Películas de la mente

En los últimos días estoy escribiendo mucho a mano. Por eso decidí comprarme una bella pluma. Tiene un trazo muy agradable, por lo que estoy muy feliz con mi compra. Sin embargo, hoy en la mañana el trazo cambió. De repente se volvió más delgado. Entonces me preocupé y pensé que de pronto se le había acabado la tinta. Le cambié el cartucho de tinta y volví a escribir. El trazo seguía siendo más delgado que al principio.

Resignado, pensé que mi pluma había salido de mala calidad y que debía ir a quejarme a la tienda donde la compré. ¿Cómo es posible que con solo un día de uso cambie el trazo tanto y se vuelva delgado de un momento para otro?

Por casualidad, miré las primeras páginas del cuaderno en el que estoy escribiendo y volví a escribir en ellas para comparar el trazo inicial con el nuevo trazo más delgado. Para mi sorpresa, la pluma volvió a escribir con el mismo trazo que al comienzo.

Después de algunas pruebas, me di cuenta de que lo que había cambiado era el papel. De un momento para otro, el espesor del papel cambia en mi cuaderno y por eso cambia súbitamente el grosor del trazo de mi pluma.

Ya tenía una película en mi cabeza de lo que estaba pasando. La causa era clara: la mala calidad de la pluma. Y esto me generaba malestar y molestia con la tienda. Ya me imaginaba yendo a quejarme y a pedir una pluma nueva. Pero era una película falsa.

Es fácil interpretar todo automáticamente y decidir en unos pocos segundos quién es el culpable y cómo se deben solucionar las situaciones. Pero la verdad es que las cosas no son siempre como las imaginamos. Por eso, es mejor observar con calma y no dejarnos llevar por las películas de nuestra mente. No son muy fiables.


Foto tomado de la cuenta de Instagram de Samir Belhamra.

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Tigres y fantasmas

Imagina un grupo de nómadas miles de años atrás al caer la noche. Mientras preparan en sitio en el que dormirán, alcanzan a ver a un enorme tigre merodeando en la lejanía. Es claro que hay un peligro del cual deben protegerse. La vigilancia constante es indispensable para evitar que alguno de los miembros del grupo sea devorado. Esto significa que, entre más pendientes y enfocados estén en el peligro, más seguros estarán; si se relajan, tendrán menos oportunidades de sobrevivir.

Así vivieron nuestros antepasados durante decenas (o tal vez cientos) de miles de años: con la necesidad de estar constantemente enfocados en los peligros. No es extraño, entonces, que cuando percibimos un peligro hoy en día nuestra reacción instintiva sea enfocarnos en él, pensar en él obsesivamente.

Enfocarnos en los peligros y no perderlos de vista fue la estrategia que nos permitió sobrevivir como especie, por eso lo seguimos haciendo. Pero esta estrategia se ha vuelto obsoleta, pues ya no estamos rodeados de tigres. En consecuencia, ese viejo reflejo de nuestros antepasados nos lleva ahora a enfocamos en peligros imaginarios, en fantasmas creados por nuestra mente.

¿Qué pasará si hablo con esa persona? ¿Qué pensarán de mí por lo que publiqué en redes sociales? ¿Y si esta decisión que estoy tomando es un error? ¿Seré lo suficientemente atractivo? ¿Se habrá enfadado? ¿Y si no le gusta mi trabajo y no me vuelve a contratar? Lo que tienen en común esas preguntas es que nuestra supervivencia no depende de responder ninguna de ellas. No hay un tigre que venga a comernos. Son solo fantasmas.

Además, nuestra salud se ve deteriorada por el estrés que se produce cuando pensamos obsesivamente en nuestros problemas. Por tanto, la verdad se ha invertido con respecto a nuestros antepasados. Hoy en día, si nos relajamos, tendremos más oportunidades de sobrevivir.

¿Qué hacer?

