La rendición como práctica espiritual

La rendición es un acto de entrega. Es abrir los brazos y recibir plenamente el momento presente.

Imagina que eres una casa. Rendirte es abrir las puertas y permitir que el momento presente entre, se mueva a sus anchas y se quede cuanto quiera.

La rendición es lo contrario a luchar. Por tanto, la rendición es lo contrario a la resignación, pues la resignación implica resistencia interna frente a lo que sucede. Cuando nos resignamos, dejamos de pelear en el nivel externo, pero juzgamos lo que sucede como indeseable. Debido a esto, la resignación no puede sino causar dolor, ya que es el resultado de juzgar que el momento presente está mal.

La rendición es interna. Puedes incluso tomar acción para cambiar las condiciones en que te encuentras y al mismo tiempo rendirte al momento presente.

Rendirte quiere decir que vives este preciso instante sin juzgarlo, sin rechazarlo, y eso puedes hacerlo incluso mientras lo cambias. De hecho, cambiar las condiciones externas desde un estado de rendición es mucho más eficaz que tratar de modificarlas desde un lugar de juicio y resentimiento.

Desde un estado de rendición, emprendes la acción no porque rechaces este momento, sino porque estás alineado con tu corazón y él te impulsa a actuar. Se trata, entonces, de un cambio que viene desde tu creatividad más profunda, aquella que está alineada con lo divino. Es la misma razón por la que un gran escultor rompe las piedras: no lo hace porque rechace la forma actual que tienen, sino porque desde lo más profundo de él surge un impulso por darle vida a algo bello a través de ellas.

Por ejemplo, si ves que tienes un comportamiento que te hace sufrir, puedes cambiarlo desde un estado de rendición. Entonces no luchas contra tu comportamiento ni te juzgas por lo que estás haciendo. Sientes plenamente el dolor, lo abrazas y dejas que tu silencio interior te guíe. Cuando estás conectado con ese silencio, las acciones que surjan estarán conectadas con tu voluntad más elevada y, en consecuencia, traerán aquello que realmente deseas y que es lo mejor para ti.

Rendirte significa sentir. Significa no escapar de este momento. Así, la rendición y la presencia son sinónimos. No puedes estar plenamente presente si rechazas este momento, y no puedes aceptarlo completamente y al mismo tiempo alejarte de él.

Rendirte implica abrirte a experimentar hasta la médula lo que está ocurriendo ahora. Rendirte es quedarte plenamente aquí, en medio de la dicha o la tormenta; entregarte a las sensaciones; dejar que los pensamientos lleguen y se vayan; caerte al fondo de tu ser y mirar de frente lo que hay allí.

Las emociones intensas que juzgamos como desagradables se convierten en un obstáculo para la plenitud debido a que el juicio que tenemos contra ellas hace que no querramos experimentarlas. Pero esas mismas emociones son la puerta de entrada al cielo cuando dejamos el juicio y nos entregamos a ellas completamente. Es como si esas emociones fueran amigos dispuestos a llevarnos de vuelta a casa, pero no quisiéramos seguirlas porque debido a su apariencia las hemos confundido con desconocidos malintencionados. Rendirnos es confiar. Ellas nos llevarán adentro y se irán una vez hayan cumplido su función. Esto es otra forma de decir que se transformarán en amor o, más bien, que nuestra percepción se transformará y las veremos como las expresiones de amor que no pueden sino ser.

Todo esto es, pues, una invitación a que te permitas sentir este momento en su totalidad: la aburrición, el regocijo, la incertibumbre, el deseo, la ansiedad, el miedo, la compasión, el dolor, el placer. No creas que si huyes llegarás a casa, pues estarás huyendo de los guías que el Universo ha enviado para recordarte el camino.

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La sal, el azúcar y el vacío

Cuando era pequeño, me encantaba ponerle mucha sal o mucho azúcar a lo que comía o bebía. De esa manera las cosas parecían tener más sabor.

Le ponía siempre muchas salsas a las ensaladas con la esperanza de que supieran a algo.

Recuerdo la primera vez que esa forma de pensar fue confrontada. Al ver a un viejo comiendo su ensalada sin aderezo, le pregunté por qué lo hacía. Me dijo que le gustaba el sabor de los vejetales, y que al ponerles una vinagreta encima el sabor quedaba oculto. Me sorprendió su respuesta. ¿Acaso no se daba cuenta de que los vegetales crudos no saben a nada? La verdad, por supuesto, es que era yo el que no sabía que los vegetales crudos tienen muchos sabores, pues nunca me había permitido disfrutarlos sin sepultar su sabor debajo de la sal, la pimienta, los aceites, las salsas.

Al ir descurbiendo los sabores naturales de los vegetales, la necesidad de aderezarlos en exceso fue desapareciendo. Igual pasó con los jugos. Ahora no se me pasa por la cabeza la idea de tomar un jugo con azúcar, pues ese sabor intenso y artificial oculta los matices del sabor natural de las frutas, mucho más agradables que el azúcar.

Pero mi interés no es hacer una reflexión sobre apreciación gastronómica.

En el hermoso libro El Caballero de la armadura oxidada, el mago Merlín le pide al caballero que beba un líquido muy preciado de una copa de plata. “Los primeros sorbos le parecieron amargos; los siguientes, más agradables, y los últimos, bastante deliciosos. ‘¿Qué es?’, preguntó el Caballero. ‘Es Vida’, respondió Merlín”.

