¿Será esto suficiente?

A largo plazo, la respuesta del ego siempre será: “No, no es suficiente. Necesito más”. Esa es la naturaleza del ego.

La razón por la que nunca será suficiente es porque, en realidad, el ego no quiere que sea suficiente. Su existencia depende de esa insuficiencia, de esa carencia.

Al ego le encanta embarcarse en luchas terribles, siempre y cuando sepa que no puede ganar. Esto es así porque su existencia depende de la lucha, de tener algo contra lo cual luchar o algo por lo que luchar.

Un Curso de Milagros dice que la consigna del ego es: “Busca, pero no halles”. El ego no quiere que halles, quiere que busques, pues la búsqueda es la que garantiza su existencia.

Así pues, para el ego nunca nada es suficiente.

Todos te pueden amar, te pueden alabar, pero el ego seguirá encontrando pruebas de que no hay suficiente amor. Tu pareja te puede bajar la Luna, pero el ego encontrará en el más leve gesto que haga un motivo de sospecha. Te pueden decir que está muy bien tu trabajo, pero el ego encontrará razones para pensar que no son sinceros. De pronto te lo dicen por lástima o por miedo a herirte.

Siempre habrá una forma de interpretar la realidad según la cual todavía no has recibido exactamente aquello que buscabas. El ego es experto en interpretar la realidad así. Y la búsqueda continúa.

El corazón, en cambio, te invita a darte cuenta de que no hay necesidad de buscar, pues ya lo tienes todo. Te invita a andar por el mundo, no buscando suplir tus carencias, sino compartiendo tu abundancia. Te invita a crear, no para obtener aquello que te falta, sino por el gozo puro de compartir.

Puedes elegir qué voz escuchar. Siempre puedes elegir. Aunque por momentos la voz del ego sea ensordecedora y parezca ser la única que existe, si prestas atención, debajo del ruido escucharás un silencio profundo. En ese silencio está la voz del corazón.

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¿Te molesta el ruido en mi cabeza?

La idea de escribir todos los días en este blog fue inspirada por Seth Godin, quien diariamente publica una entrada en el suyo.

Hace poco leí una entrada en su blog que me gustó mucho y decidí traducirla. Aquí va:

“El monólogo que tiene lugar en nuestro cerebro es muy ruidoso. Tan ruidoso como el heavy metal, si se lo compara con las tenues señales que recibimos del resto del mundo.

Todo el día, todos los días, ese ruido continúa sonando. Es la única voz que ha visto todo lo que hemos visto y cree todo lo que nosotros creemos. Es el ruido que no solo critica cada acción de cada persona que no piensa como nosotros, sino que también critica sus motivos. Y, si lo cuestionamos, también nos critica a nosotros.

¿Es acaso sorprendente que la proyección sea más poderosa que la empatía?

Cuando conocemos otras personas, celebramos cuando están de acuerdo con nosotros o tratamos de que cambien o las ignoramos si no lo están. No hay mucho lugar para: “ellos podrían tener una experiencia de este momento diferente de la mía”.

Ese ruido en nuestra cabeza es egoísta, tiene miedo y está lleno de enojo. Ese ruido se satisface a sí mismo, se da importancia a sí mismo y cree tener certeza. Ese ruido aleja a la intimidad y hará todo lo posible para degradadar a aquellos que podrían desafiarnos.

Pero, contra todos los pronósticos, la empatía es posible.

Es posible amplificar esas señales tan sutiles que los demás nos envían y practicar imaginar, así sea por un momento, cómo sería tener su ruido en lugar de nuestro ruido.

Si nos esforzamos y dedicamos a practicar esta habilidad, nos volveremos mejores en ella. Sólo tenemos que empezar.

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Tu vida, la historia de tu vida y los videojuegos

A menudo sufrimos porque confundimos nuestra vida con la historia de nuestra vida. El maestro espiritual Eckhart Tolle distingue claramente una de la otra. Presentaré aquí la distinción sencilla pero poderosa que él propone en su obra maestra El Poder del Ahora.

La historia de tu vida es lo que crees que eres. Es el relato que te cuentas a ti mismo sobre ti. De dónde vienes, para dónde vas. Tus logros, tus fracasos. Tus cualidades, tus defectos.

Al igual que todas las historias, la historia de tu vida está construida de pasado y de futuro. Existe en tu mente cuando esta recuerda un pasado que ya no existe o se proyecta en un futuro imaginario.

