Una invitación a estar presentes con el miedo

Esa es la práctica central propuesta en la lección 6 del libro El Camino del Corazón, en torno a la cual gira mi último video de YouTube.

Además, Jesús y María Magdalena exploran el origen del ego, el cual explican como el miedo a estar en unidad. Y esta es la razón por la que el ego le teme al amor, pues el amor nos acerca a la unidad…

Para comenzar a disolver ese miedo, nos proponen pasar tanto tiempo como nos sea posible con nuestros miedos, práctica que para mí ha sido transformadora.

Si estos temas resuenan contigo, te invito a que mires el siguiente video:

Mi proceso de sanación con la comida, el ajedrez y la pornografía

Los procesos dobre los que voy a hablar comenzaron desde hace varios años, pero la última etapa de transormación empezó el año pasado, cuando, tras la llegada de la pandemia, empecé a sentir grandes oleadas de estrés y miedo. Entonces me reconecté profundamente con el Sistema Isha he hice varios programas en el que el acompañamiento amoroso de algunas maestras me permitió comenzar a soltar la rigidez y las exigencias de las que hablo más adelante y, de alguna manera, posibilitó los procesos que describo a continuación.

A comienzos de este año comencé a ver a una terapeuta y a nutricionista. Ahora estoy terminando mi proceso con ambas. Aprendí muchas cosas en esos procesos, que se entrelazaron de forma constante.

Inicialmente, busqué ayuda de la nutricionista porque soy vegetariano hace algunos años, y me preocupaba que mi forma de reemplazar las proteínas no fuera adecuada o suficiente. Sin embargo, lo que aprendí con ella me sorprendió porque va más allá de la alimentación. Pude ver patrones de pensamiento y comportamiento que están arraigados en mí desde mi infancia, los mismos patrones que había comenzado a trabajar con mi terapeuta. Creo que muchas personas pueden sentirse identificadas con estos patrones y con algunas de mis experiencias. Por eso me parece valioso compartir las principales enseñanzas que me dejaron ambos procesos.

Una de las cosas que reconocí durante las sesiones con la nutricionista es la culpa y la ansiedad que tengo asociadas con la comida. Cuando estaba en el colegio y en la universidad, era bastante gordo y me juzgaba y me sentía mal por eso. Ahora es uno de los momentos de mi vida en los que me he sentido más sano, pero hay un fantasma del miedo a la gordura y a lo que esta representa: unos ideales de belleza acompañados del miedo al rechazo y la timidez en las interacciones con las mujeres. Entonces vi cómo me había aferrado a la idea de tener un peso ideal y cómo estaba tratando de controlarlo de manera obsesiva.

Antes de empezar las sesiones con la nutricionista, me estaba pesando todos los días. Tenía unos números ideales en mi mente; cuando los alcanzaba, me sentía satisfecho y me producía placer pesarme una y otra vez para que la báscula me confirmara que todo estaba bien. Es algo similar a lo que debe experimentar alguien obsesionado con el dinero al mirar constantemente el estado de su cuenta bancaria. Por supuesto, cuando mi peso se alejaba de esos números ideales, venía sobre mí una ansiedad y no podía comer tranquilo hasta volver a alcanzarlos. A veces, incluso, ayunaba por unos días para bajar rápidamente de peso y volver así a disfrutar de la perfección ficticia que representaban los números en la báscula.

Me sorprendió cuando ella me dijo que dejara de pesarme, pues pensé que era un hábito sano, ya que me ayudaba a estar en control. Pero no era un hábito sano. Mantenía esos números a costa de un control obsesivo. Y este control me impedía disfrutar tranquilamente de la comida y escuchar mi cuerpo. Para poder disfrutar lo que comía, primero debía alcanzar un ideal rígido de perfección impuesto por mi mente. Si no se cumplía ese ideal, no podía disfrutar la comida, pues tenía la sensación constante de que comer era algo malo, pues me alejaba del ideal.  Pero, irónicamente, cuando sentía culpa comía aún más, pues lo hacía de manera inconsciente, sin saborear, tratando de tragar cada bocado lo más rápido posible y pasar al siguiente. Como asociaba la comida, especialmente la placentera, con algo malo, no me permitía estar presente con ella.  

Lo primero que aprendí, entonces, fue que soltar el control es una bendición, y que mi paz mental y una relación relajada con la comida son más importantes para mí que tener un peso o un cuerpo ideal.

Otra cosa de la que me di cuenta es que estaba cargando culpas viejas. Me juzgaba por haber abusado de mi cuerpo y haberlo sometido por años a hábitos destructivos. Y no me había perdonado. Entonces, esa ausencia de perdón se manifestaba como rigidez y exigencia en un intento de compensar las cosas “malas” que había hecho. Así, mis elecciones no surgían de un amor presente sino de una necesidad de castigo y compensación.

Lo tercero que vi es que el control y el perfeccionismo me llevaban a círculos viciosos en los que oscilaba de un extremo a otro. Y no creo que sea coincidencia que justo ese es el tema que habíamos empezado a trabajar con mi terapeuta. Se trata de unos de los patrones más profundos de mi comportamiento, y le agradezco infinitamente a ella por haberme acompañado de forma amorosa a tomar consciencia y empezar a dejarlo ir.

Así, vi como desde niño me la había pasado en ciclos de represión y desenfreno, y como eso me llevaba a sufrir. Podía pasar varios meses tratando de ser un “santo”, siguiendo un ideal de perfección espiritual (que ha ido variando con el tiempo) dictado por mi ego y un surtido de ideas rígidas sobre lo que se debe y no se debe hacer. En esos meses, por ejemplo, era normal que me abstuviera por completo de cualquier actividad sexual y que realizara mis prácticas espirituales asidua- y regularmente. Esas etapas perfeccionistas se caracterizan porque nada es suficiente. No importaba qué tanto hiciera o dejaba de hacer, había una sensación continua de que debía esforzarme más y de que siempre podía ser un poco más “bueno” si me esforzaba lo suficiente. Luego llegaba a un punto de saturación, de agotamiento, al reconocer que mis esfuerzos eran fútiles, pues sin importar qué tanto me esforzara, no lograba estar en paz y no me sentía “bueno”. Entonces me iba al otro extremo. Podía pasar semanas en las que jugaba ajedrez compulsivamente (incluso al punto de no dormir), veía pornografía en grandes cantidades y, por supuesto, comía hasta hartarme sin ninguna consideración por las necesidades de mi cuerpo, además de otros hábitos que han ido variando con el tiempo (por ejemplo, en mi adolescencia el énfasis estaba en el cigarrillo y los videojuegos). Como es normal, estos ciclos de descuido y desenfreno también me llevaban rápidamente a un punto de saturación, en el que los efectos negativos sobre mi mente y mi cuerpo me indicaban que debía parar. Pero la manera de salir de uno de los extremos del ciclo era irme al otro extremo, patrón que solo era interrumpido por fugaces etapas de equilibrio.