Qué hermosa metáfora. Creo que lo mismo que me pasaba con los vegetales y los jugos nos pasa a todos con la vida. Saborearla de manera cruda parece aburrido, desabrido. Tenemos que adornarla para que parezca interesante y digna de ser vivida. Pero, cuando nos permitimos experimentarla directamente, nos iremos dando cuenta de que es mucho más hermosa que las artimañas con las que habíamos tratado de entretenernos para evitar verla de frente.

Este momento, sin más, parece muchas veces insípido. Necesitamos darle un sentido a través del futuro o saturarlo que experiencias placenteras para que parezca que vale la pena vivirlo.

La sal

A veces buscamos un objetivo en el futuro que justifique el valor de este momento. Así, el momento presente se convierte en parte de una fantasía que nos parece agradable y se hace llevadero. Pero esa fantasía nos desconecta de la desnudez de este momento. Ya no lo vemos directamente; sólo lo consideramos como un paso hacia el futuro, que es en donde tenemos fija nuestra mirada. Allí, en el futuro, parecen estar el sabor de la vida, la satisfacción, la salvación, el alivio, la realización, el consuelo, el sentido. Allí parece estar todo lo valioso y lo realmente digno de ser vivido. Excepto por plareces fugaces, el valor del presente parece ser sólo que a través de él podemos ir labrando el futuro, que es donde se encuentra el verdadero valor.

Quedarse en el momento presente sin sueños ni fantasías de futuro parece desolador al comienzo. Parece no haber nada realmente valioso aquí, sentado en frente del computador. En el carro manejando al trabajo. Caminando por los pasillos del supermercado. Lavándonos los dientes. Desprovistas del sentido que puede darles el futuro, todas esas cosas parecen nimias y carentes de valor por sí mismas.

No importa si se trata del sueño de tener diez millones de dólares, ganar el premio Nóbel, conseguir a nuestra alma gemela o alzanzar la iluminación espiritual; todas esas fantasías cumplen la misma función: cubrir la realidad desnuda del momento presente para hacer que parezca tener sentido y valga la pena vivirlo. Esa parece ser la sal de la vida: el futuro.

El azúcar

¿Qué pasa cuando nos quedamos completamente en el momento presente? Primero están las sensaciones, percepciones, emociones y pensamientos. Debajo de todo eso hay vacío. Y el vacío parece desolador. Parece pedir desesperadamente que lo llenemos con algo que pueda ser experimentado por los sentidos. Es por eso que buscamos cosas que estimulen nuestros sentidos con intensidad: para que ese vacío desaparezca. Ese parece ser el azúcar de la vida: el placer.

Así pues, tenemos dos estrategias para huir del vacío: nos olvidamos de él con las fantasías del sentido que parecen brindar los objetivos y el futuro (esa sería la sal) o saturamos al presente con experiencias placenteras o estimulantes para cubrir a ese vacío (ese sería el azúcar).

La vida, así no más, no parece tener un sabor que querramos experimentar. Por eso la cubrimos con el aderezo de los placeres y los objetivos en el futuro. Pero, al igual que sucede con la comida, si nos permitimos experimentarla sin aderezos, aunque al comienzo parezca desabrida o incluso amarga, como en el caso del Caballero de la armadura oxidada, luego nos daremos cuenta de su verdadero sabor, que será mucho más satisfactorio que todas las fantasías o los placeres con los que la adornábamos.

El vacío

En lo profundo del vacío hay un secreto esperando a que tomemos consciencia de él: el amor. El amor es el vacío mismo. Ese espacio inmenso donde aparece todo lo demás que pobla el momento presente, ese espacio vacío, ese vacío que subyace a todo, ese vacío es el amor mismo. Cuando lo experimentamos en su totalidad, nos damos cuenta de que en ese vacío está ya todo. Aquí. Ahora. Es lo que somos.

El vacío es amargo y desolador al comienzo. Luego es pleno y ya no le falta nada. Y entonces, una vez conoces su verdadero sabor, puedes volver a cubrirlo de experiencias, pero no dejarás de sentirlo, o podrás retomar consciencia de él con facilidad. Y ese sabor subyacente será más preciado para ti que las fantasías del futuro y los estímulos sensoriales.

Requiere de práctica quedarnos en ese vacío, pues a primera vista parece un desperdicio. Como comer vegetales sin aderezo: parece un desperdicio, sabiendo que podríamos darles sabor y así tener una experiencia que valga la pena. Como quedarnos un viernes por la noche en solos y en silencio. ¡Qué perdida de tiempo, sabiendo que el mundo está lleno de gente interesante y de música, sustancias y experiencias placenteras! El silencio, que es el equivalente del vacío en el plano sonoro, parece un desperdicio. Parece que al quedarnos con el vacío y el silencio estamos renunciando a la vida; parece que estamos dejando de vivir las experiencias que le dan sentido a la vida, que le dan sabor, que hacen que valga la pena vivirla.

Así es. Al comienzo, tomar jugo sin azúcar parece un despropósito. Incluso parece una forma de desperdiciar el jugo. Pero esto es así sólo hasta que adquieres la sensibilidad para sentir las sutilezas del sabor de la fruta. Entonces ves que ese sabor es valioso por sí mismo, y mucho más preciado que el azúcar.