Tu vida, en cambio (y valga la redundancia), está viva. La puedes sentir vibrando ahora mismo. Es tu ser.

Cuando crees que tu vida se reduce a la historia de tu vida, te identificas completamente con el personaje que has construido para ti y que usas para moverte en el mundo. Entonces crees que tu valor depende del pasado. Crees que tu valor depende de qué tantos éxitos y logros hayas conseguido en el tiempo.

Cuando tomas consciencia de tu vida, te das cuenta de que tu ser no depende del pasado; está aquí, ahora, siempre, radiante. Y el valor de ese ser no tiene nada que ver con logros o fracasos en el tiempo. El valor de ese ser está por fuera del tiempo. Puedes tomar consciencia de él o pasarlo de largo, pero no puedes perderlo ni aumentarlo, sin importar qué tan trágica o exitosa sea tu historia.

Para vivir en el mundo todos construimos una historia sobre nosotros en nuestra mente. Nos sirve para ubicarnos y relacionarnos con otros. Pero no necesitamos identificarnos con ella. Podemos observarla y anclarnos permanentemente en nuestra vida, que se encuentra en lo más profundo de este momento.

Es fantástico que construyas una hermosa historia de tu vida en esta aventura por la que estás pasando. Disfrútala. Lucha. Construye. Crea. Ríe. Llora. Explora. Pero, más allá de eso, la invitación es a que, mientras disfrutas o sufres tu historia, tomes consciencia de tu ser verdadero, que está siempre debajo de todo aquello que jamás pueda suceder en tu historia. Desde ese lugar disfrutarás de tu historia de una manera mucho más relajada y serena. Y te permitirás jugar plenamente, sabiendo que, en última instancia, no tienes nada real qué perder.

Identificarnos con nuestra historia es como jugar un video juego y creer que somos el personaje en la pantalla del televisor y olvidarnos de que en realidad estamos jugando. Cualquier videojuego se volvería bastante angustiante si eso sucediera. Cuando sabes que es solo un juego, lo disfrutas plenamente. Sigues riendo cuando ganas en el juego y te sigues enfadando cuando pierdes. Te sigues esforzando para pasar al siguiente nivel y aprendes a medida que avanzas para superar los obstáculos que van apareciendo en la pantalla. Pero, pase lo que pase, sabes que estás bien y que tu bienestar real no depende de que ganes o pierdas. Sabes que tu vida está más allá de la pantalla, en un lugar que no puede ser tocado por nada que suceda en el juego. Y la puedes sentir siempre, en lo más profundo de tu corazón, mientras sigues jugando.

Foto: Stanislav Solntsev, tomada de Getty Images.

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Elogio de la lentitud

Hay una recomendación sabia que dice: medita al menos una hora al día, a menos que no tengas suficiente tiempo, en ese caso medita al menos dos horas al día.

Estar de afán es un estado mental. Creer que tenemos que correr constantemente y que no hay tiempo para lo importante es, la mayoría de las veces, una enfermedad, una distorsión de la percepción.

La velocidad tiene inercia. Después de que te acostumbras a andar rápido, te cuesta trabajo desacelerar. Y es fácil en nuestra sociedad de hoy en día caer en la ilusión de que debemos ir rápido.

La gente en la calle camina rápido. Los carros van rápido. Si vas muy lento en tu coche, se enfadarán contigo y te arrebasarán raudos y furiosos.

Almorzamos rápido. Hacemos el amor rápido. Jugamos rápido. Nos bañamos rápido. Nos vestimos rápido.

Nos da miedo quedarnos atrás en la carrera. Nos da miedo que quienes van más rápido nos quiten lo que deseamos.

¿A dónde queremos llegar con tanto afán?

¿En realidad es tu tiempo tan precioso que tienes que tratar de ahorrar unos pocos segundos aquí y allá todo el tiempo? ¿Para qué lo estás ahorrando, qué vas a hacer con esos ahorros de tiempo? ¿Pasar más tiempo en redes sociales? ¿Ver más televisión? ¿Ir a cine los fines de semana? ¿Ganar más dinero? ¿Y luego qué? ¿Seguir corriendo hacia dónde? ¿Cuándo crees que por fin vas a poder descansar, cuando seas millonario? La inercia no te dejará desacelerar. Pues la verdad es muchas veces que no vamos acelerados porque lo necesitemos, sino por un hábito que se ha arraigado en nuestras vidas.

