La culpa, el ataque y el perdón

Hacer sentir culpable a alguien es una forma de venganza. La culpa es dolorosa; por tanto, al hacer que otro se sienta culpable lo estamos atacando. El verdadero perdón no pide culpa a cambio, pues no ataca. Atacar implica ausencia de perdón, y perdón implica ausencia de ataque.

Esto que acabo de decir es obvio. Lo que no es tan obvio es que cuando me siento culpable por lo que le he hecho a otra persona también la estoy atacando. Es decir: sentir culpa es una forma de atacar.

Sentirme culpable por lo que le hice a alguien es lo mismo que convertir a esa persona en la causa de mi culpa. En consecuencia, dado que la culpa implica sufrimiento, al sentirme culpable convierto al otro en la causa de mi dolor. Y esto es un ataque contra el otro.

Al hacer que el otro sea la causa de mi culpa y, por tanto, de mi dolor, ataco la realidad de esa persona. Le estoy diciendo que él puede herirme. Le estoy diciendo que es mi enemigo, ya que sufro por él. Le estoy diciendo, en últimas, que me ha herido y que por consiguiente también hay razones para que se sienta culpable. Si él comparte mi interpretación, se sentirá culpable y así mi ataque tendrá como fruto la culpa y el dolor de mi hermano.

Y esto es así tanto si me siento culpable en relación con otra persona como si me siento culpable por algo que me hice a mí mismo o si hice una acción que no afecta directamente a otra persona pero que está mal según mis creencias. Por ejemplo, si hago algo que creo que es malo porque creo que ofende a Dios, y me siento culpable por eso, convierto a Dios en mi enemigo en mi mente; lo convierto en la causa de mi sufrimiento. Por Su culpa es que siento culpa, pues son sus reglas las que han abierto la posibilidad de que yo me haga daño a mí mismo. Esto, por supuesto, es una locura que solo puede tener lugar en nuestras mentes. La vida jamás será nuestra enemiga. Dios jamás será nuestro enemigo ni nos pedirá que sintamos culpa por algo. La culpa es una enfermedad de la mente, no un reflejo de la justicia divina. La idea de que la justicia divina requiere de culpa y castigo es una locura. Dios nunca condena. Por tanto, nunca perdona, pues para perdonar es necesario primero haber condenado, como lo señala de manera hermosa Un Curso de Milagros. Es solo por nuestras creencias que sentimos culpa. Es solo nuestro perdón el que necesitamos.

***

El propósito de esta reflexión es invitarte a contemplar los efectos de la culpa. La culpa no solo no sirve para nada positivo, pues no arregla el pasado ni repara la herida, sino que además perpetúa el ciclo de ataque y contraataque.

En este punto es necesario hacer una advertencia: esta no es una invitación a sentirnos culpables por sentir culpa. Eso sería solo una locura que va en contra del propósito de esta reflexión, que es invitarnos a dejar la culpa de lado.

La culpa es de lo más normal que hay en nuestro actual estado de consciencia. Estamos programados para sentirnos culpables. Pues estamos programados para pensar que debemos ser castigados por lo que hacemos que juzgamos como malo. Creemos que debemos ser perdonados, que el perdón exige un pago a cambio, y que usualmente exige nuestro sufrimiento como pago. Esa es la idea del purgatorio: un lugar al que debemos ir a sufrir para poder expiar nuestros pecados.

Así, creemos que sentirnos culpables está bien, pues lo interpretamos como parte del castigo por el que debemos pasar para ser redimidos. Es esa misma idea de que Dios nos condena y exige nuestro sufrimiento a cambio de su perdón.

Por tanto, dadas nuestras creencias, nuestra cultura y nuestro estado actual de consciencia, sentir culpa es perfectamente normal. Es una enfermedad que debemos sanar, no una razón más para sentirnos culpables. Sentir culpa por sentir culpa sería como sentir culpa por tener dolor de cabeza. Sana, pero no te juzgues por estar enfermo.

Y esta posibilidad de sentir culpa por la culpa es algo común en los caminos espirituales. Hace parte de los juicios de segundo nivel, que le encantan al ego espiritual. Es así que, una vez se nos dice que dejemos de juzgar para ser libres y felices, a veces empezamos a juzgar a quienes juzgan y a juzgarnos cuando juzgamos. Vuelve a aparecer la misma locura, pero disfrazada de espiritualidad.

