CONSEJOS PARA DOMAR DRAGONES

En el último año disminuí notablemente mi actividad en redes sociales. Una parte de esto se debió a que sentí la necesidad de enfocarme en mi proceso interno. He estado en sesiones de terapia e hice un curso online intenso y profundo con uno de mis maestros favoritos: Eckhart Tolle.

Sin embargo, recientemente caí en cuenta de que esas no fueron las únicas razones por las que no he vuelto a hacer tantas publicaciones como antes. De unos meses para acá volví a sentir ganas de publicar, pero al mismo tiempo noté en mí una gran resistencia a hacerlo. Entonces, en una de las sesiones de terapia, pude ver como detrás de esa resistencia hay miedos que vienen de mucho atrás.

Recordé como cuando niño sentía gran ansiedad en situaciones en las que tenía que exponerme frente a un gran grupo de personas y, por alguna razón, sentía que ellas tenían alguna expectativa sobre mí. En particular, recordé una fiesta a la que me invitaron cuando tenía cerca de 10 años. Mis padres me ayudaron a comprar un regalo para llevarle a mi amigo, pero el día de la fiesta no fui capaz de ir a entregárselo. Me llené de pensamientos de que el regalo no era lo suficientemente bueno y el miedo me llevó a querer esconderme y no enfrentar el posible rechazo de mi amigo y de los demás niños que estarían en la fiesta.

Y, al observar mis emociones en relación con mis redes, pude reconocer esas mismas sensaciones que experimentaba de niño. Es el mismo miedo social a que los demás rechacen aquello que tengo para entregar. Muchas veces he observado ese miedo y lo he atravesado, pero esta vez surgió con una claridad especial y de forma inesperada, pues en mi mente tenía una lista de razones diferentes mediante las cuales explicaba y justificaba mi alejamiento de las redes.

Ahora, mientras escribo estas palabras y pienso en publicarlas, vuelvo a experimentar esa sensación de ansiedad social y vienen a mi mente imágenes de personas que conozco reaccionando de diferentes maneras frente a lo voy a compartir.

Esta claridad sobre el miedo que experimento me motivó a hacer un live en Instagram después de mucho tiempo en el que hablé justamente sobre este tema. Además, me motivó a escribir esta entrada y a comenzar a publicar reflexiones más seguido. Y la razón de esto es, en parte, que una de las maneras de sanar el miedo, al menos en mi experiencia, es mediante la acción.

El miedo al rechazo social se fundamenta en la ilusión de que ser rechazados implica un riesgo para nuestra supervivencia. Esto era verdad hace cientos de miles de años, cuando vivíamos en pequeños grupos para protegernos de los demás animales y de los elementos, y ser aislados podía significar la muerte. Ahora, aunque nuestra realidad es diferente, estas memorias ancestrales continúan dirigiendo nuestras vidas. Es como si un programa viejo y obsoleto se hubiera quedado a cargo de nuestro computador a pesar de que hay ahora programas mucho más adecuados para nuestras necesidades actuales.

En ese sentido, deshacer los miedos es una forma de reprogramarnos. Y una de las formas más eficaces de reprogramarnos es mediante la exposición a aquello que tememos. Al permitirnos experimentar aquello que tememos, si lo hacemos con consciencia, podremos observar nuestras emociones y nuestros patrones de pensamiento y separarlos de lo que en realidad está ocurriendo. Al hacer esto, veremos que estamos a salvo (al menos cuando se trata de miedos como estos que cuento en este escrito) y que en realidad no hay nada que temer.

Me recuerda esto a un hermoso pasaje del libro La armadura oxidada, de Rober Fisher. Este libro es una metáfora sobre el deshacimiento del ego, representado por la armadura del caballero, que se ha quedado atascada en su cuerpo y lo lleva a sufrir. Como parte de su aventura de autodescubrimiento, el caballero debe entrar a diferentes castillos, cada uno de los cuales representa algo que él debe aprender o superar para poder dejar ir su armadura. Uno de estos es el Castillo de la Voluntad y la Osadía, el cual se encuentra custodiado por un temible dragón. A diferencia de otros castillos a los que ha debido entrar, este le presenta un reto que requiere una acción externa precisa: debe cruzar un puente para ingresar al castillo, pero al otro lado se encuentra un gigantesco dragón que escupe fuego. En los primeros intentos, el caballero huye ante las llamas, pues siente el calor y le parece obvio que el peligro es real. No obstante, a medida que sigue insistiendo, comienza a darse cuenta de que el dragón es una ilusión. Y entre mayor es su determinación de cruzar y su tranquilidad interna, más evidente es que el dragón es irreal. Cuando se acerca por completo al monstruo, este desaparece.

