¿Vale la pena oprimir el botón para adelantar?

En la película Click, al protagonista (Adam Sandler) le regalan un control remoto mágico (alerta de spoilers). Si lo desea, con ese control puede adelantar las escenas de su vida, pausarlas o incluso volver atrás. Como este personaje está obsesionado con obtener ciertos logros en el futuro, decide empezar a adelantar ciertas escenas hasta llegar a aquellos momentos que sí desea experimentar. Por ejemplo, salta el fin de semana en el que está enfermo y tiene que trabajar, y adelanta su vida hasta la escena en la que lo promueven en su trabajo por estar haciendo bien las cosas.

Parece una buena técnica para vivir una vida más placentera. Sin embargo, lo que el personaje aprende es que esta técnica en realidad sirve para no vivir en absoluto. Es una forma de rechazar la vida, de dejar de vivir. Pues implica tratar al momento presente, donde reside la vida, como un obstáculo o, a lo sumo, como un medio para llegar al futuro. Pero no se lo ve como algo valioso en sí mismo.

Además, este control remoto tiene una característica particular: guarda las preferencias de su usuario. Por tanto, de forma automática comienza a adelantar ciertas escenas, así el protagonista no lo haya elegido conscientemente. Cuando se da cuenta, han pasado varias décadas y se ha perdido su vida. Eligió, sin quererlo, que esta pasara sin que él se diera cuenta.

Me parece una metáfora muy iluminadora sobre la manera como funciona nuestra mente, que viene siendo el control remoto.

Nuestra mente condicionada está obsesionada con obtener. Con la idea de que en el futuro están la salvación y la plenitud. Esto implica, claro, que este momento no tiene valor por sí mismo. Solo sirve en la medida en que nos permite llegar a ese futuro en el que está aquello realmente valioso. Y así, rechazamos la vida, persiguiendo siempre el futuro, que nunca existe ahora y, por tanto, nunca existe en el momento en el que está la vida. Y este rechazo a la vida puede convertirse en un hábito, en algo que hacemos sin darnos cuenta.

La buena noticia es que está en nuestras manos reprogramar el control remoto. ¿Cómo se hace? Primero, tomando consciencia de que está en automático y que está programado para no valorar este momento. Segundo, una vez tenemos consciencia, podemos elegir romper la programación automática. Requiere atención y disciplina, pues hay una inercia detrás de la programación. Pero se puede. Podemos elegir comenzar a no oprimir el botón de adelantar. Podemos quedarnos saboreando este momento hasta su médula, así la mente nos diga que este momento no es valioso. Que ir en el bus a la casa no es valioso. Que estar lavando los platos no es valioso. Que sentir una incomodidad en el cuerpo no es valioso. Todo eso podemos ignorarlo, y quedarnos plénamente aquí, asumiendo que aquí ya llegamos al tesoro más valioso que existe y, por tanto, no tenemos necesidad de estar en ningún otro tiempo o lugar.

Podemos elegir quedarnos aquí hasta crear una nueva programación. Un nuevo hábito. El hábito de ver este momento como lo más valioso que hay, sabiendo que es lo único real que hay.

Así que la próxima vez que estés tentado ignorar esta escena para llegar a un futuro más valioso, pregúntate: ¿vale la pena oprimir el botón para adelantar? Es decir, ¿vale la pena dejar de vivir la vida?

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Ejercicio para ir más allá del pensamiento

Hoy te quiero compartir un ejercicio hermoso para que vayas más allá del pensamiento y te ancles en el momento presente, el único momento que existe. Tomé este ejercicio del libro En unidad con la vida, de Eckhart Tolle:

Escoge un objeto cercano a ti (un esfero, una silla, una taza, una planta) y explóralo visualmente, es decir, míralo con gran interés, casi con curiosidad. Evita objetos que tengan asociaciones personales fuertes y que te recuerden el pasado, por ejemplo, dónde los compraste o quién te los regaló. Evita también cualquier cosa que tenga algo escrito, como un libro o una botella. Esto estimularía el pensamiento.