Sentir culpa por sentir culpa o juzgarnos por juzgar solo es una estrategia del ego para perpetuar la culpa y los juicios. El comienzo siempre es el perdón, el amor, la comprensión. Sólo de ahí puede tener lugar una verdadera transformación. Luego simplemente tomamos consciencia de nuestros patrones de pensamiento, los observamos en paz y los dejamos ir amorosamente. “Ah, ahí está la culpa de nuevo”. “Ah, ahí están mis juicios”. Los amo. Los dejo ir, pues soy consciente de su locura. No hay necesidad de castigarme ni juzgarme por eso. Puedo perdonarme y estar en paz.

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¿Será esto suficiente?

A largo plazo, la respuesta del ego siempre será: “No, no es suficiente. Necesito más”. Esa es la naturaleza del ego.

La razón por la que nunca será suficiente es porque, en realidad, el ego no quiere que sea suficiente. Su existencia depende de esa insuficiencia, de esa carencia.

Al ego le encanta embarcarse en luchas terribles, siempre y cuando sepa que no puede ganar. Esto es así porque su existencia depende de la lucha, de tener algo contra lo cual luchar o algo por lo que luchar.

Un Curso de Milagros dice que la consigna del ego es: “Busca, pero no halles”. El ego no quiere que halles, quiere que busques, pues la búsqueda es la que garantiza su existencia.

Así pues, para el ego nunca nada es suficiente.

Todos te pueden amar, te pueden alabar, pero el ego seguirá encontrando pruebas de que no hay suficiente amor. Tu pareja te puede bajar la Luna, pero el ego encontrará en el más leve gesto que haga un motivo de sospecha. Te pueden decir que está muy bien tu trabajo, pero el ego encontrará razones para pensar que no son sinceros. De pronto te lo dicen por lástima o por miedo a herirte.

Siempre habrá una forma de interpretar la realidad según la cual todavía no has recibido exactamente aquello que buscabas. El ego es experto en interpretar la realidad así. Y la búsqueda continúa.

El corazón, en cambio, te invita a darte cuenta de que no hay necesidad de buscar, pues ya lo tienes todo. Te invita a andar por el mundo, no buscando suplir tus carencias, sino compartiendo tu abundancia. Te invita a crear, no para obtener aquello que te falta, sino por el gozo puro de compartir.

Puedes elegir qué voz escuchar. Siempre puedes elegir. Aunque por momentos la voz del ego sea ensordecedora y parezca ser la única que existe, si prestas atención, debajo del ruido escucharás un silencio profundo. En ese silencio está la voz del corazón.

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Puedes reprogramarte

En mi casa hay dos gatas. Una llegó cuando ya era grande. Seguramente de pequeña la maltrataron. No importa cuánto amor le hemos dado; tampoco importa que día tras día le demostremos que no queremos hacerle daño: todo el tiempo nos tiene miedo. Cuando me acerco demasiado y trato de consentirla, sale corriendo.

La otra gata llegó de pequeña. Creo que es uno de los animales más felices que conozco. Aprovecha cada oportunidad que se le presenta para que la mimemos.

Cómo quisiera a veces poder cambiar la programación que quedó arraigada en la primera gata.

En ese sentido, los humanos tenemos una gran ventaja. Puede que nuestras experiencias en la niñez nos hayan programado para responder de forma automática frente a ciertas situaciones, pero, a diferencia de los gatos, podemos reprogramarnos.

Observa qué programas viejos siguen rondando por ahí que no te hacen feliz. Sólo con que tomes consciencia de ellos, comenzarás a desinstalarlos.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de James Blake.

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¿Cómo no odiar a Maduro?

Hace poco alguien me hizo esa pregunta en Twitter. Dado que el país en el que más personas siguen mis redes es Venezuela, me pareció bueno dar una respuesta larga. Producto de esto es este video.

Sin embargo, una persona me contactó y me dijo que en Venezuela su conexión a internet no era lo suficientemente buena como para ver el video y me pidió el favor de que lo pusiera por escrito. Aquí expongo lo que dije en el video, y profundizo en algunos puntos que allí solo toqué por encima:

I. Nada es malo. Maduro no es malo. Odiar a maduro tampoco es malo.

Nada es malo en sentido absoluto. Ni siquiera las peores cosas que podamos imaginar. Eso quiere decir que nada es malo a los ojos de Dios o a los ojos de la consciencia universal. Dios no juzga nunca ni nunca condena nada. No juzga a los asesinos, ni a los torturadores, ni a los dictadores. No juzga a Maduro. Y tampoco juzga a aquellos que odian a maduro.

Esto es así porque nada puede afectar ni ofender a Dios. Nada puede afectar la realidad. Un Curso de Milagros resume esto de manera preciosa al decir:

Nada irreal existe. Nada real puede ser amenazado. En eso reside la paz de Dios.

