Para cuando te sientas perdido

No creo que nadie haya caminado sobre la Tierra sin haber dudado a veces, sin haber tenido miedo a veces, sin haberse perdido. Creo que incluso los grandes maestros pasaron por ahí. Creo que es parte de ser humanos.

Cuando estamos en medio de una contracción energética y espiritual, cuando somos desafiados por nuestras circunstancias o cuando salen a flote nuestras heridas más profundas, es normal sentirnos pesimistas y desanimados. Es normal creer que no podremos cruzar esa parte del camino. Es normal verlo todo oscuro y creer que vamos a caer para no levantarnos más.

Cuando estés así, imagina a un niño de tres años que está aterrorizado ante la idea de bajar solo por unas escaleras eléctricas. Está convencido de que se va a caer y a golpear muy duro.

Imagina que amas profundamente a ese niño. ¿Cómo lo tratarías? ¿Lo empujarías, lo reprenderías o menospreciarías? ¿Le negarías tus muestras de cariño? Por supuesto que no. Serías amoroso, paciente y comprensivo con él; respetarías sus ritmos. Y, ante todo, estarías tranquilo en cuanto a su futuro, sabrías que no es nada grave, tendrías plena confianza en que llegará el día en el que él podrá bajar por las escaleras con total naturalidad, es obvio. Comprenderías, sin embargo, si el niño cree que nunca será capaz. Sabes cómo es posible que él tenga esa perspectiva. En pocas palabras, lo amarías, lo respetarías y confiarías profundamente en él.

Elige tratarte así a ti ahora, o cuando llegue el momento en el que te sientas paralizado en tu camino y lo veas todo oscuro. Sé amoroso, sé gentil, respétate y confía. No es tan grave. Si pudieras ver el momento desde la perspectiva cósmica más amplia de tu proceso, no podrías más que relajarte y reír.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de @trevordobson_astro

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Salta, ya aparecerá el piso

Hace unos años un amigo comenzó una revista digital llamana El Muro, para la cual escribí varios artículos sobre crecimiento personal. La revista cerró hace poco y los artículos y ya no están disponibles en internet. Voy a republicar algunos en este blog. Aquí el primero. Es un extracto de una entrevista que le hice al escritor colombiano Mario Mendoza como parte de una asignatuta que cursé para una maestría en Pediodismo.

¿Fue difícil tomar la decisión de dedicar tu vida a escribir literatura?

El proceso para tomar esa decisión fue complicado. Desde pequeño me gustó la literatura, pero cuando terminé el bachillerato decidí estudiar medicina, y lo hice para no desilusionar a mi padre. Pronto me di cuenta de que esa elección había sido un gran error,  y de que mi vida iba a ser un desastre si no era honesto conmigo mismo, pues yo solo me sentía bien leyendo y escribiendo. Entonces un día fui a la oficina de mi padre y le dije que no quería estudiar medicina porque no me gustaba, y que en cambio iba a estudiar literatura. La desilusión de mis padres fue tal que tuve que empacar maletas e irme de mi casa.

En los años que siguieron me tocó aguantar condiciones difíciles. Después de haber vivido en el norte con todas las comodidades, y de haber estudiado en un colegio privado, tuve que vivir en cuartos de alquiler en El Quiroga, en el sur de Bogotá; y también en Las Cruces y en La Candelaria. Fue una experiencia compleja, pero me dejó cosas bonitas, y sobre todo una gran humildad. Me acerqué a la gente: al panadero de la esquina, a la prostituta, al vendedor de bazuco. Aprendí que yo no era especial, que no era superior, que era uno más.

¿Cómo fue tu vida de escritor después de terminar tus estudios universitarios?

Cuando terminé literatura en la Javeriana me gané una beca y me fui para España. A los dos años regresé y me dediqué a la docencia. Entonces ya escribía, pero la decisión de dedicarme por entero a la literatura la tomé cuando ya llevaba diez años como profesor. Un día me encontré en mi oficina leyendo un poema de un solo verso que decía:

Salta, ya aparecerá el piso.

Me pareció tan hermoso, tan revelador, que renuncié y me dediqué solo a escribir. Me di cuenta de que muchas veces vamos por la vida aferrados a lo que tenemos, con miedo, pero para ser feliz no hay que tener miedo de nada, hay que saltar y ya, en algún lado tendrá uno que caer. Siempre hay un piso esperándonos en alguna parte, solo tenemos que dar el salto y llegar hasta el piso que nos corresponde.