Así como me sorprendió cuando mi nutricionista me dijo que dejara de pesarme que era importante que me permitiera comer sin culpa, incluso si era en exceso, así también me sorprendió cuando mi terapeuta me dijo que estuviera en el medio, que no dejara por completo el ajedrez o la pornografía, sino que hiciera las paces con ellos y aprendiera a amarme incondicionalmente en medio de las subidas y bajadas. Eso me causaba especial conflicto, sobre todo con la pornografía, pues la juzgo como algo malo, y siento culpa porque siento que muchas mujeres son abusadas en esa industria. Mi terapeuta reconoció que, por supuesto, no es un hábito saludable, y que podría expandir mi conciencia más rápido si conservara mi energía sexual y la elevara a través de mis chakras, pero me hizo caer en cuenta que, en mi caso, intentarlo (como ya lo había hecho varias veces) sería irme al otro extremo y me daría tan solo una ilusión de sanación. La verdadera sanación, en mi caso, comenzaba por estar en el medio. Así, me enfoqué en disfrutar de la comida, el ajedrez e incluso de la pornografía. Lo primero implicó, por ejemplo, aprender a comer despacio, incluso si sentía que estaba comiendo en exceso, y no compensar momentos de desenfrenos con momentos de ayuno, sino, en cambio, permitirme comer cada día de la manera más sana posible, sin mirar la báscula y sin pensar en lo que había comido el día anterior. En el caso del ajedrez, me permití estudiar y jugar cuando me sentía feliz, y no tanto en aquellos momentos en los que tenía ansiedad, en los que normalmente lo hacía como un escape. Por supuesto, eso me permitió mejorar mucho en ese juego, lo que ahora me da una satisfacción sin culpa. En el último caso, el cambió implicó buscar el tipo más sano de pornografía posible. Encontré, pues, un sitio que me atrevo a recomendar llamado Make love, not porn, en el que nadie es obligado, todas las parejas que aparecen allí disfrutan completamente lo que hacen y la mayoría se aman. No es perfecto, pero precisamente por eso fue perfecto para mí en esa fase de mi proceso.

Entonces empecé a ver cómo mis hábitos comenzaron a transformarse suavemente, sin rigidez, sin ideas de “nunca” o “siempre”. Y recordé la forma como dejé de fumar, que me encanta, porque realmente nunca dejé de fumar, pero en los últimos dos años solo me he fumado dos cigarrillos (no al día, sino en el total de los dos años). Cuando era adolescente, traté de dejar de fumar muchas veces, siempre sin éxito. Era el mismo patrón: meses de represión seguidos por meses de desenfreno (varios paquetes al día). Recuerdo que empecé a sanar mi relación con el cigarrillo cuando comencé a practicar el Sistema Isha y dejé de juzgarme por fumar. Entonces simplemente me dejaron de dar ganar, pero siempre me permití fumar si quería, y es probable que vuelva a hacerlo en el futuro si me vuelven a dar ganas. Fue un proceso gradual y orgánico, en el que nunca me esforcé por dejar ese hábito, sino que simplemente se cayó por sí solo. Así mismo, en los últimos meses mi relación con la comida, la pornografía y el ajedrez se ha ido sanando y estos se han ido yendo suavemente, sin juicios ni culpas.

Ahora bien, quiero hacer una aclaración importante. Si estás leyendo esto y tienes problemas de adicciones severos, no te recomiendo este enfoque del punto medio y de dejar las adicciones de manera natural y orgánica. Si tienes un problema severo, puede que esa idea sea simplemente una justificación para volver a caer en aquello que te hace daño. Si tienes un problema severo, es de vital importancia que tengas acompañamiento en tu proceso, y solo siguas esta aproximación si quien te acompaña en tu proceso considera que es adecuado para ti. Hay personas para las cuales la mejor forma de dejar una adicción es parar de forma abrupta. Cada proceso es diferente. Pero busca siempre una opinión experta si sabes que tu hábito se ha salido de control. Además, sé que hay personas quienes, aunque no tengan un problema severo, encontarán un mejor camino en la disciplina estricta y tajante que en los puntos medios. Conozco amigos de diferentes religiones o quienes realizan diversas prácticas espirtuales para quienes para quienes la disciplina absoluta ha funcionado. Por eso, tampoco quiero desanimarte y desviarte de tus propósitos si estás en un camino que ya funciona para ti. Simplemente quiero compartir mi experiencia y lo que ha funcionado (y lo que no) para mí.

Para terminar, quiero comentar dos cosas la primera es que estos procesos de sanación también se han visto reflejados en mis redes sociales dedicadas a la espiritualidad, en las que oscilaba entre periodos de gran actividad y grandes lapsos en los que las abandonaba por completo. En los últimos meses, me he permitido publicar solo cuando realmente quiero, sin exigencias y sin culpas. Ahora siento ganas, pero sé que mañana, si lo siento así, dejaré de publicar de nuevo, tranquilamente, sabiendo que ser fiel a mi corazón y estar en paz es más importante que cualquier cosa que pueda compartir y que cualquier promesa que sienta que le debo cumplir a quienes me siguen esas redes.

Finalmente, quiero decir que lo más hermoso de este proceso es poder percibir que no soy perfecto y poder amarme a mí mismo completamente en medio de esa percibida imperfección. Entonces, de lo profundo de ese amor surge una nueva visión en la que los ideales desaparecen y me doy cuenta de que en realidad siempre he sido merecedor de ese amor, tanto en los picos que creo son los más altos como en los valles que juzgo como más oscuros. Es un proceso. Y me amo sabiendo que estoy en él. Y cada vez me amo más incondicionalmente y me permito transitar mi camino de forma más gentil y ligera.

¿Cómo saber si viene del ego o del corazón?

Supongamos que alguien te invita a salir y sientes desconfianza y le dices que no. Luego, te surge la pregunta de si esa decisión surgió del ego o del corazón.

Esta situación ha sido recurrente en mi camino espiritual, y también muchas otras personas me han manifestado su inquietud con respecto a cómo saber si nuestras ideas y sentimiento provienen del ego o del corazón. ¿Cómo saber si es tu intuición la que te guía y no los miedos del ego?

Hace poco, alguien me volvió a hacer esta pregunta a través de mis redes sociales. A continuación comparto los consejos que le di a esta persona, pues resonaron conmigo y tal vez te sirvan a ti también.

Cuando surge la pregunta de si una idea viene de la cabeza o del corazón, lo más probable es que, como tal, esa misma pregunta surja de la cabeza. Es el ego el que duda, y el que tiene tiene miedo de no estar en lo correcto. Entonces, el ego plantea la pregunta con la intensión de controlar el resultado y de asegurarse de que el futuro va a estar bien y de que no va a comenter un error.

El primer consejo, entonces, es tomar conciencia de la energía de la cual surge la pregunta. Mira si hay ansiedad y miedo ante la posibilidad de cometer un error.

Una vez reconoces esa energía, permítete llevar la atención a tu cuerpo y relájate. No te lo tomes en serio. No conviertas el averiguar si es del ego o del corazón en una nueva tarea. Permítete no saber. No tengas miedo de cometer un error. Ya sea que te preocupes o no, va a haber ocasiones en las que elegirás con el ego creyendo que es del corazón o la intuición. Es parte de crecer.

Va a haber momentos en los que tu intuición está clara y no tendrás dudas. Va a haber momentos en los que no estás segura acerca de dónde provino la decisión. En algunos casos, puede que pasen días, semanas o años antes de saber si la decisión era guiada por tu intuición o por tu ego. Tal vez, varios años después, venga la claridad con la madurez de tu proceso espiritual, y reconozcas que algo que hiciste o dejaste de hacer estuvo guiado por tus miedos. Perdónate. Eso es parte del camino.