Sin esforzarte, relajada pero alerta, préstale total atención al objeto, a cada detalle. Si surgen pensamientos, no te involucres en ellos. No estás interesada en los pensamientos sino en el acto de la percepción misma. ¿Puedes separar el pensamiento de la percepción? ¿Puedes mirar sin la voz adentro de tu cabeza que comenta, que saca conclusiones, que compara o que trata de descifrar algo?

Después de un par de minutos, deja que tu mirada vague por la habitación o el lugar donde estés, iluminando con tu atención alerta cada cosa sobre la que ella descanse.

Entonces, escucha los sonidos que haya. Escúchalos de la misma manera como miraste las cosas a tu alrededor. Algunos sonidos pueden ser naturales (agua, viento, pájaros) mientras que otros serán producidos por el hombre. Sin embargo, no los diferencies en buenos y malos. Permite que cada sonido sea como es, sin interpretación. Aquí la clave es también la atención relajada pero alerta.

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Cuando percibimos sin interpretar o etiquetar mentalmente, lo cual significa sin añadir pensamiento a nuestras percepciones, podemos sentir incluso la conexión más profunda por debajo de nuestra percepción de cosas que en apariencia no tienen un vínculo.

Foto tomada de la cuenta de Instagram @omeryesilirmak_

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Regálate unos segundos de descanso profundo

Acabo de tener una semana de vacaciones, y me siento renovado, pues descansé profundamente. Y te quiero invitar a que descanses tú también ahora.

¿Qué significa descansar? Cuando se trata del cuerpo, todos lo entendemos, pero cuando se trata de la mente, no es tan fácil saber a qué nos referimos.

Para mí, el descanso más profundo se da cuando dejamos al lado el ego por un momento. Cuando nos relajamos con respecto a las ideas que tenemos sobre nosotros mismos y sobre nuestra vida. Es un descanso de los debería y no debería. De los que tal si y qué pasaría si. Es un descanso de juzgarnos y juzgar a los demás. Es un descanso de etiquetar todo el tiempo todas las experiencias y todas las cosas.

Pero ¿qué queda cuando descansamos de todas esas cosas? Quedamos solo nosotros, desnudos. Queda solo nuestro ser. Ese es el descanso más profundo: solo ser. Y es un descanso vibrante, consciente, no se trata de entrar en la inconsciencia (aunque ese tipo de descanso también es necesario: lo hacemos todas las noches al dormir).

Y lo mejor es que ese descanso consciente se puede lograr en medio de cualquier actividad. Al comienzo, es más fácil en una finca en medio del silencio, es verdad. Pero en realidad podemos descansar del ego en cada momento, sin importar lo que estemos haciendo, incluso en medio del ruido y el trajín de nuestra vida diaria (así como también podemos estar en una batalla interna contra nosotros mismos en medio de una isla paradisiaca sentados en flor de loto y con los ojos cerrados).

Te invito a que ahora y hoy elijas regalarte un descanso profundo. No tienes por qué tratar de dejar tu ego de lado. Solo permítele descansar. Lleva mucho tiempo luchando contra todo, contra la vida y contra sí mismo. Lleva mucho tiempo tratando de lograr algo, tratando de ser algo.

Puedes empezar por relajar la tensión constante de ciertos pensamientos, ciertas expectativas, ciertos juicios. Solo un poco. Solo por un minuto. Solo por hoy. No se trata del futuro. Se trata de regalarte unos segundos de descanso justo ahora.

Lo más normal, es que en medio del descanso surja de nuevo la voz del ego, pues teme que, si no está en control, las cosas pueden descarrilarse: ¿pero y qué tal si esto o lo otro, pero qué va a pasar si…? Cuando esto pase, simplemente bendícelo, dale las gracias por su preocupación y permítele descansar otra vez. Solo por unos segundos. Solo por este momento. Eso es todo. Esa es la invitación.

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La clave de la abundancia

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Dante Dananjoyo.