Te invito, pues, a descubrir el sabor del vacío y del silencio. Es decir, te invito a que experimentemos el amor que yace en nuestro corazón, ese amor que es el vacío mismo.

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Tal vez no es para ti

Nunca antes había sido tan fácil obtener información sobre cualquier tema. Nunca antes habíamos tenido acceso a tantos consejos y tantas ideas. Cada día aparecen nuevas técnicas, nuevas teorías, nuevas invitaciones, nuevas dietas, nuevos hábitos. Este artículo hace parte de esa gigantesca cantidad de información que tienes a tu disposición para impulsar tu crecimiento personal.

Sin embargo, “más” no es siempre sinónimo de “mejor”. Tanta información puede hacer que nos perdamos y confundamos. Un maestro espiritual da un consejo y otro da el consejo opuesto. Alguno de los dos debe estar equivocado. Y luego aparece un experto que explica por qué no debemos seguir a ningún maestro. Y ya no sabemos qué creer ni a quién seguir.

Para mí la respuesta es fácil de enunciar aunque difícil de poner en práctica: sigue tu corazón.

El hecho de que una técnica haya funcionado para alguien no significa que te servirá a ti. Puede que esa dieta haya ayudado a sanar a un escritor o incluso le haya permitido a varias personas vivir más de cien años; eso no significa que esa sea la dieta adecuada para ti.

Cuando leo las frases que tengo guardadas para poner en Twitter y para hacer los memes de mis redes sociales, con frecuencia me encuentro con algunas que ya no resuenan conmigo. Y no porque lo que dicen no sea valioso, sino simplemente porque en este momento no son para mí.

Hay técnicas de meditación que me han ayudado a crecer mucho y por las cuales estoy muy agradecido, pero ya no son para mí. En este momento necesito algo diferente. Y puede que esas técnicas sean lo mejor que le puede pasar a muchas personas en este momento.

Por eso es importante que recibas los consejos con el corazón abierto, y dejes que sea tu corazón quien decida si es el momento para ti de ponerlos en práctica. No importa si le salvaron la vida a alguien. No importa si llevaron a que tal o cual maestro se iluminara. Eso no significa que sean lo que tú necesitas ahora. Sólo tu corazón sabe.

Para algunas personas (incluido yo), dejar de comer carne es parte importante de su desarrollo espiritual, pero eso no significa que tú debas dejar de comer carne. Tal vez en tu caso sería un impedimento para tu despertar. Hay personas que dejan por completo de tener sexo como parte de su práctica espiritual y es evidente que eso las ayuda y les ayuda a progresar, pero eso no significa que tú debas dejar el sexo. Hay otras personas que asumen la sexualidad como parte de su práctica sagrada y expanden su consciencia a través de su relación de pareja, pero eso no significa que estar en una relación sea para ti la manera más rápida de crecer. Tal vez en diez años dejes de comer carne o vuelvas a comerla; tal vez en diez años dejes de tener sexo o comiences a hacer tantra como parte de tu práctica espiritual; tal vez llegue el momento en que te des cuenta de que levantarte todos los días en la madrugada impulsa tu proceso, o que dejes de lado para siempre los horarios y fluyas cada día de manera diferente. Tal vez nada de eso suceda. Hay tantos caminos espirituales como personas en este planeta.

Al ver que un hábito o técnica ha funcionado para alguien más, es muy tentador creer que también funcionará para nosotros. Al ver que hacer o dejar de hacer algo nos sirvió en el pasado, es natural creer que si repetimos lo que hicimos obtendremos los mismos resultados. Pero no siempre es así. Solo a veces.

No tengas miedo de extraviarte por dejar de tomar el camino que le ha servido a los demás o que incluso te ha servido a ti en el pasado. Un águila que trate de imitar a un tiburón seguramente se ahogará, y una empresa que adopte ahora las mismas estatégias de márketing que le ayudaron a crecer hace veinte años podría irse a la quiebra.

No sigas a los demás solo porque te gusta lo que tienen o lo que han logrado en sus vidas. Síguelos solo si tu corazón te invita a hacerlo.

¿Y cómo seguir el corazón? En silencio profundo. Conéctate con el silencio y allí encontrarás la voz de tu corazón. Pero eso es lo que me funciona a mí. Tal vez este consejo no sea para ti. Tal vez en este momento debes ignorarme y continuar siguiendo ese libro, ese maestro, esos recuerdos. Es posible.

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Salta, ya aparecerá el piso

Hace unos años un amigo comenzó una revista digital llamana El Muro, para la cual escribí varios artículos sobre crecimiento personal. La revista cerró hace poco y los artículos y ya no están disponibles en internet. Voy a republicar algunos en este blog. Aquí el primero. Es un extracto de una entrevista que le hice al escritor colombiano Mario Mendoza como parte de una asignatuta que cursé para una maestría en Pediodismo.

¿Fue difícil tomar la decisión de dedicar tu vida a escribir literatura?