Entonces, que no te preocupes por cometer errores. No te afanes por saber si la que te habla es la voz de tu ego o de tu corazón. Más bien, relájate y confía en que, sea cual sea el resultado, te llevará a más crecimiento. Enfócate, en cambio, en cultivar la presencia y el silencio interior. Entre más silenciosa estés, más fácil será escuchar la voz del corazón, pues ella siempre está hablando, es solo el ruido de la mente el que nos impide reconocerla.

No te esfuerces tampoco por oírla. Para oírla debes estar relajada, y la tensión del esfuerzo impedirá la relajación. Acepta que es un proceso y que habrá momentos en los que estarás conectada con tu corazón y otros en los que no. Poco a poco tu capacidad de oír tu propio corazón se irá refinando. Relájate y confía.

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El perfeccionismo en las relaciones personales

En las últimas entradas he estado explorando el tema del perfeccionismo, pues es algo que he estado observando y trabajando en mí. Quiero ahora aabordar este tema en el ámbito de las relaciones personales y ver de qué manera al comprenderlo mejor podemos estar más tranquilos al relacionarnos con los demás.

¿Te ha pasado alguna vez en una relación de pareja o con un amigo o familiar que sientes que algo «anda mal» aunque como tal no haya sucedido nada concreto que te indique eso? De pronto un cambio en el tono de voz o una actitud o una respuesta diferente a la que esperabas detona la idea de que algo no está como debería en la relación.

A mí me ha pasado muchas veces, y lo que he notado es que hay una estrecha relación entre estos patrones de pensamiento y el perfeccionismo.

El perfeccionismo surge, al menos en mi caso, de un deseo de controlar. La idea detrás es que, si la realidad se ajusta a ciertos parámetros e ideas que tenemos en la mente (en otras palabras, si es perfecta), estaremos en control de lo que sucede y podremos así crear lo que queremos y evitar aquello que tememos. Cuando algo se sale de los parámetros e ideas que tenemos, sentimos ansiedad, pues perdemos el control. Ya no sabemos exactamente qué pasará o qué significa algo.

Y esto es exactamente lo que sucede muchas veces cuando sentimos que algo «anda mal» en una relación. Las cosas no son exactamente como queremos, o tal vez hay un comportamiento de la otra persona que no sabemos cómo interpretar, y eso nos hace sentir inseguros, pues ya no tenemos control sobre el futuro de la relación.

Frente a actos de la otra persona que no sabemos cómo interpretar y que nos hacen sentir que algo malo pasa en en la relación, hay dos consejos que quiero dar.

El primer consejo es la comunicación. Por supuesto, exponer nuestros sentimientos y pensamientos y preguntarle a la otra persona cómo se siente y qué significan sus acciones puede ayudarnos a salir de dudas y a reestablecer la calma. Sin embargo, este primer consejo tiene a veces un problema, sobre todo cuando alguien tiene comportamientos obsesivos. Tal vez preguntamos una vez, y la otra persona nos responde que todo está bien, pero seguimos dudando, seguimos percibiendo acciones o palabras cuyo significado no es claro para nosotros, y vuelven la ansiedad y la duda, y entonces volvemos a preguntar. Y estas preguntas, cuando se repiten y vienen desde un lugar de intranquilidad, lo más probable es que no ayudarán a la relación, sino que por el contrario puede que deterioren la situación o incluso puede que generen un problema donde no había ninguno. Es como el niño que le pregunta al papá si está de mal genio y el papá le dice que no, que todo está bien. Pero el hijo sigue preguntando una y otra vez, hasta que el papá en efecto está de mál genio, y entonces el niño dice: «Si ves, lo sabía». Así mismo, al preguntar obsesivamente buscando saber si nuestras preocupaciones son reales, muchas veces hacemos que esas preocupaciones se vuelvan reales.

Lo importante, entonces, es mirar desde qué lugar surge la comunicación. Si surge desde un lugar de querer entender a la otra persona y querer conectarnos y entenderla, vale la pena preguntar, pero si tenemos ansiedad y nececidad de controlar y entender las cosas para sentirnos a salvo, tal vez lo mejor es parar, y aquí es donde viene el segundo consejo: no trates de arreglar las cosas afuera, permítete sentir las emociones que surgen frente a la posibilidad de que la relación no sea perfecta. Permítete sentir la incomodidad de no saber qué está pasando. Haz las paces con la posibilidad de que las cosas no estén bien.

Si las cosas no están bien en una relación, es importante hablar y exponer los sentimientos. Pero luego, si sentimos que las cosas no cambian inmediatamente, es bueno mirar qué sentimos, qué miedos e inseguridades se detonan, qué es lo que tenemos miedo de perder. En algunas ocasiones, para que la relación sane también es necesario darle espacio, permitir que las cosas sean imperfectas por un tiempo, permitirle a la otra persona no ser clara sin exigirle en cada momento una explicación, dejar que las cosas fluyan. Independientemente de si la relación continúa, se termina o se transforma, es importante que podamos estar en paz, y no podremos estar en paz si constantemente tenemos que estar controlando y asegurándonos de que las cosas «están bien».

Así pues, la próxima vez que sientas ansiedad en una relación porque no sabes cómo están las cosas, antes de tratar de averiguar la respuesta o de arreglar las cosas, permítete sentir e ir adentro.

Cuando soltamos la necesidad de que las cosas estén bien, podemos dejar de controlar y nos abrimos a sentir. Y entonces podemos contribuir a las relaciones desde un lugar mucho más amoroso y generoso, que no viene del miedo a perder, sino del deseo de compartir y conectar.

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El arte de la responsabilidad

Una de los ejercicios más empoderantes que hay es asumir responsabilidad.

Al asumir responsabilidad, reconocemos que tenemos el poder de crear, y que depende de nosotros como usarlo.

Esto es diferente de la culpa. La culpa implica un juicio frente a lo que sucede, lo califica como malo y exige un castigo. Cuando nos sentimos culpables no asumimos responsabilidad. La responsabilidad no empodera, mientras que la culpa nos echa para abajo.

En el sistema de meditación que practico, creado por la maestra Isha Judd, usamos una frase muy poderosa que me encanta:

Om responsabilidad, yo soy eso.

Esta frase nos invita a reconocer que no estamos separados de lo que sucede, incluso aquellas cosas que juzgamos o que creemos que surgieron sin nuestra participación.

Detrás de esta frase está la idea de la unidad. Si en el fondo somos Uno y no estamos separados, esto implica que estamos creando la realidad juntos y, por tanto, en cierto sentido, todo es nuestra creación.

Tal vez te preguntes de qué sirve creer que soy responsable de algo que no puedo cambiar… pero la verdad es que podemos cambiar todo. Para empezar, podemos cambiar nuestra percepción de lo que sucede, y esto ya transforma toda nuestra experiencia y nuestro entorno. Además, cambia la forma como reaccionamos y respondemos frente a lo que sucede, y este cambio en nuestras acciones tiene efectos a nuestro alrededor.

O tal vez pienses que hay eventos de los que claramente hay personas que no son responsables. ¿Acaso el niño que nace en medio de la pobreza y de una familia abusiva es responsable de eso? Al respecto tengo dos respuestas.

La primera que que sí, desde mi punto de vista, todos somos responsables de todo. Creo que cada ser que está en esta realidad ha elegido encarnar acá como parte de su proceso de evolución, así en este momento no tenga conciencia de eso. Desde el punto de vista de la reencarnación, tal como lo entiendo, nadie experimenta nada sin haberlo elegido y absolutamente todos somos maestros creadores, desde el niño hasta la hormiga, gasta el árbol, hasta la piedra. Pero y si alguien no tiene esas creencias metafísicas ¿entonces cómo ver el tema de la responsabilidad absoluta?