Luego de atravesar los diferentes castillos, el caballero aprende que deberá volver a estos una y otra vez, para llegar a nuevos niveles de aprendizaje. Y así es como siento un poco este volver a caminar por miedos antiguos. Hay ahora más consciencia que antes y es más fácil atravesarlos, pero también es claro que los miedos siguen instalados en mi interior y me invitan a sanarlos.

Ahora bien, esta invitación a atravesar los miedos debe ir acompañada por una invitación a amarlos y a amarnos cuando los sentimos. La metáfora del dragón es hermosa, pero presenta al miedo como un enemigo al que debemos derrotar. En realidad, el dragón se disuelve cuando nos acercamos a él con amor. Si peleamos, es porque creemos que es real, pues, ¿quién gastaría energía peleando cuando sabe que está frente a un espejismo? Es como en los sueños: cuando uno no sabe que está soñando, cree que lo que experimenta es real y, por tanto, si ve un monstruo, tratará de huir o de pelear con él. En cambio, cuando uno toma consciencia de que está soñando, puede jugar con el monstruo, pues sabe que en realidad está a salvo, y al hacerlo lo más normal es que el sueño se transforme o se acabe por completo.

Entonces, otra recomendación es no tomarnos muy en serio este camino de deshacer los miedos. Es un juego. Y las claves son la compasión y el amor.

En alguna época de mi vida, cuando reconocía que tenía miedos, me obsesionaba por atravesarlos y me castigaba cuando no era capaz. Esta actitud rígida y dura hacía que los miedos se vieran incluso más grandes que antes. Ahora reconozco que lo primero es permitirme sentir y estar conmigo incondicionalmente antes de atravesarlos. Es como si un niño pequeño se levantara gritando en la noche a causa de una pesadilla. ¿Lo reprenderíamos acaso y le gritaríamos que se vuelva a dormir tranquilo porque no tiene nada que temer, o más bien lo acompañaríamos en su miedo con amor, tranquilizándolo con dulzura y recordándole suavemente que es solo un sueño?

No se trata entonces de matar al dragón ni de atravesarlo en realidad, sino de amarlo y transformar la forma en que lo percibimos, hasta que vemos ya no un enemigo sino una parte nuestra que merece tanto nuestro amor como cualquier otra. Así pues, la invitación es a hacernos amigos del dragón. Es como dice Un Curso de Milagros: antes de despertar, el paso previo natural es pasar de las pesadillas a los sueños felices. Y este es un cambio de percepción. La idea es que ya estamos a salvo y rodeados y protegidos por el amor. Siempre lo hemos estado. Es solo nuestra percepción la que necesita sanar.

Unos meses después de la fiesta a la que me invitaron y a la que no fui, le conté a mi amigo que le había comprado un regalo que nunca le entregué por miedo a que no le gustara. Al saber cuál era el regalo, él se alegró mucho y me expresó que no entendía por qué yo no había ido. Era uno de los mejores regalos que le habían hecho. Esto me lleva a reconocer ahora que estos miedos que estoy transformando con amor me llevan a dejar de brillar y a dejar de compartir mis regalos con el mundo. Al ver esto, me siento aún más motivados para seguir caminando sobre el puente y acercándome con tranquilidad a mi amigo el dragón.

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Padre nuestro, que estás en los Cielos

Quiero en esta entrada compartir algunas de mis creencias más íntimas y profundas, y quiero contarles cómo es mi relación con la religión cristiana y con el catolicismo.

Voy a explicar por qué me gusta tanto la oración del padrenuestro y a dar mi interpretación de cada una de sus partes. Pero, para esto, primero quiero contarles un poco sobre mi crianza. Dicha oración es mi preferida. Creo que eso se debe a que de pequeño disfrutaba ir a misa, pues mi abuela materna, a quien amé profundamente, era muy católica, y fue ella quien me crio. Y aun hoy en día, a pesar de que mis creencias han cambiado mucho, disfruto cuando por alguna razón acompaño a alguien a una misa y llega el momento de rezar el padrenuestro. Disfruto de abrir los brazos, cerrar los ojos y pronunciar:

Padre nuestro, que estás en los Cielos; Santificado sea tu Nombre; Venga a nosotros tu Reino; Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo; Danos hoy nuestro pan de cada día; Perdona nuestras ofensas, así como nosotros también perdonamos a quienes nos ofenden; No nos dejes caer en tentación; líbranos del mal. Amén.

Antes de hablar sobre el significado profundo que tiene para mí cada una de estas frases, me gustaría hablar un poco más de cómo mis creencias y mi forma de ver la religión han ido cambiando a través de mi camino.