Solo en ilusiones podemos hacer daño. Podemos soñar que nos matamos. Podemos soñar que destruimos el mundo. Pero son solo sueños. Este mundo es una ilusión. Los cuerpos y la idea de que estamos separados es una ilusión. Y solo lo que es ilusorio puede ser dañado. Lo que es real, lo que somos en realidad, no puede ser amenazado. Por eso, nadie nunca puede hacer en realidad algo malo. Sólo puede hacer cosas malas en ilusiones.

II. Lo bueno y lo malo en sentido relativo

Sin embargo, es claro que, desde nuestro punto de vista, y de acuerdo con nuestros objetivos, sí hay cosas buenas y malas. Si deseas ir al norte y comienzas a caminar hacia el sur, podemos decir que estás caminando mal y que vas en la dirección equivocada. Pero quien camina sólo está haciendo algo malo en sentido relativo: en relación con su objetivo.

Así mismo, si quieres tener un cuerpo sano, pero comes todos los días cinco hamburguesas de MacDonald’s y te tomas dos litros de Coca-Cola, podemos decir que estás comiendo mal, muy mal. Fumar también es malo, suponiendo que deseas estar sano.

Así mismo, odiar es malo en sentido relativo. Es malo para nuestra salud. Es malo para nuestras relaciones. Es malo si deseamos vivir en armonía. Es un sentimiento intenso que se produce cuando nos sentimos amenazados por algo. Odiamos algo cuando lo consideramos como la causa de nuestro malestar. Nos sentimos atacados por eso y, en consecuencia, surge en nosotros un deseo de destruirlo.

Si deseas estar en paz y experimentar dicha, el odio es malo. Al igual que tomar veneno es malo. Pero en sentido absoluto no es malo. Dios no te juzga por eso ni juzga a nadie. Y, por tanto, tampoco tienes por qué juzgarte por eso. A veces, en el intento de ser espirituales, nos juzgamos por experimentar emociones como el odio.

Es bueno que desees estar sano, pero para sanar no es necesario juzgarte por estar enfermo; por el contrario, juzgarte hará más lento el proceso de sanación. Cuando odiamos, en efecto, estamos enfermos. Y es una enfermedad compartida por casi todos los seres humanos. Estamos sanando de a poco. Y merecemos amor en nuestro proceso de sanación, no ser juzgados.

Así que eso sería lo primero: no te juzgues por odiar. Eso no te hace malo a los ojos del Universo.

III. Abraza tus emociones

Una vez dejes de juzgar tus emociones, permítete sentirlas plenamente. Ve hasta lo profundo del odio. Puede que encuentres allí debajo otras emociones: tristeza, miedo. Siéntelas. Reconócelas. Quédate con ellas. Son tus maestras. Te muestran lo que debes sanar.

Permite también que las emociones se muevan. Si estás triste, permítete llorar. Si sólo tienes deseos de destruir, si la ira es muy fuerte, es bueno sacar la emoción a través del trabajo del cuerpo. Haz ejercicio fuerte, golpea una bolsa de boxeo, grita en una almohada o golpéala. Hazlo con la intensión de soltar la carga.

Después de mover las emociones, quedará en ti un espacio vacío, el espacio que antes ocupaba la emoción. Llena ese espacio de amor. Reclámalo. Habita en él. Reconoce que ese espacio es el amor mismo que espera a que lo reconozcas.

IV. Asume responsabilidad por lo que sientes

Cuando algo externo te hace sentir odio, simplemente está detonando una herida que ya está en ti. Te está mostrando un aspecto en el que puedes sanar. Es una oportunidad. Creer que la causa de tu malestar está fuera de ti es no asumir responsabilidad. La herida está adentro tuyo, y mientras no asumas responsabilidad por ella, no podrás sanarla.

Esto implica que la solución no es eliminar a la causa externa del odio. Eso puede arreglar las cosas afuera por un momento. Pero mientras tu herida siga adentro, no pasará mucho tiempo antes de que encuentres otra situación que detone ese odio.

Entonces mira lo que pasa como una oportunidad para sacar a la luz aquellas partes en las que aún no has sanado y abrázalas como oportunidades sagradas. Es como dice el Dalai Lama: En la práctica de la paciencia y el perdón, tu mayor enemigo es tu mejor maestro.

V. Toma acción consciente

Lo anterior no implica que no hagas nada para cambiar la situación externa. Claro que puedes tomar acción. Pero asegúrate de que sea una acción consciente. Responsabilízate primero por lo que sientes. Después actúa.

