Dos personas viviendo en la misma ciudad, en el mismo barrio y en las mismas circunstancias pueden estar una en el Cielo y la otra en el infierno.
En la medida en que interpretamos la realidad de acuerdo con nuestro estado interior, ésta se convierte en un espejo que refleja nuestro estado de consciencia.
La mayoría de nosotros vivimos aún en el infierno, en cierta medida, una buena parte del tiempo. Vivimos en un mundo que percibimos como malvado, amenazante y cruel.
En palabras de Un Curso de Milagros, el Cielo en la tierra, que es lo que allí se llama «el mundo real», es el mundo visto a través de los ojos del Espíritu Santo. Esos ojos sólo ven lo real y, por tanto, sólo ven el amor.
Desde la perspectiva del Espíritu Santo, sólo hay dos formas de interpretar lo que un hermano hace: como una muestra de amor o como una petición de amor.
Así pues, el asesino en serie, el abusador de niños, el hombre que te acaba de robar en la calle y el político corrupto sólo están pidiendo desesperadamente amor. Es una forma profundamente inconsciente de decir: «por favor, ayúdame, estoy perdido de mí mismo, he olvidado lo que es el amor y en consecuencia me he propuesto buscarlo de las maneras más absurdas».
Donde el ego ve un enemigo que merece ser destruido, el Espíritu Santo, la Voz que habla desde lo más profundo de tu corazón, sólo ve un hermano que está dormido y necesita de tu amor para despertar.
Ver a través de esos ojos es lo mismo que perdonar de verdad.
Esto puede ser muy difícil, sobre todo cuando presenciamos acciones que juzgamos y resentimos profundamente. De hecho, en esas condiciones es imposible. Nuestros juicios nos impiden escuchar esa Voz y ver a través de esos Ojos, la Voz y los Ojos de nuestro corazón.
En consecuencia, cambiar nuestra percepción implica aprender a soltar los juicios y dejar ir los resentimientos. Esa es la práctica espiritual más importante en el despertar.
Ayuda mucho, para esto, saber que no somos diferentes de aquello que vemos, no estamos separados. Muy probablemente en otra vida hayamos pasado por etapas evolutivas muy similares a aquellas que ahora condenamos como aberraciones. Muy probablemente eso que juzgamos esté presente aún en lo profundo de nuestros deseos o pensamientos, así nuestra consciencia se haya elevado lo suficiente como para evitar que esas semillas de inconsciencia se manifiesten en la realidad. Sea como sea, no somos mejores que eso que vemos. Somos eso que vemos.
Se trata, pues, de un viaje de perdonarnos a nosotros mismos, lo que equivale a perdonar al mundo, una vez reconocemos que somos Uno.
A través de este perdón podremos ver lo que Un Curso de Milagros llama «el mundo real», que no es más que el mundo visto a través de los ojos del Amor.
El mayor regalo que le podemos hacer a quienes nos rodean es nuestra presencia, nuestra vida, nuestro tiempo.
Para poder dar ese regalo, es necesario que tengamos la capacidad de estar presentes. Si estamos perdidos en el pasado o el futuro en nuestra mente, nuestro cuerpo estará allí pero nosotros estaremos ausentes.
Por tanto, para poder compartir con los demás debemos sentirnos cómodos con nosotros mismos, con nuestra presencia. En efecto, si no estamos cómodos con nosotros mismos, evadiremos nuestra propia presencia y, por tanto, no podremos regalársela a los demás.
Cuando tratamos de huir de nosotros somos como ese amigo que no puede dejar de mirar su celular mientras comemos con él. Es agradable ver su cuerpo y saber que está bien, pero sería mucho mejor poder entrar en contacto profundo con él, y para eso él debe estar disponible.
La mejor manera de aprender a estar cómodos con nosotros mismos es practicando, es decir, pasando tiempo a solas sin distracciones, de manera consciente. La meditación es una herramienta maravillosa para eso.
En consecuencia, pasar tiempo a solas nos capacita para brindarles a los demás el regalo de nuestra presencia.
No creas, por tanto, que buscar estar a solas es egoísta. En tu soledad está ya la semilla del regalo más valioso que puedes darles a los demás.
