Cómo vivir en el mundo real

Dos personas viviendo en la misma ciudad, en el mismo barrio y en las mismas circunstancias pueden estar una en el Cielo y la otra en el infierno.

En la medida en que interpretamos la realidad de acuerdo con nuestro estado interior, ésta se convierte en un espejo que refleja nuestro estado de consciencia.

La mayoría de nosotros vivimos aún en el infierno, en cierta medida, una buena parte del tiempo. Vivimos en un mundo que percibimos como malvado, amenazante y cruel.

En palabras de Un Curso de Milagros, el Cielo en la tierra, que es lo que allí se llama “el mundo real”, es el mundo visto a través de los ojos del Espíritu Santo. Esos ojos sólo ven lo real y, por tanto, sólo ven el amor.

Desde la perspectiva del Espíritu Santo, sólo hay dos formas de interpretar lo que un hermano hace: como una muestra de amor o como una petición de amor.

Así pues, el asesino en serie, el abusador de niños, el hombre que te acaba de robar en la calle y el político corrupto sólo están pidiendo desesperadamente amor. Es una forma profundamente inconsciente de decir: “por favor, ayúdame, estoy perdido de mí mismo, he olvidado lo que es el amor y en consecuencia me he propuesto buscarlo de las maneras más absurdas”.

Donde el ego ve un enemigo que merece ser destruido, el Espíritu Santo, la Voz que habla desde lo más profundo de tu corazón, sólo ve un hermano que está dormido y necesita de tu amor para despertar.

Ver a través de esos ojos es lo mismo que perdonar de verdad.

Esto puede ser muy difícil, sobre todo cuando presenciamos acciones que juzgamos y resentimos profundamente. De hecho, en esas condiciones es imposible. Nuestros juicios nos impiden escuchar esa Voz y ver a través de esos Ojos, la Voz y los Ojos de nuestro corazón.

En consecuencia, cambiar nuestra percepción implica aprender a soltar los juicios y dejar ir los resentimientos. Esa es la práctica espiritual más importante en el despertar.

Ayuda mucho, para esto, saber que no somos diferentes de aquello que vemos, no estamos separados. Muy probablemente en otra vida hayamos pasado por etapas evolutivas muy similares a aquellas que ahora condenamos como aberraciones. Muy probablemente eso que juzgamos esté presente aún en lo profundo de nuestros deseos o pensamientos, así nuestra consciencia se haya elevado lo suficiente como para evitar que esas semillas de inconsciencia se manifiesten en la realidad. Sea como sea, no somos mejores que eso que vemos. Somos eso que vemos.

Se trata, pues, de un viaje de perdonarnos a nosotros mismos, lo que equivale a perdonar al mundo, una vez reconocemos que somos Uno.

A través de este perdón podremos ver lo que Un Curso de Milagros llama “el mundo real”, que no es más que el mundo visto a través de los ojos del Amor.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Andhika.

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La rendición como práctica espiritual

La rendición es un acto de entrega. Es abrir los brazos y recibir plenamente el momento presente.

Imagina que eres una casa. Rendirte es abrir las puertas y permitir que el momento presente entre, se mueva a sus anchas y se quede cuanto quiera.

La rendición es lo contrario a luchar. Por tanto, la rendición es lo contrario a la resignación, pues la resignación implica resistencia interna frente a lo que sucede. Cuando nos resignamos, dejamos de pelear en el nivel externo, pero juzgamos lo que sucede como indeseable. Debido a esto, la resignación no puede sino causar dolor, ya que es el resultado de juzgar que el momento presente está mal.

La rendición es interna. Puedes incluso tomar acción para cambiar las condiciones en que te encuentras y al mismo tiempo rendirte al momento presente.

Rendirte quiere decir que vives este preciso instante sin juzgarlo, sin rechazarlo, y eso puedes hacerlo incluso mientras lo cambias. De hecho, cambiar las condiciones externas desde un estado de rendición es mucho más eficaz que tratar de modificarlas desde un lugar de juicio y resentimiento.

Desde un estado de rendición, emprendes la acción no porque rechaces este momento, sino porque estás alineado con tu corazón y él te impulsa a actuar. Se trata, entonces, de un cambio que viene desde tu creatividad más profunda, aquella que está alineada con lo divino. Es la misma razón por la que un gran escultor rompe las piedras: no lo hace porque rechace la forma actual que tienen, sino porque desde lo más profundo de él surge un impulso por darle vida a algo bello a través de ellas.