A diferencia de lo que sucede con los tigres, la mejor manera de lidiar con los fantasmas es no ponerles cuidado. Entre más nos enfoquemos en esas preocupaciones imaginarias, más grandes y poderosas se volverán. Tratar de resolver un problema imaginario dándole nuestra atención es como tratar de apagar fuego echándole gasolina.

Cuando se trata de fantasmas mentales, lo mejor que podemos hacer es relajarnos y enfocarnos en el momento presente o dirigir nuestra atención hacia algo que queramos y nos haga sentir bien. Pero esto es difícil. Son miles de años de condicionamiento. Por eso, para poder relajarnos ante la apariencia del peligro debemos reprogramar nuestros reflejos.

Es importante, sin embargo, aclarar que esto no significa huir de los problemas. No se trata de no mirarlos. Se trata de mirarlos de frente y darnos cuenta de que no son reales. Luego, a partir de ese reconocimiento, dejamos de prestarles atención. De ahí viene la verdadera relajación. Si simplemente huimos de nuestros fantasmas, les seguimos dando poder, pues al huir nuestra mente entiende que hay un enemigo real del que debemos escondernos.

Así pues, el primer paso es darnos cuenta de que en realidad no estamos rodeados de tigres. Estamos a salvo. Al menos aquí, ahora, mientras lees esto, te aseguro que no hay un tigre detrás tuyo. Tu supervivencia no está en juego. Puedes relajarte. Son solo fantasmas.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Shaaz Jung.

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¿Qué tan buen amigo eres de ti mismo?

Piensa en esas veces en las que te ves con un amiga y no hay nada de qué hablar. Si hay una relación profunda o si hay gran afinidad, ese silencio compartido será una experiencia agradable.

Sé que una amistad es profunda cuando podemos compartir y disfrutar el silencio. Eso significa que a cada uno nos gusta la presencia del otro. Entonces no es necesario llenar ese silencio con ruido para sentirnos cómodos. No es necesario hablar de cualquier cosa sólo para pasar el rato. Basta con estar juntos. Nuestra presencia es ya un regalo suficiente.

Creo que lo mismo aplica para la relación que tenemos con nosotros mismos. La calidad de esa relación se ve reflejada en qué tan cómodos nos sentimos cuando estamos solos y en silencio. Entre más rica y profunda sea esa relación, menos tendremos necesidad de llenar nuestra soledad con distracciones o con la charla de nuestra mente. Entonces simplente podemos estar ahí, con nosotros. Nuestra presencia es ya un regalo suficiente.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Photographer_play.

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La importancia de ser ignorante

Si nunca has cocinado y alguien se ofrece a enseñarte a cocinar, no te sentirás ofendido. Pero si llevas toda la vida cocinando y crees que eres un gran chef, puede que el ofrecimiento te parezca un insulto. Y puede que, debido a eso, te pierdas la oportunidad de aprender una nueva receta, tal vez mejor que muchas de las que conoces.

Para ser capaces de aprender debemos reconocer primero que somos ignorantes, y al ego le duele reconocer su ignorancia o su insuficiencia en aquellos temas con respecto a los cuales define su identidad.

Así pues, mira aquellos lugares en los que no te permites aprender de otros. De pronto es tu ego que tiene miedo a sentirse pequeño. Permitirnos reconocer nuestra ignoracia es la clave para seguir creciendo. Es incómodo, pero nos permite evolucionar.

Tal vez es tu jefe, tu subalterno o tu colega que tratan de mostrarte una mejor manera de hacer las cosas, pero los rechazas porque te sientes atacado y ofendido. Tal vez es tu hermano menor que te señala un aspecto en el que eres más inmaduro que él y te cuesta reconocerlo. Tal vez es tu amigo que no tiene tus mismas creencias religiosas pero se ofrece a enseñarte algo sobre la espiritualidad, y rechazas sus enseñanzas, porque atentan contra la idea que tu ego espiritual ha forjado de ti, una idea en la que eres “mejor” que tu amigo y según la cual no tienes nada que aprender de él ni de nadie que no sean los maestros que has venido leyendo por años. Tal vez sea el vendedor de frutas que te dice “¿Quiere que le dé un consejo?” y lo ignoras porque consideras que, si está vendiendo frutas, es porque no tiene nada valioso que enseñarte.

