Padre nuestro, que estás en los Cielos

Quiero en esta entrada compartir algunas de mis creencias más íntimas y profundas, y quiero contarles cómo es mi relación con la religión cristiana y con el catolicismo.

Voy a explicar por qué me gusta tanto la oración del padrenuestro y a dar mi interpretación de cada una de sus partes. Pero, para esto, primero quiero contarles un poco sobre mi crianza. Dicha oración es mi preferida. Creo que eso se debe a que de pequeño disfrutaba ir a misa, pues mi abuela materna, a quien amé profundamente, era muy católica, y fue ella quien me crio. Y aun hoy en día, a pesar de que mis creencias han cambiado mucho, disfruto cuando por alguna razón acompaño a alguien a una misa y llega el momento de rezar el padrenuestro. Disfruto de abrir los brazos, cerrar los ojos y pronunciar:

Padre nuestro, que estás en los Cielos; Santificado sea tu Nombre; Venga a nosotros tu Reino; Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo; Danos hoy nuestro pan de cada día; Perdona nuestras ofensas, así como nosotros también perdonamos a quienes nos ofenden; No nos dejes caer en tentación; líbranos del mal. Amén.

Antes de hablar sobre el significado profundo que tiene para mí cada una de estas frases, me gustaría hablar un poco más de cómo mis creencias y mi forma de ver la religión han ido cambiando a través de mi camino.

Aunque mi madre y mi padre son muy religiosos, quisieron que yo tuviera la posibilidad de decidir sobre mis propias creencias. Por eso, no me bautizaron cuando estaba recién nacido, como es usual en las familias católicas. Me bauticé a los 8 años de edad, por decisión propia. Recuerdo el día, como estaba vestido y lo que sentí cuando el padre que oficiaba la ceremonia derramó el agua sobre mi cabeza. Y recuerdo también lo que sentí en los días siguientes: una mezcla entre santidad y miedo a perderla. Recuerdo la sensación de ser puro y el miedo a que haya en mí una maldad que puede surgir en cualquier momento si no tengo cuidado. Y es que ya, a esa temprana edad, podía ver que en la religión católica había elementos de miedo que me llevaban a sufrir.

Al bautizarme, el padre me dijo que en ese momento yo quedaba libre de todo pecado. Era como un «borrón y cuenta nueva», como decimos aquí en Colombia. No importaba lo que hubiera hecho o pensado antes de ese momento, todo quedaba en el olvido gracias a la ceremonia del bautizo. Sin embargo, de ahí en adelante, tenía que esforzarme por mantener esa santidad. Lo que había hecho en el pasado estaba perdonado, pero no así lo que haría en el futuro. Entonces sentía gran tensión y surgió la nececidad de controlar mis acciones y pensamientos. Pero era inútil. Sin importar qué tanto me esforzara, los pensamientos que consideraba impuros se infiltraban en mi mente y me atormentaba la idea de haber perdido el perdón y la pureza que me habían sido concedidos con mi bautizo.

Esta relación ambivalente con la religión continuó durante mi adolescencia, con sensaciones de gozo y tormento amplificadas por la madurez de mi mente y el despertar de los deseos sexuales. Después de hacer la Primera Comunión, se estableció una dinámica insana en la que constantemente buscaba la experiencia de santidad a través de la confesión, pero sólo para volver a sentirme manchado a los pocos momentos de haber salido de la iglesia. Esto, por supuesto, me llevaba a cansarme y a alejarme de la religión. No obstante, esa lejanía acentuaba la culpa, y cuando ésta se hacía insoportable, volvía a confesarme y me refrescaba brevemente en la sensación pasajera de pureza y santidad.