Hay algo cierto y es que entre más rápido viajes más difícil te será disfrutar del paisaje, de los sabores, de las sensaciones, de la calidez de quienes nos rodean. Entre más te afanes, más difícil será para ti disfrutar de aquello que consigues con tanto afán.

Para. Puedes parar. Ahora y casi siempre puedes parar. Vivir en estado de emergencia es, en el 99% de los casos, una elección. Si estuvieras en el 1% que de verdad tiene una emergencia, probablemente no estarías leyendo esto.


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Puedes reprogramarte

En mi casa hay dos gatas. Una llegó cuando ya era grande. Seguramente de pequeña la maltrataron. No importa cuánto amor le hemos dado; tampoco importa que día tras día le demostremos que no queremos hacerle daño: todo el tiempo nos tiene miedo. Cuando me acerco demasiado y trato de consentirla, sale corriendo.

La otra gata llegó de pequeña. Creo que es uno de los animales más felices que conozco. Aprovecha cada oportunidad que se le presenta para que la mimemos.

Cómo quisiera a veces poder cambiar la programación que quedó arraigada en la primera gata.

En ese sentido, los humanos tenemos una gran ventaja. Puede que nuestras experiencias en la niñez nos hayan programado para responder de forma automática frente a ciertas situaciones, pero, a diferencia de los gatos, podemos reprogramarnos.

Observa qué programas viejos siguen rondando por ahí que no te hacen feliz. Sólo con que tomes consciencia de ellos, comenzarás a desinstalarlos.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de James Blake.

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Ansiedad y autoagresión

Hace poco me di cuenta de que estaba mordiéndome los labios porque estaba ansioso. Y, cuando no estoy consciente, se genera un círculo vicioso: entre más me duelen los labios, más ansioso me siento, y entre más ansioso me siento, más me los muerdo. Llega el punto en el que tengo una herida evidente, lo que me causa aún más ansiedad.

Caer en cuenta de esta conducta demente ha sido muy iluminador.

La energía que subyace a este comportamiento se puede manifestar de muchas maneras diferentes: comernos las uñas, arrancarnos el pelo, comer hasta enfermar, entre otros. En casos extremos, algunas personas pueden llegar a dañar severamente su cuerpo. Y a veces no dañamos nuestro cuerpo, pero generamos una situación intensa y desagradable para herirnos de otra forma. Peleamos con alguien cercano sin razón, arruinamos algo en nuestro trabajo.

Una forma de evitar lo más profundo

Este comportamiento se explica de muchas maneras desde la psicología y la psiquiatría. La explicación con la que más me sentí identificado es que las autolesiones nos ayudan a evitar el dolor emocional y psicológico en el corto plazo.

Cuando tenemos emociones y pensamientos incómodos, es normal que deseemos escapar de ellos. De eso se trata la ansiedad: es la necesidad de escapar de nosotros mismos. Y la autoagresión es una estrategia de escape.

El dolor físico se impone sobre el dolor emocional y, cuando es muy intenso, nos impide pensar. El dolor físico reclama la atención y, de esa manera, nos permite evadir temporalmente las emociones y los pensamientos que nos incomodan.

Crear un problema intenso tiene el mismo efecto. Después de que chocas el automóvil, tu atención se enfocará en la emergencia por un tiempo y así evitarás el malestar emocional más profundo.

Una forma enfermiza de liberar la energía

Por otra parte, cuando tenemos mucha energía estancada, que se manifiesta en emociones y pensamientos densos, buscamos maneras de liberarla. Y una forma de liberar esa energía es destruyendo algo. En este caso, la liberamos dañando nuestro propio cuerpo.

Esa es, pues, otra de las funciones dementes de la autoagresión: nos permite liberar la energía represada.

Mejores formas de lidiar con la ansiedad

La forma más sana de lidiar con la ansiedad es quedarnos con nuestras emociones y pensamientos y tomar plena consciencia de ellos. Es decir: sentir profundamente. Aguantarnos las ganas de escapar y entregarnos por completo a nuestra experiencia interna.

Cuando podemos hacer esto, nuestra consciencia plena transforma la vibración de los pensamientos y las emociones y puede llegar a disolverlos. Pero, aun si no los disuelve, les quita poder y nos permite observarlos sin rechazo y sin la compulsión de escapar. Y, sobre todo, nos permite encontrar el amor, la paz y la plenitud que yacen ocultos tras esas emociones y esos pensamientos.