El proceso para tomar esa decisión fue complicado. Desde pequeño me gustó la literatura, pero cuando terminé el bachillerato decidí estudiar medicina, y lo hice para no desilusionar a mi padre. Pronto me di cuenta de que esa elección había sido un gran error,  y de que mi vida iba a ser un desastre si no era honesto conmigo mismo, pues yo solo me sentía bien leyendo y escribiendo. Entonces un día fui a la oficina de mi padre y le dije que no quería estudiar medicina porque no me gustaba, y que en cambio iba a estudiar literatura. La desilusión de mis padres fue tal que tuve que empacar maletas e irme de mi casa.

En los años que siguieron me tocó aguantar condiciones difíciles. Después de haber vivido en el norte con todas las comodidades, y de haber estudiado en un colegio privado, tuve que vivir en cuartos de alquiler en El Quiroga, en el sur de Bogotá; y también en Las Cruces y en La Candelaria. Fue una experiencia compleja, pero me dejó cosas bonitas, y sobre todo una gran humildad. Me acerqué a la gente: al panadero de la esquina, a la prostituta, al vendedor de bazuco. Aprendí que yo no era especial, que no era superior, que era uno más.

¿Cómo fue tu vida de escritor después de terminar tus estudios universitarios?

Cuando terminé literatura en la Javeriana me gané una beca y me fui para España. A los dos años regresé y me dediqué a la docencia. Entonces ya escribía, pero la decisión de dedicarme por entero a la literatura la tomé cuando ya llevaba diez años como profesor. Un día me encontré en mi oficina leyendo un poema de un solo verso que decía:

Salta, ya aparecerá el piso.

Me pareció tan hermoso, tan revelador, que renuncié y me dediqué solo a escribir. Me di cuenta de que muchas veces vamos por la vida aferrados a lo que tenemos, con miedo, pero para ser feliz no hay que tener miedo de nada, hay que saltar y ya, en algún lado tendrá uno que caer. Siempre hay un piso esperándonos en alguna parte, solo tenemos que dar el salto y llegar hasta el piso que nos corresponde.

Entonces yo salté y me encerré a escribir. Salté en el año 2000, y me demoré cayendo en el vacío dos años. Fue un salto en el que al comienzo sentí que no tenía piso. Solo caía y seguía cayendo. Hasta que llegó un punto en el que no tenía con qué comer, literalmente no tenía con qué comer. Recuerdo que cuando estaba escribiendo Satanás,un amigo a quien adoro, que es monje budista, llegó un día a mi apartamento con todos sus ahorros y me los entregó. Puso el dinero sobre la mesa del comedor y me dijo “No tengo más, viejo, pero esto tiene que ayudarte para terminar el libro; y fresco, que ahí vas bien”. Para mí eso fue tremendo. Ya estaba con plata prestada, tal como lo veía, las cosas iban muy mal. Y cuando parecía que no había salida, me gané el premio por Satanás. Es decir, a mí el piso me estaba esperando en Barcelona, en el hotel en el que me dieron ese premio Yo creo que la vida es así: uno debe pegar el salto y jugársela a fondo. Una sensación horrible debe ser estar en una clínica en cuidados intensivos, después de que a uno le diagnostiquen una enfermedad terminal, y ponerse a pensar: “¿Qué hubiera pasado si yo me hubiera atrevido?”. Creo que debe ser una de las peores formas de morir. Por eso hay que salir al campo y entregarlo todo, y cuando se tiene esa satisfacción, uno recibe a la muerte de otra manera, uno dice “Si hay que morir nos morimos, pero yo lo entregué todo”. Uno se arrepiente de todo menos de haber sido valiente; de eso no se arrepiente nunca, aunque se equivoque. Es como si uno sale a jugar fútbol y lo deja todo en el campo. Después se va a sentir bien, así llegue a la casa adolorido y con el uniforme embarrado. Es más, puede que haya perdido catorce a cero, pero uno sabe que dio lo mejor de sí, y eso es mucho mejor que quedarse mirando el campo desde fuera, cuando en realidad tiene ganas de jugar.

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La forma más fácil de obtener lo que te falta

Hace un tiempo tomé un taller en línea con Neale Donald Walsh, el autor de Conversaciones con Dios. Podíamos hacer preguntas por teléfono, y una mujer lo llamó para pedirle que la ayudara a superar la muerte de su pareja. El consejo que él le dio me pareció maravilloso. Le dijo que abriera un grupo de ayuda para personas que hubieran perdido a su pareja hace poco. Que ofreciera en su casa de manera gratuita el espacio para reunirse con otras personas que estuvieran pasando por su misma situación y tratara de ayudarlas.

Este consejo se deriva de una de las ideas que más me gustan de Conversaciones con Dios : la forma más fácil de obtener algo es ayudar a los demás a que lo obtengan. Si quieres paz, ayuda a los demás a tener paz. Si quieres felicidad, ayuda a los demás a tener felicidad. Si quieres aprender algo, enséñalo.

Esto lo he podido comprobar con mis proyectos. Muchas de las reflexiones que he compartido me han ayudado inmensamente en mi crecimiento personal. Al compartirlas con otros, me las enseño y las refuerzo en mí. A veces voy por la calle, y me doy cuenta de que estoy a punto de caer en un viejo patrón de comportamiento o de pensamiento que me hace sufrir. Y entonces vienen a mi mente palabras que yo mismo he escrito sobre temas relacionados con lo que pasa en mi interior, y esas palabras me ayudan a cambiar mi energía y a sanar.

