El propósito espiritual de la soledad

Hace poco vi una charla del maestro espiritual Matt Kahn que me pareció muy inspiradora. Transcribiré aquí un breve fragmento que me encantó sobre la soledad:

El propósito espiritual más profundo de la soledad es que la soledad es la manera como superamos la ilusión de que estamos solos.

Y es que solamente experimentamos estar aislados hasta que nos volvemos conscientes de que el Universo siempre está con nosotros y de no existe algo así como ‘estar a solas’.

El Universo es siempre un amigo y un compañero para ti, y siempre está dentro de ti, no afuera de ti. En consecuencia, sólo pasamos tiempo ‘a solas’ hasta que tomamos consciencia de nuestra verdadera compañía en nuestro interior. Y esa compañía que está en nuestro interior es la completud y la plenitud que no puede ser afectada por las circunstancias externas ni por las pérdidas.

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El cuerpo interior

Uno de los bellos conceptos que el maestro Eckhart Tolle utiliza para guiarnos hacia el momento presente es el cuerpo interior. En su libro En Unidad con la Vida, nos propone el siguiente ejercicio para que tomemos consciencia del cuerpo interior:

“Si usted no está familiarizado con la consciencia del ‘cuerpo interior’, cierre los ojos por un momento y descubra si hay vida en sus manos. No le pregunte a su mente. Dirá: ‘No puedo sentir nada’. Probablemente dirá también: ‘Dame algo más interesante en lo que pensar’. Así que en vez de preguntarle a su mente, vaya directamente a sus manos. Con esto quiero decir que se haga consciente de la sensación sutil de vitalidad que hay dentro de ellas. Está ahí. Sólo tiene que llevar su atención allá para percibirla. Puede sentir una ligera sensación de cosquilleo al principio, después una sensación de energía o vitalidad. Si concentra su atención en sus manos durante un rato, el sentido de vitalidad se intensificará. Algunas personas ni siquiera tendrán que cerrar los ojos. Podrán sentir sus ‘manos internas’ al mismo tiempo que leen esto. Después vaya a sus pies, detenga su atención allí durante un minuto más o menos y empiece a sentir sus manos y sus pies al mismo tiempo. Después, incorpore otras partes del cuerpo (piernas, abdomen, pecho, etcétera) a esa sensación, hasta que sea consciente del cuerpo interior como una sensación general de vitalidad, extendida por todo el cuerpo.”

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Bianilys Jaquez.

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El Camino del Corazón

Hace ya cinco años que, navegando por Twitter, me encontré con un libro que me cautivó: The Way of the Heart. Al sumar mi gusto por el libro con mi pasión por los libros en general, decidí contactar a la autora y traducirlo. Eso dio lugar a El Camino del Corazón, el primer libro que edité y traduje con Caminos de Conciencia.

Es un libro canalizado de las almas de Jesús (Yeshúa) y María Magdalena, maestros ascendidos. Un poco en la tradición de Un Curso de Milagros (cuyo autor es Jesús), mi principal práctica espiritual, pero en un lenguaje mucho más sencillo y accesible. Te quiero compartir ahora un pasaje que resuena mucho conmigo y con la forma como entiendo la espiritualidad. Se trata del prólogo del libro, en el que se señalan los requisitos para leerlo y se te invita a mirar si tu corazón desea leerlo.

María Magdalena: El camino del corazón es una práctica antigua que fue enseñada en escuelas de misterios. Se trata de reconectarte con la raíz de nuestro ser, la Fuente. Durante los primeros años de tu vida, olvidas la conexión con la Fuente: el ego toma el control y construye un mundo de separación. El camino del corazón te enseña cómo deshacer ese proceso.

Yeshúa: Empecemos entonces con los conceptos básicos.

Para aprender el camino del corazón es necesario primero que aceptes la Unidad como la base del mundo. La Unidad es Dios. Dios es Unidad. La Unidad es el vínculo entre todas las personas. Es la verdad última. El resto son detalles; desde tu perspectiva, puede parecer que se trata de muchos detalles. Desde nuestra perspectiva, esos detalles son ilusión.

