Da un paso más

Muchas veces me he saboteado para no avanzar, para no pasar al siguiente nivel en mi proceso, para mantenerme dentro de los confines que conozco.

Si miras tu proceso espiritual, tal vez veas que hay lugares en los que siempre te detienes. Llegas hasta cierto punto y luego das vuelta atrás.

Es normal. Todos le tenemos miedo a lo desconocido. Pero es allí donde se encuentra el crecimiento.

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Identifica esos límites, esos lugares después de los cuales no te atreves a seguir avanzando. Y luego elige dar un paso más. Sabes que es lo que tu corazón desea.

Tal vez es en las relaciones, en las que sólo te abres hasta cierto punto y luego te cierras por miedo a que te hieran. Tal vez es en tu práctica espiritual, en la que llegas hasta cierto nivel de profundidad y luego caes en un hábito dañino para evitar ver demasiado de cerca a tu luz. Tal vez es en relación con una meta importante para ti, y cada vez que estás a punto de alcanzarla te haces zancadilla o te rindes.

Sólo tú sabes cuáles son esos lugares. Te invito a que, la próxima vez que estemos allí, hagamos una elección diferente, la elección más elevada: dar otro paso en la dirección que nos indica nuestro corazón.

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Procrastinación y espiritualidad

Procrastinar quiere decir aplazar una tarea porque tenemos resistencia psicológica a llevarla a cabo ahora. Debajo de esta resistencia, usualmente hay miedos, insatisfacciones o inseguridades.

Una característica de la procrastinación es que nos impide disfrutar. Si hay algo que genuinamente no queremos hacer, sentiremos paz cuando decidamos no hacerlo. Si, por el contrario, sentimos culpa y ansiedad al evitar esa actividad, estamos procrastinando. Así, la procrastinación nos impide disfrutar del momento presente, pues sentimos que deberíamos estar haciendo otra cosa y, por tanto, no podemos entregarnos plenamente a lo que estamos haciendo ahora.

Hay muchas técnicas y maneras prácticas de lidiar con la procrastinación. Recomiendo, por ejemplo, libros como el clásico Organízate con eficacia (Getting things done) de David Allen o Hazlo ahora: supera la procrastinación y saca provecho de tu tiempo, de Neil Fiore.

Sin embargo, lo más importante es ir a la raíz de miedo, y esto implica sentir nuestras emociones y explorar lo que sentimos en relación con esas tareas que no queremos realizar.

Mirar de frente aquellas cosas que no tenemos ganas de hacer y mirar qué emociones y pensamientos tenemos asociados con ellas es una gran práctica espiritual. Al mirar nuestra resistencia, podremos ver los miedos e inseguridades que se esconden debajo. A veces veremos miedo al fracaso. A veces encontraremos patrones de autosabotaje basados en la idea de que no merecemos. A veces veremos miedo a no ser lo suficientemente buenos. Otras veces, simplemente encontraremos que lo que estamos haciendo realmente no está alineado con nuestro propósito de vida y que hemos adquirido compromisos que en fondo no queremos cumplir. Sea como sea, ver estos miedos de frente es un gran paso para conocernos y crecer internamente.

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Autosabotaje

Llevas cinco años preparándote para ese gran trabajo. El día se acerca. Has pasado por muchos retos, has crecido, te has superado. Estás listo. Te da un poco de miedo, pero estás listo.

Como estás un poco ansioso, el día anterior a la entrevista te vas a tomar unas copas. De repente no quieres parar y te embriagas hasta el fondo. Al otro día no te levantas. Pierdes la oportunidad. Tienes ahora algo más para añadir a la lista de cosas odias y resientes de ti.

De alguna u otra forma, creo que todos hemos tenido momentos de autosabotaje. ¿De dónde viene esta tendencia a hacernos zancadilla pocos metros antes de la meta?

