Cómo vivir en el mundo real

Dos personas viviendo en la misma ciudad, en el mismo barrio y en las mismas circunstancias pueden estar una en el Cielo y la otra en el infierno.

En la medida en que interpretamos la realidad de acuerdo con nuestro estado interior, ésta se convierte en un espejo que refleja nuestro estado de consciencia.

La mayoría de nosotros vivimos aún en el infierno, en cierta medida, una buena parte del tiempo. Vivimos en un mundo que percibimos como malvado, amenazante y cruel.

En palabras de Un Curso de Milagros, el Cielo en la tierra, que es lo que allí se llama “el mundo real”, es el mundo visto a través de los ojos del Espíritu Santo. Esos ojos sólo ven lo real y, por tanto, sólo ven el amor.

Desde la perspectiva del Espíritu Santo, sólo hay dos formas de interpretar lo que un hermano hace: como una muestra de amor o como una petición de amor.

Así pues, el asesino en serie, el abusador de niños, el hombre que te acaba de robar en la calle y el político corrupto sólo están pidiendo desesperadamente amor. Es una forma profundamente inconsciente de decir: “por favor, ayúdame, estoy perdido de mí mismo, he olvidado lo que es el amor y en consecuencia me he propuesto buscarlo de las maneras más absurdas”.

Donde el ego ve un enemigo que merece ser destruido, el Espíritu Santo, la Voz que habla desde lo más profundo de tu corazón, sólo ve un hermano que está dormido y necesita de tu amor para despertar.

Ver a través de esos ojos es lo mismo que perdonar de verdad.

Esto puede ser muy difícil, sobre todo cuando presenciamos acciones que juzgamos y resentimos profundamente. De hecho, en esas condiciones es imposible. Nuestros juicios nos impiden escuchar esa Voz y ver a través de esos Ojos, la Voz y los Ojos de nuestro corazón.

En consecuencia, cambiar nuestra percepción implica aprender a soltar los juicios y dejar ir los resentimientos. Esa es la práctica espiritual más importante en el despertar.

Ayuda mucho, para esto, saber que no somos diferentes de aquello que vemos, no estamos separados. Muy probablemente en otra vida hayamos pasado por etapas evolutivas muy similares a aquellas que ahora condenamos como aberraciones. Muy probablemente eso que juzgamos esté presente aún en lo profundo de nuestros deseos o pensamientos, así nuestra consciencia se haya elevado lo suficiente como para evitar que esas semillas de inconsciencia se manifiesten en la realidad. Sea como sea, no somos mejores que eso que vemos. Somos eso que vemos.

Se trata, pues, de un viaje de perdonarnos a nosotros mismos, lo que equivale a perdonar al mundo, una vez reconocemos que somos Uno.

A través de este perdón podremos ver lo que Un Curso de Milagros llama “el mundo real”, que no es más que el mundo visto a través de los ojos del Amor.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Andhika.

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Autosabotaje

Llevas cinco años preparándote para ese gran trabajo. El día se acerca. Has pasado por muchos retos, has crecido, te has superado. Estás listo. Te da un poco de miedo, pero estás listo.

Como estás un poco ansioso, el día anterior a la entrevista te vas a tomar unas copas. De repente no quieres parar y te embriagas hasta el fondo. Al otro día no te levantas. Pierdes la oportunidad. Tienes ahora algo más para añadir a la lista de cosas odias y resientes de ti.

De alguna u otra forma, creo que todos hemos tenido momentos de autosabotaje. ¿De dónde viene esta tendencia a hacernos zancadilla pocos metros antes de la meta?

Merecer

Una parte tiene que ver con la creencia de que no merecemos. En el fondo, muchos de nosotros creemos que no merecemos el amor, la abundancia, la felicidad y la plenitud que la vida puede darnos. Esta creencia, a su vez, se fundamenta en la idea de que hay algo malo con nosotros, una mancha oculta y profunda que nos hace indignos de todas las cosas buenas.

En consecuencia, una de las claves para dejar de sabotearnos es reconocer que no hay nada malo con nosotros y que por tanto merecemos ser felices.

La comodidad de estar en ruinas

Otro elemento que influye al momento de sabotearnos, al menos en mi experiencia, es la tendencia a mantenernos a toda costa en la zona de confort.

En la novela Héroes, el escritor Ray Lóriga describe de manera hermosa ese estado:

“Estar bien es una especie de carga, estar bien significa estar dispuesto y ese estado te lleva inevitablemente a algún tipo de enfrentamiento. Es como extender dos brazos fuertes y sanos cuando a tu alrededor se están construyendo pirámides; es raro que no te caiga alguna piedra. Estar mal, en cambio, es estar tranquilo, tan tranquilo como una fortaleza quemada en la mitad de una guerra. Alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

Leí esa novela cuando era un postadolescente y me cautivó porque me sentí plenamente identificado con el protagonista: un joven que no se atreve a salir de su habitación porque está muerto de miedo y porque allí está muy cómodo, “alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

En ese entonces mi mayor miedo eran las mujeres. Y la forma como evadía ese reto era estando mal continuamente, pues el malestar me mantenía alejado de cualquier “tipo de enfrentamiento”. Cuando comenzaba a tener demasiados días buenos seguidos y empezaba a brillar con demasiada fuerza, rápidamente recurría a algún hábito autodestructivo para hundirme de nuevo en la oscuridad, no fuera a ser que alguna mujer se acercara a mí a causa de mi luz y me obligara a atravezar mis miedos; no fuera a ser que me cayera alguna piedra encima.

