“Por qué las gacelas son mi modelo a seguir”

Así se llama uno de los capítulos del libro Redefine el éxito: bienestar, sabiduría, entrega y asombro para una vida plena, escrito por la empresaria y líder Arianna Huffington.

De hecho, ella tiene una imagen de gacelas como el fondo de escritorio de su computador personal. ¿Por qué se siente tan inspirada por estos animales?

Lo que la inspira es que las gacelas, cuando se ven amenazadas por un depredador, salen corriendo a gran velocidad, tienen una capacidad de respuesta muy veloz y eficaz, sin embargo, una vez el peligro ha pasado, vuelven a pastar totalmente tranquilas, como si nada hubiera pasado.

Los humanos compartimos con las gacelas este mecanismo, al que los biólogos denominan la “respuesta de lucha o escape” (fight or flight response). Ante la presencia inminente del peligro, nuestro cuerpo segrega un coctél químico que nos permite llevar toda la energía disponible a nuestras extemidades para que podamos enfrentar la situación, lo que en tiempos prehistóricos, y aún a veces hoy en día, implica huir o pelear. Una explicación muy divertida de este mecanismo, y de gran parte de lo que digo en este artículo, se encuentra en este video de dibujos animados de Disney.

Lo que diferencia a los humanos de las gacelas y en general de todos los animales es que hemos perdido la capacidad de regresar completamente a la calma una vez ha pasado el peligro. La razón de esto es nuestra poderosa imaginación, que nos permite recrear nuestros temores (o inventar amenazas inexistentes), así no tengan nada que ver con lo que está sucediendo realmente en el momento presente. Cuando tenemos pensamientos de miedo, nuestro cuerpo genera las mismas sustancias que produciría si el peligro fuera real. Por tanto, si nuestra mente está constantemente poblada por escenas temibles, nuestro cuerpo sentirá constantemente sometido a descargas de adrenalina, lo que nos lleva a esa sensación de ansiedad y preocupación que normalmente llamamos estrés.

Así pues, hay dos tipos de miedo. Por una parte, está el miedo biológico sano, la respuesta normal de nuestro cuerpo ante situaciones que amenacen nuestra vida. Es este el tipo de miedo que nos permitirá movernos rápidamente por reflejo si vemos que vamos a ser arrollados por un auto. Por otra parte, está el miedo psicológico que nuestra mente crea a partir de recuerdos y anticipaciones. Este tipo de miedo está desconectado del momento presente y no nos ayuda a sobrevivir; por el contrario: puede hacer que nuestra vida sea más corta al desencadenar enfermedades psicosomáticas producto del estrés constante.

La invitación de Arianna Huffington en ese capítulo de su libro, que coincide con las enseñanzas de varios maestros espirituales contemporáneos, es que aprendamos a ser como las gacelas de nuevo. Esto quiere decir educar nuestra mente para que deje de producir constantemente pensamientos de miedo que no tienen relevancia para el momento presente. Es decir, se trata de aprender a dejar ir el segundo tipo de miedo descrito en el párrafo anterior.

Para dejar ir el miedo psicológico, una de las herramientas más poderosas que existen es poner nuestra atención plenamente en el momento presente, pues este miedo se caracteriza porque estamos pensando en algo que no está sucediendo ahora. Esto se puede hacer mediante ejercicios de meditación o diversas prácticas tales como el mindfulness. Un consejo sencillo consiste en escoger una actividad cotidiana sencilla, que no requiera mucho esfuerzo mental, y proponernos darle toda nuestra atención cuando la realicemos. Por ejemplo: lavar los platos, caminar a la tienda, pasear al perro, desayunar. La idea es que cada vez que realicemos esta actividad llevemos nuestra atención al momento presente prestando atención a nuestros sentidos y las diferentes sensaciones en nuestro cuerpo. Y si vienen pensamientos, observarlos como parte del ejercicio y redirigir nuestra atención al momento presente.

Esta actividad que escojamos nos permitirá practicar y fortalecer nuestra capacidad para elegir el momento presente. Es una forma de entrenamiento mental. Y, a medida que fortalezcamos esta habilidad, podremos ponerla en práctica en otras áreas de nuestra vida, hasta que se vuelva nuestra forma natural de relacionarnos con todas nuestras actividades. Así, tendremos un uso de nuestra energía mucho más eficiente, ya que estará disponible cuando la necesitemos porque no estaremos gastándola constantemente en preocupaciones innecesarias, y podremos abordar nuestros días con mucha más paz y calma.

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¿Por qué le tenemos miedo al rechazo?

Durante cientos de miles de años, los humanos vivimos como nómadas, en grupos de entre 50 y 150 personas. En ese entonces, ser parte del grupo era necesario para nuestra supervivencia. Debido a los peligros y a las dificultades para conseguir alimento, ser aislados era casi una condena de muerte.

En consecuencia, la evolución nos llevó a percibir la desaprobación y el rechazo como un peligro. Ese miedo nos impulsa a hacer lo necesario para que otros en el grupo nos acepten y a evitar cualquier comportamiento que implique ser rechazados.