Aquí viene mi segunda respuesta: el tema de la responsabilidad absoluta puede verse como un juego. Un juego que tiene el beneficio de empoderar profundamente y no tiene efectos secundarios negativos, a menos que la responsabilidad se confunda con la culpa o con el orgullo y autoengrandecimiento.

Estoy acabando de leer un libro que se llama El arte de lo posible, de Rosamund Stone y Benjamin Zander. Uno de los capítulos está dedicado al ejercicio de asumir responsabilidad, y allí se pone un ejemplo que me parece iluminador: supongamos que vas manejando con todas las precauciones y, sin embargo, un conductor embriagado te estrella por detrás. ¿Eres responsable de eso? La respuesta es que es tu elección como verlo. Puedes empoderarte y aprender de la experiencia, y asumir que haz creado esa realidad, o puedes convertirte en una víctima, lo cual tiene el costo de entregar tu poder. Por una parte, puedes reconocer que al manejar asumes riesgos, y, por lo tanto, eres responsable en caso de que uno de estos riesgos se materialice. Cada vez que decido manejar estoy asumiendo un riesgo. Es mi responsabilidad. Sé que existen conductores ebrios, sé que es posible que si me subo a un avión se caiga, pero aun así decido tener la experiencia. Desde el punto de vista de la reencarnación: sé que encarnar en un ser humano tiene riesgos… especialmente si elijo un planeta como la Tierra.

Pero, por otro lado, no importa si no crees realmente que es tu responsabilidad. Puedes probar, como un juego, asumir que eres responsable y responder desde ese lugar en el que decides que haz participado en la creación de la experiencia y por tanto tienes el poder de transformarla.

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consejos para hallar paz en medio de la «imperfección»

Desear hacer las cosas de manera perfecta es una receta para quedarnos estancados y evitar tomar acción. Pero, además, el perfeccionismo es una receta para el sufrimiento.

Esta es la cuarta vez que comienzo a escribir este artículo. Y cada una de la anteriores, una sensación de inquietud me impidió continuar, pues sentía que lo que escribía no era lo suficientemente bueno. Es irónico que esto suceda justo en un artículo sobre el perfeccionismo, pero sirve para ilustrarlo.

Este es uno de los temas que he estado trabajando en los últimos meses: mi necesidad de ser perfecto. Esta necesidad se manifiesta como una ansiedad frente aquello que percibo como imperfecto y una necesidad de controlarlo y modificarlo. En el fondo está la creencia de que algo malo va a suceder si las cosas no se desarrollan de manera perfecta. Esta creencia, a su vez, se manifiesta como pensamientos recurrentes sobre aquello que «está mal». Y puede tratarse de cualquier área de la vida: el trabajo, las relaciones, el cuerpo, los hábitos, los alrededores, el pasado, el futuro.

Cuando se está en medio de un remolino de pensamientos perfeccionistas, al comienzo uno tiende a creer que el problema está afuera, y que si uno logra arreglar aquello que está «imperfecto», entonces todo estará bien y llegará la paz. Sin embargo, esto es una ilusión. Es imposible alcanzar la perfección, y menos aún hacerlo de manera consistente y con resultados permanentes. Si hacemos que nuestra felicidad dependa de que las cosas sean perfectas, es obvio que nos estamos condenando a la infelicidad.

El perfeccionismo muchas veces se manifiesta como una forma de síndrome obsesivo-compulsivo. El carácter obsesivo se manifiesta como pensamientos recurrentes que nos quitan la paz; en este caso, pensamientos relativos a un aspecto de nuestras vidas que nos incomoda por ser imperfecto y que nos hace temer que habrá consecuencias negativas a causa de esa imperfección. El carácter compulsivo se manifiesta como acciones repetitivas que llevamos a cabo con el fin de acallar esos pensamientos y alcanzar así la paz. En el caso del perfeccionismo, muchas veces esas acciones están enfocadas a tratar de corregir o arreglar aquello que juzgamos como imperfecto, por ejemplo, lavar varias veces la loza, incluso si la mayoría de la gente considera que ya está limpia. Otras veces, sin embargo, el comportamiento compulsivo puede encausarse en alguna forma de escape alternativa, algo que nos permita acallar esos pensamientos por un rato y atenuar así las emociones incómodas que provocan. Este es el caso cuando recurrimos a adicciones para evitar el malestar que sentimos cuando tratamos de buscar sin éxito la perfección.

La práctica de la exposición

Al tomar consciencia de estos patrones de pensamiento, podemos elegir no creerles. No creer que es necesario cambiar algo afuera para poder estar tranquilos. Y un punto importante en este proceso es permitirnos sentir; sentir la angustia que acompaña la imperfección cuando tenemos un patrón de conducta perfeccionista, la ansiedad, el miedo. Hacer las paces con esas emociones y darles amor es el primer paso.

Al menos en mi proceso, una de las claves para romper el ciclo entre pensamientos obsesivos y comportamientos compulsivos ha sido permitirme sentir, pues, como expliqué, usamos los comportamientos compulsivos para acallar esos pensamientos y las emociones que generan. En otras palabras, mi práctica es abrazar plenamente las emociones que surgen cuando me permito estar en medio de la imperfección.

Esta práctica es una forma de exposición, que es como se llama en psicoterapia cuando, como parte del tratamiento, se le recomienda al paciente que se exponga a aquello que le causa ansiedad o miedo con el fin de que se dé cuenta de que en realidad esa actividad no involucra peligro alguno. Un ejemplo de esto es cuando a un paciente que cree que no puede pisar las líneas en la calle se le pide que las pise intencionalmente. En cada caso, por supuesto, aquello a lo que nos exponemos cambia, según sea el origen de nuestros miedos o ansiedades.

En resumen, una parte esencial del trabajo que estoy haciendo para suavizar mi perfeccionismo y dejar de sufrir a causa de él es exponerme a aquello que me causa ansiendad (la imperfección) en vez de tratar de arreglar obsesivamente las cosas afuera o de huir de la realidad mediante adicciones o distracciones (como jugar ajedrez o ver Netflix cuando se detona un pensamiento de ansiedad relacionado con algo que siento como imperfecto).

La próxima vez que sientas la necesidad de arreglar algo afuera y reconozcas que el origen de esa necesidad es un patrón de pensamiento obsesivo, te invito a que pares y sientas. ¿Cómo se siente tu cuerpo? Observa como tu mente busca desconectarte del cuerpo mediante alguna acción enfocada en el afuera. Para y relájate en medio de la incomodidad. Y luego ten la intención de amarla.

La semilla del amor incondicional

Hay otro componente de este proceso que es igual o incluso más importante que el anterior: amar a esa parte de nuestro ser que tiene ansiedad y miedo por no ser perfecta.

El amor es un componente fundamental en este proceso, al menos para mí, y la razón es que, muy en el fondo, la búsqueda de la perfección surge porque creo que para merecer el amor debo ser perfecto. En consecuencia, darme amor en medio de lo que percibo como mi imperfección es una forma de deshacer la ilusión que me lleva a tratar de ser perfecto.