Uno de mis maestros espirituales favoritos es Eckhart Tolle. Y algunas de sus ideas sobre la abundancia han estado rondando mi cabeza en los últimos días. Les comparto este extracto tomado de su libro Una Nueva Tierra:

Reconocer lo bueno que ya tenemos es la base de la abundancia. El hecho es que cada vez que creemos que el mundo nos niega algo, le estamos negando algo al mundo. Y eso es así porque en el fondo de nuestro ser pensamos que somos pequeños y no tenemos nada para dar. Ensaye lo siguiente durante un par de semanas para ver cómo cambia su realidad: dé a los demás todo lo que sienta que le están negando. ¿Le falta algo? Actúe como si lo tuviera, y le llegará. Así, al poco tiempo de comenzar a dar, comenzará a recibir. No es posible recibir lo que no se da. El flujo crea reflujo. Ya posee aquello que cree que el mundo le niega, pero a menos que permita que ese algo fluya, jamás se enterará de que ya lo tiene. Y eso incluye la abundancia. Jesús nos enseñó la ley del flujo y el reflujo con una imagen poderosa. “Den y se les dará. Recibirán una medida bien apretada y colmada” (Lucas 6, 38).

La fuente de la abundancia no reside afuera de nosotros, es parte de lo que somos. Sin embargo, es preciso comenzar por reconocer y aceptar la abundancia externa. Reconozca la plenitud de la vida que lo rodea: el calor del sol sobre su piel, la magnificencia de las flores en una floristería, el jugo delicioso de una fruta o la sensación de empaparse hasta los huesos bajo la lluvia. Encontramos la plenitud de la vida a cada paso. Reconocer la abundancia que nos rodea despierta la abubdancia que yace latente dentro de nosotros y entonces es sólo cuestión de dejarla fluir. Cuando le sonreímos a un extraño, proyectamos brevemente la energía hacia afuera. Nos convertimos en dadores. Pregúntese con frecuencia, “¿qué puedo dar en esta situación; cómo puedo servirle a esta persona, cómo puedo ser útil en esta situación?”. No necesitamos ser dueños de nada para sentir la abundancia, pero si sentimos la abundancia interior constantemente, es casi seguro que nos llegarán las cosas. La abundancia les llega solamente a quienes ya la tienen. Suena casi injusto, pero no lo es. Es una ley universal. Tanto la abundancia como la escasez son estados interiores que se manifiestan en nuestra realidad. Jesús lo dijo así: “Porque al que tenga se le dará más, y al que no tenga, aun lo poco que tiene se le quitará” (Marcos 4, 25).

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Eckhart Tolle nació en Alemania, donde vivió hasta los 13 años. Se graduó de la Universidad de Londres y fue investigador de la Universidad de Cambridge. A los 29 años una profunda transformación espiritual cambió el rumbo de su vida. En los años siguientes se dedicó con devoción a entender, integrar y profundizar esa transformación que marcó el inicio de un intenso viaje interior. Comenzó a trabajar como consejero y maestro espiritual con personas independientes o grupos pequeños en Europa y Norteamérica. Luego de publicar El Poder del Ahora, adquirió reconocimiento a nivel mundial. Hoy trabaja dando talleres a grandes grupos y ofrece sus enseñanzas a través de su página de internet.

Tu verdadero propósito

En una charla de Eckhart Tolle, uno de los asistentes le preguntó: “¿Cuál es mi verdadero propósito?”. Eckhart Tolle respondió: “Su verdadero propósito es estar aquí sentado frente a mí, escuchando”. Y continuó: “Luego, cuando esté en su casa tomando un vaso con agua, su verdadero propósito será estar en su casa tomando un vaso con agua”.

Usualmente, este no es el tipo de respuesta que queremos oír cuando preguntamos por cuál es nuestro verdadero propósito. Esto es así porque para la mente el propósito siempre debe estar en el futuro. En consecuencia, para la mente el momento presente siempre es un medio para alcanzar un propósito en el futuro, y tiene la idea de que ese futuro traerá la paz, la plenitud y la felicidad.

La invitación de Eckhart Tolle es a tomar este momento, ahora mismo, y cada momento, como un fin último en sí mismo. En este momento, mientras lees, mientras caminas a la tienda, mientras manejas tu auto, en este momento. En este momento está ya tu destino. Ya estás, siempre estás en tu destino. Pero no nos damos cuenta porque nos hemos embarcado en el sueño de un viaje cuyo destino está en el futuro, que, por supuesto, no existe, no ahora. Por eso la mente nunca encuentra la satisfacción, pues siempre busca en lo que no existe (el futuro) e ignora y pasa por alto lo único que es real (este momento).