Sin embargo, si las emociones y los pensamientos nos sobrepasan y nuestra capacidad de autoobservación aún es muy débil, puede que no seamos capaces de sentir las emociones de manera plena. En este caso, lo mejor es canalizar la energía de una manera sana. A mí me ayuda escribir y hacer ejercicio. Pero puede ser cualquier actividad. Idealmente una que requiera de bastante energía y que sepas que después no te generará culpa ni alimentará tu ansiedad. Pintar, cocinar, bailar, cantar… tu sabrás lo que funciona para ti.

La invitación oculta

La tendencia a autoagredirnos puede ser una herramienta en nuestro viaje de crecimiento personal si decidimos asumirla de una manera sana.

Cada vez que surja la compulsión de agredirte, ya sea en forma leve o extrema, tómala como una invitación a volver a casa. Es como si fuéramos manejando en la dirección contraria y carro activara una señal para indicarnos que nos desviamos de nuestro camino.

Si captamos las señales más sutiles, podremos dar vuelta de manera fácil. Si ignoramos esa señal, se hará cada vez más intensa.

Ahora sé que no tengo que esperar a que mis labios estén sangrando para darme cuenta de que estoy evadiendo algo dentro de mí. Apenas aparece el deseo de morderme, acepto la invitación a mirar mis emociones y me permito sentirlas plenamente. Así, el hábito de autoagredirme se ha convertido en una luz más que amorosamente contribuye a mi viaje de regreso a casa.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Camilo Jaramillo.

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Una propuesta interesante

Si el problema que te preocupa no se está manifestando en este mismo momento, sino que sólo está en tu cabeza, puedes elegir estar presente y no dejarte llevar por la película que tu mente creará al rededor de ese problema.

Ante la perspectiva de que elijas estar presente, puede que tu ego te diga: “Hagamos un trato. Déjame resolver el problema en la cabeza, déjame imaginar los futuros posibles para asegurarme de que tendré cómo defenderme en caso de que mis miedos se vuelvan reales, déjame ganar esa posible discusión en mi imaginación, déjame repasar las razones por las que estoy en lo cierto y los demás están equivocados. Déjame hacer eso sólo esta vez. La próxima te prometo que nos quedaremos en el momento presente en vez de dejarnos llevar por mis películas”.

Podría llegar a ser un buen trato si no fuera porque una vez que lo aceptes, el ego te lo volverá a proponer una y otra vez, aplazando la presencia a un futuro que nunca llega.

Es el mismo trato que propone la mente cuando quiere satisfacer la urgencia de caer en una adicción. Sólo este cigarrillo y paro. Sólo este bocado más. Sólo un capítulo más. El problema es que apenas cedes la historia se repite: “Ahora sí el último”.

Hazle mejor la siguiente propuesta a tu mente: “Estemos presentes sólo por hoy. Sólo por este momento. Sólo por estos segundos, luego ya habrá tiempo para fantasear”. Y cada vez que te acuerdes, le vuelves a proponer el mismo trato. “Es sólo por este minuto”, dile, “No hay nada qué temer, sólo estemos presentes por este momento, sólo este, no pido nada más”.

Foto tomada de la cuenta de Instagram The Secret Life of Troja.

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Fútbol y agujas

Ayer fui a que me sacaran sangre. Como siempre, sentí miedo mientras esperaba a que llegara mi turno en la fila. Pero, ¿por qué?

Me gusta jugar fútbol. Y te puedo asegurar que siempre que juego recibo golpes. Y esos golpes duelen mucho más que la chuzada de una aguja. Sin embargo, no siento miedo antes de jugar fútbol. ¿Por qué?

Muchas veces los miedos no tienen que ver con la realidad. Están programados desde nuestra infancia. Aprendemos que ciertas cosas son dolorosas y terribles aunque no lo sean. Y a prendemos que otras son agradables aunque duelan.

Tal vez eso que te da miedo hacer hoy realmente no duele. Tal vez es solo una idea arraigada. Y se puede cambiar. En efecto, cada vez que voy a que me saquen sangre me da menos miedo. Pues cada vez me muestra nueva evidencia de que en realidad no hay nada qué temer.

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¿Cómo no odiar a Maduro?

Hace poco alguien me hizo esa pregunta en Twitter. Dado que el país en el que más personas siguen mis redes es Venezuela, me pareció bueno dar una respuesta larga. Producto de esto es este video.