Ahora mis miedos han cambiado, pero cada tanto me veo recurriendo de nuevo al autosabotaje para evitar los retos que inevitablemente llegarán si crezco, maduro y le permito a la vida traerme aquello que se encuentra en el siguiente nivel de mi viaje.

La ilusión del descanso en la muerte

A veces la vida misma se ve como el reto, como la carga pesada, como un camino lleno de espinas. Entonces pareciera que la manera más cómoda de proceder es dejando a un lado la vida. Y eso es lo que hace el jóven de la novela: se aisla por completo, cierra las puertas y las ventanas. Se deja llevar por la ilusión de que la muerte es sinónimo de paz.

Al respecto, me parece muy iluminador este pasaje de Un Curso de Milagros, uno de mis favoritos:

“Existe el riesgo de pensar que la muerte te puede brindar paz […]. Sin embargo, una cosa nunca puede ser igual a su opuesto. Y la muerte es lo opuesto de la paz, pues es lo opuesto de la vida. Y la vida es paz.” (Cap. 27, VII, 10).

Es hermoso. La verdadera paz es plenitud, la plenitud vibrante de la vida. Y esa plenitud se encuentra saliendo del cuarto, mirando a los miedos de frente, siendo honestos con nosotros mismos, abriendo los brazos y recibiendo con amor las piedras que puedan caer. La plenitud es crecer, evolucionar. Y por supuesto que a los ojos del ego esto es incómodo. Implica correr riesgos, asumir responsabilidades, abrirnos a la posibilidad de ser rechazados, de quedar mal frente a los demás, de cometer grandes errores.

Cuando te des cuenta de que te estás saboteando para mantenerte en la comodidad de una fortaleza quemada en la mitad de una guerra, sé consciente de que allí realmente no mora la paz que buscas. Esa paz se encuentra al otro lado de las puertas y los muros con los que has decidido protegerte de la vida. Si quieres paz, no te protejas de los riesgos de la vida. Abre los brazos y permite que venga completa, con sus desafíos y transformaciones. Allí encontrarás la verdadera paz, la paz viva, la paz que es tu verdadera naturaleza.

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Tal vez sí somos eso

Hace un tiempo publiqué una frase que decía que aquello que no nos gusta de los demás está en nosotros. Alguien me contestó molesto que no estaba de acuerdo con la frase, pues lo habían robado y él no era un ladrón.

Puedo estar equivocado. Tal vez esa persona tiene razón. Pero quiero compartir lo que creo al respecto.

Creo que todo, absolutamente todo, está dentro nuestro. Hitler está dentro nuestro, el abusador de niños está dentro nuestro, el político corrupto está dentro nuestro, el ladrón callejero está dentro nuestro, la persona que más repudiamos en el mundo está dentro nuestro. No estamos separados.

Comprendo, claro, que esta idea puede parecer absurda. Al fin y al cabo, la idea de que estamos separados permea el mundo y configura nuestra manera de ver. Es lo que hemos aprendido.

La proyección

Este es uno de los trucos fundamentales del ego y es la razón por la que creemos que nosotros no somos eso que juzgamos.

Proyectar es poner afuera aquello que juzgamos, verlo en los demás para así creer que no está en nosotros y que, por tanto, no es nuestra responsabilidad.

La proyección es la estrategia con la que se mantiene la ilusión de que estamos separados.

Cuando proyectamos, el ataque queda justificado y parece una buena estrategia. Pues, si el problema es el otro y no yo, ¿no sería acaso la solución destruir o cambiar al otro, mientras yo permanezco como soy? Y ¿no es este el comienzo de las guerras?

A partir de esta creencia se justifica la idea de que destruir aquello que consideramos malo fuera de nosotros es una forma sabia de resolver los conflictos. Esta es una idea que se expresa repetidamente en las películas y las historias que hemos leído y oído desde que somos pequeños. El héroe mata al villano y entonces surgen la paz y la esperanza.

Cuando reconocemos que lo que vemos afuera realmente está dentro de nosotros y simplemente lo estamos proyectando, destruir al otro deja de parecer una estrategia sabia, pues equivale a tirarle una piedra al espejo porque no nos gusta el reflejo que vemos en él.

“Pero yo no soy eso”

Eso dice el ego. Con honestidad cree que no es eso que ve afuera de sí mismo. Está completamente convencido. Y tiene que estar convencido de que no es eso, pues reconocer la unidad con lo que lo rodea socavaría su identidad separada, que es finalmente lo que el ego cree ser: un ente separado y diferente de todo lo que lo rodea.

Y es difícil ver en nosotros la violencia, ver en nosotros el deseo de destruir y abusar, el odio, la codicia, la pereza. En fin, es difícil reconocer que aquello que juzgamos está en nosotros. Y, mientras lo juzguemos, será difícil verlo en nosotros, pues al juzgarlo el impulso natural es rechazarlo.

Cuando dejamos de lado los juicios, nos permitimos ver que somos eso. Y esto no implica condonar ni caer en esos comportamientos. Todo lo contrario. Cuando el juicio se va, surgen la aceptación y el amor. Y el amor sana, abraza, cuida. Cuando reconocemos que estamos enfermos, comenzamos a cuidarnos y comenzamos a sanar.

El perdón

El perdón implica dejar de condenar, dejar de juzgar. El perdón es el deshacimiento de la separación y el recuerdo de que estamos unidos. Perdonar es restablecer la unidad.