Aunque mi madre y mi padre son muy religiosos, quisieron que yo tuviera la posibilidad de decidir sobre mis propias creencias. Por eso, no me bautizaron cuando estaba recién nacido, como es usual en las familias católicas. Me bauticé a los 8 años de edad, por decisión propia. Recuerdo el día, como estaba vestido y lo que sentí cuando el padre que oficiaba la ceremonia derramó el agua sobre mi cabeza. Y recuerdo también lo que sentí en los días siguientes: una mezcla entre santidad y miedo a perderla. Recuerdo la sensación de ser puro y el miedo a que haya en mí una maldad que puede surgir en cualquier momento si no tengo cuidado. Y es que ya, a esa temprana edad, podía ver que en la religión católica había elementos de miedo que me llevaban a sufrir.

Al bautizarme, el padre me dijo que en ese momento yo quedaba libre de todo pecado. Era como un “borrón y cuenta nueva”, como decimos aquí en Colombia. No importaba lo que hubiera hecho o pensado antes de ese momento, todo quedaba en el olvido gracias a la ceremonia del bautizo. Sin embargo, de ahí en adelante, tenía que esforzarme por mantener esa santidad. Lo que había hecho en el pasado estaba perdonado, pero no así lo que haría en el futuro. Entonces sentía gran tensión y surgió la nececidad de controlar mis acciones y pensamientos. Pero era inútil. Sin importar qué tanto me esforzara, los pensamientos que consideraba impuros se infiltraban en mi mente y me atormentaba la idea de haber perdido el perdón y la pureza que me habían sido concedidos con mi bautizo.

Esta relación ambivalente con la religión continuó durante mi adolescencia, con sensaciones de gozo y tormento amplificadas por la madurez de mi mente y el despertar de los deseos sexuales. Después de hacer la Primera Comunión, se estableció una dinámica insana en la que constantemente buscaba la experiencia de santidad a través de la confesión, pero sólo para volver a sentirme manchado a los pocos momentos de haber salido de la iglesia. Esto, por supuesto, me llevaba a cansarme y a alejarme de la religión. No obstante, esa lejanía acentuaba la culpa, y cuando ésta se hacía insoportable, volvía a confesarme y me refrescaba brevemente en la sensación pasajera de pureza y santidad.

A los 16 años, esta dinámica de extremos se agudizó. Tras varios meses de haber abandonado por completo las prácticas religiosas y de haberme permitido experimentar a gusto los placeres que el mundo tenía para ofrecerme, la sensación de culpa alcanzó uno de sus picos más altos. Entonces ingresé a una iglesia cristiana muy exigente. Era exactamente lo que deseaba: la oportunidad de ser perfecto. Y durante 6 meses traté de serlo. Realmente me esforcé. Di lo mejor de mí, de eso no me queda ninguna duda. Pero, al igual que antes, tampoco fue suficiente. Entre más trataba de alejarme de los pensamientos y las acciones “impuras”, con más intensidad y ahínco me acediaban. Así, más temprano que tarde, mis deseos, fortalecidos por la represión, erosionaron y echaron abajo la ilusoria fortaleza de santidad que con tanto esfuerzo había erigido.

Entré entonces en un periodo de profunda depresión y me alejé de la religión por varios años. Me sentía constantemente atormentado. Y, de todas las ideas temibles, la más intensa era la creencia en el infierno, que, según mi punto de vista, era mi destino inevitable ahora que me había “caído de la fe”, que era como se referían en aquella iglesia a la que había pertenecido al acto de abandonarla. Recuerdo caminar por la calle en medio de un desasosiego constante, mirando de vez en cuando al cielo, con la sensación de que en cualquier momento podía caerme un rayo como castigo por lo que había hecho.

Poco a poco, el miedo y la ansiedad fueron disminuyendo, si bien siempre estuvieron presentes en el fondo de mi mente. En este proceso ayudó mucho la vida académica. Cuando entré a estudiar filosofía, me permití cuestionar todas las creencias que había albergado hasta el momento, y, motivado por el escepticismo de mis compañeros de clase, así como de los profesores y los autores a quienes admiraba, llegué a la conclusión de que nada en la vida tenía sentido y de que, por tanto, no había razón para sentirme culpable. A esto, además, se sumó el reconocimiento de que mis ideas religiosas y mi fe se fundamentaban en el miedo al castigo, lo que me llevó a abandonarlas por completo, pues de alguna forma podía sentir que lo que yo estaba buscando en realidad era el amor, y éste es incompatible con el miedo.

De esta manera, por varios años la mente y las ideas fueron mi refugio, si bien el deseo de entrar en comunión con lo divino y la necesidad de deshacerme de la culpa nunca desaparecieron por completo. Había dejado atrás las creencias religiosas, pero en un nivel más profundo mi sed por la espiritualidad permanecía.