Es por esto que muchas veces, antes de empezar, pienso en qué es lo que necesito aprender, qué es lo que quiero sanar, y trato de compartir con los demás herramientas para lograr aquello que yo mismo deseo para mí.

Esta estrategia funciona porque las ideas se refuerzan al compartirlas. Cuando compartimos una idea no la perdemos: esta idea crece en nuestra mente y se vuelve más clara.

Da, pues, lo que quieres recibir. Pero no des con la intención de que el universo te dé luego de vuelta eso que comparte. Si das con esa intención, en realidad no estás dando, estás tratando de tomar, y lo que enseñarás será la idea de la carencia que te impulsa a tratar de obtener cosas de los demás; en consecuencia, aprenderás carencia y la experimentarás.

Da sabiendo que en el preciso instante en el que compartes ya te estás dando a ti mismo aquello que compartes. Esto muy claro, al menos, en el caso de las ideas. Pero también puede suceder con cosas externas, pues las cosas externas son solo consecuencias de nuestro estado mental, y nuestro estado mental cambia cuando compartimos. Por ejemplo, a veces tenemos la idea de que estamos en carencia. Esta idea de carencia es solo una forma de percepción. No nos damos cuenta de todo lo que tenemos. Creemos que nos faltan muchas cosas. Cuando empezamos a dar, nos damos cuenta de que tenemos para mucho dar y, por tanto, nos volvemos conscientes de nuestra abundancia; y cuando tenemos una real consciencia de abundancia, es mucho más fácil crear o manifestar cosas en el plano externo. Así, al compartir nos volvemos más abundantes.

Es muy poderoso cuando dejamos de mirar lo que nos falta y comenzamos a preguntarnos qué podemos dar.

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La culpa, el ataque y el perdón

Hacer sentir culpable a alguien es una forma de venganza. La culpa es dolorosa; por tanto, al hacer que otro se sienta culpable lo estamos atacando. El verdadero perdón no pide culpa a cambio, pues no ataca. Atacar implica ausencia de perdón, y perdón implica ausencia de ataque.

Esto que acabo de decir es obvio. Lo que no es tan obvio es que cuando me siento culpable por lo que le he hecho a otra persona también la estoy atacando. Es decir: sentir culpa es una forma de atacar.

Sentirme culpable por lo que le hice a alguien es lo mismo que convertir a esa persona en la causa de mi culpa. En consecuencia, dado que la culpa implica sufrimiento, al sentirme culpable convierto al otro en la causa de mi dolor. Y esto es un ataque contra el otro.

Al hacer que el otro sea la causa de mi culpa y, por tanto, de mi dolor, ataco la realidad de esa persona. Le estoy diciendo que él puede herirme. Le estoy diciendo que es mi enemigo, ya que sufro por él. Le estoy diciendo, en últimas, que me ha herido y que por consiguiente también hay razones para que se sienta culpable. Si él comparte mi interpretación, se sentirá culpable y así mi ataque tendrá como fruto la culpa y el dolor de mi hermano.

Y esto es así tanto si me siento culpable en relación con otra persona como si me siento culpable por algo que me hice a mí mismo o si hice una acción que no afecta directamente a otra persona pero que está mal según mis creencias. Por ejemplo, si hago algo que creo que es malo porque creo que ofende a Dios, y me siento culpable por eso, convierto a Dios en mi enemigo en mi mente; lo convierto en la causa de mi sufrimiento. Por Su culpa es que siento culpa, pues son sus reglas las que han abierto la posibilidad de que yo me haga daño a mí mismo. Esto, por supuesto, es una locura que solo puede tener lugar en nuestras mentes. La vida jamás será nuestra enemiga. Dios jamás será nuestro enemigo ni nos pedirá que sintamos culpa por algo. La culpa es una enfermedad de la mente, no un reflejo de la justicia divina. La idea de que la justicia divina requiere de culpa y castigo es una locura. Dios nunca condena. Por tanto, nunca perdona, pues para perdonar es necesario primero haber condenado, como lo señala de manera hermosa Un Curso de Milagros. Es solo por nuestras creencias que sentimos culpa. Es solo nuestro perdón el que necesitamos.

***

El propósito de esta reflexión es invitarte a contemplar los efectos de la culpa. La culpa no solo no sirve para nada positivo, pues no arregla el pasado ni repara la herida, sino que además perpetúa el ciclo de ataque y contraataque.

En este punto es necesario hacer una advertencia: esta no es una invitación a sentirnos culpables por sentir culpa. Eso sería solo una locura que va en contra del propósito de esta reflexión, que es invitarnos a dejar la culpa de lado.

La culpa es de lo más normal que hay en nuestro actual estado de consciencia. Estamos programados para sentirnos culpables. Pues estamos programados para pensar que debemos ser castigados por lo que hacemos que juzgamos como malo. Creemos que debemos ser perdonados, que el perdón exige un pago a cambio, y que usualmente exige nuestro sufrimiento como pago. Esa es la idea del purgatorio: un lugar al que debemos ir a sufrir para poder expiar nuestros pecados.

Así, creemos que sentirnos culpables está bien, pues lo interpretamos como parte del castigo por el que debemos pasar para ser redimidos. Es esa misma idea de que Dios nos condena y exige nuestro sufrimiento a cambio de su perdón.