Cuando vemos que somos eso que está afuera, dejamos de juzgarlo. La unidad va de la mano del amor.

Si dejamos de verlo afuera pero seguimos juzgándolo en nosotros, la separación permanece. Entonces una parte nuestra se ve separada de otra parte de nosotros y el truco se repite, sólo que ya no proyectamos afuera sino adentro de nosotros. En los casos extremos, esto se convierte en la esquizofrenia y en una locura en la que tratamos de destruirnos a nosotros mismos en un intento demente de erradicar el mal del mundo, que percibimos ahora adentro nuestro.

Esto pasa a veces con algunos caminos de crecimiento personal. Al seguirlos, aminoran aparentemente los juicios contra el mundo, pero comenzamos a latigarnos a nosotros mismos y nos cargamos de culpa.

El perdón verdadero, la unidad verdadera, implica que ya no hay una parte que juzgue a otra, pues ya no hay dos.

Cuando perdono, quiero solo darte amor, pues en mi cordura quiero sanar. Si veo en ti algo que no me gusta, te agradezco por mostrarme la herida que aún debemos sanar ambos. Ya no lo juzgo en ti ni lo juzgo en mí. Ahora nos amo a ambos.

Solo podemos entrar juntos

En Un Curso de Milagros dice algo muy hermoso. Allí Jesús señala que solo podemos despertar al tiempo. Algunos parecemos estar más avanzados que otros, Él parece estar más avanzado que nosotros en su camino de regreso al Padre, pero esas diferencias son solo una ilusión, pues somos uno. Dice entonces que nadie podrá entrar al Cielo (es decir, despertar a su verdadera naturaleza) completamente mientras otro de sus hermanos esté dormido. Dice por tanto que Él espera pacientemente por nosotros a las puertas del Cielo, pues él no puede cruzar sin nosotros. O cruzamos todos o no cruza nadie, lo que es obvio si se acepta que somos Uno. De ahí provienen su infinito amor, su infinita compasión, su infinita confianza en nosotros y su infinita paciencia.

Cada maestro que ha comenzado a despertar no puede sino seguir despertando a sus hermanos, lo que no es más que el siguiente paso en su propio despertar.

Así mismo, cada vez que alguien despierta un poco, todos despertamos un poco. Cada vez que alguien sana, sanamos todos. Cada vez que alguien perdona y se perdona, todos perdonamos y nos perdomanos un poco.

Asumir responsabilidad

Uno de los mantras más poderosos que tiene la maestra Isha Judd es

Om responsabilidad, yo soy eso.

Esta es una forma de señalar que asumir responsabilidad implica reconocer que no hay nada que no esté en nosotros.

Esta es solo una invitación a ver cada cosa que juzgamos en los demás como una oportunidad de sanar nuestra separación.

Y esa separación y esos juicios toman muchas formas. Cada vez que nos creemos mejores que alguien, tenemos una oportunidad para sanar nuestra separación. Cada vez que despreciamos a alguien, que sentimos envidia por alguien, que peleamos en nuestra cabeza con alguien, que tenemos la necesidad de demostrarle a alguien que está equivocado, cada vez que pasa alguna de estas cosas, es una oportunidad más para asumir responsabilidad y abrazar aquello que no nos gusta y que hemos proyectado afuera.

No se trata, claro, de que me creas porque sí lo que estoy diciendo. Solo te pido que te abras a la posibilidad, así sea un poco. La próxima vez que condenes a un hermano, verás que crees que eres diferente y mejor que él o que crees que él es tan malo como tú y que por tanto él o ambos merecen ser castigados.

En ese momento, la invitación es a considerar la siguiente posibilidad. ¿Qué tal si eso es solo una forma amorosa en la que la vida me está mostrando a través de mi hermano eso que ambos necesitamos sanar?, ¿qué tal si solo es una forma de la vida de señalar aquella parte nuestra que requiere amor? Entonces reconocemos que es un regalo, pues ciertamente es más fácil curar una herida en nuestra frente si tenemos un espejo a nuestra disposición.

Tomado de la cuenta de Instagram de @ohdagyo

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La primera piedra

Qué poderoso es ese pasaje de la Biblia en el que Jesús dice: “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Si observas con cuidado, tal vez te des cuenta de que todo el tiempo seguimos “tirando piedras.”

Cada vez que condenamos a alguien en nuestra mente por algo que hizo, le estamos tirando piedras.

Cada vez que juzgamos a alguien, lo convertimos en nuestro enemigo y justificamos nuestra ira contra él o ella.

Si ahora miras más profundo, muy probablemente verás que aquello por lo que condenamos a la otra persona también está en nosotros en alguna forma. Tal vez a veces hemos cometido la misma falta o errores que se parecen mucho a aquel que condenamos. Tal vez hemos deseado hacerlo e incluso nos hemos imaginado haciéndolo, así a veces nos hayamos reprimido. Si crees en otras vidas, puede que lo hayamos hecho en otras vidas aunque ahora no lo recordemos.

Cada vez que condenamos al otro, nos estamos condenando a nosotros mismos.

Cuando Jesús dijo “con la misma vara que midas serás medido” no se refería a una forma de venganza del universo. La verdad es que Dios nunca juzga ni condena. Somos solo nosotros los que nos juzgamos y condenamos. Y el marco mental con el cual vemos el mundo externo es el mismo marco mental con el que interpretamos nuestro interior. Por tanto, si juzgamos afuera, también nos juzgaremos a nosotros.

