Amar a nuestras sombras y a nuestros enemigos

Hace poco, puse en mis redes sociales esta frase: “Si no aceptas y amas tus sombras, no podrás recordar tu luz”.

Varias personas respondieron que están de acuerdo en que hay que aceptar las sombras, pero que no están de acuerdo en amarlas.

Sin embargo, creo que amar las sombras es esencial para tener un verdadero amor propio.

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Si no amamos nuestras sombras, en realidad no las estamos aceptando, pues no hay diferencia entre la aceptación total y el amor. En la verdadera aceptación, nuestro corazón está completamente abierto y, por tanto, el amor fluye naturalmente. Ya no hay juicios ni separación.

El amor verdadero lo abarca todo, brilla sobre todo por igual. No tiene preferencias. Es como el sol: no distingue entre unos y otros, bueno y malo, bonito y feo. Le da a todos su luz y su calor incondicionalmente. Así también es la naturaleza de Dios. Y amar no es otra cosa que conectarnos con la esencia de Dios que yace en nuestro interior y permitirle brillar.

Cuando nuestros ojos están inundados por el verdadero amor, amamos por igual al asesino, al corrupto y al abusador de niños, así como al santo y a la persona más caritativa. Ese es el amor que enseñaba Jesús cuando decía: “Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso hasta los recaudadores de impuestos? Y, si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué de más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen esto hasta los gentiles? Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto”. (Mateo 5, 43-48).

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No es esta una enseñanza fácil. Para poder amarlo todo debemos primero haber sanado por dentro. Eso implica poder amarnos a nosotros completamente. Si hay partes de nosotros que no amamos, habrá partes del mundo que no podremos amar.

Comprendo que esta idea pueda generar resistencia y rechazo. Pero así es la naturaleza del verdadero amor. Si no puedes amarlo todo ahora, como tampoco yo puedo, pues de lo contrario estaríamos completamente iluminados, no te juzgues por eso. Ama eso también en ti, ese es el comienzo. Pero aspira a un amor puro, que no juzga y no separa entre lo digno y lo indigno. Todo es digno del amor de Dios. Por tanto, todo es digno de tu amor.

Ahora bien, amar no quiere decir que condonamos o toleramos ciertas cosas. Amar no quiere decir que no tomamos medidas. Es como si un perro enfermo nos ataca. Podemos amarlo, pero eso no quiere decir que no nos protegeremos. Es más, puede que debamos usar la fuerza contra el perro para defendernos y encerrarlo. Incluso en casos extremos puede que nos veamos obligados a matar al perro para evitar que haga daño a otras personas, si no hay más solución. Pero todo eso es compatible con sentir un profundo amor y una profunda compasión por el animal. Sabemos que no es consciente de lo que hace. Así mismo pasa con todos lo que cometen actos de violencia: son inconscientes. Parecieran tener consciencia, pero en lo más profundo están dormidos. Se han olvidado de su naturaleza divina. Si estuvieran despiertos y hubieran recordado quiénes son, no podrían emprender esos actos. Es por esto también que Jesús dijo en la cruz: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”.

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Pero para poder perdonar a los demás, primero debemos perdonarnos a nosotros mismos. Y el perdón verdadero, al igual que la aceptación verdadera, es igual que el amor puro.

No temas, pues, amar tus sombras. El amor no hará que te permitas caer o alimentar comportamientos destructivos. Por el contrario, a medida que ames esas partes oscuras, se disolverán en la luz del amor y se transmutarán, siempre hacia una energía más elevada.

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