Tras acabar mi pregrado, comencé una maestría en filosofía, pero pronto me di cuenta de que ese camino no me satisfacía y decidí abandonarlo (en este video narro con detalle cómo fue esa experiencia). Ya no me sentía tan culpable como antes, pero mi mente se había convertido en una prisión y los pensamientos obsesivos acerca de todo me impedían disfrutar la vida. Fue entonces cuando descubrí la meditación y empecé a leer libros sobre cómo estar en silencio y encontrar paz interior. Finalmente, eso me llevó a descubrir el camino por el que he transitado desde entonces, en el cual las enseñanzas de Un Curso de Milagros ocupan un lugar preponderante.

De este modo se cerró el ciclo que había comenzado con mi bautizo y mi formación católica, ya que Un Curso de Milagros es un libro canalizado del alma de Jesús y hace referencia constante a las enseñanzas que aparecen en La Biblia (incluidas las palabras que se le atribuyen a él), pero las reinterpreta de forma tal que quedan desprovistas de miedo. Aún habla del infierno, por ejemplo, pero aclara que es una idea ilusoria que nosotros mismos creamos y que, por tanto, tenemos el poder de abandonar. Y dice además que ese despertar no sólo es posible, sino necesario: es nuestro destino en razón de quienes somos. Son éstas las nuevas ideas que veo cuando pronuncio ahora la oración del padrenuestro y que comparto a continuación.

Padre nuestro que estás en los Cielos Esta parte dice que Dios está “en los Cielos”, pero ¿en dónde se encuentran los cielos? De pequeño, creía que el Reino de los Cielos se encuentra lejos, en otra vida, en un lugar al que no tengo acceso en este momento y al cual se me puede negar la entrada si no me porto bien. Ahora entiendo que el Reino de los Cielos está en nuestro interior… aunque en realidad, esto es aún una imprecisión, una metáfora. El siguiente pasaje de Un Curso de Milagros es esclarecedor:

Es difícil entender lo que realmente quiere decir “El Reino de los Cielos está dentro de ti”. Esto se debe a que no es comprensible para el ego, que lo interpreta como si algo que está fuera estuviese dentro, lo cual no tiene sentido. La palabra “dentro” es innecesaria. Tú eres el Reino de los Cielos. ¿Qué otra cosa sino a ti creó el Creador y qué otra cosa sino tú es Su Reino? T-4.III.1:1-5.

Así pues, la frase “Padre nuestro que estás en los Cielos” hace referencia, en realidad, a nuestra unidad con Dios, pues Él mora en su Reino, pero nosotros somos su Reino. Él mora en nosotros, Él es nosotros. Y es que, desde Un Curso de Milagros, Dios no crea algo separado de Él. Todo lo que Él crea es parte de Sí mismo. En otras palabras, Dios crea extendiéndose a Sí mismo y compartiendo su Ser con su creación.

Santificado sea tu NombreEsta parte, según mi interpretación, se refiere a los símbolos. Dios es eterno, y por siempre santo e inmutable. Es el Ser mismo, lo que es, la realidad, y no puede dejar de ser. Por tanto, lo que se santifica con esta oración no es a Dios, ya que Él no tiene necesidad de ser santificado, pues ya es santo. Lo que se pide que se santifique es su nombre. Y el nombre es un símbolo, una representación de algo. Es la manera como a través de nuestra mente podemos hacer referencia a una realidad. Lo que se pide, entonces, es que reconozcamos la santidad de Dios a través de los símbolos que hemos construido para representarlo. Es otra forma de decir: toma consciencia de la santidad de Dios que mora ya en tu mente, reconócela a través de los símbolos que has creado, usa el poder creativo de tu mente para representar la realidad de Dios, que es tu esencia más profunda, tu propio Ser, como ya se dijo en el párrafo anterior.

Venga a nosotros tu Reinoa la luz de la interpretación de la primera frase, esta tercera simplemente quiere decir: “permítenos tomar consciencia de nuestra unidad Contigo”.

Hágase tu volutad tanto en la tierra como en el Cielo… aquí declaramos que estamos dispuestos a salir de nuestro estado de aparente separación, en el que creemos tener una voluntad separada de la de nuestro creador, y reconocemos que en realidad nuestra voluntad es la suya. En el plano práctico, estamos declarando que nos vamos a dejar guiar por nuestro corazón, por nuestro guía interior; que estamos receptivos, dispuestos a oír y a dejarnos llevar por nuestro Ser superior por donde Éste nos indique. De esto se da un bello recordatorio en el libro de ejercicios de Un Curso de Milagros:

La Voluntad de Dios es la única Voluntad. Cuando hayas reconocido esto, habrás reconocido que tu voluntad es la Suya. La creencia de que el conflicto es posible habrá desaparecido. L-pI.74.1:3-5.

Danos hoy nuestro pan de cada día… Esta es, sin duda, una invitación a reconocer nuestra abundancia y a relajarnos, sabiendo que en cada momento tenemos exactamente lo que necesitamos y que, en consecuencia, no tiene sentido preocuparnos por el futuro. Esto es así por razón de quienes somos, pues si en realidad no estamos separados de nuestro Padre nunca, ¿qué podría faltarnos jamás?

Perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden… En Un Curso de Milagros, el perdón es en realidad innecesario, pues nunca hemos hecho nada malo. Todo lo impuro que creemos haber hecho ha sido en ilusiones, y lo que caracteriza a las ilusiones es que no son reales. Sin embargo, mientras mantengamos las ilusiones, necesitamos del perdón, pero no del perdón de Dios, quien nunca nos juzga, sino de nuestro propio perdón. En otras palabras, tenemos que reconocer que los juicios que albergamos contra nosotros y contra los demás son ilusorios y que, por tanto, podemos soltarlos y percibirnos a nosotros y a los demás como en realidad somos y como nunca hemos dejado de ser: puros y santos.

Sobre esto, hay tres pasajes de Un Curso de Milagros que quiero citar. Los dos primeros tienen que ver con el perdón:

El Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. En sus sueños se ha traicionado a sí mismo, a sus hermanos y a su Dios. Mas lo que ocurre en sueños no ocurre realmente. T-17.I.1:4-6.

Dios no perdona porque nunca ha condenado. Y primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario. El perdón es la mayor necesidad de este mundo, y esto se debe a que es un mundo de ilusiones. Aquellos que perdonan se liberan a sí mismos de las ilusiones, mientras que los que se niegan a hacerlo se atan a ellas. De la misma manera en que sólo te condenas a ti mismo, de igual modo, sólo te perdonas a ti mismo. L-pI.46.1.

El tercer pasaje tiene que ver con dejar de juzgar a los demás como una forma de dejar de juzgarnos a nosotros. La Biblia dice: “así como juzgues serás juzgado”. Usualmente esto se interpreta como que si juzgamos a los demás, Dios nos juzgará a nosotros como castigo. Pero esto no puede ser verdad, pues Dios nunca condena. Para mí, lo que esto significa es que tal como percibimos a los demás nos percibimos a nosotros mismos, ya que en realidad no estamos separados. Somos un solo ser. Esto implica que cuando juzgamos a alguien más en realidad nos estamos juzgando a nosotros mismos. Así pues, si queremos encontrar el perdón adentro, debemos aprender a percibir correctamente a los demás, lo que implica ver siempre su divinidad y su impecabilidad, que permanecen inmutables a pesar de las aparentes locuras que parezcan haber hecho en el mundo.

Cuando te encuentras con alguien, recuerda que se trata de un encuentro santo. Tal como lo consideres a él, así te considerarás a ti mismo. Tal como lo trates, así te tratarás a ti mismo. Tal como pienses de él, así pensarás de ti mismo. Nunca te olvides de esto, pues en tus semejantes o bien te encuentras a ti mismo o bien te pierdes a ti mismo. T-8.III.4:1-4.

No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal… La tentación no es la tentación de hacer cosas malas, pues en realidad no es posible hacer algo malo o pecar. No es posible ofender a Dios. Es por esto que Él nunca condena. La tentación es la tentación de percibir incorrectamente y vivir en un mundo de ilusiones. Es decir, es la tentación de creer que podemos pecar y sufrir. La tentación es la tentación de creer que estamos separados de Dios y separados los unos de los otros. La tentación es la tentación de creer que vivimos en el infierno, que no es otra cosa que el estado de aparente separación de Dios, de nuestra fuente, que es el Amor mismo. En otras palabras, esta frase podría leerse como “danos la fuerza para abandonar nuestras ilusiones y despertar a nuestra realidad, en la que somos Uno contigo”.

Para terminar, quisiera citar un pasaje muy significativo de Un Curso de Milagros que es considerado por algunos como la nueva versión del padrenuestro y que resume de bella manera las ideas que he expuesto aquí:

Perdónanos nuestras ilusiones, Padre, y ayúdanos a aceptar la verdadera relación que tenemos Contigo, en la que no hay ilusiones y en la que jamás puede infiltrarse ninguna. Nuestra santidad es la Tuya. ¿Qué puede haber en nosotros que necesite perdón si Tu Perdón es perfecto?  El sueño del olvido no es más que nuestra renuencia a recordar Tu Perdón y Tu Amor.  No nos dejes caer en la tentación, pues la tentación del Hijo de Dios no es Tu Voluntad.  Y que recibamos únicamente lo que Tú has dado, y que aceptemos sólo eso en las mentes que Tú creaste y que amas. Amén. T-16.VII.12.

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Encuentros sagrados

Estoy tomando ahora un curso online con Eckhart Tolle que me tiene muy contento. Se llama School of Awakening. Una de las actividades que más disfruté consistió en pequeñas reuniones en las que compartíamos nuestras experiencias con otros participantes por pocos minutos. Sentí en esos espacios una conexión sagrada.