Comienza a perdonarte y perdonarás a los demás. Comienza a perdonar a los demás y podrás perdonarte. Aligera el látigo con el que azotas mentalmente a los demás por sus faltas y tu propia espalda se verá aliviada, pues es el mismo látigo con el que te laceras a ti mismo. Suelta el látigo por completo y liberarás a tus hermanos de la culpa y así encontrarás tu propia libertad y tu propia paz.

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El karma y los milagros

El karma no existe

No creo en el karma. Creo que es una ilusión: parece real, pero su realidad depende de que creamos en él.

¿Qué es el karma? La idea de que el pasado tiene poder sobre el presente. La idea de que lo que hiciste ayer, el año pasado o hace mil años en una vida anterior puede afectar tu experiencia presente.

El karma parece una idea justa. Lo que diste en el pasado es lo que recibes ahora. Parece correcto pensar así. Sin embargo, así no es la justicia de Dios, así no es la justicia del Universo, al menos según mis creencias.

Al Universo, a Dios, lo único que le importa es tu experiencia presente. Lo que crea tu realidad ahora es lo que tú eres ahora.

Un Curso de Milagros señala que lo único que puede tener consecuencias es lo que es real y que, por tanto, el pasado no puede tener consecuencias, pues no existe. Lo único que existe es el presente y, por tanto, lo único que puede tener efectos es el presente.

Esa es la enseñanza detrás de la parábola del hijo pródigo, y por eso es también que la moraleja de esa parábola parece injusta desde el punto de vista del karma. Hay dos hijos. Uno se quedó en la casa de su padre ayudándolo. El otro, el hijo pródigo, se fue y despilfarró los bienes de su padre. Cuando el hijo pródigo decide regresar a la casa de su padre, este lo recibe con una fiesta y lo colma de regalos. El hijo que se quedó ayudando se queja, pues la actitud de su padre le parece injusta. Al ver que han sacrificado al mejor cabrito para la fiesta de su hermano pródigo, le dice a su padre: “Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu herencia con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!”. Pero el padre le responde: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado.” (Lucas, 15: 11-32).

Nada de resentimiento. El padre no castiga al hijo pródigo. No le pasa una cuenta de cobro por lo que despilfarró. No le pone una penitencia por la que deba pasar antes de recibirlo. Nada de eso. Simplemente lo recibe con los brazos abiertos y le ofrece un banquete en su honor.

Al padre no le importa el pasado; solo le importa que en este momento su hijo a decidido regresar a casa.

El karma sí existe

Por otra parte, hay que tener en cuenta que para la mayoría de nosotros el karma es real. Existe y opera como si fuera una ley del Universo.

¿Me estoy contradiciendo? Sí y no. Hay que hacer algunas precisiones.

Es real porque creemos en él. Creemos que el pasado es real. Y esa creencia en el pasado (creencia que existe en el presente) le da poder al pasado y hace que tenga efectos en el presente, como si en verdad el pasado existiera.

La creencia de que el pasado es real es parte del fundamento del ser ilusorio que creemos ser: el ego. El ego se construye a partir del pasado. No puede vivir sin él. Por eso procura hacerlo real.

Entendemos la ley de la causalidad de la forma tradicional porque nuestra experiencia nos demuestra que el pasado tiene efectos, pues comprobamos a diario que lo que hicimos ayer tiene consecuencias ahora. Ese es nuestro estado normal de consciencia. Nuestra ciencia se basa en esa idea. Nuestra tecnología está construida a partir de esa forma de entender el tiempo. Y seguramente ese será el estado de comprensión de nuestra especie por muchos años más. Pero hay otra manera de entender el tiempo. Es esta la invitación que nos hace Un Curso de Milagros.

El tiempo y los milagros

Los milagros rompen la aparente continuidad entre el pasado y el presente. En realidad no violan las leyes del universo. Por el contrario: muestran cuál es la verdadera ley que ha sido ocultada por las ilusiones. Esta ley establece que lo único que puede tener efectos es lo que es real. Lo irreal solo puede tener efectos en fantasías. Y dado que lo único que existe es este momento, lo único que puede tener efectos es este momento.

En otras palabras, el milagro disuelve la ilusión del tiempo y permite que la realidad se vea tal como es en la intemporalidad. El momento presente es real porque es la manifestación de la eternidad (que es lo único real) en nuestro plano de consciencia.

Al romper la continuidad del tiempo, los milagros generan efectos que parecen imposibles desde el punto de vista tradicional de la causalidad. Por eso parecen ser mágicos y maravillosos, cuando en realidad simplemente se ajustan a las verdaderas leyes de la creación.

Así pues, el karma existe en ilusiones, y es deshecho, al igual que todas las demás ilusiones, cuando se le da la entrada a la consciencia milagrosa.

Visto de esta manera, el milagro ahorra tiempo, como lo señala Un Curso de Milagros. Algo que se hubiera demorado en sanar durante años e incluso vidas completas de acuerdo con las leyes del karma, es sanado en un instante a través del milagro. El hijo pródigo hubiera demorado muchos años en deshacer sus errores y recuperar las riquezas de su padre de acuerdo con el karma; sin embargo, el amor de su padre, que es en sí el milagro, lo redime en un instante.

La función del milagro no es entonces violar las leyes de la naturaleza, sino simplemente deshacer las ilusiones. Y al deshacer la ilusión de que el pasado es real y tiene efectos, los milagros disuelven la ilusión del karma.

¿Cuál es la invitación?

Son varias.