Esta es una práctica espiritual muy poderosa: parar un momento y tomar consciencia de nosotros, de lo que está pasando, de lo que estamos sintiendo, de lo que estamos pensando.
Esto implica una autoobservación constante.
A medida que paramos y nos observamos, tomamos consciencia de nuestros patrones de comportamiento y podemos empezar a modificarlos.
Cuando te dan ganas de comer algo, por ejemplo, sirve parar y mirar si hay ansiedad detrás. Entonces puedes ver si realmente tienes hambre o si quieres usar la comida para evadir una sensación o un sentimiento. Y lo mismo aplica para cualquier otro impulso. Para antes de mirar el celular, antes de fumar, antes de prender la televisión. Entiendes la idea.
No es esta una invitación a que te reprimas. Por ejemplo, si eres fumador, no te estoy diciendo que dejes de fumar ya mismo. Simplemente toma consciencia de aquello que evades a través del cigarrillo. Luego fuma.
Primer paso: parar. Segundo paso: amar lo que encuentres cuando pares.
Permítete sentir las emociones, incluso las más incómodas. Permítete observar tus pensamientos, aun aquellos que más te asustan y que más juzgas. Perdónate. Acéptate. Ámate.
Poco a poco, a medida que empiezas a abrazar y a darle amor a aquello de lo que huyes, naturalmente disminuirá la necesidad de huir.
Para, observa, perdona, ama. Cada vez que puedas. Para, así sea por un lapso breve: veinte segundos, diez segundos, un minuto, cinco minutos. La cantidad de tiempo que pares no es tan importante como la frecuencia con la que lo hagas.
Cuando se convierte en un hábito, es una práctica muy poderosa.
El único modo de hacer un gran trabajo es amar lo que haces.
Steve Jobs
Hace poco comencé a estudiar piano de nuevo. La verdad, no se me facilita, pues de pequeño no tomé clases. Sin embargo, hay una razón por la que sigo y sigo practicando hasta que lo que toco comienza a sonar bien: amo la música de Johann Sebastian Bach (1685-1750).
El consejo de Steve Jobs es muy sabio por una razón simple pero poderosa: cuando hacemos lo que amamos tenemos energía y ganas de seguir mejorando y de seguir intentando así no se vean resultados a corto plazo.
El placer y la felicidad que me proporciona tocar piezas de Bach es tan grande que, incluso si avanzo a paso de tortuga, cada pequeño logro, cada acorde, cada nuevos diez segundos que añado a una pieza que estoy tocando me proporcionan tal bienestar que sigo practicando asiduamente. No me propongo tocar el piano: me hace falta. Cada vez que paso cerca del piano tengo el impulso natural de sentarme y practicar un poco más.
Puede que la calidad mi interpretación sea muy baja si se la compara con la de músicos profesionales. Pero eso no me importa en lo más mínimo. Saber que hay gente que toca el piano mucho mejor que yo no me desanima, por el contrario, al oírlos tocar aumentan mis ganas de seguir practicando.
Y la razón por la que tengo esta actitud hacia el piano es muy simple: no me interesa lograr nada más allá del momento mismo. Toco porque cada segundo mientras lo hago es un gran placer para mí. En otras palabras: toco porque amo hacerlo y, por tanto, el acto se convierte en un fin en sí mismo, en su propia recompensa; no necesito una fantasía en el futuro para que tocar piano me proporcione satisfacción. No necesito una motivación para tocar música de Bach; es tocar lo que me motiva.
Puede que mi calidad como pianista sea comparativamente muy baja, pero es muchísimo más alta de lo que sería si no amara la música de Bach.
Además, el regalo que le doy al mundo cuando toco Bach es mi propia paz. Incluso si nadie me oye, tocar piano hace que mi vibración se eleve, mi ánimo por la vida se incremente y tenga más paz y alegría para compartir con quienes me rodean. Por tanto, hacer lo que amo es un regalo para el mundo aun si nadie ve lo que hago. Por ejemplo, fue por tocar que me dieron ganas de compartir estas palabras.
