tal vez pienses que pueden ser ideas bellas, pero que no son aplicables, pues en la vida diaria percibimos nuestro cuerpo y nuestro ego como nuestra realidad, y sería sólo un autoengaño pretender que somos otra cosa y pretender, por tanto, que en realidad no nos hacen daño cuando nos insultan o cuando maltratan nuestro cuerpo.

Y es cierto que el cambio de percepción que propone Un Curso de Milagros es extremo. Es cierto que esa perspectiva no es fácil de adoptar al comienzo. Es una inversión de nuestra forma de pensar que muchas veces sólo se logra mediante la práctica. Y esa es una clave: la práctica.

La invitación de este artículo no es a que, de repente, comiences a pretender que no te han hecho nada cuando en realidad percibes que has sido o estás siendo atacado. La invitación no es a que te fuerces a perdonar lo que por ahora percibes como imperdonable. La invitación es a dos cosas.

Lo primero es invitarte a que cuestiones la realidad de lo que percibes, y sobre todo, a que cuestiones la realidad de lo que crees ser. ¿Crees ser un cuerpo, un ser separado de Dios, que puede sufrir, pequeño e impotente, que vive rodeado de peligros en un mundo amenazante? Vale la pena cuestionar eso. Sólo comenzar a abrirnos a la posibilidad de que tal vez esa perspectiva es una ilusión.

Lo segundo es invitarnos a practicar esta forma de perdón con cosas pequeñas. Si alguien en el tráfico te grita o te mira mal, ¿en verdad estás siendo atacado? ¿En verdad hay algo real en ti que está sufriendo daño? Cuando alguien te mira mal en la calle, ¿en verdad estás sufriendo daños por eso? Son ejemplos muy sencillos. Y al hacer estos simples ejercicios, nos iremos dando cuenta de que en verdad lo que somos no ha sido dañado, no ha sido atacado; lo que ha sido atacado es una imagen irreal que tienes de ti mismo: tu ego.

En el caso de los daños corporales, es mucho más difícil adoptar esta perspectiva, pues la creencia de que somos nuestro cuerpo está muchísimo más arraigada, y todo lo que sentimos y experimentamos parece dar muestras de ello. El dolor parece completamente real. Por eso, la invitación es a comenzar con las cosas más sencillas y simples.

Un Curso de Milagros nos dice que la resurrección de Jesús es sólo un ejemplo de esto: es una muestra de que a lo que es real no se le puede hacer daño, y de que incluso los daños en el cuerpo son ilusorios, pues el cuerpo es una ilusión. Su resurrección es, por tanto, el mayor acto de perdón. A los ojos del mundo, él fue torturado y asesinado. Pero él no lo percibió así. Él sabía que su realidad no podía ser atacada y no estaba siendo atacada, y, en consecuencia, sabía que en realidad no había nada que perdonar.

Cuando perdonamos completamente nos damos cuenta de que en realidad estamos sanos y le permitimos al otro ver que estamos sanos y que en realidad no nos hizo nada y por tanto no tiene nada por lo qué sentirse culpable. Ese es el perdón de Jesús resucitado: “Mírenme, no me han hecho nada. Lo que es real no puede ser atacado. Sólo en ilusiones pueden haberme hecho daño. Por lo tanto, en realidad no hay nada que perdonar. Estoy perfectamente sano y a salvo, como siempre lo he estado y como siempre lo estaré. Y así mismo, ustedes están ahora libres de culpa, tal como siempre lo han estado y como siempre lo estarán”.

Jesús dice en Un Curso de Milagros que ese es el verdadero mensaje de su crucifixión: servir como un ejemplo extremo de perdón, mostrarnos lo que es posible. Pero la invitación no es a que seamos crucificados literalmente nosotros siguiendo su ejemplo, sino simplemente a que adoptemos esa perspectiva en situaciones mucho menos extremas, es decir, la perspectiva de darnos cuenta de que en realidad no nos están haciendo nada.

Esa es la invitación de Un Curso de Milagros. Esa es la invitación que he comenzado a poner en práctica en mi vida y gracias a la cual he comenzado a ver resultados. Entonces no me enfoco en tratarde perdonar. Me enfoco sólo en conectarme con mi ser verdadero y en darme cuenta de que quien cree haber sido ofendido es mi ego. Y entonces la perspectiva cambia y de repente la idea de haber sido ofendido se desvanece.