Piénsalo: ¿Cuántos maestros hemos dejado pasar debido a nuestro orgullo?, ¿cuántas oportunidades de aprender hemos perdido? Por eso, si quieres crecer más rápido, aguza tus oídos. Permítete sentirte ignorante. Con verdadera humildad y sin fingirlo permítete ser alumno de aquellos que crees que deberían ser tus alumnos.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Discover New Zealand.

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Dos formas de calmar la ansiedad

Hay dos maneras de calmar la ansiedad: huyendo de ella o adentrándonos en ella.

El primer camino es fácil a corto plazo. Un ejemplo típico es cuando recurrimos a una adicción para escapar de la ansiedad. En el momento la calmamos, pero vernos atrapados en la adicción nos produce más ansiedad una vez el efecto calmante ha pasado (o incluso a veces antes de que pase).

El segundo camino es incómodo ahora. Implica sentir. Implica llevar la luz de nuestra consciencia y posarla con intensidad sobre aquellas emociones que nos duelen. Implica tomar consciencia de nuestro miedo y nuestro dolor y verlos de frente, sin tratar de arrancarlos o aniquilarlos, simplemente quedándonos allí con ellos.

Cuando tenemos la valentía de tomar el segundo camino, podemos acceder al poder de la alquimia de nuestra consciencia, que convierte en luz aquello sobre lo que se posa. Cuando la consciencia pura entra en contacto con nuestro dolor, lo usa como combustible y lo convierte en parte de ella. Lo transforma en más consciencia, en plenitud.

Y esta consciencia, al igual que cualquier músculo del cuerpo o cualquier capacidad intelectual, se fortalece a medida que la ejercitas. Y puedes ejercitarla en cada momento. Ahora, si quieres, puedes tomar consciencia de lo que está pasando en ti y mirarlo amorosamente, regalándole tu atención plena.


Foto tomada de la cuenta de Instagram de Suse.

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La verdad no necesita defensa

Si tuvieras la verdad, ¿por qué sentirías la necesidad de que los demás te dieran la razón? ¿Para qué convencerlos?

No estoy hablando de no compartir. Compartir lo que piensas es maravilloso. Pero, si tus ideas encuentran resistencia, ¿por qué forzarlas, por qué pelear, por qué defenderlas?

La mente es hábil, y puede encontrar respuestas inteligentes a estas preguntas. Sin embargo, en la mayoría de los casos, creo que la razón por la que sentimos la necesidad de defender nuestras creencias es esta: nuestro ego está identificado con lo que creemos y, por tanto, para defender su identidad, debe defender esas creencias.

¿De verdad crees que el mundo sería mejor si todos tuvieran tus mismas creencias y crees que, en consecuencia, para buscar un mundo mejor tienes que obligar a todos a darse cuenta de que tienes la razón? Tal vez esa idea es solo un truco del ego para garantizar su supervivencia.

Permitir que los demás estén seguros y no tengan dudas de que estás equivocado es un gran ejercicio espiritual. Además, siendo honestos, puede que algunos de ellos tengan razón y tú no.

Esta es una invitación a que sientas la necesidad de pelear y la observes. Mira el malestar que surge cuando otro no tiene dudas con respecto a que tú estás equivocado. Observa con atención, especialmente, en aquellos temas que son sensibles para ti y tienden a definir tu identidad. Cuando dejes de pelear extenamente, notarás que tu mente sigue creando discusiones imaginarias en las que gana, para sí reafirmar ilusoriamente la ilusión de que tiene la razón. Al menos así me pasa a mí.