Abraza, saborea tu destino. Ya estás en él, ya estás realizando tu propósito. No se trata de moverte o de transformarte. De ir a un lugar diferente. Se trata de despertar a lo que ya es.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Jessica Ward.

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Hoy no pero mañana sí

En algunas tiendas comerciales en Bogotá he visto un letrero que dice: “Hoy no presto dinero pero mañana sí”. Por supuesto, esta es una forma burlona de decir “no presto dinero, por favor no insista”.

El ego, nuestra mente condicionada, es igual con la felicidad y la plenitud. Parece decir constantemente: “hoy no puedo ser feliz, pero mañana sí”. Mañana, cuando conquiste ese objetivo que tanto quiero. Mañana, cuando resuelva ese problema que tanto me molesta. Mañana, cuando logre controlar aquello que me angustia. Mañana, cuando sane mis heridas emocionales. Mañana, cuando alcance la iluminación espiritual. Hoy no. Por favor no insistas.

Pero, sin importar qué tanto nos esforcemos y qué tantos objetivos logremos, mañana la respuesta será la misma. Lo único que cambiará es la lista de condiciones que debemos cumplir antes de poder estar en paz. “Hoy no, mañana sí, cuando…”.

En consecuencia, si seguimos el juego del ego, el juego de correr detrás de una zanahoria que siempre se aleja a medida que tratamos de acercarnos, nunca estaremos satisfechos. La única opción es parar. Ahora.

Tal vez es un truco de la mente. Tal vez puedes estar pleno Ahora. Ya, mientras lees esto. Mientras se te vienen a la mente todas las razones por las que eso no es posible. En este momento. Con todos tus problemas, con todos tus defectos. Exactamente como eres. Exactamente en este momento.

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El silencio en medio del ruido

A veces creemos que para estar en paz afuera de nosotros debe haber silencio y calma. Pero la verdadera paz no implica la ausencia de ruido externo. La verdadera paz surge cuando nos conectamos con nuestro corazón y hallamos allí una quietud que vibra. La maestra espiritual Isha Judd llama a esto “el silencio rugiente”. Un silencio que es tan fuerte, que puedes sentirlo aun en medio del caos y el alboroto externo. Un silencio que es tan fuerte que puedes oírlo incluso en medio de tus pensamientos.

A veces ese silencio será sólo como un telón de fondo suave que permanece detrás de tus experiencias. Otras veces será sobrecogedor. Esa es la energía del amor mismo. Aquello en lo que te invito que nos enfoquemos y alimentemos. Pues aquello en lo que nos enfocamos crece.

 

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La crisis: una invitación a evolucionar

Todos hemos pasado por una crisis alguna vez. Seguramente más de una vez. Y lo más probable es que nos esperen varias crisis en el futuro. Este panorama parece un poco oscuro y negativo, pero en realidad es todo lo contrario. Las crisis son señal de crecimiento, son necesarias para que podamos avanzar en la vida.

La definición que da la Real Academia de la Lengua Española es esclarecedora:

Crisis: Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o situación.

La crisis, además, suele caracterizarse por que el cambio es abrupto o repentino. Un día todo está en orden, las finanzas están al día, los planes de la familia marchan sobre ruedas, estamos saludables, sabemos para dónde vamos. Pero algo ocurre, un accidente, una muerte, un viaje, una separación, una idea arraigada se desmorona, dejamos de creer en algo. O simplemente tenemos una experiencia que destruye o modifica radicalmente nuestro punto de vista anterior, que transforma la manera como entendemos el mundo. El suelo sobre el que caminábamos, que parecía tan sólido y seguro, comienza a resquebrajarse. En esos momentos es posible que no sepamos qué hacer ni a dónde ir. Puede que aquello a lo que nos aferrábamos haya desaparecido, y la claridad y la confianza que nos acompañaban sean remplazadas por dudas y cavilaciones.