Por ejemplo, si ves que tienes un comportamiento que te hace sufrir, puedes cambiarlo desde un estado de rendición. Entonces no luchas contra tu comportamiento ni te juzgas por lo que estás haciendo. Sientes plenamente el dolor, lo abrazas y dejas que tu silencio interior te guíe. Cuando estás conectado con ese silencio, las acciones que surjan estarán conectadas con tu voluntad más elevada y, en consecuencia, traerán aquello que realmente deseas y que es lo mejor para ti.

Rendirte significa sentir. Significa no escapar de este momento. Así, la rendición y la presencia son sinónimos. No puedes estar plenamente presente si rechazas este momento, y no puedes aceptarlo completamente y al mismo tiempo alejarte de él.

Rendirte implica abrirte a experimentar hasta la médula lo que está ocurriendo ahora. Rendirte es quedarte plenamente aquí, en medio de la dicha o la tormenta; entregarte a las sensaciones; dejar que los pensamientos lleguen y se vayan; caerte al fondo de tu ser y mirar de frente lo que hay allí.

Las emociones intensas que juzgamos como desagradables se convierten en un obstáculo para la plenitud debido a que el juicio que tenemos contra ellas hace que no querramos experimentarlas. Pero esas mismas emociones son la puerta de entrada al cielo cuando dejamos el juicio y nos entregamos a ellas completamente. Es como si esas emociones fueran amigos dispuestos a llevarnos de vuelta a casa, pero no quisiéramos seguirlas porque debido a su apariencia las hemos confundido con desconocidos malintencionados. Rendirnos es confiar. Ellas nos llevarán adentro y se irán una vez hayan cumplido su función. Esto es otra forma de decir que se transformarán en amor o, más bien, que nuestra percepción se transformará y las veremos como las expresiones de amor que no pueden sino ser.

Todo esto es, pues, una invitación a que te permitas sentir este momento en su totalidad: la aburrición, el regocijo, la incertibumbre, el deseo, la ansiedad, el miedo, la compasión, el dolor, el placer. No creas que si huyes llegarás a casa, pues estarás huyendo de los guías que el Universo ha enviado para recordarte el camino.

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Consejos para relajarnos en medio de nuestra imperfección

Cuando se emprende un camino espiritual, es común encontrar consejos como “perdona”, “no tengas pensamientos negativos”, “libérate de las emociones tóxicas”.

En cierto nivel, creo que son buenos consejos. Yo mismo pongo a veces memes con reflexiones afines a esta forma de pensar. Sin embargo, estos consejos pueden ser contraproducentes, dependiendo de la manera como se apliquen.

El problema es que a veces tenemos pensamientos “negativos” (esto es, pensamientos que nos hacen sufrir) y no es fácil dejarlos ir. No es fácil evitarlos. Y entonces, por tratar de seguir el consejo de no tener pensamientos negativos, nos peleamos con nuestros pensamientos, entramos en conflicto con nosotros mismos. Tratamos de suprimir una parte nuestra. Pero, sobre todo, sufrimos el doble. Pues, de por sí, un pensamiento negativo ya nos hace sufrir, pero ahora, como tenemos la idea de que ese pensamiento no debería estar en nuestra conciencia, nos preocupamos además por que esté allí. Decimos: “no debería tener este pensamiento”, “si quiero sanar y ser espiritual, debería alejarlo”. Y este último pensamiento es, de hecho, un pensamiento negativo, pues nos hace sufrir, ya que estamos preocupados e inconformes con nuestros pensamientos.

En otras palabras, nuestra evolución espiritual se nos convierte en un problema más, en una tarea que no estamos haciendo bien. En vez de traernos paz, nuestro camino espiritual asumido así nos trae ansiedad, culpa y preocupación.

Pero entonces, ¿qué hacer?

El truco, en mi opinión, es observa sin juzgar. Observar y aceptar lo que surge en este momento. O, al menos, no luchar con ello. Dejarlo estar. Sin juzgarlo. Es perfecto que surja. Es solo una experiencia más. No tenemos que resolverlo. La sola consciencia sobre lo que emerje tiene un gran poder sanador. Pero no tenemos que hacer algo para sanarlo.

Esto es difícil de poner en palabras. Parece una contradicción. Porque entonces podemos comenzar a esforzarnos por no juzgar, y comenzamos a juzgar nuestros juicios, y el sufrimiento vuelve a entrar por la puerta de atrás sin que nos demos cuenta.