Entonces yo salté y me encerré a escribir. Salté en el año 2000, y me demoré cayendo en el vacío dos años. Fue un salto en el que al comienzo sentí que no tenía piso. Solo caía y seguía cayendo. Hasta que llegó un punto en el que no tenía con qué comer, literalmente no tenía con qué comer. Recuerdo que cuando estaba escribiendo Satanás,un amigo a quien adoro, que es monje budista, llegó un día a mi apartamento con todos sus ahorros y me los entregó. Puso el dinero sobre la mesa del comedor y me dijo “No tengo más, viejo, pero esto tiene que ayudarte para terminar el libro; y fresco, que ahí vas bien”. Para mí eso fue tremendo. Ya estaba con plata prestada, tal como lo veía, las cosas iban muy mal. Y cuando parecía que no había salida, me gané el premio por Satanás. Es decir, a mí el piso me estaba esperando en Barcelona, en el hotel en el que me dieron ese premio Yo creo que la vida es así: uno debe pegar el salto y jugársela a fondo. Una sensación horrible debe ser estar en una clínica en cuidados intensivos, después de que a uno le diagnostiquen una enfermedad terminal, y ponerse a pensar: “¿Qué hubiera pasado si yo me hubiera atrevido?”. Creo que debe ser una de las peores formas de morir. Por eso hay que salir al campo y entregarlo todo, y cuando se tiene esa satisfacción, uno recibe a la muerte de otra manera, uno dice “Si hay que morir nos morimos, pero yo lo entregué todo”. Uno se arrepiente de todo menos de haber sido valiente; de eso no se arrepiente nunca, aunque se equivoque. Es como si uno sale a jugar fútbol y lo deja todo en el campo. Después se va a sentir bien, así llegue a la casa adolorido y con el uniforme embarrado. Es más, puede que haya perdido catorce a cero, pero uno sabe que dio lo mejor de sí, y eso es mucho mejor que quedarse mirando el campo desde fuera, cuando en realidad tiene ganas de jugar.

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Confía, entrégate a los brazos del universo

Hay una frase de Eckhart Tolle que me encanta: ” En vez de preguntar ‘¿qué quiero de la vida?’, una pregunta más poderosa es ‘¿qué quiere la vida de mí?'”.

La pregunta que propone Eckhart Tolle requiere de gran confianza. Requiere de soltar el control. En cierta medida, requiere de no decidir, sino dejar que la vida decida por nosotros. Es un acto de total entrega.

Pero no se trata de un evitar decidir inmaduro e irresponsable. Es, más bien, la forma más elevada de decidir. Dejar que la vida decida por nosotros es otra forma de decir que decidimos con el corazón en lugar de con el intelecto. Y decidir con el corazón es dejar que la vida decida, pues nuestro corazón está conectado con el corazón de la vida, es nuestra conexión con la Fuente.

Y este acto de entrega sólo se puede lograr en medio del silencio. Solo en la más profunda quietud podrá la vida decirnos lo que quiere o, más bien, lo que en realidad queremos desde lo más profundo de nuestro corazón. Y si estamos en silencio profundo, en paz profunda, no hay duda de que la vida nos lo dirá.

Por eso, estar en silencio es un acto de confianza en la vida. Pues para estar en silencio debemos dejar de tratar de solucionar todo por nosotros mismos. Estar en silencio es, obviamente, incompatible con pensar frenéticamente en cómo resolver un problema o en qué decisión tomar. Estar en silencio interior frente a una decisión que aparenta ser difícil es un acto de gran confianza. Es como dejarnos caer en los brazos del Universo, a sabiendas de que sus amorosos brazos nos recibirán. Cuando menos lo esperas, la luz llega. La respuesta llega. La acción surge. Si lo permites. Si te quitas de en medio y le das paso a la inteligencia universal para que fluya a través tuyo.

Confía. Quédate en silencio. Dos frases que son sinónimas. En lo profundo son una misma invitación. La invitación a abrirte a la posibilidad de que tu corazón sabe el camino de regreso a casa y, si se lo permites, te llevará seguro allí.

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¿Por qué lees el horóscopo?

A muchos nos gusta leer horóscopos, que nos lean el tarot, que nos lean el té. O simplemente que nos digan qué hacer. En mi caso personal, reconozco que la mayoría de las veces, cuando busco una respuesta en algo externo a mí es porque quiero evadir la responsabilidad de tomar una decisión.

¿Sigo o no sigo en este trabajo? ¿Hablo o guardo silencio? ¿Me arriesgo? ¿Es ese mi camino? Es difícil decidir. Si decido yo y las cosas salen mal, será solo mi responsabilidad. En cambio, si me lo dijo alguien más, un vidente, un periódico, entonces ya es culpa del universo. Yo solo confié en lo que me dijeron. No tengo por qué sentirme responsable.

No es este el caso siempre. Creo que el universo nos da señales de diferentes maneras. Una canción. Una conversación. Un artículo en internet. Una sonrisa en un ascensor en el momento justo. O un horóscopo, puede ser.

La pregunta es, ¿estás siguiendo a tu corazón, estás conectado con el flujo de la vida al seguir esas señales, o simplemente estás buscando alguien que te diga qué hacer porque es lo más cómodo? Solo tú sabes. Si buscas compulsivamente afuera de ti, lo más probable es que no quieras asumir responsabilidad. Me pasa con frecuencia.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de mindz.eye.

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