En muchas de las interacciones que tenemos a diario con otras personas estamos buscando obtener algo: reconocimiento, seguridad, una servicio o ayuda, placer, engrandecer o afianzar la imagen que tenemos de nosotros mismos, etcétera. En estos encuentros, en cambio, no había nada de eso, y la razón es muy simple: en esas breves interacciones no había pasado ni futuro. Se trataba de personas con las que nunca antes me había visto y con las que probablemente no me voy a volver a ver. No había nada que mi ego pudiera obtener de ellas en ese breve intercambio. Simplemente estaba el gozo de conectar y compartir, de sentir la presencia del otro.

Recordé entonces una de las recomendaciones que Eckhart Tolle hace para tener relaciones iluminadas. El objetivo es estar con la otra persona plenamente en el momento, sin pasado ni futuro, y regalar nuestra presencia total en cada interacción. Pero este maestro recomienda empezar a practicar con relaciones efímeras, en las que no hay pasado o hay muy poco. Por ejemplo, con el cajero del supermercado, con la persona con la que nos topamos en el ascensor, o alguien con quien debemos esperar juntos a que pase un autobus. En estos casos, al no tener un pasado común, es más fácil percibir a la otra persona desde el momento presente.

Normalmente, descartamos esas interacciones precisamente porque para nuestro ego no son relevantes. Por tanto, no les damos importancia y actuamos en piloto automático durante ellas. Pero en realidad son oportunidades sagradas para practicar el arte de compartir nuestra presencia y apreciar la luz presente en todos los seres.

Luego, cuando nos hemos habituado a llevar nuestra presencia a esas interacciones efímeras, podemos empezar a extender esta actitud también en las interacciones más cercanas: nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos. Y así, nos vamos acercando a nuestros amigos íntimos y a nuestra familia. Y qué bello cuando podemos estar con esas personas sin pasado, percibiéndolos como son ahora, y no ideas viejas que cargamos en nuestras mentes y proyectamos sobre ellas.

Hay entonces una gran libertad, pues podemos dejar al otro simplemente ser. No estamos exigiendo algo de él o ella. Si algo surge para compartir, surge desde la inocencia, y no desde un instinto de negociación que busca obtener algo a cambio. No se acumulan resentimientos.

Es esta, entonces, una invitación a cultivar encuentros sagrados con las personas a tu alrededor, tanto aquellas que ves todos los días como aquellas que solo ves por unos segundos y que nunca más vas a volver a ver.

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Los ojos del perdón

La belleza brotará para bendecir todo cuanto veas,
conforme contemples al mundo con los ojos del perdón.

Un Curso de Milagros

El perdón transforma la manera como percibimos la realidad.

Los juicios nos separan. Al juzgar, creemos que somos distintos de aquello que percibimos. Y, en medio de esa separación, el mundo se vuelve hostil. De repente nos vemos solos, lejos de casa, rodeados de enemigos.

Cuando perdonamos, los juicios se desvanecen y dejan abierta la puerta para que reconozcamos nuestra unidad de nuevo.

Entonces nos damos cuenta de que nunca nos fuimos de casa y de que es imposible tener enemigos. Y todo lo que vemos es alumbrado por una paz profunda y constante.

Así es la realidad cuando la percibimos desde los ojos del perdón.

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Cómo tener sueños felices

Últimamente he estado muy interesado en los sueños lúcidos. Es decir, aquellos sueños en los que nos damos cuenta de que estamos soñando.

Cuando caemos en cuenta de que estamos en un sueño, reconocemos nuestro poder, pues tomamos consciencia de que somos sus creadores. Entonces las cosas dejan de sucedernos y podemos empezar a elegir lo que queremos experimentar. Y entre mayor sea la consciencia de que es un sueño, mayor nuestro poder.

Algo similar sucede en la vida “normal”, durante la vigilia. Constantemente estamos rodeados por ilusiones, fantasmas y proyecciones mentales. Nuestra mente crea una historia a nuestro alrededor y por momentos creemos que es real. Pero cuando nos damos cuenta de que es una fabricación de nuestra mente, podemos empezar a elegir la historia que nos queremos contar, o podemos incluso elegir experimentar la realidad sin una historia que la explique y que nos diga dónde estamos y qué papel desempeñamos.

Al igual que en los sueños, el paso crucial en este despertar es darnos cuenta de que eso experimentamos es creado por nosotros y no la realidad última. Una vez damos ese paso, podemos elegir dejar de creer ciegamente todo lo que nuestra mente nos dice.

La próxima veas enemigos a tu alrededor, pregúntate si no son solo espejismos proyectados por tu mente.

Tal vez tu mente diga: “Pero es evidente que son enemigos, tengo pruebas”. Y es cierto que para ella es evidente que son enemigos y es cierto que tiene pruebas. Mas, ¿no sucede lo mismo en los sueños, antes de darnos cuenta de que estamos soñando? ¿No parece entonces evidente que lo que soñamos es real y no parece haber pruebas de esa realidad?