El segundo requisito es que debes estar dispuesto a intentar. Esto no quiere decir que le des una oportunidad como lo harías con cualquier otro curso; quiere decir que necesitas entregar tu voluntad a la enseñanza y aceptar el poder de la enseñanza sobre tu vida. Este es un requisito es muy importante: si no lo haces, tu mente, o tu ego, siempre encontrará la manera de pelear contra la enseñanza. El trabajo que terminarás haciendo será mental; no tendrá ningún impacto en tu vida.

El tercer requisito no es menos importante: confía en ti. Confía en que estás leyendo estas palabras por una razón y elige estar aquí con nosotros. La duda es cosa del ego. La confianza es cosa del alma.

María Magdalena: Confiar en el alma significa abrirte a la posibilidad de que un poder más elevado gobierne tu vida. Eso no significa que estás “renunciando a tu vida y entregándosela a Dios”. Significa que aceptas ser un verdadero cocreador.

Yeshúa: La verdadera cocreación solo sucede cuando tu alma está involucrada; es tu recompensa por conectarte con Dios.

Ahora que conoces los requisitos, debes tomar distancia y decidir si esta es la acción correcta para ti en este momento.

Si esta palabras resuenan con tu corazón y deseas explorar este hermoso libro, tengo el gusto de informarte que ya está disponible en varios países de habla hispana en formato impreso y en todo el mundo en formato digital.

Espero que dejes de leer este blog

Un Curso de Milagros tiene una frase que me fascina:

El propósito de un buen maestro es hacerse innecesario.

No soy un maestro espiritual en el sentido de que no he alcanzado un estado interno de maestría, de iluminación. Pero soy maestro en el sentido en el que todos somos maestros. Tengo cosas para compartir y, si deseas, puedes aprender de mí si lo necesitas. Ojalá pronto ya no lo necesites.

He dado clases de españos en varias universidades, y, cuando lo hago bien, mis alumnos dejan de necesitarme. Un buen maestro no busca seguidores. Busca compartir todo lo que tiene. De manera que sus alumnos lleguen a un punto en el que ya no tengan nada que aprender de él y puedan prescindir de sus servicios. En otra palabras, un buen maestro no busca crear seguidores, sino crear maestros.

No te voy a mentir. Deseo que este blog crezca y que cada vez lo lean más personas. Y deseo esto porque creo que hay mucha gente a la que le podría ayudar en su camino. Sin embargo, sueño con un mundo iluminado, en el que nadie tenga ya necesidad de enseñanzas espirituales.

Ojalá pronto yo no tenga nada para decir de lo que no seas consciente ya. Ojalá que encuentres en ti verdades más elevadas, y leas esto sólo como escucharías el balbuceo de un niño. Ojalá llegue el punto en el que no te interese leer mensajes como este.

Bendiciones en tu camino.

Sitka Spruce & Devil’s Club above shore of Beaver Lake, Sitka July 2009

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La clave del perdón verdadero

Una de las ideas que más me sorprendió de Un Curso de Milagros es la forma como entiende el perdón. El siguiente pasaje me parece maravilloso:

[…] el perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: “Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado”. Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposible, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa. (Capítulo 27, II, 2, 7-10)

¡Qué forma tan maravillosa de ver el perdón! Según lo que propone el texto, perdonar es igual a sanar. Perdonar no es creer que te han herido, sentir que te han herido, y pasar por alto la ofensa. Pues eso establece que la ofensa es real. Y si la ofensa es real, quien te hirió es culpable. El perdón verdadero quita toda culpa de los hombros de tu hermano. Le dice: “En realidad no eres culpable, pues no me has hecho nada. Y la prueba de que no me has hecho nada es que estoy sano”.

De esta manera, en realidad, perdonar es reconocer que no hay nada qué perdonar. Es este el perdón de Jesús cuando resuscita y dice: “Mírenme, estoy sano. No me hicieron nada, en realidad. Lo que creyeron que me hicieron, es sólo una ilusión. No hay nada qué perdonar”.

De alguna forma, este perdón máximo, el perdón más elevado, no es en realidad un perdón. Es simplemente ayudarle al otro a ver que es y siempre ha sido inocente. Es por esto que también Jesús nos dice en Un Curso de Milagros: “Dios no perdona porque nunca ha condenado. Y primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario” (Libro de ejercicios, Lección 46, 1, 1-2).

