Espero que dejes de leer este blog

Un Curso de Milagros tiene una frase que me fascina:

El propósito de un buen maestro es hacerse innecesario.

No soy un maestro espiritual en el sentido de que no he alcanzado un estado interno de maestría, de iluminación. Pero soy maestro en el sentido en el que todos somos maestros. Tengo cosas para compartir y, si deseas, puedes aprender de mí si lo necesitas. Ojalá pronto ya no lo necesites.

He dado clases de españos en varias universidades, y, cuando lo hago bien, mis alumnos dejan de necesitarme. Un buen maestro no busca seguidores. Busca compartir todo lo que tiene. De manera que sus alumnos lleguen a un punto en el que ya no tengan nada que aprender de él y puedan prescindir de sus servicios. En otra palabras, un buen maestro no busca crear seguidores, sino crear maestros.

No te voy a mentir. Deseo que este blog crezca y que cada vez lo lean más personas. Y deseo esto porque creo que hay mucha gente a la que le podría ayudar en su camino. Sin embargo, sueño con un mundo iluminado, en el que nadie tenga ya necesidad de enseñanzas espirituales.

Ojalá pronto yo no tenga nada para decir de lo que no seas consciente ya. Ojalá que encuentres en ti verdades más elevadas, y leas esto sólo como escucharías el balbuceo de un niño. Ojalá llegue el punto en el que no te interese leer mensajes como este.

Bendiciones en tu camino.

Sitka Spruce & Devil’s Club above shore of Beaver Lake, Sitka July 2009

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La clave del perdón verdadero

Una de las ideas que más me sorprendió de Un Curso de Milagros es la forma como entiende el perdón. El siguiente pasaje me parece maravilloso:

[…] el perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: “Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado”. Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposible, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa. (Capítulo 27, II, 2, 7-10)

¡Qué forma tan maravillosa de ver el perdón! Según lo que propone el texto, perdonar es igual a sanar. Perdonar no es creer que te han herido, sentir que te han herido, y pasar por alto la ofensa. Pues eso establece que la ofensa es real. Y si la ofensa es real, quien te hirió es culpable. El perdón verdadero quita toda culpa de los hombros de tu hermano. Le dice: “En realidad no eres culpable, pues no me has hecho nada. Y la prueba de que no me has hecho nada es que estoy sano”.

De esta manera, en realidad, perdonar es reconocer que no hay nada qué perdonar. Es este el perdón de Jesús cuando resuscita y dice: “Mírenme, estoy sano. No me hicieron nada, en realidad. Lo que creyeron que me hicieron, es sólo una ilusión. No hay nada qué perdonar”.

De alguna forma, este perdón máximo, el perdón más elevado, no es en realidad un perdón. Es simplemente ayudarle al otro a ver que es y siempre ha sido inocente. Es por esto que también Jesús nos dice en Un Curso de Milagros: “Dios no perdona porque nunca ha condenado. Y primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario” (Libro de ejercicios, Lección 46, 1, 1-2).

Pero, me dirás: ¿Qué hacer cuando sé que la ofensa es real, cuando tengo la evidencia de que en realidad me hirieron? Mi respuesta es: ten la intención de sanar. Y comienza por cosas pequeñas. Sanar algo extremo requiere de un grado de maestría (por ejemplo, sanar el haber sido crucificado, que es el ejemplo máximo de perdón que Jesús nos ofreció).

Sanar es darte cuenta de que en realidad no te han hecho nada. Y una forma de empezar a tomar consciencia de esto es darnos cuenta de que aquello que es atacado u ofendido no es real. Lo que puede ser atacado es el ego o el cuerpo. Y ninguno de los dos es real en última instancia. Son solo ilusiones. Lo que eres en realidad, tu escencia verdadera, no puede ser atacada.

La idea de que el cuerpo no es real puede ser muy difícil de aceptar al comienzo. Por tanto, es mejor empezar la práctica del perdón con aquellos casos en los que es evidente que lo único que es atacado es nuestro ego: la idea que tenemos de nosotros mismos. Pasa alguien por la calle y te mira mal. ¿Te hizo algo? No, en realidad es sólo tu ego el que se siente ofendido. Pero en verdad a ti no te hizo nada. Por tanto, no hay nada qué perdonar.