Y es entonces cuando puede producirse el mayor crecimiento, cuando podemos dar los saltos más grandes en nuestra evolución, y no solo a nivel individual, sino también como especie. Hace poco leí una idea que me pareció iluminadora en un libro sobre la historia del planeta Tierra. El autor decía que cuando hay un gran cambio, y este es tan profundo que hace imposible para una especie continuar la misma forma de vida que hasta ahora tenía, hay dos resultados posibles: que la especie evolucione o que se extinga. Y hay algunos cambios en el entorno que les exigen a las especies pequeñas modificaciones: mayor o menor tamaño, un poco más de rapidez o de fuerza. Sin embargo, otras veces los cambios son tan profundos que requieren algo completamente nuevo. Por ejemplo: que de seres que viven en el agua surjan otros capaces de sobrevivir en tierra firme, o que seres que corren sobre dos patas den lugar a una nueva especie que puede volar.

Así, pues, podemos interpretar cada crisis como una invitación a evolucionar. Desde esta perspectiva, las crisis son las chispas que encienden los motores del cambio. Hace poco compartí un mi página de Facebook un meme que me parece muy adecuado ahora:

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Este mensaje tiene una clara connotación religiosa. Pero creo que es aplicable para cualquier persona, independientemente de sus creencias. Qué buena la crisis que me hizo dar cuenta de que podía hacer aquello que parecía imposible. Gracias por la crisis que me empujó a encontrar soluciones en las que de otra forma no habría pensado.

Si miramos la historia de la humanidad, veremos que muchos de los grandes inventos nacieron en tiempos de crisis. Conozco una anécdota al respecto que me gusta mucho. La biblioteca más importante de la antigüedad fue, sin duda, la biblioteca de Alejandría, fundada por Ptolomeo I, gobernante de Egipto, en el siglo III antes de Cristo. Para Ptolomeo y los gobernantes que lo siguieron, la biblioteca se convirtió en un símbolo de poder y orgullo, por lo que hicieron todo lo posible por que fuera la más grande biblioteca de su tiempo.

Lo que no muchos saben es que por esa misma época se fundó otra gran biblioteca, ya no en Egipto, sino en lo que hoy es Turquía: la biblioteca de Pérgamo. Y esta llegó a crecer tanto y a albergar tantos volúmenes, que los dirigentes de Egipto se sintieron amenazados y prohibieron la exportación de papiro a Pérgamo. En esa época, el papiro era el mejor medio conocido para grabar palabras escritas, era la tecnología de punta. Por eso el papiro era considerado un bien muy preciado, tanto así que la palabra usada en la lengua egipcia para referirse al papiro significaba también “flor del rey”. Al no tener acceso al papiro, quienes trabajaban en la biblioteca de Pérgamo tuvieron una gran crisis: ya no tenían manera de grabar nuevos textos. Se podría pensar que esto significaría el fin para la biblioteca de Pérgamo, pero, en cambio, dicha situación forzó a quienes allí trabajan a evolucionar. Fue así como inventaron el pergamino (ya te puedes imaginar de dónde viene el nombre), una nueva tecnología para grabar palabras sobre el cuero de los animales. Y este nuevo invento fue tan útil que poco a poco se impuso y fue el medio predilecto en los siglos que vinieron. Solo fue superado con la llegada del papel mucho tiempo después. Así, lo que parecía un gran problema fue la puerta a una gran innovación, a un salto tecnológico.

Ejemplos como este hay muchos. Cuento este porque me apasiona la historia de la escritura, pero basta investigar un poco para ver cómo los cambios bruscos, drásticos e incómodos han llevado a que los humanos vayamos más allá de lo conocido y nos transformemos.