A veces, a causa del condicionamiento de años, puede ser muy difícil ser amorosos con aquello que juzgamos como inadecuado. Pero podemos, al menos, tener la intención, y ese es ya un gran paso, una semilla que más pronto que tarde florecerá como amor incondicional hacia nosotros, un amor que no depende de que cumplamos ciertos estándares o arreglemos primero aquello que «está mal» con nosotros según nuestra mente.

Así pues, ten la intención de darle amor a esas paerte que juzgas como imperfectas. Sé amable contigo y con tu cuerpo. Deja de lado el castigo y la exigencia como forma de compensar tus fallas o carencias. Date un regalo amoroso, un abrazo interno. Acompáñate como lo harías con un amigo querido que sabes que necesita de tu cercanía y del calor de tu corazón.

dormir bien

Finalmente, no puedo dejar de hablar de dos cosas que han sido fundamentales para mí en las últimas semanas. Creo que no tienen que ver específicamente con el tema del perfeccionismo, pero sí inciden de manera general en el bienestar emocional.

En mi caso, he descubierto que la calidad de mi sueño es uno de los factores que más influye en la forma como pienso y siento. Dentro de poco haré un video de YouTube con varios consejos para mejorar el sueño. Por ahora, solo quiero decir que en las últimas semanas me ha pasado varias veces que me siento agobiado por pensamientos obsesivos en relación con el perfeccionismo y al parar y observarme con conciencia me he dado cuenta de que están surgiendo porque estoy cansado y no he dormido bien. Permitirme dormir y descansar en esos momentos ha sido mágico. Luego de descansar, mi mente se despierta clara y aquellas cosas que me preocupaban por ser imperfectas se desvanecen de mi mente o se ven como nimiedades sin importancia.

Puede que el sueño no influya de igual manera en todas las personas, pero en todo caso vale a pena hacer un ejercicio de observación y ver cómo está nuestro cuerpo en esos momentos en que surge un pensamiento obsesivo. A veces veremos que hay hambre. O tal vez una emoción vieja que quiere salir y ser liberada. Sea como sea, si reconocemos y honramos esa necesidad, ayudaremos a nuestro sistema nervioso a relajarse y suavizaremos los patrones obsesivos, al tiempo que facilitaremos la entrada al amor y a la ligereza.

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CONSEJOS PARA DOMAR DRAGONES

En el último año disminuí notablemente mi actividad en redes sociales. Una parte de esto se debió a que sentí la necesidad de enfocarme en mi proceso interno. He estado en sesiones de terapia e hice un curso online intenso y profundo con uno de mis maestros favoritos: Eckhart Tolle.

Sin embargo, recientemente caí en cuenta de que esas no fueron las únicas razones por las que no he vuelto a hacer tantas publicaciones como antes. De unos meses para acá volví a sentir ganas de publicar, pero al mismo tiempo noté en mí una gran resistencia a hacerlo. Entonces, en una de las sesiones de terapia, pude ver como detrás de esa resistencia hay miedos que vienen de mucho atrás.

Recordé como cuando niño sentía gran ansiedad en situaciones en las que tenía que exponerme frente a un gran grupo de personas y, por alguna razón, sentía que ellas tenían alguna expectativa sobre mí. En particular, recordé una fiesta a la que me invitaron cuando tenía cerca de 10 años. Mis padres me ayudaron a comprar un regalo para llevarle a mi amigo, pero el día de la fiesta no fui capaz de ir a entregárselo. Me llené de pensamientos de que el regalo no era lo suficientemente bueno y el miedo me llevó a querer esconderme y no enfrentar el posible rechazo de mi amigo y de los demás niños que estarían en la fiesta.

Y, al observar mis emociones en relación con mis redes, pude reconocer esas mismas sensaciones que experimentaba de niño. Es el mismo miedo social a que los demás rechacen aquello que tengo para entregar. Muchas veces he observado ese miedo y lo he atravesado, pero esta vez surgió con una claridad especial y de forma inesperada, pues en mi mente tenía una lista de razones diferentes mediante las cuales explicaba y justificaba mi alejamiento de las redes.

Ahora, mientras escribo estas palabras y pienso en publicarlas, vuelvo a experimentar esa sensación de ansiedad social y vienen a mi mente imágenes de personas que conozco reaccionando de diferentes maneras frente a lo voy a compartir.

Esta claridad sobre el miedo que experimento me motivó a hacer un live en Instagram después de mucho tiempo en el que hablé justamente sobre este tema. Además, me motivó a escribir esta entrada y a comenzar a publicar reflexiones más seguido. Y la razón de esto es, en parte, que una de las maneras de sanar el miedo, al menos en mi experiencia, es mediante la acción.

El miedo al rechazo social se fundamenta en la ilusión de que ser rechazados implica un riesgo para nuestra supervivencia. Esto era verdad hace cientos de miles de años, cuando vivíamos en pequeños grupos para protegernos de los demás animales y de los elementos, y ser aislados podía significar la muerte. Ahora, aunque nuestra realidad es diferente, estas memorias ancestrales continúan dirigiendo nuestras vidas. Es como si un programa viejo y obsoleto se hubiera quedado a cargo de nuestro computador a pesar de que hay ahora programas mucho más adecuados para nuestras necesidades actuales.

En ese sentido, deshacer los miedos es una forma de reprogramarnos. Y una de las formas más eficaces de reprogramarnos es mediante la exposición a aquello que tememos. Al permitirnos experimentar aquello que tememos, si lo hacemos con consciencia, podremos observar nuestras emociones y nuestros patrones de pensamiento y separarlos de lo que en realidad está ocurriendo. Al hacer esto, veremos que estamos a salvo (al menos cuando se trata de miedos como estos que cuento en este escrito) y que en realidad no hay nada que temer.

Me recuerda esto a un hermoso pasaje del libro La armadura oxidada, de Rober Fisher. Este libro es una metáfora sobre el deshacimiento del ego, representado por la armadura del caballero, que se ha quedado atascada en su cuerpo y lo lleva a sufrir. Como parte de su aventura de autodescubrimiento, el caballero debe entrar a diferentes castillos, cada uno de los cuales representa algo que él debe aprender o superar para poder dejar ir su armadura. Uno de estos es el Castillo de la Voluntad y la Osadía, el cual se encuentra custodiado por un temible dragón. A diferencia de otros castillos a los que ha debido entrar, este le presenta un reto que requiere una acción externa precisa: debe cruzar un puente para ingresar al castillo, pero al otro lado se encuentra un gigantesco dragón que escupe fuego. En los primeros intentos, el caballero huye ante las llamas, pues siente el calor y le parece obvio que el peligro es real. No obstante, a medida que sigue insistiendo, comienza a darse cuenta de que el dragón es una ilusión. Y entre mayor es su determinación de cruzar y su tranquilidad interna, más evidente es que el dragón es irreal. Cuando se acerca por completo al monstruo, este desaparece.

Luego de atravesar los diferentes castillos, el caballero aprende que deberá volver a estos una y otra vez, para llegar a nuevos niveles de aprendizaje. Y así es como siento un poco este volver a caminar por miedos antiguos. Hay ahora más consciencia que antes y es más fácil atravesarlos, pero también es claro que los miedos siguen instalados en mi interior y me invitan a sanarlos.