Sin embargo, una persona me contactó y me dijo que en Venezuela su conexión a internet no era lo suficientemente buena como para ver el video y me pidió el favor de que lo pusiera por escrito. Aquí expongo lo que dije en el video, y profundizo en algunos puntos que allí solo toqué por encima:

I. Nada es malo. Maduro no es malo. Odiar a maduro tampoco es malo.

Nada es malo en sentido absoluto. Ni siquiera las peores cosas que podamos imaginar. Eso quiere decir que nada es malo a los ojos de Dios o a los ojos de la consciencia universal. Dios no juzga nunca ni nunca condena nada. No juzga a los asesinos, ni a los torturadores, ni a los dictadores. No juzga a Maduro. Y tampoco juzga a aquellos que odian a maduro.

Esto es así porque nada puede afectar ni ofender a Dios. Nada puede afectar la realidad. Un Curso de Milagros resume esto de manera preciosa al decir:

Nada irreal existe. Nada real puede ser amenazado. En eso reside la paz de Dios.

Solo en ilusiones podemos hacer daño. Podemos soñar que nos matamos. Podemos soñar que destruimos el mundo. Pero son solo sueños. Este mundo es una ilusión. Los cuerpos y la idea de que estamos separados es una ilusión. Y solo lo que es ilusorio puede ser dañado. Lo que es real, lo que somos en realidad, no puede ser amenazado. Por eso, nadie nunca puede hacer en realidad algo malo. Sólo puede hacer cosas malas en ilusiones.

II. Lo bueno y lo malo en sentido relativo

Sin embargo, es claro que, desde nuestro punto de vista, y de acuerdo con nuestros objetivos, sí hay cosas buenas y malas. Si deseas ir al norte y comienzas a caminar hacia el sur, podemos decir que estás caminando mal y que vas en la dirección equivocada. Pero quien camina sólo está haciendo algo malo en sentido relativo: en relación con su objetivo.

Así mismo, si quieres tener un cuerpo sano, pero comes todos los días cinco hamburguesas de MacDonald’s y te tomas dos litros de Coca-Cola, podemos decir que estás comiendo mal, muy mal. Fumar también es malo, suponiendo que deseas estar sano.

Así mismo, odiar es malo en sentido relativo. Es malo para nuestra salud. Es malo para nuestras relaciones. Es malo si deseamos vivir en armonía. Es un sentimiento intenso que se produce cuando nos sentimos amenazados por algo. Odiamos algo cuando lo consideramos como la causa de nuestro malestar. Nos sentimos atacados por eso y, en consecuencia, surge en nosotros un deseo de destruirlo.

Si deseas estar en paz y experimentar dicha, el odio es malo. Al igual que tomar veneno es malo. Pero en sentido absoluto no es malo. Dios no te juzga por eso ni juzga a nadie. Y, por tanto, tampoco tienes por qué juzgarte por eso. A veces, en el intento de ser espirituales, nos juzgamos por experimentar emociones como el odio.

Es bueno que desees estar sano, pero para sanar no es necesario juzgarte por estar enfermo; por el contrario, juzgarte hará más lento el proceso de sanación. Cuando odiamos, en efecto, estamos enfermos. Y es una enfermedad compartida por casi todos los seres humanos. Estamos sanando de a poco. Y merecemos amor en nuestro proceso de sanación, no ser juzgados.

Así que eso sería lo primero: no te juzgues por odiar. Eso no te hace malo a los ojos del Universo.

III. Abraza tus emociones

Una vez dejes de juzgar tus emociones, permítete sentirlas plenamente. Ve hasta lo profundo del odio. Puede que encuentres allí debajo otras emociones: tristeza, miedo. Siéntelas. Reconócelas. Quédate con ellas. Son tus maestras. Te muestran lo que debes sanar.

Permite también que las emociones se muevan. Si estás triste, permítete llorar. Si sólo tienes deseos de destruir, si la ira es muy fuerte, es bueno sacar la emoción a través del trabajo del cuerpo. Haz ejercicio fuerte, golpea una bolsa de boxeo, grita en una almohada o golpéala. Hazlo con la intensión de soltar la carga.

Después de mover las emociones, quedará en ti un espacio vacío, el espacio que antes ocupaba la emoción. Llena ese espacio de amor. Reclámalo. Habita en él. Reconoce que ese espacio es el amor mismo que espera a que lo reconozcas.