Así, perdonar es sanar; sanar es reconocer que no te han hecho nada; y reconocer que no han te han hecho nada es identificarte con tu verdadera escencia, que no es el ego ni el cuerpo. Perdonar es reconocer que, a aquello que es verdad en ti, no le han hecho nada, y nunca jamás podrían hacerle nada.

Por momentos parece imposible asumir este punto de vista. Pues parecen muy reales el daño y el sufrimiento. Pero, de nuevo, la invitación es a empezar con cosas pequeñas.

Para Un Curso de Milagros, aprender a perdonar es igual a sanar y es igual a alcanzar el mayor grado de consciencia espiritual, pues implica reconocer tu verdadera identidad, que no puede ser atacada. Y llegar a ese nivel máximo de perdón puede ser el trabajo de toda una vida (o de muchas vidas, si crees en la reencarnación).

Te aseguro, sin embargo, que hoy tendrás la oportunidad para practicar este maravilloso punto de vista con algo sencillo y pequeño. Seguro. Algún comentario de tu pareja o tus hijos. Alguien que te desaprueba y te sientes atacada. No sé. Alguien que te ignora. Alguien que se te atraviesa en el tráfico mientras manejas. Ya lo sabrás cuando suceda.

Algo sí te puedo asegurar. Una de las experiencias más maravillosas que hay es poder decirle a un amigo, a un hermano que creyó que te hizo daño: “Mírame. Estoy sano. No me hiciste nada. Mi amor por ti está intacto. Eres completamente inocente”. Poder decir eso sintiéndolo de corazón, poder mostrarlo de forma evidente, créeme, es de las cosas más lindas que hay.

Por último, pero no menos importante: para empezar, lo primero es perdonarnos por no ser capaces de perdonar. Usar cualquiera de estas ideas para juzgarnos, castigarnos y condenarnos sería algo completamente absurdo y ridículo (pero es lo que el ego primero intentará, así que ríete cuando caigas en cuenta de su locura). Toma estas palabras como una invitación amorosa. Camina hasta donde puedas, pero no te juzgues jamás por la dificultad que pueda aparecer al tratar de ponerlas en práctica.

Azucenas, símbolo de perdón en Un Curso de Milagros.

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Regálate unos segundos de descanso profundo

Acabo de tener una semana de vacaciones, y me siento renovado, pues descansé profundamente. Y te quiero invitar a que descanses tú también ahora.

¿Qué significa descansar? Cuando se trata del cuerpo, todos lo entendemos, pero cuando se trata de la mente, no es tan fácil saber a qué nos referimos.

Para mí, el descanso más profundo se da cuando dejamos al lado el ego por un momento. Cuando nos relajamos con respecto a las ideas que tenemos sobre nosotros mismos y sobre nuestra vida. Es un descanso de los debería y no debería. De los que tal si y qué pasaría si. Es un descanso de juzgarnos y juzgar a los demás. Es un descanso de etiquetar todo el tiempo todas las experiencias y todas las cosas.

Pero ¿qué queda cuando descansamos de todas esas cosas? Quedamos solo nosotros, desnudos. Queda solo nuestro ser. Ese es el descanso más profundo: solo ser. Y es un descanso vibrante, consciente, no se trata de entrar en la inconsciencia (aunque ese tipo de descanso también es necesario: lo hacemos todas las noches al dormir).

Y lo mejor es que ese descanso consciente se puede lograr en medio de cualquier actividad. Al comienzo, es más fácil en una finca en medio del silencio, es verdad. Pero en realidad podemos descansar del ego en cada momento, sin importar lo que estemos haciendo, incluso en medio del ruido y el trajín de nuestra vida diaria (así como también podemos estar en una batalla interna contra nosotros mismos en medio de una isla paradisiaca sentados en flor de loto y con los ojos cerrados).