Ahora bien, esta invitación a atravesar los miedos debe ir acompañada por una invitación a amarlos y a amarnos cuando los sentimos. La metáfora del dragón es hermosa, pero presenta al miedo como un enemigo al que debemos derrotar. En realidad, el dragón se disuelve cuando nos acercamos a él con amor. Si peleamos, es porque creemos que es real, pues, ¿quién gastaría energía peleando cuando sabe que está frente a un espejismo? Es como en los sueños: cuando uno no sabe que está soñando, cree que lo que experimenta es real y, por tanto, si ve un monstruo, tratará de huir o de pelear con él. En cambio, cuando uno toma consciencia de que está soñando, puede jugar con el monstruo, pues sabe que en realidad está a salvo, y al hacerlo lo más normal es que el sueño se transforme o se acabe por completo.

Entonces, otra recomendación es no tomarnos muy en serio este camino de deshacer los miedos. Es un juego. Y las claves son la compasión y el amor.

En alguna época de mi vida, cuando reconocía que tenía miedos, me obsesionaba por atravesarlos y me castigaba cuando no era capaz. Esta actitud rígida y dura hacía que los miedos se vieran incluso más grandes que antes. Ahora reconozco que lo primero es permitirme sentir y estar conmigo incondicionalmente antes de atravesarlos. Es como si un niño pequeño se levantara gritando en la noche a causa de una pesadilla. ¿Lo reprenderíamos acaso y le gritaríamos que se vuelva a dormir tranquilo porque no tiene nada que temer, o más bien lo acompañaríamos en su miedo con amor, tranquilizándolo con dulzura y recordándole suavemente que es solo un sueño?

No se trata entonces de matar al dragón ni de atravesarlo en realidad, sino de amarlo y transformar la forma en que lo percibimos, hasta que vemos ya no un enemigo sino una parte nuestra que merece tanto nuestro amor como cualquier otra. Así pues, la invitación es a hacernos amigos del dragón. Es como dice Un Curso de Milagros: antes de despertar, el paso previo natural es pasar de las pesadillas a los sueños felices. Y este es un cambio de percepción. La idea es que ya estamos a salvo y rodeados y protegidos por el amor. Siempre lo hemos estado. Es solo nuestra percepción la que necesita sanar.

Unos meses después de la fiesta a la que me invitaron y a la que no fui, le conté a mi amigo que le había comprado un regalo que nunca le entregué por miedo a que no le gustara. Al saber cuál era el regalo, él se alegró mucho y me expresó que no entendía por qué yo no había ido. Era uno de los mejores regalos que le habían hecho. Esto me lleva a reconocer ahora que estos miedos que estoy transformando con amor me llevan a dejar de brillar y a dejar de compartir mis regalos con el mundo. Al ver esto, me siento aún más motivados para seguir caminando sobre el puente y acercándome con tranquilidad a mi amigo el dragón.

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fluir es estar cerca de la mitad

Uno de mis principales retos en los últimos años ha sido encontrar un equilibrio entre el perfeccionismo y la dejación. He oscilado entre periodos en los que trabajo ardua e intensamente y otros en los que no me dan ganas de hacer nada y me entrego a la inercia y la dejación.

Una de las cosas que he observado de estos ciclos es como cada uno de los extremos contiene la semilla del otro. Cuando trato de ser perfecto, inevitablemente me agoto, y cuando ese cansancio se vuelve intolerable, abandono mis actividades por completo y me voy al otro extremo. Así mismo, después de un periodo largo de inactividad e indolencia, mis días se vuelven insatisfactorios y me deprimo, y cuando esta sensación se vuelve intolerable, decido hacer planes de nuevo y comienzo a trabajar febrilmente en un intento por recuperar el tiempo perdido, yéndome así de vuelta al extremo de la perfección.

He aprendido poco a poco, que esos extremos son como orillas en el río de mi vida: entre más cerca esté de una orilla, más difícil será avanzar con la corriente natural del agua. En consecuencia, para fluir debo estar cerca de la mitad.

He durado varios meses sin escribir, pues me propuse hacerlo solo cuanto tuviera ganas. Ha sido un periodo de descanso y descubrimiento. Sé que escribir me hace feliz, pero no de cualquier forma. Cuando escribo por tratar de «hacer las cosas bien» y «ser un niño bueno», muy pronto me canso y siento que nada es lo suficientemente bueno. Cuando escribo desde el extremo perfeccionista, por tratar de avanzar mucho, termino abandonando pronto. Es como si un corredor en una maratón decidiera que para llegar más rápido a la meta debe correr a la misma velocidad que si estuviera en una carrera de cien metros. Obviamente, no podrá mantener ese ritmo y, si lo intenta empecinadamente, seguramente no será capaz de terminar la carrera, o llegará muchísimo después que si hubiera mantenido un ritmo lento y más constante.

En eso trabajo ahora, en encontrar un punto medio y sereno que me permita fluir de manera constante, no demasiado tenso, pero tampoco demasiado laxo. Y ese es el viaje que estaré procurando compartir en mis próximas entregas, de a pocos.

Dar como forma de crecer

Últimamente he podido experimentar como una de las cosas que más me ayuda a centrarme y elevar mi vibración es dar, ayudar a otros, escucharlos, estar presente con ellos y permitir que la sabiduría fluya a través de mí.

A veces, cuando estamos preocupados y contraídos, creemos que no tenemos nada para dar y nos aislamos. Y hay momentos en los que necesitamos darnos espacio para recargarnos. Sin embargo, en muchas ocasiones, conectar con otros y compartir lo que tenemos es la mejor manera de elevar nuetra energía y encender nuestro corazón.

En las últimas semanas, he tenido momentos en los que me siento desmotivado, bajo de energía, incluso deprimido. Entonces una de las primeras reacciones es ponerme a pensar en mí, en lo difíciles que son las cosas, en los esfuerzos que he hecho, en las cosas que no he logrado. Agradezco al cielo que en esos momentos han aparecido oportunidades para dar. Alguien pidió ayuda y caí en cuenta de que yo podía brindársela. Y entonces mi energía cambió. Dejé de estar centrado en mis pensamientos y mi historia y me permití estar disponible para alguien más. La transformación es mágica.

Y lo bueno es que las oportunidades para dar abundan. No tenemos que esperar a que un ser querido tenga una gran dificultad para ayudar. Si prestamos atención, veremos que constantemente hay a nuestro alrededor oportunidades para dar. Y la mayoría de las veces dar no implica una gran actuación digna de aparecer en los titulares de un periódico. Muchas veces basta con un pequeño gesto, una sonrisa, una pregunta genuina o el solo acto de escuchar con el corazón. Esto es suficiente para conectar con nuestra luz interior y reconocer su poder.

Muchas veces, no nos damos cuenta de nuestro propio brillo hasta que no lo compartimos. Es por esto que dar es un acto tan poderoso y nos conecta con nuestra abundancia: al dar reconocemos y apreciamos el valor de todo aquello que ya tenemos.

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Padre nuestro, que estás en los Cielos

Quiero en esta entrada compartir algunas de mis creencias más íntimas y profundas, y quiero contarles cómo es mi relación con la religión cristiana y con el catolicismo.

Voy a explicar por qué me gusta tanto la oración del padrenuestro y a dar mi interpretación de cada una de sus partes. Pero, para esto, primero quiero contarles un poco sobre mi crianza. Dicha oración es mi preferida. Creo que eso se debe a que de pequeño disfrutaba ir a misa, pues mi abuela materna, a quien amé profundamente, era muy católica, y fue ella quien me crio. Y aun hoy en día, a pesar de que mis creencias han cambiado mucho, disfruto cuando por alguna razón acompaño a alguien a una misa y llega el momento de rezar el padrenuestro. Disfruto de abrir los brazos, cerrar los ojos y pronunciar:

Padre nuestro, que estás en los Cielos; Santificado sea tu Nombre; Venga a nosotros tu Reino; Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo; Danos hoy nuestro pan de cada día; Perdona nuestras ofensas, así como nosotros también perdonamos a quienes nos ofenden; No nos dejes caer en tentación; líbranos del mal. Amén.