En la medida en la que puedas, dedícale tiempo a eso que amas profundamente. Nunca será una pérdida de tiempo y, gracias al efecto que tiene en ti, será un gran bendición para quienes te rodean.
Qué poderoso es ese pasaje de la Biblia en el que Jesús dice: «Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra».
Si observas con cuidado, tal vez te des cuenta de que todo el tiempo seguimos «tirando piedras.»
Cada vez que condenamos a alguien en nuestra mente por algo que hizo, le estamos tirando piedras.
Cada vez que juzgamos a alguien, lo convertimos en nuestro enemigo y justificamos nuestra ira contra él o ella.
Si ahora miras más profundo, muy probablemente verás que aquello por lo que condenamos a la otra persona también está en nosotros en alguna forma. Tal vez a veces hemos cometido la misma falta o errores que se parecen mucho a aquel que condenamos. Tal vez hemos deseado hacerlo e incluso nos hemos imaginado haciéndolo, así a veces nos hayamos reprimido. Si crees en otras vidas, puede que lo hayamos hecho en otras vidas aunque ahora no lo recordemos.
Cada vez que condenamos al otro, nos estamos condenando a nosotros mismos.
Cuando Jesús dijo «con la misma vara que midas serás medido» no se refería a una forma de venganza del universo. La verdad es que Dios nunca juzga ni condena. Somos solo nosotros los que nos juzgamos y condenamos. Y el marco mental con el cual vemos el mundo externo es el mismo marco mental con el que interpretamos nuestro interior. Por tanto, si juzgamos afuera, también nos juzgaremos a nosotros.
Comienza a perdonarte y perdonarás a los demás. Comienza a perdonar a los demás y podrás perdonarte. Aligera el látigo con el que azotas mentalmente a los demás por sus faltas y tu propia espalda se verá aliviada, pues es el mismo látigo con el que te laceras a ti mismo. Suelta el látigo por completo y liberarás a tus hermanos de la culpa y así encontrarás tu propia libertad y tu propia paz.
La rendición es un acto de entrega. Es abrir los brazos y recibir plenamente el momento presente.
Imagina que eres una casa. Rendirte es abrir las puertas y permitir que el momento presente entre, se mueva a sus anchas y se quede cuanto quiera.
La rendición es lo contrario a luchar. Por tanto, la rendición es lo contrario a la resignación, pues la resignación implica resistencia interna frente a lo que sucede. Cuando nos resignamos, dejamos de pelear en el nivel externo, pero juzgamos lo que sucede como indeseable. Debido a esto, la resignación no puede sino causar dolor, ya que es el resultado de juzgar que el momento presente está mal.
La rendición es interna. Puedes incluso tomar acción para cambiar las condiciones en que te encuentras y al mismo tiempo rendirte al momento presente.
Rendirte quiere decir que vives este preciso instante sin juzgarlo, sin rechazarlo, y eso puedes hacerlo incluso mientras lo cambias. De hecho, cambiar las condiciones externas desde un estado de rendición es mucho más eficaz que tratar de modificarlas desde un lugar de juicio y resentimiento.
Desde un estado de rendición, emprendes la acción no porque rechaces este momento, sino porque estás alineado con tu corazón y él te impulsa a actuar. Se trata, entonces, de un cambio que viene desde tu creatividad más profunda, aquella que está alineada con lo divino. Es la misma razón por la que un gran escultor rompe las piedras: no lo hace porque rechace la forma actual que tienen, sino porque desde lo más profundo de él surge un impulso por darle vida a algo bello a través de ellas.
Por ejemplo, si ves que tienes un comportamiento que te hace sufrir, puedes cambiarlo desde un estado de rendición. Entonces no luchas contra tu comportamiento ni te juzgas por lo que estás haciendo. Sientes plenamente el dolor, lo abrazas y dejas que tu silencio interior te guíe. Cuando estás conectado con ese silencio, las acciones que surjan estarán conectadas con tu voluntad más elevada y, en consecuencia, traerán aquello que realmente deseas y que es lo mejor para ti.
Rendirte significa sentir. Significa no escapar de este momento. Así, la rendición y la presencia son sinónimos. No puedes estar plenamente presente si rechazas este momento, y no puedes aceptarlo completamente y al mismo tiempo alejarte de él.