A los 16 años, esta dinámica de extremos se agudizó. Tras varios meses de haber abandonado por completo las prácticas religiosas y de haberme permitido experimentar a gusto los placeres que el mundo tenía para ofrecerme, la sensación de culpa alcanzó uno de sus picos más altos. Entonces ingresé a una iglesia cristiana muy exigente. Era exactamente lo que deseaba: la oportunidad de ser perfecto. Y durante 6 meses traté de serlo. Realmente me esforcé. Di lo mejor de mí, de eso no me queda ninguna duda. Pero, al igual que antes, tampoco fue suficiente. Entre más trataba de alejarme de los pensamientos y las acciones «impuras», con más intensidad y ahínco me acediaban. Así, más temprano que tarde, mis deseos, fortalecidos por la represión, erosionaron y echaron abajo la ilusoria fortaleza de santidad que con tanto esfuerzo había erigido.

Entré entonces en un periodo de profunda depresión y me alejé de la religión por varios años. Me sentía constantemente atormentado. Y, de todas las ideas temibles, la más intensa era la creencia en el infierno, que, según mi punto de vista, era mi destino inevitable ahora que me había «caído de la fe», que era como se referían en aquella iglesia a la que había pertenecido al acto de abandonarla. Recuerdo caminar por la calle en medio de un desasosiego constante, mirando de vez en cuando al cielo, con la sensación de que en cualquier momento podía caerme un rayo como castigo por lo que había hecho.

Poco a poco, el miedo y la ansiedad fueron disminuyendo, si bien siempre estuvieron presentes en el fondo de mi mente. En este proceso ayudó mucho la vida académica. Cuando entré a estudiar filosofía, me permití cuestionar todas las creencias que había albergado hasta el momento, y, motivado por el escepticismo de mis compañeros de clase, así como de los profesores y los autores a quienes admiraba, llegué a la conclusión de que nada en la vida tenía sentido y de que, por tanto, no había razón para sentirme culpable. A esto, además, se sumó el reconocimiento de que mis ideas religiosas y mi fe se fundamentaban en el miedo al castigo, lo que me llevó a abandonarlas por completo, pues de alguna forma podía sentir que lo que yo estaba buscando en realidad era el amor, y éste es incompatible con el miedo.

De esta manera, por varios años la mente y las ideas fueron mi refugio, si bien el deseo de entrar en comunión con lo divino y la necesidad de deshacerme de la culpa nunca desaparecieron por completo. Había dejado atrás las creencias religiosas, pero en un nivel más profundo mi sed por la espiritualidad permanecía.

Tras acabar mi pregrado, comencé una maestría en filosofía, pero pronto me di cuenta de que ese camino no me satisfacía y decidí abandonarlo (en este video narro con detalle cómo fue esa experiencia). Ya no me sentía tan culpable como antes, pero mi mente se había convertido en una prisión y los pensamientos obsesivos acerca de todo me impedían disfrutar la vida. Fue entonces cuando descubrí la meditación y empecé a leer libros sobre cómo estar en silencio y encontrar paz interior. Finalmente, eso me llevó a descubrir el camino por el que he transitado desde entonces, en el cual las enseñanzas de Un Curso de Milagros ocupan un lugar preponderante.

De este modo se cerró el ciclo que había comenzado con mi bautizo y mi formación católica, ya que Un Curso de Milagros es un libro canalizado del alma de Jesús y hace referencia constante a las enseñanzas que aparecen en La Biblia (incluidas las palabras que se le atribuyen a él), pero las reinterpreta de forma tal que quedan desprovistas de miedo. Aún habla del infierno, por ejemplo, pero aclara que es una idea ilusoria que nosotros mismos creamos y que, por tanto, tenemos el poder de abandonar. Y dice además que ese despertar no sólo es posible, sino necesario: es nuestro destino en razón de quienes somos. Son éstas las nuevas ideas que veo cuando pronuncio ahora la oración del padrenuestro y que comparto a continuación.