Y lo mismo sucede en el camino espiritual. Muchas veces las transformaciones más profundas surgen gracias a una crisis. Según la leyenda, fue una gran crisis interior la que llevó a Sidarta Gautama a alcanzar la iluminación y convertirse en Buda. Se dice que a los cinco días de nacido, el padre de Sidarta, llamado Sudodana, convocó a ocho erudiros para que predijeran el futuro de su hijo. Estos le dijeron a Sudodana que su hijo podría llegar a ser un gran rey, pero que, si en algún momento tenía contacto con el sufrimiento y la muerte, se volvería un hombre santo. Por esto, el rey hizo todos los esfuerzos que pudo para evitar que su hijo Sidarta tuviera contacto con los enfermos y los moribundos. Pero no pudo evitarlo. Un día Sidarta abandonó su palacio para dar un paseo y se encontró con un hombre viejo; luego, con un hombre enfermo; después, con un cadáver en descomposición, y, finalmente, con un asceta. Esos cuatro encuentros, según la leyenda, sumieron a Sidarta a una gran depresión que lo llevó a renunciar a su vida como príncipe y a convertirse en un asceta mendicante. Se dice que esto lo motivó a buscar la solución al sufrimiento y a la muerte. Y fue así que se embarcó en el profundo viaje interior que lo llevaría a iluminarse y a encontrar el Nirvana, ese estado de profunda paz y liberación que trasciende al sufrimiento y a la muerte.

Así, si ahora estás perdido, o alguna vez te pierdes, no te desanimes. Cuando nos sentimos perdidos no podemos ver con claridad, eso hace parte de estar perdidos; sin embargo, muchas veces perdernos es señal de que nos acercamos a un nuevo camino más elevado. Seguir avanzando hasta encontrar ese camino y luego seguirlo requiere de gran valentía y confianza. Si estás en crisis, la vida te está invitando a evolucionar, a ir más allá de lo conocido, a encontrar nuevas maneras. No es cómodo. Puede ser muy doloroso, como suelen serlo los nacimientos, pero es necesario para crecer y avanzar.

Las crisis y el florecimiento de la humanidad

Al comienzo de su libro Una nueva tierra, el maestro espiritual Eckhart Tolle dice que hace aproximadamente 100 millones de años comenzó a existir la primera flor sobre el planeta Tierra. Afirma que es probable que esa primera flor no haya vivido por mucho tiempo, y que seguramente las flores fueron fenómenos aislados durante miles de años. Sin embargo, después de un umbral crítico “se produjo una explosión de colores y aromas por todo el planeta”. Entonces las plantas dieron un paso en su evolución.

Según Eckhart Tolle, la iluminación de los seres humanos es el análoga a la florescencia en las plantas, y es el siguiente paso en la evolución de la humanidad. Es decir, ese estado de consciencia, de profunda presencia y unidad, el mismo que alcanzó Buda, es nuestro siguiente paso como especie. Al comienzo, habrá seres iluminados aislados, aquí y allá; de hecho, eso es lo que está sucediendo ahora. Pero cada vez los seres altamente conscientes serán más comunes y llegará un momento en el que la iluminación será el estado natural de los seres humanos. Entonces habremos despertado como especie, habremos florecido.

Y este es un paso evolutivo que debemos dar imperiosamente si queremos sobrevivir como especie, pues estamos en crisis. Dada nuestra gran capacidad tecnológica, nuestra inconsciencia puede tener efectos nefastos sobre nuestro planeta y sobre nuestros semejantes, efectos que tal vez no podamos reparar. Estamos en un punto de quiebre. La vida nos está invitando a evolucionar.

Y este nuevo paso en nuestra evolución no se trata de crear computadores más rápidos o carros que funcionen con agua, aunque eso puede ayudar. Es una transformación interna. Se trata de despertar de nuestro sueño de que estamos separados; de darnos cuenta de que no podemos ganar si otros pierden; de saber que estamos en el mismo barco y, si este se hunde, nos ahogamos todos. Se trata de abrir nuestros corazones, vernos reflejados en todos nuestros hermanos y saber que, en el fondo, somos uno solo.

Pero la conciencia de una especie es la conciencia de sus individuos. Por eso esta invitación es para ti y para mí. Y cada pequeño paso en tu evolución y en la mía es una contribución a nuestro florecimiento como especie. Te invito a que esta crisis y las crisis que vendrán te permitan ser el cambio que quieres ver en el mundo. Te invito a que aprovechemos esta crisis y las crisis que vendrán como oportunidades para florecer juntos.

Meme especial

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