Encuentra, por tanto, tu ser verdadero. Ánclate allí cada vez con más frecuencia. Habita desde allí. Mira desde allí. Y el perdón y la paz no podrán más que seguirte como si fueran tu sombra sagrada.

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Con gratitud

Hace poco leí un hermoso poema de Helen Schucman, la escriba de Un Curso de Milagros. Esta es mi traducción para ustedes:

Con gratitud

Nadie puede saber lo que su parte significará

Cuando Dios a partir de pequeñas luces complete una estrella

A partir de lo que Le damos. Cada una pasa desapercibida

Hasta que otras partes de lejos y de cerca

Son unidas por Él en una forma que

Puede usar para alumbrar la oscuridad. En su mano

Nacen las estrellas, para brillar sobre el mar

Y encantar todas las cosas sobre la tierra

Y elevarlas hacia los Cielos. Quizás tu regalo

Es colocado en la punta de una estrella, o quizás

Titila en el centro, para levantar

A un corazón de la tristeza. O quizás corona

El borde plateado de una estrella. No olvides pues

Que en aquello que nosotros vemos poco valor Dios podría ver

Una estrella recién nacida, desconocida para nosotros

Que no podemos ver la gloria de lo que será.

El ego siempre busca signos de grandeza. Por eso la belleza de lo simple muchas veces le pasa desapercibida. Y puede que los gestos más pequeños que hacemos sean nuestros más grandes aportes a la humanidad.

A veces creemos que no hemos hecho nada o nos fijamos solo en nuestras medallas o en los logros que el mundo celebra con gran bombo. Pero en realidad no tenemos ni idea de qué significan nuestros actos dentro del tapete cósmico tejido por Dios.

Quizás esos diez segundos de silencio que tomaste esta mañana sean la luz que le dará consuelo a muchas vidas. Quizás esa pequeña ofensa que dejaste pasar en el ascensor sea la semilla del final de una guerra y de una nueva era de paz y armonía en un país lejano de otro tiempo. Quizás esa leve sonrisa que ahora alumbra tu rostro sea el motivo por el que muchos ángeles se están regocijando ahora.

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Shining Star

La mejor forma de ayudar al mundo

Muchas veces buscamos ayudar, buscamos compartir lo que nos ha servido para ayudar al mundo.

En este video sugiero que la mejor forma de ayudar al mundo y compartir lo que nos ha servido a nosotros es a través de nuestra vibración, a través de nuestra experiencia interna, a través de la paz y el amor que irradiamos.

Te invito a ver este video en el que profundizo sobre este tema.

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¿Y yo qué gano con eso?

Dar de manera incondicional significa que damos sin esperar nada a cambio. Si esperamos algo, entonces hay condiciones. Entonces decimos: “Te doy esto, pero si no actúas como yo espero, me resentiré o buscaré la manera de cobrarte”.

Dar de manera incondicional es una de las experiencias más hermosas que hay. Entonces damos por el puro gozo de dar. Damos porque sabemos que todo lo que damos es a nosotros mismos a quienes nos lo damosl como dice Un Curso de Milagros. Entonces dar es igual que recibir. por lo tanto, no hay necesidad de esperar algo a cambio. Nuestro propio acto de dar es en sí el regalo que recibimos.

Para el ego no es posible dar de manera incondicional, pues no haya placer en dar de manera pura. El ego siempre pregunta “¿y yo qué gano con eso?”.

A veces creemos que damos incondicionalmente, pero en secreto estamos esperando una recompensa. Ayudamos un amigo, pero en realidad queremos obtener algo de él. En otra palabras, estamos enfocados en qué podemos ganar, no en qué podemos dar.

El dar puro es muy poderoso. Cuando conocemos la belleza de dar de manera pura, nuestras relaciones se vuelven fuente de una grandísima dicha.

¿Y cómo dar de manera incondicional?

Lo primero es se honestos y reconocer aquellas interacciones en las que estamos esperando algo a cambio. Si creemos que en realidad es justo recibir algo a cambio, entonces es bueno decírselo a la otra persona de manera explícita. “Te ayudaré a hacer la tarea, pero mañana me invitas a almorzar”. En ese caso, la interacción se convierte en una venta, en un contrato. Y no hay nada malo con las ventas o los contratos, pero hay que ser claros desde el comienzo en que estamos vendiendo y esperamos algo a cambio. Si creemos que merecemos algo a cambio pero no lo decimos, luego nos resentiremos o nos sentiremos estafados si la otra persona no cumple nuestras expectativas.

