Cómo cambiar al mundo

Al presenciar actos crueles o abusivos, o al ver cómo destruimos los preciosos recursos naturales de nuestro planeta, es normal que muchos sintamos rabia contra aquellos que percibimos como los culpables: los asesinos, los corruptos, los inconscientes.

Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿adoptar esa actitud ayuda a resolver los problemas que percibimos o, por el contrario, nos convierte en réplicas de aquel mal del que tanto nos quejamos?

Cuando nos sentimos indignados y furiosos, cuando juzgamos a quienes cometen abusos y deseamos castigarlos, cuando nos resentimos, ¿creamos en nosotros una energía elevada a partir de la cual pueda surgir una acción elevada para hacerle frente a los problemas, o, por el contrario, nos ponemos densos y pesimistas, nos desconectamos de nuestra sabiduría más elevada y tendemos a esparcir amargura a nuestro alrededor?

Parece correcto odiar un acto insconsciente y dañino. Sin embargo, ese odio tiene más probabilidades de generar actos parecidos a aquel que juzgamos que de ayudar a encontrar remedios efectivos.

Odiar no ayuda a remediar nada, y dejar de odiar y de juzgar no implica condonar comportamientos inconscientes ni permanecer pasivos ante estos.

La mejor manera de comenzar a cambiar el mundo es dejar de juzgarlo y de odiarlo y comenzar a amarlo y a percibirlo con compasión.

Una mente en paz e inundada de amor tendrá más posibilidades de encontrar las respuestas.

No sé cuál sea la solución específica a los problemas que ves en el mundo. Sé, sin embargo, que dejar de condenar en tu mente y dejar de odiar será el comienzo de un cambio profundo y verdadero. Y a eso es a lo que te invito.

Antes de ponerte las botas y salir a marchar y a luchar y a defender y a denunciar, antes de todo eso (o, al menos, al mismo tiempo que haces todo eso), sana tu corazón y perdona al mundo. Ese es el regalo más sanador y transformador que nos puedes hacer a todos.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de @unknxwnvillain

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La primera piedra

Qué poderoso es ese pasaje de la Biblia en el que Jesús dice: “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Si observas con cuidado, tal vez te des cuenta de que todo el tiempo seguimos “tirando piedras.”

Cada vez que condenamos a alguien en nuestra mente por algo que hizo, le estamos tirando piedras.

Cada vez que juzgamos a alguien, lo convertimos en nuestro enemigo y justificamos nuestra ira contra él o ella.

Si ahora miras más profundo, muy probablemente verás que aquello por lo que condenamos a la otra persona también está en nosotros en alguna forma. Tal vez a veces hemos cometido la misma falta o errores que se parecen mucho a aquel que condenamos. Tal vez hemos deseado hacerlo e incluso nos hemos imaginado haciéndolo, así a veces nos hayamos reprimido. Si crees en otras vidas, puede que lo hayamos hecho en otras vidas aunque ahora no lo recordemos.

Cada vez que condenamos al otro, nos estamos condenando a nosotros mismos.

Cuando Jesús dijo “con la misma vara que midas serás medido” no se refería a una forma de venganza del universo. La verdad es que Dios nunca juzga ni condena. Somos solo nosotros los que nos juzgamos y condenamos. Y el marco mental con el cual vemos el mundo externo es el mismo marco mental con el que interpretamos nuestro interior. Por tanto, si juzgamos afuera, también nos juzgaremos a nosotros.

Comienza a perdonarte y perdonarás a los demás. Comienza a perdonar a los demás y podrás perdonarte. Aligera el látigo con el que azotas mentalmente a los demás por sus faltas y tu propia espalda se verá aliviada, pues es el mismo látigo con el que te laceras a ti mismo. Suelta el látigo por completo y liberarás a tus hermanos de la culpa y así encontrarás tu propia libertad y tu propia paz.

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