Antes de hablar sobre el significado profundo que tiene para mí cada una de estas frases, me gustaría hablar un poco más de cómo mis creencias y mi forma de ver la religión han ido cambiando a través de mi camino.

Aunque mi madre y mi padre son muy religiosos, quisieron que yo tuviera la posibilidad de decidir sobre mis propias creencias. Por eso, no me bautizaron cuando estaba recién nacido, como es usual en las familias católicas. Me bauticé a los 8 años de edad, por decisión propia. Recuerdo el día, como estaba vestido y lo que sentí cuando el padre que oficiaba la ceremonia derramó el agua sobre mi cabeza. Y recuerdo también lo que sentí en los días siguientes: una mezcla entre santidad y miedo a perderla. Recuerdo la sensación de ser puro y el miedo a que haya en mí una maldad que puede surgir en cualquier momento si no tengo cuidado. Y es que ya, a esa temprana edad, podía ver que en la religión católica había elementos de miedo que me llevaban a sufrir.

Al bautizarme, el padre me dijo que en ese momento yo quedaba libre de todo pecado. Era como un «borrón y cuenta nueva», como decimos aquí en Colombia. No importaba lo que hubiera hecho o pensado antes de ese momento, todo quedaba en el olvido gracias a la ceremonia del bautizo. Sin embargo, de ahí en adelante, tenía que esforzarme por mantener esa santidad. Lo que había hecho en el pasado estaba perdonado, pero no así lo que haría en el futuro. Entonces sentía gran tensión y surgió la nececidad de controlar mis acciones y pensamientos. Pero era inútil. Sin importar qué tanto me esforzara, los pensamientos que consideraba impuros se infiltraban en mi mente y me atormentaba la idea de haber perdido el perdón y la pureza que me habían sido concedidos con mi bautizo.

Esta relación ambivalente con la religión continuó durante mi adolescencia, con sensaciones de gozo y tormento amplificadas por la madurez de mi mente y el despertar de los deseos sexuales. Después de hacer la Primera Comunión, se estableció una dinámica insana en la que constantemente buscaba la experiencia de santidad a través de la confesión, pero sólo para volver a sentirme manchado a los pocos momentos de haber salido de la iglesia. Esto, por supuesto, me llevaba a cansarme y a alejarme de la religión. No obstante, esa lejanía acentuaba la culpa, y cuando ésta se hacía insoportable, volvía a confesarme y me refrescaba brevemente en la sensación pasajera de pureza y santidad.

A los 16 años, esta dinámica de extremos se agudizó. Tras varios meses de haber abandonado por completo las prácticas religiosas y de haberme permitido experimentar a gusto los placeres que el mundo tenía para ofrecerme, la sensación de culpa alcanzó uno de sus picos más altos. Entonces ingresé a una iglesia cristiana muy exigente. Era exactamente lo que deseaba: la oportunidad de ser perfecto. Y durante 6 meses traté de serlo. Realmente me esforcé. Di lo mejor de mí, de eso no me queda ninguna duda. Pero, al igual que antes, tampoco fue suficiente. Entre más trataba de alejarme de los pensamientos y las acciones «impuras», con más intensidad y ahínco me acediaban. Así, más temprano que tarde, mis deseos, fortalecidos por la represión, erosionaron y echaron abajo la ilusoria fortaleza de santidad que con tanto esfuerzo había erigido.

Entré entonces en un periodo de profunda depresión y me alejé de la religión por varios años. Me sentía constantemente atormentado. Y, de todas las ideas temibles, la más intensa era la creencia en el infierno, que, según mi punto de vista, era mi destino inevitable ahora que me había «caído de la fe», que era como se referían en aquella iglesia a la que había pertenecido al acto de abandonarla. Recuerdo caminar por la calle en medio de un desasosiego constante, mirando de vez en cuando al cielo, con la sensación de que en cualquier momento podía caerme un rayo como castigo por lo que había hecho.

Poco a poco, el miedo y la ansiedad fueron disminuyendo, si bien siempre estuvieron presentes en el fondo de mi mente. En este proceso ayudó mucho la vida académica. Cuando entré a estudiar filosofía, me permití cuestionar todas las creencias que había albergado hasta el momento, y, motivado por el escepticismo de mis compañeros de clase, así como de los profesores y los autores a quienes admiraba, llegué a la conclusión de que nada en la vida tenía sentido y de que, por tanto, no había razón para sentirme culpable. A esto, además, se sumó el reconocimiento de que mis ideas religiosas y mi fe se fundamentaban en el miedo al castigo, lo que me llevó a abandonarlas por completo, pues de alguna forma podía sentir que lo que yo estaba buscando en realidad era el amor, y éste es incompatible con el miedo.

De esta manera, por varios años la mente y las ideas fueron mi refugio, si bien el deseo de entrar en comunión con lo divino y la necesidad de deshacerme de la culpa nunca desaparecieron por completo. Había dejado atrás las creencias religiosas, pero en un nivel más profundo mi sed por la espiritualidad permanecía.

Tras acabar mi pregrado, comencé una maestría en filosofía, pero pronto me di cuenta de que ese camino no me satisfacía y decidí abandonarlo (en este video narro con detalle cómo fue esa experiencia). Ya no me sentía tan culpable como antes, pero mi mente se había convertido en una prisión y los pensamientos obsesivos acerca de todo me impedían disfrutar la vida. Fue entonces cuando descubrí la meditación y empecé a leer libros sobre cómo estar en silencio y encontrar paz interior. Finalmente, eso me llevó a descubrir el camino por el que he transitado desde entonces, en el cual las enseñanzas de Un Curso de Milagros ocupan un lugar preponderante.

De este modo se cerró el ciclo que había comenzado con mi bautizo y mi formación católica, ya que Un Curso de Milagros es un libro canalizado del alma de Jesús y hace referencia constante a las enseñanzas que aparecen en La Biblia (incluidas las palabras que se le atribuyen a él), pero las reinterpreta de forma tal que quedan desprovistas de miedo. Aún habla del infierno, por ejemplo, pero aclara que es una idea ilusoria que nosotros mismos creamos y que, por tanto, tenemos el poder de abandonar. Y dice además que ese despertar no sólo es posible, sino necesario: es nuestro destino en razón de quienes somos. Son éstas las nuevas ideas que veo cuando pronuncio ahora la oración del padrenuestro y que comparto a continuación.

Padre nuestro que estás en los Cielos Esta parte dice que Dios está «en los Cielos», pero ¿en dónde se encuentran los cielos? De pequeño, creía que el Reino de los Cielos se encuentra lejos, en otra vida, en un lugar al que no tengo acceso en este momento y al cual se me puede negar la entrada si no me porto bien. Ahora entiendo que el Reino de los Cielos está en nuestro interior… aunque en realidad, esto es aún una imprecisión, una metáfora. El siguiente pasaje de Un Curso de Milagros es esclarecedor:

Es difícil entender lo que realmente quiere decir “El Reino de los Cielos está dentro de ti”. Esto se debe a que no es comprensible para el ego, que lo interpreta como si algo que está fuera estuviese dentro, lo cual no tiene sentido. La palabra “dentro” es innecesaria. Tú eres el Reino de los Cielos. ¿Qué otra cosa sino a ti creó el Creador y qué otra cosa sino tú es Su Reino? T-4.III.1:1-5.