Más valioso que cualquier discusión que puedas ganar es lo que aprenderás de ti cuando pares de defenderte y mires de frente el miedo a perder, el miedo a no estar en lo cierto, el miedo a no ser reconocido, el miedo a que tu castillo de ideas se resquebraje y se venga abajo. Tal vez, solo tal vez, cuando le permitas resquebrajarte encontrarás en lo profundo de los escombros un tesoro cuya realidad nunca sentirás la necesidad de defender ni demostrar. Si lo encuentras, será totalmente irrelevante para ti si los demás piensan que lo has encontrado.

Si tienes necesidad de defender algo, tal vez estás defendiendo una ilusión con la que tu ego está identificado. Tal vez.

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Suse.

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El cuerpo interior

Uno de los bellos conceptos que el maestro Eckhart Tolle utiliza para guiarnos hacia el momento presente es el cuerpo interior. En su libro En Unidad con la Vida, nos propone el siguiente ejercicio para que tomemos consciencia del cuerpo interior:

“Si usted no está familiarizado con la consciencia del ‘cuerpo interior’, cierre los ojos por un momento y descubra si hay vida en sus manos. No le pregunte a su mente. Dirá: ‘No puedo sentir nada’. Probablemente dirá también: ‘Dame algo más interesante en lo que pensar’. Así que en vez de preguntarle a su mente, vaya directamente a sus manos. Con esto quiero decir que se haga consciente de la sensación sutil de vitalidad que hay dentro de ellas. Está ahí. Sólo tiene que llevar su atención allá para percibirla. Puede sentir una ligera sensación de cosquilleo al principio, después una sensación de energía o vitalidad. Si concentra su atención en sus manos durante un rato, el sentido de vitalidad se intensificará. Algunas personas ni siquiera tendrán que cerrar los ojos. Podrán sentir sus ‘manos internas’ al mismo tiempo que leen esto. Después vaya a sus pies, detenga su atención allí durante un minuto más o menos y empiece a sentir sus manos y sus pies al mismo tiempo. Después, incorpore otras partes del cuerpo (piernas, abdomen, pecho, etcétera) a esa sensación, hasta que sea consciente del cuerpo interior como una sensación general de vitalidad, extendida por todo el cuerpo.”

Imagen tomada de la cuenta de Instagram de Bianilys Jaquez.

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¿Y si dejas de pelear?

Hoy hablé con una amiga y al comienzo de nuestra conversación me sentí mal. Ella me hizo preguntas incómodas, dirigidas a cuestionar mis decisiones. Yo me cerré, empecé a defenderme, a justificarme y a contraatacar con otras preguntas.

De repente, en medio de la discusión, miré sus ojos y caí en cuenta de que en realidad quería ayudarme. Dejé de pelear y comencé a escuchar. Aunque no me gustaba lo que me decía, me abrí a la posibilidad de que ella tuviera razón. Abrí mi corazón.

Mágicamente la conversación cambió. Y sentí un alivio en ella, como si de forma inconsciente me dijera: “Gracias por dejarme ayudarte; lo estabas poniendo difícil, pero en realidad quiero ayudarte”.

De repente, empecé a oír en sus palabras una sabiduría que no le conocía. Fue como si estuviera hablando con otra persona. Tal vez esa sabiduría siempre había estado allí, pero mis defensas no me dejaban percibirla.

No siempre encontraremos a un sabio si dejamos de pelear. Pero si siempre levantamos barreras cuando alguien nos dice algo que no nos gusta, seguramente nos perderemos muchos regalos que el universo quiere darnos a través de quienes hablan con nosotros.

A veces lo único que necesitamos hacer para recibir los regalos que el universo tiene preparados para nosotros es dejar de pelear.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Alexander Lauterbach.

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El miedo a tomar decisiones

Cuando yo era pequeño era muy indeciso. En cambio, ahora ya no estoy seguro.

Ese chiste me gusta. Es saludable reírse de uno mismo. Pero es verdad. La indecisión es uno de los temas que estoy trabajando ahora.

Hace poco comencé una terapia dirigida específicamente trabajar mi indecisión. Parte de la terapia ha sido llevar un diario en el que escribo los pensamientos de duda e indecisión que rondan por mi cabeza. Ha sido muy iluminador. Solo escribir y plasmar las ideas en el papel ya te ayuda a tomar distancia del ruido de la mente y te permite observarlo.