IV. Asume responsabilidad por lo que sientes

Cuando algo externo te hace sentir odio, simplemente está detonando una herida que ya está en ti. Te está mostrando un aspecto en el que puedes sanar. Es una oportunidad. Creer que la causa de tu malestar está fuera de ti es no asumir responsabilidad. La herida está adentro tuyo, y mientras no asumas responsabilidad por ella, no podrás sanarla.

Esto implica que la solución no es eliminar a la causa externa del odio. Eso puede arreglar las cosas afuera por un momento. Pero mientras tu herida siga adentro, no pasará mucho tiempo antes de que encuentres otra situación que detone ese odio.

Entonces mira lo que pasa como una oportunidad para sacar a la luz aquellas partes en las que aún no has sanado y abrázalas como oportunidades sagradas. Es como dice el Dalai Lama: En la práctica de la paciencia y el perdón, tu mayor enemigo es tu mejor maestro.

V. Toma acción consciente

Lo anterior no implica que no hagas nada para cambiar la situación externa. Claro que puedes tomar acción. Pero asegúrate de que sea una acción consciente. Responsabilízate primero por lo que sientes. Después actúa.

Para cambiar una realidad no tienes que odiarla. Si vas caminando por un bosque y te encuentras con un perro enloquecido, debes tomar acción para evitar ser herido por el perro. En un caso extremo, incluso puede que tengas que pelear con el perro. Pero eso no implica que tengas que odiarlo. No hay nada que odiar. Simplemente está loco. Igual que cualquier ser humano que comente actos inconscientes. Está enfermo. Puede que debamos tomar acciones para protegernos de él. Puede que en casos extremos tengamos que encerrarlo para evitar que dañe a quienes están a su alrededor. Pero podemos hacer eso desde un lugar de amor y de conpasión. No es necesario odiar para cambiar la realidad.

No emprendas acciones cargado de ira, y menos si tras la ira hay un odio profundo. Las acciones que emprendas desde ese estado, perpetuarán en el mundo aquello que percibes como la causa de tu odio. Es decir: crearás más de aquello que odias. Y puede que te conviertas en aquello que odias.

Toma acción después de mover tus emociones, como se indicó en el punto III o, al menos, sé muy consciente de esas emociones, de manera que no te lleven a cometer actos inconscientes. Si ves que el odio persiste en ti, ve con mucho cuidado. Actuar así es tan peligroso como manejar borracho. Lo mejor es parar y esperar. Pero, si tienes que actuar así, trata de estar lo más consciente posible. No te dejes llevar en pilóto automático. Puede que cuando recobres la consciencia veas que hiciste algo de lo que te arrepientes. O puede que hayas creado un infierno a tu alrededor.

VI. Somos responsables de todo

Finalmente, date cuenta de que aquello que percibes afuera de ti realmente no se encuentra separado de ti. La separación es una ilusión. Y es una ilusión que usamos justamente para no hacernos responsables. Es fácil apuntar el dedo y decir: eso está mal. No es tan fácil decir: eso que veo afuera es una parte mía y, por tanto, también es mi responsabilidad.

La maestra espiritual Isha Judd resume esta idea con un mantra muy poderoso que hace parte de una de sus meditaciones: Om responsabilidad, yo soy eso.

Maduro, o cualquier ser que percibas afuera de ti como un ser peligroso, malvado e inconsciente, es parte de ti. En el fondo, no estás separado de él. Simplemente lo estás viendo afuera. Pero ese ser es un reflejo de tu estado de consciencia, de nuestro estado de consciencia colectivo. Y nosotros somos parte de eso.

Así pues, pregúntate: ¿qué veo afuera que aún no haya sanado en mí? ¿Percibes violencia? Toma consciencia de la violencia en ti y asume responsabilidad, sánala. ¿Ves corrupción, mentira, avaricia? Mira en qué partes de ti están esas características también. Si miramos bien, todos las veremos dentro de nosotros.

No creas que el mundo sanaría si alguien eliminara a “los malos”, como en las películas de superhéroes. Pues los malos son un reflejo de lo que todos llevamos dentro. Así que, para sanar al mundo, debes sanar tú. Debo sanar yo. Hazte responsable por aquello que no te gusta fuera de ti y sánalo en ti. Conviértete en un ejemplo prístino de aquello que deseas ver afuera de ti.