Rendirte implica abrirte a experimentar hasta la médula lo que está ocurriendo ahora. Rendirte es quedarte plenamente aquí, en medio de la dicha o la tormenta; entregarte a las sensaciones; dejar que los pensamientos lleguen y se vayan; caerte al fondo de tu ser y mirar de frente lo que hay allí.
Las emociones intensas que juzgamos como desagradables se convierten en un obstáculo para la plenitud debido a que el juicio que tenemos contra ellas hace que no querramos experimentarlas. Pero esas mismas emociones son la puerta de entrada al cielo cuando dejamos el juicio y nos entregamos a ellas completamente. Es como si esas emociones fueran amigos dispuestos a llevarnos de vuelta a casa, pero no quisiéramos seguirlas porque debido a su apariencia las hemos confundido con desconocidos malintencionados. Rendirnos es confiar. Ellas nos llevarán adentro y se irán una vez hayan cumplido su función. Esto es otra forma de decir que se transformarán en amor o, más bien, que nuestra percepción se transformará y las veremos como las expresiones de amor que no pueden sino ser.
Todo esto es, pues, una invitación a que te permitas sentir este momento en su totalidad: la aburrición, el regocijo, la incertibumbre, el deseo, la ansiedad, el miedo, la compasión, el dolor, el placer. No creas que si huyes llegarás a casa, pues estarás huyendo de los guías que el Universo ha enviado para recordarte el camino.
Cuando era pequeño, me encantaba ponerle mucha sal o mucho azúcar a lo que comía o bebía. De esa manera las cosas parecían tener más sabor.
Le ponía siempre muchas salsas a las ensaladas con la esperanza de que supieran a algo.
Recuerdo la primera vez que esa forma de pensar fue confrontada. Al ver a un viejo comiendo su ensalada sin aderezo, le pregunté por qué lo hacía. Me dijo que le gustaba el sabor de los vegetales, y que al ponerles una vinagreta encima el sabor quedaba oculto. Me sorprendió su respuesta. ¿Acaso no se daba cuenta de que los vegetales crudos no saben a nada? La verdad, por supuesto, es que era yo el que no sabía que los vegetales crudos tienen muchos sabores, pues nunca me había permitido disfrutarlos sin sepultar su sabor debajo de la sal, la pimienta, los aceites, las salsas.
Al ir descubriendo los sabores naturales de los vegetales, la necesidad de aderezarlos en exceso fue desapareciendo. Igual pasó con los jugos. Ahora no se me pasa por la cabeza la idea de tomar un jugo con azúcar, pues ese sabor intenso y artificial oculta los matices del sabor natural de las frutas, mucho más agradables que el azúcar.
Pero mi interés no es hacer una reflexión sobre apreciación gastronómica.
En el hermoso libro El Caballero de la armadura oxidada, el mago Merlín le pide al caballero que beba un líquido muy preciado de una copa de plata. «Los primeros sorbos le parecieron amargos; los siguientes, más agradables, y los últimos, bastante deliciosos. ‘¿Qué es?’, preguntó el Caballero. ‘Es Vida’, respondió Merlín».
Qué hermosa metáfora. Creo que lo mismo que me pasaba con los vegetales y los jugos nos pasa a todos con la vida. Saborearla de manera cruda parece aburrido, desabrido. Tenemos que adornarla para que parezca interesante y digna de ser vivida. Pero, cuando nos permitimos experimentarla directamente, nos iremos dando cuenta de que es mucho más hermosa que las artimañas con las que habíamos tratado de entretenernos para evitar verla de frente.
Este momento, sin más, parece muchas veces insípido. Necesitamos darle un sentido a través del futuro o saturarlo que experiencias placenteras para que parezca que vale la pena vivirlo.