Para cambiar una realidad no tienes que odiarla. Si vas caminando por un bosque y te encuentras con un perro enloquecido, debes tomar acción para evitar ser herido por el perro. En un caso extremo, incluso puede que tengas que pelear con el perro. Pero eso no implica que tengas que odiarlo. No hay nada que odiar. Simplemente está loco. Igual que cualquier ser humano que comente actos inconscientes. Está enfermo. Puede que debamos tomar acciones para protegernos de él. Puede que en casos extremos tengamos que encerrarlo para evitar que dañe a quienes están a su alrededor. Pero podemos hacer eso desde un lugar de amor y de conpasión. No es necesario odiar para cambiar la realidad.

No emprendas acciones cargado de ira, y menos si tras la ira hay un odio profundo. Las acciones que emprendas desde ese estado, perpetuarán en el mundo aquello que percibes como la causa de tu odio. Es decir: crearás más de aquello que odias. Y puede que te conviertas en aquello que odias.

Toma acción después de mover tus emociones, como se indicó en el punto III o, al menos, sé muy consciente de esas emociones, de manera que no te lleven a cometer actos inconscientes. Si ves que el odio persiste en ti, ve con mucho cuidado. Actuar así es tan peligroso como manejar borracho. Lo mejor es parar y esperar. Pero, si tienes que actuar así, trata de estar lo más consciente posible. No te dejes llevar en pilóto automático. Puede que cuando recobres la consciencia veas que hiciste algo de lo que te arrepientes. O puede que hayas creado un infierno a tu alrededor.

VI. Somos responsables de todo

Finalmente, date cuenta de que aquello que percibes afuera de ti realmente no se encuentra separado de ti. La separación es una ilusión. Y es una ilusión que usamos justamente para no hacernos responsables. Es fácil apuntar el dedo y decir: eso está mal. No es tan fácil decir: eso que veo afuera es una parte mía y, por tanto, también es mi responsabilidad.

La maestra espiritual Isha Judd resume esta idea con un mantra muy poderoso que hace parte de una de sus meditaciones: Om responsabilidad, yo soy eso.

Maduro, o cualquier ser que percibas afuera de ti como un ser peligroso, malvado e inconsciente, es parte de ti. En el fondo, no estás separado de él. Simplemente lo estás viendo afuera. Pero ese ser es un reflejo de tu estado de consciencia, de nuestro estado de consciencia colectivo. Y nosotros somos parte de eso.

Así pues, pregúntate: ¿qué veo afuera que aún no haya sanado en mí? ¿Percibes violencia? Toma consciencia de la violencia en ti y asume responsabilidad, sánala. ¿Ves corrupción, mentira, avaricia? Mira en qué partes de ti están esas características también. Si miramos bien, todos las veremos dentro de nosotros.

No creas que el mundo sanaría si alguien eliminara a “los malos”, como en las películas de superhéroes. Pues los malos son un reflejo de lo que todos llevamos dentro. Así que, para sanar al mundo, debes sanar tú. Debo sanar yo. Hazte responsable por aquello que no te gusta fuera de ti y sánalo en ti. Conviértete en un ejemplo prístino de aquello que deseas ver afuera de ti.

VII. Ama a Maduro

La persona que me preguntó cómo no odiar a Maduro lo hizo como respuesta a esta frase del Dalai Lama que publiqué en Twitter: “El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor”. Y creo que esa frase contiene la clave para salir de la locura en la que nos encontramos.

Maduro no necesita que lo odien. Necesita que lo amen. Amor no significa condonar ni permitir que siga haciendo lo que está haciendo. Amar significa llevar luz a la oscuridad. Amar significa ver que, en realidad, cuando alguien está actuando de manera demente requiere de nuestra compasión.

Un Curso de Milagros expresa esto de manera maravillosa:

Todo lo que percibes como un ataque es en realidad una petición de amor.

Todo aquel que actúa de forma inconsciente lo hace porque cree que así conseguirá lo que desea. En lo más profundo, todos deseamos amor. Quien actúa de forma demente y daña a los demás simplemente se ha desconectado tanto de la fuente del amor que yace dentro de sí que cree que encontrará solaz y regocijo en las acciones más dementes que se pueda imaginar. Pero, en el fondo, todo lo que necesita es amor, y eso es por lo que clama de manera inconciente.

VIII. Sanemos nuestra percepción

Imagina que uno de tus seres queridos más cercanos enloquece y comienza a golpear a todos a tu alrededor. ¿Dejarías de amarlo? ¿Lo aniquilarías? Puede que haya que inmovilizarlo para evitar que te haga daño, pero puedes hacerlo con profundo amor, haciendo lo que sea mejor para él y para ti.

Maduro necesita que sanes tu percepción y aprendas a verlo como un hermano digno de amor. El mundo necesita que sanemos nuestra percepción y sanemos el odio. Yo necesito sanar mi percepción y mi odio. Quiero sanar para dejar de ver enemigos que merecen ser castigados y destruidos y empezar a ver hermanos que nececitan con urgencia de mi amor, de tu amor.