Te invito a que ahora y hoy elijas regalarte un descanso profundo. No tienes por qué tratar de dejar tu ego de lado. Solo permítele descansar. Lleva mucho tiempo luchando contra todo, contra la vida y contra sí mismo. Lleva mucho tiempo tratando de lograr algo, tratando de ser algo.

Puedes empezar por relajar la tensión constante de ciertos pensamientos, ciertas expectativas, ciertos juicios. Solo un poco. Solo por un minuto. Solo por hoy. No se trata del futuro. Se trata de regalarte unos segundos de descanso justo ahora.

Lo más normal, es que en medio del descanso surja de nuevo la voz del ego, pues teme que, si no está en control, las cosas pueden descarrilarse: ¿pero y qué tal si esto o lo otro, pero qué va a pasar si…? Cuando esto pase, simplemente bendícelo, dale las gracias por su preocupación y permítele descansar otra vez. Solo por unos segundos. Solo por este momento. Eso es todo. Esa es la invitación.

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¿Qué significa esto que me está pasando?

Cuando sentimos una emoción fuerte, tenemos un pensamiento inesperado o reaccionamos de una forma que nos asusta, es normal preguntar: ¿por qué estoy sintiendo esto?, ¿qué me pasa?, ¿cuál es el significado de esto?

En un esfuerzo inconsciente por responder esas preguntas, constantemente le atribuimos significado a lo que sentimos y a lo que pensamos, y muchas veces asignamos un significado que nos hace sufrir. Por ejemplo: sentí esto al verlo a él, eso significa que algo anda mal en nuestra amistad; he tenido tales y tales pensamientos, eso significa que mi camino espiritual va mal, o que estoy deprimido, o que no soy una buena persona; siento esto y pienso esto otro, eso significa que mi vida está mal y va hacia el abismo.

¿Por qué tenemos la necesidad de interpretarlo todo? Porque creemos que si lo entendemos podremos predecir lo que pasará, y que si lo predecimos podremos controlarlo. Y creemos que controlar es la forma de escapar del sufrimiento y asegurar un futuro feliz. Pero la verdad es que controlar nos hace infelices. Al controlar estamos constantemente tensos, estamos cerrados a lo que la vida nos quiere traer, solo nos abrimos a recibir lo que encaja en los planes que hemos elaborado para escaparnos del sufrimiento.

¿Y con base en qué interpretamos? Con base en el pasado, por supuesto. Siempre asignamos significado a este momento con base en nuestras experiencias pasadas. Dicho de otra forma: proyectamos el pasado en el presente. Si un perro nos mordió de niños, ahora siempre que vemos un perro vemos un enemigo. No vemos al perro como es ahora. Y tampoco nos vemos a nosotros mismos y a nuestros pensamientos y emociones como son ahora. Les atribuimos el significado que nos dicta el pasado. En consecuencia, estamos ciegos al presente. No vemos en realidad.

¿La alternativa? Resistir la tentación de atribuir significado a todo lo que sucede. Esta es una de las prácticas espirituales más elevadas.

En la primera lección de Un Curso de Milagros se nos pide que miremos al rededor nuestro y digamos: “esto que veo no significa nada”, “esa mesa no significa nada”, “ese cuerpo no significa nada”, “nada de lo que veo significa nada”. Y en la segunda lección se nos pide que hagamos lo mismo con nuestros pensamientos: “este pensamiento acerca de ___ no significa nada”, “nada de lo que pienso significa nada”.

Es normal sentir gran resistencia a hacer estos ejercicios. Esto es así porque creemos que la realidad de nuestra vida depende del significado que le otorgamos, y que, si se lo quitamos, nos quedamos con el vacío, y nuestro ego no puede tolerar el vacío. Creemos que sin las interpretaciones y el control del ego, terminaremos en parajes oscuros de sufrimiento. Pero esto es una ilusión. En Un Curso de Milagros dice: “Crees que sin el ego todo sería un caos, pero yo te aseguro que sin el ego todo sería amor”.

Así es, creemos que si no interpretamos, predecimos y controlamos, nuestra vida terminará mal. Pero lo cierto es que si soltamos el control y dejamos de interpretar y predecir, nos quedaremos con la verdad del momento presente, sin el velo del pasado que nos impida ver este instante como realmente es. Y en ese estado, nuestra sabiduría interior, la divinidad que habita en nosotros, reponderá a este momento de una manera mucho más sabia de lo que nuestro ego y nuestro intelecto jamás serían capaces.