Padre nuestro que estás en los Cielos Esta parte dice que Dios está «en los Cielos», pero ¿en dónde se encuentran los cielos? De pequeño, creía que el Reino de los Cielos se encuentra lejos, en otra vida, en un lugar al que no tengo acceso en este momento y al cual se me puede negar la entrada si no me porto bien. Ahora entiendo que el Reino de los Cielos está en nuestro interior… aunque en realidad, esto es aún una imprecisión, una metáfora. El siguiente pasaje de Un Curso de Milagros es esclarecedor:

Es difícil entender lo que realmente quiere decir “El Reino de los Cielos está dentro de ti”. Esto se debe a que no es comprensible para el ego, que lo interpreta como si algo que está fuera estuviese dentro, lo cual no tiene sentido. La palabra “dentro” es innecesaria. Tú eres el Reino de los Cielos. ¿Qué otra cosa sino a ti creó el Creador y qué otra cosa sino tú es Su Reino? T-4.III.1:1-5.

Así pues, la frase «Padre nuestro que estás en los Cielos» hace referencia, en realidad, a nuestra unidad con Dios, pues Él mora en su Reino, pero nosotros somos su Reino. Él mora en nosotros, Él es nosotros. Y es que, desde Un Curso de Milagros, Dios no crea algo separado de Él. Todo lo que Él crea es parte de Sí mismo. En otras palabras, Dios crea extendiéndose a Sí mismo y compartiendo su Ser con su creación.

Santificado sea tu NombreEsta parte, según mi interpretación, se refiere a los símbolos. Dios es eterno, y por siempre santo e inmutable. Es el Ser mismo, lo que es, la realidad, y no puede dejar de ser. Por tanto, lo que se santifica con esta oración no es a Dios, ya que Él no tiene necesidad de ser santificado, pues ya es santo. Lo que se pide que se santifique es su nombre. Y el nombre es un símbolo, una representación de algo. Es la manera como a través de nuestra mente podemos hacer referencia a una realidad. Lo que se pide, entonces, es que reconozcamos la santidad de Dios a través de los símbolos que hemos construido para representarlo. Es otra forma de decir: toma consciencia de la santidad de Dios que mora ya en tu mente, reconócela a través de los símbolos que has creado, usa el poder creativo de tu mente para representar la realidad de Dios, que es tu esencia más profunda, tu propio Ser, como ya se dijo en el párrafo anterior.

Venga a nosotros tu Reinoa la luz de la interpretación de la primera frase, esta tercera simplemente quiere decir: «permítenos tomar consciencia de nuestra unidad Contigo».

Hágase tu volutad tanto en la tierra como en el Cielo… aquí declaramos que estamos dispuestos a salir de nuestro estado de aparente separación, en el que creemos tener una voluntad separada de la de nuestro creador, y reconocemos que en realidad nuestra voluntad es la suya. En el plano práctico, estamos declarando que nos vamos a dejar guiar por nuestro corazón, por nuestro guía interior; que estamos receptivos, dispuestos a oír y a dejarnos llevar por nuestro Ser superior por donde Éste nos indique. De esto se da un bello recordatorio en el libro de ejercicios de Un Curso de Milagros:

La Voluntad de Dios es la única Voluntad. Cuando hayas reconocido esto, habrás reconocido que tu voluntad es la Suya. La creencia de que el conflicto es posible habrá desaparecido. L-pI.74.1:3-5.

Danos hoy nuestro pan de cada día… Esta es, sin duda, una invitación a reconocer nuestra abundancia y a relajarnos, sabiendo que en cada momento tenemos exactamente lo que necesitamos y que, en consecuencia, no tiene sentido preocuparnos por el futuro. Esto es así por razón de quienes somos, pues si en realidad no estamos separados de nuestro Padre nunca, ¿qué podría faltarnos jamás?

Perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden… En Un Curso de Milagros, el perdón es en realidad innecesario, pues nunca hemos hecho nada malo. Todo lo impuro que creemos haber hecho ha sido en ilusiones, y lo que caracteriza a las ilusiones es que no son reales. Sin embargo, mientras mantengamos las ilusiones, necesitamos del perdón, pero no del perdón de Dios, quien nunca nos juzga, sino de nuestro propio perdón. En otras palabras, tenemos que reconocer que los juicios que albergamos contra nosotros y contra los demás son ilusorios y que, por tanto, podemos soltarlos y percibirnos a nosotros y a los demás como en realidad somos y como nunca hemos dejado de ser: puros y santos.