Por tanto, dadas nuestras creencias, nuestra cultura y nuestro estado actual de consciencia, sentir culpa es perfectamente normal. Es una enfermedad que debemos sanar, no una razón más para sentirnos culpables. Sentir culpa por sentir culpa sería como sentir culpa por tener dolor de cabeza. Sana, pero no te juzgues por estar enfermo.

Y esta posibilidad de sentir culpa por la culpa es algo común en los caminos espirituales. Hace parte de los juicios de segundo nivel, que le encantan al ego espiritual. Es así que, una vez se nos dice que dejemos de juzgar para ser libres y felices, a veces empezamos a juzgar a quienes juzgan y a juzgarnos cuando juzgamos. Vuelve a aparecer la misma locura, pero disfrazada de espiritualidad.

Sentir culpa por sentir culpa o juzgarnos por juzgar solo es una estrategia del ego para perpetuar la culpa y los juicios. El comienzo siempre es el perdón, el amor, la comprensión. Sólo de ahí puede tener lugar una verdadera transformación. Luego simplemente tomamos consciencia de nuestros patrones de pensamiento, los observamos en paz y los dejamos ir amorosamente. “Ah, ahí está la culpa de nuevo”. “Ah, ahí están mis juicios”. Los amo. Los dejo ir, pues soy consciente de su locura. No hay necesidad de castigarme ni juzgarme por eso. Puedo perdonarme y estar en paz.

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¿No obtienes lo que quieres?

Hace un tiempo traduje un artículo de Neale Donald Walsh sobre la Ley de la Atracción en el que se prometió una segunda parte. Aquí está la traducción de la segunda parte:

Hemos comenzado una serie de artículos en los que buscamos contextualizar este asunto de la “Ley de la Atracción” en el marco de Conversaciones con Dios. Para este ejercicio me estoy apotando en el excelente libro de la serie de Conversaciones con Dios titulado Dios es felicidad.

Hoy, como lo prometí la semana pasada, vamos a mirar qué hacer cuando “pareciera como si” la Creación Personal no estuviera funcionando. Cuando eso sucede es solo porque la Energía de la Atracción ha traído aquello que seleccionaste sin darte cuenta en vez de aquello que pensaste que habías elegido.

Si el poder de crear no siempre estuviera encendido, si el proceso no siempre funcionara, podrías tener un único pensamiento acerca de algo y el resultado se manifestaría en tu realidad sin falta. Pero el proceso funciona todo el tiempo, no solo una parte del tiempo, y se alimenta de aquello que sientes con mayor profundidad, de manera más consistente. Por tanto, un solo pensamiento muy positivo en un remolino de ideas no tan posivas y de proyecciones tiene pocas probabilidades de producir el resultado deseado.

El truco es permanecer positivos en un mar de negatividad. El truco es saber que el proceso está funcionando incluso cuando pareciera que no.

En mi último artículo te dije que te daría una herramienta para hacer esto. Es una técnica increíble. Funciona siempre.

El milagro que cambiará tu vida

Permanecer positivo cuando se está rodeado por (e incluso cuando se está inmerso en) lo que otros llamarían “negatividad” es más fácil de lo que piensas. Así que aquí está el truco. Aquí está la herramienta. Aquí está la técnica increíble…

Ponle fin de inmediato a los juicios

“No juzgues por las apariencias”.

Cuando le pones fin a los juicios, le pones fin a toda una manera de vivir. Esto no es algo pequeño. Este es un cambio de actitud y de comportamiento que puede cambiar la vida. Es un milagro.

¿Pero cómo hace uno este milagro? Esta es la pregunta para la que todos quieren una respuesta. Por favor, préstale mucha atención a lo que te voy a decir ahora…

La forma de salir de los juicios es entrar en gratitud

Este es un corolario tan importante que debería estar enmarcado por todas partes en tu casa y en todas partes de tu mundo. En el espejo de tu baño. En la puerta de tu nevera. En tu espejo retrovisor. Sobre la pantalla de tu computador. Podrías incluso tatuarlo en tu muñeca izquierda (o al menos grabarla en un brazalete que lleves ahí):

LA FORMA DE SALIR DE LOS JUICIOS ES ENTRAR EN GRATITUD

Esto significa estar agradecido por todo resultado. Todo resultado.

Se trata de decir “Gracias, Dios” incluso por aquellas cosas que estás seguro de que no escogiste conscientemente y que tiene muy claro que no quieres.

Alguien dijo alguna vez: “La felicidad no consiste en tener lo que uno quiere, sino en querer lo que uno tiene”. Ese “alguien” está muy en lo cierto.

La gratitud es la cura milagrosa para cada momento de enfermedad y malestar. Es la manera más rápida de disolver la ansiedad, de sanar la decepción, de reemplazar la negatividad con positividad. Es la ruta más corta para salir de un callejón sin salida y volver al Sendero. Es conectar la energía con Dios.

Pruébalo alguna vez.

La próxima vez que te encuentres con un resultado o una experiencia indeseable, simplemente detente. Detente justo en medio de lo que sea que esté sucediendo. Solo…


… detente.

Cierra los ojos por un breve instante y di para tus adentros: “Gracias, Dios”.

Toma una respiración profunda y dilo de nuevo.

“Gracias por este regalo y por el tesoro que tiene para mí”.