Pero, me dirás: ¿Qué hacer cuando sé que la ofensa es real, cuando tengo la evidencia de que en realidad me hirieron? Mi respuesta es: ten la intención de sanar. Y comienza por cosas pequeñas. Sanar algo extremo requiere de un grado de maestría (por ejemplo, sanar el haber sido crucificado, que es el ejemplo máximo de perdón que Jesús nos ofreció).

Sanar es darte cuenta de que en realidad no te han hecho nada. Y una forma de empezar a tomar consciencia de esto es darnos cuenta de que aquello que es atacado u ofendido no es real. Lo que puede ser atacado es el ego o el cuerpo. Y ninguno de los dos es real en última instancia. Son solo ilusiones. Lo que eres en realidad, tu escencia verdadera, no puede ser atacada.

La idea de que el cuerpo no es real puede ser muy difícil de aceptar al comienzo. Por tanto, es mejor empezar la práctica del perdón con aquellos casos en los que es evidente que lo único que es atacado es nuestro ego: la idea que tenemos de nosotros mismos. Pasa alguien por la calle y te mira mal. ¿Te hizo algo? No, en realidad es sólo tu ego el que se siente ofendido. Pero en verdad a ti no te hizo nada. Por tanto, no hay nada qué perdonar.

Así, perdonar es sanar; sanar es reconocer que no te han hecho nada; y reconocer que no han te han hecho nada es identificarte con tu verdadera escencia, que no es el ego ni el cuerpo. Perdonar es reconocer que, a aquello que es verdad en ti, no le han hecho nada, y nunca jamás podrían hacerle nada.

Por momentos parece imposible asumir este punto de vista. Pues parecen muy reales el daño y el sufrimiento. Pero, de nuevo, la invitación es a empezar con cosas pequeñas.

Para Un Curso de Milagros, aprender a perdonar es igual a sanar y es igual a alcanzar el mayor grado de consciencia espiritual, pues implica reconocer tu verdadera identidad, que no puede ser atacada. Y llegar a ese nivel máximo de perdón puede ser el trabajo de toda una vida (o de muchas vidas, si crees en la reencarnación).

Te aseguro, sin embargo, que hoy tendrás la oportunidad para practicar este maravilloso punto de vista con algo sencillo y pequeño. Seguro. Algún comentario de tu pareja o tus hijos. Alguien que te desaprueba y te sientes atacada. No sé. Alguien que te ignora. Alguien que se te atraviesa en el tráfico mientras manejas. Ya lo sabrás cuando suceda.

Algo sí te puedo asegurar. Una de las experiencias más maravillosas que hay es poder decirle a un amigo, a un hermano que creyó que te hizo daño: “Mírame. Estoy sano. No me hiciste nada. Mi amor por ti está intacto. Eres completamente inocente”. Poder decir eso sintiéndolo de corazón, poder mostrarlo de forma evidente, créeme, es de las cosas más lindas que hay.

Por último, pero no menos importante: para empezar, lo primero es perdonarnos por no ser capaces de perdonar. Usar cualquiera de estas ideas para juzgarnos, castigarnos y condenarnos sería algo completamente absurdo y ridículo (pero es lo que el ego primero intentará, así que ríete cuando caigas en cuenta de su locura). Toma estas palabras como una invitación amorosa. Camina hasta donde puedas, pero no te juzgues jamás por la dificultad que pueda aparecer al tratar de ponerlas en práctica.

Azucenas, símbolo de perdón en Un Curso de Milagros.

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Ejercicio para ir más allá del pensamiento

Hoy te quiero compartir un ejercicio hermoso para que vayas más allá del pensamiento y te ancles en el momento presente, el único momento que existe. Tomé este ejercicio del libro En unidad con la vida, de Eckhart Tolle:

Escoge un objeto cercano a ti (un esfero, una silla, una taza, una planta) y explóralo visualmente, es decir, míralo con gran interés, casi con curiosidad. Evita objetos que tengan asociaciones personales fuertes y que te recuerden el pasado, por ejemplo, dónde los compraste o quién te los regaló. Evita también cualquier cosa que tenga algo escrito, como un libro o una botella. Esto estimularía el pensamiento.