Así pues, la frase «Padre nuestro que estás en los Cielos» hace referencia, en realidad, a nuestra unidad con Dios, pues Él mora en su Reino, pero nosotros somos su Reino. Él mora en nosotros, Él es nosotros. Y es que, desde Un Curso de Milagros, Dios no crea algo separado de Él. Todo lo que Él crea es parte de Sí mismo. En otras palabras, Dios crea extendiéndose a Sí mismo y compartiendo su Ser con su creación.

Santificado sea tu NombreEsta parte, según mi interpretación, se refiere a los símbolos. Dios es eterno, y por siempre santo e inmutable. Es el Ser mismo, lo que es, la realidad, y no puede dejar de ser. Por tanto, lo que se santifica con esta oración no es a Dios, ya que Él no tiene necesidad de ser santificado, pues ya es santo. Lo que se pide que se santifique es su nombre. Y el nombre es un símbolo, una representación de algo. Es la manera como a través de nuestra mente podemos hacer referencia a una realidad. Lo que se pide, entonces, es que reconozcamos la santidad de Dios a través de los símbolos que hemos construido para representarlo. Es otra forma de decir: toma consciencia de la santidad de Dios que mora ya en tu mente, reconócela a través de los símbolos que has creado, usa el poder creativo de tu mente para representar la realidad de Dios, que es tu esencia más profunda, tu propio Ser, como ya se dijo en el párrafo anterior.

Venga a nosotros tu Reinoa la luz de la interpretación de la primera frase, esta tercera simplemente quiere decir: «permítenos tomar consciencia de nuestra unidad Contigo».

Hágase tu volutad tanto en la tierra como en el Cielo… aquí declaramos que estamos dispuestos a salir de nuestro estado de aparente separación, en el que creemos tener una voluntad separada de la de nuestro creador, y reconocemos que en realidad nuestra voluntad es la suya. En el plano práctico, estamos declarando que nos vamos a dejar guiar por nuestro corazón, por nuestro guía interior; que estamos receptivos, dispuestos a oír y a dejarnos llevar por nuestro Ser superior por donde Éste nos indique. De esto se da un bello recordatorio en el libro de ejercicios de Un Curso de Milagros:

La Voluntad de Dios es la única Voluntad. Cuando hayas reconocido esto, habrás reconocido que tu voluntad es la Suya. La creencia de que el conflicto es posible habrá desaparecido. L-pI.74.1:3-5.

Danos hoy nuestro pan de cada día… Esta es, sin duda, una invitación a reconocer nuestra abundancia y a relajarnos, sabiendo que en cada momento tenemos exactamente lo que necesitamos y que, en consecuencia, no tiene sentido preocuparnos por el futuro. Esto es así por razón de quienes somos, pues si en realidad no estamos separados de nuestro Padre nunca, ¿qué podría faltarnos jamás?

Perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden… En Un Curso de Milagros, el perdón es en realidad innecesario, pues nunca hemos hecho nada malo. Todo lo impuro que creemos haber hecho ha sido en ilusiones, y lo que caracteriza a las ilusiones es que no son reales. Sin embargo, mientras mantengamos las ilusiones, necesitamos del perdón, pero no del perdón de Dios, quien nunca nos juzga, sino de nuestro propio perdón. En otras palabras, tenemos que reconocer que los juicios que albergamos contra nosotros y contra los demás son ilusorios y que, por tanto, podemos soltarlos y percibirnos a nosotros y a los demás como en realidad somos y como nunca hemos dejado de ser: puros y santos.

Sobre esto, hay tres pasajes de Un Curso de Milagros que quiero citar. Los dos primeros tienen que ver con el perdón:

El Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. En sus sueños se ha traicionado a sí mismo, a sus hermanos y a su Dios. Mas lo que ocurre en sueños no ocurre realmente. T-17.I.1:4-6.

Dios no perdona porque nunca ha condenado. Y primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario. El perdón es la mayor necesidad de este mundo, y esto se debe a que es un mundo de ilusiones. Aquellos que perdonan se liberan a sí mismos de las ilusiones, mientras que los que se niegan a hacerlo se atan a ellas. De la misma manera en que sólo te condenas a ti mismo, de igual modo, sólo te perdonas a ti mismo. L-pI.46.1.

El tercer pasaje tiene que ver con dejar de juzgar a los demás como una forma de dejar de juzgarnos a nosotros. La Biblia dice: «así como juzgues serás juzgado». Usualmente esto se interpreta como que si juzgamos a los demás, Dios nos juzgará a nosotros como castigo. Pero esto no puede ser verdad, pues Dios nunca condena. Para mí, lo que esto significa es que tal como percibimos a los demás nos percibimos a nosotros mismos, ya que en realidad no estamos separados. Somos un solo ser. Esto implica que cuando juzgamos a alguien más en realidad nos estamos juzgando a nosotros mismos. Así pues, si queremos encontrar el perdón adentro, debemos aprender a percibir correctamente a los demás, lo que implica ver siempre su divinidad y su impecabilidad, que permanecen inmutables a pesar de las aparentes locuras que parezcan haber hecho en el mundo.

Cuando te encuentras con alguien, recuerda que se trata de un encuentro santo. Tal como lo consideres a él, así te considerarás a ti mismo. Tal como lo trates, así te tratarás a ti mismo. Tal como pienses de él, así pensarás de ti mismo. Nunca te olvides de esto, pues en tus semejantes o bien te encuentras a ti mismo o bien te pierdes a ti mismo. T-8.III.4:1-4.

No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal… La tentación no es la tentación de hacer cosas malas, pues en realidad no es posible hacer algo malo o pecar. No es posible ofender a Dios. Es por esto que Él nunca condena. La tentación es la tentación de percibir incorrectamente y vivir en un mundo de ilusiones. Es decir, es la tentación de creer que podemos pecar y sufrir. La tentación es la tentación de creer que estamos separados de Dios y separados los unos de los otros. La tentación es la tentación de creer que vivimos en el infierno, que no es otra cosa que el estado de aparente separación de Dios, de nuestra fuente, que es el Amor mismo. En otras palabras, esta frase podría leerse como «danos la fuerza para abandonar nuestras ilusiones y despertar a nuestra realidad, en la que somos Uno contigo».

Para terminar, quisiera citar un pasaje muy significativo de Un Curso de Milagros que es considerado por algunos como la nueva versión del padrenuestro y que resume de bella manera las ideas que he expuesto aquí:

Perdónanos nuestras ilusiones, Padre, y ayúdanos a aceptar la verdadera relación que tenemos Contigo, en la que no hay ilusiones y en la que jamás puede infiltrarse ninguna. Nuestra santidad es la Tuya. ¿Qué puede haber en nosotros que necesite perdón si Tu Perdón es perfecto?  El sueño del olvido no es más que nuestra renuencia a recordar Tu Perdón y Tu Amor.  No nos dejes caer en la tentación, pues la tentación del Hijo de Dios no es Tu Voluntad.  Y que recibamos únicamente lo que Tú has dado, y que aceptemos sólo eso en las mentes que Tú creaste y que amas. Amén. T-16.VII.12.

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