Ten la seguridad de que tiene un tesoro, aun si no lo puedes ver justo ahora. La vida te lo confirmará si le das la oportunidad.

El “GPS del cerebro”

Cuando la gratitud reemplaza a los juicios, la paz se esparce por el cuerpo, la tranquilidad abrasa tu alma, la sabiduría llena tu mente. Deja que la gratitud reemplace a los juicios y tu experiencia de vida en su totalidad se transformará positivamente en cinco segundos.

En cinco segundos.

Esto es así porque la actitud lo es todo. La actitud corrige tu rumbo cuando te has salido del Sendero. Es como el GPS del cerebro.

Una actitud negativa te mandará por la senda de la infelicidad. No hay forma de evitarlo. Pasara necesariamente, no importa cuál sea el problema. Una actitud positiva te pondrá de nuevo en el camino hacia la paz interior y la felicidad. De nuevo, no hay manera de evitarlo. Pasará necesariamente, y no importa cuál sea el problema.

Sin embargo, ¿cómo puede uno entrar en gratitud cuando las circunstancias o condiciones que se presentan son completamente miserables, desoladora o incluso ponen en peligro la vida?

Sabiendo que cada momento en la vida es una oportunidad única para que tú internamente declares, expreses y experimentes la Divinidad de mora en tu interior.

Esto no es algo que quede claro por la simple afirmación de que existe algo llamado la Ley de la Atracción. Ese hecho debe ser explicado, no simplemente revelado.

Como ya lo dije, este escrito y el de la semana pasada fueron tomados del maravilloso libro Dios es felicidad. En ese texto se explixa por completo la Ley de la Atracción.



¿Por dónde empezar?

Cuando la habitación está muy desordenada dan menos ganas de comenzar a ordenarla. Y a veces esa resistencia toma la forma de una pregunta que parece difícil responder: ¿por dónde empezar?

La respuesta, sin embargo, es muy fácil: empieza por cualquier parte.

Lo importante es empezar. Una vez empecemos, sabremos si comenzamos por la parte adecuada o si debemos cambiar. De cualquier forma, avanzaremos.

Cuando no se trata de una habitación sino de una situación compleja de vida, la pregunta parece más difícil. Cuando no vemos la salida ni el rumbo a seguir, pareciera que no es posible saber por dónde debemos comenzar a poner en orden la vida.

En este caso, no obstante, la respuesta también es fácil: comienza por este momento.

Tal vez no puedas arreglar la historia de tu vida ahora. Pero tal vez no tengas por qué hacerlo. Tal vez solo debes tomar responsabilidad por este momento, que es el único que existe. ¿Hay algo que puedas hacer y estés dispuesto a hacer justo ahora? Hazlo. Si no puedes o no estás dispuesto, acepta el momento presente o asume responsabilidad ahora por tu elección. El primer paso es quedarte aquí, contigo. Empezar a ordenar el único lugar de tu vida al que tienes acceso: este momento. Respira, ánclate, ve a tu corazón, siente las emociones, toma consciencia de tus pensamientos. No huyas. Ese es siempre el comienzo.

Si nos quedamos mirando todo lo que hace falta, todo lo que anda “mal” según nuestra percepción, perdemos poder y se nos dificulta tomar acción. Si nos restringimos a este momento, asumimos responsabilidad. Puede que el cuarto se vea desatroso, pero no tienes por qué arreglar todo el desastre. Simplemente tiende la cama, recoge ese papel. Comienza por cualquier parte. Comienza por este momento.

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Un secreto de Neale Donald Walsh sobre la Ley de la Atracción

Uno de mis autores favoritos es Neale Donald Walsh. El artículo de hoy fue tomado y traducido su blog:

Hoy vamos a hablar de las elecciones conscientes versus las elecciones incosncientes.

Algo que nadie me contó sobre este asunto de la “Ley de la Atracción” es que es debido a que el “sistema” nunca se apaga (es decir, es debido a que el poder que Dios nos ha dado siempre está encendido) que a veces pareciera que el Proceso de Creación Personal no estuviera funcionando. De hecho, la Creación Personal siempre está funcionando.

Algunas personas han tratado de usar el Proceso de Creación Personal y han creído que no es efectivo. La Creación Personal nunca es inefectiva, aunque no siempre produce los resultados que queremos. Es precisamente por lo que es tan efectiva que no los produce.

Verás, la Energía de Atracción no sólo responde a lo que deseamos, sino también a lo que tememos. No solo responde a lo que queremos atraer hacia nosotros, sino también a lo que queremos alejar de nosotros. No solo responde a lo que elegimos de manera consciente, sino también a lo que seleccionamos inconscientemente.

“Seleccionar” de entre aquello que mi amigo Deepak Chopra llama “el Campo de Posibilidades Infinitas” es un procedimiento delicado. Es un asunto que depende de en qué nos enfocamos, ya sea que lo queramos o no, sin importar si lo hacemos conscientemente o no.

Por ejemplo, si tu mente está enfocada en duplicar tus ingresos durante el próximo año, pero luego tienes un pensamiento (incluso uno inconsciente) la hora siguiente o el día siguiente que te dice que sería casi imposible para ti hacer eso (si te dices a ti misma: “¡Vamos, sé realista! Elige un objetivo que puedas lograr”.) entonces has seleccionado esa última idea, aunque originalmente no lo hayas querido hacer, pues el interruptor de tu poder siempre está encendido; la Creación personal siempre está funcionando.