Así pues, la invitación es a que te des un respiro. No tienes por qué entender lo que te pasa. No tienes por qué controlar tu destino. Y si interpretas de forma automática, como lo hacemos todos, no tienes por qué creer en esa historia que construye tu mente a partir de todo lo que pasa. Es una historia construida con base en el pasado, que ya no existe. No refleja la verdad de este momento. Solo observa. Solo siente. No tienes por qué decifrarlo. Las cosas no se volverán caóticas porque no las entiendas. Cuando sueltes, verás que todo es amor.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Yan Hidayat.

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Consejos para relajarnos en medio de nuestra imperfección

Cuando se emprende un camino espiritual, es común encontrar consejos como “perdona”, “no tengas pensamientos negativos”, “libérate de las emociones tóxicas”.

En cierto nivel, creo que son buenos consejos. Yo mismo pongo a veces memes con reflexiones afines a esta forma de pensar. Sin embargo, estos consejos pueden ser contraproducentes, dependiendo de la manera como se apliquen.

El problema es que a veces tenemos pensamientos “negativos” (esto es, pensamientos que nos hacen sufrir) y no es fácil dejarlos ir. No es fácil evitarlos. Y entonces, por tratar de seguir el consejo de no tener pensamientos negativos, nos peleamos con nuestros pensamientos, entramos en conflicto con nosotros mismos. Tratamos de suprimir una parte nuestra. Pero, sobre todo, sufrimos el doble. Pues, de por sí, un pensamiento negativo ya nos hace sufrir, pero ahora, como tenemos la idea de que ese pensamiento no debería estar en nuestra conciencia, nos preocupamos además por que esté allí. Decimos: “no debería tener este pensamiento”, “si quiero sanar y ser espiritual, debería alejarlo”. Y este último pensamiento es, de hecho, un pensamiento negativo, pues nos hace sufrir, ya que estamos preocupados e inconformes con nuestros pensamientos.

En otras palabras, nuestra evolución espiritual se nos convierte en un problema más, en una tarea que no estamos haciendo bien. En vez de traernos paz, nuestro camino espiritual asumido así nos trae ansiedad, culpa y preocupación.

Pero entonces, ¿qué hacer?

El truco, en mi opinión, es observa sin juzgar. Observar y aceptar lo que surge en este momento. O, al menos, no luchar con ello. Dejarlo estar. Sin juzgarlo. Es perfecto que surja. Es solo una experiencia más. No tenemos que resolverlo. La sola consciencia sobre lo que emerje tiene un gran poder sanador. Pero no tenemos que hacer algo para sanarlo.

Esto es difícil de poner en palabras. Parece una contradicción. Porque entonces podemos comenzar a esforzarnos por no juzgar, y comenzamos a juzgar nuestros juicios, y el sufrimiento vuelve a entrar por la puerta de atrás sin que nos demos cuenta.

La invitación es a relajarnos en medio de la imperfección. Se trata de un soltar sin esfuerzo. De un soltar que no podemos forzar. Solo podemos estar en disposición para que surja por sí solo. Se trata de que dejemos de tratar de hacer, pues ese hacedor es la fuente del sufrimiento. Pero tampoco podemos forzarlo a que deje de hacer. Él simplemente se detiene en presencia de la consciencia.

En el lenguaje de Un Curso de Milagros, el truco está en entregarle el problema al Espíritu Santo (la mente de Dios que reside en nosotros), y en no tratar de resolverlo por nuestra cuenta.

En pocas palabras, mi consejo sería este:

  1. Observa. Recononoce que no te gusta lo que vez.
  2. Ten la intención de sanar. Pide ayuda.
  3. Reconoce que no te corresponde a ti sanar. Reconoce que no hay nada que tengas que hacer.
  4. Entréga lo que no te gusta y confía.
  5. Repite el paso 1.