Primero: dejar de tenerle miedo al pasado. No importa lo que hayas hecho, lo único que importa es lo que elijas ser en este momento.

Segundo: dejar actuar por miedo al futuro. Tradicionalmente, hacemos cosas “buenas” para ser recompensados en el futuro. Pero esto es una ilusión, pues el futuro no existe. Hagamos cosas buenas simplemente por la dicha de elegir nuestra versión más elevada en cada momento. Este momento ya es su propia recompensa. No necesitas la promesa de un premio en el tiempo para ser feliz.

Tercero: tomar consciencia de que el karma seguirá operando mientras sigamos creyendo en el pasado y el futuro. Y esta creencia no es algo intelectual. Es el fundamento de la realidad que hemos creado, de esta fantasía en la que parecemos vivir, cuyos pilares son el tiempo y el espacio, que en el fondo son la misma ilusión vista desde dos ángulos diferentes. En última instancia, deshacer esa creencia es deshacer la ilusión del mundo, y esto equivale a despertar a nuestra verdadera naturaleza atemporal. En otras palabras, deshacer el karma es igual a despertar. Así pues, la tercera invitación es la más importante de todas: la invitación a que despertemos a nuestro verdadero ser.

Imagen tomada de milkyway_tv.
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La culpa, el ataque y el perdón

Hacer sentir culpable a alguien es una forma de venganza. La culpa es dolorosa; por tanto, al hacer que otro se sienta culpable lo estamos atacando. El verdadero perdón no pide culpa a cambio, pues no ataca. Atacar implica ausencia de perdón, y perdón implica ausencia de ataque.

Esto que acabo de decir es obvio. Lo que no es tan obvio es que cuando me siento culpable por lo que le he hecho a otra persona también la estoy atacando. Es decir: sentir culpa es una forma de atacar.

Sentirme culpable por lo que le hice a alguien es lo mismo que convertir a esa persona en la causa de mi culpa. En consecuencia, dado que la culpa implica sufrimiento, al sentirme culpable convierto al otro en la causa de mi dolor. Y esto es un ataque contra el otro.

Al hacer que el otro sea la causa de mi culpa y, por tanto, de mi dolor, ataco la realidad de esa persona. Le estoy diciendo que él puede herirme. Le estoy diciendo que es mi enemigo, ya que sufro por él. Le estoy diciendo, en últimas, que me ha herido y que por consiguiente también hay razones para que se sienta culpable. Si él comparte mi interpretación, se sentirá culpable y así mi ataque tendrá como fruto la culpa y el dolor de mi hermano.

Y esto es así tanto si me siento culpable en relación con otra persona como si me siento culpable por algo que me hice a mí mismo o si hice una acción que no afecta directamente a otra persona pero que está mal según mis creencias. Por ejemplo, si hago algo que creo que es malo porque creo que ofende a Dios, y me siento culpable por eso, convierto a Dios en mi enemigo en mi mente; lo convierto en la causa de mi sufrimiento. Por Su culpa es que siento culpa, pues son sus reglas las que han abierto la posibilidad de que yo me haga daño a mí mismo. Esto, por supuesto, es una locura que solo puede tener lugar en nuestras mentes. La vida jamás será nuestra enemiga. Dios jamás será nuestro enemigo ni nos pedirá que sintamos culpa por algo. La culpa es una enfermedad de la mente, no un reflejo de la justicia divina. La idea de que la justicia divina requiere de culpa y castigo es una locura. Dios nunca condena. Por tanto, nunca perdona, pues para perdonar es necesario primero haber condenado, como lo señala de manera hermosa Un Curso de Milagros. Es solo por nuestras creencias que sentimos culpa. Es solo nuestro perdón el que necesitamos.

***

El propósito de esta reflexión es invitarte a contemplar los efectos de la culpa. La culpa no solo no sirve para nada positivo, pues no arregla el pasado ni repara la herida, sino que además perpetúa el ciclo de ataque y contraataque.

En este punto es necesario hacer una advertencia: esta no es una invitación a sentirnos culpables por sentir culpa. Eso sería solo una locura que va en contra del propósito de esta reflexión, que es invitarnos a dejar la culpa de lado.

La culpa es de lo más normal que hay en nuestro actual estado de consciencia. Estamos programados para sentirnos culpables. Pues estamos programados para pensar que debemos ser castigados por lo que hacemos que juzgamos como malo. Creemos que debemos ser perdonados, que el perdón exige un pago a cambio, y que usualmente exige nuestro sufrimiento como pago. Esa es la idea del purgatorio: un lugar al que debemos ir a sufrir para poder expiar nuestros pecados.

Así, creemos que sentirnos culpables está bien, pues lo interpretamos como parte del castigo por el que debemos pasar para ser redimidos. Es esa misma idea de que Dios nos condena y exige nuestro sufrimiento a cambio de su perdón.

Por tanto, dadas nuestras creencias, nuestra cultura y nuestro estado actual de consciencia, sentir culpa es perfectamente normal. Es una enfermedad que debemos sanar, no una razón más para sentirnos culpables. Sentir culpa por sentir culpa sería como sentir culpa por tener dolor de cabeza. Sana, pero no te juzgues por estar enfermo.

Y esta posibilidad de sentir culpa por la culpa es algo común en los caminos espirituales. Hace parte de los juicios de segundo nivel, que le encantan al ego espiritual. Es así que, una vez se nos dice que dejemos de juzgar para ser libres y felices, a veces empezamos a juzgar a quienes juzgan y a juzgarnos cuando juzgamos. Vuelve a aparecer la misma locura, pero disfrazada de espiritualidad.