La sal
A veces buscamos un objetivo en el futuro que justifique el valor de este momento. Así, el momento presente se convierte en parte de una fantasía que nos parece agradable y se hace llevadero. Pero esa fantasía nos desconecta de la desnudez de este momento. Ya no lo vemos directamente; sólo lo consideramos como un paso hacia el futuro, que es en donde tenemos fija nuestra mirada. Allí, en el futuro, parecen estar el sabor de la vida, la satisfacción, la salvación, el alivio, la realización, el consuelo, el sentido. Allí parece estar todo lo valioso y lo realmente digno de ser vivido. Excepto por plareces fugaces, el valor del presente parece ser sólo que a través de él podemos ir labrando el futuro, que es donde se encuentra el verdadero valor.
Quedarse en el momento presente sin sueños ni fantasías de futuro parece desolador al comienzo. Parece no haber nada realmente valioso aquí, sentado en frente del computador. En el carro manejando al trabajo. Caminando por los pasillos del supermercado. Lavándonos los dientes. Desprovistas del sentido que puede darles el futuro, todas esas cosas parecen nimias y carentes de valor por sí mismas.
No importa si se trata del sueño de tener diez millones de dólares, ganar el premio Nóbel, conseguir a nuestra alma gemela o alzanzar la iluminación espiritual; todas esas fantasías cumplen la misma función: cubrir la realidad desnuda del momento presente para hacer que parezca tener sentido y valga la pena vivirlo. Esa parece ser la sal de la vida: el futuro.
El azúcar
¿Qué pasa cuando nos quedamos completamente en el momento presente? Primero están las sensaciones, percepciones, emociones y pensamientos. Debajo de todo eso hay vacío. Y el vacío parece desolador. Parece pedir desesperadamente que lo llenemos con algo que pueda ser experimentado por los sentidos. Es por eso que buscamos cosas que estimulen nuestros sentidos con intensidad: para que ese vacío desaparezca. Ese parece ser el azúcar de la vida: el placer.
Así pues, tenemos dos estrategias para huir del vacío: nos olvidamos de él con las fantasías del sentido que parecen brindar los objetivos y el futuro (esa sería la sal) o saturamos al presente con experiencias placenteras o estimulantes para cubrir a ese vacío (ese sería el azúcar).
La vida, así no más, no parece tener un sabor que querramos experimentar. Por eso la cubrimos con el aderezo de los placeres y los objetivos en el futuro. Pero, al igual que sucede con la comida, si nos permitimos experimentarla sin aderezos, aunque al comienzo parezca desabrida o incluso amarga, como en el caso del Caballero de la armadura oxidada, luego nos daremos cuenta de su verdadero sabor, que será mucho más satisfactorio que todas las fantasías o los placeres con los que la adornábamos.
El vacío
En lo profundo del vacío hay un secreto esperando a que tomemos consciencia de él: el amor. El amor es el vacío mismo. Ese espacio inmenso donde aparece todo lo demás que pobla el momento presente, ese espacio vacío, ese vacío que subyace a todo, ese vacío es el amor mismo. Cuando lo experimentamos en su totalidad, nos damos cuenta de que en ese vacío está ya todo. Aquí. Ahora. Es lo que somos.
El vacío es amargo y desolador al comienzo. Luego es pleno y ya no le falta nada. Y entonces, una vez conoces su verdadero sabor, puedes volver a cubrirlo de experiencias, pero no dejarás de sentirlo, o podrás retomar consciencia de él con facilidad. Y ese sabor subyacente será más preciado para ti que las fantasías del futuro y los estímulos sensoriales.
Requiere de práctica quedarnos en ese vacío, pues a primera vista parece un desperdicio. Como comer vegetales sin aderezo: parece un desperdicio, sabiendo que podríamos darles sabor y así tener una experiencia que valga la pena. Como quedarnos un viernes por la noche en solos y en silencio. ¡Qué perdida de tiempo, sabiendo que el mundo está lleno de gente interesante y de música, sustancias y experiencias placenteras! El silencio, que es el equivalente del vacío en el plano sonoro, parece un desperdicio. Parece que al quedarnos con el vacío y el silencio estamos renunciando a la vida; parece que estamos dejando de vivir las experiencias que le dan sentido a la vida, que le dan sabor, que hacen que valga la pena vivirla.