No sólo funciona con tu pensamiento o idea más reciente, sino también con aquel al que le das más frecuencia, más enfoque y más energía emocional.

Esto explica por qué algunas personas que tratan de utilizar el proceso para obtener algo que quieren desesperadamente con frecuencia se encuentran con lo que ellas llaman fracaso. Entonces dicen: “¿Ves?, ¡Esto no funciona!”.

En realidad, el proceso está funcionando perfectamente.

“Querer” aleja las cosas de ti

Otro ejemplo de esto es que si te experimentas a ti misma queriendo algo desesperadamente, y te sigues repitiendo a ti misma “¡Quiero eso!”, le estás declarando al Universo que no lo tienes.

(A menos que simplemente estés usando la palabra “querer” de manera figurativa. La mayoría de la gente no lo hace así. Cuando la mayoría de las personas dicen que “quieren” algo, tienen muy claro que lo hacen porque experimentan que ahora no tienen eso.)

Mientras tengas ese pensamiento, no podrás tener eso, pues no puedes tener en una mano aquello que con tu otra mano estás confirmando que no tienes.

Por ejemplo, la frase “Yo quiero más dinero” podría no atraer dinero hacia ti, y podría más bien alejarlo de ti. Esto es así porque el Universo sólo tiene una respuesta en su vocabulario: “Sí”. El Universo escucha con mucho cuidado, y escucha sobre todo a cómo te estás sintiendo.

Conversaciones con Dios dice que “los sentimientos son el lenguaje del alma”. Si constantemente dices “Yo quiero más dinero” y el Universo “siente tu sentimiento” acerca de eso, y si ese sentimiento es de carencia, eso es a lo que el Universo va a responder.

El “Motor de la Creación es en realidad” un imán

Estamos hablando de poder aquí. El poder de un imán. Recuerda que un sentimiento es energía, y cuando se trata de energía, lo Semejante atrae a lo Semejante. Entonces, el Universo dirá “¡Sí!” (y tú seguirás queriendo más dinero).

Si tú dices “Yo quiero más amor en mi vida”, el Universo dirá “¡Sí!” (y seguirás queriendo más amor en tu vida).

Al usar la Energía de la Atracción, la palabra “Yo” es la llave que enciende la creación. Lo que va después de la palabra “Yo” hace girar la llave y enciende el motor de la manifestación.

En consecuencia, cuando “pareciera” que la Creación Personal no estuviera funcionando es sólo porque la Energía de la Atracción te ha traído aquello que seleccionaste sin darte cuenta en vez de aquello que creíste que habías elegido.

Si el poder no siempre estuviera activo, si el proceso no siempre funcionara, podrías tener un único pensamiento muy positivo acerca de algo y el resultado se manifestaría en tu realidad sin falta. Pero el proceso funciona todo el tiempo, no sólo una parte del tiempo, y se alimenta de lo que sientes con mayor profundidad y mayor consistencia. Así, un sólo pensamiento positivo en medio de un torbellino de ideas no tan positivas y de proyecciones probablemente no producirá el resultado deseado.

El truco es permanecer positivo en un mar de negatividad. El truco es saber que el proceso está funcionando incluso cuando pareciera que no. Te quiero dar una herramienta para hacer esto. Es una técnica increíble. Funciona siempre. Y es sobre lo que hablaré la próxima semana [la próxima semana traduciré el nuevo artículo de Neale en el que ofrece la técnica].

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Neale Donald Walsh es el autor de la serie de libros de Conversaciones con Dios, que han sido éxitos en ventas. Estos libros, que no se inscriben en ninguna doctrina religiosa, están inspirados por Dios, y en ellos se presentan consejos sencillos y claros para tener una vida más equilibrada y para reconectarnos con la Divinidad, de la que hacemos parte. Estas enseñanzas constituyen un camino moderno hacia una vida espiritual y llena de significado.

“Algo está mal”

Todo marcha bien. El sol brilla. Estamos haciendo lo que queremos, cumpliendo nuestros sueños. Y entonces una vocecita nos dice que no podemos relajarnos, que no podemos disfrutar, pues algo se está quemando en alguna parte y, si no prestamos atención y nos preocupamos, pronto nos veremos envueltos en un incendio.

“Algo está mal” es una de las frases favoritas del ego, pues significa que tiene algo que hacer, un problema que enfrentar, algo por lo que preocuparse.

Es producto de la inercia, de la programación de muchos años, de muchas vidas. No es real. Viene de una sensación de culpa profunda. De la idea de que, en el fondo, hay algo malo con nosotros, con nuestra esencia. Esta idea implica que siempre habrá algo mal, sin importar qué tanto brille el sol o cuántas metas logremos.

Observar esa vocecita de nuestro ego y tener la capacidad de no creerle es un paso fundamental para poder ser felices, para poder habitar tranquila- y plenamente en el momento presente.

Tal vez no hay nada malo en este momento. Tal vez son solo ideas de tu ego. Tal vez sí tienes derecho a disfrutar, gozar y relajarte ahora. Tal vez no haya algo que tienes que arreglar antes de poder disfrutar el regalo del presente.

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