Las enseñanzas de nuestro cavernícola interior

Hoy vine manejando hasta la finca de unos tíos para pasar aquí mi última semana de vacaciones. No tenía ningún afán. No me había comprometido a llegar a una hora específica. Sin embargo, cuando me di cuenta, estaba compitiendo con otros carros por unos pocos metros de espacio en un atasco en el tráfico. Cuando alguno quería adelantarme o quitarme mi lugar en la fila, me sentía atacado. Sentía que tenía que proteger mi espacio. Sentía que perdía algo valioso si cedía unos segundos ante ellos.

Es un reflejo instintivo. El reflejo de proterme del ataque. El reflejo de actuar como si pudiera perder un bien escaso. El reflejo de creer que un enemigo quiere perjudicarme y que, por tanto, debo defenderme y atacar de vuelta.

Esos reflejos tal vez nos sirvieron como especie para sobrevivir en la época de las cavernas. En ese entonces, frente a elementos inclementes y alimentos y cobijo escasos, y rodeados de animales salvajes y de tribus de congéneres hostiles, reaccionar de esa manera era una estrategia exitosa. Quienes no lo hicieran así, probablemente tendrían menos probabilidades de sobrevivir.

Hoy en día, no obstante, esos instintos no tienen mucha utilidad. Son un lastre viejo. Es más, son un riesgo: competir con otros automóviles y actuar como si me estuvieran atacando me lleva manejar de forma imprudente y a exponer mi vida.

Y esos instintos no solo están presentes al momento de conducir, sino en casi todas las áreas de la vida. Por eso, vale la pena observarlos y darnos cuenta de que podemos elegir no seguirlos, pues se basan en una historia que ya no es cierta.

Pero es difícil observar esos instintos. Están enraizados en lo profundo de nuestro ser. Como todos los instintos, entran en acción de forma automática e inconsciente.

La buena noticia es que, justamente por esas características, esos instintos son una gran oportunidad para nuestro desarrollo espiritual, pues para trascenderlos debemos estar muy alertas, muy conscientes de nosotros.

Vale la pena asumir nuestros instintos como una invitación a estar completamente anclados en el momento presente. Así pues, observa con atención y amor a tu cavernícola interior; puede ser tu gran maestro espiritual.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Nobuhiro Sato.

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Regreso al mar

Fui a ver el mar de nuevo
Me recibió con un murmullo suave
Una llamada ancestral
Una canción olvidada
Cuyo idioma no logro comprender
Aunque sé que fue una vez mi lengua materna
En mi corazón, ahora templo luminoso, resuena el deseo de volver a casa

El agua acaricia mis pies
Como una madre examina el rostro de su hijo
Cuando este regresa después de un largo viaje
Abraza con delicadeza mis talones
Envuelve con un leve susurro mis pantorrillas
Sube hasta mis corvas, salpica mis muslos
Y me invita a entrar

El viento de sal, cálido y denso, celebra con un estruendo tenue mi llegada
Estoy desnudo a la orilla
Presto a dejarme caer
Cual viajero que llega arrastrándose
Sin fuerzas para desempacar
Y tan solo alcanza a apagar la luz
Antes de entregarse vencido a su lecho

La brisa, muy fina, casi se confunde al llegar a mi frente
Con el descanso profundo de un viejo pensamiento que se pierde
Con un estremecimiento de amor, un destello, una chispa que recorre el entrecejo
Y llega al firmamento
Delicadamente engastado en las alturas
Tan vacío como lleno de diamantes
Silencioso reflejo de la inmensidad que me espera en lo profundo

Me dejo caer
Me rindo
Suelto mis brazos y me entrego a la marea
Y ella, semejante a una esposa que guía a su amado en la penumbra, comienza a alejarme de la orilla
Venda mis ojos y me invita a confiar
A seguir sus pasos de plata en medio de la noche
A dejarme arrastrar quedamente hasta el fondo

El agua circunda mis labios en un beso permanente
Rodea mis dientes, reposa en mis encías
Se mezcla con mi saliva y abrasa mi garganta
Desciende como un fuego lento que regresa a su origen
Y se desliza al tiempo en mis oídos
Y susurra al tiempo en mis oídos estrofas sueltas
De la canción olvidada que me invita a despertar

Siento sus labios posarse
Como palomas dormidas sobre mis párpados
Como un lastre sagrado al que me aferro en posición fetal
Para hacer más expedito mi descenso
Hace no mucho me deleitaba
Al ver los ángeles danzando en la eternidad
Y aquí estoy de nuevo, en las entrañas de mi Padre

 

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