Cada vez que tengo ruido en mi cabeza, saco mi cuaderno y me pongo a escribir. Es muy liberador. Lo recomiendo.

Parte de las cosas que vi es que muchos miedos y preocupaciones que a primera vista parecían independientes tienen una causa común. Y son miedos viejos. Han estado allí haciendo ruido desde que tengo memoria. Cuando aparecen en el presente, parecería que son causados por la situación actual. Pero la verdad es que, al leerlos con toda calma y ver sus detalles, vi que la situación actual simplemente los detona. Ellos estás enraizados en la estructura básica de mi ego.

Y solo poder observar esos miedos y ver cómo son más profundos de lo que imaginaba me ha permitido comenzar a sanarlos. Pues para resolver un problema, debemos mirar hacia donde está realmente el problema. Y cuando los miedos y los patrones inconscientes se camuflan en los síntomas, nos quedamos mirando el síntoma y somos inconscientes de su causa.

He aprendido, por ejemplo, que el miedo más profundo que yace bajo la indecisión es el miedo a la culpa. Este miedo se fundamenta en la creencia de que, en el fondo, soy malo. Debido a esta creencia, temo tomar decisiones que vengan de lo profundo de mi ser. Pues, si las decisiones vienen de lo profundo de mi ser, estarán impregnadas de mi maldad, y debido a esto seguramente tendrán malas consecuencias para mí y para quienes me rodean. En consecuencia, es mejor que los demás decidan por mí. Así, al menos, si el resultado trae sufrimiento, no será mi culpa. No seré yo el responsable del sufrimiento de los demás.

Ver estos patrones dementes de pensamiento que, por supuesto, no tienen nada que ver con la realidad, me ha ayudado a que el miedo a tomar deciciones se disuelva, pues es un miedo basado en la locura.

Sé que no hay garantías. Que mis decisiones pueden ser errores. Que no tengo el control. Pero también sé queblo que sea que decida, si lo decido con honestidad, me traerá lo que más me sirve para mi evolución. Que sea doloroso o no es secundario. Lo que surge de mí surge del amor y la luz. Por tanto, no tendo por qué temer sus consecuencias.

Ver las causas de mi miedo, al menos en este caso, me ha ayudado a comenzar a amarlo, disolverlo y atravezarlo.

Foto tomada de la cuenta de Instagram deDiscover New Zealand.

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El lenguaje del corazón

Trata de mirar una de estas palabras sin que su significado venga a tu mente. Trata de ver una de estas letras sin asociarla con el sonido que le corresponde en español. Es difícil, ¿no? Para lograr esto tendrías que desaprender el idioma español y reemplazarlo por otra manera de intrepretar estos símbolos que ves en la pantalla de tu computador.

Y lo mismo que sucede cuando aprendemos un idioma ocurre cuando adquirimos un sistema de creencias. Por ejemplo, una vez que se ha arraigado en ti la idea de que el dinero es malo, cada vez que veas a un rico verás a un mal ser humano. Si crees que la gente es mala por naturaleza, cada vez que abras los ojos te verás rodeado de enemigos.

Lo maravilloso de esto es que, si nuestro sistema de creencias no nos hace felices, podemos reemplazarlo por otro.

Por ahora muchos interpretamos la realidad de acuerdo con el lenguaje del ego. Pero podemos desaprender ese lenguaje y elegir recordar nuestra lengua materna: el lenguaje del corazón.

Cuando hablamos el lenguaje del corazón, es decir, cuando interpretamos la realidad a través de sus ojos, el mismo mundo que antes era una pesadilla amenazante y poblada de enemigos se torna en sueño feliz del que despertamos a medida que reconocemos que somos hermanos. Donde antes veíamos ataques, ahora vemos peticiones de amor. Donde antes percibíamos vacío ahora vemos la plenitud de la creación.

Te invito a que aprendamos el lenguaje del corazón.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Michael Howard.

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