Ahora, hay momentos en los que tal vez no quieras hacer una venta o un contrato. Hay momentos en los que tal vez quieras aprender a dar de manera incondicional. Tal vez no quieras venderle un beso a tu pareja a cambio de que haga algo. Tal vez no quieras venderle un “regalo” a tus hijos a cambio de que modifiquen su comportamiento. Tal vez esas cosas quieras darlas de forma incondicional.

Si es así y quieres conocer el gozo del dar incondicional, comienza por identificar aquellas interacciones en las que esperas algo aunque no te atreves a enunciarlo de manera explícita, pues en realidad quisieras (o crees que deberías) dar de manera incondicional. Mira qué es lo que esperas recibir. Piensa en cómo te sentirías si no recibes lo que quieres.

Decídete luego por una de estas tres opciones:

  1. Suelta la expectativa. Decide que no vas a exigir algo a cambio. Luego, sé coherente con eso. Si no recibe nada a cambio, asume tu decisión previa. Si te resientes luego, asúmelo como tu resposabilidad y reconoce que en realidad no pudiste soltar las expectativas, pero no pongas la carga sobre la otra persona. Ella no tenía por qué saber que tenías expectativas ocultas. El sólo hecho de tomar la decisión inicial es muy poderoso. Verás que comienzas a soltar y a sentir un gran gozo.
  2. No des si realmente no quieres. Si ves que en realidad solo estás dando para recibir, pero en realidad no tienes ganas de dar, no lo hagas.
  3. Di de manera explícita lo que quieres a cambio. Si definitivamente deseas eso que buscas obtener a cambio, dilo. Haz un trato. La otra persona podrá entonces aceptar tu propuesta o no. Sea cual sea el resultado, la interacción será clara.

La próxima vez que des un regalo, piensa antes, “¿cómo me sentiría sino me agradece?”, ¿cómo me sentiría si lo rechaza?”, “¿cómo me sentiría si no lo usa?”. Reconoce entonces si estás dando de manera incondicional o no. Si sí, disfruta. Si no, te invito a hacer el ejercicio anterior.

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Consejos para aprender de todo el mundo

“Cuando eres buen observador, todo el mundo es tu maestro”.

Hace poco puse en mis redes esa frase. Alguien me preguntó entonces: ¿y cómo ser un buen observador? Aquí mi respuesta.

A veces creemos que solo podemos aprender de ciertas personas, de los que tienen títulos, de los que han logrado cosas valiosas a los ojos de la sociedad, de gente de cierta edad o incluso de cierta raza. Entonces, por esas ideas preconcebidas, no vemos a quien está adelante de nosotros con ojos frescos. Y esa frescura es la que nos puede permitir aprender. Pues la verdad es que la persona más humilde o aparentemente más ignorante desde el punto de vista de la sociedad puede decirnos justo lo que necesitamos en ese momento.

Así pues, para mí la clave para ser un buen observador es la inocencia.

La inocencia implica relacionarnos con los demás con ojos de niños. Y para ver con ojos de niños debemos dejar ir el pasado. Pues lo que nos impide aprender de alguien son las ideas preconcebidas que tenemos de esa persona. Son esas ideas las que nos hacen considerar que no tiene algo para ofrecernos. Y esas ideas vienen del pasado.

De pronto alguien de cierto país o de cierta raza nos estafó o estafó a nuestros padres en el pasado. Por tanto, cuando ahora vemos a una persona de ese país o esa raza, desconfiamos. Así, el pasado se interpone entre nosotros y esa persona como un velo denso que nos impide verla como realmente es ahora.

O fue quizás en el colegio o en la universidad donde aprendimos que ciertas personas son más valiosas y sabias que otras. Y esas ideas nos llevan a filtrar las palabras de los demás antes de recibirlas. Y, debido a ese filtro, les impedimos llegar directamente a nuestro corazón.

Si quieres aprender de todos, deja, pues, el pasado, y permítete ver a todo el mundo exactamente como es ahora. Deja que sea la inocencia del niño que hay en ti la que mire y reciba lo que los demás te dicen. Deja que sea tu corazón el que reciba las palabras.

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