Merecer

Una parte tiene que ver con la creencia de que no merecemos. En el fondo, muchos de nosotros creemos que no merecemos el amor, la abundancia, la felicidad y la plenitud que la vida puede darnos. Esta creencia, a su vez, se fundamenta en la idea de que hay algo malo con nosotros, una mancha oculta y profunda que nos hace indignos de todas las cosas buenas.

En consecuencia, una de las claves para dejar de sabotearnos es reconocer que no hay nada malo con nosotros y que por tanto merecemos ser felices.

La comodidad de estar en ruinas

Otro elemento que influye al momento de sabotearnos, al menos en mi experiencia, es la tendencia a mantenernos a toda costa en la zona de confort.

En la novela Héroes, el escritor Ray Lóriga describe de manera hermosa ese estado:

“Estar bien es una especie de carga, estar bien significa estar dispuesto y ese estado te lleva inevitablemente a algún tipo de enfrentamiento. Es como extender dos brazos fuertes y sanos cuando a tu alrededor se están construyendo pirámides; es raro que no te caiga alguna piedra. Estar mal, en cambio, es estar tranquilo, tan tranquilo como una fortaleza quemada en la mitad de una guerra. Alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

Leí esa novela cuando era un postadolescente y me cautivó porque me sentí plenamente identificado con el protagonista: un joven que no se atreve a salir de su habitación porque está muerto de miedo y porque allí está muy cómodo, “alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

En ese entonces mi mayor miedo eran las mujeres. Y la forma como evadía ese reto era estando mal continuamente, pues el malestar me mantenía alejado de cualquier “tipo de enfrentamiento”. Cuando comenzaba a tener demasiados días buenos seguidos y empezaba a brillar con demasiada fuerza, rápidamente recurría a algún hábito autodestructivo para hundirme de nuevo en la oscuridad, no fuera a ser que alguna mujer se acercara a mí a causa de mi luz y me obligara a atravezar mis miedos; no fuera a ser que me cayera alguna piedra encima.

Ahora mis miedos han cambiado, pero cada tanto me veo recurriendo de nuevo al autosabotaje para evitar los retos que inevitablemente llegarán si crezco, maduro y le permito a la vida traerme aquello que se encuentra en el siguiente nivel de mi viaje.

La ilusión del descanso en la muerte

A veces la vida misma se ve como el reto, como la carga pesada, como un camino lleno de espinas. Entonces pareciera que la manera más cómoda de proceder es dejando a un lado la vida. Y eso es lo que hace el jóven de la novela: se aisla por completo, cierra las puertas y las ventanas. Se deja llevar por la ilusión de que la muerte es sinónimo de paz.

Al respecto, me parece muy iluminador este pasaje de Un Curso de Milagros, uno de mis favoritos:

“Existe el riesgo de pensar que la muerte te puede brindar paz […]. Sin embargo, una cosa nunca puede ser igual a su opuesto. Y la muerte es lo opuesto de la paz, pues es lo opuesto de la vida. Y la vida es paz.” (Cap. 27, VII, 10).

Es hermoso. La verdadera paz es plenitud, la plenitud vibrante de la vida. Y esa plenitud se encuentra saliendo del cuarto, mirando a los miedos de frente, siendo honestos con nosotros mismos, abriendo los brazos y recibiendo con amor las piedras que puedan caer. La plenitud es crecer, evolucionar. Y por supuesto que a los ojos del ego esto es incómodo. Implica correr riesgos, asumir responsabilidades, abrirnos a la posibilidad de ser rechazados, de quedar mal frente a los demás, de cometer grandes errores.

Cuando te des cuenta de que te estás saboteando para mantenerte en la comodidad de una fortaleza quemada en la mitad de una guerra, sé consciente de que allí realmente no mora la paz que buscas. Esa paz se encuentra al otro lado de las puertas y los muros con los que has decidido protegerte de la vida. Si quieres paz, no te protejas de los riesgos de la vida. Abre los brazos y permite que venga completa, con sus desafíos y transformaciones. Allí encontrarás la verdadera paz, la paz viva, la paz que es tu verdadera naturaleza.

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