La invitación es a relajarnos en medio de la imperfección. Se trata de un soltar sin esfuerzo. De un soltar que no podemos forzar. Solo podemos estar en disposición para que surja por sí solo. Se trata de que dejemos de tratar de hacer, pues ese hacedor es la fuente del sufrimiento. Pero tampoco podemos forzarlo a que deje de hacer. Él simplemente se detiene en presencia de la consciencia.

En el lenguaje de Un Curso de Milagros, el truco está en entregarle el problema al Espíritu Santo (la mente de Dios que reside en nosotros), y en no tratar de resolverlo por nuestra cuenta.

En pocas palabras, mi consejo sería este:

  1. Observa. Recononoce que no te gusta lo que vez.
  2. Ten la intención de sanar. Pide ayuda.
  3. Reconoce que no te corresponde a ti sanar. Reconoce que no hay nada que tengas que hacer.
  4. Entréga lo que no te gusta y confía.
  5. Repite el paso 1.

Nota: Si este procedimiento te trae sufrimiento, suspéndelo y consulta con tu médico (tu guía interior).

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Thomas Mangelsen.

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La paz profunda de vivir sin juicios

Si observamos con cuidado nuestra mente, nos daremos cuenta de que todo el tiempo estamos juzgando. “Eso es bueno”. “Eso es malo”. “Eso debería ser de otra forma”. Tenemos una idea de cómo debería ser el mundo. Tenemos una lista de cosas que las personas deberían empezar a hacer y dejar de hacer para que el mundo fuera perfecto. Y nosotros estamos en esa lista, por lo que creemos que debemos hacer y dejar de hacer muchas cosas para ser como se supone que debemos ser. Cuando juzgamos a los demás, inevitablemente nos juzgamos también a nosotros. Pues los juicios hacen parte del marco mental con el que vemos el mundo, y es con ese mismo marco con el que nos vemos a nosotros.

Los juicios, cuando se intensifican, cuando los creemos ciegamente, nos llevan no solo a querer que los demás cambien, sino a tratar de cambiarlos a la fuerza. Entonces tratamos de imponerles nuestras ideas y comportamientos, pues estamos convencidos de que sus ideas y su forma de ser son incorrectas. Y si la intensidad y la fuerza de los juicios se incrementan en extremo, nos vamos a la guerra. Nuestro convencimiento de que los demás están equivocados se convierte entonces en nuestra justificación para aniquilarlos. En la raíz de toda guerra, sin importar la aparente razonabilidad de sus justificaciones, se encuentran los juicios.

Los juicios nos separan, pues, a medida que etiquetamos todo a nuestro alrededor, lo consideramos como algo separado de nosotros. Mediante los juicios decidimos lo que las personas y las cosas son y lo que valen. Nos convertimos en los jueces de la realidad: quienes deciden cuál es el lugar y el valor de cada cosa. Y eso lo hacemos todo el tiempo en nuestra mente, sin parar. Los juicios, en últimas, nos impiden ver la realidad tal como es, pues cuando juzgamos decidimos de antemano el significado de lo que estamos viendo.

Cuando juzgamos, nunca vemos a las personas tal como son ahora, tal como son en verdad: proyectamos sobre ellas nuestras ideas y decidimos lo que son de acuerdo con esto, de modo que su verdadera identidad queda velada para nosotros. Perdemos contacto con la realidad y nos quedamos viviendo en el mundo que ha fabricado nuestra mente. Así, al ver al alguien, en realidad estamos viendo todas nuestras ideas, que traemos del pasado, proyectadas afuera de nosotros, y creemos que esa es la realidad. No dudamos. Creemos que sabemos. Estamos seguros de que “él es bueno” pero “ese otro es malo”, y “ese está en lo cierto”, pero “ese otro debería empezar a ver las cosas de otra manera”.

Así, uno de los mejores regalos que le podemos dar al mundo es dejar a un lado nuestros juicios. Vivir sin juicios nos llevará a un estado de profunda paz y de profunda unión con los demás. Entonces empezamos a ver a los demás tal como son ahora, frescos, siempre nuevos, y dejamos de proyectar en ellos todo nuestro pasado. Al verlos de esta forma, comenzamos a conectarnos con la verdadera identidad de los otros, la cual, en última instancia, es nuestra misma identidad: la divinidad, el amor. Así, comenzamos a unirnos con ellos, pues reconocemos en ellos la misma energía divina que reconocemos en nosotros, energía que, al final, es lo único que existe. Entonces tal vez lleguemos a ese punto que en algunas tradiciones se conoce como iluminación, ese estado en el que nos reconocemos uno con todo, pues vemos que lo único real en nosotros, en los demás y en todo lo que existe es lo mismo.

