¿Untado el dedo, untada la mano?

Un par de amigos emprendieron un viaje en automóvil para llegar a un pueblo que quedaba en el norte. Después de tres horas de viaje, se dieron cuenta de que, sin querer, todo el tiempo habían estado viajando hacia el sur. Uno de ellos dijo: “¡Debemos detenernos y dar la vuelta, vamos en la dirección equivocada!”, pero el otro replicó: “¡Bah! Ya viajamos tres horas en la dirección equivocada, así que qué importa si seguimos por el mismo camino por otra hora más”.

El razonamiento del segundo hombre es absurdo. Es la idea que subyace al refrán “Untado el dedo, untada la mano”. Ya se dañó una parte, qué importa si se acaba de dañar todo.

Es una forma de pensar absurda. Sin embargo, muchas veces nos dejamos llevar por esta idea. Estás haciendo dieta y no aguantaste y comiste algo que no debías. Y entonces piensas: “¡Bah! Ya dañé la dieta, así que seguiré comiendo mal toda la tarde, ya qué importa”.

La verdad es que sí importa. No es lo mismo comerse un dulce en medio de una dieta que tener una tarde completa de excesos. No es lo mismo desviarse cien kilómentros que desviarse mil kilómetros. Al menos, no es lo mismo si te interesa llegar a donde quieres y llegar pronto.

Muchas veces es el perfeccionismo el que nos lleva a actuar así. “O lo hago perfecto o no hago nada”. Blanco o negro. Pero esa mentalidad es una clara estrategia para el fracaso rotundo. Pues si los pequeños errores en tu camino son una excusa para acabar de desviarte, siempre tendrás excusas para alejarte de tu meta, ya que todos somos imperfectos, y con frecuencia nos equivocaremos y tomaremos malas decisiones. Es parte del camino.

Usa las equivocaciones como recordatorios, como alarmas que te indican que es momento de volver a enfocarte. Y redirige tu rumbo tan pronto como suene la alarma, tan pronto como caigas en cuenta. Usa tus errores para crecer.

Si te caiste, no te quedes revolcándote en el barro. Mira, más bien, cuál fue la piedra en la que te tropezaste y asume la experiencia como un aprendizaje para no tropezarte en el mismo lugar la próxima vez.

Foto: Kieran Stone

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¿Y si no hubiera que “hacerlo bien”?

Si eres de mi generación, es probable que te hayan educado para sacar buenas notas, para responder lo que el profesor quiere oír en el examen, para ser un niño bueno y obediente.

Esa idea de sacar buenas notas quedó muy arraigada en nosotros. Y así, muchos vamos por la vida angustiados, tratando de hacerlo bien, con miedo a reprobar. Sí, con miedo de no hallar la respuesta correcta, la que creemos que el universo espera de nosotros, como si el universo o Dios tuviera la mentalidad de un profesor de escuela del siglo pasado.

Nos da mucho miedo cometer errores. Tomar por el camino equivocado. Y nos paralizamos. Esperamos una señal externa, algo que reemplace a la voz de nuestro profesor, quien siempre nos decía qué hacer.

¿Y si la vida no fuera como un colegio del siglo pasado? ¿Y si no se tratara de hacerlo “bien” para ser premiados y reconocidos? ¿Y si se tratara de experimentarnos a nosotros mismos en todas nuestras facetas? ¿Y si se tratara de jugar, de volvernos conscientes de nosotros mismos? ¿Y si no hubiera algo así como “hacerlo mal”?

Solo pregunto. Y te invito a que respondas por ti mismo. Te invito a que observes la voz del profesor que nos quedó grabada de chicos y revises si lo que dice es verdad y resuena con tu corazón, o si solo se trata de una forma de pensar del pasado que ya puedes dejar ir.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de @colors_of_day_macro.

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