VII. Ama a Maduro

La persona que me preguntó cómo no odiar a Maduro lo hizo como respuesta a esta frase del Dalai Lama que publiqué en Twitter: “El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor”. Y creo que esa frase contiene la clave para salir de la locura en la que nos encontramos.

Maduro no necesita que lo odien. Necesita que lo amen. Amor no significa condonar ni permitir que siga haciendo lo que está haciendo. Amar significa llevar luz a la oscuridad. Amar significa ver que, en realidad, cuando alguien está actuando de manera demente requiere de nuestra compasión.

Un Curso de Milagros expresa esto de manera maravillosa:

Todo lo que percibes como un ataque es en realidad una petición de amor.

Todo aquel que actúa de forma inconsciente lo hace porque cree que así conseguirá lo que desea. En lo más profundo, todos deseamos amor. Quien actúa de forma demente y daña a los demás simplemente se ha desconectado tanto de la fuente del amor que yace dentro de sí que cree que encontrará solaz y regocijo en las acciones más dementes que se pueda imaginar. Pero, en el fondo, todo lo que necesita es amor, y eso es por lo que clama de manera inconciente.

VIII. Sanemos nuestra percepción

Imagina que uno de tus seres queridos más cercanos enloquece y comienza a golpear a todos a tu alrededor. ¿Dejarías de amarlo? ¿Lo aniquilarías? Puede que haya que inmovilizarlo para evitar que te haga daño, pero puedes hacerlo con profundo amor, haciendo lo que sea mejor para él y para ti.

Maduro necesita que sanes tu percepción y aprendas a verlo como un hermano digno de amor. El mundo necesita que sanemos nuestra percepción y sanemos el odio. Yo necesito sanar mi percepción y mi odio. Quiero sanar para dejar de ver enemigos que merecen ser castigados y destruidos y empezar a ver hermanos que nececitan con urgencia de mi amor, de tu amor.

Y te invito a que sanemos juntos. Pues sé que yo también incontables veces me siento atacado por mis hermanos y creo que ellos deben ser castigados por eso que percibo. Pero sé que realmente lo que necesitan es amor. Pues eso es lo que necesito yo.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de C&W Photography.

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El taladro y el agujero

Cuando la cadena de alquiler de videos Blockbuster estaba en su apogeo en los años noventa, podría haber comenzado a migrar al negocio de los videos en internet. Tenía los recursos necesarios y un gran conocimiento del público interesado en ver películas. Si hubiera tomado ese camino, tal vez hoy no veríamos tanto Netflix y YouTube, sino más bien la plataforma de videos en línea de Blockbuster.

¿Por qué perdió Blockbuster esa oportunidad? Porque la compañía estaba apegada a su forma de hacer las cosas y se olvidó de cuál era la necesidad final que estaba solucionando para sus clientes. Ellos no estaban interesados en ir a una tienda a alquilar películas, estaban interesados en ver películas.

Este es un principio básico del marketing: una persona que compra un taladro realmente no quiere un taladro, lo que quiere es un agujero. Ofrécele una forma más sencilla de obtener agujeros y dejará de comprar taladros… al menos si es consciente de lo que realmente quiere y no se le ha olvidado a ella también…

Al igual que Blockbuster, perdemos oportunidades cuando nos apegamos a formas específicas de hacer las cosas y nos olvidamos de lo que realmente queremos.

Si lo que realmente quieres es aprender, no te apegues a la idea de ir a una universidad. Puede que haya otras maneras que se ajusten más a ti. Si lo que quieres es tener mejor salud, no te apegues a una dieta o a un gimnasio. Si lo que quieres es crecer espiritualmente, no te apegues a leer un libro o a ir a un templo o a un grupo o a una práctica específica. Todo eso es maravilloso y puede que te haya servido hasta ahora. Y puede que te siga sirviendo en el futuro. Pero es posible que lleguen nuevas y mejores maneras de avanzar hacia donde quieres. Y, si te aferras a tu camino actual, cuando la vida te invite a evolucionar no serás capaz de aceptar la invitación (y, si estás demasiado apegado, ni siquiera serás consciente de la invitación).

Aclaración: no se trata de no ser disciplinados y de no seguir a fondo aquello que estamos haciendo ahora. Se trata simplemente de no apegarnos a nuestro camino. Se trata de estar abiertos a nuevas cosas.

Recuerda: lo que quieres en realidad no es el taladro, sino el agujero.


Foto tomada de la cuenta de Instagram de Olli Sorvari.

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