Sentir culpa por sentir culpa o juzgarnos por juzgar solo es una estrategia del ego para perpetuar la culpa y los juicios. El comienzo siempre es el perdón, el amor, la comprensión. Sólo de ahí puede tener lugar una verdadera transformación. Luego simplemente tomamos consciencia de nuestros patrones de pensamiento, los observamos en paz y los dejamos ir amorosamente. “Ah, ahí está la culpa de nuevo”. “Ah, ahí están mis juicios”. Los amo. Los dejo ir, pues soy consciente de su locura. No hay necesidad de castigarme ni juzgarme por eso. Puedo perdonarme y estar en paz.

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¿Será esto suficiente?

A largo plazo, la respuesta del ego siempre será: “No, no es suficiente. Necesito más”. Esa es la naturaleza del ego.

La razón por la que nunca será suficiente es porque, en realidad, el ego no quiere que sea suficiente. Su existencia depende de esa insuficiencia, de esa carencia.

Al ego le encanta embarcarse en luchas terribles, siempre y cuando sepa que no puede ganar. Esto es así porque su existencia depende de la lucha, de tener algo contra lo cual luchar o algo por lo que luchar.

Un Curso de Milagros dice que la consigna del ego es: “Busca, pero no halles”. El ego no quiere que halles, quiere que busques, pues la búsqueda es la que garantiza su existencia.

Así pues, para el ego nunca nada es suficiente.

Todos te pueden amar, te pueden alabar, pero el ego seguirá encontrando pruebas de que no hay suficiente amor. Tu pareja te puede bajar la Luna, pero el ego encontrará en el más leve gesto que haga un motivo de sospecha. Te pueden decir que está muy bien tu trabajo, pero el ego encontrará razones para pensar que no son sinceros. De pronto te lo dicen por lástima o por miedo a herirte.

Siempre habrá una forma de interpretar la realidad según la cual todavía no has recibido exactamente aquello que buscabas. El ego es experto en interpretar la realidad así. Y la búsqueda continúa.

El corazón, en cambio, te invita a darte cuenta de que no hay necesidad de buscar, pues ya lo tienes todo. Te invita a andar por el mundo, no buscando suplir tus carencias, sino compartiendo tu abundancia. Te invita a crear, no para obtener aquello que te falta, sino por el gozo puro de compartir.

Puedes elegir qué voz escuchar. Siempre puedes elegir. Aunque por momentos la voz del ego sea ensordecedora y parezca ser la única que existe, si prestas atención, debajo del ruido escucharás un silencio profundo. En ese silencio está la voz del corazón.

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Puedes reprogramarte

En mi casa hay dos gatas. Una llegó cuando ya era grande. Seguramente de pequeña la maltrataron. No importa cuánto amor le hemos dado; tampoco importa que día tras día le demostremos que no queremos hacerle daño: todo el tiempo nos tiene miedo. Cuando me acerco demasiado y trato de consentirla, sale corriendo.

La otra gata llegó de pequeña. Creo que es uno de los animales más felices que conozco. Aprovecha cada oportunidad que se le presenta para que la mimemos.

Cómo quisiera a veces poder cambiar la programación que quedó arraigada en la primera gata.

En ese sentido, los humanos tenemos una gran ventaja. Puede que nuestras experiencias en la niñez nos hayan programado para responder de forma automática frente a ciertas situaciones, pero, a diferencia de los gatos, podemos reprogramarnos.

Observa qué programas viejos siguen rondando por ahí que no te hacen feliz. Sólo con que tomes consciencia de ellos, comenzarás a desinstalarlos.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de James Blake.

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¿Cómo no odiar a Maduro?

Hace poco alguien me hizo esa pregunta en Twitter. Dado que el país en el que más personas siguen mis redes es Venezuela, me pareció bueno dar una respuesta larga. Producto de esto es este video.

Sin embargo, una persona me contactó y me dijo que en Venezuela su conexión a internet no era lo suficientemente buena como para ver el video y me pidió el favor de que lo pusiera por escrito. Aquí expongo lo que dije en el video, y profundizo en algunos puntos que allí solo toqué por encima:

I. Nada es malo. Maduro no es malo. Odiar a maduro tampoco es malo.

Nada es malo en sentido absoluto. Ni siquiera las peores cosas que podamos imaginar. Eso quiere decir que nada es malo a los ojos de Dios o a los ojos de la consciencia universal. Dios no juzga nunca ni nunca condena nada. No juzga a los asesinos, ni a los torturadores, ni a los dictadores. No juzga a Maduro. Y tampoco juzga a aquellos que odian a maduro.

Esto es así porque nada puede afectar ni ofender a Dios. Nada puede afectar la realidad. Un Curso de Milagros resume esto de manera preciosa al decir:

Nada irreal existe. Nada real puede ser amenazado. En eso reside la paz de Dios.

Solo en ilusiones podemos hacer daño. Podemos soñar que nos matamos. Podemos soñar que destruimos el mundo. Pero son solo sueños. Este mundo es una ilusión. Los cuerpos y la idea de que estamos separados es una ilusión. Y solo lo que es ilusorio puede ser dañado. Lo que es real, lo que somos en realidad, no puede ser amenazado. Por eso, nadie nunca puede hacer en realidad algo malo. Sólo puede hacer cosas malas en ilusiones.