Y te invito a que sanemos juntos. Pues sé que yo también incontables veces me siento atacado por mis hermanos y creo que ellos deben ser castigados por eso que percibo. Pero sé que realmente lo que necesitan es amor. Pues eso es lo que necesito yo.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de C&W Photography.

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¿Qué nos quieres enseñar?

Todo el mundo enseña, y enseña continuamente.

Un Curso de Milagros, cap. 6, introducción, 2, 2.

Todo el mundo basa sus acciones en algún sistema de creencias, ya sean estas conscientes o inconscientes. En otras palabras, nuestras acciones son un reflejo de nuestras creencias más profundas.

Si actúas de forma tacaña, muestras que crees que tu abundancia es limitada. Si atacas a alguien es porque crees que esa persona es tu enemigo y merece sufrir. Si compartes relajadamente muestras tu creencia en la abundancia.

Y esto no se puede fingir. Se trata de la acción completa, y eso incluye cómo te sientes. Si actúas externamente como si confiaras en alguien, pero internamente tienes miedo de esa persona, muestras que crees que esa persona puede hacerte daño. Podemos sentir tu paz y tu miedo, así no nos demos cuenta en el nivel consciente.

Así, al actuar siempre estamos mostrando que aceptamos ciertas creencias y rechazamos otras. Y al mostrar que aceptamos ciertas creencias, las promovemos en los demás. Es decir, enseñamos nuestras creencias más profundas todo el tiempo a través del ejemplo.

Con cada acción promueves las creencias que dieron pie a esa acción. Tus actos amorosos enseñan a amar. Tus actos basados en la desconfianza enseñan a temer. Cuando actúas a partir de la carencia enseñas carencia. Cuando actúas a partir de la abundancia enseñas abundancia.

Siempre estamos enseñando. Eso no lo podemos cambiar. Pero podemos elegir enseñar de manera consciente.

¿Qué nos quieres enseñar?

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Sandra.

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Espero que dejes de leer este blog

Un Curso de Milagros tiene una frase que me fascina:

El propósito de un buen maestro es hacerse innecesario.

No soy un maestro espiritual en el sentido de que no he alcanzado un estado interno de maestría, de iluminación. Pero soy maestro en el sentido en el que todos somos maestros. Tengo cosas para compartir y, si deseas, puedes aprender de mí si lo necesitas. Ojalá pronto ya no lo necesites.

He dado clases de españos en varias universidades, y, cuando lo hago bien, mis alumnos dejan de necesitarme. Un buen maestro no busca seguidores. Busca compartir todo lo que tiene. De manera que sus alumnos lleguen a un punto en el que ya no tengan nada que aprender de él y puedan prescindir de sus servicios. En otra palabras, un buen maestro no busca crear seguidores, sino crear maestros.

No te voy a mentir. Deseo que este blog crezca y que cada vez lo lean más personas. Y deseo esto porque creo que hay mucha gente a la que le podría ayudar en su camino. Sin embargo, sueño con un mundo iluminado, en el que nadie tenga ya necesidad de enseñanzas espirituales.

Ojalá pronto yo no tenga nada para decir de lo que no seas consciente ya. Ojalá que encuentres en ti verdades más elevadas, y leas esto sólo como escucharías el balbuceo de un niño. Ojalá llegue el punto en el que no te interese leer mensajes como este.

Bendiciones en tu camino.

Sitka Spruce & Devil’s Club above shore of Beaver Lake, Sitka July 2009

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La clave del perdón verdadero

Una de las ideas que más me sorprendió de Un Curso de Milagros es la forma como entiende el perdón. El siguiente pasaje me parece maravilloso:

[…] el perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: “Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado”. Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposible, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa. (Capítulo 27, II, 2, 7-10)

¡Qué forma tan maravillosa de ver el perdón! Según lo que propone el texto, perdonar es igual a sanar. Perdonar no es creer que te han herido, sentir que te han herido, y pasar por alto la ofensa. Pues eso establece que la ofensa es real. Y si la ofensa es real, quien te hirió es culpable. El perdón verdadero quita toda culpa de los hombros de tu hermano. Le dice: “En realidad no eres culpable, pues no me has hecho nada. Y la prueba de que no me has hecho nada es que estoy sano”.

De esta manera, en realidad, perdonar es reconocer que no hay nada qué perdonar. Es este el perdón de Jesús cuando resuscita y dice: “Mírenme, estoy sano. No me hicieron nada, en realidad. Lo que creyeron que me hicieron, es sólo una ilusión. No hay nada qué perdonar”.