Tal vez la solidez aparente del ataque que percibes no es prueba de su realidad. Al fin y al cabo, en estado de sueño profundo, hasta las más disparatadas fantasías parecen sólidas y reales.

Tal vez esto sea también un sueño. Y cuando reconozcas que lo es, tal vez eso te permita empezar a tener sueños felices, al reconocer que eres tú quien los está creando.

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El sentido del viaje

El peregrino es aquel que viaja hacia un lugar sagrado. ¿En dónde reside el significado de su viaje? ¿Cuál es su propósito?

El placer del peregrino, así como su gozo y su realización, no están en el destino del viaje. El lugar de llegada puede ser hermoso, pero es secundario. El valor del viaje reside en el viaje mismo. Y el viaje siempre ocurre en este momento.

A través de cada paso del viaje, el peregrino puede tomar consciencia de sí mismo. Es esto lo que hace que el viaje sea sagrado. Es esto lo que le da significado. Es allí, en cada paso, donde el viajero se conoce a sí mismo, y es allí donde encuentra su verdadero valor.

Nuestro valor no está en el futuro ni en nuestros objetivos. Nada que podamos alcanzar o hacer puede modificar nuestro valor. Nuestro valor es eterno. Está siempre presente ahora. Podemos perder consciencia de él, pero no podemos perderlo en realidad. Este valo es del que Un Curso de Milagros dice que está “más allá de toda posible evaluación”.

En última instancia, los objetivos del mundo son secundarios. Pueden ser placenteros y traer satisfacción pasajera, así como ellos mismos son pasajeros. El logro más valioso que podemos tener está más allá de cualquier objetivo. El logro más valioso que podemos conseguir es tomar consciencia de nosotros en este momento, justo ahora, y reconocer nuestra plenitud que siempre está allí. Ese es el sentido del viaje.

Todos somos peregrinos. Y nuestro propósito más elevado es dar con plena consciencia este paso, justo este que estamos dando ahora.

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Cómo oír al corazón

Hace poco puse en mis redes sociales esta frase:

“Escucha tu propia voz, tu propia alma. Hay demasiadas personas que escuchan el ruido del mundo en lugar de a sí mismas” ~ Leon Brown

Alguien me preguntó cómo hacer para escuchar la voz del alma, y cómo distinguirla de la voz del mundo, del ego.

Lo primero es cultivar el silencio interior. Para oír, debemos estar en silencio. La voz del corazón siempre está hablándonos, pero susurra. Debemos aquietarnos para tomar consciencia de lo que nos está diciendo.

¿Y cómo aquietarnos? ¿Cómo trascender el ruido? Lo primero es enfrentarlo con consciencia. Escuchar ese ruido. Tomar plena consciencia de lo que nos dice el ego y el mundo. Ver las heridas emocionales y los miedos desde los cuales sale esa voz. Y sanar esas heridas.

Oír el ruido con consciencia es muy importante, pues es así que sabemos lo que debemos sanar. Y luego está la valentía de sanar eso.

Al sanar, los obstáculos que nos separan del amor se disuelven.

Para escuchar la voz del corazón, entonces, lo más importante trascender el ruido, y esto implica sanar. Es por esto que Un Curso de Milagros dice al comienzo:

Este curso no pretende enseñar el significado del amor, pues eso está mucho más allá de que se puede enseñar.  Pretende, no obstante, despejar los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor, el cual es tu herencia natural. (Introducción, párr. 1)

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Panorama, Bled, Island, Slovenia, Sunrise, Dawn, Church

Cómo dejar la culpa

La culpa ha sido uno de los grandes retos en mi camino de crecimiento personal. Me impide disfrutar la vida y no ayuda a cambiar la realidad para bien.

Cuando nos sentimos culpables, en vez de ayudar al mundo, le negamos nuestros regalos, pues estamos en una vibración baja en la que creemos que no somos dignos de recibir amor y que no tenemos nada valioso que dar.

Por eso, para crecer espiritualmente es esencial que dejemos la culpa de lado. Pero ¿cómo? En este video profundizo en el tema de la culpa y doy algunos consejos que han funcionado para mí.

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Ilusiones rotas

Estás enamorado y te rechazan. Deseas que te elijan para ese nuevo trabajo, pero te avisan que han escogido a otra persona. Diseñas y pones en marcha un plan para crear tu empresa, pero, después de dar lo mejor de ti, las cosas no funcionan. Tienes un matrimonio hermoso, un nido que es tu refugio de amor, y de repente, sin previo aviso, las cosas se derrumban y te encuentras solo.

Todos estos ejemplos tienen algo en común: en ellos se ha roto una ilusión.