Así es. Al comienzo, tomar jugo sin azúcar parece un despropósito. Incluso parece una forma de desperdiciar el jugo. Pero esto es así sólo hasta que adquieres la sensibilidad para sentir las sutilezas del sabor de la fruta. Entonces ves que ese sabor es valioso por sí mismo, y mucho más preciado que el azúcar.
Te invito, pues, a descubrir el sabor del vacío y del silencio. Es decir, te invito a que experimentemos el amor que yace en nuestro corazón, ese amor que es el vacío mismo.
Nunca antes había sido tan fácil obtener información sobre cualquier tema. Nunca antes habíamos tenido acceso a tantos consejos y tantas ideas. Cada día aparecen nuevas técnicas, nuevas teorías, nuevas invitaciones, nuevas dietas, nuevos hábitos. Este artículo hace parte de esa gigantesca cantidad de información que tienes a tu disposición para impulsar tu crecimiento personal.
Sin embargo, «más» no es siempre sinónimo de «mejor». Tanta información puede hacer que nos perdamos y confundamos. Un maestro espiritual da un consejo y otro da el consejo opuesto. Alguno de los dos debe estar equivocado. Y luego aparece un experto que explica por qué no debemos seguir a ningún maestro. Y ya no sabemos qué creer ni a quién seguir.
Para mí la respuesta es fácil de enunciar aunque difícil de poner en práctica: sigue tu corazón.
El hecho de que una técnica haya funcionado para alguien no significa que te servirá a ti. Puede que esa dieta haya ayudado a sanar a un escritor o incluso le haya permitido a varias personas vivir más de cien años; eso no significa que esa sea la dieta adecuada para ti.
Cuando leo las frases que tengo guardadas para poner en Twitter y para hacer los memes de mis redes sociales, con frecuencia me encuentro con algunas que ya no resuenan conmigo. Y no porque lo que dicen no sea valioso, sino simplemente porque en este momento no son para mí.
Hay técnicas de meditación que me han ayudado a crecer mucho y por las cuales estoy muy agradecido, pero ya no son para mí. En este momento necesito algo diferente. Y puede que esas técnicas sean lo mejor que le puede pasar a muchas personas en este momento.
Por eso es importante que recibas los consejos con el corazón abierto, y dejes que sea tu corazón quien decida si es el momento para ti de ponerlos en práctica. No importa si le salvaron la vida a alguien. No importa si llevaron a que tal o cual maestro se iluminara. Eso no significa que sean lo que tú necesitas ahora. Sólo tu corazón sabe.
Para algunas personas (incluido yo), dejar de comer carne es parte importante de su desarrollo espiritual, pero eso no significa que tú debas dejar de comer carne. Tal vez en tu caso sería un impedimento para tu despertar. Hay personas que dejan por completo de tener sexo como parte de su práctica espiritual y es evidente que eso las ayuda y les ayuda a progresar, pero eso no significa que tú debas dejar el sexo. Hay otras personas que asumen la sexualidad como parte de su práctica sagrada y expanden su consciencia a través de su relación de pareja, pero eso no significa que estar en una relación sea para ti la manera más rápida de crecer. Tal vez en diez años dejes de comer carne o vuelvas a comerla; tal vez en diez años dejes de tener sexo o comiences a hacer tantra como parte de tu práctica espiritual; tal vez llegue el momento en que te des cuenta de que levantarte todos los días en la madrugada impulsa tu proceso, o que dejes de lado para siempre los horarios y fluyas cada día de manera diferente. Tal vez nada de eso suceda. Hay tantos caminos espirituales como personas en este planeta.
Al ver que un hábito o técnica ha funcionado para alguien más, es muy tentador creer que también funcionará para nosotros. Al ver que hacer o dejar de hacer algo nos sirvió en el pasado, es natural creer que si repetimos lo que hicimos obtendremos los mismos resultados. Pero no siempre es así. Solo a veces.
No tengas miedo de extraviarte por dejar de tomar el camino que le ha servido a los demás o que incluso te ha servido a ti en el pasado. Un águila que trate de imitar a un tiburón seguramente se ahogará, y una empresa que adopte ahora las mismas estatégias de márketing que le ayudaron a crecer hace veinte años podría irse a la quiebra.
