Para cuando te sientas perdido

No creo que nadie haya caminado sobre la Tierra sin haber dudado a veces, sin haber tenido miedo a veces, sin haberse perdido. Creo que incluso los grandes maestros pasaron por ahí. Creo que es parte de ser humanos.

Cuando estamos en medio de una contracción energética y espiritual, cuando somos desafiados por nuestras circunstancias o cuando salen a flote nuestras heridas más profundas, es normal sentirnos pesimistas y desanimados. Es normal creer que no podremos cruzar esa parte del camino. Es normal verlo todo oscuro y creer que vamos a caer para no levantarnos más.

Cuando estés así, imagina a un niño de tres años que está aterrorizado ante la idea de bajar solo por unas escaleras eléctricas. Está convencido de que se va a caer y a golpear muy duro.

Imagina que amas profundamente a ese niño. ¿Cómo lo tratarías? ¿Lo empujarías, lo reprenderías o menospreciarías? ¿Le negarías tus muestras de cariño? Por supuesto que no. Serías amoroso, paciente y comprensivo con él; respetarías sus ritmos. Y, ante todo, estarías tranquilo en cuanto a su futuro, sabrías que no es nada grave, tendrías plena confianza en que llegará el día en el que él podrá bajar por las escaleras con total naturalidad, es obvio. Comprenderías, sin embargo, si el niño cree que nunca será capaz. Sabes cómo es posible que él tenga esa perspectiva. En pocas palabras, lo amarías, lo respetarías y confiarías profundamente en él.

Elige tratarte así a ti ahora, o cuando llegue el momento en el que te sientas paralizado en tu camino y lo veas todo oscuro. Sé amoroso, sé gentil, respétate y confía. No es tan grave. Si pudieras ver el momento desde la perspectiva cósmica más amplia de tu proceso, no podrías más que relajarte y reír.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de @trevordobson_astro

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No hay necesidad de luchar con ellos

Al final de una maratón todos están cansados. Todos. El cansancio es parte de la experiencia, es parte del juego. No se trata de buscar cómo hacer que el cansancio desaparezca mágicamente, sino de ver más allá de él.

Lo mismo nos pasa con el miedo.

Tenemos la bendición de poder leer, ver y escuchar a maestros espirituales que han trascendido el miedo. Nos muestran que es posible. Para la mayoría de nosotros, sin embargo, el miedo es parte del panorama. Es parte de nuestra experiencia en el nivel evolutivo en el que nos encontramos. Es parte del juego.

Y amigos cercanos del miedo son la duda, la inseguridad, la angustia.

Cuando comenzamos un camino espiritual, a veces percibimos esos aspectos de nuestra experiencia actual como enemigos, como algo que tiene que irse para que podamos estar bien. Y así, por supuesto, los perpetuamos: nos volvemos temerosos del miedo; al ver que dudamos de algo o que nos sentimos inseguros con respecto a algo, nos surgen dudas e inseguridades sobre nuestro camino espiritual; y nos angustia profundamente ver que todavía sentimos angustia.

Una locura graciosa, ¿no?

La buena noticia, por supuesto, es que en el fondo no hay nada malo con el miedo, la angustia, la duda o la inseguridad. Son solo aspectos que claman por nuestro amor. Y es a través de permitirnos abrazarlos completamente, atestiguarlos y darles amor que se transmutarán. Si peleamos con ellos, sólo se harán más grandes.

No tenemos que esperar a que se vayan para dar lo mejor de nosotros o para vivir una vida plena. Todo depende de cómo los asumamos. No hay necesidad de luchar con ellos.


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