II. Lo bueno y lo malo en sentido relativo

Sin embargo, es claro que, desde nuestro punto de vista, y de acuerdo con nuestros objetivos, sí hay cosas buenas y malas. Si deseas ir al norte y comienzas a caminar hacia el sur, podemos decir que estás caminando mal y que vas en la dirección equivocada. Pero quien camina sólo está haciendo algo malo en sentido relativo: en relación con su objetivo.

Así mismo, si quieres tener un cuerpo sano, pero comes todos los días cinco hamburguesas de MacDonald’s y te tomas dos litros de Coca-Cola, podemos decir que estás comiendo mal, muy mal. Fumar también es malo, suponiendo que deseas estar sano.

Así mismo, odiar es malo en sentido relativo. Es malo para nuestra salud. Es malo para nuestras relaciones. Es malo si deseamos vivir en armonía. Es un sentimiento intenso que se produce cuando nos sentimos amenazados por algo. Odiamos algo cuando lo consideramos como la causa de nuestro malestar. Nos sentimos atacados por eso y, en consecuencia, surge en nosotros un deseo de destruirlo.

Si deseas estar en paz y experimentar dicha, el odio es malo. Al igual que tomar veneno es malo. Pero en sentido absoluto no es malo. Dios no te juzga por eso ni juzga a nadie. Y, por tanto, tampoco tienes por qué juzgarte por eso. A veces, en el intento de ser espirituales, nos juzgamos por experimentar emociones como el odio.

Es bueno que desees estar sano, pero para sanar no es necesario juzgarte por estar enfermo; por el contrario, juzgarte hará más lento el proceso de sanación. Cuando odiamos, en efecto, estamos enfermos. Y es una enfermedad compartida por casi todos los seres humanos. Estamos sanando de a poco. Y merecemos amor en nuestro proceso de sanación, no ser juzgados.

Así que eso sería lo primero: no te juzgues por odiar. Eso no te hace malo a los ojos del Universo.

III. Abraza tus emociones

Una vez dejes de juzgar tus emociones, permítete sentirlas plenamente. Ve hasta lo profundo del odio. Puede que encuentres allí debajo otras emociones: tristeza, miedo. Siéntelas. Reconócelas. Quédate con ellas. Son tus maestras. Te muestran lo que debes sanar.

Permite también que las emociones se muevan. Si estás triste, permítete llorar. Si sólo tienes deseos de destruir, si la ira es muy fuerte, es bueno sacar la emoción a través del trabajo del cuerpo. Haz ejercicio fuerte, golpea una bolsa de boxeo, grita en una almohada o golpéala. Hazlo con la intensión de soltar la carga.

Después de mover las emociones, quedará en ti un espacio vacío, el espacio que antes ocupaba la emoción. Llena ese espacio de amor. Reclámalo. Habita en él. Reconoce que ese espacio es el amor mismo que espera a que lo reconozcas.

IV. Asume responsabilidad por lo que sientes

Cuando algo externo te hace sentir odio, simplemente está detonando una herida que ya está en ti. Te está mostrando un aspecto en el que puedes sanar. Es una oportunidad. Creer que la causa de tu malestar está fuera de ti es no asumir responsabilidad. La herida está adentro tuyo, y mientras no asumas responsabilidad por ella, no podrás sanarla.

Esto implica que la solución no es eliminar a la causa externa del odio. Eso puede arreglar las cosas afuera por un momento. Pero mientras tu herida siga adentro, no pasará mucho tiempo antes de que encuentres otra situación que detone ese odio.

Entonces mira lo que pasa como una oportunidad para sacar a la luz aquellas partes en las que aún no has sanado y abrázalas como oportunidades sagradas. Es como dice el Dalai Lama: En la práctica de la paciencia y el perdón, tu mayor enemigo es tu mejor maestro.

V. Toma acción consciente

Lo anterior no implica que no hagas nada para cambiar la situación externa. Claro que puedes tomar acción. Pero asegúrate de que sea una acción consciente. Responsabilízate primero por lo que sientes. Después actúa.

Para cambiar una realidad no tienes que odiarla. Si vas caminando por un bosque y te encuentras con un perro enloquecido, debes tomar acción para evitar ser herido por el perro. En un caso extremo, incluso puede que tengas que pelear con el perro. Pero eso no implica que tengas que odiarlo. No hay nada que odiar. Simplemente está loco. Igual que cualquier ser humano que comente actos inconscientes. Está enfermo. Puede que debamos tomar acciones para protegernos de él. Puede que en casos extremos tengamos que encerrarlo para evitar que dañe a quienes están a su alrededor. Pero podemos hacer eso desde un lugar de amor y de conpasión. No es necesario odiar para cambiar la realidad.

No emprendas acciones cargado de ira, y menos si tras la ira hay un odio profundo. Las acciones que emprendas desde ese estado, perpetuarán en el mundo aquello que percibes como la causa de tu odio. Es decir: crearás más de aquello que odias. Y puede que te conviertas en aquello que odias.

Toma acción después de mover tus emociones, como se indicó en el punto III o, al menos, sé muy consciente de esas emociones, de manera que no te lleven a cometer actos inconscientes. Si ves que el odio persiste en ti, ve con mucho cuidado. Actuar así es tan peligroso como manejar borracho. Lo mejor es parar y esperar. Pero, si tienes que actuar así, trata de estar lo más consciente posible. No te dejes llevar en pilóto automático. Puede que cuando recobres la consciencia veas que hiciste algo de lo que te arrepientes. O puede que hayas creado un infierno a tu alrededor.