No sigas a los demás solo porque te gusta lo que tienen o lo que han logrado en sus vidas. Síguelos solo si tu corazón te invita a hacerlo.
¿Y cómo seguir el corazón? En silencio profundo. Conéctate con el silencio y allí encontrarás la voz de tu corazón. Pero eso es lo que me funciona a mí. Tal vez este consejo no sea para ti. Tal vez en este momento debes ignorarme y continuar siguiendo ese libro, ese maestro, esos recuerdos. Es posible.
Hace unos años un amigo comenzó una revista digital llamana El Muro, para la cual escribí varios artículos sobre crecimiento personal. La revista cerró hace poco y los artículos y ya no están disponibles en internet. Voy a republicar algunos en este blog. Aquí el primero. Es un extracto de una entrevista que le hice al escritor colombiano Mario Mendoza como parte de una asignatuta que cursé para una maestría en Pediodismo.
¿Fue
difícil tomar la decisión de dedicar tu vida a escribir literatura?
El proceso para tomar esa decisión fue complicado. Desde pequeño me
gustó la literatura, pero cuando terminé el bachillerato decidí estudiar
medicina, y lo hice para no desilusionar a mi padre. Pronto me di cuenta de que
esa elección había sido un gran error, y
de que mi vida iba a ser un desastre si no era honesto conmigo mismo, pues yo
solo me sentía bien leyendo y escribiendo. Entonces un día fui a la oficina de
mi padre y le dije que no quería estudiar medicina porque no me gustaba, y que
en cambio iba a estudiar literatura. La desilusión de mis padres fue tal que
tuve que empacar maletas e irme de mi casa.
En los años que siguieron me tocó aguantar condiciones difíciles.
Después de haber vivido en el norte con todas las comodidades, y de haber
estudiado en un colegio privado, tuve que vivir en cuartos de alquiler en El
Quiroga, en el sur de Bogotá; y también en Las Cruces y en La Candelaria. Fue
una experiencia compleja, pero me dejó cosas bonitas, y sobre todo una gran
humildad. Me acerqué a la gente: al panadero de la esquina, a la prostituta, al
vendedor de bazuco. Aprendí que yo no era especial, que no era superior, que
era uno más.
¿Cómo fue tu vida de escritor
después de terminar tus estudios universitarios?
Cuando terminé literatura en la Javeriana me gané una beca y me fui
para España. A los dos años regresé y me dediqué a la docencia. Entonces ya
escribía, pero la decisión de dedicarme por entero a la literatura la tomé
cuando ya llevaba diez años como profesor. Un día me encontré en mi oficina
leyendo un poema de un solo verso que decía:
Salta, ya aparecerá el piso.
Me pareció tan hermoso, tan revelador, que renuncié y me dediqué solo a
escribir. Me di cuenta de que muchas veces vamos por la vida aferrados a lo que
tenemos, con miedo, pero para ser feliz no hay que tener miedo de nada, hay que
saltar y ya, en algún lado tendrá uno que caer. Siempre hay un piso
esperándonos en alguna parte, solo tenemos que dar el salto y llegar hasta el
piso que nos corresponde.
Entonces yo salté y me encerré a escribir. Salté en el año 2000, y me demoré cayendo en el vacío dos años. Fue un salto en el que al comienzo sentí que no tenía piso. Solo caía y seguía cayendo. Hasta que llegó un punto en el que no tenía con qué comer, literalmente no tenía con qué comer. Recuerdo que cuando estaba escribiendo Satanás,un amigo a quien adoro, que es monje budista, llegó un día a mi apartamento con todos sus ahorros y me los entregó. Puso el dinero sobre la mesa del comedor y me dijo “No tengo más, viejo, pero esto tiene que ayudarte para terminar el libro; y fresco, que ahí vas bien”. Para mí eso fue tremendo. Ya estaba con plata prestada, tal como lo veía, las cosas iban muy mal. Y cuando parecía que no había salida, me gané el premio por Satanás. Es decir, a mí el piso me estaba esperando en Barcelona, en el hotel en el que me dieron ese premio Yo creo que la vida es así: uno debe pegar el salto y jugársela a fondo. Una sensación horrible debe ser estar en una clínica en cuidados intensivos, después de que a uno le diagnostiquen una enfermedad terminal, y ponerse a pensar: “¿Qué hubiera pasado si yo me hubiera atrevido?”. Creo que debe ser una de las peores formas de morir. Por eso hay que salir al campo y entregarlo todo, y cuando se tiene esa satisfacción, uno recibe a la muerte de otra manera, uno dice “Si hay que morir nos morimos, pero yo lo entregué todo”. Uno se arrepiente de todo menos de haber sido valiente; de eso no se arrepiente nunca, aunque se equivoque. Es como si uno sale a jugar fútbol y lo deja todo en el campo. Después se va a sentir bien, así llegue a la casa adolorido y con el uniforme embarrado. Es más, puede que haya perdido catorce a cero, pero uno sabe que dio lo mejor de sí, y eso es mucho mejor que quedarse mirando el campo desde fuera, cuando en realidad tiene ganas de jugar.