Sin esforzarte, relajada pero alerta, préstale total atención al objeto, a cada detalle. Si surgen pensamientos, no te involucres en ellos. No estás interesada en los pensamientos sino en el acto de la percepción misma. ¿Puedes separar el pensamiento de la percepción? ¿Puedes mirar sin la voz adentro de tu cabeza que comenta, que saca conclusiones, que compara o que trata de descifrar algo?

Después de un par de minutos, deja que tu mirada vague por la habitación o el lugar donde estés, iluminando con tu atención alerta cada cosa sobre la que ella descanse.

Entonces, escucha los sonidos que haya. Escúchalos de la misma manera como miraste las cosas a tu alrededor. Algunos sonidos pueden ser naturales (agua, viento, pájaros) mientras que otros serán producidos por el hombre. Sin embargo, no los diferencies en buenos y malos. Permite que cada sonido sea como es, sin interpretación. Aquí la clave es también la atención relajada pero alerta.

***

Cuando percibimos sin interpretar o etiquetar mentalmente, lo cual significa sin añadir pensamiento a nuestras percepciones, podemos sentir incluso la conexión más profunda por debajo de nuestra percepción de cosas que en apariencia no tienen un vínculo.

Foto tomada de la cuenta de Instagram @omeryesilirmak_

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¿Ojo por ojo?

En Conversaciones con Dios, de Neale Donald Walsh, Dios dice que Hitler fue al Cielo. Y que toda persona, sin importar lo que haga, estará en el Cielo. Es una idea que suele generar gran resistencia. ¿Por qué?

Porque uno de los impulsos más básicos del ego es la necesidad de castigo y de venganza. Esta es la idea de que al ladrón se le deben cortar las manos y de que el asesino debe ser asesinado. Ojo por ojo.

En el plano espiritual, estas ideas se manifiestan como la creencia en el infierno y en el karma. Si viviste bien, serás premiado. Si te portaste mal, serás castigado. Si en una vida pasada abusaste de otros, en una vida posterior abusarán de ti.

¿Y si el asesino fuera recibido con los brazos abiertos siempre en el corazón de Dios? “Imposible”, dice el ego.

Desde el punto de vista del ego, la parábola del hijo pródigo no tiene sentido: un hijo se va y despilfarra todas las riquezas que le dio su padre, pero cuando regresa no recibe un castigo sino una fiesta en su honor. Al ego esa idea le parece injusta, pues cree que el amor de Dios es algo que tiene condiciones: se puede perder y si se pierde hay que pagar para recuperarlo.

La enseñanza de la parábola del hijo pródigo es que el amor de Dios no tiene condiciones. Podemos perderlo de vista, pero nunca nos será negado si volvemos nuestros ojos a Él. En realidad, el Amor no puede perderse jamás, pues el Amor es lo que somos y siempre seremos, sin importar las locuras que creamos hacer en el sueño en el que nos encontramos.

Solo tenemos que decidir regresar a nuestro padre y aquí está, justo en ese momento, la fiesta de recibida, sin ningún pago previo, sin ninguna penitencia.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Matt DeLuca.

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Silencio

Tratar de apagar el ruido de la mente a través de palabras y pensamientos es, obviamente, como tratar de apagar un incendio con gasolina.

El silencio llega cuando nos permitimos parar adentro de nosotros. No es algo externo.

Esta frase del maestro vietnamita Thich Nhat Nahn me parece un hermoso recordatorio:

“Silencio es algo que viene del corazón, no de afuera. Silencio no significa no hablar ni hacer nada; significa que tú no eres perturbado en tu interior. Si estás realmente en silencio, entonces no importa en qué situación te encuentres: puedes disfrutar del silencio.”

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Fidi Fedol.

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La clave de la abundancia

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Dante Dananjoyo.

Uno de mis maestros espirituales favoritos es Eckhart Tolle. Y algunas de sus ideas sobre la abundancia han estado rondando mi cabeza en los últimos días. Les comparto este extracto tomado de su libro Una Nueva Tierra:

Reconocer lo bueno que ya tenemos es la base de la abundancia. El hecho es que cada vez que creemos que el mundo nos niega algo, le estamos negando algo al mundo. Y eso es así porque en el fondo de nuestro ser pensamos que somos pequeños y no tenemos nada para dar. Ensaye lo siguiente durante un par de semanas para ver cómo cambia su realidad: dé a los demás todo lo que sienta que le están negando. ¿Le falta algo? Actúe como si lo tuviera, y le llegará. Así, al poco tiempo de comenzar a dar, comenzará a recibir. No es posible recibir lo que no se da. El flujo crea reflujo. Ya posee aquello que cree que el mundo le niega, pero a menos que permita que ese algo fluya, jamás se enterará de que ya lo tiene. Y eso incluye la abundancia. Jesús nos enseñó la ley del flujo y el reflujo con una imagen poderosa. “Den y se les dará. Recibirán una medida bien apretada y colmada” (Lucas 6, 38).