Sobre esto, hay tres pasajes de Un Curso de Milagros que quiero citar. Los dos primeros tienen que ver con el perdón:

El Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. En sus sueños se ha traicionado a sí mismo, a sus hermanos y a su Dios. Mas lo que ocurre en sueños no ocurre realmente. T-17.I.1:4-6.

Dios no perdona porque nunca ha condenado. Y primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario. El perdón es la mayor necesidad de este mundo, y esto se debe a que es un mundo de ilusiones. Aquellos que perdonan se liberan a sí mismos de las ilusiones, mientras que los que se niegan a hacerlo se atan a ellas. De la misma manera en que sólo te condenas a ti mismo, de igual modo, sólo te perdonas a ti mismo. L-pI.46.1.

El tercer pasaje tiene que ver con dejar de juzgar a los demás como una forma de dejar de juzgarnos a nosotros. La Biblia dice: «así como juzgues serás juzgado». Usualmente esto se interpreta como que si juzgamos a los demás, Dios nos juzgará a nosotros como castigo. Pero esto no puede ser verdad, pues Dios nunca condena. Para mí, lo que esto significa es que tal como percibimos a los demás nos percibimos a nosotros mismos, ya que en realidad no estamos separados. Somos un solo ser. Esto implica que cuando juzgamos a alguien más en realidad nos estamos juzgando a nosotros mismos. Así pues, si queremos encontrar el perdón adentro, debemos aprender a percibir correctamente a los demás, lo que implica ver siempre su divinidad y su impecabilidad, que permanecen inmutables a pesar de las aparentes locuras que parezcan haber hecho en el mundo.

Cuando te encuentras con alguien, recuerda que se trata de un encuentro santo. Tal como lo consideres a él, así te considerarás a ti mismo. Tal como lo trates, así te tratarás a ti mismo. Tal como pienses de él, así pensarás de ti mismo. Nunca te olvides de esto, pues en tus semejantes o bien te encuentras a ti mismo o bien te pierdes a ti mismo. T-8.III.4:1-4.

No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal… La tentación no es la tentación de hacer cosas malas, pues en realidad no es posible hacer algo malo o pecar. No es posible ofender a Dios. Es por esto que Él nunca condena. La tentación es la tentación de percibir incorrectamente y vivir en un mundo de ilusiones. Es decir, es la tentación de creer que podemos pecar y sufrir. La tentación es la tentación de creer que estamos separados de Dios y separados los unos de los otros. La tentación es la tentación de creer que vivimos en el infierno, que no es otra cosa que el estado de aparente separación de Dios, de nuestra fuente, que es el Amor mismo. En otras palabras, esta frase podría leerse como «danos la fuerza para abandonar nuestras ilusiones y despertar a nuestra realidad, en la que somos Uno contigo».

Para terminar, quisiera citar un pasaje muy significativo de Un Curso de Milagros que es considerado por algunos como la nueva versión del padrenuestro y que resume de bella manera las ideas que he expuesto aquí:

Perdónanos nuestras ilusiones, Padre, y ayúdanos a aceptar la verdadera relación que tenemos Contigo, en la que no hay ilusiones y en la que jamás puede infiltrarse ninguna. Nuestra santidad es la Tuya. ¿Qué puede haber en nosotros que necesite perdón si Tu Perdón es perfecto?  El sueño del olvido no es más que nuestra renuencia a recordar Tu Perdón y Tu Amor.  No nos dejes caer en la tentación, pues la tentación del Hijo de Dios no es Tu Voluntad.  Y que recibamos únicamente lo que Tú has dado, y que aceptemos sólo eso en las mentes que Tú creaste y que amas. Amén. T-16.VII.12.

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