VI. Somos responsables de todo

Finalmente, date cuenta de que aquello que percibes afuera de ti realmente no se encuentra separado de ti. La separación es una ilusión. Y es una ilusión que usamos justamente para no hacernos responsables. Es fácil apuntar el dedo y decir: eso está mal. No es tan fácil decir: eso que veo afuera es una parte mía y, por tanto, también es mi responsabilidad.

La maestra espiritual Isha Judd resume esta idea con un mantra muy poderoso que hace parte de una de sus meditaciones: Om responsabilidad, yo soy eso.

Maduro, o cualquier ser que percibas afuera de ti como un ser peligroso, malvado e inconsciente, es parte de ti. En el fondo, no estás separado de él. Simplemente lo estás viendo afuera. Pero ese ser es un reflejo de tu estado de consciencia, de nuestro estado de consciencia colectivo. Y nosotros somos parte de eso.

Así pues, pregúntate: ¿qué veo afuera que aún no haya sanado en mí? ¿Percibes violencia? Toma consciencia de la violencia en ti y asume responsabilidad, sánala. ¿Ves corrupción, mentira, avaricia? Mira en qué partes de ti están esas características también. Si miramos bien, todos las veremos dentro de nosotros.

No creas que el mundo sanaría si alguien eliminara a “los malos”, como en las películas de superhéroes. Pues los malos son un reflejo de lo que todos llevamos dentro. Así que, para sanar al mundo, debes sanar tú. Debo sanar yo. Hazte responsable por aquello que no te gusta fuera de ti y sánalo en ti. Conviértete en un ejemplo prístino de aquello que deseas ver afuera de ti.

VII. Ama a Maduro

La persona que me preguntó cómo no odiar a Maduro lo hizo como respuesta a esta frase del Dalai Lama que publiqué en Twitter: “El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor”. Y creo que esa frase contiene la clave para salir de la locura en la que nos encontramos.

Maduro no necesita que lo odien. Necesita que lo amen. Amor no significa condonar ni permitir que siga haciendo lo que está haciendo. Amar significa llevar luz a la oscuridad. Amar significa ver que, en realidad, cuando alguien está actuando de manera demente requiere de nuestra compasión.

Un Curso de Milagros expresa esto de manera maravillosa:

Todo lo que percibes como un ataque es en realidad una petición de amor.

Todo aquel que actúa de forma inconsciente lo hace porque cree que así conseguirá lo que desea. En lo más profundo, todos deseamos amor. Quien actúa de forma demente y daña a los demás simplemente se ha desconectado tanto de la fuente del amor que yace dentro de sí que cree que encontrará solaz y regocijo en las acciones más dementes que se pueda imaginar. Pero, en el fondo, todo lo que necesita es amor, y eso es por lo que clama de manera inconciente.

VIII. Sanemos nuestra percepción

Imagina que uno de tus seres queridos más cercanos enloquece y comienza a golpear a todos a tu alrededor. ¿Dejarías de amarlo? ¿Lo aniquilarías? Puede que haya que inmovilizarlo para evitar que te haga daño, pero puedes hacerlo con profundo amor, haciendo lo que sea mejor para él y para ti.

Maduro necesita que sanes tu percepción y aprendas a verlo como un hermano digno de amor. El mundo necesita que sanemos nuestra percepción y sanemos el odio. Yo necesito sanar mi percepción y mi odio. Quiero sanar para dejar de ver enemigos que merecen ser castigados y destruidos y empezar a ver hermanos que nececitan con urgencia de mi amor, de tu amor.

Y te invito a que sanemos juntos. Pues sé que yo también incontables veces me siento atacado por mis hermanos y creo que ellos deben ser castigados por eso que percibo. Pero sé que realmente lo que necesitan es amor. Pues eso es lo que necesito yo.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de C&W Photography.

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¿Qué nos quieres enseñar?

Todo el mundo enseña, y enseña continuamente.

Un Curso de Milagros, cap. 6, introducción, 2, 2.

Todo el mundo basa sus acciones en algún sistema de creencias, ya sean estas conscientes o inconscientes. En otras palabras, nuestras acciones son un reflejo de nuestras creencias más profundas.

Si actúas de forma tacaña, muestras que crees que tu abundancia es limitada. Si atacas a alguien es porque crees que esa persona es tu enemigo y merece sufrir. Si compartes relajadamente muestras tu creencia en la abundancia.

Y esto no se puede fingir. Se trata de la acción completa, y eso incluye cómo te sientes. Si actúas externamente como si confiaras en alguien, pero internamente tienes miedo de esa persona, muestras que crees que esa persona puede hacerte daño. Podemos sentir tu paz y tu miedo, así no nos demos cuenta en el nivel consciente.

Así, al actuar siempre estamos mostrando que aceptamos ciertas creencias y rechazamos otras. Y al mostrar que aceptamos ciertas creencias, las promovemos en los demás. Es decir, enseñamos nuestras creencias más profundas todo el tiempo a través del ejemplo.

Con cada acción promueves las creencias que dieron pie a esa acción. Tus actos amorosos enseñan a amar. Tus actos basados en la desconfianza enseñan a temer. Cuando actúas a partir de la carencia enseñas carencia. Cuando actúas a partir de la abundancia enseñas abundancia.

Siempre estamos enseñando. Eso no lo podemos cambiar. Pero podemos elegir enseñar de manera consciente.

¿Qué nos quieres enseñar?

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Sandra.

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