De alguna forma, este perdón máximo, el perdón más elevado, no es en realidad un perdón. Es simplemente ayudarle al otro a ver que es y siempre ha sido inocente. Es por esto que también Jesús nos dice en Un Curso de Milagros: “Dios no perdona porque nunca ha condenado. Y primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario” (Libro de ejercicios, Lección 46, 1, 1-2).

Pero, me dirás: ¿Qué hacer cuando sé que la ofensa es real, cuando tengo la evidencia de que en realidad me hirieron? Mi respuesta es: ten la intención de sanar. Y comienza por cosas pequeñas. Sanar algo extremo requiere de un grado de maestría (por ejemplo, sanar el haber sido crucificado, que es el ejemplo máximo de perdón que Jesús nos ofreció).

Sanar es darte cuenta de que en realidad no te han hecho nada. Y una forma de empezar a tomar consciencia de esto es darnos cuenta de que aquello que es atacado u ofendido no es real. Lo que puede ser atacado es el ego o el cuerpo. Y ninguno de los dos es real en última instancia. Son solo ilusiones. Lo que eres en realidad, tu escencia verdadera, no puede ser atacada.

La idea de que el cuerpo no es real puede ser muy difícil de aceptar al comienzo. Por tanto, es mejor empezar la práctica del perdón con aquellos casos en los que es evidente que lo único que es atacado es nuestro ego: la idea que tenemos de nosotros mismos. Pasa alguien por la calle y te mira mal. ¿Te hizo algo? No, en realidad es sólo tu ego el que se siente ofendido. Pero en verdad a ti no te hizo nada. Por tanto, no hay nada qué perdonar.

Así, perdonar es sanar; sanar es reconocer que no te han hecho nada; y reconocer que no han te han hecho nada es identificarte con tu verdadera escencia, que no es el ego ni el cuerpo. Perdonar es reconocer que, a aquello que es verdad en ti, no le han hecho nada, y nunca jamás podrían hacerle nada.

Por momentos parece imposible asumir este punto de vista. Pues parecen muy reales el daño y el sufrimiento. Pero, de nuevo, la invitación es a empezar con cosas pequeñas.

Para Un Curso de Milagros, aprender a perdonar es igual a sanar y es igual a alcanzar el mayor grado de consciencia espiritual, pues implica reconocer tu verdadera identidad, que no puede ser atacada. Y llegar a ese nivel máximo de perdón puede ser el trabajo de toda una vida (o de muchas vidas, si crees en la reencarnación).

Te aseguro, sin embargo, que hoy tendrás la oportunidad para practicar este maravilloso punto de vista con algo sencillo y pequeño. Seguro. Algún comentario de tu pareja o tus hijos. Alguien que te desaprueba y te sientes atacada. No sé. Alguien que te ignora. Alguien que se te atraviesa en el tráfico mientras manejas. Ya lo sabrás cuando suceda.

Algo sí te puedo asegurar. Una de las experiencias más maravillosas que hay es poder decirle a un amigo, a un hermano que creyó que te hizo daño: “Mírame. Estoy sano. No me hiciste nada. Mi amor por ti está intacto. Eres completamente inocente”. Poder decir eso sintiéndolo de corazón, poder mostrarlo de forma evidente, créeme, es de las cosas más lindas que hay.

Por último, pero no menos importante: para empezar, lo primero es perdonarnos por no ser capaces de perdonar. Usar cualquiera de estas ideas para juzgarnos, castigarnos y condenarnos sería algo completamente absurdo y ridículo (pero es lo que el ego primero intentará, así que ríete cuando caigas en cuenta de su locura). Toma estas palabras como una invitación amorosa. Camina hasta donde puedas, pero no te juzgues jamás por la dificultad que pueda aparecer al tratar de ponerlas en práctica.

Azucenas, símbolo de perdón en Un Curso de Milagros.

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Regálate unos segundos de descanso profundo

Acabo de tener una semana de vacaciones, y me siento renovado, pues descansé profundamente. Y te quiero invitar a que descanses tú también ahora.

¿Qué significa descansar? Cuando se trata del cuerpo, todos lo entendemos, pero cuando se trata de la mente, no es tan fácil saber a qué nos referimos.

Para mí, el descanso más profundo se da cuando dejamos al lado el ego por un momento. Cuando nos relajamos con respecto a las ideas que tenemos sobre nosotros mismos y sobre nuestra vida. Es un descanso de los debería y no debería. De los que tal si y qué pasaría si. Es un descanso de juzgarnos y juzgar a los demás. Es un descanso de etiquetar todo el tiempo todas las experiencias y todas las cosas.