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Desde el punto de vista evolutivo, el miedo al rechazo fue muy útil para nuestra supervivencia, al igual que muchos otros miedos. Pero, también como en el caso de muchos otros miedos, el miedo al rechazo ya no es necesario. Es profundo y está arraigado en nuestros genes, pero ya no lo necesitamos, al menos no por las mismas razones. No vamos a ser devorados por animales salvajes si nos desaprueban o rechazan en el grupo al que pertenecemos.

Estos miedos que provienen de nuestros genes son muy profundos y, en últimas, son una expresión del miedo a la muerte, ya que, como dije, inicialmente surgieron para garantizar nuestra supervivencia.

Pero, si en los comienzos de nuestra especie el propósito del miedo al rechazo era garantizar nuestra supervivencia, ¿qué función tiene ahora?, ¿para qué puede servirnos? Mi respuesta es que ahora ese miedo, al igual que muchos miedos antiguos, nos puede ayudar en nuestro camino espiritual, si así lo decidimos.

Esos miedos profundamente arraigados nos pueden servir como recordatorios de que no hemos encontrado nuestra esencia, en la cual el miedo a la muerte desaparece, pues reconocemos aquello en nosotros que es eterno.

De esa manera, el miedo al rechazo nos ofrece una oportunidad para mirar indirectamente nuestro miedo a morir e ir más allá de él. Cuando encontramos el Amor dentro de nosotros, encontramos también una seguridad que no puede ser amenazada. En esa seguridad, tenemos la capacidad de estar solos si es necesario, y podemos permitirles a los demás que se alejen de nosotros o nos desaprueben, pues sabemos que nuestro bienestar no depende de eso. Pero para llegar a ese estado debemos ir muy profundo dentro de nosotros, tan profundo que podamos pasar más allá de nuestros instintos de supervivencia.

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Cuando sientas miedo al rechazo, no te juzgues, recuerda que es normal: estamos programados biológicamente para sentirlo. Pero recuerda, además, que ese miedo es una ilusión. Ya no lo necesitas, puedes dejarlo ir. Y el camino es hacia adentro, donde yace una plenitud frente a la cual el miedo a la muerte, que es la raíz de todos los miedos, desaparece.

Con amor,

David González

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No hay necesidad de luchar con ellos

Al final de una maratón todos están cansados. Todos. El cansancio es parte de la experiencia, es parte del juego. No se trata de buscar cómo hacer que el cansancio desaparezca mágicamente, sino de ver más allá de él.

Lo mismo nos pasa con el miedo.

Tenemos la bendición de poder leer, ver y escuchar a maestros espirituales que han trascendido el miedo. Nos muestran que es posible. Para la mayoría de nosotros, sin embargo, el miedo es parte del panorama. Es parte de nuestra experiencia en el nivel evolutivo en el que nos encontramos. Es parte del juego.

Y amigos cercanos del miedo son la duda, la inseguridad, la angustia.

Cuando comenzamos un camino espiritual, a veces percibimos esos aspectos de nuestra experiencia actual como enemigos, como algo que tiene que irse para que podamos estar bien. Y así, por supuesto, los perpetuamos: nos volvemos temerosos del miedo; al ver que dudamos de algo o que nos sentimos inseguros con respecto a algo, nos surgen dudas e inseguridades sobre nuestro camino espiritual; y nos angustia profundamente ver que todavía sentimos angustia.

Una locura graciosa, ¿no?

La buena noticia, por supuesto, es que en el fondo no hay nada malo con el miedo, la angustia, la duda o la inseguridad. Son solo aspectos que claman por nuestro amor. Y es a través de permitirnos abrazarlos completamente, atestiguarlos y darles amor que se transmutarán. Si peleamos con ellos, sólo se harán más grandes.

No tenemos que esperar a que se vayan para dar lo mejor de nosotros o para vivir una vida plena. Todo depende de cómo los asumamos. No hay necesidad de luchar con ellos.

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Fútbol y agujas

Ayer fui a que me sacaran sangre. Como siempre, sentí miedo mientras esperaba a que llegara mi turno en la fila. Pero, ¿por qué?

Me gusta jugar fútbol. Y te puedo asegurar que siempre que juego recibo golpes. Y esos golpes duelen mucho más que la chuzada de una aguja. Sin embargo, no siento miedo antes de jugar fútbol. ¿Por qué?

Muchas veces los miedos no tienen que ver con la realidad. Están programados desde nuestra infancia. Aprendemos que ciertas cosas son dolorosas y terribles aunque no lo sean. Y a prendemos que otras son agradables aunque duelan.

Tal vez eso que te da miedo hacer hoy realmente no duele. Tal vez es solo una idea arraigada. Y se puede cambiar. En efecto, cada vez que voy a que me saquen sangre me da menos miedo. Pues cada vez me muestra nueva evidencia de que en realidad no hay nada qué temer.

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