Nota: Si este procedimiento te trae sufrimiento, suspéndelo y consulta con tu médico (tu guía interior).

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Thomas Mangelsen.

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Dar es lo mismo que recibir

Normalmente pensamos en que es bueno dar para luego recibir. Y esta es una buena idea. De hecho, creo que la mejor forma de obtener algo es dándolo. Sin embargo, es una idea limitada.

Más poderosa aún me parece la idea de que dar es lo mismo que recibir. Es decir, la idea de que en el preciso instante en que doy ya estoy recibiendo, y recibo exactamente aquello que doy, pero multiplicado.

Esta es una de las ideas más poderosas y hermosas de Un Curso de Milagros (UCDM).

¿Por qué es lo mismo dar que recibir? Porque somos uno y, en consecuencia, siempre que doy es a mí mismo a quien me lo doy (otra de las lecciones de UCDM).

Cuando le doy a alguien un pan, ¿estoy recibiendo algo? Sí, estoy recibiendo un pan, pues yo soy esa persona que lo recibió. Yo y ella somos Uno. Todos somos Uno. No hay más.

Sé que no es así como la mayoría percibimos las cosas actualmente. Nos percibimos separados. Esto nos lleva a creer que dar algo implica perderlo, al menos momentáneamente. Pero la idea de que estamos separados es una ilusión. Es la gran ilusión que estamos sanando, es el sueño del cual estamos despertando. Y despertaremos a la verdad de que somos Uno.

Sé que, al comienzo, esta idea puede sonar un poco abstracta. Pero te invito a que la dejes entrar en tu corazón. Y te invito que le des al mundo (y, por tanto, a ti mismo) aquello que más anhelas.

Te invito a que nos demos amor, perdón, paz, abundancia.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Tanto Yensen.

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Nuestro verdadero valor

Un Curso de Milagros dice que nuestro valor está más allá de cualquier posible evaluación. Nuestro valor no está en duda, pues lo estableció Dios. No podemos perder ese valor, por más dementes que sean nuestras fantasías.

Parte del sueño arrogante del ego reside en creer que puede afectar la realidad. Cree que puede mancillar al Hijo de Dios y hacer que éste pierda su valor ante los ojos de su Padre. Podemos soñar que no somos merecedores del amor de Dios. Podemos creer que valemos poco o nada, según los requisitos que el ego nos impone para atribuirnos valor. Pero todo esto no tiene ningún sentido en la realidad. Nada que jamás hagamos podrá aumentar en un ápice nuestro valor, y nada que jamás hagamos puede hacer que nuestro valor disminuya en lo más mínimo. Pues nuestro valor está establecido desde siempre en el Reino de lo Eterno.

Esto es así porque Dios crea expandiéndose. No crea algo diferente a Él mismo. En consecuencia, somos tan inmutables y eternos como Él, pues somos una parte suya. En el sueño del ego, no tenemos nada que ver con Dios. Y no valemos nada. Esta es una idea muy angustiante, y por eso, para contrarrestarla, el ego se esfuerza continuamente por probar que vale algo, y para esto le atribuye valor a cualquier cosa: nuestras relaciones, nuestros logros en el mundo, incluso nuestras prácticas y avances espirituales.

Podemos despertar del sueño de que no valemos nada. Y de eso se trata la jornada espiritual. Se trata de despertar de la ilusión de que somos pequeños seres separados que sólo valen por lo que hacen, tienen, dicen, poseen o piensan. Se trata de darnos cuenta de que nunca hemos dejado de estar en el regazo de Dios, y de que nuestro valor sigue siendo siempre el que Él nos atribuyó al crearnos. El valor que “está más allá de cualquier posible evaluación”.

Para darnos cuenta de ese valor, debemos ir dentro de nosotros, donde estará siempre disponible. Tomar cuenta de ese valor equivale a darnos cuenta del valor que tenemos en cuanto que somos uno con Dios. Así que, si quieres saber lo que vales, deja de mirar con ansiedad al mundo para ver qué puedes hacer para volverte valioso. Simplemente ve dentro tuyo y date cuenta de que no debes hacer nada, de que ya eres valioso y siempre lo serás, por el simple hecho de ser lo que eres.