La fuente de la abundancia no reside afuera de nosotros, es parte de lo que somos. Sin embargo, es preciso comenzar por reconocer y aceptar la abundancia externa. Reconozca la plenitud de la vida que lo rodea: el calor del sol sobre su piel, la magnificencia de las flores en una floristería, el jugo delicioso de una fruta o la sensación de empaparse hasta los huesos bajo la lluvia. Encontramos la plenitud de la vida a cada paso. Reconocer la abundancia que nos rodea despierta la abubdancia que yace latente dentro de nosotros y entonces es sólo cuestión de dejarla fluir. Cuando le sonreímos a un extraño, proyectamos brevemente la energía hacia afuera. Nos convertimos en dadores. Pregúntese con frecuencia, “¿qué puedo dar en esta situación; cómo puedo servirle a esta persona, cómo puedo ser útil en esta situación?”. No necesitamos ser dueños de nada para sentir la abundancia, pero si sentimos la abundancia interior constantemente, es casi seguro que nos llegarán las cosas. La abundancia les llega solamente a quienes ya la tienen. Suena casi injusto, pero no lo es. Es una ley universal. Tanto la abundancia como la escasez son estados interiores que se manifiestan en nuestra realidad. Jesús lo dijo así: “Porque al que tenga se le dará más, y al que no tenga, aun lo poco que tiene se le quitará” (Marcos 4, 25).

***

Eckhart Tolle nació en Alemania, donde vivió hasta los 13 años. Se graduó de la Universidad de Londres y fue investigador de la Universidad de Cambridge. A los 29 años una profunda transformación espiritual cambió el rumbo de su vida. En los años siguientes se dedicó con devoción a entender, integrar y profundizar esa transformación que marcó el inicio de un intenso viaje interior. Comenzó a trabajar como consejero y maestro espiritual con personas independientes o grupos pequeños en Europa y Norteamérica. Luego de publicar El Poder del Ahora, adquirió reconocimiento a nivel mundial. Hoy trabaja dando talleres a grandes grupos y ofrece sus enseñanzas a través de su página de internet.

Tu verdadero propósito

En una charla de Eckhart Tolle, uno de los asistentes le preguntó: “¿Cuál es mi verdadero propósito?”. Eckhart Tolle respondió: “Su verdadero propósito es estar aquí sentado frente a mí, escuchando”. Y continuó: “Luego, cuando esté en su casa tomando un vaso con agua, su verdadero propósito será estar en su casa tomando un vaso con agua”.

Usualmente, este no es el tipo de respuesta que queremos oír cuando preguntamos por cuál es nuestro verdadero propósito. Esto es así porque para la mente el propósito siempre debe estar en el futuro. En consecuencia, para la mente el momento presente siempre es un medio para alcanzar un propósito en el futuro, y tiene la idea de que ese futuro traerá la paz, la plenitud y la felicidad.

La invitación de Eckhart Tolle es a tomar este momento, ahora mismo, y cada momento, como un fin último en sí mismo. En este momento, mientras lees, mientras caminas a la tienda, mientras manejas tu auto, en este momento. En este momento está ya tu destino. Ya estás, siempre estás en tu destino. Pero no nos damos cuenta porque nos hemos embarcado en el sueño de un viaje cuyo destino está en el futuro, que, por supuesto, no existe, no ahora. Por eso la mente nunca encuentra la satisfacción, pues siempre busca en lo que no existe (el futuro) e ignora y pasa por alto lo único que es real (este momento).

Abraza, saborea tu destino. Ya estás en él, ya estás realizando tu propósito. No se trata de moverte o de transformarte. De ir a un lugar diferente. Se trata de despertar a lo que ya es.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Jessica Ward.

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