Cruzar las líneas de lo conocido

Muchas veces me ha pasado que alcanzo un gran estado de paz y entonces decido que ya es suficiente y que es hora de tener un poco de conflicto, miedo y ansiedades.

La razón, creo, es que me da miedo mirar qué hay más allá, mirar qué sucede si sigo profundizando esa experiencia más allá de los límites que conozco. Y el miedo a lo desconocido es uno de los más fuertes. Esto es así porque frente a lo desconocido el ego no puede controlar, ya que controla con base en lo que ya sabe y ya ha experimentado. Ante la perspectiva de algo absolutamente nuevo, el ego se aterra porque no tiene puntos de referencia para predecir y planear.

El sufrimiento y la ansiedad son dolorosos, pero el ego se siente cómodo allí porque los conoce a la perfección. Está cómodo porque tiene el control, así sólo lo ejerza sobre un mundo de miseria.

Soltar el sufrimiento completamente aterra al ego, pues no sabe quién será o qué será de él una vez el sufrimiento se vaya. Por eso nos paramos una y otra vez y nos devolvemos cuando llegamos a esa raya que indica el fin del territorio conocido.

Es, sin embargo, una elección. La elección entre el control por un lado y la plenitud de saltar en medio de lo desconocido por el otro.

Tal vez ya es hora de seguir avanzando, hora de cruzar los límites imaginarios que he trazado a mi alrededor y seguir creciendo.

Avanzar hacia lo nuevo siempre ha sido incómodo al comienzo pero gratificante después, incluso cuando he avanzado hacia lugares en los que no me gustó estar. Ha sido gratificante porque he crecido de todas formas, he aprendido, he evolucionado.

Elijo, pues, mantener mi atención en la paz y seguir nutriéndola hasta que crezca tanto que me lleve a nuevas experiencias. Elijo que soy digno de elegir ahora algo diferente y no detenerme cuando esa luz aún desconocida comienza a alborear en el horizonte. Elijo seguir profundizando en mi experiencia y abrazar los nuevos caminos a los que me va llevando.

Y tú, ¿cuáles son tus límites? ¿En dónde te detienes? ¿Por qué lo haces? ¿Realmente deseas permanecer así, o se trata sólo de miedo a lo desconocido?

Imagen tomada de la cuenta de @kylekerr

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo cada una de mis reflexiones.

Autosabotaje

Llevas cinco años preparándote para ese gran trabajo. El día se acerca. Has pasado por muchos retos, has crecido, te has superado. Estás listo. Te da un poco de miedo, pero estás listo.

Como estás un poco ansioso, el día anterior a la entrevista te vas a tomar unas copas. De repente no quieres parar y te embriagas hasta el fondo. Al otro día no te levantas. Pierdes la oportunidad. Tienes ahora algo más para añadir a la lista de cosas odias y resientes de ti.

De alguna u otra forma, creo que todos hemos tenido momentos de autosabotaje. ¿De dónde viene esta tendencia a hacernos zancadilla pocos metros antes de la meta?

Merecer

Una parte tiene que ver con la creencia de que no merecemos. En el fondo, muchos de nosotros creemos que no merecemos el amor, la abundancia, la felicidad y la plenitud que la vida puede darnos. Esta creencia, a su vez, se fundamenta en la idea de que hay algo malo con nosotros, una mancha oculta y profunda que nos hace indignos de todas las cosas buenas.

En consecuencia, una de las claves para dejar de sabotearnos es reconocer que no hay nada malo con nosotros y que por tanto merecemos ser felices.

La comodidad de estar en ruinas

Otro elemento que influye al momento de sabotearnos, al menos en mi experiencia, es la tendencia a mantenernos a toda costa en la zona de confort.

En la novela Héroes, el escritor Ray Lóriga describe de manera hermosa ese estado:

“Estar bien es una especie de carga, estar bien significa estar dispuesto y ese estado te lleva inevitablemente a algún tipo de enfrentamiento. Es como extender dos brazos fuertes y sanos cuando a tu alrededor se están construyendo pirámides; es raro que no te caiga alguna piedra. Estar mal, en cambio, es estar tranquilo, tan tranquilo como una fortaleza quemada en la mitad de una guerra. Alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

Leí esa novela cuando era un postadolescente y me cautivó porque me sentí plenamente identificado con el protagonista: un joven que no se atreve a salir de su habitación porque está muerto de miedo y porque allí está muy cómodo, “alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

En ese entonces mi mayor miedo eran las mujeres. Y la forma como evadía ese reto era estando mal continuamente, pues el malestar me mantenía alejado de cualquier “tipo de enfrentamiento”. Cuando comenzaba a tener demasiados días buenos seguidos y empezaba a brillar con demasiada fuerza, rápidamente recurría a algún hábito autodestructivo para hundirme de nuevo en la oscuridad, no fuera a ser que alguna mujer se acercara a mí a causa de mi luz y me obligara a atravezar mis miedos; no fuera a ser que me cayera alguna piedra encima.

Ahora mis miedos han cambiado, pero cada tanto me veo recurriendo de nuevo al autosabotaje para evitar los retos que inevitablemente llegarán si crezco, maduro y le permito a la vida traerme aquello que se encuentra en el siguiente nivel de mi viaje.

La ilusión del descanso en la muerte

A veces la vida misma se ve como el reto, como la carga pesada, como un camino lleno de espinas. Entonces pareciera que la manera más cómoda de proceder es dejando a un lado la vida. Y eso es lo que hace el jóven de la novela: se aisla por completo, cierra las puertas y las ventanas. Se deja llevar por la ilusión de que la muerte es sinónimo de paz.

Al respecto, me parece muy iluminador este pasaje de Un Curso de Milagros, uno de mis favoritos:

“Existe el riesgo de pensar que la muerte te puede brindar paz […]. Sin embargo, una cosa nunca puede ser igual a su opuesto. Y la muerte es lo opuesto de la paz, pues es lo opuesto de la vida. Y la vida es paz.” (Cap. 27, VII, 10).

Es hermoso. La verdadera paz es plenitud, la plenitud vibrante de la vida. Y esa plenitud se encuentra saliendo del cuarto, mirando a los miedos de frente, siendo honestos con nosotros mismos, abriendo los brazos y recibiendo con amor las piedras que puedan caer. La plenitud es crecer, evolucionar. Y por supuesto que a los ojos del ego esto es incómodo. Implica correr riesgos, asumir responsabilidades, abrirnos a la posibilidad de ser rechazados, de quedar mal frente a los demás, de cometer grandes errores.

Cuando te des cuenta de que te estás saboteando para mantenerte en la comodidad de una fortaleza quemada en la mitad de una guerra, sé consciente de que allí realmente no mora la paz que buscas. Esa paz se encuentra al otro lado de las puertas y los muros con los que has decidido protegerte de la vida. Si quieres paz, no te protejas de los riesgos de la vida. Abre los brazos y permite que venga completa, con sus desafíos y transformaciones. Allí encontrarás la verdadera paz, la paz viva, la paz que es tu verdadera naturaleza.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo cada una de mis reflexiones.