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Tu paz es la paz del mundo

Cuando sanas, nunca sanas solo. Cuando creces y te elevas por encima de tus miedos y limitaciones, el mundo crece y se eleva contigo. Porque no estás separado del todo. Y cuando uno sana, todos sanamos. Por eso es que eres tan poderoso. Porque eres el todo.

Cada pensamiento de paz que albergas es un bálsamo para todos los seres del Universo. Cada resentimiento que dejas ir es una herida que sana en el corazón de todos tus hermanos. Cada acto de compasión que emprendes enciende el fuego de la dicha hasta los rincones más recónditos de la creación.
No hay regalo más grande que puedas hacerme que tu paz y tu luz. Gracias por eso, hermano.


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Podemos asumir responsabilidad por el poder de nuestra mente

Reconocer el poder de nuestra mente implica reconocer nuestro poder como creadores.

Esto implica el riesgo de sentirnos atemorizados por nuestra mente o culpables por sus creaciones. Pero eso no tiene por qué ser así: podemos asumir responsabilidad sin miedo ni culpa.

Podemos elegir observar nuestros pensamientos y entrenarnos para alimentar aquellos amorosos, que son los únicos reales, pues son los que pensamos con Dios. Y podemos dejar desvanecer aquellos pensamientos basados en el miedo, que en realidad no existen, pues los pensamos con el ego, y el ego es una ilusión.

Te invito a que tomes la decisión de asumir responsabilidad por el poder de tu mente y a usarlo para construir el mundo amoroso que deseas. Y te invito a que lo hagas sin juzgar ni temer aquellos pensamientos basados en el miedo. Simplemente reconoce su irrealidad y enfócate en tus pensamientos amorosos.

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Sobre el perdón, el amor y el castigo

La idea del castigo aún está profundamente arraigada en muchos de nuestros sistemas de creencias. Si alguien hace algo que llamamos “malo”, creemos que debe pagar por ello; en otras palabras: creemos que la venganza es necesaria. ¿Por qué? Por una parte, porque pensamos que el temor al castigo es una buena forma de garantizar que no haremos —y que los demás no harán— aquello que tememos; y por otra, porque creemos que causarle dolor a quien nos ha herido hará que nuestro propio dolor disminuya. Pero ¿es esto cierto? ¿La mejor forma para empezar a comportarnos de forma amorosa es llenarnos de miedo? ¿El dolor de otros en realidad nos llevará a ser felices y a sanar nuestras heridas?

Como es natural, estas ideas se ven reflejadas en nuestras creencias religiosas. Creemos entonces en un Dios implacable que juzga nuestras acciones y de acuerdo con eso decide si merecemos ser premiados o castigados. O a veces esas mismas ideas adoptan la forma de la creencia en el karma: en este caso, es el universo mismo el encargado de pasar la cuenta de cobro, y se asegurará de que nuestras acciones nos persigan vida tras vida hasta que paguemos por ellas. Sea como sea, nuestra visión de la vida es una en la que el castigo es necesario; quien ha hecho sufrir a otros o ha causado males de cualquier clase debe sufrir antes de poder ser redimido.

Una consecuencia de esta forma de pensar es que nos castigamos a nosotros mismos para poder sentirnos bien. A veces lo hacemos de forma consciente. Así, en la Edad Media eran comunes los flagelantes, quienes creían que las heridas que ellos mismos se infligían con sus látigos y otros instrumentos de tortura eran un pago justo y necesario por el perdón y la paz que anhelaban. Otras veces, no obstante, nos castigamos de forma inconsciente. En esos casos adoptamos comportamientos que nos llevan a sufrir de forma recurrente, pues solo después del sufrimiento somos capaces de sentirnos nuevamente merecedores de nuestro propio amor. O nos autosaboteamos: hacemos cosas que nos llevan a privarnos de aquello que amamos y queremos, o de alguna forma destruimos nuestro propio bienestar, todo porque en el fondo creemos que no merecemos ser felices hasta que no paguemos por nuestro pasado.