Pero ¿qué queda cuando descansamos de todas esas cosas? Quedamos solo nosotros, desnudos. Queda solo nuestro ser. Ese es el descanso más profundo: solo ser. Y es un descanso vibrante, consciente, no se trata de entrar en la inconsciencia (aunque ese tipo de descanso también es necesario: lo hacemos todas las noches al dormir).

Y lo mejor es que ese descanso consciente se puede lograr en medio de cualquier actividad. Al comienzo, es más fácil en una finca en medio del silencio, es verdad. Pero en realidad podemos descansar del ego en cada momento, sin importar lo que estemos haciendo, incluso en medio del ruido y el trajín de nuestra vida diaria (así como también podemos estar en una batalla interna contra nosotros mismos en medio de una isla paradisiaca sentados en flor de loto y con los ojos cerrados).

Te invito a que ahora y hoy elijas regalarte un descanso profundo. No tienes por qué tratar de dejar tu ego de lado. Solo permítele descansar. Lleva mucho tiempo luchando contra todo, contra la vida y contra sí mismo. Lleva mucho tiempo tratando de lograr algo, tratando de ser algo.

Puedes empezar por relajar la tensión constante de ciertos pensamientos, ciertas expectativas, ciertos juicios. Solo un poco. Solo por un minuto. Solo por hoy. No se trata del futuro. Se trata de regalarte unos segundos de descanso justo ahora.

Lo más normal, es que en medio del descanso surja de nuevo la voz del ego, pues teme que, si no está en control, las cosas pueden descarrilarse: ¿pero y qué tal si esto o lo otro, pero qué va a pasar si…? Cuando esto pase, simplemente bendícelo, dale las gracias por su preocupación y permítele descansar otra vez. Solo por unos segundos. Solo por este momento. Eso es todo. Esa es la invitación.

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¿Qué significa esto que me está pasando?

Cuando sentimos una emoción fuerte, tenemos un pensamiento inesperado o reaccionamos de una forma que nos asusta, es normal preguntar: ¿por qué estoy sintiendo esto?, ¿qué me pasa?, ¿cuál es el significado de esto?

En un esfuerzo inconsciente por responder esas preguntas, constantemente le atribuimos significado a lo que sentimos y a lo que pensamos, y muchas veces asignamos un significado que nos hace sufrir. Por ejemplo: sentí esto al verlo a él, eso significa que algo anda mal en nuestra amistad; he tenido tales y tales pensamientos, eso significa que mi camino espiritual va mal, o que estoy deprimido, o que no soy una buena persona; siento esto y pienso esto otro, eso significa que mi vida está mal y va hacia el abismo.

¿Por qué tenemos la necesidad de interpretarlo todo? Porque creemos que si lo entendemos podremos predecir lo que pasará, y que si lo predecimos podremos controlarlo. Y creemos que controlar es la forma de escapar del sufrimiento y asegurar un futuro feliz. Pero la verdad es que controlar nos hace infelices. Al controlar estamos constantemente tensos, estamos cerrados a lo que la vida nos quiere traer, solo nos abrimos a recibir lo que encaja en los planes que hemos elaborado para escaparnos del sufrimiento.

¿Y con base en qué interpretamos? Con base en el pasado, por supuesto. Siempre asignamos significado a este momento con base en nuestras experiencias pasadas. Dicho de otra forma: proyectamos el pasado en el presente. Si un perro nos mordió de niños, ahora siempre que vemos un perro vemos un enemigo. No vemos al perro como es ahora. Y tampoco nos vemos a nosotros mismos y a nuestros pensamientos y emociones como son ahora. Les atribuimos el significado que nos dicta el pasado. En consecuencia, estamos ciegos al presente. No vemos en realidad.

¿La alternativa? Resistir la tentación de atribuir significado a todo lo que sucede. Esta es una de las prácticas espirituales más elevadas.

En la primera lección de Un Curso de Milagros se nos pide que miremos al rededor nuestro y digamos: “esto que veo no significa nada”, “esa mesa no significa nada”, “ese cuerpo no significa nada”, “nada de lo que veo significa nada”. Y en la segunda lección se nos pide que hagamos lo mismo con nuestros pensamientos: “este pensamiento acerca de ___ no significa nada”, “nada de lo que pienso significa nada”.

Es normal sentir gran resistencia a hacer estos ejercicios. Esto es así porque creemos que la realidad de nuestra vida depende del significado que le otorgamos, y que, si se lo quitamos, nos quedamos con el vacío, y nuestro ego no puede tolerar el vacío. Creemos que sin las interpretaciones y el control del ego, terminaremos en parajes oscuros de sufrimiento. Pero esto es una ilusión. En Un Curso de Milagros dice: “Crees que sin el ego todo sería un caos, pero yo te aseguro que sin el ego todo sería amor”.