Las cosas no siempre salen como queremos. Eso es parte de la vida. Por tanto, las ilusiones rotas son parte de la vida. Y está bien que sea así, pues estas circunstancias son oportunidades para crecer y madurar.

Hace poco publiqué una imagen en Instagram con este mensaje:

Cada vez que se nos rompe una ilusión, tenemos la oportunidad de experimentar una verdad.

¿Por qué es esto así? ¿Qué sentido tiene esta frase?

En el fondo, todo lo que puede disolverse es una ilusión. Todo lo que es pasajero es una ilusión. Y todo en este mundo es pasajero: las relaciones, los trabajos, las estructuras físicas. Cuando esas cosas se disuelven, tenemos una oportunidad para buscar lo que no es perecedero. Podemos mirar dentro de nosotros y encontrar allí lo que creemos que hemos perdido afuera.

Gran parte de nuestras vidas vamos en busca de ilusiones, creyendo que ellas nos traerán la plenitud y la paz que buscamos. Tratamos de crear una vida a nuestro alrededor que tenga ciertas características específicas y ciertos estándares, y creemos que, si lo hacemos bien, encontraremos la plenitud.

Es maravilloso construir una vida bella y rodearnos de personas amorosas y de experiencias enriquecedoras, pero debemos saber que la plenitud nunca vendrá de lo externo. A lo sumo, lo externo, lo ilusorio, será un reflejo de nuestro estado interno. Lo externo podrá ser una bella ilusión con la que jugar un rato y disfrutar y crecer. Pero si tratamos de derivar la planitud y el sentido de la vida de lo externo, siempre terminaremos defraudados, pues la naturaleza de las ilusiones es deshacerse. Sería como mirar el cielo y decidir que nuestra felicidad depende de la forma de las nubes, para al poco tiempo estar desconsolados al ver que ya se han transformado en formas nuevas.

Cuando las ilusiones se disuelven, cuando las formas del mundo se deshacen y dan lugar a otras nuevas, tenemos una oportunidad para desapegarnos. Esto implica reconocer que la plenitud no está en lo pasajero y enfocar nuestra atención en la realidad que nunca cambia, en la consciencia profunda que es lo que somos al nivel más profundo. Cuando las nubes se disuelven, tenemos una oportunidad para tomar consciencia del vasto cielo que las alberga. Ese espacio profundo siempre ha estado allí, en el fondo, pero nuestra atención estaba por completo en las formas. Cuando estas se van, tenemos, pues, la oportunidad de tener contacto con lo más profundo.

Lo más natural ante la disolución de una forma que amamos es tratar de repararla, retenerla o arreglarla. Hay casos en los que esto no es posible. Podemos entonces tratar de reemplazar esa forma con otra que nos proporcione la satisfacción que derivábamos de la anterior. Así, muchas personas, ante el fin de una relación, buscan saltar rápidamente a la siguiente, y con esto se pierden la oportunidad de recibir los regalos que hay en el vacío dejado por la relación anterior. O a veces, incluso, huimos en busca de ilusiones aún más efímeras para olvidar el dolor que nos produce la pérdida. Entonces nos refugiamos, por ejemplo, en drogas o en actos de consumo compulsivos, tratando de obtener una satisfacción pasajera que nos haga olvidar de la profunda insatisfacción que sentimos.

Si estás en un periodo de pérdida, si alguna ilusión a tu alrededor se ha disuelto, te invito a que te quedes contigo y mires profundo dentro de ti antes de tratar de reemplazar la vieja ilusión con una nueva. Tal vez, gracias al fin de lo pasajero e ilusorio, tienes ahora la oportunidad de experimentar un atisbo de lo permanente y real que reside en tu interior.

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Elegir entre el Cielo y el infierno

Ante los mismos hechos, dos personas pueden tener experiencias completamente distintas. Esto es así porque las experiencias que tenemos no solo dependen de los hechos, sino también de la forma como los interpretamos.

En consecuencia, aunque dos personas se encuentren aparentemente en la misma situación externa, en el mismo lugar y tiempo, una podría estar rodeada de enmigos mientras que la otra está rodeada por hermanos que no están separados de ella; una podría estar en un mundo de escasez mientras que la otra solo ve signos de abundancia; una podría creer que está constantemente amenazada mientras que la otra sabe que está siempre segura; en pocas palabras, una podría estar en el Cielo mientras que la otra sufre en el infierno.

¿Y de dónde salen estas interpretaciones? Salen de nuestros sistemas de creencias más profundos. Tendemos a interpretar la realidad para que los hechos confirmen lo que creemos en lo más profundo.

Es por esto que Un Curso de Milagros dice: “No trates, por tanto, de cambiar el mundo, sino elige más bien cambiar de parecer acerca de él”. (Cap. 21, Introducción, 1, 7).

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Sky, Clouds, Sunlight, Dark, Cloudscape, Atmosphere