Ahora bien, a medida que evolucionamos, este panorama lúgubre comienza a cambiar y empiezan a surgir formas más amorosas de dirigir nuestras acciones, nuestras vidas y nuestras sociedades. Empezamos a tomar consciencia de que cada acto “perverso”de los demás y de nosotros mismos es, muy en el fondo, solo una súplica de amor. Por tanto, comenzamos a ver que el amor es la respuesta más apropiada ante cualquier demostración de ignorancia o inconsciencia.

Sin embargo, esto no quiere decir que lo que hacemos no tenga consecuencias. Todo lo que hacemos tiene consecuencias, y eso es maravilloso, pues nos permite aprender. Las consecuencias nos permiten ver cuáles de nuestros comportamientos nos ayudan a experimentar lo que deseamos y cuáles no nos sirven. Sin embargo, esto es muy diferente de la idea del castigo. El propósito de las consecuencias no es premiarnos ni castigarnos. Y lo más importante: no necesitamos sufrir para ser merecedores del amor. Siempre somos merecedores del amor, del nuestro y del amor del universo, y nada que hagamos podrá jamás cambiar eso.

El dolor que experimentamos al quemarnos con una llama nos sirve para aprender a usar el fuego de forma apropiada, pero no es un castigo por nuestra ignorancia inicial sobre este. El universo no nos está castigando por ignorar lo que es el fuego. Simplemente nos permite experimentar lo que necesitamos para aprender y madurar. Cuando comenzamos a ver las cosas de esa manera, nos volvemos más amorosos con nosotros mismos. Nos permitimos aprender y actuamos motivados por lo que queremos experimentar, y dejamos de actuar por miedo a ser castigados.

Una de las parábolas más hermosas de Jesús es la del hijo pródigo. En esta historia hay un padre adinerado que tiene dos hijos. Uno de ellos es trabajador y siempre ayuda en las labores de su casa. El otro, en cambio, abandona su hogar y se va por el mundo derrochando sus riquezas; luego, cuando se le acaban los recursos y comienza a sufrir por haberlos malgastado, regresa arrepentido a la casa de su padre. Para sorpresa del hijo que se había quedado trabajando, el padre recibe al hijo pródigo con una fiesta y lo colma de regalos. Desde el punto de vista de los premios y los castigos, esta historia parece un poco injusta, ¿no? Sin embargo, esta es la respuesta del Amor: siempre le da la bienvenida a quien desea regresar a Él. No es necesario que antes haya un castigo.

El Amor se entrega por igual a todos los que abren los brazos para recibirlo. Espera en lo profundo de cada persona, con infinita paciencia. Y colmará de regalos y bendiciones a todo aquel que desee regresar la profundidad en la que Él mora. El único propósito del sufrimiento fue permitirle al hijo pródigo reconocer que deseaba volver a la casa de su padre. En ningún momento ese sufrimiento fue un pago que el hijo tuviera que hacer para volverse merecedor del amor de su padre de nuevo. Y si decide volver a irse y regresa de otra vez, es seguro que el padre nuevamente lo recibirá con un agasajo. Esa el la justicia del Amor: se da por igual a todos aquellos que estén dispuestos a recibirlo. No importa nunca lo que haya pasado antes. Si en este momento alguien ha decidido regresar a la casa del padre amoroso, descubrirá que las puertas nunca han estado cerradas.

Una de las ideas más revolucionarias de Un Curso de Milagros es que Dios no perdona. Jamás podría hacerlo, pues para perdonar es necesario haber condenado primero, y Dios nunca condena porque no juzga. Somos solo nosotros los que debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos, pues nos hemos juzgado y nos hemos condenado. Y nos perdonaremos cuando aprendamos a vernos con los ojos del Amor. Cuando esto suceda, perdonaremos también a los demás automáticamente, pues nuestra relación con ellos es solo un reflejo de nuestra relación con nosotros mismos. Al verlos con los ojos del Amor, no podremos más que reconocer que son merecedores de nuestro amor, y que nada que hagan podrá jamás alterar eso. Llegará así el perdón verdadero, que no es más que el reconocimiento de que el perdón es por completo innecesario, pues no hay nada que perdonar.

Por: David González