Así es, creemos que si no interpretamos, predecimos y controlamos, nuestra vida terminará mal. Pero lo cierto es que si soltamos el control y dejamos de interpretar y predecir, nos quedaremos con la verdad del momento presente, sin el velo del pasado que nos impida ver este instante como realmente es. Y en ese estado, nuestra sabiduría interior, la divinidad que habita en nosotros, reponderá a este momento de una manera mucho más sabia de lo que nuestro ego y nuestro intelecto jamás serían capaces.

Así pues, la invitación es a que te des un respiro. No tienes por qué entender lo que te pasa. No tienes por qué controlar tu destino. Y si interpretas de forma automática, como lo hacemos todos, no tienes por qué creer en esa historia que construye tu mente a partir de todo lo que pasa. Es una historia construida con base en el pasado, que ya no existe. No refleja la verdad de este momento. Solo observa. Solo siente. No tienes por qué decifrarlo. Las cosas no se volverán caóticas porque no las entiendas. Cuando sueltes, verás que todo es amor.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Yan Hidayat.

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Consejos para relajarnos en medio de nuestra imperfección

Cuando se emprende un camino espiritual, es común encontrar consejos como “perdona”, “no tengas pensamientos negativos”, “libérate de las emociones tóxicas”.

En cierto nivel, creo que son buenos consejos. Yo mismo pongo a veces memes con reflexiones afines a esta forma de pensar. Sin embargo, estos consejos pueden ser contraproducentes, dependiendo de la manera como se apliquen.

El problema es que a veces tenemos pensamientos “negativos” (esto es, pensamientos que nos hacen sufrir) y no es fácil dejarlos ir. No es fácil evitarlos. Y entonces, por tratar de seguir el consejo de no tener pensamientos negativos, nos peleamos con nuestros pensamientos, entramos en conflicto con nosotros mismos. Tratamos de suprimir una parte nuestra. Pero, sobre todo, sufrimos el doble. Pues, de por sí, un pensamiento negativo ya nos hace sufrir, pero ahora, como tenemos la idea de que ese pensamiento no debería estar en nuestra conciencia, nos preocupamos además por que esté allí. Decimos: “no debería tener este pensamiento”, “si quiero sanar y ser espiritual, debería alejarlo”. Y este último pensamiento es, de hecho, un pensamiento negativo, pues nos hace sufrir, ya que estamos preocupados e inconformes con nuestros pensamientos.

En otras palabras, nuestra evolución espiritual se nos convierte en un problema más, en una tarea que no estamos haciendo bien. En vez de traernos paz, nuestro camino espiritual asumido así nos trae ansiedad, culpa y preocupación.

Pero entonces, ¿qué hacer?

El truco, en mi opinión, es observa sin juzgar. Observar y aceptar lo que surge en este momento. O, al menos, no luchar con ello. Dejarlo estar. Sin juzgarlo. Es perfecto que surja. Es solo una experiencia más. No tenemos que resolverlo. La sola consciencia sobre lo que emerje tiene un gran poder sanador. Pero no tenemos que hacer algo para sanarlo.

Esto es difícil de poner en palabras. Parece una contradicción. Porque entonces podemos comenzar a esforzarnos por no juzgar, y comenzamos a juzgar nuestros juicios, y el sufrimiento vuelve a entrar por la puerta de atrás sin que nos demos cuenta.

La invitación es a relajarnos en medio de la imperfección. Se trata de un soltar sin esfuerzo. De un soltar que no podemos forzar. Solo podemos estar en disposición para que surja por sí solo. Se trata de que dejemos de tratar de hacer, pues ese hacedor es la fuente del sufrimiento. Pero tampoco podemos forzarlo a que deje de hacer. Él simplemente se detiene en presencia de la consciencia.

En el lenguaje de Un Curso de Milagros, el truco está en entregarle el problema al Espíritu Santo (la mente de Dios que reside en nosotros), y en no tratar de resolverlo por nuestra cuenta.

En pocas palabras, mi consejo sería este:

  1. Observa. Recononoce que no te gusta lo que vez.
  2. Ten la intención de sanar. Pide ayuda.
  3. Reconoce que no te corresponde a ti sanar. Reconoce que no hay nada que tengas que hacer.
  4. Entréga lo que no te gusta y confía.
  5. Repite el paso 1.

Nota: Si este procedimiento te trae sufrimiento, suspéndelo y consulta con tu médico (tu guía interior).

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Thomas Mangelsen.

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