Hace un tiempo tomé un taller en línea con Neale Donald Walsh, el autor de Conversaciones con Dios. Podíamos hacer preguntas por teléfono, y una mujer lo llamó para pedirle que la ayudara a superar la muerte de su pareja. El consejo que él le dio me pareció maravilloso. Le dijo que abriera un grupo de ayuda para personas que hubieran perdido a su pareja hace poco. Que ofreciera en su casa de manera gratuita el espacio para reunirse con otras personas que estuvieran pasando por su misma situación y tratara de ayudarlas.
Este consejo se deriva de una de las ideas que más me gustan de Conversaciones con Dios : la forma más fácil de obtener algo es ayudar a los demás a que lo obtengan. Si quieres paz, ayuda a los demás a tener paz. Si quieres felicidad, ayuda a los demás a tener felicidad. Si quieres aprender algo, enséñalo.
Esto lo he podido comprobar con mis proyectos. Muchas de las reflexiones que he compartido me han ayudado inmensamente en mi crecimiento personal. Al compartirlas con otros, me las enseño y las refuerzo en mí. A veces voy por la calle, y me doy cuenta de que estoy a punto de caer en un viejo patrón de comportamiento o de pensamiento que me hace sufrir. Y entonces vienen a mi mente palabras que yo mismo he escrito sobre temas relacionados con lo que pasa en mi interior, y esas palabras me ayudan a cambiar mi energía y a sanar.
Es por esto que muchas veces, antes de empezar, pienso en qué es lo que necesito aprender, qué es lo que quiero sanar, y trato de compartir con los demás herramientas para lograr aquello que yo mismo deseo para mí.
Esta estrategia funciona porque las ideas se refuerzan al compartirlas. Cuando compartimos una idea no la perdemos: esta idea crece en nuestra mente y se vuelve más clara.
Da, pues, lo que quieres recibir. Pero no des con la intención de que el universo te dé luego de vuelta eso que comparte. Si das con esa intención, en realidad no estás dando, estás tratando de tomar, y lo que enseñarás será la idea de la carencia que te impulsa a tratar de obtener cosas de los demás; en consecuencia, aprenderás carencia y la experimentarás.
Da sabiendo que en el preciso instante en el que compartes ya te estás dando a ti mismo aquello que compartes. Esto muy claro, al menos, en el caso de las ideas. Pero también puede suceder con cosas externas, pues las cosas externas son solo consecuencias de nuestro estado mental, y nuestro estado mental cambia cuando compartimos. Por ejemplo, a veces tenemos la idea de que estamos en carencia. Esta idea de carencia es solo una forma de percepción. No nos damos cuenta de todo lo que tenemos. Creemos que nos faltan muchas cosas. Cuando empezamos a dar, nos damos cuenta de que tenemos para mucho dar y, por tanto, nos volvemos conscientes de nuestra abundancia; y cuando tenemos una real consciencia de abundancia, es mucho más fácil crear o manifestar cosas en el plano externo. Así, al compartir nos volvemos más abundantes.
Es muy poderoso cuando dejamos de mirar lo que nos falta y comenzamos a preguntarnos qué podemos dar.