Dejar los juicios, entonces, implica un cambio en la forma como percibimos. Dejamos de ver las aparentes e infinitas diferencias que surgen cuando nuestra mente clasifica y ordena la realidad, y comenzamos a ver el amor en todo. Cuando se van los juicios, vemos amor incluso en el asesino, en el dictador, en aquel que quiere destruirnos, en aquel que nos quita lo que creemos que necesitamos, en los corruptos, en los inconscientes, en los ambiciosos, en los que maltratan a los animales, en los que torturan, en los que se complacen con el sufrimiento ajeno, en los que destruyen el planeta.

Eso no quiere decir que consideramos que esos comportamientos son deseables y que les damos la bienvenida. Significa, solamente, que dejamos de sentirnos separados de quienes actúan de esa manera. Dejamos de creernos mejores, pues sabemos que, en el fondo, esas personas son parte de nosotros mismos. Es simplemente inconsciencia. Es como si vemos un león furioso: seguramente trataremos de alejarnos o de protegernos de su furia, pero no lo condenamos en nuestra mente, no decimos “ese león es malo, debería ser de otra manera”. Tomamos medidas prácticas para evitar que el león cause daño, pero eso no nos impide verlo como una expresión del amor universal del que todos estamos hechos, no nos impide verlo como igual a nosotros.

Al dejar los juicios, dejamos atrás la condena, y eso inevitablemente se comienza a ver reflejado en nuestras relaciones, pues los demás poco a poco empiezan a sentirse libres de los yugos que les habíamos puesto, dejan de sentirse condenados, dejan de sentir las exigencias que les imponen nuestras ideas. Pueden ser como son. Tal vez nos alejemos, tal vez no, pero sea lo que sea que hagamos, lo haremos llenos de amor, sin condenación alguna.

Sin embargo, la más grande libertad que llega cuando soltamos los juicios es la que ocurre en nuestro interior. Pues cuando dejamos de juzgar a los demás también dejamos de juzgarnos a nosotros, y la presión insoportable y la culpa y el autocastigo desaparecen, y dejan espacio para un amor propio inmenso que permea nuestra experiencia presente. Lo que queda es un contacto íntimo con nosotros, un silencio que está hecho de amor.

Todo esto, por supuesto, implica que empezamos quedarnos en el momento presente, donde podemos ver las cosas siempre nuevas, tal como son, sin el filtro de nuestras ideas preconcebidas. Todo, desde el desayuno hasta la voz en el radio hasta los actos de las personas con las que nos vamos encontrando en el camino. Ahora, podemos empezar por observar en presencia y sin juicios la pantalla de este computador o de este teléfono móvil. Por escuchar totalmente abiertos los sonidos que hay en este momento. Por sentir nuestro cuerpo y dejarlo ser exactamente como es, sin decidir mentalmente qué significa ni qué valor tiene. Podemos empezar en cualquier momento, con cualquier cosa. Es decir, podemos comenzar ahora. Y esa será una semilla que luego brotará en forma de paz y silencio en el mundo. Una semilla que brotará en nosotros y a través de nosotros.

La invitación, entonces, es a que no decidas qué significa esto, sino que simplemente le permitas ser y te permitas ser ahora, libre, nuevo. La invitación es a que sueltes todo lo que crees justo ahora y mires qué queda. Se trata de una exploración, de un juego, de entrar en este momento sin prevenciones, como si fuera la primera vez. Y es que, en efecto, esta es la primera vez que estás en este momento, y la única. Y no necesitas nada del pasado, nada de lo que crees, para poder estar aquí. Puedes estar aquí simplemente como eres ahora.

Poco a poco irás entrando en contacto con la realidad que subyace a este momento. A medida que comencemos a ver todo fresco y nuevo, como es ahora, cada encuentro será un encuentro sagrado, cada encuentro será un encuentro con el amor mismo que se expresa en infinitas formas. Entonces todo se vuelve sagrado en la luz de la presencia, esa luz que surge cuando observamos la realidad sin imponerle nada, sin presuponer nada, sin exigir nada: la luz del amor mismo.

Por: David González, creador de Caminos de Conciencia